¿Qué sentido tiene conocer la diferencia
entre el bien y el mal cuando se paga un precio tan caro por ese conocimiento?
Dostoievski,
Los hermanos Karamazov.
No estaba traducida todavía esta obra
cuando supe de ella, poco antes de concederle el Nobel de Literatura, y tocó
esperar su traducción que se ha acelerado porque el Nobel impulsa las
traducciones y las reediciones.
Su título hace referencia al intento, por
parte de Aleksiévich, de mostrarnos a través de entrevistas a las gentes que
habían vivido en la URSS, constituyendo el denominado “Homo
sovieticus”, antes
de que desapareciera. Es un intento interesante: edificar la realidad sucedida
a través de ese espacio minúsculo, el
espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre
todo (10).
La
autora parte de la convicción, por tanto, de que una sola vida es en sí misma
apasionante y que cada persona esgrime una infinidad de verdades:
A la historia sólo parecen preocuparle
los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida
en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de
historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano (14).
Y
armada con su grabadora y mucha paciencia para saber escuchar y generar
confianza en sus entrevistados/as, Aleksiévich nos muestra la
condición humana con todas “sus” verdades, con sus luces y sombras, sus temores
y sus ilusiones, sus creencias y sus decepciones. La autora lo que hace es combinar
numerosas entrevistas, como si fuera un collage,
a través de las cuales da una visión del ser humano en determinadas
circunstancias, en este caso la desaparición de la URSS.
El fin del “Homo sovieticus” fue escrito en 2013 y se estructura en
dos partes, la primera parte, “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en
un interior rojo”, transcurre entre 1991-2001, el momento de la desaparición de
la URSS tras la era Gorbachov, el fracasado golpe de Estado de agosto de 1991 y
el postcomunismo de los diez primeros años. La segunda parte, “El encanto del
vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”, avanza a lo largo de los diez
años siguientes, 2002-2012. En total 21 intensos años de desmantelamiento del
mundo soviético en los que, las diversas repúblicas que habían constituido la URSS,
abandonaron el comunismo y una cierta manera de ser y de comportarse que
constituyó el “homo sovieticus”. Ambas partes vienen precedidas por un
subtítulo “El rumor de la calle y las conversaciones en la cocina”, los espacios de donde Aleksiévich saca la
información para construir la obra. La cocina hace referencia al espacio en el
que los y las soviéticas hablaban con cierta libertad cuando la libertad de
expresión era una quimera. Y ahí, la autora hace lo que más le gusta como
escritora que es: descubrir cómo le apasiona una vida humana cualquiera y con
ella la infinidad de verdades que
esgrimen los hombres, cada uno la suya (14).
Precede
a la primera parte un texto breve, apenas diez páginas, titulado “Apuntes de
una cómplice” en el que la autora nos habla directamente, algo muy raro en el
libro, para contarnos que ella conoce muy bien a ese “homo sovieticus” porque
hemos pasado muchos años viviendo juntos,
codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis
padres (9). A partir de esta confesión que la honra, desgrana con brevedad
algunas características de ese hombre/mujer de la era soviética que subsiste
detrás de la mayoría de los pueblos que constituyeron la URSS. Entre algunos de
estos rasgos que constituyen esa idiosincrasia rusa-soviética el ser un pueblo proclive a la guerra (10).
Convirtieron la verdad en un enemigo como hicieron después con la libertad. Todos se sintieron víctimas, pero nadie se
consideraba cómplice (13). ¿Qué deparará el futuro con una Rusia en la que
cada día crece más la nostalgia de la Unión Soviética y de Stalin?

En
la primera parte se van desgranando conversaciones sobre la URSS, el PCUS, la
libertad, los libros, las ilusiones que despertaron Gorbachov y, especialmente,
Yeltsin, la bebida, el Kremlin, Stalin y Lenin, los sufrimientos de los campos
de trabajo o gulags, el hambre, etc. Destaca la resistencia de muchas personas
a abandonar la idiosincrasia del homo
sovieticus, especialmente por dejar de ser ciudadanos/as de una gran
potencia y por la crítica a la propiedad privada, las desigualdades sociales y
el consumismo. Muchas de sus reflexiones nos plantean la evidencia que, para
muchas personas, la libertad es prescindible (los que seguían anclados con
nostalgia en el comunismo), para otras se identifica con el consumismo y las
posibilidades de acceso a una vida mejor aún a costa de la desigualdad. Un
tercer sector, ilusionado con la libertad en un sentido más amplio, muestra su
decepción ante las muchas ilusiones que nacieron en 1991, nos parecía estar en el umbral del reino de la libertad (82):
Nuestra fe era sincera, aunque ingenua…
Creímos que en la calle nos esperaban los autobuses que nos conducirían a la
democracia. Que íbamos a vivir en lindos apartamentos y abandonaríamos los
grises edificios que levantó Jruschov, que una estupenda red de autopistas
sustituiría nuestras calamitosas carreteras, que todos nos íbamos a convertir
de golpe en gente simpática. Nadie buscaba argumentos racionales para
justificar esas ilusiones. Tampoco los había. ¿Qué importaba? Creíamos con el
corazón, ajenos a toda razón (80-81).
