Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

martes, 23 de junio de 2026

Divagaciones políticas

 


Tener un blog propio me permite divagar, situarme en los márgenes, responsabilizarme solo de lo que elucubro, escribir, hablar o pensar de manera dispersa, sin rumbo fijo. Aviso por anticipado, que nadie busque en este breve texto una reflexión sesuda, coherente y esclarecedora. Solo son divagaciones tras algunas lecturas que me rondan por la cabeza.

Si hay algo evidente en el momento actual es que la acción política muestra claros síntomas de agotamiento, tanto la socialdemocracia como los sectores institucionales a su izquierda que no saben cómo afrontar el capitalismo neoliberal que sueña con acabar con la democracia que ya no le resulta del todo útil. El auge de la extrema derecha, no saben cómo combatirla y eso es otro síntoma de agotamiento, sobre todo cuando se recurre a estrategias, ideas y lemas del pasado.

Y mientras la política institucional naufraga, aquí (quizás el agotamiento nos afecta también a los sectores no institucionalizados), seguimos buscando el sujeto de la revolución, la confluencia de luchas, la convocatoria de falsas huelgas generales, la elaboración de estrategias y tácticas en cursos o seminarios de formación, y la elaboración de programas. Todo este utillaje anticuado no nos va a llevar a ninguna parte y forman parte de la llamada «melancolía de la izquierda», es decir, la añoranza por las antiguas utopías revolucionarias y proyectos de emancipación social.

No podemos seguir concibiendo la revolución como el inicio de un nuevo orden, de un nuevo mundo, de un nuevo estado de cosas, esa es la mejor manera de agotar una revolución. No podemos seguir pensando que la acción política o social consiste en quitar poderes externos, ya sean gobiernos, Estados, leyes, Constituciones o normativas laborales.

La gran pregunta sería indagar en cómo vivimos aquí y ahora, y cuando nos aproximemos a esa realidad cotidiana capturada por la dominación y el capital, no pensar al modo de la modernidad en elaborar, una vez más un modelo de sociedad nuevo. No caigamos en fabricar una línea de causalidad que a través de un largo proceso nos llevará a «ese mundo que llevamos en nuestros corazones». Esa revolución modelizada que se obstina en pensar cómo debe ser la sociedad a la que aspiramos, qué acciones llevar a cabo para lograrlo, deja pasar lo que es la sociedad hoy y cómo vivimos aquí donde vivimos.

No debemos medir la vida con la estrategia a largo plazo de la revolución. Si lo hacemos así, consideraremos el momento (cada lucha concreta, cada resistencia) solo a la vista del proceso y de esta manera el momento nos parecerá pobre, pequeño, efímero.

Revolucionar el pensamiento y la práctica implica revolucionarnos en lo más íntimo. Eso, Marcello Tari[1] lo llama lógica destituyente y entre otras cuestiones debe funcionar fuera del «tiempo del capital». El tiempo de la destitución es otro muy diferente:

«El tiempo de la destitución es un tiempo en el que se hace posible deponer la vida esclavizada vigente mientras viene a la presencia la profana posibilidad de una forma de vida orientada a la felicidad que se sitúa fuera de la ley -no en contra ni a favor, sino fuera-. Salir del derecho, salir de la economía, salir del Gobierno, en vez de oponerse dialécticamente a ellos y recomponer una y otra vez su constitución»

Reconocer una realidad, describirla, vivirla, sufrirla, es ya situarse en la esfera de la potencia, no del poder. Son las formas de vida las que generan las formas de lucha dentro y alrededor suyo.

La revolución o está ya aquí, entre nosotras, o no es nada.

Y seguiremos divagando…

Laura Vicente



[1] Marcello Tari (2025): No existe revolución infeliz. El comunismo de la destitución. Sevilla, Petit.

 

sábado, 13 de junio de 2026

URGENCIA PERSONAL, VOMITONA INCONTENIBLE, SACIAR LA RABIETA


Este título recoge las primeras palabras de Diana J. Torres en su libro Vomitorium[1]. Con una sinceridad que desarma dice la autora que este libro es un síntoma, «es mi estar al borde del hartazgo: estoy muy cansada de que seamos tan torpes para gestionar las alianzas, los egos, las críticas; harta de nuestras discapacidades emocionales, de la oscura hiel de las envidias, de la inmensa carencia de comunicación sana y directa y de las violencias internas».

