Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

sábado, 23 de abril de 2022

COMENTARIOS SOBRE UN LIBRO DE WENDY BROWN

 

El libro de Wendy Brown me atrajo inmediatamente por el título: La política fuera de la historia[1]. Hace tiempo que llevó dándole vueltas a mi labor como historiadora y este título me resultó provocativo y tentador. No me equivoqué.

La autora nos interpela continuamente con múltiples preguntas que no siempre tienen una respuesta clara (o a mi no me lo ha parecido en todos los casos), pese a ello el libro me ha interesado mucho. Es cierto que no todos los capítulos me han atraído de la misma forma.

El punto de partida del libro es que muchos han perdido la confianza en una historiografía ligada a la noción de progreso o de cualquier otro tipo de finalidad, sin acuñar un sustituto político que permita la progresiva comprensión del lugar de donde venimos y de la dirección en que nos movemos. Todo ello además en un momento en que hay una auténtica oleada de inseguridad, ansiedad y desesperación al hacer aguas el pensamiento crítico y especialmente las teorías revolucionarias.

El primer capítulo, tras la Introducción, se titula: «Síntomas. Moralismo como antipolítica». Brown parte de la desintegración de las alternativas de la izquierda. Señala que como ni la izquierda ni los liberales se han desvinculado de la idea del progreso de la historia, ninguno de los dos es capaz de concebir la libertad o la igualdad sin derechos, sin soberanía y sin el Estado. Esto provoca rabia e impotencia en esas corrientes políticas y se expresa a través del moralismo político basado en el reproche que la autora critica en este capítulo.

Me han interesado poco los capítulos tres, cuatro y seis: «Deseo. El deseo de ser castigado: “pegan a un niño” de Sigmund Freud», «Poder. Poder sin lógica sin Marx» y «Democracia. La democracia contra sí misma: el desafío de Nietzsche». No quiero decir con ello que no tengan interés, sino que los tres tratan temas que hoy me motivan poco.

El capítulo que quiero resaltar es el cinco: «Política. Políticas sin barandillas: política genealógica en Nietzsche y Foucault». Hace mucho que trato de encontrar la vía para aplicar los planteamientos genealógicos a la investigación de la historia. La autora considera que la genealogía formulada por Nietzsche y revisitada por Foucault puede funcionar como punto de partida alternativo para generar objetivos políticos. Este capítulo, por tanto, está más enfocado hacia la política, pero naturalmente también hay referencias a la manera de entender la historia.

La genealogía es una historia que a la vez es una crítica: crear una genealogía no es presentar un relato lineal de cómo evolucionó un tema, sino preguntarnos qué entendemos por dicho tema y por qué actualmente lo concebimos de esta forma y no de otra. Es importante ser conscientes de nuestra ubicación peculiar en esa genealogía que está compuesta de muchísimas historias con sus distintas facetas.

También me ha parecido una incitación al pensamiento el capítulo siete: «Futuros. Espectros y ángeles: Benjamin y Derrida». Por un lado, Derrida trata de reconsiderar de manera novedosa el empuje de la historia sobre el presente, un empeño que podría romper con la historiografía lineal aún más radicalmente que la genealogía tal y como la formulan Nietzsche y Foucault.

Por otro lado, la dialéctica que Walter Benjamin retomó del marxismo reelaborándola radicalmente no expresa el proceso por el que se mueve la historia, sino que tiende a capturar el encuentro peculiar de pasado y presente que tiene lugar en la imagen del pasado que «estalla». La dialéctica es el nombre de un proceso por el cual se hacen vivir en el presente algunos elementos del pasado, que resultan revividos por el presente y, en semejante iluminación, quedan transformados tanto el pasado como el presente. El pasado puede haber acontecido sin memoria, pero sin memoria no puede vivir en el presente; significativamente la memoria histórica se expresa a través de imágenes aun cuando es la narración que la vehicula.

Un libro, el de Wendy Brown, que desarrolla una reflexión plena de actualidad y que nos puede dar claves sobre la pobreza del pensamiento y la agencia de izquierdas en el siglo actual.

 

 


[1] Wendy Brown (2014): La política fuera de la historia. Enclave de libros, Madrid

 

miércoles, 13 de abril de 2022

«A mi aire»

 


«A mi aire» (7 octubre)

Me sigo preguntando cómo es que, amparados en la pandemia, los gobiernos han impuesto un estado de excepción que, posiblemente, deje un rastro permanente de restricciones en los derechos. Y cómo tragamos con que nos conviertan a todos/as los que lo cuestionamos en negacionistas (y de extrema derecha).

«A mi aire» (14 octubre)

Dice Emmanuel Levinas algo sorprendente que hace pensar (cada cual que lo interprete a su aire): Es imposible la bondad como régimen, como sistema organizado, como institución social. Lo único que permanece vivo es la bondad de la vida corriente. La pequeña bondad.

 

«A mi aire» (21 octubre)

La política ha acabado siendo la actividad que hace cumplir la Ley. Sin embargo, para mí la política debería dedicarse a deshacer las divisiones sensibles que generan las leyes y dar voz a quienes no la tienen, hacer ver lo que no se ve, hacer escuchar un discurso allí donde solo hay ruido.

Por el contrario, hoy la política incrementa el silencio, la ceguera y el ruido.

«A mi aire» (28 octubre)

Cuando más a mi aire me siento es cuando me siento relajada y en paz conmigo misma y con el mundo. Eso no siempre sucede, soy inquieta, curiosa e insatisfecha por «naturaleza», ese carácter me ha permitido romper muchas limitaciones, pero también navegar en situaciones conflictivas que me han incomodado. No sé si alguna vez podré resolver esas contradicciones o ya forman una segunda piel en mi vida.

