Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt
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viernes, 11 de abril de 2025

TERESA CLARAMUNT CREUS. 94 años de su muerte

 


He escrito y he hablado mucho sobre Teresa Claramunt Creus (TC), en los últimos años algo menos. Mi libro sobre esta mujer tan apasionante salió a la calle en 2006 publicado por la Fundación Anselmo Lorenzo, pronto hará veinte años. Diecinueve años son muchos años y seguramente ahora rectificaría algunas cosas de ese libro, pero nada sustancial. Aquella investigación marcó mi manera de acercarme a la historia y la vida de esta sindicalista, feminista y anarquista sigue muy presente en mí.  Escribí en mi último texto que un acontecimiento lo es desde nuestra mirada, que no está en la cosa en sí, esta mujer es un ejemplo de tal afirmación.

El origen de mi interés por TC se sitúa en los años en los que realicé la Tesis Doctoral sobre el sindicalismo zaragozano en los años veinte del pasado siglo y buscaba las primeras sociedades obreras que formaron parte de la CNT, allá por 1910 y 1911. Encontré a esta mujer de cuarenta y ocho años en la prensa con una salud deteriorada por sus estancias en prisión. Había sido deportada a Huesca, como tantos otros, por su relación con los sucesos de la Semana Trágica (julio 1909). Pocos meses después se instaló a vivir en Zaragoza, en parte como consecuencia de la separación de su compañero también deportado, Leopoldo Bonafulla, con el que había convivido los últimos ocho años y con el que no volvió a compartir su vida.

La encuentro, por primera vez, participando en un mitin organizado por la Sociedad de Obreros de la Madera que apoyaban a los huelguistas de la fábrica de Cardé y Escoriaza, en octubre de 1910. En este mitin participaba otra mujer: Antonia Maymón (nacida en Madrid de familia aragonesa y pronto instalada en Zaragoza) que presidía la Agrupación Femenina “La Ilustración de la Mujer”. Los puntos en común con esta maestra racionalista eran muchos: ambas mujeres eran propagandistas y activistas en los medios ácratas y ambas estaban preocupadas por la cuestión femenina. De hecho, en este mitin T. C. habló del tema sindical y también de poner en marcha una «revolución de las costumbres, empezando por nuestros hogares». Una idea, la de la revolución doméstica, que no debía ser fácil de digerir en los ambientes sindicalistas, predominantemente masculinos.

La vuelvo a encontrar, de nuevo con Antonia Maymón, en un mitin en septiembre de 1911 en el que se trataba de ratificar el acuerdo de huelga general en solidaridad con los carreteros de Bilbao y contra la guerra de Marruecos adoptado por la recién constituida CNT (octubre/noviembre de 1910). Tras el mitin se produjeron carreras y cruce de disparos con las fuerzas de orden público (murieron dos sindicalistas) y tras los incidentes hubo registros domiciliarios y numerosas detenciones, entre las que se encontraba Claramunt, Maymón y otros muchos. Claramunt acabó juzgada por un tribunal militar e ingresó en la cárcel hasta la amnistía aprobada por el gobierno en 1913. Esta estancia en la cárcel, de poco más de un año y medio, fue fatal para su salud ya de por sí deteriorada desde su estancia en Montjuïc en 1896.

De nuevo volví a encontrar a TC a raíz del asesinato del Cardenal Soldevila (Zaragoza nunca más ha vuelto a tener cardenal desde este atentado en junio 1923), ya que prestó declaración y su domicilio fue registrado por su posible relación con los autores de la muerte del Cardenal (Francisco Ascaso y Rafael Torres Escartín). El propio Manuel Buenacasa (El movimiento obrero español) afirmó que Claramunt fue la inspiradora del atentado, también Federica Montseny afirmó en una entrevista con Antonina Rodrigo que había alguna relación entre Claramunt y Ascaso y que ella le escondió la pistola con la que había llevado a cabo el atentado. La realidad es que nada se pudo demostrar y que no fue ni tan siquiera detenida.

No me sorprendió la presencia de Claramunt en Zaragoza, llamada «la perla negra» del anarquismo, ya que había en esta ciudad una pequeña colonia catalana [se deportaba a la gente a 300 Km. de donde vivía]. Existió, durante estos años, una estrecha relación entre los sindicalistas y anarquistas zaragozanos y barceloneses. Como explicó Pere Gabriel en un artículo titulado «Propagandistas confederales entre el sindicato y el anarquismo», no era sólo una relación de publicistas y propagandistas que iban de una ciudad a otra, sino del elevado número de aragoneses que pasaron a formar parte de las cúpulas dirigentes de la CNT de Cataluña y las repetidas vueltas a tierras aragonesas. El caso paradigmático fue el de Manuel Buenacasa, pero la lista fue muy larga: Miguel Abós, Felipe Alaiz, Ramón Acín, Arturo Parera, etc. También se instalaron catalanes en Zaragoza como la propia Claramunt, García Oliver, Vicente Segura, Luís Riera, Pedro Fuste, y otros.

Estas fueron las breves pistas que encontré sobre esta mujer mientras investigaba el sindicalismo zaragozano y que, aunque no olvidé, tampoco le pude dedicar más atención. Acabé la Tesis trabajando yo misma en Cataluña y acabó publicada en forma de libro en 1993.

Pasaron más de diez años hasta que retorné a la investigación y decidí que sería sobre esta mujer en forma de biografía, un formato casi imposible por la escasez de datos, por no decir ausencia de datos, de los primeros veinte años de la vida de TC. Esta mujer no tenía relevancia, no era alguien digno de mención desde la perspectiva histórica, o dicho de otra manera, era una más dentro de la multitud anónima que carecía de interés histórico. Realizar la biografía de un trabajador o trabajadora del siglo XIX, parecía imposible.

Pero el vacío biográfico no implicaba que no se pudiera escribir sobre alguna individualidad, sino que había que hacerlo de otra forma. Siguiendo los planteamientos del antropólogo social Ignasi Terrades, (en Eliza Kendal. Reflexiones sobre una autobiografía) enfoqué su biografía desde lo que se hacía en contra de su vida, a su alrededor y sin contar con su vida. Por tanto, las condiciones de miseria material, sus carencias educativas, sus condiciones de vida, los espacios de sociabilidad o sus luchas para mejorar sus condiciones de trabajo, eran capaces de llenar en gran parte el vacío biográfico de una mujer anónima.