La autora sitúa su contexto para señalar a quién le puede resultar útil el libro: europeo, blanco, feminista, disidente, queer, anarquista, etc. Quiere tejer autocrítica constructiva, aunque es difícil agradar a todas las personas cuando se dice lo que se piensa sin rodeos.

Y realmente, Diana J. Torres habla (escribe) sin rodeos y el primer paso es cargarse todo lo que ha significado, y triturado, la palabra coherencia. Leí hace tiempo en otro de sus textos (no recuerdo cuál, lo siento) su apuesta por la consecuencia frente a la coherencia, que significa llevar a la práctica nuestras ideas en la medida de lo posible, aunque ello implique contradicciones que de todos modos son algo que no vamos a poder eludir. Poder conocer, respetar y asumir nuestras propias contradicciones es algo valioso, sano y que puede fortalecernos como personas, como integrantes de los colectivos y de las luchas. Criticar desde el amor al colectivo y a la persona a la que dirigimos la crítica y si no es así, callar. Ahí es nada lo complicado que es eso y si lo logramos, lo constructivo y revolucionario que puede ser.

La autora también reniega de entender la vida «como algo compuesto exclusivamente por enemigxs, aliadxs y desconocidxs» y que esas categorías sean inmutables y permanentes. Ese planteamiento solo conduce a sectarismos y prejuicios inútiles. Por ello, mejor ser un poco más flexibles con los supuestos «bandos» y percibir que, algunas veces, están más diluidos e inestables de lo que parece.

A partir de estas aclaraciones, la autora comienza un periplo de reflexiones sobre las disidencias y, en especial, aquellas que la autora considera más rígidas, excluyentes y defensoras acérrimas de la coherencia purista, que acostumbran también a adoctrinar con más intensidad.

La alimentación es el primer tema que encara, el veganismo, convertido en la única opción que se sirve a los comensales en todos los eventos relacionados con cuestiones feministas o anarquistas, «forma rápida de ganar credibilidad ética por parte de cualquier lucha antisistema». Su reflexión habla de tipos de alimentación y de contradicciones de cualquier opción que quiera ser ética, a veces olvidando las condiciones de trabajo humano en los cultivos y otras cuestiones.

Las drogas, lo sexoafectivo, la espiritualidad, la salud, el dinero y el trabajo, la comunicación, los privilegios y opresiones y las patologías del feminismo, todo va pasando por el tamiz de la mirada y la experiencia de Diana J. Torres. Y esa mirada crítica pero afable, ácida pero comprensiva, dura y flexible a la vez, va sembrando un reguero de preguntas, de dudas, de eurekas y de asombros que dejan siempre un camino abierto para repensar aquello que parecía cerrado y definitivo.

Me alegra la idea de que existe una diversidad inmensa en los modos de adquirir sabiduría (se refiere a las drogas pero me parece válido para cualquier otra cosa).

Me dibuja una sonrisa el concepto de moralómetro libertario.

Me preocupa que se haya convertido en «una constante que en comunidades feministas se den situaciones “internas” relacionadas con lo sexoafectivo que desembocan en tener que expulsar gente o hacer juicios públicos que a veces parecen más bien quemas de brujas». Pero ¿no éramos antipunitivistas?

El capítulo de “Patologías del feminismo” duele, pero duele porque son reconocibles y visibles si queremos ver los «padecimientos que están sucediendo en el gran cuerpo, diverso y monstruoso del feminismo»:

1.     La ultracategorización delirante, por ejemplo, para nombrar las disidencias sexuales para que nadie salga herida en su susceptibilidad y nadie se considere excluida. Hablar con miedo es una de las asquerosas consecuencias de esta patología.

2.     Trigerwarnitis aguda terminal (trigger warnings significa “advertencia”), relacionada con los discursos de lo políticamente correcto, con diferentes formas de adquirir poder mediante el victimismo y con la expresión más fea de eso que se llama «policía interior».

3.     Feministometriosis, es como un dispositivo de control para dictaminar quien es feminista y quién no lo es. La autora considera que quienes se denominan feministas, SON feministas, aunque su manera de practicarlo nos parezca la antítesis del feminismo que nosotras practicamos.