«A mi aire» (4 noviembre)

Aunque mi fisonomía es muy mediterránea, tengo alma nórdica. No porque me guste especialmente la cultura nórdica (prefiero un poco más de suciedad y caos que tanta educación y corrección) sino porque me gusta el frío más que el calor. Tengo intolerancia al calor (¿eso existe?), así que cuando empieza el otoño empiezo a respirar, el humor mejora, reinicio largos paseos, me siento conforme con mi entorno. El otoño, además es belleza, la naturaleza muta sus colores, se prepara para el invierno, se viste de gala antes de hibernar, antes de dormir plácidamente.

«A mi aire» (11 noviembre)

Dice Judith Butler que la expresión política no siempre adopta la forma de «discurso», que puede manifestarse en forma de gesto, movimiento o poniendo el cuerpo en primer plano como escenario de la contienda política. Esto último siempre me recuerda a las personas a las que desahucian de sus casas o a las que mal comen por falta de recursos; como no a las mujeres violadas cuando una noche de fiesta se convierte en una agresión sexual y su cuerpo queda tirado como un despojo. Cuerpos que se convierten, pues, en expresión política de la injusticia.

«A mi aire» (18 noviembre)

Conferencias y libros me llevan de aquí para allá hablando y presentando aquello de lo que sé más (no sé si mucho o poco, pero algo sé). Las experiencias suelen ser buenas con las personas que organizan los eventos a los que me llaman, eso no quita las horas que paso en el transporte público (trenes y autobuses) y los tiempos muertos esperando la hora en que me toca hablar, el agotamiento tras una jornada más larga de lo debido y la llegada a una habitación de hotel solitaria para descansar.

Muchas veces me pregunto si merece la pena todo ese tiempo invertido. Cuando la experiencia es buena (como fue en Logroño), me compensa. Así que seguiremos danzando con los libros y saberes por diversas ciudades.

«A mi aire» (25 noviembre)

¿Qué significa pensar nuestra potencia de actuar en términos de devenir y no de porvenir? ¿Cómo plantear un quehacer práctico que no tenga por supuesto la idea de un Sujeto que construye y dirige la Historia?

Preguntas al hilo del libro de M. Benasayag y A. Del Rey, Elogio del conflicto.

domingo, 3 de abril de 2022

EL «MANIFIESTO ANARCAFEMINISTA» DE CHIARA BOTTICI (Laura Vicente: mi lectura personal)

 


La lectura de este Manifiesto de Chiara Bottici[1], a finales de 2021, fue un golpe de aire fresco en el panorama del feminismo anarquista falto de ideas, ya no digamos de construcción de movimiento social, en este país. No minusvaloro, ni mucho menos, todos los esfuerzos que se hacen por construir una propuesta feminista desde el anarquismo, todo es útil y, mucho más, en estos tiempos. Sin embargo, tenemos que reconocer lo difícil y lento que es ponerlo en marcha: unas veces por falta de ideas, otras porque el activismo en otros campos deja poco tiempo a la creación de grupos anarco(a)feministas sólidos y con continuidad en el tiempo y, por último, muchas veces porque los enfrentamientos dominan el espacio feminista y anarquista y se pierde tiempo y energías en ellos.

Además de la lectura del Manifiesto, asistí en Barcelona (el 7 de marzo de 2022) a la conferencia en la que la autora sintetizó sus ideas que explica en un libro[2] que acaba de salir y en cuya lectura ando enfrascada en estos días.

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¿Por qué un Manifiesto? La necesidad de un Manifiesto aquí y ahora viene dada por la existencia de cuerpos generizados que son explotados y dominados en todo el mundo, no porque se plantee como un plan que pueda darse de una vez por todas y aplicarse en todos los contextos. Esto último entraría en flagrante contradicción con el anarquismo que impregna este Manifiesto y que debe ser abierto y en constante desarrollo, tal y como plantea la autora.

¿Por qué Anarcafeminista? Anarquismo significa que no hay arché (que no hay ley, que no hay principio único que explique la opresión de las mujeres) y se feminiza el concepto anarcA para dar visibilidad a la faceta específicamente feminista dentro de la teoría y práctica anarquistas.

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Contenido del Manifiesto (siguiendo la idea de que el Manifiesto es abierto y en constante desarrollo, debe quedar claro que esto no es un resumen del Manifiesto, lo he hecho mío y lo he troceado a mi gusto).

La autora parte de la existencia de una androcracia global. Aunque el patriarcado, que significa la ley del macho cabeza de familia, ha sido derrocado en muchos contextos, el poder de los hombres sobre el «segundo sexo» (término que toma prestado de El segundo sexo de Simone de Beauvoir[3]) se mantiene a través de la muerte, el Estado, el capital y lo imaginal. A estos cuatro instrumentos de la androcracia dedica Bottici siete de los nueve capítulos que forman su Manifiesto.

Respecto a la muerte (capítulo 1), la autora señala la existencia de un auténtico generocidio mundial contra personas percibidas como mujeres.

El segundo instrumento de la androcracia es el Estado (capítulos 2 y 3) y su dimensión de género. El Estado siempre ha sido una herramienta de una minoría (donde apenas hay mujeres) que gobierna a la mayoría.

El capital (capítulo 4) es el tercer instrumento de la androcracia, necesita de la división por géneros del trabajo, de esa manera puede conseguir la extracción de plusvalía del trabajo productivo asalariado y también del trabajo reproductivo no remunerado. Se sustenta en la expansión del lucro y, por ello, el capitalismo también necesita extraer recursos naturales gratuitos del medioambiente. Para ello ocupó tierras extranjeras a través del colonialismo y dividió la población mundial en razas diferentes otorgando a la raza blanca el papel de suprema.

