Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt
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viernes, 13 de marzo de 2026

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS AUTORITARIAS (III)

 

                                                         Ugland House. Islas Caiman


Como decíamos, «lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir «la política». Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y, ante el entramado de estructuras e instituciones de «la política», conforma la posibilidad de transgredirlas y superarlas. El ámbito de «lo político» no es el de la solución de problemas, sino el de las preguntas[1]. No obstante, el neoliberalismo arremete y cuestiona ambos ámbitos porque cuestiona los fundamentos de la forma política.


Pero no se queda ahí la cosa, destruir lo político significa desmantelar a la comunidad, a la sociedad. El neoliberalismo, con su defensa de los milmillonarios, sueña con escapar del Estado y huir de lo repulsivo que les parece la idea de lo público. Llevan décadas, como ya hemos dicho anteriormente, practicando agujeros en el tejido social e impulsando que desertemos de lo colectivo. Para evitar los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en ámbitos como la protección medioambiental, la educación y la sanidad pública, lo más «práctico» es que no haya democracia.

Toca reiterar que la democracia liberal nos ha llevado hasta aquí, no es el sistema a defender, pero el plan del neoliberalismo es una economía de mercado sin normas, sin reglas, sin límites. Algo que ya practica el capitalismo, con el visto buenos de dichas democracias, practicando agujeros en el territorio del Estado nación, creando zonas de excepción con legislaciones diferentes y, muchas veces, ajenas al control democrático. Por poner un ejemplo, es el caso del Edifico Ugland House, en las Islas Caimán que es la sede de doce mil sociedades empresariales. En su momento Barack Obama dijo: «O bien es el edificio más grande del mundo, o bien es el mayor fraude fiscal del que tenemos constancia». Era legal, un elemento cotidiano en el sistema financiero global[2].

Pero volvamos al desmantelamiento de lo social, es decir, al estatuto demonizado de lo social en la gubernamentalidad neoliberal. El ataque a la sociedad y a la justicia social es muy típico del proyecto de destrucción y de desprecio del Estado social en nombre de individuos libres responsabilizados.

Este desmantelamiento de lo social tiene lugar en muchos frentes. Uno de ellos consiste en negar la existencia de la propia sociedad como hizo M. Thatcher en 1980 o, simplemente, en banalizar la preocupación de la sociedad por la desigualdad o por no pagar impuestos las grandes empresas haciendo referencia a la «política de la envidia» de los pobres a los ricos. La justicia social, de esta manera, se desafía de la mano de la autoridad natural de los valores tradicionales. Mientras decrecen las inversiones sociales en salud, educación, vivienda, cuidado infantil, cuidado a los mayores y seguridad social, se reasigna a la familia (en especial a las mujeres) la responsabilidad de sostener a todo tipo de personas dependientes.

Este asalto a la justicia social desafía la igualdad, pone en la palestra las guerras culturales, convierte la libertad (de los mercados, de los milmillonarios) en argumento para desafiar y cuestionar otros elementos como el laicismo, la protección del medio ambiente, de la seguridad del trabajo, etc. y desorienta a la izquierda que no sabe cómo encarar este desafío. Si no hay sociedad, sino solo individuos y familias regidos por los mercados, la desigualdad no tiene el terreno vital de la justicia puesto que es en lo social donde se viven las sujeciones y las exclusiones, estas se identifican y se pueden cuestionar. Si solo hay individuos y familias la tentación de pensar que somos nosotras las culpables de la exclusión es muy fuerte. Cuando el neoliberalismo hace desaparecer las jerarquías sociales y las reivindicaciones colectivas, reducen todo a «lloriqueos» de personas fracasadas, a woke.

La libertad sin la sociedad es un puro instrumento del poder, desprovisto de las preocupaciones por los otros, el mundo o el futuro. De hecho, aparece la consideración de que es libertad de expresión todo sentimiento de (pérdida de) privilegio basado en la blanquitud, la masculinidad o la españolidad/catalanidad/vasquedad (en peligro), a la vez que niega que sea un producto social. El derecho al privilegio perdido se convierte fácilmente en rabia «justificada» que a su vez se convierte en la expresión de la libertad.