Concluyendo, el libro de Diana J. Torres reduce el dogmatismo, el vicio de la exclusión, de lo cerrado y definitivo. Abre puertas y ventanas para pensar y dudar, facilita cuestionar cosas que parecen graníticas y que son aceptadas, aparentemente, por toto el mundo. Adelante «las valientes que se atreven a la autocrítica y a alzar la voz».

ADELANTE.

 



[1] El libro ha sido publicado en México y Argentina y editado por Sueños de Sabotaje en 2024. Yo lo compré en el Huerto Okupado Ca La Trava el 25 de abril de 2026 y pude hablar con la autora.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

«A mi aire»


 COPENHAGUEN

2026

(de mi cuenta de IG: @lauramartierra)

«A mi aire» (2 abril)

«El neoliberalismo gobierna también con sus aparatos de medición: arriba, las cuentas nacionales que consagran el PIB como teología de Estado; abajo, las encuestas de hogares que reducen la vida a ingreso y consumo, como si la existencia cupiera en dos casilleros. Así se vuelven invisibles —por definición, no por olvido— el cuidado, la comunidad, el descanso, la fiesta, la enfermedad, la soledad: todo lo que reproduce la vida pero no se deja traducir dócilmente a precio». René Ramírez Gallegos.


«A mi aire» (9 abril)

Leí hace poco que alguien hablaba del «refugio de las palabras», inmediatamente pensé en los libros. No sé si se refería a esas palabras o a las transmitidas oralmente.

Para mí son los libros (siempre en papel) y sus palabras lo que constituyen mi refugio, el lugar tranquilo y armonioso (da igual el tema sobre el que lea porque siempre ha sido una elección propia), el lugar silencioso lleno de murmullos, el lugar en el que soñar y poner los pies en tierra, el lugar del diálogo.

El refugio.


«A mi aire» (16 abril)

No me entusiasma la cocina, pero sé cocinar platos básicos y algunos más elaborados. Lo que más me gusta de cocinar es la alegría, incluso las gotitas de felicidad, que experimentan quienes prueban esos platos.

Rebuscando aquello que me proporciona alegría…


«A mi aire» (23 abril)

Hoy debería ser una fiesta importante para mí, pero no lo es.

Rechazo la mercantilización del libro como regalo para esta fiesta. Sé que la mayoría de esos libros no serán leídos, incluso, no serán abiertos.

Amo demasiado los libros para que me guste esta fiesta.


«A mi aire» (30 abril)

Por ejemplo, hoy es un día excelente para ir de librerías.

Las fiestas no tienen otro fin que la fiesta en sí misma. Por eso hoy ya no hay fiestas de verdad, cada fiesta sirve a un fin extrínseco cosificado y, por tanto, mercantilizado.

sábado, 23 de mayo de 2026

MANON GARCIA, Vivir con los hombres. Reflexiones sobre el juicio Pelicot,


 

¿Se puede vivir con los hombres?

Esta es la tremenda pregunta que se hace Manon García y que no me ha quedado más remedio que hacer mía leyendo este libro.

Durante cuatro semanas, Hannah Arendt pudo asistir al proceso de Eichmann en Jerusalén y de esa «experiencia» publicó un libro[1] muy perturbador. Manon Garcia también asistió durante casi cuatro semanas al llamado «juicio Pelicot», este libro es su reflexión no menos perturbadora. García no ha caído en hacer un paralelismo con la obra de Arendt aun cuando podríamos afirmar que piensa el mal de la violencia de género y resulta imposible no sentirnos concernidas, afectadas.

Durante una década, cuarenta y nueve hombres fueron invitados a participar en la violación planificada de una mujer sedada hasta la inconsciencia por su marido. Este hecho por si mismo es aterrador puesto que hablamos de hombres comunes, padres, vecinos, trabajadores que no llamaban la atención siendo violadores. Estos cuarenta y nueve hombres acudieron a la «convocatoria», pero cientos más vieron los posts de Dominique Pelicot en los que invitaba a la violación de su mujer dormida y nadie dijo nada.

