Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

jueves, 13 de agosto de 2026

Laura Vicente (I) «María Moliner, de la luz a la penumbra» en Ateneo Pilar y Paco Ponzán, La cultura silenciada. Represión en Aragón (1936-1975). Comuniter, Zaragoza, 2026

 

Esta es la primera parte de mi contribución a este libro colectivo

1- Rasgos biográficos

María Juana Moliner Ruiz nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900. Hija de Enrique Moliner Sanz, médico rural y Matilde Ruiz Lanaja que sabía leer y escribir. En 1902 la familia, formada por el padre, la madre, el hermano mayor (Enrique) y la pequeña María, recalaron en Almazán (Soria) y luego en Madrid. En la capital nació la hermana menor, Matilde, y los tres acudieron a la Institución Libre de Enseñanza (ILE) por deseo explícito de su padre de ideas liberales. El padre se enroló en la Marina como médico de barco y tras el segundo viaje a Argentina no volvió, fundó allí otra familia[1].

La marcha del padre afectó a toda la familia, suponemos que emocionalmente pero también afectó a la economía doméstica. María tenía 12 años y hay pocas evidencias de que asistiera a la escuela de forma regular. Su hermano Enrique aparece registrado como alumno en la ILE y la pequeña Matilde en Primaria, María parece que asumió responsabilidades familiares de apoyo a la madre al ser la mayor de las chicas y estudiaba en casa, asistiendo a algunas actividades puntuales en la ILE. Sabemos que en la ILE no había bachillerato por lo que los alumnos y las alumnas se examinaban libres en el Instituto Cardenal Cisneros[2], así lo hicieron Enrique y María.

Las dificultades económicas, sobre todo cuando el padre dejó de enviar dinero desde Argentina, convencieron a la madre  de que era mejor volver a Zaragoza para reducir gastos. Allí fue donde María Moliner acabó el bachillerato y se matriculó en Filosofía y Letras, rama de Historia (la única existente).

En Zaragoza la madre de María Moliner movió los hilos para que familiares y allegados les ayudaran  a sobrevivir y encontrar cierta estabilidad. Mientras estudiaba la carrera, María trabajó en la Diputación Provincial para aportar recursos económicos a casa. Pero además se integró, a las órdenes de Juan Moneva en 1916, en un equipo dedicado a un proyecto ambicioso: elaborar un diccionario de voces aragonesas tras haber rescatado sus variantes en todo el terreno lingüístico[3].

Cuando acabó en 1921, con sobresaliente y premio extraordinario, enseguida opositó  al Cuerpo  Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. En julio de 1922 supo que había aprobado las oposiciones, era la sexta mujer que lo lograba y la más joven desde la creación del Cuerpo Facultativo en 1868. La primera mujer había ingresado en 1913[4].

Su primer destino fue Simancas y después optó a una plaza vacante del Archivo de Hacienda en Murcia. En esta ciudad fue profesora auxiliar en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí conoció al catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando, con quien se casó en 1925, en Murcia nacieron sus dos hijos mayores Enrique y Fernando. Compatibilizar el trabajo, la vida familiar con dos niños pequeños y el doctorado no era nada fácil y acabó dejando su trabajo de ayudante en la facultad de Murcia y el propio doctorado. La pareja quería trasladarse a Valencia, cosa que lograron en 1930, allí nacieron su hija Carmen y el menor, Pedro.

En Valencia, María Moliner encontró posibilidades de encauzar su interés por la educación (participó, con un grupo de matrimonios afines al ideario de la ILE, en la fundación de la Escuela Cossío) y por la cultura con su participación en las Misiones Pedagógicas (creadas en 1931). Como delegada de las Misiones recorrió los pueblos de la periferia valenciana y organizó una red de 105 bibliotecas rurales conectadas con las públicas.

El golpe de Estado de 1936 supuso para ella asumir nuevas responsabilidades ya que el rector le encargó la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia, ejerció también el cargo de directora de la Oficina de Adquisiciones de Libros y Cambio Internacional. Se convirtió así en una pieza clave  en la política bibliotecaria, por ese motivo escribió el Plan de organización de las Bibliotecas del Estado de 1937.

El final de la guerra supuso un golpe para el matrimonio, a su marido le expulsaron de la cátedra y ella fue degradada dieciocho puestos en el escalafón y volvió a su antiguo puesto en el Archivo de Hacienda. Empezaba la dura postguerra y tras las luces de una etapa valenciana llena de actividad cultural, el paso a la penumbra de una postguerra dura, llena de amenazas y temores, y solitaria ya que muchas amistades habían partido al exilio.

Fernando Ramón Ferrando recuperó su cátedra, primero en Murcia y luego en Salamanca, y Moliner se trasladó en 1946 a Madrid con sus hijos. Confinados en un cierto exilio interior, por lo menos conservaron sus puestos de trabajo, ella con un destino de bibliotecaria en la escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Su marido residía entre semana en Salamanca y ella necesitaba hacer algo, no como funcionaria, sino como autora de una obra propia.