Afirma Wendy Brown que es un signo del triunfo de la razón neoliberal el hecho de que la gramática de lo social, incluyendo su relación con la democracia, haya desaparecido en gran medida de las visiones de futuro de la izquierda. La herramienta más poderosa para reemplazar la democracia por los mercados desregulados es arrancar la libertad de la sociedad y de la política.



[1] Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder, p. 41.

[2] Quinn Slobodian (2023): El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia. Barcelona, Paidós, pp. 15-16

lunes, 23 de febrero de 2026

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS AUTORITARIAS (II)

 



Pese a nuestro escepticismo y rechazo hacia las democracias liberales, las rebeliones antidemocráticas que crecen a nuestro alrededor suponen un ataque en toda regla a lo político, lo social, el bien público, el igualitarismo y la justicia social en nombre de la libertad y la moralidad tradicional.

El ataque neoliberal tiene como objetivo «lo político» puesto que es lo que sostiene la posibilidad de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Hay una diferencia importante entre «lo político» y «la política», esta segunda se refiere a las instituciones, coincide con los Estados y se identifica con las particularidades del poder político.

«Lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir la política. Wendy Brown dice que es una especie de teatro de deliberaciones, poderes, acciones y valores donde la existencia común es pensada, formada y gobernada. Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y crean un espacio distintivo de sentido para un pueblo, que genera identidad individual y colectiva de cara a otros.

Por todo ello, el neoliberalismo quiere limitar y contener lo político, separándolo de la soberanía, eliminando su forma democrática. Busca limitar y desdemocratizar lo político. Para este fin, los neoliberales han impulsado Estados e instituciones supranacionales despolitizadas, leyes para proteger la economía mundial, modelos de gobernanza basados en principios empresariales, sujetos orientados por el interés y disciplinados por los mercados y la moral. Es decir, potencian la gestión, la ley y la tecnocracia, en contra de la deliberación democrática, la protesta y el reparto de poder.

Nos olvidamos cuando vemos los resultados de los partidos de extrema derecha que crecen, aparentemente, sin hacer nada, que llevamos varias décadas de hostilidad contra lo político y que esa aversión ha generado, en poblaciones neoliberalizadas con un individualismo extremo, desorientación respecto a la diferencia que existe entre las democracias liberales y los sistemas totalitarios.

El neoliberalismo trata de desacreditar las democracias desvinculandolas de los estándares de veracidad, de lo razonable, de la responsabilidad y de la solución de los problemas a través de la comprensión y negociación de las diferencias. En combinación con el declive de la calidad de vida en el Norte Global, rasgo predecible de la globalización neoliberal, y con un futuro existencialmente amenazado, el ataque de la ira populista contra la democracia crece. Ese camino conduce a un sistema híbrido llamado «democracia autoritaria» o «iliberalismo», que funciona en la práctica como una autocracia. Aunque mantiene fachadas electorales, concentra el poder en líderes que restringen libertades, debilitan contrapesos institucionales y utilizan el Estado para perpetuarse, anulando la alternancia política. Esta es la peligrosa deriva que Trump está llevando a cabo en Estados Unidos.

Todos los planteamientos neoliberales, cuyos intelectuales tienen algunas diferencias (Milton Friedman, Friedrich Hayek, los ordoliberales cercanos a Carl Schmitt entre otros), coinciden sin embargo en algunos aspectos:

1.     Perciben las libertades individuales y los mercados, junto con la moralidad tradicional, como amenazados por los intereses y los poderes coercitivos y arbitrarios albergados en lo político.

2.     Todos cuestionan que lo político genere intereses que puedan distorsionar los mercados: las mayorías democráticas, los pobres, las mujeres, las personas racializadas o quienes promueven nociones como el bien común son algunos ejemplos.

3.     Se oponen al diseño político de la sociedad y, por tanto, a las políticas y los bienes públicos. Para ello tratan de contener los poderes políticos sometiendo a la política a coordenadas y medidas económicas y ponerla bajo el yugo del mercado.