Cuando
lees estos testimonios, cualquiera piensa que cómo es posible tanta ingenuidad,
pues es posible, yo la he visto alucinada en Cataluña respecto a la
independencia y eso que, en este caso, no se viene de un sistema totalitario
sino democrático.
La
autora narra sin ninguna piedad, sin modular nada, la dureza que significa que
las víctimas del estalinismo fueran fervientes estalinistas y patriotas o el
inicio de la guerra en Georgia con Abjasia y Osetia del sur. O los pogromos de
los musulmanes azeríes contra los armenios en 1988 y de estos contra aquellos
después. El hambre, la violencia, la guerra siempre presentes y, aparentemente,
condicionando el “alma” rusa.
La
segunda parte no es menos dura que la primera, habla de cómo las mafias y la
violencia se apoderaron de Rusia. Las multitudes manipuladas cumplieron su
papel:
Las multitudes son monstruos y el hombre
que forma parte de una multitud ya ha dejado de ser aquel con el que charlabas
en la cocina, bebiendo vodka o té.
El
testimonio habla de los años de Yeltsin y de los sucesos de octubre de 1993. No
sabe qué fue aquello exactamente, si
estábamos defendiendo la democracia o participando en un golpe de Estado. Lo
que sí sabe es que hubo cientos de
muertos (390) y que se aprobó una nueva Constitución que incrementó los
poderes del presidente y las dificultades económicas provocaron un descenso
dramático del nivel de vida de los y las rusas que desembocaron en las
cartillas de racionamiento.
Los
atentados terroristas en Moscú (hubo en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004,
2006, 2010 y 2011) son otro aspecto recogido a través de testimonios. La guerra
en Chechenia era el trasfondo de estos atentados, las responsabilidades de esta
y otras guerras, un aspecto que englobaba otros muchos, por ejemplo las
responsabilidades del stalinismo:
“¿Quién convirtió a Stalin en Stalin?”.
Y ahí se enfrentan al problema de la culpabilidad…
Sostienen que no solo hay que juzgar a
quienes fusilaron o torturaron, sino también a:
-los que denunciaban;
-los que delataron a los parientes que
habían dado cobijo a los hijos de los “enemigos del pueblo” y propiciaron así
que los encerraran en los orfanatos;
-los conductores de los vehículos que
llevaban a los arrestados;
-las empleadas de la limpieza que
fregaban el suelo de las celdas en las que torturaban a los detenidos;
-los responsables de los ferrocarriles
que tenían a su cargo el despacho de los trenes de carga llenos de presos
políticos hacia las tierras del Norte;
-los sastres que cosían las chaquetas
que llevaban los guardianes de los campos;
-los médicos que les arreglaban la
dentadura o les miraban el corazón para asegurarse de que permanecieran
perfectamente aptos para el cumplimiento de su deber;
-los que callaban cuando, en las
reuniones, otros gritaban: “¡A los perros démosles muertes de perros!” (484).
Aleksiévich
plantea múltiples temas que dibujan esa alma rusa que tanta relevancia tiene en
la literatura rusa: el amor, la amistad, la rebelión, la sumisión, el alcohol,
el sexo, la libertad, el racismo, el antisemitismo, el maltrato a los
inmigrantes procedentes de Tayikistan, y tantos otros que van tejiendo un tapiz
con las múltiples caras de lo ocurrido entre 1991 y 2012. Un libro excepcional
que impresiona por su autenticidad, que entristece por la manipulación que
sufrió la población que creyó luchar por la democracia, que enfurece por el
empobrecimiento y los abusos que sufren la mayoría de la población, mientras
una minoría se ha enriquecido y monopoliza el poder haciendo resurgir un
patriotismo, nunca muerto, que justifica el militarismo intervencionista de
Putin en la actualidad.
Una
magnífica obra para reflexionar sobre el ser humano y sobre esa infinidad
de verdades que es capaz de mostrar.