Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt
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miércoles, 13 de septiembre de 2023

Benjamín Labatut, Un verdor terrible

 


Estamos ante un libro sorprendente, ficción y realidad entremezcladas al servicio de un objetivo: expresar de forma sencilla la vida, experiencias y descubrimientos de varios científicos vinculados con las matemáticas y la física (Bohr, Heisenberg, Shcrödinger, Grothendieck y otros). De todos ellos me ha gustado especialmente el caso del matemático de familia anarquista, Grothendieck que acabó viviendo en un pueblecito de los Pirineos franceses. Entró en contacto con un anarquista español exiliado, Félix Carrasquer al que conocí hace unos cuantos años. Sabía de la existencia de este matemático a través de las memorias de Carrasquer, y Labatut me ha permitido acercarme al personaje que ya me llamaba mucho la atención.

El libro se estructura a través de cuatro cuentos y un epílogo en los que, en palabras del autor, va aumentando la ficción aun cuando la realidad continúa estando presente en todos ellos. La ciencia parece haber perdido las referencias y las dimensiones humanas para adentrarse en un camino cada vez más especializado que solo entiende una minoría, quizás incluso ni siquiera es factible controlar su desarrollo. No es solo el gas Zyclon utilizado para exterminar seres humanos en las cámaras de gas nazis o la bomba atómica que sigue aterrorizando a la humanidad, son otros muchos campos de investigación y sus aplicaciones técnicas que pueden llevarnos a un camino de no retorno. Con este futuro distópico está relacionado el título.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Ursula K. Le Guin, Los desposeídos


 

Me ha costado llegar a esta novela y es extraño. La ciencia ficción no me llama excesivamente la atención, aunque he disfrutado con las grandes obras que todas y todos conocemos. Es extraño porque son conocidas las simpatías de Le Guin por las ideas anarquistas, a las que ha definido como las más humanas, complejas e interesantes de todas las teorías políticas.

En Los desposeídos, escrita en los años 70, la escritora nos ofrece la utopía anarquista convertida en realidad en el planeta Anarres, situado a varios años luz de la Tierra, donde se exiliaron los llamados odonianos después de una revolución fallida para construir un modo de vida anarquista. Los habitantes de Anarres proceden de Urras, del cual se desvincularon ciento sesenta años atrás, un mundo donde se han reproducido los males de la Tierra que conocemos. Shevek, científico que intenta trabajar en una ecuación que puede cambiar muchas cosas, será el primer habitante de Anarres en visitar Urras y descubrir una realidad para él desconocida puesto que se ha educado en unas formas de vida completamente diferentes. Los desposeídos de Urras tendrán en Shevek un símbolo de una sociedad mejor, como mínimo en la posibilidad de pensar que es posible dicha sociedad pese a sus imperfecciones y sus carencias.

El mundo de Anarres no es perfecto ni mucho menos, es un sistema que lucha continuamente con la escasez y los problemas por tratarse de un lugar inhóspito en el que la tierra es polvorienta y la naturaleza muy limitada. Así mismo es un territorio en el que los conflictos humanos no han desaparecido y el poder acecha en cada relación y actividad.

La estructura narrativa de Los desposeídos se realiza en paralelo, se nos cuenta la vida de Shevek en Anarres y su viaje a Urras. Le Guin reflexiona sobre numerosos aspectos: la complejidad de las relaciones humanas, las experiencias revolucionarias con sus éxitos y sus fracasos, el papel de la mujer en la sociedad, la influencia de las ideologías y especialmente los diversos micropoderes que surgen continuamente en cualquier espacio de Anarres (da igual que sea entre adultos o que se dé entre niños y niñas).

Una lectura emocionante e interesante.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Nanni Balestrini, Los invisibles.

 


Esta novela tiene un tema central: el Movimiento por la Autonomía Obrera en Italia en la década de 1970. Se trata de una narración en primera persona sobre lo ocurrido en aquellos años en el seno de una clase trabajadora joven y combativa.