Lo político, o lo que algunas denominan «democracia fuerte», es decir, movimientos sociales, democracia directa e incluso demandas democráticas al Estado, es marcado por el neoliberalismo como totalitarismo, fascismo o gobierno de las mafias. No pretenden, sin embargo, un Estado débil, sino que lo que buscan es un Estado unificado y fuerte, austero, no soberano y al margen de los compromisos pluralistas y las demandas de la población. El neoliberalismo teme a los sectores pobres y las clases trabajadoras que están interesadas en un Estado social. Las posibilidades para evitar su fuerza son privarles o dificultarles el derecho a voto o engañarles recurriendo a los privilegios y poderes apelando a la libertad antes que a la igualdad. Ingenuamente habíamos pensado en el pasado que los sectores populares se movilizaban siempre en contra de los privilegios y estamos viendo que en el siglo XXI, en momentos de deterioro de su situación económica y social, pueden movilizarse por defender lo que consideran privilegios: la blanquitud frente a la población racializada, la masculinidad frente a las mujeres, la nacionalidad frente a la población migrante, la heterosexualidad frente a la diversidad, etc.

Los efectos de la globalización que han incrementado las desigualdades y la inseguridad se han configurado como las bases de los populismos de derecha y de la demagogia política en el poder. La extrema derecha está sabiendo canalizar un descontento social que crece (salarios bajos, vivienda que absorbe gran parte de los ingresos, precios del comer que agravan la situación de los consumidores, dificultad de acceso a las ayudas sociales, etc.) y lo está sabiendo dirigir contra un falso «enemigo»: la migración y contra la clase política tradicional.

La crítica a la democracia y a lo político está enmascarada a través de la libertad individual. Los llamamientos a limitar el poder político en nombre de la libertad, algo en lo que insisten VOX y Ayuso en España, justifica el rechazo del Estado que regula y defiende limitar la voz política del pueblo. Y eso pese a que la famosa Ley Mordaza se muestra intocable por parte del gobierno socialdemócrata, llamado «progresista».

 

viernes, 13 de febrero de 2026

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS AUTORITARIAS (I)

 



El Neoliberalismo lleva unas cuantas décadas extendiéndose por el mundo sin que haya encontrado una oposición importante en el terreno institucional. Más resistencia y lucha ha encontrado en la calle: movimientos antiglobalización de la década de los noventa del siglo XX y movimientos de las plazas contra la crisis financiera mundial y la recesión económica de 2008 que generaron una profunda crisis social.

En el terreno institucional, da igual que haya gobernado el conservadurismo que la socialdemocracia, desde la década de los ochenta del siglo pasado, el neoliberalismo se ha ido imponiendo aun cuando ha ido evolucionando e integrando nuevos elementos. Por ese motivo, algunas autoras hablan de que actualmente está en «ruinas»[1] si se atiende a cómo fue concebido en su origen.

Ciertamente el neoliberalismo se asoció a instituciones, políticas y relaciones básicamente económicas:

·       *Privatización de la propiedad y los servicios públicos (en España hemos vivido procesos de privatización de Repsol, del agua, de Telefónica, de la vivienda, del ferrocarril, de los servicios de hospitales públicos, etc.). Esta privatización ha ido reduciendo el Estado social.

·       *Desregulación del capital más o menos intensa según los países. Elon Musk está muy interesado en intensificar dicha desregulación en Europa y está dispuesto a declararle la «guerra» si no cede.

·      *Control del factor trabajo y quiebra de las organizaciones de trabajadores y trabajadoras. El proceso es evidente en España y en todos los países.

·       *Impuestos y tarifas que favorecen las inversiones extranjeras. También es un proceso evidente desde hace años.

Algunos analistas, especialmente los neo marxistas, entienden el neoliberalismo como una nueva versión del capitalismo que ya no necesita realizar concesiones económicas, políticas y sociales debido al derrumbe del llamado «socialismo real» que sobre todo a partir de 1945, acabada la II Guerra Mundial, parecía ser una alternativa al capitalismo.

Sin embargo, Michael Foucault ya consideró que el neoliberalismo era sobre todo una alteración de los valores, coordenadas y principios de realidad que gobernaban el liberalismo. Para él, el neoliberalismo es una racionalidad nueva que desbordaba lo económico convirtiendo los principios de mercado en principios de gobierno aplicados por y al Estado (da igual quienes sean sus gestores: conservadores o socialdemócratas). Puesto que estos principios circulan a través de las más diversas instituciones y entidades en toda la sociedad (centros de enseñanza, lugares de trabjo, centros sanitarios, ocio, etc.), son «principios saturadores de realidad» puesto que gobiernan todas las esferas de la existencia.

