El motivo de este
escrito es recuperar un acontecimiento que lo es desde nuestra mirada,
posiblemente no lo sea para otras miradas. Un acontecimiento no está en
la cosa en sí, por eso hay múltiples momentos de la historia que hoy
consideramos acontecimientos y que no lo fueron durante cientos, incluso
miles, de años.
Me llamó mucho la
atención, hace unos años, el título de un libro de Peter Gelderloos: La
anarquía funciona[1].
El autor se centraba en cuestionar la idea de que la anarquía son
principios irrealizables como opina mucha gente, sino que ha habido (y hay)
sociedades y propuestas que demuestran todo lo contrario. La «mirada» puede
saltar por encima para borrar algo que podría ser digno de recuerdo para
nuestro presente.
Fue el socialista
Arturo Barea en su texto: Lucha por el alma española[2], quien afirmó que
había que «aprender del hecho de que los anarquistas eran unos administradores
y organizadores estupendos a pequeña escala». Desconozco qué entendía Barea con
pequeña escala, en todo caso el anarquismo ha tendido a concebir la
lucha en, por y para las situaciones que habitamos, situaciones territorializadas[3],
y eso es muy difícil de lograr a gran escala sino es a través del Estado con
todo lo que conlleva y que tanto repele a los anarquismos.
Cuando estalló la
revolución el 19 de julio de 1936, Juan García Oliver, nombrado jefe del
Departamento de Guerra del Comité Central de Milicias Antifascistas, pidió al
Sindicato de Metalurgia de la CNT que le trajeran al hombre más disciplinado y
mejor conocedor de la industria, el designado fue Eugenio Vallejo Isla[4].
Iniciada la guerra civil. la CNT enseguida proclamó abiertamente la necesidad
de producir armamento. Sorprendentemente se produjo una sintonía entre la
fuerza militar profesional leal al bando republicano que aportó conocimientos
técnicos, la mano de obra de la industria mayoritariamente cenetista y la
organización de ERC.
La Generalitat de
Cataluña creó la Comisión de Industria de Guerra (CIG) el 7 de agosto de 1936,
comisión que nunca hubiera podido funcionar sin la CNT. Además de Eugenio
Vallejo Isla que trabajaba en Hispano Suiza, participaron dos cenetistas
más: Manuel Martí Pallarés del ramo de química y Mariano Martín Izquierdo. Las diecisiete fábricas
privadas que se orientaron a la industria de guerra fueron colectivizadas por
la CNT
En sí esto que
explicamos lo podemos considerar un acontecimiento puesto que no se ha
repetido muchas veces que un sindicato anarcosindicalista colabore en organizar
y administrar una industria de guerra y que todas las industrias privadas que
se integraron en la CIG estuvieran colectivizadas. Sin embargo, quiero destacar
otro hecho: el papel destacado que Eugenio Vallejo Isla, un obrero metalúrgico,
tuvo en la CIG. Y es destacado, y mi «mirada» así lo extrae de muchos otros
hechos destacados, porque una persona común, un obrero, personalizó el
potencial de la inteligencia colectiva que mostró la capacidad de organización
y administración del anarcosindicalismo. Simples trabajadores y trabajadoras,
hombres y mujeres comunes, mostraron su capacidad para hacer funcionar fábricas
y gestionarlas para reconvertirlas en industrias de guerra como es el caso. Son
los y las ilustres desconocidas que encontramos descendiendo a lo ordinario,
algo que nos permite singularizar a personas concretas como es el caso de Vallejo Isla, un ser humano agenciado,
articulado con su cultura, es decir, un todo territorializado.
Vallejo Isla
(1901-1969)[5] formaba parte del comité
obrero de Hispano-Suiza y fue el encargado bajo las órdenes de García Oliver de
iniciar la designación de las fábricas que se iban a dedicar a la producción de
armamento. Una vez que se incorporó a la CIG a principios de agosto de 1936 continuó
en su tarea como responsable de la sección Metalúrgica hasta mayo de 1938, es
decir, no se desvinculó del sindicalismo. Desde el primer día de la CIG hasta
su disolución (agosto de 1938) tuvo una función de gestor de la producción de
guerra en todas y cada una de las fases de su organización y fue la persona que
acudió a más reuniones de la CIG.
Fue el eslabón
entre los y las trabajadoras y la política de reconversión industrial y
encuadramiento organizativo que la Comisión necesitaba al constituirse. No solo
fue organizador sino mediador en asuntos político-sociales cuando se producían
discrepancias. A principios de octubre de 1936, Vallejo se reunió con todos los
comités de las empresas y fábricas sidero-metalúrgicas que trabajaban para la
guerra y cuya mano de obra quedaba excluida de la instrucción militar.
También asumió
funciones que podríamos denominar institucionales o de representación de la
CIG: se entrevistó con ministros, participó en las conversaciones con Largo
Caballero, Prieto y Negrín para coordinar los esfuerzos de Cataluña y los
gobiernos de la República, actuando con plena autonomía y basándose en la
autoridad que le daba la CIG.
Todo esto no le
libró de la persecución comunista. En mayo de 1937, fue enviado a Francia para
agilizar el envío de materiales adquiridos por la CIG, viaje que le acarreo la
acusación por parte del PSUC que afirmaba que había huido de la zona
republicana llevándose una gran cantidad de dinero. Fue desmentido a través del
Comisariado de Propaganda de la Generalitat.
A partir de la
reestructuración de mayo de 1938 Vallejo pasó, entre otras cosas, a ser
director de una de las fábricas del ámbito público catalán donde se montaba el
mosquetón Mauser. En su huida de España en enero de 1939, Vallejo fue a parar
al campo de concentración para refugiados de Barcarés en el sur de Francia.
Concluyendo,
podemos hablar de «momentos» anarquistas que se producen superando las
ideologías doctrinarias y arraigándose a las situaciones que se producen y
escuchando la realidad. Esa escucha facilita el descubrir la dinámica que en
cada situación permite que se despliegue la potencia del actuar. En la práctica
esta dinámica se expresa de diversas formas contradictorias. Compartimos con Benasayag
y Cany que el único modo de acción posible en la complejidad es «pensar local y
actuar local», reivindicando la potencia de los saberes comunes y de las
experiencias situadas. Este acontecimiento nos puede permitir abrir
múltiples debates y reflexiones en el presente que contempla el pasado, no como
algo muerto y estanco, sino como un vínculo que nos permite pensar y acercarnos
a los efectos que tiene sobre el presente.
[1] Tengo la
2ª edición publicada en 2015, Madrid, La Neurosis o Las Barricadas Ed.
[2] Texto
contenido en el libro Contra el fascismo, Madrid, Espasa Calpe, 2023.
[3]
Un «estar
siendo» como señala Miguel
Benasayag-Bastien Cany (2024): Contraofensiva. Actuar y resistir en la
complejidad. Buenos Aires, Prometeo.