En Los invisibles conocemos de primera mano la formación de los colectivos autónomos vinculados a posiciones antiautoritarias, asamblearias y de base con un referente ideológico del marxismo disidente. Ocupaciones de viviendas, reapropiación de la riqueza a través de la imposición de precios justos de la luz, el agua, los alimentos, los alquileres de las viviendas, etc. Sus luchas contra el paro haciendo rondas por las fábricas en que se hacían horas extraordinarias. Todo este activismo político que implicaba también un cambio en las formas de vida y en las relaciones personales tenía sus limitaciones y una de ellas estaba vinculada al feminismo y el cuestionamiento, por parte de las mujeres de la Autonomía, de las actitudes patriarcales de sus compañeros.

Balestrini describe de forma magistral los momentos de dicha relacionados con el auge del movimiento y la creación de un auténtico contrapoder. Momentos en los que todo parece posible y lo es porque la vivencia es desde el cuerpo y se experimenta con intensidad.

También describe muy bien el momento descendente, el momento en que la precipitación en las decisiones conduce a acciones discutibles que distancian al activismo de su espacio vital y del conjunto de la clase trabajadora. La represión extremadamente agresiva y violenta, conducirá a una parte del activismo a la cárcel y ahí se abre otra brecha entre los de fuera y los de dentro de la prisión.

Y de nuevo, los cuerpos vulnerables expuestos a la violencia y a la reclusión en cárceles de máxima seguridad en las que intentaban sobrevivir y, a la vez, continuaban las luchas para mejorar su situación vivencial. Y fuera de la cárcel empezaba la desbandada, el naufragio, la desvinculación de la lucha (y de los presos y presas). La muerte, las drogas, los suicidios o la locura esperaban a aquellos jóvenes entusiastas para arrebatarles lo único que tenían: sus cuerpos maltrechos.

Una novela que es también un testimonio para que no se olvide lo ocurrido y cómo pasó.

 

viernes, 13 de diciembre de 2019

ANTONIO SOLER, Apóstoles y asesinos. Vida, fulgor y muerte del Noi del Sucre.



Pese a sus muchos premios no conocía a este autor. En su favor diré que es  miembro fundacional de la Orden del Finnegans, cuyos miembros fundadores son Eduardo Lago, Jordi Soler, Enrique Vila- Matas y Malcolm Otero Barral. En esta orden se obligan a venerar la novela Ulises de James Joyce (que yo admiro mucho) y, a ser posible, asistir cada año en Dublín, el 16 de junio, al Bloomsday.
Salvador Seguí, el Noi del Sucre, fue un destacado sindicalista de la CNT catalana que murió asesinado por las bandas de pistoleros financiadas por la Patronal catalana (burguesía que luego afirman que era culta, urbana y con seny). Estas bandas junto con la aplicación del terrorismo de Estado de la Ley de Fugas provocó la muerte de 200 obreros y de 20 hombres armados contratados por empresarios. El enfrentamiento fue muy desigual por el número de víctimas.

La novela es bastante realista y refleja bien el ambiente de violencia que se produjo en Cataluña entre 1919 y 1923. Estado y patronal catalana quisieron parar los pies a una organización que demostró la fuerza que tenía el sindicalismo cenetista, especialmente a partir de la famosa Huelga de la Canadiense de la que se cumple este año su centenario.

Dicho esto, paso a señalar aspectos que me parecen tendenciosos. Lógicamente alguien me puede decir que es una novela y que al ser ficción todo está permitido. Y es cierto, pero entonces que no revista de realidad la ficción, entrecomillando incluso muchos párrafos cuyas obras no aparecen citadas, solo referenciadas de forma superficial.

Volviendo a esos aspectos tendenciosos reiteradamente señalados a lo largo de toda la novela:

1º El maniqueísmo que establece entre los buenos sindicalistas posibilistas y los malos anarcosindicalistas más afines al anarquismo y a los hombres de acción partidarios del uso de la violencia en ese contexto.

2º Parece que el enfrentamiento entre pistoleros fue igualitario y ya hemos visto que no fue así (parece sospechoso que tanto afán realista no le llevara a proporcionar esos datos tan fáciles de encontrar).

3º Desliga a la burguesía de la patronal de la burguesía catalanista y esto no es así sobre todo en lo referente a la Lliga Regionalista y a Cambó.

4º La insistencia en detallar con todo lujo de detalles la amistad de Seguí con Layret y Companys, sin desarrollar otras amistades dentro del sindicalismo cenetista, probablemente más relevantes. Si insiste en su relación con Pestaña para señalar, que de haber vivido Seguí hubiera derivado hacia la política y, posiblemente, catalanista por influencia de Layret y Companys.

