Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

martes, 23 de diciembre de 2025

CABREADA (a falta de mejor título)

 




Cabreada[1] con lo que ha ocurrido en el PSOE en los casos de acoso (laboral y/o sexual) dentro del propio partido. Enfadada con ese me too que parece que se ha detenido (o lo han detenido). Si las personas afines al PSOE se consuelan porque la derecha también parece participar de la epidemia, esto no avanzará o lo hará muy lentamente. Me ocurre lo que, a Pascal Bruckner en el magnífico El buen hijo, que siendo de izquierdas (confieso que cada vez me gusta menos esa manoseada etiqueta), «las únicas estupideces que me indignan son las de la izquierda, las demás me dejan indiferente». Aunque, como ya he dicho, estoy tentada de desertar, prefiero pensar contra mi propio campo y minarlo desde dentro.

Y de eso va mi profunda irritación. Aunque nunca he confiado en las instituciones ni en las leyes para hacer frente a este comportamiento tan masculino de abusar del poder contra las mujeres cercanas (no digamos las que no lo son), me da por pensar en cuál ha sido mi colaboración en este asunto. Siempre he afirmado, lo tengo señalado en diversos escritos, que este es un «problema estructural»:

 

«Difícilmente el término violencia puede definir la compleja situación de desigualdad, subordinación y discriminación a la que las mujeres todavía estamos sometidas, y también la experiencia que tienen en esta situación distintas mujeres en contextos diferentes. Es importante, por tanto, indagar en las motivaciones y las formas que adopta la violencia masculina sobre las mujeres puesto que está extendida en todas las latitudes y atraviesa todos los estratos sociales. Esta tarea de comprender qué se esconde detrás de la violencia es importante para poder oponerse con otros instrumentos que no sean solo los de la justicia penal que están demostrando su fracaso».

 

Pero, mientras las mujeres indagamos en qué hay tras esa violencia (no solo física) que resulta tan transversal y que llega a nuestros propios colectivos en formas diversas, como no podía ser de otra manera, me mosquea mucho que no solo quienes cometen esas violencias sino muchas más personas lo ocultan, lo desvían, lo ignoran.

Los hombres deberían hacer una profunda reflexión sobre su actitud, su conducta, sus hábitos respecto a las mujeres cercanas, las compañeras de partido, sindicato o colectivo. En el caso de lo ocurrido en el partido gobernante, a ninguno de los partidos que le apoyan (dentro o fuera del gobierno) se les ha ocurrido que estos abusos de poder y la manera de referirse a las mujeres por parte de la cúpula del partido, ahora defenestrada por corrupción, pueda ser una «línea roja» (además con 38 muertas a las espaldas de la sociedad de las actitudes patriarcales más violentas).

Cuando las propias mujeres, no digamos los hombres, priorizan el partido a la denuncia del abuso (lo vimos con Sumar y Errejón y lo hemos visto en las denuncias «perdidas» seis meses en el PSOE), emerge ese hábito cultural de que el abuso con las mujeres en realidad no es tan grave, que hemos mejorado mucho, que se las acepta incluso en la cima del poder, incluso que se las escucha. Las 1333 mujeres asesinadas desde 2003, no ensombrece esas afirmaciones escuchadas o leídas estos días en los medios de comunicación.

Todas las personas estamos hechas de orden patriarcal. Los hombres siempre respetan más a otros hombres, valoran más las aportaciones de otros hombres, desde su manera de entender el pensamiento y la propia agencia, es raro que en su selección entren «las otras». Pero me preocupa que nosotras, feministas y anarquistas, para ir más allá del discurso de la víctima que no es un discurso subversivo y puede convertirse en un discurso reaccionario, nos hayamos acostumbrado a convivir con esos hábitos patriarcales de los compañeros de lucha.

Queremos trascender el guion de víctima y desarrollar formas alternativas de lidiar con la violencia y el abuso patriarcal. No es nueva la propuesta de promover acciones de lucha y de educación social en lugar de confiar en las vías legales e institucionales. Pero si los compañeros no avanzan enfrentándose a sus actitudes, a sus formas de ver y vivir la vida que tienen mucho de antropológicas, nuestro camino, que tampoco está libre de lo patriarcal, va a ralentizarse en un momento en que estamos sufriendo un ataque muy duro desde la extrema derecha.

Ojalá no abandonemos el cabreo pese al desgaste que supone y que tanto debilita la lucha que, fundamentalmente, recae sobre las mujeres, las personas que se perciben como tales y las no binarias.