La obra que emprendió a partir de 1951 fue reconstruir las definiciones del DRAE[5], una tarea que le mantuvo quince años pegada a la mesa del comedor primero y luego a otra alargada donde desplegaba sus fichas escritas a mano y la Olivetti con la que las escribía de forma definitiva. Su Diccionario de uso del español[6] (DUE) fue de gran originalidad y valor, no por la cantidad de palabras definidas sino por su concepción diferente respecto al Diccionario de la lengua española de la RAE.

El DUE no solo ofrecía las definiciones de las palabras recogidas en él, sino que, como señala María Antonia Martín Zorraquino[7], lo hacía con un lenguaje nuevo, propio de la lengua culta usual, evitando la circularidad de muchas de las definiciones del académico. Aportaba, además, más datos sobre cada una de sus entradas: sinónimos, antónimos y fraseología; una ordenación no solo alfabética, sino también por medio de una agrupación etimológica, e incluyendo, dentro de muchas de sus entradas, un catálogo de familias de palabras que remitían a otras.

María Moliner planteó su obra como una «herramienta» total –el término es suyo- al servicio de las personas que lo consultaban. Buscaba no solo que el diccionario ofreciera el significado de las palabras que se desconocen, sino también proporcionar una guía en el uso del español. Moliner introdujo, además, un elemento esencial que la lexicografía ya no ha podido abandonar: la preeminencia del uso real (conjunto de manifestaciones lingüísticas de todo tipo, desde el registro culto al popular, sin olvidar los extranjerismos) frente a la norma[8].

Como señala Martín Zorraquino, fueron los hispanistas extranjeros los primeros que lo acogieron con entusiasmo. En el ámbito académico español, el DUE se recibió de forma positiva pero no sin ciertas reticencias. A partir de la década de los ochenta del siglo XX se convirtió en objeto de estudio, no solo en instrumento de consulta.

Poco más de treinta años después de acabada la Guerra Civil, tras publicar los dos tomos de su Diccionario, fue propuesta su candidatura al sillón B de la Real Academia de la Lengua en 1972. Se movilizaron en su favor mujeres que habían vivido experiencias muy similares a las de  María Moliner como era el caso de Carmen Conde a la que conoció en la época de las Misiones y con la que tuvo cierta relación en Valencia durante la guerra. Además de Conde, Consuelo Bergés, Ernestina Champourcin y muchas otras mujeres procedentes del mundo de la cultura y del ámbito universitario apoyaron su ingreso. Pero le cerraron la puerta[9], probablemente por su condición de mujer y su pasado de compromiso con la política cultural republicana.

Ella no se desanimó y siguió revisando su Diccionario para futuras ediciones, la desmemoria primero y la muerte en 1981 después, pusieron fin a un proyecto de vida colosal.

2- Compromiso político

María Moliner no pensaba que fuera una persona politizada aunque se consideraba republicana. Resulta difícil considerarla de izquierdas, algo que se detecta en su distanciamiento de las pasiones partidistas. Sus intereses  durante la II República y la Guerra Civil fueron, como ya hemos dicho, la educación y la cultura, especialmente impulsar bibliotecas para fomentar la lectura.

Igualmente resulta difícil considerarla feminista aun cuando en su DUE se percibe cierta sensibilidad en cuanto al papel social de la mujer. En sus definiciones evitaba, como lexicógrafa, alusiones innecesarias a lo que es y no es propio de las mujeres. Incorporó el femenino de profesión (por ejemplo el de médico) mucho antes que el DRAE y definiéndolo como: «Persona que tiene título oficial para curar las enfermedades». Igualmente dejo clara la definición de algunas palabras despectivas para todas las mujeres como marisabidilla, quitando su carácter general de aplicación al sexo femenino[10]. Lógicamente esta sensibilidad es difícil entenderla como una posición feminista, algo que queda desmentido por hechos tan contundentes como el de elaborar su Diccionario en el comedor, pese a que en la casa había un despacho libre, el de su marido. Él estaba en Salamanca durante la semana pero ella nunca se planteó usarlo.

La labor de María Moliner durante la II República: educación y cultura

En Valencia, María Moliner participó, con un grupo de matrimonios afines al ideario de la ILE, en la fundación de la Escuela Cossío (1930-1939), llamada así en honor de Manuel Bartolomé Cossío, sucesor de Francisco Giner de los Ríos, creador de la ILE en 1876. María Moliner enseñó en la Escuela Cossío, Literatura y Gramática, y, además, formó parte de su Consejo Director, como vocal, y de la Asociación de Amigos para su apoyo, como secretaria[11].

El proyecto de la Escuela Cossío se remontaba a mediados de la década de 1920. Fue  impulsada por José Navarro Alcácer y su esposa, María Alvargonzález, al frente de un colectivo de familias valencianas. Dispuso de importantes donaciones económicas, entre las que estaban las de  personas  «institucionalistas» que vivían en Valencia, como Luis Marchante, Elena Jiménez, Angelina Carnicer, Nicolás Percas, profesor de latín del instituto «Blasco Ibáñez» y José María Ots, historiador del derecho y profesor de la Universidad valenciana, entre otros.