Desconfío de esta tendencia de la literatura de querer dar visos de verosimilitud a lo que cuentan con «una rigurosa documentación histórica», como dicen en la contraportada.

domingo, 13 de octubre de 2019

SVETLANA ALEXIÉVICH, La guerra no tiene rostro de mujer



Soy una entusiasta lectora de esta autora, esta es la tercera novela que leo tras El fin del «Homo Sovieticus» y Voces deChernobilYa conozco, por tanto, su manera de escribir: armada con su grabadora y mucha paciencia para saber escuchar y generar confianza en sus entrevistados/as, Aleksiévich nos muestra la condición humana con todas “sus” verdades, con sus luces y sombras, sus temores y sus ilusiones, sus creencias y sus decepciones. La autora lo que hace es combinar numerosas entrevistas, como si fuera un collage, a través de las cuales da una visión del ser humano, en este caso mujeres, en determinadas circunstancias como la II Guerra Mundial.
No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma (19)
La autora sostiene que las mujeres no habían hablado sobre su participación en la guerra y que cuando las ha entrevistado relatan una guerra diferente a la de los hombres. En sus recuerdos no hay apenas heroísmo, no explican actuaciones épicas, recuerdan una guerra más emocional y cotidiana. De hecho fue censurada en una primera versión, introduciendo todo en 2002. En España fue publicada en 2015.
Pero hay algo que no queda claro: ¿Qué les ocurría a las mujeres en el frente? ¿Sufrían agresiones sexuales, eran violadas por sus compañeros militares? Algún testimonio muy aislado afirma que algo de eso había, esas agresiones explicarían porqué fueron mal recibidas a su vuelta a casa y tratadas de prostitutas. Eso puede explicar también su silencio. Una auxiliar sanitaria relata que al poco tiempo de estar en el frente se metió en la covacha del comandante, no lo quería pero…
¿Qué otra opción tenía? Allí solo había hombres, era mejor vivir con uno que temerlos a todos. (…) También se lo han dicho las demás o no se han atrevido a confesarlo? (272).
 Las mujeres militares presenciaron como sus compañeros violaron sistemáticamente a las mujeres alemanas cuando entraron en este país, los pocos testimonios que hablan de este tema, lo justifican. Las mujeres como botín de guerra parece ser algo común al margen de la ideología de los gobiernos y de los soldados.



La incorporación de miles de mujeres jóvenes al frente de batalla, mayoritariamente en sanidad pero también como combatientes, es un caso único, sin embargo tengo la sensación que no ha sido tan auténtico el resultado como en sus otras dos obras, por el contrario me ha parecido muy reiterativa en algunos capítulos.

sábado, 13 de julio de 2019

UNA FICCIÓN DE LA ACRACIA Cristina Morales, Lectura fácil


La portada de la novela de Cristina Morales contiene estos lemas que nos resultan tan conocidos: «Ni amo ni dios ni marido ni partido ni de fútbol». Lo tomo como una brújula que me orienta para afirmar que esta novela es una ficción de la acracia. Entendemos esta concepción matriz del anarquismo como ausencia de coerción. La acracia concibe como posible un orden social no agresivo en el que la convivencia respeta las diferencias de todo tipo a través de acuerdos voluntarios, rechazando cualquier imposición por la fuerza.