Los mercados, además, necesitan apoyo político y de ahí surge lo que Foucault denomina «gubernamentalización del Estado» que consiste en que el gobierno está orientado a favorecer a los mercados y estos deben ser construidos, favorecidos, equipados y eventualmente rescatados por el Estado. De esta manera se produce una transformación de la gubernamentalidad liberal a la neoliberal en la que el Estado, el capital y el trabajo se reprograman de manera novedosa.

Coincido con quienes consideran que estamos en presencia de algo nuevo, distinto de los autoritarismos, fascismos, despotismos o tiranías de otros tiempos y espacios (Wendy Brown). Lo que viene sucediendo, no puede entenderse con las herramientas conceptuales de la política tradicional. Requiere, más bien, una interpretación antropológica de cómo las sociedades occidentales (y gran parte del planeta) han mutado tras la destrucción del movimiento obrero organizado y su perspectiva internacionalista. No se trata de un simple retorno al fascismo, aunque el nacionalismo fascista sea el referente discursivo de la clase política reaccionaria. Su ideología no nace de la política ni del pensamiento, sino de una mutación antropológica: la descerebración producida por la tecnología y la psicopatía[2]. Son solo dos ejemplos, Brown y Berardi, de que nos enfrentamos a algo nuevo, probablemente más feroz y cruel que lo que ocurrió en el siglo XX.

El anarquismo y otros sectores de la izquierda no institucional (excluido el llamado «progresismo» que ha colaborado en este proceso de neoliberalización), ¿comprendemos lo que está sucediendo en el mundo con el ascenso de las políticas neoliberales y antidemocráticas? Y no es que defendamos la democracia como el mejor sistema político puesto que su base es el capitalismo puro y duro, pero sì debemos entender los motivos por los que el neoliberalismo acaba defendiendo posiciones antidemocráticas, es decir autoritarias. Sería muy inoportuno y desmoralizador que no fuéramos capaces de interpretar lo que sucede con el «trumpismo» y sus diversas versiones en el mundo (también en España, claro) que crecen como una ola imparable. 


Laura Vicente



[1] Así lo afirma Wendy Brown (2021): En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Madrid, Traficantes de sueños. Otros libros suyos: La política fuera de la historia (2014). Madrid Enclave de libros. Estados amurallados, soberanía en declive (2015). Barcelona, Herder. Estados del agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía (2019). Madrid, Lengua de trapo. Estos libros han influido mucho en este texto. 

[2] Franco Berardi Bifo (2025): Pensar después de Gaza. Ensayo sobre la ferocidad y la extinción de lo humano. Buenos Aires, Tinta Limón.

martes, 23 de abril de 2024

Amador Fernández-Savater A vueltas con el capitalismo, el cambio social y las políticas del deseo

 



Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar (Ned Ediciones, 2024) de Amador Fernández-Savater es un libro en el que el autor continúa reflexionando sobre los temas que le preocupan, que le «afectan», que le traspasan el cuerpo y que aparecen en sus libros anteriores y en sus artículos en la prensa. El autor parte de un puzle de lecturas y conversaciones donde caben el Comité Invisible, Jean-François Lyotard, Marcuse, el colectivo Tiqqun, Diego Sztulwark, Jon Beasley Murray, Achille Mbembe, «Bifo» o Jorge Alemán. Y a partir de ese puzle articula la necesidad de tener una idea del funcionamiento del capital, del capitalismo libidinal, y se pregunta: ¿de dónde extrae las energías el capital, o las nuevas derechas a su servicio? ¿Cómo opera el capitalismo dentro de nosotras mismas? ¿Es posible resistir al neoliberalismo o no tenemos nada que hacer? Estas y otras preguntas y reflexiones recorren este libro que huye del pensamiento convencional y que trata de esclarecer las posibilidades que tenemos de afrontar al capital, un auténtico monstruo, un centauro bipolar que se mueve entre una pulsión de conservación, de normalidad y otra totalmente desquiciada de conquista y pillaje. ¿Es posible resistir a ese «monstruo loco»?