Laura Vicente

 



[1] La imagen que acompaña mi escrito también es irritante: el ilustrador consideró oportuno en plena revolución (la imagen es del periódico CNT, 1936) que las mujeres se liberaban con su criatura en brazos. El contraste con los compañeros que van detrás es muy explícito.

sábado, 13 de diciembre de 2025

¡QUÉ DIFÍCIL ES HACER LA REVOLUCIÓN! AYER Y HOY

 

Kati Horna

Cuando buscas las huellas, los ecos, las resonancias de la revolución que Mujeres Libres hizo suya, dándole la vuelta al papel que sus compañeros reservaban para ellas, encuentras noticias que muestran las dificultades que tuvieron que afrontar las anarquistas. Estas «huellas» se han encontrado en Solidaridad Obrera, «órgano de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña y portavoz de la CNT de España».

Estaba leyendo este diario en torno a agosto de 1937, mes en el que Mujeres Libres celebró la Conferencia en la que se constituyeron como Federación Nacional. En ese año seguía vivo, aunque dañado, un proceso de revolución social en el contexto de la Guerra Civil en el que habían participado las mujeres anarquistas desde espacios libertarios diferentes. Mujeres Libres hacía once meses que existía y había aprovechado ese tiempo para organizarse, crecer con rapidez inesperada y reapropiarse de la revolución a su manera corporal y vivencial.

Vamos a hablar del pasado entendiendo que una «verdadera revolución solamente puede surgir a partir de un tiempo radicalmente nuevo, todo presente, tiempo-ahora»[1]. No se trata de romper con el pasado, lo que presupondría ignorar una poderosa relación con lo que fue y lo que será; se trata antes bien de vivir el presente en toda su dimensión de ahoridad, comprendiéndolo en cuanto punto focal en el que toda la historia se concentra.

Esta concepción de la historia está incrustada profundamente en cada presente.

La mayor parte de los hombres anarquistas se centraron en hacer la revolución en el contexto de la guerra (esta es como una ola que lo inunda todo en Solidaridad Obrera). No hay espacio para las mujeres, no hay espacio para Mujeres Libres, no hay espacio para una revolución de la vida que es en lo que andaban las mujeres anarquistas sin desatender las necesidades de dicha guerra.

No tenían tiempo para prestar atención a lo que hacían las mujeres y, en general, las siguieron tratando con condescendencia, paternalismo y superioridad. Algo muy perceptible en el hecho de que, mientras Mujeres Libres celebraba en Valencia la mencionada Conferencia para constituir la Federación Nacional (del 20 al 22 de agosto), Solidaridad Obrera, el día 22, en su sección «La pregunta del día», se dirigía a las mujeres obreras de una forma muy peculiar, perdonadme el eufemismo, al preguntarles qué opinaban de la guerra y la revolución. El diario reconocía que las mujeres «lo dieron todo», como les correspondía como mujeres sacrificadas, y eligió a una madre, una viuda y una muchacha antifascista para que respondieran a sus preguntas: «Se trata de saber lo que opina el sexo débil de esta inmensa epopeya que vivimos» (…)».

Una epopeya masculina, se sobrentiende…


Kati Horna


No les cuadra a las obreras ser el sexo débil, pero todo queda claro cuando lo que se resalta no es su trabajo productivo sino su condición de madre, viuda o muchacha antifascista. La madre es caracterizada como «matronil y rozagante», la viuda como «mujer resignada y de aspecto triste que lleva a una niña de la mano».

En realidad, ninguna de ellas dio su opinión sobre la guerra y la revolución salvo para decir que lo habían dado todo: una tenía cinco hijos combatientes, la viuda había perdido a su pareja en las barricadas en julio del 36 y la «muchacha» consideraba a los soldados como los «auténticos héroes».

Ellas vivían la guerra y la revolución a través de ellos, según la subjetividad masculina.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

Pocos días después, Solidaridad Obrera informó sobre el mitin de clausura de la Conferencia de Mujeres Libres (1 de septiembre), tituló la breve noticia como: «Importante mitin de Mujeres Libres, en Valencia». La importancia del mitin se refería a aquello que les pareció más destacado: la «misión principal de la mujer, [era] la de ser educadora de sus hijos».

Nada nuevo bajo el sol, como si no hiciera más de un año que se había iniciado una revolución social.