Lectura fácil no oculta un discurso político explícito contra el fascismo, el patriarcado, el neoliberalismo y otros «ismos» de nuestra sociedad actual.  Toda la novela conlleva la idea de que no existe la uniformidad, el pensamiento único, la verdad, el cuerpo o la sexualidad normativa, las bondades de la democracia o de los partidos nuevos de extrema izquierda que disfrutan de poder municipal (En Comú, la CUP), la supuesta radicalidad del nacionalismo independentista y el proceso, etc., etc.
La autora pretende descolocarnos, desquiciarnos de alguna manera, cuando sonreímos por los zascas a tal o cual postura política y, de pronto, recibimos otro en plena boca del estómago o en pleno centro de nuestro pensamiento autocomplaciente, sea este el que sea. Nos interpela continuamente, cuestiona las formas narrativas, confunde sobre su punto de vista como escritora y el nuestro como lectoras/es.
Su argumento y sus protagonistas (Marga, Àngels, Nati y Patri) cuestionan las injusticias, el racismo, el capacitismo, el clasismo… Y pretende subvertir las posibles respuestas desde la democracia, los nuevos partidos y Ayuntamientos (especialmente el barcelonés de Colau puesto que en Barcelona transcurre la mayor parte de la novela), el buenismo de los servicios sociales, incluso las respuestas ácratas de los ateneos libertarios de Sants.
Las protagonistas, cuatro mujeres discapacitadas que viven en un piso tutelado de la Generalitat catalana, lo son en el pleno sentido de la palabra puesto que Morales pretende que la voz narrativa sea la de estas cuatro mujeres, la trama sea suya y el punto de vista también. La trama se va desviando por cada una de las protagonistas: declaraciones ante el juzgado para decidir la esterilización de Marga por su intensa vida sexual, reflexiones sobre la danza y los cuerpos discapacitados, actas de una asamblea de okupas anarquistas, la reproducción de un fanzine punk, la novela que escribe Àngels de lectura fácil que da título a la propia novela de Morales y otras.
Su discurso político explícito quiere ser radical porque arremete ferozmente contra el buenismo de psicólogas, monitoras («moni-polis»), funcionarias de servicios sociales, centros de discapacitados, etc., que en realidad pretenden normativizar y disciplinar aquello que es diferente, indisciplinado, subversivo, o insólito. Es, por tanto, desobediente en su intención política. Es también un grito contra la condescendencia con que es tratada la denominada discapacidad.
Para mi gusto se pasa de discurso político y cae algunas veces en la reiteración. El protagonismo que tiene Nati en la novela confirma estos excesos aunque tiene momentos gloriosos como este fragmento que se produce en un local okupa anarquista:
« ¡Me quedé loca! ¡Estaba ocurriendo también allí! ¡Resulta que los hacen en serie y todos los fascistas llaman fascistas a quienes les plantan cara! Es la ley facha-macha: para el facha, tolerar significa que el otro se ponga de su lado. El facho-macho no admite la alteridad salvo que le sea sumisa o, como poco, cómplice, o, cuando menos silenciosa, y mucho mejor si la alteridad está muerta» (p. 75).
Si alguien piensa que, debido a tanto discurso, estamos ante una novela pesada o aburrida está muy equivocada, es una novela divertida en la que más de una vez esbozamos sonrisas cómplices. Pero también es una novela destructiva y, quizás, por eso podemos enlazar con la idea de la acracia y aquella frase tan manida de Bakunin:
«La pasión por la destrucción es también la pasión creativa»



jueves, 23 de febrero de 2017

AMO A IMRE KERTÉSZ

Lo que hoy en día presentan como democracia poco tiene que ver con la res publica; más bien lo llamaría democracia del libre mercado. (…) se encamina de manera descarada hacia la centralización, hacia la concentración del dinero y del poder; (…) ¿No nos aguarda un fascismo discreto, con abundante parafernalia biológica, supresión total de las libertades y relativo bienestar económico? (p. 25-26).

Por fragmentos como este amo a Kertész y aspiro a leer toda su obra, habrá quien ya lo haya hecho, a mí me quedan, por fortuna, algunas por leer. No las estoy leyendo ordenadamente aunque si leí Sin destino en primer lugar. Mi sexta lectura ha sido esta obra póstuma publicada en 2016.
La última posada son los diarios (auténticos y de ficción) escritos entre 2001 y 2009 pero también el intento de escribir la obra de ficción La última posada, que aparece dentro del libro. El formato de diario le da a Kertész la libertad para escribir de todo, acrecentada por el hecho de que asume su papel de escritor enfermo y viejo que se acerca a la muerte y lo explica sin guardarse nada. Es esta la razón por la que este último libro rezuma sinceridad y verdad, pero también afirmaciones políticamente incorrectas, a veces repetitivas que le dan una apariencia de espontaneidad, quizás descuido en algún momento, pero también frescura.


Esta especie de testamento vital y literario recoge todo aquello que se le ocurre al autor, así que las reflexiones sobre libros y autores ocupan un papel interesantísimo, por lo menos para mí. Su lucidez al observarse a sí mismo, y a su obra, es conmovedora a veces, perturbadora muchas otras.
¿Para qué sirve este cuaderno de bitácora? ¿No lo he abierto para apuntar los últimos fondeaderos, para apuntar las últimas copas en las últimas paradas, para girar el timón rumbo al último puerto? (106).