A partir de ahí, la investigación me condujo a desbrozar el camino para investigar a una mujer que actuó, luchó y vivió siempre desde el cuerpo, y desde luego, se hizo carne en ella esa afirmación de Spinoza de: «nadie sabe lo que puede un cuerpo». Teresa Claramunt empezó a trabajar en talleres textiles a los 10 años, sufrió carencias alimentarias, habitacionales, sanitarias y pobreza energética, a lo largo de toda su vida. Sufrió varios abortos y vio morir a sus criaturas en los primeros días o semanas de vida. Fue detenida y encarcelada numerosas veces y fue torturada en el castillo de Montjuïc.

Teresa Claramunt actuó desde el sentido común[1], es decir, desde la singularidad de los cuerpos y sus experiencias tomando como base una atmósfera construida por sus relaciones con su cultura, su historia individual y social. El sentido común puede manifestarse a través de opiniones (el anarquismo le proporcionó un marco teórico sencillo para entender lo que le rodeaba), pero de hecho proviene de procesos más profundos y encarnados. Refleja, como decía en su biografía, la experiencia vivida lo más fielmente posible. Fue dicha experiencia la que está en la base de su excepcional ruptura con los estereotipos de mujer en el paso del siglo XIX al XX. Igualmente excepcional fue su rebelión como obrera contra el proceso de disciplinamiento social al que fue sometida la clase obrera para someterla al régimen de producción capitalista. Esta práctica de rebelión continuada desde que apenas tenía veinte años fue lo que la individualizó y diferenció dentro de la multitud anónima y convirtió su vida en un acontecimiento a tener en cuenta tras 94 años de su muerte.

Laura Vicente 

 



[1] Miguel Benasayag y Bastien Cany (2022): Experiencia y sentido común. Repensar la separación que impuso la Modernidad. Buenos Aires, Prometeo, p. 40.

 

jueves, 6 de marzo de 2025

Los derechos de las mujeres en crisis

 


Existe una sensación, con sustento real en algunos países, de catástrofe, de que los derechos conseguidos pueden retroceder e incluso desaparecer. No digo que los derechos no estén en peligro, pero creo que debemos abandonar esa visión catastrofista y enfocar bien dicho peligro y, sobre todo, cómo afrontarlo[1].

Para empezar, debo aclarar desde dónde escribo. Lo hago como mujer (dejaré para otro día la cuestión del sujeto que daría para otro escrito) y lo hago desde el feminismo anarquista que acostumbra a ser más partidario de despenalizar, dejar de tipificar como delito una conducta o acción (por ejemplo, la reivindicación histórica del aborto, hoy en peligro de ser penalizado de nuevo) que de regular a través de leyes. Ya lo dijo Hobbes (poco sospechoso de anarquista y de feminista): «Las leyes son limitaciones de la libertad».

No me gustaría que se entendiera que soy contraria a los derechos legales, pero me parece que debemos cambiar el enfoque respecto a su trascendencia, ya que son derechos legales que se incumplen sistemáticamente como todos los demás derechos (constitucionales, derechos humanos, etc.). Quiero intentar (solo intentar) dar sentido a cosas que no tienen nombre, eso siempre es muy arriesgado

Puesto que no soy partidaria de leyes por lo que conlleva de limitación de la libertad (un riesgo que trataré de sortear: coincidir con el neoliberalismo o, peor, con el tecnofascismo), los derechos solo importan cuando los reclamamos, los usamos y los superamos en busca de nuevas reclamaciones y libertades; solo importan si nos instan a seguir adelante. Es decir, no deberíamos considerar como puerto de llegada el reconocimiento de un derecho. Los derechos no son «cosas» para distribuir desde arriba, desde el Estado, sino demandas de algo más que surgen desde abajo. No son «cosas» sino relaciones sociales y como tales no son algo que tenemos, sino que hacemos cada día, sin esta agencia los derechos son frágiles y dependen de los cambios de gobierno o de la voluntad de la justicia burguesa.

Los derechos solo tienen sentido si las personas involucradas están en posición de reclamarlos y defenderlos. La libertad, como los derechos, es algo que solo puede ser garantizado por las mismas personas que los reclaman. Las prácticas feministas de lucha política y social no se pueden confundir con la institucionalización de los derechos o la igualdad formal, por ello «la política de proclamar los propios derechos, por muy justa u hondamente sentida que sea, es una clase subordinada de política»[2]. Las prácticas de libertad política crean, mediante el discurso y, especialmente, mediante la acción, un espacio subjetivo intermedio que, en ocasiones, excede el espacio institucional. Solo cuando se produce esa situación de fuertes movilizaciones y luchas se consiguen ampliar los espacios de libertad y autonomía de las mujeres que, a veces, quedan regulados en forma de derechos, sin ser este su objetivo fundamental.

Un rasgo de los derechos legales es su tendencia a deteriorarse en artefactos legales muertos y hasta en instrumentos políticos peligrosos cuando pierden conexión con las prácticas de libertad feministas. No podemos compartir, como ya hemos explicado, las posiciones de un sector del feminismo que ha aceptado la estrategia de que un cambio social se basa en los derechos legales.

Así mismo, no podemos dejarnos cegar por las respuestas jurídicas y centradas en el Estado a las preguntas políticas y sociales que nos hacemos como feministas y haríamos bien en dar protagonismo a lo que las mujeres podemos y no podemos lograr en nuestras luchas al margen de la legalidad institucional.

 Laura Vicente



[1] Este texto forma parte de un artículo más largo titulado: «Cambio social y derechos legales» de próxima aparición en la revista Crisis de Zaragoza.

[2] Afirmación con la que coincido, pese a no compartir muchos de los postulados del Colectivo de la librería de mujeres de Milán, Sexual Difference; citado en Linda M. G. Zerilli (2008): El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires, FCE, p. 187.

jueves, 23 de enero de 2025

Sara Ahmed, Vivir una vida feminista, Barcelona, Bellaterra, 2018.


Este libro tiene una dedicatoria: «A todas las feministas aguafiestas que se lo están currando: VA POR VOSOTRAS».

Con toda seguridad es la primera vez que inicio una reseña por la dedicatoria. Lo hago porque me he sentido tantas veces, en tantos espacios y en tantos momentos, una «feminista aguafiestas» que reivindicarlo colectivamente, como hace Sara Ahmed, me ha resultado profundamente liberador.