Lo imaginal (capítulos 5, 6 y 7)[4] es el cuarto instrumento de la androcracia y el más filosófico y que todavía tengo que digerir. La autora señala que «mujeres» no es una esencia eterna ni un objeto pre-dado. Las mujeres no son objetos sino procesos (el lugar de un devenir); no son cosas sino relaciones sociales. Tomando ideas de la filosofía de la transindividualidad, la autora sostiene que los cuerpos son procesos nunca completos que siempre exceden los límites individuales: no hay tal cosa como una individualidad que no sea al mismo tiempo una transindividualidad, es decir, un proceso de individuación que tiene lugar en tres niveles:

·       inter (los cuerpos nacen de un encuentro interindividual, como el de un espermatozoide y un óvulo).

·       supra (los cuerpos se conforman por fuerzas supraindividuales como su localización geográfica en el capitalismo global racializado).

·       intra (los cuerpos son construidos por elementos intraindividuales como el aire que respiramos y las hormonas que ingerimos al comer).

Los cuerpos de las mujeres, como todos los cuerpos, son cuerpos en plural porque son procesos, procesos constituidos por mecanismos de afecto y asociaciones que suceden en los tres niveles señalados. Moléculas que inhalamos, átomos que comemos, bacterias y otros individuos que habitan nuestros cuerpos, son parte de nuestro ser trans-individual (esto no significa el abandono de lo individual ni de las distinciones).

Lo trans-individual es un prisma mediante el que entender la individualidad de las mujeres:

1)     Ecología y feminismo no están separadas ya que el medioambiente es constitutivo de nuestra individualidad.

2)     Las construcciones imaginales colectivas como el sexo, la raza y la clase se conceptualizan desde el principio como constitutivas de nuestra individualidad. El aparato imaginal que sostiene la androcracia global se ha infiltrado incluso en el proceso mismo de devenir mujer. Los cuerpos de las mujeres son objeto de un proceso de disciplina, cuyo propósito consiste en: gobernar cuerpos e instilar en nosotras la idea de que nuestros cuerpos necesitan ser gobernados.

3)     Cuando los cuerpos de las mujeres se teorizan como procesos transindividuales, podemos hablar de «mujeres» sin incurrir en esencialismos o culturalismos. No hay lugar para la oposición sexo (naturaleza) y género (cultura). Además, este planteamiento permitiría incluir todo tipo de mujeres no solo las mujeres cis.

Imágenes y rituales de salud, belleza y cuidado son uno de los enclaves más poderosos para el ejercicio de las «tecnologías androcráticas del yo»[5]. Así crean sujetos dóciles tanto mediante reglas desde fuera como a través de la participación voluntaria en la sumisión.

Aunque transindividualidad no significa trans-género, sin embargo, el proceso de transgenerización es una de las maneras posibles de individuarse e individualizarse y no una anomalía.

¿Qué plantea el anarcafeminismo? (capítulos 8 y 9 y fragmentos de otros capítulos anteriores).

La autora parte de que el anarquismo es un método, no un plan que pueda darse de una vez por todas y aplicarse en todos los contextos. Eso no significa que no pueda haber programas limitados en el tiempo y para lugares específicos. Partiendo de este planteamiento veamos las aportaciones del anarquismo al feminismo, o lo que es lo mismo, qué se entiende por anarcafeminismo.

El anarquismo no es ausencia de orden, sino búsqueda de un orden social sin ordenante, por tanto, desarrolla un feminismo sin arché, es decir, sin jerarquías ni gobernantes. Desde este planteamiento el anarcafeminismo cuestiona procesos de normalización que conducen a la exclusión y al establecimiento de jerarquías, incluyendo las basadas en el género y el sexo.

No se puede combatir una forma de opresión sin combatirlas todas al mismo tiempo, esto nos conduce a la interseccionalidad puesto que todas las formas de opresión habitan la misma casa, que es la creencia según la cual algunas personas se consideran superiores a otras, y esta superioridad justifica su dominación.

La libertad es el fin y es una contradicción pensar en alcanzarla mediante cualquier cosa que no sea la libertad misma. La libertad es indivisible y por ello el feminismo significa la liberación de todos los géneros, desde esta perspectiva la lucha es por un mundo más allá de la oposición entre hombres y mujeres, más allá del feminismo.

Pensar globalmente, actuar localmente. La lucha, que ha de ser global, tiene que afrontar el legado del colonialismo y el sistema racial en la producción de conocimiento (contenido decolonial).

El anarcafeminismo es ecofeminista, es eco-afectividad (ecología como co-afectividad). Es la capacidad de afectar y ser afectado por todos y cada uno de los seres, lo que pone en cuestión cualquier jerarquía entre seres, así como las fronteras que los separan. La noción de afecto es central para una «política de renaturalización», donde la naturaleza es devuelta al centro del pensamiento y la acción política. Un enfoque anarcafeminista de la ecología es «sin» Naturaleza en su forma alienante, pero sí «a través» de la naturaleza, en el sentido de una única sustancia transindividual infinita.

Desde estos planteamientos…

Empieza tu revolución ahora, ejerce tu poder desde hoy mismo. Tomar el poder del Estado es reproducir la estructura de poder que hay que cuestionar, por tanto, just do it (solo hazlo): ninguna rebelión es demasiado pequeña y las revueltas no son excluyentes. Sé una «pirata del género»[6]: resiste ante las normas de género, juega con ellas, deja de cumplirlas, desobedece, boicotea, combate el capitalismo… Estas acciones son la prefiguración de un mundo diferente.

 



[1] Chiara Bottici (2021): Manifiesto Anarcafeminista. NED Ediciones, España.

[2] Chiara Bottici (2022): Anarcafeminismo. NED Ediciones, España.