No es nada fácil hablar de la vejez y la muerte sin trabas como lo hace Kertész. Quizás esta última obra de Kertész no aporte nada nuevo a lo ya escrito pero su lectura te lleva por muchos de los vericuetos de su vida y de su manera de pensar. La libertad con la que expresa sus emociones, el existencialismo que rezuma todo el texto, el pesimismo-realismo sobre la situación actual (la existencia gregaria, la evolución hacia la incapacidad política, p. 11), sus opiniones literarias y musicales, todo aquello, en definitiva, que le resulta relevante en un momento dado, me interesa como lectora entusiasta de Kertész.
Algunas de las reflexiones por las que amo a Kertész:
La vejez -nunca lo había pensado- empieza de golpe. De un día para otro, casi de un instante para otro (16).
(…) la época en que vivimos es incompetente (17). 
El caos también es orden, pero el orden de otros (50). 
No hay que entender los libros, basta la inspiración que despiertan en nosotros, a menudo por el mero hecho de tenerlos en las manos y leerlos. No importa el libro, sino su lector (77). 
Budapest. Dicen que no me interesa lo que significa ser húngaro. No, les respondo, a mí me interesa lo que significa ser (226). 
Europa está en un evidente atolladero ético del que no logra salir desde Auschwitz (236). 
La escritura como el arte del silencio (268).

Una obra imprescindible. Así cierra el libro:
Siempre he tenido una vida secreta, y siempre ha sido la verdadera (294).







martes, 13 de diciembre de 2016

IMRE KERTÉSZ, Kaddish por el hijo no nacido

El kadish es uno de los rezos principales de la religión judía, se trata de una plegaria que se reza solo en público. Existen varias clases de kadish según la ocasión, pero el que ha alcanzado más relevancia es el kadish de los huérfanos, la plegaria en memoria de los muertos. Es con esta acepción con la que más se conoce.
Kertész escribe en esta breve e intensa obra de 147 páginas una auténtica plegaria por el hijo no nacido en la que tienen cabida otros temas relevantes sobre la vida (mejor la supervivencia), la escritura, el amor, el matrimonio y, como no, su condición de judío. Se trata de un texto exigente porque apenas hay puntos y aparte, su lectura exige concentración, tiempos largos de lectura (una nunca sabe dónde dejar de leer por la continuidad del texto) y lentitud.
Estamos ante un texto sin concesiones, austero, brutal incluso, en el que al utilizar el estilo testimonial (un hombre nos habla de sí mismo, se confiesa literalmente),  resulta de una honestidad descarnada, desgarradora.


El libro empieza con un ¡No! contundente, sin titubear y de manera como quien dice instintiva (7). Un ¡No! que alcanza su verdadera dimensión en su negativa a tener hijos cuando se lo plantea su pareja:
“¡No!”-- nunca podré ser padre, destino, dios de otra persona,
“¡No!”-- nunca podrá ocurrirle a otro niño lo que me ocurrió, la infancia (112).
Y partiendo de esta negativa rotunda empieza a contarle a su mujer, o tal vez a sí mismo, la historia de su infancia, con toda la obsesión y prolijidad, sin inhibirse, durante días, semanas, de hecho la sigo narrando, aunque ya no a mi mujer. Su niñez marcada por el padre, por la autoridad incontestada, por Auschwitz. Una niñez que relata en busca de la lucidez que es lo mismo que decir la autoliquidación consciente…, palada a palada Kertész cava su propia tumba en las nubes (23) (…) en los vientos, en la nada (145).
Sobre su condición de judío, el autor afirma que él y su familia no eran verdaderos judíos, eran no-judíos, judíos urbanos, judíos de Pest. Es decir, no eran practicantes de oración por la mañana, por la noche, antes de comer, oración con el vino, como comprobó en su infancia que lo eran sus tíos con quienes le enviaron unas vacaciones de verano. Sin embargo, inesperadamente, su condición de judío se hizo relevante por cuanto tal condición implicaba en general la sentencia de muerte. Y así aprendió a hacer las paces con la idea de su ser judío, igual que lo hace con otras ideas desagradables (32).
Pero Kertész descubre también en su monólogo porqué escribe. Afirma que escribía porque tenía que escribir (39); quizás consideraba la escritura como una huida (…) y hasta una salvación, la salvación de mí mismo y, a través de mí, de mi mundo material y (…) espiritual (40).
Y en el camino hacia la lucidez, descubre que:

(…) escribir sobre la vida equivale a pensar sobre ella, que pensar sobre la vida equivale a cuestionarla, y que solo cuestiona su propio elemento vital aquel a quien este elemento asfixia o quien de alguna manera se mueve en él de un modo contrario a la naturaleza. Descubrí que no escribo para buscar la alegría sino todo lo contrario: que por medio de la escritura busco el dolor, el dolor más intenso, casi insoportable, seguramente porque la verdad es dolor, y la respuesta a la pregunta sobre qué es el dolor, escribí, es muy sencilla: la verdad es lo que consume, escribí (104).

Y todas estas reflexiones acaban en Auschwitz. Y la constatación de que el totalitarismo ha existido (y puede volver a existir) porque las personas contribuyen a que exista con la esencia de sus vidas y hasta con su mera conservación en tanto que se aferran a conservar sus vidas. Hay por ello una rebelión del autor hacia la idea de que Auschwitz no tiene explicación, por el contrario Kertész piensa que el mal siempre tiene una explicación racional y que lo que no la tiene es el bien (53), porque para que el bien actúe es precisa la libertad, es decir, aquello que no debía hacer y que ninguna persona en sus cabales espera del ser humano. Por fortuna el mundo es nuestra quimera llena de sorpresas inconcebibles (60).
Su posición está teñida del pesimismo de una vida basada en su inconcebible supervivencia. Y un pronóstico desgarrador y desolador:

(…) aunque obviamente nada sea idéntico a nada ni nadie idéntico a nadie, también es evidente que, tras el fugaz interludio de una generación, todo vuelve a ser igual e incluso cada vez más igual (114).


Kertész mereció un Nobel en 2002, su valía como escritor crecerá con el paso del tiempo, estoy segura.

sábado, 13 de agosto de 2016

AUGUST STRINDBERG, Solo

El punto de arranque

Strindberg inicia el texto explicando porqué optó por la soledad. Hacía años que no vivía en su ciudad natal y cuando regresó tenía una edad alrededor de la cincuentena, se empezó a reunir con un grupo de amigos que conservaba y esas sesiones lejos de sentarle bien empezaron a alterarle. El autor consideraba que nadie era sincero y que la banalidad se había instalado entre ellos, solo cuando volvía a casa, el silencio le permitía reencontrarse consigo mismo y tomó la decisión de no acudir a las reuniones y empezó a ejercitarse en la soledad, hasta que…


Encontré un gran placer en oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse (21).

A partir de esa determinación, Strindberg va abandonando a las personas conocidas, con las desconocidas tiene suficiente, y sus propias posesiones puesto  que no poseer nada es una de las facetas de la libertad (25).

¿En qué consiste la soledad?
En (…) enredarse en la seda de la propia alma, convertirse en capullo y esperar la metamorfosis, que no puede faltar. Durante este tiempo, uno vive de sus vivencias, y vive también, telepáticamente, la vida de los otros. Muerte y resurrección; una nueva educación para algo nuevo y desconocido.

Uno acaba siendo el único dueño de sí mismo. Nadie cuyos pensamientos controlen los míos, nadie cuyos gustos o caprichos pesen sobre mi. Es entonces cuando el alma comienza a crecer en su libertad recién adquirida, y se experimenta una inaudita paz interior, una alegría tranquila y un sentimiento de seguridad y responsabilidad sobre uno mismo (53).

Una utopía que nadie sería capaz de desatender, aunque los costes sean elevados. Y es que la soledad no suele encontrar adeptos voluntarios aunque haya mucha gente sola, especialmente en las grandes urbes. El autor nos presenta la soledad como un descubrimiento de sí mismo, como una manera de empatizar más con el resto de la humanidad, se gana en sensibilidad.

Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual (55).
Una interesante reflexión de este autor (especialmente dedicado al teatro), nacido en Estocolmo en 1849.

domingo, 3 de enero de 2016

SVETLANA ALEKSIÉVICH, El fin del “Homo sovieticus”.