La autora es una escritora inglesa cuyos estudios se centran en la intersección de feminismo, teoría queer, crítica al racismo y postcolonialismo. En Vivir una vida feminista emergen todos estos temas desde la vivencia de los cuerpos, desde la cotidianidad de la vida, de ahí que la Introducción se titule: «Traer la teoría feminista a casa». Vivir una vida feminista no significa adoptar ideas, teorías o normas de conducta, significa, dice la autora, hacernos preguntas éticas sobre cómo vivir en un mundo no feminista, es decir, en un mundo injusto y desigual, cómo crear relaciones más equitativas, de apoyo mutuo, con nuestro entorno, cómo descubrir formas solidarias con las personas que más lo necesitan. Algo tan anarquista (aunque Sara Ahmed no se considere como tal) como priorizar la práctica sobre la teoría y prefigurar, en la medida de nuestras posibilidades, otra vida, otras relaciones, otra manera de pensar plenamente feminista.

Partir de la experiencia de la vida, partir de nuestra participación en el mundo, puede resultar más fácil que perdernos en teorías abstractas que producen distancia. Si lo logramos, producimos lo que la autora denomina «conceptos sudorosos», es decir, aquellos que salen de la descripción de un cuerpo que no se siente a gusto en el mundo, que intentan transformar un mundo desde la experiencia práctica.

Este libro se estructura en tres partes. La primera se titula «Hacerse feminista», la autora explica cómo se hace alguien feminista, cómo se hizo la propia autora: el punto inicial suele ser sentir las injusticias y tomar conciencia de ellas; el cuestionamiento de la felicidad, algo tan deseado y perseguido; y la voluntariedad feminista. La segunda parte, titulada «Trabajo de diversidad», se centra en la labor de transformar el racismo o el sexismo desde dentro de las instituciones. Muchas veces ese trabajo lleva a quien lo realiza a ser cuestionada, a tener que enfrentarse con verdaderos muros de ladrillo. Muros que constituyen «la residencia del amo». La tercera parte titulada «Vivir las consecuencias» nos sitúa en las conexiones frágiles, en la necesidad del chasquido feminista, en su mirada desde el feminismo lesbiano y la necesidad de la interseccionalidad. El libro se cierra con el sugestivo y cautivador kit de supervivencia de la aguafiestas   y con un glorioso Manifiesto aguafiestas.

El libro de Sara Ahmed es un borboteo impetuoso de vivencias, reflexiones, propuestas, ideas, enfados, alegrías, impotencia, capacidad, posibilidades, que es totalmente inabarcable, se desborda como agua entre las manos. Por tanto, señalaré los aspectos que me han parecido más esclarecedores y, a la vez, brillantes.

1.

Las «chicas voluntariosas» son mujeres obstinadas, testarudas, mujeres que tienen una voluntad que desea, mujeres desobedientes, mujeres que agitan y se agitan, mujeres que, a veces, en su agitación traspasan la frontera entre la cordura y la locura.

2.

«Otra reunión [o comida] arruinada»: reconocer esa escena que cuenta y comparte la autora. Ser la feminista a la mesa en el trabajo, en una reunión o en la mesa familiar. Cada vez que habla, a la mujer que habla como feminista suelen oírla como la causante de la discusión. Ella es el obstáculo en el espacio conversacional antes de que abra la boca siquiera: ella supone un problema porque sigue exponiendo un problema.  

3.    

«Chasquido feminista», tiene que ver con las tendencias que adquirimos colectivamente y que nos permiten romper vínculos que son dañinos, a la vez que invertimos en nuevas posibilidades. Hay que explorar de dónde se puede sacar la energía y los recursos para seguir adelante y no acabar derrotada por el desgaste que supone vivir una vida feminista.

4.                                                                                        

¿Qué es lo que hace que un privilegio sea un privilegio?: las experiencias contra las que estás protegida; los pensamientos que no tienes que pensar. Entender el privilegio como un dispositivo de ahorro de energía puede ser especialmente apropiado para pensar sobre el privilegio del cuerpo íntegro: nos ahorramos saber lo que nos ahorramos hacer.

5.

Slogan de las Sisters Uncut: «Si cortáis, sangramos». Acción directa: arriesgar tu cuerpo, interponerte, frenar el flujo del tráfico, poner tinta roja en el agua de Trafalgar Square…

6.

La identificación de la mujer tiene que ver con negarse, como mujeres, a identificarnos con la cultura masculina. Negarse a identificarse así es retirar tu energía de las relaciones con los hombres.

7.

El kit de supervivencia de la aguafiestas es necesario para cuando sientes que la vida se te complica más de lo necesario. Son cosas personales que se acumulan con el tiempo, que se necesitan cerca para seguir adelante con un proyecto feminista compartido: libros, cosas, herramientas, tiempo, vida, notas de permiso, otras aguafiestas, humor, sensaciones, cuerpos.

8.

Me quedan pocas palabras para completar esta reseña que no puede superar las mil, pero queda la guinda del libro: el Manifiesto Aguafiestas. Esta declaración aguafiestas no es un programa de acción que puede disociarse de la forma de estar en el mundo. El feminismo es práctica, hay que llevar a la práctica el mundo al que se aspira y que la autora sintetiza en unas «declaraciones de voluntad» o principios: No estar dispuesta a hacer de la felicidad mi causa; estar dispuesta a causar infelicidad; estar dispuesta a apoyar a otras que están dispuestas a causar infelicidad; no reírme de los chistes cuyo propósito es ofender; no estar dispuesta a pasar de historias que no dejan de pasar; no estar dispuesta a ser incluida si la inclusión significa que te incluyan en un sistema injusto, violento y desigual; y así hasta diez.

Leed el Manifiesto, por favor, es una gozada.    


Reseña: Laura Vicente   (revista Redes Libertarias, nº 2)      

lunes, 13 de enero de 2025

LA INDOMABLE REBELDÍA DE CLAIRE AUZIAS

 



Conocí a Claire Auzias en 2017 cuando me llegó por casualidad su reseña sobre el libro Mujeres Libertarias de Zaragoza en A Contretemps. No hablamos mucho, pero lo suficiente para darme cuenta de que estaba ante una compañera que pensaba por sí misma y que transmitía calidez y afecto. Después la entrevisté en 2019 tomando como excusa su estupendo libro: Gitanas. Durante varios meses estuvimos intercambiando correos y hablando de muchas cosas que no tuvieron espacio en los dos textos que fueron publicados. Hicimos planes para vernos en Barcelona, ciudad a la que viajaba, me dijo, con cierta frecuencia. Luego vino la pandemia y todo quedó suspendido. Me llegó la triste noticia de su muerte acaecida el 6 de agosto de 2024 y fue inevitable retornar a los folios en que tenía la información de aquellas conversaciones. Sirva este texto para recordarla y para homenajearla. 

Claire Auzias nació en Lyon en 1951, cursó Estudios Clásicos y de Sociología. Se consideraba feminista, anarquista individualista y reconocía la importancia del anarcosindicalismo.