En el «Prólogo: En guerra con mis entrañas», Fernández-Savater ya nos anticipa que este libro va de eso, de pelearse con sus entrañas puesto que el neoliberalismo no es solo una política económica o una ideología es, siguiendo lo que dijo Foucault, la extensión de la lógica empresarial y el cálculo económico a todas las dimensiones de la vida. Su fuerza reside en que nos fabrica como seres humanos, nos construye un tipo de vínculos con los demás y con el mundo, siendo, por tanto, existencial. Por eso, se dice en el libro que se tengan las ideas que se tengan, las vidas son neoliberales y eso no depende de quién gobierne.

En cierta manera, el cambio social es contra nosotras mismas, contra nuestras entrañas colonizadas por el capital. La necesidad de cambio es totalmente impotente sin deseo de cambio y este pasa necesariamente por el cambio subjetivo, por el cuerpo, no solo por las ideas o por la situación material objetiva.

El capítulo primero, titulado: «La vida bajo el régimen del demasiado (o del no bastante)», nos sitúa en una forma de organizar el mundo y la vida que hace de la competencia la norma universal de los comportamientos. Porque el neoliberalismo gobierna a través de la presión ejercida sobre las personas por las situaciones de competencia que crea. Esa razón es mundial y «hace mundo», atraviesa todas las esferas de la existencia humana.

La conversación con el sociólogo Pierre Dardot y el filósofo Christian Laval alrededor de su libro La nueva razón del mundo, su lectura de Ahora del Comité Invisible, la película In time, la lectura del pensador francés Ives Citton y el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, le permiten a Fernández-Savater tejer un mosaico de saberes y de propuestas muy sugerentes y evocadoras. Desde el trasfondo del neoliberalismo, a la falta de memoria del pasado, desde la diferencia de la política y lo político a la experiencia de lo común, desde el tiempo cautivo a la imposibilidad de la atención, la crisis y el malestar aparecen omnipotentes, pero se piensan como ocasión para la solidaridad y el apoyo mutuo.

El segundo apartado: «Políticas del deseo: del Gran Rechazo a la Gran Dimisión», parte de cómo la represión del cuerpo en favor de la productividad se ha reemplazado hoy por la presión del rendimiento.  Pero este apartado de la mano de Jean-François Lyotard indaga en las políticas del deseo partiendo de las intuiciones de Mayo del 68 y de cómo los movimientos sociales de la década de 1960 dieron lugar a una gigantesca retirada del deseo que vacío de savia los canales y los objetos establecidos: familia tradicional, trabajo de fábrica, individualismo en serie, autoridad, dinero, consumo, propiedad, amor de pareja como propiedad del otro, etc.

Reflexionando sobre las posibilidades del cambio social y de la importancia de rescatar la clave femenina se van trasluciendo algunas características de una nueva idea de revolución que poco tiene que ver con la clásica revolución modelizada del siglo XIX y primer tercio del XX.

Las características de eso que se ha llamado el «Gran Rechazo» y la «Gran Dimisión», nos sitúan ante una reacción que desconcierta a la izquierda clásica e incluso a los movimientos sociales.

El siguiente apartado: «La derechización del malestar», nos muestra cómo la nueva derecha es capaz de leer los climas emocionales de rechazo, de daño y de resentimiento, poniéndolos al servicio de proyectos que los intensifican. El autor concluye que el problema es afectivo, no lógico, es de cuerpo, no de ideología, mientras la izquierda no sepa leerlo bien, la nueva derecha seguirá avanzando. De la mano del colectivo Tiqqun y de la conversación con Diego Sztulwark se va desgranando, entre otras cuestiones, las continuidades y diferencias entre el fascismo clásico y el fascismo posmoderno.

Y, por último, el capitulo cuatro, titulado: «Resistencias viscerales (conversaciones)», teje un mural de ideas poliédrico y complejo sobre la resistencia, las políticas del deseo, la crítica de la sociedad en la que vivimos, gozamos y sufrimos. Las conversaciones y/o entrevistas tienen como protagonistas a Jon Beasley Murray, Achille Mbembe, Yayo Herrero, Franco Berardi «Bifo» y Jorge Alemán.