 

 

[3] No obstante, entiende por «segundo sexo» todas aquellas personas excluidas del «primer sexo», básicamente hombres cisgénero.

[4] Se entiende por imaginal el carácter propio de las sociedades contemporáneas que, en un primer aspecto, se experimentan en lo cotidiano a partir de singularidades estéticas de vinculación entre individuos y, en segundo término, dan cuenta de una indistinción entre las imágenes y lo que propiamente se puede denominar lo social. E. Marcos Dipaola (2019): “Producciones imaginales: lazo social y subjetivación en una sociedad entre imágenes”. Ediciones Complutense. https://revistas.ucm.es/index.php/ARIS/article/view/59483

[5] «Tecnologías del yo» es el título de un seminario impartido por Michel Foucault en que describe las tecnologías del yo como aquellas que «permiten a los individuos efectuar por sus propios medios o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre sus propios cuerpos y almas, pensamientos, conducta y forma de ser, para transformarse a sí mismos con el objetivo de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría, perfección o inmortalidad». Citado por Chiara Bottici, Manifiesto anarcafeminista, p.64.

[6] Paul B. Preciado (2020): Testo yonqui. Sexo, drogas y biopolítica. Anagrama, Barcelona, p. 55.

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

LA REVISTA MUJERES LIBRES: DE REVISTA CULTURAL A PERIÓDICO DE COMBATE

 

La revista Mujeres Libres supuso una experiencia destacada en el fe anarquista porque las mujeres tomaron la palabra sin estar condicionadas por los hombres y les permitió crear vínculos de cordialidad para lanzar la organización del mismo nombre. Revista y organización impulsaron una revolución de la existencia poco conocida.


Desde el último tercio del siglo XIX, cuando arraigó el anarquismo en España, existía una división que tendemos a olvidar: la frontera entre la escritura y la oralidad.  La escritura marcaba una diferencia de clase: se abría una brecha entre hablantes y escribientes, iletrados y letrados. No dominar la lectura y la escritura era percibido por las clases trabajadoras como una carencia, hombres y mujeres anarquistas batallaron para llenar ese vacío partiendo, muchas veces, de una formación académica mediocre y básica o a través del autodidactismo. Algunos/as anarquistas sabía leer y escribir, pero su mundo era el oral, quizás por ello daban tanta importancia a la palabra escrita (en forma de artículo, poema, obra de teatro, novela, etc.) como semilla de rebelión que, si se extendía, podía acabar con la opresión.

El anarquismo otorgaba en su discurso una importancia central a la cultura y la educación como instrumentos clave de su proyecto emancipador, aspectos instructivos y formativos aparecían como elementos imprescindibles del proceso de transformación de la persona y de la sociedad en general. No era rara la proliferación de escritores y, a mucha distancia, escritoras dentro del mundo ácrata, así como la fundación de periódicos y revistas, de vida efímera muchos de ellos, pero que constituía un elemento clave de su idiosincrasia. Donde había anarquistas había periódicos y, por tanto, obreros/as «ilustradas». Saber y revolución quedaron unidos en una ideología que hacía de la educación el componente indispensable para llegar a la revolución. De hecho, actuaban como «educadores/as del pueblo» a través de iniciativas como la creación de escuelas o ateneos, el ingente esfuerzo editorial y de edición de periódicos o la apuesta por la creación de literatura obrerista o teatro social.[1]

Por tanto, la difusión de las ideas y la cultura ácrata se apoyó siempre de una manera central en sus publicaciones. La edición de periódicos, revistas, folletos y libros era una parte esencial de la acción militante y una actividad fundamental de sindicatos, grupos, ateneos, etc. Como señala Javier Navarro, los periódicos y revistas desempeñaron funciones básicas tanto de cara al exterior (propaganda y movilización, vehículo de información alternativo al lenguaje y la prensa burgueses, divulgación de la cultura anarquista y formación de trabajadores/as) como al interior del movimiento anarquista y sindical (red de comunicación, información e intercambio, herramienta de articulación y soporte organizativos, expresión de grupos y tendencias, etc.).[2]

Durante la II República la propaganda anarquista dispuso de centenares de publicaciones en toda España, pero fue a partir de julio de 1936, en plena etapa de revolución y de guerra, cuando la edición de publicaciones se multiplicó enormemente: diarios, revistas, boletines de todas las organizaciones libertarias, de fábricas colectivizadas, de columnas de milicianos, de agrupaciones artísticas, etc.[3] Y entre esta auténtica explosión de publicaciones apareció Mujeres Libres, una revista muy especial por estar hecha por mujeres, tradicionalmente excluidas de las palabras. La experiencia de Mujeres Libres nos muestra métodos con los que las mujeres compartieron sus vidas con otras desde la escritura: institutos de Mujeres Libres, alocuciones de radio, teatro callejero, conferencias y debates, visitas al frente, etc. Las mujeres cambiaron a través de las palabras: escribiendo, leyendo, conversando y escuchando a otras, así como participando activamente en la organización Mujeres Libres y en las diversas actividades políticas y sociales que llevaron a cabo.[4]



 

Revista cultural en tiempos de paz (mayo-julio 1936)

En mayo de 1936 nació Mujeres Libres, fue una iniciativa del núcleo madrileño formado alrededor de las tres mujeres que siempre figuraron como redactoras de la revista: Lucía Sánchez Saornil, Amparo Poch Gascón y Mercedes Comaposada Guillén. Una revista con claro contenido feminista y anarquista que permitió superar el papel secundario de las tradicionales «páginas de la mujer» en las publicaciones ácratas.[5] Fue una revista de cuidada presentación, con una composición tipográfica estudiada y una maquetación artística llena de pequeños detalles en forma de dibujos y filigranas con diseños vanguardistas.