En 1980 hizo su Tesis Doctoral en la Universidad de Lyon sobre La memoria oral del movimiento anarquista durante el periodo de entreguerras (1919-1939). En la década de 1980, enseñó historia y sociología de las mujeres en la Universidad de Lyon antes de pasar a la historia moderna de los romaníes, primero en los países de Europa del Este (en la década de 1990) y luego en toda Europa (en la década del 2000). 

Como estudiosa del universo de las personas gitanas, publicó: Les Poètes de grand chemin; Os ciganos; Samudaripen, le génocide des tsiganes y Les Funambules de l’histoireGitanas fue su primer libro en español.

***

Claire Auzias se posicionaba como anarquista desde Mayo del 68 cuando era una adolescente de 17 años[1]. Sin embargo, me explicó, que se distanció de un anarquismo esclerotizado durante la década de 1980 y recaló en el feminismo. Este recorrido la condujo de nuevo al anarquismo y ahí se quedó para siempre.

Claire Auzias respondió así a la pregunta: ¿Cómo entiendes «lo libertario» en el siglo XXI?

 «No hemos ganado gran cosa a lo largo del siglo XX; así que podemos continuar el combate sin temer perdernos. El terreno en el que la situación ha mejorado es el de las mujeres y el feminismo. La vida de las mujeres del mundo occidental es menos dura que en el siglo pasado. Hemos ganado derechos. Nada queda adquirido de una vez por todas y hay que seguir combatiendo para salvaguardar estos derechos, porque la contrarrevolución conservadora, amenaza todas las libertades, incluidas las de las mujeres. Lo que hemos ganado es el derecho al aborto, el derecho a la anticoncepción, el derecho a poseer nuestro propio dinero, nuestra cuenta en el banco, el derecho al divorcio y, más recientemente, los derechos de los homosexuales, hombres y mujeres. Debemos seguir considerando estos derechos de las personas, hombres y mujeres, como fundamentales, y defenderlos contra cualquier regresión posible. Nos falta el derecho de morir con dignidad, es decir, el derecho al suicidio asistido. 

Los derechos de las mujeres del mundo entero forman parte del anarquismo. El anarquismo debe luchar por ellos. Es verdad que las mujeres están marcadas también por su pertenencia de clase. 

El anarquismo del siglo XXI consiste también en participar en luchas ecológicas, bajo todas las formas que les plazca a los y las anarquistas. También debe participar en luchas menos conocidas, como por ejemplo la lucha contra los grandes proyectos inútiles (en Francia), la lucha contra la deforestación, la lucha por la protección de los pueblos indígenas y autóctonos amenazados por el capitalismo.

Es decir, la lucha anticapitalista debe ir acompañada, en mi opinión, de una atención próxima a las personas concernidas. Soy anarquista individualista; es decir, he participado en luchas colectivas y seguiré haciéndolo; pero la prioridad para mí es la liberación de las personas».

Auzias siempre afirmó cuánto influyó en su vida la experiencia vivida en  Mayo del ’68. Afirmaba que para ella fue casi todo, su partida de nacimiento político, el acontecimiento que la puso en el camino del anarquismo, también la experiencia de una importante derrota política que tiene ecos en el siglo XXI puesto que, afirmaba, aún estamos reconstruyendo todo tras dicha derrota.

Pese a la derrota, Mayo del ’68 significó el resurgimiento del anarquismo puesto que la soberanía de las asambleas generales y los comités de acción fueron la base de Mayo del ’68. El antiestalinismo se extendió a todos los izquierdistas y no solamente a los anarquistas que lo tuvieron muy claro ya con Lenin (véase Emma Goldman o Ángel Pestaña de CNT). Todo el país se quedó pasmado ante la vitalidad del anarquismo, que creían muerto: la forma de los movimientos de masa, la indisciplina de una parte de los obreros y las obreras, de la gente joven, la voluntad de decidir por sí mismas, sin esperar las órdenes del Partido, todo eso reforzó el sentimiento político de autonomía de la gente, aunque no se autodefinieran como anarquistas después.


Hablamos mucho sobre nuestro interés compartido por Emma Goldman, Claire Auzias trabajó sobre ella en 
Une tragédie d’émancipation féminine, en 1978. Incidió mucho en la importancia que Goldman, y todas las feministas anarquistas,  dieron a la denominada «emancipación interior». Sin ignorar el capitalismo ni las luchas anticapitalistas, Auzias no creía que la revolución se pudiera concluir cuando hubieran desaparecido las clases sociales y añadía:

«Por el contrario, pienso que nuestro universo psíquico, mental, imaginario, debe ser revolucionado de arriba abajo, completamente. Debemos tomar en consideración lo que ocurre en nuestra cabeza, en nuestras emociones, nuestros deseos y necesidades personales, si queremos ser humanos. Humanos que quieren crear un mundo para humanos, reales y verdaderos, y no robots, ni caricaturas, ni monstruos, como los soviéticos. En el siglo XX hubo revoluciones políticas en Méjico, en la URSS, en España, en China. Algunas veces hubo cambios importantes para la vida privada de la gente, como, por ejemplo, el derecho al aborto y al divorcio en la URSS al principio. Pero desde finales del siglo XIX han surgido otras revoluciones: el naturismo, la danza (con Isadora Duncan), el vegetarianismo, la escuela moderna (con Francisco Ferrer), la educación libertaria, el psicoanálisis… En lugar de pensar que Freud era un pequeño burgués asqueroso, prefiero pensar que revolucionó las ideas de la burguesía con sus modales y desnudó el espíritu humano. (…) Por eso ligo individualismo y psicoanálisis, porque ambos han pensado un estatuto para las personas, para los/las SUJETOS. Han dado una base conceptual a la persona e incluso derecho de ciudadanía al Inconsciente».

Claire Auzias entendía el feminismo desde la solidaridad económica y de clase buscando la confluencia con las mujeres pobres. Se consideraba feminista universalista y anarquista, de ahí su defensa de la emancipación para las mujeres de toda la tierra, de todas las razas, sin tomar en consideración los problemas religiosos de las mujeres que los consideraba una auténtica esclavitud. Valoraba muy peligrosas las regresiones sociales y el avance del totalitarismo respecto a los derechos adquiridos en el siglo XX. Respecto al tema de la prostitución, se manifestaba en contra de la explotación sexual de las mujeres (y de los hombres), pero no se consideraba abolicionista, porque pensaba que la prostitución era una actividad inherente a la sexualidad humana y no veía cómo resolver el problema. Estaba en contra del mercado de esclavas sexuales en el mundo y del proxenetismo, pero no tenía claro cómo resolver el problema y le horrorizaba la gente que creía que era fácil de resolver, los consideraba fanáticos y fanáticas.