En el mitin hablaron: Luisa García Boronat, de las Juventudes Libertarias de Valencia, María Jiménez, Secretaria del Comité Regional de Cataluña de Mujeres Libres, Mercedes Comaposada, redactora de la revista Mujeres Libres y Federica Montseny que nunca formó parte de esta organización y revista. Pues bien, solo mencionaron a Federica, obviando los nombres de las auténticas protagonistas, destacando de sus palabras que «la misión de la mujer es criar a los hijos y al mismo tiempo el mundo para los hijos».

Una parte importante de estas noticias las firmaba el redactor corresponsal Ben Krimo, es decir León Azerrat Cohén, un periodista judío libertario.  En su crónica telefónica desde la Conferencia de la constitución de la Federación Nacional afirmaba:

«La mujer ha venido a la vida a cumplir misiones profundas y elevadas. Es madre, hija, compañera y hermana. Lo da todo y no exige nada. Hasta ahora, la mujer para muchos es un objeto más de placer en nuestra vida y sería magnífico borrar esta terrible concepción de la mujer».

La imagen que los hombres tenían de las mujeres anarquistas estaba siendo cuestionada desde hacía tiempo, pero con muchas dificultades. Para ellos, las mujeres existían como su complemento, «la otra» que solo tenía sentido en referencia a ellos: madre, hija, compañera y hermana. Ah, y como no, objetos de placer.

Las dificultades resuenan como ecos en el presente, no son las mismas, pero persisten.

La revolución tuvo sus límites, y uno relevante fue que consideraron a las mujeres como reproductoras y cuidadoras y poca cosa más, ni siquiera advirtieron que estas, desde esos espacios tradicionales, revolucionaron la existencia, fueron más allá que ellos mismos. Ya lo decía el propio Ben Krimo: «Hasta ahora enfrascados los hombres en nuestros problemas, no hemos tenido tiempo o no hemos querido prestar a la mujer la atención que merece». Es decir, no se enteraban de lo que pasaba a su alrededor y continuaban con su concepción paternalista, patriarcal y panoli.

No se enteraban, pero molestaban.

Lucía Sánchez Saornil en una entrevista que le hizo Ben Krimo acabada la Conferencia de Valencia, a su pregunta: «Qué dificultades encontráis para vuestro desenvolvimiento?» No dudó en responder que las «dificultades mayores han estado en la indiferencia masculina hacia nuestras aportaciones (…)».

Porque indudablemente las mujeres anarquistas hablaban y actuaban mucho más allá de esa imagen de madre-hija-hermana-compañera-viuda, ocupadas siempre en los cuidados y la infancia, funciones que no rechazaban, pero no necesariamente definían su identidad. Veamos las respuestas de Lucía a dos preguntas más del periodista:

-----«¿Cuáles son vuestras labores en estos tiempos?» Y respondía Lucía:

«(…) activar la articulación nacional de nuestras Secciones de Trabajo para aportar a la guerra un rendimiento oportuno en la primera ocasión. También hacer propaganda de nuestra causa en el extranjero. En este mes acudiremos al Congreso Femenino de Ginebra, y organizaremos varios actos en París y tal vez en Bruselas. No tratamos de captarnos las esferas oficiales. Nos importa atraernos la simpatía y la comprensión de los pueblos».

----«¿Qué aspiraciones inmediatas tenéis?

(…) poder intervenir en la dirección de los destinos de nuestro país. Nuestro deseo va más lejos del iberismo: va hasta el internacionalismo. Pero nos hemos detenido en lo nacional, mientras logramos estrechar lazos de relaciones con nuestras camaradas de Portugal y otros países…».

¿Qué relación había entre el papel que otorgaban los hombres a las mujeres y la agencia de estas? Parecen dos mundos paralelos definidos, como bien dijo Lucía, por la indiferencia de ellos hacia las aportaciones de ellas. Quizás, dos maneras de entender la revolución.

Sin duda, debemos vivir el presente en toda su dimensión de ahoridad, pero el hoy no es sino el «punto focal en el que toda la historia se concentra», ese es uno de los sentidos de conocer el pasado.

 Laura Vicente 

 Escrito publicado en Agràcia, Revista del Ateneo Libertario de Gràcia, Barcelona, nº 7, 2025



[1] Andityas Matos (2023): La an-arquía que viene. Fragmentos para un diccionario de política radical. España, Ned Ediciones, pp. 61-62.

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

EL MUNDO DESPUÉS DE GAZA

 



He terminado hace unos días la lectura del libro de Pankaj Mishra[1] cuyo título es el que le he dado a este escrito. Confieso mi prevención porque el material que he leído sobre Gaza tras el 7 de octubre de 2023 me ha gustado poco. Este libro rompe esa racha y procuraré explicar las razones por los que me ha gustado y, de esa forma, hablaré de este libro.