La revista era el primer paso de un plan de actuación para establecer, en palabras de Lucía Sánchez, «una red de cordialidad a través de las mujeres de toda España».  Si la revista continuaba, «en torno a ella quisiéramos crear grupos de simpatizantes».[6] Sánchez era consciente que no era nada fácil que las   organizaciones de mujeres fueran estables en el tiempo, puesto que debía conocer algunos de los intentos anteriores. También era consciente que la base para construir una organización sólida era el apoyo entre las mujeres y el reconocimiento de autoridad mutua, de ahí esa fórmula de la «red de cordialidad».

Se conservan trece números, los tres primeros con idéntica portada que se reservaba para el nombre de la revista con el subtítulo: «Cultura y Documentación Social», le acompañaba el sumario con el listado de artículos y los nombres de algunas autoras, otras se mantuvieron en el anonimato o firmaron con iniciales o seudónimos, los editoriales aparecieron sin firma.

La revista nació con vocación cultural, no de lucha, puesto que el propósito era capacitar con ideas y razonamientos humanitarios a las mujeres que se podían aproximar al entorno de la revista hasta captarlas como simpatizantes. La capacitación estaba presente en los editoriales, adjudicados a Lucía Sánchez, y a través de una serie de temas fijos que, en algunos casos se convirtieron en secciones, acordes con su propósito cultural: trabajo y sindicalismo; salud, sexualidad, maternidad e infancia; cultura; educación; conflictos internacionales; y feminismo.

Las redactoras se repartieron áreas temáticas desde el primer número: Lucía Sánchez se ocupó de temas de trabajo y sindicalismo, siendo la redactora de la sección anónima: «Jornadas de lucha»; Amparo Poch del área de salud, sexualidad, maternidad e infancia; y Mercedes Comaposada se ocupó de cultura. Las tres redactoras no podían abarcar más temas, quedando educación, un tema relevante en su plan de actuación, sin responsable. Antonia Maymón escribió un artículo sobre pedagogía en el primer número, era la persona adecuada por su formación, pero quizás su edad (55 años) y su trabajo en Beniaján (Murcia) no la animaron a hacerse cargo de la sección. Julia M. Carrillo escribió en el segundo número un artículo sobre coeducación, pero no volvió a firmar ningún artículo más en la revista. El tema del feminismo empapaba todas las secciones y temas puesto que se escribían desde esa perspectiva, de todos modos, había algunos artículos y editoriales que entraban en el tema de manera más directa.


Periódico de combate en tiempos de guerra (agosto 1936-otoño 1938)

El golpe de Estado, la Revolución y la Guerra Civil, marcaron un cambio sustancial del contenido de la revista al pasar de ser cultural a ser un periódico de combate (el formato periódico tenía unas dimensiones de 35 x 50 cm.). El conflicto bélico dio el protagonismo a los hombres armados en el frente, pero, a la vez, la Guerra y las transformaciones revolucionarias otorgaron una gran importancia a la retaguardia en la que las mujeres tuvieron gran protagonismo: «Si la guerra resta brazos a la producción, a las actividades ciudadanas, miles de brazos de mujer se disponen a substituirlos»[7].

La Guerra y la Revolución precipitaron los acontecimientos, se dejó de lado el plan a largo plazo, concebido por las redactoras de Mujeres Libres, para pasar a constituir, en septiembre, la organización del mismo nombre. La captación y capacitación de las mujeres tenía que acelerarse porque los acontecimientos apremiaban, por ello la revista se convirtió en un medio de agitación y combate. En este contexto se publicaron diez números con la redacción en fuga desde Madrid hacia Valencia y Barcelona.

La revista quedó trastocada completamente como ya se ha dicho, las áreas temáticas y las responsables que las habían asumido se vieron afectadas. Las tres redactoras vivieron una modificación importante de sus vidas y de sus responsabilidades organizativas, las tres marcharon pronto de Madrid y no volvieron a reunirse hasta el último año del conflicto bélico en Barcelona.

Mercedes Comaposada fue la primera que marchó de Madrid a Barcelona (septiembre de 1936), ella fue la responsable de que la revista siguiera saliendo a la calle con la ayuda de Consuelo Berges, sin embargo, no firmó ni un solo texto y la sección de cultura, que ella había asumido antes de la Guerra, subsistió como área temática pero desbordada por más temas que los inicialmente previstos (hubo un solo texto con el título «Libros» que recordaba una parte de su sección anterior).[8] Lucía Sánchez se dedicó intensamente a la constitución y consolidación de la organización Mujeres Libres y a otros organismos como SIA, solo firmó poemas en esta etapa. Fue Amparo Poch, pese a sus responsabilidades políticas en el Gobierno de Largo Caballero, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937, la que mantuvo la prolongación de una de las pocas secciones anteriores a la Guerra: «Sanatorio de optimismo», presente en todos los números entre el siete y el trece, excepto en el ocho (quizás porque en ese número publicó tres poemas). Ella mantuvo una continuidad en su participación en Mujeres Libres superando claramente a las otras dos redactoras en cuanto a textos firmados.

De las cinco áreas temáticas de la primera etapa (trabajo y sindicalismo; salud, sexualidad, maternidad e infancia; cultura; educación; conflictos internacionales), desapareció la última, manteniéndose las otras cuatro. El área de cultura se articuló, en parte, alrededor de la sección anónima (posiblemente escrita por Comaposada): «Palabra y letra de la revolución» que se publicó entre los números siete y once. El área de educación existió con la sección: «Niños», que condujo Florentina (Carmen Conde), entre los números ocho y doce. Las otras dos áreas temáticas: trabajo y sindicalismo, y, salud, sexualidad, maternidad e infancia, no tuvieron una sección particular, ni autoras únicas.