***

Lo que me decidió a buscar  y a hablar con Claire Auzias fue la publicación de su libro: Gitanas, un libro en el que algunas mujeres gitanas europeas describen con sus propias palabras su historia, su cosmogonía, su cotidianeidad, sus retos, sus fuerzas, lo que hace que sean mujeres, lo que hace que sean gitanas. Cada una de las mujeres habla desde su singularidad, pero cada una de ellas se halla sometida a las reglas generales de la civilización gitana de la que son un pilar.

Sin duda alguna, uno de los aspectos más llamativos de este libro es que las mujeres gitanas hablan con voz propia, hablan desde su cultura, desde sus preocupaciones y problemas. El libro de Claire Auzias recoge un «coro de mujeres gitanas», un coro de catorce mujeres de las que la mitad viven en Francia, dos en España, el mismo número en Rumanía, una en Portugal y otra en Suiza. El libro se completa con un prólogo de Sarah Carmona y un preámbulo y conclusiones de la autora. Por otro lado, hay un capítulo final de hermosas fotografías de Éric Roset de mujeres gitanas de diversos países.




Auzias, que utiliza en su libro el término «romnia» para denominar al conjunto de las mujeres del pueblo gitano del mundo, parte en su estudio de que estas mujeres se hallan muy alejadas tanto en el tiempo como en el espacio de sus consortes de otros grupos humanos del planeta. Las «romnia» entran con derecho propio en ese grupo «de los humildes, la historia de la gente sin historia ni escritura e incluso sin palabra». A estas, y otras, mujeres de los grupos desfavorecidos se les impone un plus de silencio que la autora intenta romper con su libro.

La dominación que sufrían las mujeres se acompañaba siempre de un conjunto de relaciones jerárquicas de mando/obediencia. Hombres y mujeres son desiguales en términos de poder, incluso dentro de un grupo marginado del poder como el de los gitanos y las gitanas. Las mujeres gitanas son expropiadas de las palabras y, en cierta manera, se les niega la humanidad como excluidas que son de los roles dominantes de la estructura social en general y de la cultura gitana en particular.

Si la oralidad marca una brecha de género, pocas mujeres gitanas se atreven a hablar en público, los hombres monopolizan la palabra en el espacio público, la escritura marca además una diferencia de clase: se abre una brecha entre personas hablantes y escribientes, iletradas o letradasNo dominar la lectura y la escritura es percibido por algunas mujeres gitanas como una carencia que intentan paliar a través del acceso a la educación. Aunque hay gitanas que saben leer y escribir, y que han accedido a la Universidad, su mundo es el oral, por ese motivo este libro de entrevistas orales tiene una riqueza inmensa para acercarnos a ellas.

Algunas de estas mujeres intentan algo muy difícil: hacer convivir el mantenimiento de su cultura que todas respetan y valoran con las transformaciones que desean para intentar emanciparse. Algunas de ellas se consideran feministas y están en el intento de conciliar las realidades que viven con lo que quisieran vivir. Un auténtico encaje de bolillos que las demás feministas debemos dejar hacer, observar y apoyar si lo piden. Todas las mujeres que nos enfrentamos al patriarcado vivimos y sufrimos un auténtico desgarro interior que no resulta nada fácil para ninguna. Las mujeres gitanas buscan  emanciparse de modelos y paradigmas, cada mujer individualmente y en colectivo quieren buscar su camino, sin que nadie les dé lecciones del camino correcto porque estos pueden ser muy variados y diversos.

Es una realidad, leyendo a estas mujeres, que la modernidad se abre paso en su vida: «las madres solteras eran multitud, las familias monoparentales legión, las familias mixtas una proporción respetable y que las clases medias formaban, junto con el lumpen y las capas rurales miserables, el resto de la población rom». Tenemos mucha tendencia, quienes ignoramos la cultura gitana (igual que africana o asiática), a uniformizar la situación de todas las mujeres gitanas, no es así. Este libro nos lo muestra en toda su riqueza de matices.

Dice Auzías en sus conclusiones que:

«Las mujeres romnia tienen el futuro de su pueblo en sus manos, y no los hombres, a no ser que quieran unirse a su causa. Son la vuelta de tuerca en la reproducción de la cultura romaní, no solo en el aspecto fecundativo (…), sino también por su función de transmisión, que permite mantener una cultura propia».

Esta música resulta familiar porque la hemos oído y leído en más de una ocasión referida a las mujeres en general, y es que nada «nos permite afirmar que el patriarcado sea más virulento en este pueblo [rom] que en los demás. Lo realmente seguro es que lo es igual».

 

A mi pregunta sobre si creía que el feminismo había abandonado a las mujeres gitanas, Claire Auzias fue muy clara:

«El feminismo francés ha abandonado a las mujeres gitanas –¡se dice pronto! ̶ . En Francia, al revés que en España, no hay un movimiento autónomo de mujeres gitanas. No hay ninguna figura de envergadura entre las mujeres gitanas que se haya levantado públicamente para decir que es feminista y que participa en la lucha de las feministas de cualquier origen. Ninguna. Ha habido mujeres gitanas directivas de asociaciones de la sociedad civil, en general gracias al Consejo de Europa que dijo que era importante promover la paridad. Lo cual quiere decir que las mujeres gitanas en Francia son, casi todas, candidatas a las actividades del Consejo de Europa. Lo he visto anteriormente en marcha y es mejor que nada. No hay que tirar al bebé por el desagüe junto con el agua de la bañera. Pero desde un punto de vista militante, ninguna mujer gitana francesa se ha rebelado. Hay figuras bastante conocidas, como la hija de Mateo Maximoff, pero es una excelente embajadora del pueblo gitano en general; no es especialmente feminista. Es decir, mientras no haya ninguna mujer líder, que tome la palabra en público para proclamar su activismo feminista gitano, no habrá un movimiento feminista gitano.