En octubre de 1930, se puso definitivamente en marcha esta escuela diseñada sobre la pedagogía de:

« (…) la coeducación y el laicismo, el respeto escrupuloso a la conciencia y la personalidad del niño, la atención predominante al aspecto educativo de la enseñanza sobre el mero suministro de conocimientos, el trato cordial entre profesores y alumnos, la formación moral basada en la rectitud, la generosidad, la tolerancia y la efusión cordial, la finura en el comportamiento externo, la pulcritud dentro de la naturalidad y la sencillez, y también el conocimiento de la naturaleza y del arte -muy especialmente la lectura y las actividades manuales- y la práctica del ejercicio físico»[12]. ​

Además, la nueva escuela abarcaba todos los niveles de escolarización, desde el parvulario, seguido del llamado grado A y hasta los dos cursos elementales de bachillerato. El proyecto que se realizó tenía más de obra social que de negocio, con la gestión a cargo de la Asociación de Amigos de la Escuela, sueldos modestos para el profesorado y muchas actividades promovidas o dirigidas de forma desinteresada. ​

Angelina Carnicer, profesora de la Escuela Normal de Valencia fue la encargada de seleccionar y aportar un grupo inicial de maestras y maestros jóvenes. Se dio especial importancia a las actividades de lectura, para niños/as entre 7 y 9 años, impartidas por   María Moliner, o las dedicadas a las canciones populares que dirigía Maximiliano Thous. Dentro de un planteamiento muy cercano al de las Universidades Populares, participaban profesores/as universitarias, artistas, científicos/as o profesionales, con cursillos, charlas o conferencias. ​

Capítulo importante en las actividades fueron las excursiones a museos, a monumentos y a espacios naturales. Se visitaban también las comarcas cercanas, los museos y los monumentos de la capital valenciana, o en Madrid, la visita a la Institución Libre de Enseñanza. ​

Tras nueve años de existencia, al concluir la Guerra Civil, la escuela y su edificio fueron incautados por una nueva Junta que los cedió al colegio «Isabel la Católica». ​

En paralelo a la Escuela Cossío, y siguiendo también los planteamientos de Francisco Giner de los Ríos, José Navarro Alcácer, Angelina Carnicer Pascual y María Moliner Ruiz, constituyeron la delegación valenciana del Patronato de las Misiones Pedagógicas. María Moliner contaba además con el hecho de que su hermana Matilde era secretaria de Luis Álvarez Santullano de la Comisión Central del Patronato, dedicándose en el primer bienio republicano (1931-1933) a la organización de las Misiones  en el instituto Cervantes de Madrid.

Las Misiones no nacieron de la nada, tenían un largo recorrido dentro del proyecto impulsado por Giner de los Ríos. En 1884 había comenzado a funcionar un Museo Pedagógico como centro de investigación, muy vinculado -tanto por sus colaboradores/as como por su tarea- con la Institución Libre de Enseñanza. Este organismo se convirtió en pieza fundamental del proceso de renovación de la enseñanza pública que culminó en los años de la República.

El Gobierno Provisional que se formó al proclamarse la II República creó rápidamente, el 29 de mayo de 1931, por Decreto, el Patronato de Misiones Pedagógicas con el encargo de «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural». Dependía del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y estaba dirigido por una Comisión Central, cuya sede se encontraba en el mencionado Museo Pedagógico.

El Patronato de las Misiones Pedagógicas estuvo presidido por Manuel Bartolomé Cossío y la Comisión Central estaba formada, entre otros, por el Director del Museo Pedagógico (que actuaba como Vicepresidente y que en esos momentos era Domingo Barnés), Rodolfo Llopis, Marcelino Pascua, Antonio Machado, Pedro Salinas, Óscar Esplá, Ángel Llorca y Luis Álvarez (que ejercía de Secretario).

Fernando de los Ríos, ministro de Justicia al proclamarse la República, fue titular de Instrucción Pública y Bellas Artes a partir de diciembre de 1931. Era una persona vinculada a todo el proyecto pedagógico de la ILE, sobrino de Francisco Giner de los Ríos y alumno de Cossío. En su cargo de ministro se convirtió en el máximo valedor de las Misiones[13].

La acción de las Misiones abarcaba tres aspectos: el fomento de la cultura general a través de la creación de bibliotecas fijas y circulantes, proyecciones cinematográficas, y un museo circulante. La orientación pedagógica a los maestros/as de escuelas rurales, y la educación ciudadana necesaria para hacer comprensibles los principios de un Gobierno democrático, se desarrollaba a través de charlas y reuniones públicas[14].

En 1933 María Moliner fue nombrada vicepresidenta de Misiones en Valencia y enfoca su labor hacia las bibliotecas rurales. Inmaculada de la Fuente explica su sencillo procedimiento:

« (…) se entregaban en depósito unos lotes iniciales con un centenar de libros en cada pueblo o aldea, tanto para niños como para adultos y, si había movimiento y se leían, se les enviaba otra tanda más o se reemplazaban los primeros. Al quedar, en general, depositados en las escuelas, se tenían que responsabilizar de ellos los maestros; una carga adicional que originaba en ellos tantos entusiasmos como resistencias»[15].

La creación de bibliotecas públicas fue siempre un objetivo de la República de centro izquierda que ya en 1931  creó una Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para estas bibliotecas. Uno de sus objetivos era crear bibliotecas en municipios de más de mil habitantes. María Moliner integró muy pronto estos objetivos gubernamentales y en 1934 planteó la creación de una biblioteca popular. La Junta recibió muy bien la idea pero no fue ella la elegida para ser directora, sino Rafael Raga, responsable de las Bibliotecas Populares de Valencia.