Cierra el libro un Epílogo sobre la coyuntura libidinal española que hace referencia a la zona gris de la democracia.

En conclusión, un libro que permite abrir muchas líneas de fuga para fijar la mirada en el capitalismo (libidinal) en su estadio actual y, a través de las propuestas que Amador Fernández-Amador recolecta y enriquece. Desde su fina mirada podemos disponer de elementos suficientes para valorar posibilidades y avanzar en una resistencia cada vez más necesaria y complicada de realizar. Una resistencia que debe basarse en configurar un deseo de cambio que tiene, necesariamente, que situarse fuera del mercado y encontrar un buen punto de amarre para poder hacerlo.

Laura Vicente

  

miércoles, 13 de diciembre de 2023

LOS CALLEJONES DEL NEOLIBERALISMO Y UN HORIZONTE POSIBLE

 

Neoliberalismo y soledad. Arte urbano en Valencia


Es indudable que el neoliberalismo es un término que ha ido cambiando de significado con el paso del tiempo y en la actualidad se considera que es un modelo económico que tiene como principal objetivo disminuir el papel del Estado y desregularizar los mercados; se asocia a la derecha y el conservadurismo. No obstante, este sistema económico también hace referencia a la situación del trabajo en el posfordismo, la disciplina versus el control y su gran capacidad para incorporar fácilmente a los movimientos contrarios al capitalismo. Y es que el neoliberalismo no solo logra captar a quienes beneficia directamente, una minoría, sino a grandes masas de población a través de la hedonía:  la felicidad creada por el placer, la felicidad momentánea producida por explosiones hormonales de recompensa en las que el consumo tiene un papel primordial.

La gran pregunta que nos hacemos quienes formamos parte del espacio libertario y anarquista es: ¿somos capaces de oponer un modelo alternativo al neoliberalismo o solo luchamos como la socialdemocracia por mitigar sus excesos soñando con volver a la sociedad del bienestar? ¿Olvidamos que esa sociedad del bienestar solo la ha disfrutado una parte pequeña de la población mundial? ¿Somos conscientes de que esas reclamaciones, quizás nos convierten en cómplices de las redes planetarias de la opresión? Algunas de estas preguntas las sugiere Mark Fisher en un pequeño pero sugerente libro[1].

Plantearnos si somos capaces de oponer un modelo alternativo al capitalismo neoliberal no es baladí, pero no resulta fácil en la situación por la que atraviesa el ámbito libertario recorrido por divisiones, disputas, sospechas e incertidumbres. Tampoco es muy optimista la situación política, económica y social por la que atravesamos a nivel planetario.

No confiamos en las utopías del pasado reciente por ser propuestas, que ilusionaron a millones de personas, pero que hoy vemos que eran caminos cerrados de antemano por su noción del «deber ser» que era inevitablemente autoritaria. Las utopías del siglo XIX y parte del XX eran proyectos secuestrados por un modelo ideal de sociedad (de ahí que podamos llamarlos «modelizados») con un futuro preconcebido e imperativo que marcó las revoluciones que se llevaron a cabo que, o bien fracasaron, o bien se perdieron en distopias totalitarias. Que se enfrentaran al imperialismo norteamericano o europeo no las convirtió en un modelo alternativo al capitalismo y su derrumbe, o subsistencia dentro del propio capitalismo, así lo demuestra.

Si queremos construir un modelo alternativo debemos huir de dichas utopías ideologizantes, de los caminos cerrados, del «deber ser» autoritario y buscar, como dice Rita Segato[2], inspirándose en Aníbal Quijano, caminos abiertos, regidos por algunas ideas y aspiraciones, pero no cerrados. Quijano plantea sustituir utopía por horizonte, cuya idea es la de la vida y la historia en movimiento, sin el condicionante de un futuro modelizado. En definitiva, un movimiento sin captura por el fin, frente al «deber ser» del futuro.

 ¿Y cómo pensar y construir, si la historia nos diera la oportunidad de vivir un periodo de agitación, esos horizontes abiertos? Poco puedo ofreceros, excepto algunas intuiciones que, además, pueden estar equivocadas.