¿Qué sentido tiene conocer la diferencia entre el bien y el mal cuando se paga un precio tan caro por ese conocimiento?
Dostoievski, Los hermanos Karamazov.

No estaba traducida todavía esta obra cuando supe de ella, poco antes de concederle el Nobel de Literatura, y tocó esperar su traducción que se ha acelerado porque el Nobel impulsa las traducciones y las reediciones.
Su título hace referencia al intento, por parte de Aleksiévich, de mostrarnos a través de entrevistas a las gentes que habían vivido en la URSS, constituyendo el denominado “Homo sovieticus”, antes de que desapareciera. Es un intento interesante: edificar la realidad sucedida a través de ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre todo (10).


La autora parte de la convicción, por tanto, de que una sola vida es en sí misma apasionante y que cada persona esgrime una infinidad de verdades:
A la historia sólo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano (14).

Y armada con su grabadora y mucha paciencia para saber escuchar y generar confianza en sus entrevistados/as, Aleksiévich nos muestra la condición humana con todas “sus” verdades, con sus luces y sombras, sus temores y sus ilusiones, sus creencias y sus decepciones. La autora lo que hace es combinar numerosas entrevistas, como si fuera un collage, a través de las cuales da una visión del ser humano en determinadas circunstancias, en este caso la desaparición de la URSS.
El fin del “Homo sovieticus” fue escrito en 2013 y se estructura en dos partes, la primera parte, “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo”, transcurre entre 1991-2001, el momento de la desaparición de la URSS tras la era Gorbachov, el fracasado golpe de Estado de agosto de 1991 y el postcomunismo de los diez primeros años. La segunda parte, “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”, avanza a lo largo de los diez años siguientes, 2002-2012. En total 21 intensos años de desmantelamiento del mundo soviético en los que, las diversas repúblicas que habían constituido la URSS, abandonaron el comunismo y una cierta manera de ser y de comportarse que constituyó el “homo sovieticus”. Ambas partes vienen precedidas por un subtítulo “El rumor de la calle y las conversaciones en la cocina”,  los espacios de donde Aleksiévich saca la información para construir la obra. La cocina hace referencia al espacio en el que los y las soviéticas hablaban con cierta libertad cuando la libertad de expresión era una quimera. Y ahí, la autora hace lo que más le gusta como escritora que es: descubrir cómo le apasiona una vida humana cualquiera y con ella la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya (14).

Precede a la primera parte un texto breve, apenas diez páginas, titulado “Apuntes de una cómplice” en el que la autora nos habla directamente, algo muy raro en el libro, para contarnos que ella conoce muy bien a ese “homo sovieticus” porque hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres (9). A partir de esta confesión que la honra, desgrana con brevedad algunas características de ese hombre/mujer de la era soviética que subsiste detrás de la mayoría de los pueblos que constituyeron la URSS. Entre algunos de estos rasgos que constituyen esa idiosincrasia rusa-soviética el ser un pueblo proclive a la guerra (10). Convirtieron la verdad en un enemigo como hicieron después con la libertad. Todos se sintieron víctimas, pero nadie se consideraba cómplice (13). ¿Qué deparará el futuro con una Rusia en la que cada día crece más la nostalgia de la Unión Soviética y de Stalin?


En la primera parte se van desgranando conversaciones sobre la URSS, el PCUS, la libertad, los libros, las ilusiones que despertaron Gorbachov y, especialmente, Yeltsin, la bebida, el Kremlin, Stalin y Lenin, los sufrimientos de los campos de trabajo o gulags, el hambre, etc. Destaca la resistencia de muchas personas a abandonar la idiosincrasia del homo sovieticus, especialmente por dejar de ser ciudadanos/as de una gran potencia y por la crítica a la propiedad privada, las desigualdades sociales y el consumismo. Muchas de sus reflexiones nos plantean la evidencia que, para muchas personas, la libertad es prescindible (los que seguían anclados con nostalgia en el comunismo), para otras se identifica con el consumismo y las posibilidades de acceso a una vida mejor aún a costa de la desigualdad. Un tercer sector, ilusionado con la libertad en un sentido más amplio, muestra su decepción ante las muchas ilusiones que nacieron en 1991, nos parecía estar en el umbral del reino de la libertad (82):
Nuestra fe era sincera, aunque ingenua… Creímos que en la calle nos esperaban los autobuses que nos conducirían a la democracia. Que íbamos a vivir en lindos apartamentos y abandonaríamos los grises edificios que levantó Jruschov, que una estupenda red de autopistas sustituiría nuestras calamitosas carreteras, que todos nos íbamos a convertir de golpe en gente simpática. Nadie buscaba argumentos racionales para justificar esas ilusiones. Tampoco los había. ¿Qué importaba? Creíamos con el corazón, ajenos a toda razón (80-81).