Esta decepción no la desanimó y enseguida encaró un nuevo proyecto: la creación de una Biblioteca-Escuela en la ciudad. Entre el 20 y 30 de mayo de 1935 se celebró en Madrid y Barcelona el Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía. En las sesiones de la Sección de Bibliotecas populares, que tuvieron lugar en el Hotel Palace en Madrid los días 21 y 22, María Moliner presentó el trabajo: «Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España». En la parte  final del trabajo María MoIiner hizo referencia al proyecto de la Biblioteca-Escuela:

«Quedará establecida en la ciudad de Valencia una biblioteca que tendrá el carácter de Escuela de bibliotecarios rurales, con biblioteca infantil y una sección especial de obras de Pedagogía; esta biblioteca funcionará, a la vez, como Biblioteca Central con respecto a las otras de Misiones existentes en la región.

(…)

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los maestros se ocupan de la Biblioteca de Misiones sin retribución alguna. Es un servicio que han de prestar voluntariamente y que de ninguna manera se les puede exigir como tarea obligada, añadiéndola a las, en ocasiones, excesivamente prolongadas, de su magisterio. (…)

Por todo esto la Biblioteca Escuela de Valencia, en combinación con la Escuela Normal de Maestros, constituirá un campo de prácticas para los alumnos de la Normal, más aun que para enseñarles la técnica bibliotecaria, aunque desde luego la aprenderán, para que adquieran el gusto de tratar con libros y con lectores. A este fin ayudará poderosamente el que en cada viaje de inspección acompañen a la bibliotecaria inspectora uno o varios alumnos, que tendrán, así, ocasión de apreciar lo que una biblioteca significa y puede rendir en un medio campesino»[16].

Los proyectos relacionados con las bibliotecas iban viento en popa para María Moliner que cada vez tenía más claro sus intereses y la pasión que guiaba su trabajo. Sin embargo, el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el estallido de la guerra y la revolución social influyó en este recorrido profesional y vocacional. En el orden personal, el estallido de la guerra interrumpió sus vacaciones en Manzanera. Como en años anteriores María Moliner y su marido, junto con otras familias amigas, habían alquilado una casa grande para estar en contacto con la naturaleza. Naturalmente la guerra provocó su precipitada vuelta a Valencia.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           



[1] Inmaculada de la Fuente, “María Moliner. Una heroína moderna”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 6/7.

[2] No debemos olvidar que en el curso 1906-1907 solo 277 alumnas estudiaban en España el bachillerato, en Inmaculada de la Fuente (2018): El exilio interior. La vida de María Moliner. Madrid, Turner Noema.

[3] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 69.

[4] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 74.

[5] Así era como se llamaba el diccionario académico. En su edición de 1956, era un diccionario rígido y normativo, caracterizado por ser acumulativo y conservador. Pilar García Mouton, “Ideología y feminismo”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 10/11.

[6] La primera edición salió en 1966 (primer tomo) y 1967 (segundo tomo). Posteriormente se han realizado tres ediciones más en 1998, 2007 y 2016.

[7] María Antonia Martín Zorraquino, “Originalidad, alcance, proyección”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 8/9.

[8] Joaquín Dacosta, “Un hito de la lexicografía española”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 12/13.

[9] Hasta 1978, una vez muerto Franco y en plena etapa de la llamada «Transición Democrática», no entró una mujer en la Real Academia de la Lengua: Carmen Conde.

[10] Por ejemplo el DRAE, entre 1936 y 1992, definió hazaña como voz coloquial: «Faena casera habitual y propia de la mujer». Pilar García Mouton, “Ideología y feminismo”, p. 11.

[11] «Valencia y la República. Guía urbana, 1931-1939». , Consultado el 2 de octubre de 2020. https://www.uv.es/republica/plano/educacion/educa-tres.htm

[12] «Lugares para el Recuerdo: Escuela Cossío»Plataforma per la Memòria del País Valencià (anexo: propuestas). 2016. Consultado el 2 de octubre de 2020. https://plataformamemoriapv.files.wordpress.com/2016/02/anexo-castellano.pdf

[13] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 118.

[14] «Valencia y la República. Guía urbana, 1931-1939». Consultado el 2 de octubre de 2020.

[15] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 120.

[16] María Moliner, «La organización de una red de bibliotecas en la región de Valencia» [fragmento], 1935.  https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/119710/EB22_N175_P46-48.pdf;jsessionid=2581DFC098AF0EC36BC1340C6EF6E696?sequence=1 Consultado el 6 de octubre de 2020.

lunes, 3 de agosto de 2026

«A mi aire»


 2026

(de mi cuenta de IG: @lauramartierra)

«A mi aire» (4 junio)

Tal día como hoy hace más de 160 años, nació la anarquista Teresa Claramunt. Realizar su biografía fue para mí una auténtica revolución como historiadora, pero me afectó también en lo personal.

Teresa tiene mucho de pasado glorioso, pero tiene mucho también de sencillo y radical presente que desborda este formato.