Parece claro que la clase trabajadora no ha desaparecido, pero sí que el colapso del fordismo ha hecho que se desplomen los espacios y las prácticas que organizaban la vieja manera de hacer política y de plantear la protesta social. Este desplome deja muchos cambios por el camino: antiguos barrios obreros y populares gentrificados, devorados por el mercado, que han dejado de ser comunidades de solidaridad vecinal, el abandono de la calle como espacio de protesta obrera (hoy, la derecha y extrema derecha toma posiciones en las calles) y de sociabilidad popular, la ineficacia del sindicalismo que se ha convertido en institución del Estado o que deambula por los juzgados para conseguir algunas victorias que no se logran luchando, la clase obrera ya no es el sujeto transformador en el que se confió durante tanto tiempo.

Esa clase trabajadora se ha transformado, hoy los trabajadores y trabajadoras deben adquirir nuevas habilidades en su deambular de puesto en puesto, de empresa en empresa. La organización del trabajo se descentraliza, las redes horizontales sustituyen la jerarquía piramidal y la ventaja reside en la flexibilidad[3]. Se produce una uberización del trabajo, proceso en que el trabajador o trabajadora se ve despojado de derechos, garantías y protecciones asociados al trabajo y acarrea con los riesgos y costos de su actividad. Un proceso en el cual las relaciones sociales de trabajo asumen la apariencia de «prestación de servicios» invisibilizando la relación de asalariamiento y de explotación del trabajo. El trabajador uberizado está disponible para el trabajo, pero sólo es utilizado de acuerdo con la demanda, consolidándose la condición de trabajador just-in-time (justo a tiempo) en un contexto de tercerización, informalidad y flexibilidad laboral[4].

La reorganización de los medios de producción y distribución ha supuesto también la cibernetización creciente del espacio de trabajo. La gente trabaja comunicándose, la vida y el trabajo se vuelven inseparables, el capital persigue al sujeto hasta cuando duerme. El tiempo deja de ser lineal y se vuelve caótico, se rompe. No obstante, la historia del capitalismo puede desandarse como un largo y violento proceso de dominación del tiempo mediante el sometimiento de los seres humanos a las restricciones de un sistema de producción que tiene su propia temporalidad. El surgimiento de la modernidad supuso la racionalización del tiempo: la difusión de los relojes, la sincronización gradual de la vida social entre las ciudades y el campo y entre naciones y continentes, y el desarrollo de la división del trabajo como una totalidad de actividades temporalmente conectadas. Esto conllevaba el surgimiento de un tiempo productivo cada vez más desconectado de la naturaleza: un tiempo mecánico que triunfó con la Revolución Industrial (relojes en las fachadas de edificios públicos, introducción de cronómetros en las fábricas, relojes de bolsillo). Este cambio histórico coincidió con un amplio proceso de disciplinamiento que afectó todas las dimensiones de la vida social. La gente aprendió la disciplina de los cuerpos y las absorbentes reglas del tiempo capitalista[5] que en el siglo XXI se extiende y se agudiza hasta extremos impensables hace cien años.

Todo este proceso de cambio parece imparable, pero un horizonte (proyecto) transformador debe reflexionar sobre las tácticas contra el capital que puedan funcionar en el posfordismo, e incluso el lenguaje nuevo que deberíamos construir para lidiar con tales condiciones. Repensar cómo subordinar el Estado a la voluntad general (¿aun concebimos su destrucción?), revivir y modernizar la idea de que el espacio público no se reduce a un agregado de individuos con intereses particulares, crear comunidad y solidaridad en los barrios. ¿Quiénes conformarían los nuevos sujetos? ¿Una confluencia de movimientos es posible? ¿Qué nuevas organizaciones pueden canalizar esas confluencias? ¿Qué nuevas formas de acción directa podemos levantar?

El desafío que tenemos a la vista es imaginar un horizonte abierto, en movimiento, creativo, rápido y ágil en sus formas. Ahí es nada.

 Laura Vicente

 



[1] Mark Fisher (2016-2018): Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires, Caja Negra.

 

[2] Rita Segato (2023): Escenas de un pensamiento incómodo: Género, Violencia y Cultura en una óptica Decolonial. Buenos Aires, Prometeo, p. 206.

[3] Mark Fisher: Realismo capitalista, p. 63.