Manon no se queda solo, y es mucho, en mostrarnos el juicio, los testimonios y los vídeos de las violaciones, los alegatos de los abogados defensores, de los jueces, de los psiquiatras, de los testigos, sino que va más lejos. Los argumentos de los perpetradores y, en parte, de sus abogados y abogadas, prueban la extensión, profundidad y complejidad de un orden patriarcal que justifica, frivoliza y minimiza la «cultura de la violación», que autoriza la violencia sobre el cuerpo de las mujeres. Desentrañar la complejidad de este sistema de dominación con todos los mecanismos, dispositivos, opresiones, violencias y cosificación del cuerpo de las mujeres, no es tarea sencilla.

Este libro es muy poco teórico, aunque algunos capítulos hablan de la masculinidad (es), del patriarcado o de la disociación de masculinidad y virilidad, es un libro muy pegado al juicio y hecho en base a percepciones, sensaciones e impresiones de la autora.

Aunque se juzgaba a estos cuarenta y nueve hombres, la autora considera que la perversión de Dominique Pelicot se extiende a sus cómplices, pero la sociedad que los rodea también desempeña un papel importante y señala la «complicidad prácticamente omnipresente» de los hombres franceses con el patriarcado.  Esta afirmación tan contundente la lleva a cabo por entender que todo el mundo, especialmente los hombres, forman parte de un sistema social que da lugar a estas violaciones y que se muestra en el sentimiento de muchos encausados de que son inocentes. Todo el mundo, y en particular los hombres, comparten rituales, suscriben valores y comportamientos que contribuyen a hacer posible que unos hombres «normales» puedan ir a violar a su casa, a su dormitorio conyugal, a una mujer que no conocen y que está completamente sedada.

Manon García pide a los hombres que se avergüencen, que se sientan concernidos por una masculinidad que atropella a todo el mundo. La cuestión, dice la autora, es preguntarse qué tiene que ver que te guste el «modo violación» con ser un hombre de verdad. Es hora de entender que ese tipo de masculinidad y el orgullo que la estructura están inextricablemente ligados a la violación y a un orden social que nadie debería desear.

Llegado a este punto, la autora nos invita a preguntarnos ¿cómo podemos vivir en un mundo en el que la violencia sexual es constantemente minimizada, patologizada e invisibilizada? Los hombres deberían preguntarse alguna vez porqué creen tener «derecho al sexo», porqué la masculinidad está ligada al sentimiento de que el sexo es un derecho, de que los cuerpos de las mujeres están a su disposición.

Puesto que la feminidad se ha construido en torno a la idea de que la mujer debe satisfacer todas las necesidades de los hombres, la pregunta salta rápida: ¿los hombres son conscientes de la cantidad de actividades, comportamientos, maneras de vivir, a las que renunciamos las mujeres por miedo a agresiones y violaciones? Este libro es una buena manera de parar, leer y hacerse preguntas.

Y para terminar, volvemos a la pregunta inicial: ¿se puede vivir con los hombres? La autora apuesta por la necesidad de que ellos quieran un poco más a las mujeres para que podamos seguir queriéndolos. Ese amor, según ella, es un ejercicio de atención en reconocer a las mujeres reales. Las normas de la masculinidad y de la feminidad impiden a los hombres ver a las mujeres como sujetas, como semejantes a las que podrían reconocer como tales. Para ninguno de los acusados las mujeres existen de verdad, solo son cosas, objetos, trofeos.

El cambio social que reclama la autora es un cambio casi antropológico, es una transformación de la atención, de la percepción, algo que un juicio nunca podrá lograr. Nada de lo que dice el libro es totalmente nuevo, pero comparto con la autora que este juicio hace más urgente y dramático pensar en el patriarcado, la misoginia, las violencias de género y sexuales, especialmente por parte de los hombres.

Laura Vicente



[1] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. De este libro hay diversas ediciones e incluso se puede descargar en pdf.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL CAPITALISMO SUEÑA CON UN MUNDO SIN DEMOCRACIA


 

Algunas de mis últimas lecturas[1] reflejan mi interés por la evolución de un capitalismo que lleva tiempo transformándose hacia posiciones de radicalismo de mercado (algunos le llaman anarcocapitalismo, otros, realismo capitalista, neoliberalismo, etc.). Esta evolución lleva a que los defensores de dicho radicalismo de mercado sueñen con acabar con la democracia, de ahí la utilidad de la extrema-derecha para sus propósitos. Pero van más lejos, consideran que la nación-Estado ya no es útil y que hay que volver a una especie de feudalismo del siglo XXI del que ya hay modelos, «zonas», que plasman el deseado feudalismo[2].