«A mi aire» (11 junio)

Nos educaron en fomentar la voluntad para tomar decisiones, elegir y actuar.

Quizás era una ilusión del sujeto en la Modernidad.

Ahora, se ha roto en mil pedazos.

¿Quién decide, elije y actúa?

«A mi aire» (18 junio)

«La desobediencia es una llamada tanto ética como política a la sociedad civil para que esté a la altura de sus principios». Donatella Di Cesare

 

«A mi aire» (25 junio)

Pensar es no aceptar la comodidad de lo establecido, mirar de otra manera para encontrar lo que nos había pasado desapercibido por la rutina. Pensar es atreverse a repensar lo que tenemos consolidado, lo que ni siquiera somos conscientes que pensamos.

Pensar es localizar espacios de silencio para desprendernos del ruido del grupo, de «nuestro» grupo. Pensar es saber escuchar lo que nos rodea y no interpretarlo con ideas preconcebidas.

jueves, 23 de julio de 2026

INTRODUCCIÓN (II) del libro: Claudio Venza (2026): L’Anarchisme espagnol entre pouvoir et revolution (Nouvelle édition). Lyon, Atelier de création libertaire.

 

Segunda y última parte de la Introducción al libro de Claudio Venza


Poder y Revolución

Claudio Venza recoge en el título de su libro, que el anarquismo español tiene que maniobrar entre el poder, que tradicionalmente había rechazado, y el proyecto revolucionario iniciado el 19 de julio de 1936. Uno de los interrogantes principales a lo largo del libro (capítulos del 3 al 6) hace referencia a la posibilidad de mantener y desarrollar la revolución en las circunstancias reales del país. Para Venza la guerra plantea que las cuestiones militares y, en consecuencia, las políticas, ambas rechazadas como prioritarias por el anarquismo en favor de las cuestiones sociales y culturales, condicionan gravemente la posibilidad de revolución, desempeñando un papel fundamental en la posición adoptada por la CNT-FAI. El autor remarca que el movimiento anarquista cuenta con poco apoyo internacional y con poco armamento para sus milicias, a eso hay que añadir el crecimiento del estalinista Partido Comunista de España (PCE) que crece rápidamente, justamente por poseer apoyo y armas de la URSS.

Que la URSS tomara la decisión de abandonar su estrategia revolucionaria fuera del país en favor de los Frentes Populares para combatir el fascismo (1935), sitúa a este partido, junto con los partidos republicanos y demócratas liberales, en la posición de impedir cualquier revolución, mucho menos anarquista. Esta posición enseguida enfrentó al PCE con el Movimiento Libertario y con el POUM.

El autor, investiga y comprueba que en el seno de la CNT-FAI y, de hecho, en el resto del Movimiento Libertario hay muy pronto una posición de aceptación del poder político estatal encabezada por los órganos de dirección, posición «colaboracionista» que enseguida se concreta en la entrada en los gobiernos de la Generalitat catalana y de la República (octubre/noviembre 1936). La segunda posición rechaza la entrada en el sistema gubernamental, posición conocida como «intransigente» que es minoritaria. Los órganos de dirección de la CNT-FAI intentan controlar a las bases anarco-sindicalistas para encauzarlas al «colaboracionismo».

Sin embargo, Venza llega a la conclusión de que, en la práctica, las actividades cotidianas del activismo de base son más acordes con la autogestión, por tanto, con la revolución, que lo que indican los documentos que reproducen las posturas oficiales. Considera que el experimento colectivista y la revolución cultural a gran escala son vividos de forma mucho más concreta por las bases que por los responsables de las decisiones estratégicas.

Este planteamiento de Venza abre paso a una posibilidad interesante que el autor no llega a desarrollar, pero sí constata: que hay diferencias entre las posturas oficiales de quienes toman las decisiones estratégicas por un lado y, por otro lado, la práctica autogestionaria de las actividades cotidianas, mucho más concretas, que llevan a cabo las bases anarquistas y libertarias sin formar parte explícitamente de la posición «intransigente» aun cuando coinciden con ella. Los órganos de dirección de la CNT-FAI renuncian a la revolución obligados, probablemente, por las circunstancias, desarrollando una estrategia antifascista que tiene pocas compensaciones y muchas renuncias. Pero hay una corriente subterránea, con un componente femenino relevante, cuya práctica cotidiana mantiene viva la revolución después de Mayo de 1937 y es una corriente que revoluciona la vida.

Por tanto, no hay una sola manera de entender la revolución que se produce a partir de 1936. Una forma es la que deslumbra y que es breve por los muchos enemigos con los que cuenta, la que llamaremos «revolución modelizada» y la otra, más subterránea, más «humilde» y más desconocida pero que Venza detecta, que es la que llamaremos «revolución de la existencia».

La revolución modelizada es un proceso de transformación pautado por el modelo de sociedad que se aspira a construir: la Utopía, comunismo libertario en el caso del que hablamos. El modelo de sociedad que se aspira a construir condiciona los pasos que se dan, puesto que es más importante la teoría, donde radican los principios, que la práctica, que se somete a la teoría y que inspira tres actuaciones: los Comités, las Milicias y las Colectividades. Esta revolución es la más conocida y la que acaba pronto: apenas un verano, el «corto verano de la anarquía»[1].