[4] Nicolas Marreno: «Uberización del trabajo», Cuadernos abiertos de crítica y coproducción, nª4, Instituto Gino Germani-Clacso, Asociación Argentina de Sociología, Agosto 2021.

https://udelar.edu.uy/portal/wp-content/uploads/sites/48/2021/08/Uberizacion-N.-Marrero.pdf

[5] Enzo Traverso (2022): Revolución. Una historia intelectual. España, Akal, pp. 418-419.

 

lunes, 23 de octubre de 2023

EL DESORDEN DE LA MEMORIA DE LA CLASE POLÍTICA

 

Creador Matthew Willis


La socialdemocracia hace más de cien años que se definió como un socialismo realista que abandonaba las utopías para promover mayor equidad económica e igualdad social aceptando la economía capitalista. A la vista está que, si el foco con el que miramos es global, su fracaso es estrepitoso, las desigualdades no solo no han disminuido, sino que se han incrementado en el planeta. Es cierto que, los llamados países occidentales, lograron un «estado de bienestar» tras la II Guerra Mundial que mejoró la situación social en sus países, pero que nunca se pudo generalizar y se alimentó de colonialidad[1]. La caída de la URSS favoreció el desmantelamiento de dicho «estado del bienestar» y la extensión del neoliberalismo.

El neoliberalismo se acompañó también del paso del fordismo al posfordismo (años 80 del siglo XX) que supuso la reorganización de los medios de producción y distribución: desregulación del capital y el trabajo, puestos temporales y externalización del trabajo, además de la cibernetización creciente del espacio de trabajo[2]. Hoy los trabajadores y trabajadoras deben adquirir nuevas habilidades en su deambular de puesto en puesto, de empresa en empresa. La organización del trabajo se descentraliza, las redes horizontales sustituyen la jerarquía piramidal y la flexibilidad se transforma en precariedad, desazón e inseguridad, algo que repercute en la salud de las personas.

La socialdemocracia no se plantea en ningún caso erradicar el capitalismo, en ningún caso va a desarrollar una política que pueda revertir estas tendencias (no creo que esté dentro de su agenda política y tampoco se lo permitiría la UE), eso es un sueño impensable, se conforma con mitigar sus excesos escondiendo nuestra complicidad con las redes planetarias de la opresión.

El realismo socialdemócrata alguna vez significó estar a tono con la realidad experimentada, ahora no. El PSOE y su secretario general intenta convencernos de que hay que someterse a una realidad moldeable, capaz de cambiar y reconfigurarse en cualquier momento y en cualquier tema. Ninguna decisión es definitiva, siempre se puede revisar y cambiar si la situación lo requiere (y la necesidad de votos para reeditar un gobierno «progresista» es una razón de peso). Resulta curioso que, en realidad, parece que no rechazan lo dicho con anterioridad, su relato, difundido por los medios de comunicación afines, indica simplemente desmemoria respecto a lo dicho en el pasado inmediato. La capacidad de Sánchez y su partido para pasar de un plano a otro de la realidad no puede sino maravillar.

Ahora resulta que decir una cosa en campaña y olvidarla en postcampaña, y decir lo contrario, es propia de un gran estadista como oí el otro día en la radio. El olvido, la desmemoria o el desorden de la memoria se convierte en la estrategia para mantenerse en el poder, para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la política actual. Necesita, no obstante, que le acompañe una especie de olvido colectivo inducido. Para eso lleva días trabajando la maquinaria socialista con todos los recursos a su alcance.

Mi duda es si los dirigentes actuales del PSOE (los antiguos ya marcaron la pauta con los famosos Pactos de la Moncloa, el referéndum de la OTAN con el olvido más «glorioso» que yo haya visto, la reconversión industrial y otras lindezas) tienen creencias firmes de las que arrepentirse o por el contrario son conscientes vendedores de humo con cara aburrida e indiferente.

 Laura Vicente 

 



[1] El colonialismo o colonialidad es un proceso/movimiento, un movimiento social total, la perpetuación del cual se explica por la persistencia de formaciones sociales procedentes de la colonización. Esta distinción en Françoise Vergès (2022): Un feminisme descolonial. Barcelona, Virus, p. 29.

[2] Mark Fisher (2016-2018): Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires, Caja Negra, p. 64.