1ª RAZÓN

La sorprendente decisión de que la primera parte del libro esté dedicada a la Shoah y a sus postrimerías, me parece una sabia decisión por parte del autor.

La Shoah, como no podía ser de otra manera, marcó a varias generaciones de judíos. El 7 de octubre de 2023 era fácil revivir el miedo a otro Holocausto. Cuando se formó Israel en 1948 pareció el único refugio posible, sin embargo, no fue así al establecerse en un espacio en el que se tuvo que llevar a cabo una limpieza étnica y quedar rodeado de pueblos desposeídos y naciones  vengativas.

Los primeros colonos sionistas que llegaron a la zona de Palestina llevaron ideas socialistas (las granjas colectivas), los sindicatos y la planificación económica. Quizás por ese motivo Stalin maniobró en favor de los sionistas y de la constitución del Estado de Israel. No fue el único apoyo desde la izquierda que recibieron.

Pero a medida que se aceleró la descolonización en Asia y África, muchos izquierdistas de una nueva generación comenzaron a alinearse con los pueblos del Tercer Mundo que habían sido colonias y empezaron a tildar a Israel, especialmente tras la guerra de los Seis Días en 1967, de empresa racista y colonialista. Esta guerra fue la segunda fundación de Israel, el país se reafirmó como potencia expansionista con la ocupación de tierras árabes. En este contexto se reavivó y se incorporó la Shoah en la retórica oficial israelí, convirtiendo el asesinato de seis millones de judíos en la nueva base de la identidad de Israel.

A partir de este análisis, Mishra trata de clarificar dos cuestiones que para muchas personas continúa siendo incomprensibles: cómo había llegado Israel, un país construido para acoger a un pueblo perseguido y sin hogar, a ejercer un poder terrible sobre la vida y la muerte de otro pueblo de refugiados; y cómo puede la mayoría del poder político y periodístico occidental ignorar, incluso justificar, sus injusticias y su crueldad sistemática.

Se revisa y explica la cruel experiencia judía de la modernidad que los consideró sistemáticamente «extranjeros» en Occidente; cómo el antiguo odio hacia los judíos se fue convirtiendo, con el auge del nacionalismo, en antisemitismo racial; el surgimiento  de la idea de una patria judía que dio paso al nacionalismo sionista; el culmen de estos factores con el Holocausto que concibió Alemania pero que contó con el silencio o el apoyo de Europa, Estados Unidos y, de otra manera, la URSS; la recuperación de la Shoah en los años sesenta que aceleró la conversión de las víctimas y supervivientes en una serie de argumentos ideológicos y políticos al servicio del sionismo; el giro de Israel hacia la derecha después de la segunda intifada palestina (2000-2005).

Estos acontecimientos han convertido a Israel en un reducto de etnonacionalismo cruel y en un «laboratorio» para la producción y ensayo de las herramientas empleadas por otros etnonacionalistas para reprimir a sus pueblos.

2ª RAZÓN

Tengo una mala relación con el campo activista y/o institucional de lo que se denomina memoria. Concuerdo con lo que señaló en una ocasión Susan Sontag: «Eso que llaman memoria colectiva no es un recuerdo, sino la imposición de que algo es importante (…)». El recorrido que el autor realiza sobre la manipulación de la Shoah en los países occidentales resulta importante para cuestionarnos el papel que tiene la «memoria» y la posición poco crítica por parte de sectores de la izquierda.

La Shoah/Holocausto pasó de la inexistencia hasta principios de los años sesenta del siglo XX, a una etapa posterior que llega hasta la actualidad en la que existe una cultura del recuerdo sin precedentes sobre el Holocausto. La memoria colectiva de la Shoah en Europa y en Israel se construyó, según el autor, a posteriori, en ocasiones deliberadamente, y con fines políticos específicos.

Pankaj Mishra proporciona numerosos datos de como las víctimas judías de Hitler pasaron de ser ignoradas a convertirse en un pilar clave de la identidad paneuropea que alberga la Unión Europea. Para justificar esta opinión, el autor recorre la posición de Alemania (Occidental y Oriental de formas diferentes) después de la guerra de un rechazo profundo y a veces cruel a enfrentarse con lo que realmente pasó y reconciliarse con ello. Y cómo al reclamar la cultura de la memoria de la Shoah, a partir de los años sesenta, se las hubieran arreglado para evitar reconocer los crímenes que la hicieron posible.