¡Francia es un país arcaico en muchos terrenos! La vanguardia está en España. Es en España donde encontré más mujeres gitanas comprometidas en política y en los derechos de las mujeres. Tengo aún amigas entre ellas, como evidentemente Ana Giménez, la primera mujer gitana doctora de la Universidad y profesora en Castellón. Esta ausencia de movimiento feminista gitano en Francia se debe al dominio enloquecido de los directivos humanitarios no gitanos sobre la expresión de los gitanos y gitanas de este país. No tienen derecho a expresarse personalmente ni de manera autónoma, salvo las asociaciones gitanólogas que hablan en su lugar. Es un colonialismo extraordinario. Y los gitanos y gitanas son, por cierto, la única fortaleza donde la palabra y el papel de los interesados están prohibidos. Hoy por hoy rechazo participar en conferencias o mesas redondas donde no haya un colega gitano, o gitana, que tome la palabra en igualdad conmigo. Mi libro Gitanas tiene como objetivo dar a conocer que las mujeres gitanas de todas las condiciones son capaces de hablar, de decir sus problemas y analizar la situación, como cualquier ciudadano o ciudadana. Tiene como objetivo darles enteramente la palabra. Por eso los franceses no han apreciado este libro. Pero las feministas, por el contrario, en Francia, estuvieran encantadas de que hubiera hecho este libro. Daba existencia a nuestras conciudadanas en el plano feminista. Puedes ver en el libro que les planteo cuestiones típicas del movimiento feminista general.

En definitiva, en España el feminismo no abandonó a las mujeres gitanas, pero en Francia, sí. Porque la estructura del Estado francés es tan totalitario, tan jacobino, tan centralista, que está prohibido tener actividades disidentes, diferentes, particulares. Hay que ser anarquista para levantarse contra un Estado como este. Y los gitanos y gitanas no son anarquistas. ¡Ya están suficientemente discriminados como para encima cargar con una actividad política peligrosa!

Por eso, los únicos gitanos (hombres y mujeres) que toman conciencia de esta expoliación de su palabra en el plano político llegan a ser identitarios. «Identitario» quiere decir racista, a la manera americana: «guerra contra los blancos, quedémonos únicamente entre gitanos, entre negros, entre indios americanos, etc., porque somos personas discriminadas y colonizadas». Va en contra de la emancipación anticolonialista de la filosofía de las Luces, pero es fiel a la ideología que domina en la actualidad.

Las feministas gitanas están en España y en Rumanía. Allí sí hay feministas reales, activas y proclamadas públicamente. Lo puedes leer en mi libro».

Como dije al principio, Claire Auzias fue una pensadora, es decir, una persona con un pensamiento propio, algo que no se considera posible en una mujer ni siquiera en el ámbito libertario, ni siquiera en el siglo XXI. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, pero es indudable que tenía un universo intelectual propio, particular, experiencial que no puede sino interesarnos en un proyecto como el de Redes Libertarias en el que confiamos plenamente en las mujeres anarquistas, en las mujeres pensadoras.

 Laura Vicente (revista Redes Libertarias, nº 2)



[1] Resulta interesante su texto: «Un mayo menor» publicado en nuestra web https://redeslibertarias.com/2024/08/16/un-mayo-menor/

 

miércoles, 3 de abril de 2024

Otra historia, otra memoria A través del temblor. Cuerpo, visiones y política de Carlota Fuentevilla

 




Un libro tiene casi tantas lecturas como personas que lo leen. Es inevitable que mi lectura se sitúe en el ámbito de la historia y de la memoria, de ahí el título. Hace tiempo que pienso que la historia es más discontinua y contradictoria que lineal, continua y coherente como suele plantear la Historia con mayúscula. La labor de la historia (de la genealogía) es recoger las historias discontinuas, sorprendentes e inesperadas y llevar a cabo un registro retrospectivo de los conflictos, de los accidentes, de los desórdenes, pero también de los afectos y de los saberes que no encajan en esa Historia ordenada a la que estamos acostumbradas.

Estas historias poco visibles, descartadas y olvidadas pueden converger y pueden hacernos conservar, como dice Carlota Fuentevilla, la memoria viva y la complejidad de la memoria colectiva, con sus zonas oscuras y los puntos ciegos, que también funcionan como marcos y coordenadas donde establecer aquello que sucedió. Estas historias son una especie de transmisión subterránea y lateral, una especie de contrabando cultural y bastardo, como dice Paul B. Preciado, de lo descartado por no tener cabida en la Historia convencional e institucional.

En A través del temblor. Cuerpo, visiones y política[1], la autora cuenta las historias de Conchita González y Leonora Carrington que no pertenecen a los grandes relatos de la Historia. Conchita y Leonora son personas comunes, individualidades que personalizan el potencial de la inteligencia colectiva y que muestran sus capacidades. Las conexiones que realiza la autora pretenden buscar una «gran constelación» que puede revelar «otra historia» que permanece oculta. Para descubrirla es necesario realizar una especie de trabajo geológico en el que el peso de la historia funciona a través de una acumulación espacial de «capas» heterogéneas, no a través de la linealidad homogénea.

Carlota Fuentevilla parte de las apariciones y visiones para indagar en qué dicen de la sociedad de la que forman parte, así como de la religiosidad en la que están inmersas.

Pero la autora pretende ir más lejos y establecer esa «gran constelación» de la que habla y que abarca las relaciones de poder, lugar desde el que se han perpetrado de forma asidua distintos tipos de violencias para seguir perpetuándose. La autora rastrea cómo, dentro de esa trama, se han creado organizaciones, fuera y dentro de la Iglesia para regular, controlar, dialogar, canalizar o directamente para acabar con las heterodoxias.

Las relaciones sociales son relaciones de poder y este, en la línea de Foucault, se legitima a través del discurso y el saber: el conocimiento que deriva de ese discurso cristaliza a través de las instituciones y de ciertos aparatos de dominación que lo transforman en verdad acerca de la realidad y el propio individuo. La enfermedad mental ha ocupado siempre un lugar relevante en esas relaciones de poder

En la España franquista, la psiquiatría nacional estableció la «prevención» que se centró en el orden público y en la eliminación de la enfermedad mental instrumentalizando las premisas de la higiene mental. Se trataba de establecer, como señala la autora, la normalidad dentro del nuevo orden y el estrecho camino del que nadie debía salirse (y que vino marcado por la Iglesia y el poder autoritario).

Partiendo de estas bases, Carlota Fuentevilla nos presenta las historias de Leonora Carrington y Conchita González, se detiene en sus biografías y en cómo se patologizó la desobediencia y el desafío femenino. Algo que no era una novedad, ya que excavando en las «capas geológicas» del pasado se pueden encontrar ejemplos de abuso hacia las mujeres visionarias, médiums, creadoras o que tienen relación con prácticas consideradas sobrenaturales o con comportamientos susceptibles de asimilarse al campo de la locura. Y la autora logra mostrar la relación entre género, pobreza y locura que resulta evidente en los psiquiátricos.