Cuando lees estos testimonios, cualquiera piensa que cómo es posible tanta ingenuidad, pues es posible, yo la he visto alucinada en Cataluña respecto a la independencia y eso que, en este caso, no se viene de un sistema totalitario sino democrático.
La autora narra sin ninguna piedad, sin modular nada, la dureza que significa que las víctimas del estalinismo fueran fervientes estalinistas y patriotas o el inicio de la guerra en Georgia con Abjasia y Osetia del sur. O los pogromos de los musulmanes azeríes contra los armenios en 1988 y de estos contra aquellos después. El hambre, la violencia, la guerra siempre presentes y, aparentemente, condicionando el “alma” rusa.
La segunda parte no es menos dura que la primera, habla de cómo las mafias y la violencia se apoderaron de Rusia. Las multitudes manipuladas cumplieron su papel:
Las multitudes son monstruos y el hombre que forma parte de una multitud ya ha dejado de ser aquel con el que charlabas en la cocina, bebiendo vodka o té.

El testimonio habla de los años de Yeltsin y de los sucesos de octubre de 1993. No sabe qué fue aquello exactamente, si estábamos defendiendo la democracia o participando en un golpe de Estado. Lo que sí sabe es que hubo cientos de muertos (390) y que se aprobó una nueva Constitución que incrementó los poderes del presidente y las dificultades económicas provocaron un descenso dramático del nivel de vida de los y las rusas que desembocaron en las cartillas de racionamiento.

Los atentados terroristas en Moscú (hubo en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2006, 2010 y 2011) son otro aspecto recogido a través de testimonios. La guerra en Chechenia era el trasfondo de estos atentados, las responsabilidades de esta y otras guerras, un aspecto que englobaba otros muchos, por ejemplo las responsabilidades del stalinismo:
“¿Quién convirtió a Stalin en Stalin?”. Y ahí se enfrentan al problema de la culpabilidad…
Sostienen que no solo hay que juzgar a quienes fusilaron o torturaron, sino también a:
-los que denunciaban;
-los que delataron a los parientes que habían dado cobijo a los hijos de los “enemigos del pueblo” y propiciaron así que los encerraran en los orfanatos;
-los conductores de los vehículos que llevaban a los arrestados;
-las empleadas de la limpieza que fregaban el suelo de las celdas en las que torturaban a los detenidos;
-los responsables de los ferrocarriles que tenían a su cargo el despacho de los trenes de carga llenos de presos políticos hacia las tierras del Norte;
-los sastres que cosían las chaquetas que llevaban los guardianes de los campos;
-los médicos que les arreglaban la dentadura o les miraban el corazón para asegurarse de que permanecieran perfectamente aptos para el cumplimiento de su deber;
-los que callaban cuando, en las reuniones, otros gritaban: “¡A los perros démosles muertes de perros!” (484).

Aleksiévich plantea múltiples temas que dibujan esa alma rusa que tanta relevancia tiene en la literatura rusa: el amor, la amistad, la rebelión, la sumisión, el alcohol, el sexo, la libertad, el racismo, el antisemitismo, el maltrato a los inmigrantes procedentes de Tayikistan, y tantos otros que van tejiendo un tapiz con las múltiples caras de lo ocurrido entre 1991 y 2012. Un libro excepcional que impresiona por su autenticidad, que entristece por la manipulación que sufrió la población que creyó luchar por la democracia, que enfurece por el empobrecimiento y los abusos que sufren la mayoría de la población, mientras una minoría se ha enriquecido y monopoliza el poder haciendo resurgir un patriotismo, nunca muerto, que justifica el militarismo intervencionista de Putin en la actualidad.

Una magnífica obra para reflexionar sobre el ser humano y sobre esa infinidad de verdades que es capaz de mostrar.