La revolución modelizada cuenta poco con las mujeres que fueron «apartadas» de los espacios en los que los hombres llevan a cabo la revolución, especialmente en el frente de batalla a través de las milicias y en la retaguardia con los Comités. Pero existe una revolución «sin modelo» preexistente, sin equipaje, una revolución que deja que las prácticas se desarrollen sin apelar a unos principios que las dirijan. La práctica, a partir de ella misma, elabora su propia justificación y construye sus propios principios que son tan múltiples como la propia multiplicidad de las situaciones vividas. Los criterios para actuar, para escribir y para pensar solo provienen de las situaciones y de las prácticas de la propia vida cotidiana y están ligadas a su modo de vida. En esta otra revolución había hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres y el espacio donde se desarrolla fue la retaguardia[2].

Dice Fernández-Savater[3] que los anarquistas en el verano de 1936 allí por donde pasan, allá donde pueden, «revolucionaron la vida»: los modos de hacer y pensar, la relación con el trabajo y el dinero, el reparto de la tierra y las formas de decisión en común, el papel de las mujeres, los hábitos y las costumbres. Son momentos al margen, espontáneos, muchas veces desordenados, llenos de vida que superan la ideología doctrinaria arraigándose en la existencia, momentos en los que prima la horizontalidad, la toma de decisiones en igualdad, el deseo y el entusiasmo. Cada persona es singular, cada iniciativa autónoma de las demás y como pauta, la responsabilidad de hacerse cargo de lo común. El desafío es hacer de todo ello una fuerza, sin importar la condición social, el género, la religión o la raza.

Situación del anarco-sindicalismo en España, en el siglo XXI

En España no somos muy conscientes de que para el anarquismo y el anarco-sindicalismo «mundial», la revolución libertaria de 1936 es una huella indeleble, a menudo, o casi siempre, idealizada. Ese hecho perdura en cierta manera hasta hoy, cuando el movimiento anarquista y el anarco-sindicalismo es minoritario pasados noventa años de aquella revolución. Incluso ese pasado tan «glorioso» se ha convertido en una pesada losa que ha construido un corpus de pensamiento y acción fundamentada en una transmisión intencional de una generación a otra. Esta concepción parece obligarnos a una relación constante de los anarquismos actuales con los del pasado y este acaba convertido en dogma, en doctrina. ¿Cómo compararnos con lo que nuestros antecesores y antecesoras hicieron? ¿Cómo recuperar todo el caudal de experiencias y saberes de aquella revolución con los pocos recursos actuales? ¿Cómo combatir la historia «basura» antilibertaria cuyo propósito es invisibilizar toda la obra constructiva, innovadora y transformadora para que muera su recuerdo?

Muchas preguntas con difíciles respuestas.

Pero ¿cómo hemos llegado a la situación actual?[4] El anarquismo es un elemento innegable de la cultura política española de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Los «ideales» que lo sustentaban eran escasamente doctrinarios, definió por ello un movimiento complejo, poliédrico, contradictorio y con un gran potencial disgregador. Es evidente que hubo muchas tendencias desmembradoras: colectivismo/comunismo, propaganda escrita/violencia, anarquismo/sindicalismo, antipoliticismo/intervención política y una multitud de diferencias menos relevantes que siempre sostenían de un hilo la unidad del movimiento.

Hay otro elemento de tensión que muchas veces pasa desapercibido por el poco arraigo del anarquismo individualista en España pero que la guerra civil planteó como realidad inmediata en el ensayo de revolución del 36. Me refiero a la incompatibilidad radical entre las prácticas concretas y la ideología libertaria.

Se trata de la posibilidad de la revolución, eje del libro de Claudio Venza. Ésta, en cuanto proyecto global y «totalizante», afecta al conjunto de la sociedad, convirtiendo el proyecto revolucionario en totalitario al anudar en un mismo lazo el conjunto de las trayectorias individuales supeditando lo local a lo general. El proyecto revolucionario destruye una forma de sociedad y ofrece otra como alternativa, por tanto, el proyecto de transformación social pretende afectar a cada una de las partes que componen la sociedad con independencia de que quieran verse afectadas por el proyecto revolucionario[5]. Supondría, por tanto, que dicho proyecto se instauraría sobre el principio de constricción de las particularidades locales, por tanto, se estaría construyendo otro sistema social autoritario, entrando en contradicción con el principio de libertad que es clave en el «ideal» anarquista. Sobradas muestras encontramos en la actuación libertaria durante la guerra civil, y no se trata aquí de juzgar sino de poner de manifiesto la «incompatibilidad radical» mencionada que no fue captada en el momento, salvo desde la perspectiva de la moralidad de las decisiones, y lo que es más grave, en los noventa años posteriores.