Las vidas de Conchita y Leanora nunca se cruzaron personalmente, existía la conexión a través del doctor Morales Noriega (psiquiatra que tuvo una estrecha relación con el nacionalcatolicismo), y a través de la escritura de sus diarios en los que narraron sus propias experiencias. Experiencias que no encajan de ninguna manera con lo hegemónico y, por tanto, se relegan a una escritura a escondidas y a solas, un género literario menor.

Ambas tienen influencias de la tradición oral. Las clases populares, especialmente las mujeres, han pertenecido al mundo de la oralidad en el que no existe el pensamiento abstracto. El nivel de representación del mundo no está separado de la existencia, es decir, de la vivencia personal del mundo. En la tradición oral hay una voluntad profundamente política de situarse. Las historias eran suyas, pero a la vez hablaban de todo un pueblo y de las transformaciones que se producían.

Mientras Leanora es considerada como una mujer loca por su afán por escribir y salir del mundo exclusivamente oral, Conchita se mantiene dentro de la religiosidad popular que forma parte de la oralidad y que tiene un valor dentro de la vida comunitaria.

Desde lo psicológico la autora plantea que en los dos casos hay una imagen y contraimagen de la mujer. Conchita González era una niña creyente de un pueblo de montaña dedicada a las labores del campo que encarnaría la inocencia. En el reverso estaría Leonora, mujer con formación artística y creadora alejada de las prácticas católicas a quien se le atribuiría el arquetipo de una Lilith maliciosa, oscura y culpable por su comportamiento provocativo. Lilith representa la parte oscura y rebelde, el peligro, las mujeres esencializadas en una naturaleza traicionera y tentación descontrolada que se ha de reprimir.

En esta «gran constelación» que la autora construye en su libro, tiene una gran importancia el cuerpo. Contrapone el cuerpo del trabajo y de la reproducción que tiene dolor, que sufre, frente al cuerpo del éxtasis, liberado del dolor y de todos sus pecados. Carlota Fuentevilla se posiciona con claridad cuando afirma que negar desde el secularismo las formas de adaptación y emancipación de las mujeres dentro de la religiosidad popular es hacer la vista gorda, corriendo el riesgo de caer en restar agencia a muchas trabajadoras como nuestras antepasadas. Por medio está el proyecto burgués del nuevo hombre de la modernidad que se conforma en el rechazo y miedo al cuerpo no solo individual, sino también social. Un planteamiento que no deja de ser polémico, más si tenemos en cuenta la larga tradición anarquista y libertaria que potenció un proceso de secularización con la intención de acabar con la institución religiosa, pero también con la religiosidad popular femenina, desde el anticlericalismo.

 

Laura Vicente



[1] El libro fue publicado en 2023 por la editorial Levanta Fuego.

domingo, 24 de marzo de 2024

MUJERES LIBRES: DE LA EDICIÓN A LA REVOLUCIÓN

 



La edición de Mujeres libres y su proyecto

  • Redactar y editar una revista forma parte de un plan a largo plazo

En la década de 1930 existía, en la subjetividad de las mujeres libertarias y anarquistas, la necesidad de organizarse juntas y separadas de los hombres del movimiento libertario. Desde la I Internacional se habían llevado a cabo numerosos intentos de constituir organizaciones de mujeres (Teresa Claramunt sobresale en este aspecto). Tres mujeres, apoyadas en muchas otras, conocedoras de aquellos intentos y de aquellas mujeres, trataron de avivar aquellas brasas para intentarlo de nuevo: Mercedes Comaposada Guillén, Amparo Poch Gascón y Lucía Sánchez Saornil.

Tenían un plan a largo plazo: crear una organización de mujeres de clase y feminista que luchara por su emancipación dentro del proyecto libertario.

Para cumplimentar el plan, la edición de la revista tenía unos objetivos más inmediatos:

  1. La revista debía tejer una RED DE CORDIALIDAD entre las mujeres que formaban parte del proyecto (son palabras de Lucía a Josefa Tena de Mérida el 10 de julio de 1936). RED: núcleos de mujeres colaboradoras alrededor de la revista y CORDIALIDAD entendida en clave política, era una apuesta por el entendimiento como punto de partida para una vivencia corporal cercana y amable entre las componentes del proyecto.
  2. La revista debía CAPTAR y CAPACITAR a las mujeres obreras a quienes iba dirigida. Por eso la revista se inicia como revista de formación y cultura.

 Así salieron los tres primeros números (mayo, junio y julio) con una redacción formada por las tres mujeres mencionadas y unas secciones que definían sus intereses: Trabajo y sindicalismo (Lucía), Salud, sexualidad, maternidad e infancia (Amparo); Cultura (Mercedes); Educación (pretendían que fuera Antonia Maymón, pero debió negarse); Conflictos Internacionales (con posiciones antimilitaristas y a favor de la paz, alguien con seudónimo paz firmó dos de los tres artículos de los tres primeros números.

Solo escribieron mujeres.

En estos números anteriores a la Guerra Civil la mayoría de los artículos los escribieron las tres redactoras, pero fueron creando red y dando lugar a un amplio grupo de colaboradoras (40 mujeres firmaron textos en los trece números).

Entre las colaboradoras destacan 9 mujeres que firmaron 3 o más artículos acreditados en los trece números: las tres redactoras + Consuelo Berges Rábago (no es libertaria ni (A), no forma parte de MMLL), que no escribió y se dedicó a tareas de edición durante la guerra ayudando a Mercedes.

Las 5 colaboradoras restantes fueron: Carmen Conde (no es libertaria ni (A), no forma parte de MMLL), Lola Iturbe (anarquista de CNT y de la FAI, no forma parte de MMLL), Áurea Cuadrado, Pilar Granjel y Etta Federn (MMLL y otras organizaciones del Movimiento Libertario).

Si tenemos en cuenta las 9 mujeres más involucradas en la revista, observamos una alianza entre mujeres con títulos académicos (5 mujeres; de ellas 4 eran maestras: Carmen Conde, Pilar Granjel, Consuelo Berges y Amparo, esta con doble titulación Magisterio y Medicina; y Etta Federn Lenguas Germánicas y Filosofía) y 4 mujeres sin títulos académicos: 3 obreras Lola Iturbe, Áurea Cuadrado (Sindicato del Vestido) y Lucía (telefonista) y Mercedes; bastante formadas las 4 a través del autodidactismo.

Además, están las colaboradoras que no escriben y que se dedican a tareas de administración, distribución, venta, etc.

  • Acceso a la palabra con voz propia y en el espacio público ¿es revolucionario?