Y de Alemania salta a Estados Unidos porque tampoco en este país han sido inofensivas las manipulaciones de la memoria de la Shoah. Recordar y conmemorar la Shoah en los países occidentales eliminó recuerdos incómodos de su posición durante la guerra respecto a lo que conocían del exterminio de la población judía. Las barreras a la emigración de los refugiados judíos fueron en Estados Unidos muy duras en plena guerra y una vez finalizada esta. Por ejemplo, 250.000 judíos se vieron condenados a pasar años en un limbo de campos de desplazados dirigidos por los Aliados, porque no había ningún país dispuesto a acogerlos.

También Israel dio un dramático y funesto giro de guion cuando la clase dirigente de Israel que había sido abiertamente laica empezó a considerar a los sionistas religiosos como socios suyos en el proyecto de judaizar la tierra que habían tomado en 1967. La memoria de la Shoah cumplió un papel tanto en Israel como entre los judíos estadounidenses estableciéndose vínculos, cada vez más profundos, entre los gobiernos israelíes, los grupos judíos pro-Israel y los supremacistas blancos.

El recorrido que hace el autor partiendo de estos vínculos es inquietante y extrañamente clarificadora de la actualidad muy relacionado también con la descolonización y el consiguiente neocolonialismo racial.

3ª RAZÓN

La relevancia del racismo en toda esta historia.

El racismo como algo más que un repugnante prejuicio personal, es decir, como una forma de ordenar la vida económica y social en gran parte del mundo. La «línea de color» como «religión» de la raza blanca desde principios del siglo XX que provocó el más violento de los fanatismos y la descolonización como una promesa de igualdad.

La idea de raza como «significante móvil», que no está conectada sin más a la clasificación biológica: es más bien una categoría flexible desde el punto de vista ideológico para definir a los otros. Eso abre un escenario de fraternidad humana y solidaridad más amplio que la comunidad étnico-racial, y una gama más amplia de víctimas de la modernidad.

La memoria de la Shoah se ha convertido, dice el autor, en una contranarrativa en la que se ha pervertido su memoria para permitir el asesinato masivo al tiempo que oscurecer una historia más amplia, la de la violencia occidental moderna fuera de Occidente.

Pero el autor no hace este análisis para caer en el maniqueísmo de buenos y malos, es consciente como Primo Levi de la «zona gris» y señala que, igual que la Shoah se considera el mayor de todos los males, incomparable y sin precedentes, los que describen el sionismo como ideología genocida pretenden aligerar la carga simbólica de la Shoah y representar la destrucción de Gaza como el verdadero mal de nuestro tiempo.

El autor es consciente, sin por ello justificarlo, del tortuoso camino que han recorrido los judíos para construir su Estado. Tan tortuoso como el de tantos otros pueblos colonizados. Y en tanto que gente que no encajaba, se convirtió en víctima propiciatoria de la nueva fe laica del nacionalismo.

Sabemos lo rápido que una víctima puede convertirse en un victimario inhumano y sucumbir a la idea de que una puede restablecer su propia identidad matando. Y deberíamos volver a leer a Primo Levi para entenderlo.

Recorrer ese «camino tortuoso» con Mishra es como bajar a los infiernos y una prueba de que este autor merece la pena ser leído, lo que no quiere decir estar de acuerdo en todo con él.

 

4ª RAZÓN

Releer a Primo Levi siempre salva de creerse en el lado correcto de la historia. El siglo XX dejó a la vista los peligros de un mundo donde no existía ningún límite ético que indicara lo que los seres humanos podían hacer o a lo que podrían atreverse. Gaza nos enfrenta de verdad a la enfermedad crónica de nuestras sociedades. Gaza provoca vértigo, provoca miedo, provoca pavor a la indiferencia de la muerte sistemática.

El libro abre muchos frentes de cuestionamiento y de reflexión que agradezco. Pero también encuentro temas que no acabo de ver claros, por ejemplo, la idea de que el fascismo lleva existiendo desde hace siglos. No comparto convertir el fascismo, una realidad del siglo XX, en un cajón de sastre donde cabe todo.

Tilda a algunos historiadores de anticomunistas, como Timothy Snyder, como si el comunismo fuera defendible, algo que no puedo compartir.

 Laura Vicente



[1] Pankaj Mishra (2025): El mundo después de Gaza. Una breve historia. Barcelona, Galaxia Gutenberg.