La guerra civil, unida al largo exilio en unos casos y a la dura represión durante el franquismo en otros, asestó un duro correctivo al anarquismo y al sindicalismo que los condujeron al borde de la extinción. En esa difícil situación, el mundo se transformaba rápidamente, perdidas la habilidad y la visión, que habían mostrado en el pasado para adaptarse a los cambios sociales, sus propuestas se mostraron anacrónicas y esclerotizadas. No fue solo el anarquismo, toda la izquierda entró en un proceso de crisis que es ahora, en el siglo XXI, cuando muestra su dramática dimensión. El franquismo distorsionó y retrasó, en parte, esta crisis, pero España no fue una excepción y se fracturó la tradicional asociación de la izquierda con el proletariado urbano también cuando disminuyó y se fragmentó ese mismo proletariado. Cuando la vieja izquierda ya no pudo depender de las comunidades de la clase trabajadora porque cada vez representaba un porcentaje menor de la población, la llamada nueva izquierda se unió a los jóvenes de los años sesenta y no fue el interés de todos, sino las necesidades y los derechos de cada uno, lo que constituyó su base. El individualismo sustituyó a la comunidad y las reivindicaciones subjetivas de la suma de identidades sustituyeron a los propósitos sociales comunes. Los movimientos políticos desaparecieron sustituidos por el individualismo fragmentado de las preocupaciones particulares, incapaces de convertirlos en objetivos colectivos[6].

Este proceso, que en Europa empezó a desarrollarse a partir de la década de 1950, en España se produjo aceleradamente tras la «transición» a partir de la década de 1980, justo para coincidir con la ofensiva en toda regla de la derecha neoliberal que provocó el naufragio de la izquierda socialdemócrata con cierto retraso en España. Los ejecutores de esta ofensiva neoliberal fueron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El thatcherismo desencadenó un tsunami de desindustrialización, llevándose las manufacturas a países en vías de desarrollo y diezmando comunidades obreras enteras (se pasó de siete millones de obreros en 1979 cuando llegó Thatcher al poder a 2,83 millones treinta años después) que vivían de su trabajo en las fábricas. Este experimento thatcherista forjó la sociedad en la que hoy vivimos. En el centro había una ofensiva contra comunidades, industrias, valores e instituciones obreras. Ser obrero ya no era motivo de orgullo, sino que era algo de lo que escapar. En este proceso uno de los objetivos era debilitar la fortaleza del sindicalismo inglés.

En España el proceso de reconversión industrial que los socialistas españoles llevaron a cabo entre 1982 y 1996 desmanteló sectores industriales que ocupaban una abundante mano de obra como los astilleros, la siderurgia, la estiba y la minería. Estos sectores estaban muy ligados a empresas públicas que el franquismo había financiado por motivos estratégicos y donde, ya antes de la guerra civil, se encontraba uno de los núcleos activos del sindicalismo con auténticas comunidades obreras de larga tradición que fueron desmanteladas por el PSOE para sanear el sector público. Las importantes luchas obreras que se produjeron en los años ochenta en España contra este proceso desindustrializador concluyeron, como en el caso inglés, en un debilitamiento del sindicalismo más combativo que procedía de la lucha antifranquista y en la domesticación de unos sindicatos que se convirtieron en una institución más del Estado

El anarquismo dispuso de muy poco espacio y, a la vez, falta de visión para buscar una salida a sus «ideales» en la turbulenta transición democrática y en los primeros años de una democracia gobernada por un partido que pretendía desarrollar en España, por primera vez, una política socialdemócrata, mientras integraba al país en los organismos internacionales de los que había estado excluida. Las divisiones y enfrentamientos, incluso en los tribunales, por el monopolio de las siglas y el patrimonio histórico, jalonaron estos años en los que el movimiento anarquista y los dos sindicatos que se disputaban la herencia del pasado quedaron reducidos a una presencia casi testimonial.

En la actualidad no han mejorado mucho las cosas ya que el anarco-sindicalismo continúa fragmentado (CNT, CNT-AIT, CGT, Solidaridad Obrera) y enfrentado de nuevo recurriendo a los tribunales para resolver sus diferencias. Su potencial de crecimiento es limitado, aún cuando la CGT tiene una afiliación superior al resto y un número de delegados y delegadas sindicales para tener en cuenta, siempre recordando que las dos CNT no se presentan a las elecciones sindicales. Otra cosa es si se mantiene o no la influencia anarquista en las prácticas sindicales. Por otro lado, la apuesta sindical como modelo organizativo, continúa eternizando la idea de que el sujeto de la transformación social continúa siendo la clase trabajadora. La debilidad del movimiento libertario que no acaba de mantener una estrecha relación con el sindicalismo, complica las posibilidades de construir algo más amplio que una alternativa sindical.

Comparto, sin embargo, la visión de G. Woodcock[7] cuando indica que el anarquismo es un racimo de actitudes en mutua relación, antidogmático y sin estructurar, que no depende, en su existencia, de ninguna organización estable. Puede «florecer cuando las circunstancias le son favorables, para volver, como planta del desierto, a adormecerse durante temporadas e incluso años, esperando las lluvias que le hagan retoñar».