Aparecieron tres áreas temáticas nuevas al compás de los acontecimientos: guerra (frente y retaguardia), revolución, e información sobre la organización Mujeres Libres, esta última con una sección anónima titulada: «Actividades de las Agrupaciones Mujeres Libres», que apareció con continuidad entre los números ocho y trece. Como en la primera etapa, era difícil hablar de una sección sobre feminismo porque casi todos los artículos estaban empapados de estas ideas, pero algunos artículos tenían el objetivo concreto de definir el pensar feminista de la organización y de sus actividades. Si el feminismo empapaba la mayor parte de los contenidos, la Revolución y, especialmente, la Guerra (era muy frecuente que ambos temas fueran unidos en los artículos, poemas y relatos), impregnaron el contenido del periódico.

En conclusión

Sabemos que las palabras (sobre todo de hombres) fluían en los espacios libertarios, sabemos que proliferaron periódicos y revistas, muchos de ellos de vida efímera y otros de gran relevancia cultural. Sabemos que hubo verdaderos orfebres de la palabra (abundaban más los hombres de nuevo) que realizaban un trabajo cuidadoso y delicado en periódicos de combate, en revistas de cultura, a través de obras de teatro, poemas y novelas sociales que luego se representaban en espacios cerrados o en la calle, o se comentaban en locales, cafés de cooperativas, comunidades de vecindad o lugares de trabajo.

Las mujeres habían intentado tomar la palabra muchas veces y desde hacía mucho tiempo, las anarquistas no eran una excepción. Las mujeres que lo lograron, en el siglo XIX y primer tercio del XX, sí fueron una excepción, especialmente si pertenecían a las clases populares. Por supuesto, conocemos mujeres que se impusieron a costa de sacrificios y renuncias inmensas, de sufrir burlas y menosprecio (la condena de ser marisabidillas venía de lejos), de padecer marginación y de esconderse a menudo tras seudónimos o nombres masculinos. Ellas, igual que nosotras, sabían que tomar la palabra como mujeres, hablando o escribiendo, era vital. Por todo ello, la iniciativa de crear una revista como Mujeres Libres significó poner en marcha una auténtica revolución por el mero hecho de tomar la palabra y hablar con voz propia, sin hombres que marcaran pautas. Todo ello en un contexto muy especial (Revolución y Guerra Civil) que en parte propiciaba esta revolución y en parte la ponía en peligro.

Dijo George Orwell en Homenaje a Cataluña, que en la Barcelona revolucionaria se tenía el sentimiento de haber entrado de repente en una era de igualdad y libertad en la que los seres humanos estaban intentando comportarse como tales y no como piezas de la maquinaria capitalista. Las mujeres, embarcadas en la aventura de tirar adelante Mujeres Libres, experimentaron la humanización de la sociedad que vivió un terremoto en la retaguardia, espacio que se feminizó. Un lugar en el que había muchas mujeres asumiendo múltiples responsabilidades solas y abriendo caminos de libertad en plena guerra, mujeres que decidían abandonar el silencio y tomar la palabra, mujeres dispuestas a cambiar la existencia animadas por una atmósfera de esperanza sin restricciones tremendamente estimulante. Mujeres cuya vida mutó al desaprender la pasividad de sus vidas.

Romper una genealogía de mujeres silenciadas y dominadas no era nada fácil, rechazar y confrontar cualquier forma de dominación era un programa que en sí mismo era una revolución, sobre todo cuando se pusieron manos a la obra para construir relaciones sociales y comportamientos individuales bajo parámetros de clase y de género radicalmente nuevos. Esa revolución solo sucumbió en 1939.

 



[1] Javier Navarro Navarro: «Los educadores del pueblo y la “revolución interior”. La cultura anarquista en España» en Julián Casanova (coord.) (2010): Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España. Crítica, Barcelona, p. 193.

[2] Javier Navarro Navarro: «Los educadores del pueblo…», p. 206.

[3] Ferran Aisa (2006): La cultura anarquista a Catalunya. Edicions de 1984, Barcelona, p. 312.

[4] Todo lo referente a la revista Mujeres Libres procede de mi último libro. Laura Vicente (2020): La revolución de las palabras. La revista Mujeres Libres. Comares, Granada.

[5] Nash, Mary “Libertarias y anarcofeminismo, en Julián Casanova (coord.), Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España, (Madrid: Crítica, 2010), p. 159.

[6] Carta de Lucía Sánchez a Josefa Tena, una activista libertaria de Mérida con la que mantenía correspondencia relacionada con la revista, el 10-VII-1936 en Montero Barrado, op. cit., p. 116.

[7] Editorial sin título, Mujeres Libres, nº 6, semana 21 de la Revolución, diciembre de 1936.

[8]Libros”, Mujeres Libres, nº 6, semana 21 de la revolución, diciembre de 1936.

 

domingo, 13 de marzo de 2022

MUJERES LIBRES GENEALOGÍA DEL FEMINISMO ANARQUISTA


Nuestro propósito en este texto es hablar de las activistas de Mujeres Libres (revista y organización) y de su cometido. Conmueve conocer cómo estas mujeres, mayoritariamente obreras, crearon espacios feministas y anarquistas, cómo aprovecharon las circunstancias de la Guerra Civil y cómo pusieron en marcha una «revolución de la existencia» olvidada por todos/as. Queremos visibilizarlas, mostrar cómo sufrieron el sexismo por parte de sus propios compañeros y cómo la experiencia de revolución y guerra les cambió la vida. 