Las mujeres estaban (y aún están) excluidas de las palabras en el espacio público, pero no poder hablar no significa no tener voz. Su mundo fue el de la oralidad en el que el nivel de representación del mundo no está separado de la existencia, o vivencias personales de este mundo. En la oralidad apenas existe el pensamiento abstracto. El mundo de la oralidad era propio de las clases populares (no solo de las mujeres), pero mientras los hombres tenían acceso al espacio público (incluso los iletrados a través de las consignas en las manifestaciones y huelgas, su asistencia a mítines y conferencias, su presencia en reuniones sindicales, etc.), las mujeres tenían un acceso muy limitado.

Su acceso a la palabra era en el espacio doméstico, privado, pero ahí las palabras eran menospreciadas y desvalorizadas: hablaban de «cosas de mujeres», consideradas intrascendentes pese a que se referían a un área fundamental para la vida: los cuidados (sin embargo, eran consideradas: cotorreos, parloteos, cotilleos, chismorreo).

La revista fue para las mujeres de este proyecto un acceso a las palabras hablando con voz propia, sin interferencias masculinas, fue encender las palabras de las mujeres. Las mujeres que impulsaron la revista quisieron tomar, usar y escribir palabras para crear vínculos entre ellas y pronto se dieron cuenta de que la fuerza de las palabras se producía cuando prolongaban un cuerpo y lo enunciaban. Rechazaron las palabras separadas del cuerpo y por eso es una revista con ideas, pero escasamente ideologizada.

Las editoras y redactoras de la revista Mujeres Libres, podemos considerarlas como donadoras de palabras, nombradoras, como señala Rita Segato. Levantaron un maremoto de palabras a través de la revista abandonando el silencio. Romper una genealogía de mujeres silenciadas no era nada fácil.

¿Podemos hablar de una revolución de las palabras?

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Esta es un parte de mi intervención en el Congreso Internacional: Editoras y traductoras más allá de las fronteras: mujeres en la cultura impresa transnacional anarquista (1890-1939)

domingo, 3 de marzo de 2024

CONGRESO INTERNACIONAL

 

Editoras y traductoras más allá de las fronteras: mujeres en la cultura impresa transnacional anarquista (1890-1939)

Universidad Carlos III de Madrid - Universitat Oberta de Catalunya 

Lugar: Campus UC3M, Madrid - Puerta de Toledo (Madrid) 

20 - 21 de marzo de 2024


En el marco del importante desarrollo académico de los estudios anarquistas a nivel global, ha surgido un interés renovado por la cultura impresa libertaria (Madrid y Soriano 2012; Souza Cunha 2018; Yeoman 2022; Ferguson 2023), base sobre la cual se desarrolló de manera impensada el que es considerado como primer movimiento político transnacional (Moya, 2009). La cultura impresa anarquista fue masiva y enciclopédica y, en su afán por educar al humilde, tuvo la capacidad de circular textos de muy diversa índole: literarios, científicos, técnicos y, por supuesto, ideológicos, entre tantos otros. Con esta agitada actividad impresora y traductora, los anarquistas y las anarquistas fueron agentes pioneros y muy activos en la transferencia de saberes transnacionales. Participaron en redes de intercambio y producción de impresos que “globalizaron el anarquismo” (Prichard, 2022; Eitel 2022) en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX.

Paralelamente, y a pesar de que el rol que las mujeres jugaron en el movimiento anarquista ha sido revisitado en los últimos cincuenta años (Nash 1975; Rowbotham 1992; Enckell 2010; Pezzica 2013), hay aún mucho territorio por ser explorado en lo que respecta a la manera en la que las mujeres anarquistas o cercanas al movimiento participaron en esa cultura impresa. El movimiento anarquista abordó, desde sus primeros escritos, temáticas ligadas a la relación entre los sexos, a la familia y a la sexualidad. Muchas editoras y traductoras realizaron estas tareas con las miras puestas en ahondar en la igualdad práctica y teórica al interior y al exterior del movimiento, reclamando para las mujeres una misma educación y oportunidades de participación, reivindicando una idéntica pasión por la libertad y pregonando que las mujeres poseen ellas también condiciones y motivos para la lucha contra el estado. Este activismo impresor puede ser considerado «feminista», con todas las discusiones que acarrea la utilización del término en contextos anarquistas (Barrancos 1990 y 1996).

La labor en tanto que editoras y/o traductoras de figuras femeninas clave del anarquismo internacionalista como Louise Michel, Emma Goldman, Lucy Parsons, Soledad Gustavo o Virginia Bolten así lo sugiere. Permite intuir la importancia de los vínculos entre mujeres, movimiento anarquista y cultura impresa. Junto a ellas, una pléyade de mujeres anarquistas, o cercanas a los medios anarquistas, destacaron en las tareas de editar, imprimir y traducir textos, libertarios y no libertarios.

El encuentro que proponemos pretende continuar recuperando el papel que le cupo a las mujeres anarquistas en la edición y traducción de textos, volviendo a aquellas más conocidas y sacando del olvido a otras muchas. Abarcando y poniendo en diálogo por primera vez en torno a este tema a un amplio abanico de disciplinas, desde la historia política, intelectual y de la edición, hasta los estudios de traducción y de prensa periódica, entre otras, este encuentro se propone dar respuesta a las siguientes preguntas:

¿Cómo intervinieron las mujeres en la circulación de textos esenciales para la difusión de las ideas anarquistas en diversas lenguas y territorios? ¿De qué manera tejieron redes entre personas y publicaciones para construir o desarrollar sus proyectos editoriales o traductivos? ¿Quiénes entre ellas editaron libros, panfletos, folletos o prensa? ¿o bien pusieron a trabajar sus habilidades lingüísticas para dar a conocer un poema o una proclama en otra lengua? ¿Qué dificultades encontraron y cómo lidiaron con ellas? ¿Cómo investigar el lugar de las mujeres en actividades, a menudo subalternas e invisibilizadas, de producción editorial y traducción? ¿De qué manera rescatar sus figuras en una cultura impresa donde a veces primaba el anonimato o el uso de seudónimos? ¿Cómo pueden asistirnos nuevas metodologías y herramientas, como las humanidades digitales, en esta tarea?

Estamos convencidas de que en la convergencia de especialistas de diferentes ámbitos universitarios será posible la producción de nuevos conocimientos sobre la agencia de las mujeres en el contexto de la cultura impresa anarquista.

Participo en la mesa titulada Mujeres Libres. 

El 20 de marzo, 11:30- 13 h. 

Universidad Carlos III, Campus Puerta de Toledo, Ronda de Toledo 1, Aula 1. A. 08