Si de algo disponemos es de un denso fondo de experiencias multiseculares y de saberes que componen nuestro legado depositado por multitud de luchas en España y a lo largo y ancho del mundo. No tenemos solo legado del pasado sino realidad actual. Sin poder abarcarlo todo, y dejando al margen la prensa sindical[8], hay prensa libertaria y anarquista (Motín, Parthesia, Ekintza Zuzena, El Topo, (Ex)Presión, Esporas, Redes Libertarias, Al Margen, Antagonistas, Aula Libre, Palimpsestos y otras); Portales web (Portal Oaca, A las Barricadas, Contrainfo, Redes Libertarias, Grup Antimilitarista La Tortuga, etc.); Podcasts (La Linterna de Diógenes, Sangre Fucsia, Lluvia con Truenos, etc.) y Radios Libres (Radio Almaina, Radio La Granja, Radio Encadenada, Radio Klara, Radio Tirso Libertaria, Radio Vallekas, Radio Ágora Sol y otras muchas); Editoriales (Virus, Ochodoscuatro, Descontrol, Pepitas de Calabaza, Piedra Papel Libros, Enclave y otras).

Además de esta realidad cultural y social, existen múltiples Ateneos Libertarios en muchas ciudades y Centros Sociales Anarquistas, librerías, colectivos que luchan por una vivienda digna y evitar los desahucios y muchas otras iniciativas.

Queda por saber si este auténtico «archipiélago» anarquista actual logrará abrirse hueco. La estela libertaria sobrevivirá si es capaz de crear «novedad», recuperar lo menos doctrinario, lo menos formalizado, lo más difuso. El anarquismo puede recuperar su voz en las muchas voces de la disconformidad del siglo XXI si logra comenzar en otro puerto de partida, en un espacio propio y libre que marque distancias con el utilitarismo que se ha adueñado de la política, y logre articular, si es necesario, las objeciones a nuestra forma de vida redefiniendo lo que puede unir a las personas, abandonando el individualismo, el consumismo y la codicia que impregna toda la actuación humana. La nueva política tiene que arraigar en las comunidades, no solo en el lugar de trabajo que, cambia continuamente, es precario y a tiempo parcial, teniendo en cuenta a quienes no lo tienen. Lo más radical del «rastro» libertario está en la importancia de las relaciones de poder en las que siempre insistieron sus protagonistas, incluido Claudio Venza, y que es hoy más actual que nunca, la hipersensibilidad frente a la autoridad, el rechazo frontal de todas las decisiones desde el ejercicio del poder, como contradictorias con la libertad. Desde esa perspectiva quizás se pueda rescatar lo mejor de sus «ideales» y ponerlos al día, a través de la difusión de métodos de organización descentralizada, la defensa de la libertad y los derechos individuales y colectivos, la democracia directa basada en pactos y la descentralización de la toma de decisiones, el planteamiento de la importancia de la «revolución interior» haciendo crecer comportamientos fraternales y sorores, solidarios y de apoyo mutuo con las personas más próximas. Tienen plena actualidad la incitación a volver a una concepción ética y natural de la sociedad, la libre opción y la libertad de juicio. El anarquismo tiene un trasfondo, desde la libertad y la autonomía personal, que puede construir sin dogmas un modelo de vida que respeta las emociones, la autoestima, la responsabilidad de las decisiones propias, el estímulo de las capacidades y la inteligencia desde el realismo de lo posible.

Todas las corrientes anarquistas, con modelos organizativos y objetivos diversos, están de acuerdo en abonar el deseo de revolución. No obstante, perviven propuestas de «revolución modelizada», especialmente en el anarquismo especifista, con propuestas de «revolución de la existencia», ambas presentes en 1936 aunque la primera claramente hegemónica. Conviven, por tanto, el modelo ideologizado con elucubraciones estratégicas y tácticas con otra manera de entender la revolución arraigada a la realidad, a las vivencias, en definitiva, a la existencia. En esta manera existencial de entender el anarquismo que tan bien encaja con el feminismo anarquista, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se vuelven insoportables.

Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que los diversos anarquismos se centraran en construir prácticas de las que puede surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades, de ahí la importancia de libros como el de Claudio Venza. 

 



[1] Esa manera de indicar la duración de la revolución es de Hans Magnus Enzensberger (1972): El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti.

[2] Este planteamiento está más desarrollado en: Laura Vicente, «De la edición a la revolución» en María Migueláñez Martínez y Lucía Campanella (eds.) (2025): Anarquistas editoras. Biografías políticas en femenino. Comares, Granada.

[3] Fernández-Savater, La fuerza de los débiles. El 15 M en el laberinto español. Un ensayo sobre la eficacia política. Akal, Madrid, p. 115.

[4] Este breve repaso de lo ocurrido tras la derrota de 1939 en Laura Vicente (2013): Historia del anarquismo en España. Utopía y realidad. Catarata, Madrid.

[5] Tomás Ibáñez (2006): ¿Por qué A? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas. Anthropos, Barcelona, p. 77.

 

 

[6] Tony Judt, (2010): Algo va mal. Taurus, Madrid, p. 133.

 

[7] George Woodcock (1979): El anarquismo. Historia de las ideas y movimientos libertarios. Ariel, Barcelona, p. 464.

[8] Se ha dejado al margen la prensa sindical, y demás sistemas de comunicación, porque es bastante numerosa y se convertiría en una lista inacabable. Por otro lado, es la que tiene más difusión fuera de España y, por tanto, es de sobra conocida. No ocurre lo mismo con la prensa que mencionamos que es de colectivos anarquistas que por su número y escasos recursos materiales es más desconocida. No es nuestro objetivo en esta Introducción hacer un listado exhaustivo que puede encontrarse fácilmente en internet.