Las activistas de Mujeres Libres entendieron el anarquismo desde una vertiente personal (con un ardiente deseo de autonomía, de ser agentes de sus propias vidas), pero también   desde una vertiente social, obrera y feminista, basada en la lucha contra la dominación y la aspiración a una sociedad autónoma que crea sus propias normas. Desde esta convicción, consideraron relevante la creación de proyectos comunitarios autónomos, antiautoritarios y participativos en ámbitos como la educación, la actividad cultural, los medios de comunicación, la salud, la sexualidad, el bienestar social y la producción. Es decir, pensaron la transformación desde el bienestar y el malestar encarnados y no solo desde la producción.




Igualmente consideraron relevante desarrollar contextos de ayuda mutua en los que cultivar los valores anarquistas, fomentar la crítica a los sistemas jerárquicos existentes para ampliar los espacios de libertad en la vida cotidiana y, al mismo tiempo, desmitificar, subvertir y oponerse a ellos si era preciso.

En la revista Mujeres Libres, de un equipo de cuarenta autoras, ocho mujeres fueron las que firmaron más artículos: las tres redactoras (Lucía Sánchez, Amparo Poch y Mercedes Comaposada), Carmen Conde, Lola Iturbe, Áurea Cuadrado, Pilar Grangel y Etta Federn. De estas mujeres más comprometidas con la revista había un aspecto digno de mención: la mitad no habían tenido acceso a educación superior (Iturbe, Cuadrado, Sánchez y Comaposada), la otra mitad tenían títulos universitarios, predominando el de magisterio. Esta situación plantea una interesante alianza entre mujeres capacitadas desde el punto de vista académico y otras que eran obreras con formación autodidacta que hilvanaron desde muy pronto vínculos entre ellas haciendo crecer redes de apoyo mutuo, de solidaridad, de emancipación, que nunca olvidaron y siempre agradecieron. Esta red solidaria permitió a las mujeres obreras alfabetizarse, leer, ampliar sus horizontes, cambiar de trabajo, tener iniciativa propia, en definitiva, romper la cadena patriarcal de sumisión secular y emanciparse de la tutela masculina

A la presencia de mujeres obreras en el equipo de la revista hay que añadir que quienes mayoritariamente apoyaron la propia revista e ingresaron en la organización eran de origen social humilde y sin apenas formación académica, como señalaba Concha Liaño (Varias Autoras, Mujeres Libres. Luchadoras Libertarias, pp. 58): «(…) éramos la mayoría mujeres de pueblo, obreras. Nuestro nivel intelectual, exceptuando cuatro o cinco luchadoras, no era muy elevado en cuanto a preparación académica propiamente dicha, pero con respecto a nuestro sentido común, inteligencia innata, criterio justo al juzgar, que se me perdone la inmodestia, en eso éramos insuperables».

Tanto la revista como la organización Mujeres Libres rechazaron con claridad cualquier colaboración escrita de los hombres. En la exclusión de los hombres ejerció una gran influencia su concepción del feminismo basado en la diferencia de género y en la existencia de una naturaleza femenina, diferente a la masculina, que debía marcar las pautas en la revista y en la organización. Pensaban que si los hombres intervenían acabarían imponiendo su manera de entender la lucha de las mujeres. Este temor procedía de su experiencia personal y de las dificultades que encontraban para integrarse en las organizaciones del Movimiento Libertario (ML), no como meras comparsas pasivas, sino como personas con opiniones y criterio. Esta integración no era fácil puesto que el ML consideraba que el lugar privilegiado desde el que crear conflicto y hacer la revolución era el ámbito mercantilizado y masculinizado de la producción: el trabajo asalariado era el que confería identidad de clase y articulaba el sujeto de lucha (Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía, p. 52). La presencia de las mujeres era dificultada en ocasiones, negada, otras; y sus reivindicaciones minusvaloradas o consideradas de mujeres.

Las activistas afrontaron, por tanto, un auténtico desafío encarnado, una contienda que estuvo inscrita en el cuerpo. Es difícil comprender el alcance de las ofensas y vejaciones sufridas para tomar esta decisión tan contundente y drástica de no aceptar, pese a sus ofrecimientos, a los hombres. Para acercarnos al sexismo que sufrieron tenemos que guiarnos por intuiciones desde lo no verbalizado o por lo dicho, muchos años después, en la correspondencia privada entre ellas.



Sara Berenguer

En 1993, Sara Berenguer Laosa (1919-2010) y Concha Liaño Gil (1916-2014), componentes de Mujeres Libres, entablaron correspondencia para intentar reconstruir los recuerdos de los años vividos durante la Guerra Civil y recogerlos en un libro. No se habían visto desde 1939 cuando salieron por la frontera francesa camino del exilio, las dos eran veinteañeras. Concha vivía en Paparo (Venezuela) y Sara en Montady (Francia), las dos estaban en la setentena, había pasado toda una vida desde que se separaron. Sus cartas muestran la alegría por volverse a poner en contacto y enseguida fluyen los recuerdos y sus problemas económicos y de salud que intercambian con confianza.

Es en el contexto íntimo de confianza de estas cartas en el que Concha, una de las fundadoras de la Agrupación de Barcelona en septiembre de 1936, le dice a Sara (1 de agosto de 1993):

«La verdad Sara es que nosotras éramos quijotes por partida doble: nuestros compañeros luchaban por la liberación del proletariado sin darse, sin querer darse cuenta que nosotras, el género femenino, estábamos como seres humanos en la misma situación de indefensión con respecto al género masculino. Mis peroratas a los grupos de Mujeres Libres que se organizaban estaban inspiradas en esta premisa: nada de enfrentamiento con [el] sexo opuesto. Ayudarlos a comprender la injusticia que se cometía con la mujer… a ellos que luchaban por la emancipación del proletariado».

Es decir, había que hacerles entender aquello que tenían delante de las narices y no veían, eso sí, procurando evitar el enfrentamiento abierto. Pero el problema no era solo social, era también personal tal y como le vuelve a comentar en la misma carta Concha:

«Es el eterno problema (…) somos buenas compañeras para la lucha. La experiencia me ha demostrado que “en la casa”, como “esposa”, los hombres aspiran, hasta el más liberal, [a] otra clase de mujer… naturalmente, con las debidas excepciones. Ese problema lo he tenido yo desde mi primer novio (…) yo recuerdo muy bien como los “compañeros” antes de la guerra se conducían con “sus esposas”».

Concha explica con meridiana claridad cómo los «compañeros» no consideraban que fuera relevante la lucha contra el sexismo y cómo en casa se comportaban como vulgares maridos haciendo uso de sus privilegios masculinos. Si las compañeras de lucha pretendían una relación igualitaria en el ML y en casa, la mayoría de los hombres no las consideraban idóneas como pareja.


Concha Liaño

Estas mujeres callaron sistemáticamente en público, más allá de algunas voces minoritarias, para evitar el enfrentamiento con los «compañeros». Este silencio se mantuvo y resurgió en 1993 cuando Sara Berenguer escribe un trabajo sobre Mujeres Libres y la revolución y se lo envía a Soledad Estorach (otra integrante de Mujeres Libres) para que le diera su opinión. Esto le escribe Sara a Concha (27 de octubre de 1993):

«[Soledad Estorach] lo cambió de tono. Sole no quería que se hablara o no comentara ciertas acciones de los compañeros, “pobres chicos”. Quería reivindicarlos, cuando, en suma, todos sabemos que, si bien los ha habido nobles, otros han sido rudos con sus propias compañeras».

Retazos, pedazos, fragmentos, retales de los que estirar para recomponer lo valiosa que fue una experiencia feminista sin igual como la de Mujeres Libres y los obstáculos con que se encontraron. La Guerra Civil constituyó una experiencia de libertad y de responsabilidad sin precedentes para las mujeres anarquistas y libertarias. Construyeron un feminismo de clase sustentado en la gran novedad de que las mujeres tenían que vivir solas, salir solas y asumir las responsabilidades familiares solas, algo que siempre se había considerado imposible y peligroso.

Las mujeres anarquistas y libertarias fueron muy pronto expulsadas del frente como milicianas y situadas en la retaguardia. No desaprovecharon la oportunidad y fueron capaces de acometer una revolución que transformó la vida, los cuerpos y las palabras, en definitiva, que cambió la existencia. Esta «revolución de la vida» fue posible porque la Guerra Civil propició un «momentum» (así lo denomina J. Rancière en Momentos políticos, p. 141), es decir, una etapa de «desplazamiento de los equilibrios y la instauración de otro curso del tiempo. (…) una reconfiguración del universo de los posibles». La «revolución en femenino» la llevaron a cabo mujeres, muy arraigadas a la realidad desbordando el trabajo asalariado (en la línea de centrarse en los procesos de aprovisionamiento social, pasaran o no por los mercados) y el sujeto de la lucha, y todo ello con poca presencia de la ideología.

Una revolución la suya sin épica, sin heroicidad, silenciosa, poco aparente, sin espectacularidad, que hizo posible que simples obreras «medio analfabetas» (carta de Concha a Sara, 27 de noviembre de 2007) demostraran su capacidad para gestionar la vida y convertirse en solucionadoras de problemas y preservadoras de la existencia en lo cotidiano. En esa gestión de la vida estuvo la enorme trascendencia subversiva y revolucionaria de sus empeños en la retaguardia. Una revolución en la que inventaron su propia política encarnada tejiendo vínculos entre ellas, generando amistades y proximidad física. Estos vínculos constituyeron un bálsamo de cordialidad y concordia dentro del grupo para afrontar la supervivencia mucho más difícil de lo habitual en tiempos de guerra.

Las protagonistas de Mujeres Libres vivieron con pasión un tiempo en el que una parte de la sociedad se mantuvo unida por el cemento de la solidaridad, sin el peso muerto del poder y la autoridad. No resulta fácil acercarnos a esa atmósfera de energía mágica, de alegría compartida, a esa sensación de que el mundo vivido hasta entonces se convertía rápidamente en una reliquia histórica, en una larga pesadilla dejada atrás. La promesa de un nuevo comienzo que no tenía más límites que los de la imaginación resultó difícil de olvidar para nuestras protagonistas, pese al contexto de guerra y enfrentamientos en el propio bando. Así lo reconocía Concha Liaño: «mi reloj “cronológico” se paró al salir para Francia. Si no fuera por esos recuerdos que son el telón de fondo de mi vida, no sé qué hubiera sido de mí». Y más sorprende si cabe: «Creo que fuimos privilegiados, a pesar de la derrota: al menos tuvimos una etapa en la cual, sabíamos para que vivíamos» (carta de Concha a Sara, 1 de agosto de 1993).

Esa fue «su revolución de la vida», una transformación de largo recorrido que empezó a cambiar las formas de vida, las relaciones personales, el trabajo, los «cuidados» y un sinfín de aspectos poniendo atención en lo pequeño, en lo callado, en lo íntimo, en el aliento de cada cuerpo. Estas mujeres vislumbraron otros mundos posibles y, pese a la derrota, nunca lo olvidaron. Recuperar esos hilos de memoria, esa genealogía de una revolución feminista, anarquista y proletaria, debería ser una tarea necesaria para las mujeres y para los movimientos feministas actuales.

 

 Publicado en el Blog "El rumor de las multitudes" de El Salto, 4 de marzo de 2022

https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/mujeres-libres-genealogia-del-feminismo-anarquista