Si alguien piensa encontrar aquí una defensa de la amenazada democracia liberal, no lo va a encontrar. Sin embargo, la democracia anárquica que plantea Donatella Di Cesare pudiera ser un punto de partida para quienes escribimos desde planteamientos anarquistas[3].

Este plan de lecturas me lleva por caminos, a veces, poco trillados como es el caso del libro de Quinn Slobodian[4] del que vamos a hablar en este escrito-reseña-peculiar. El planteamiento de este autor gira en torno a unas ideas que tratan de clarificar las claves del título de su libro: el capitalismo debe fragmentarse para conseguir facilidades monetarias, eliminación de normativas legales de cada país, fin de los gastos sociales y privatización de cualquier cosa que genere beneficio. Por tanto, el mercado no debe ser limitado de ninguna manera posible y la democracia es una rémora para esas posiciones radicales.

Ese capitalismo de la fragmentación tiene un leve aroma a feudalismo (su recuerdo, para estos campeones del radicalismo de mercado, es mitificado y falseado, pero eso da igual) en el sentido de que la nobleza feudal era un pequeño Estado con competencias jurídicas, de defensa, moneda, etc. Esta élite hereditaria poseía casi toda la tierra y los campesinos-siervos la trabajaban sin posibilidad de participar en la toma de decisiones y sin libertad personal puesto que estaban sujetos a la tierra.

La industrialización con la burguesía al frente consideró que era su derecho explotar los recursos del planeta y sumado a las nuevas tecnologías, pensó que era lógico impulsar un nuevo sistema político: un sistema político liberal que dio voz y voto a los propietarios en la administración del Estado-nación. Pasado un tiempo se extendió el derecho al voto primero a los hombres no propietarios y luego a las mujeres, algo que sirvió para vincularlos a la nación (algo muy útil para sus guerras colonialistas e imperialistas).

En los últimos años del siglo XX y, especialmente, en el actual siglo XXI, la situación volvió a cambiar: el llamado bloque socialista se derrumbó casi en su totalidad, la industria se automatizó de forma acelerada y los efectos de la inteligencia artificial que prometen una simbiosis persona-máquina, la democracia es un sistema anticuado, una rémora para el capitalismo.

No solo la democracia debe ser abolida, también la nación. La «zona» es la forma política apropiada para el capitalismo del siglo XXI. Son enclaves en blanco que puedan funcionar como zonas de anclaje para las empresas virtuales, destinos de escapada para le élite global, ciudadelas para los servicios financieros, el marketing, el diseño, la ingeniería de sofware y otros sectores. Thatcher y Reagan hicieron muchos avances en su época, pero siguieron aferrándose a la forma nación.

La China visitada ¿y admirada? por Pedro Sánchez orientó su economía, según Slobodian, hacia el comercio global a partir de los años setenta, recurrió a las zonas para subdividir la nación. En la década de 2010 había empezado a crear zonas lejos de su propio territorio (Iniciativa del Cinturón y la Ruta, 2013): Línea ferroviaria de alta velocidad hasta Singapur a través de Laos, Camboya y la península malaya. Compraron el puerto griego del Pireo. Una compañía china adquirió el puerto de Yibuti con la idea de conectar el territorio yibutí con Etiopía. China compró en Yibuti una base militar. En Sri Lanka, otra empresa china firmó un arriendo de noventa y nueve años para la gestión de un puerto de aguas profundas e invirtió en una «Ciudad Portuaria» adyacente con un tamaño equivalente a todo el centro de Londres. En El Salvador, un conglomerado chino propuso la creación de una serie de zonas y cerrar una operación que, en total, le permitiría arrendarse durante cien años la sexta parte del territorio del país[5].

Hong Kong, Singapur, Londres, Liechtenstein, Somalia, Dubai y otros nos indican que el capitalismo no democrático parece imponerse como apuesta ganadora. Se evitan los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en la protección medioambiental, la sanidad, la educación pública y el ahorro energético. Además, no existen sindicatos ni elecciones y eso resta casi toda la capacidad de influencia a la clase trabajadora y a la ciudadanía. Las zonas no están transformando el mundo en un mosaico con mil entidades políticas soberanas privadas, sino que están fortaleciendo la posición de un puñado de superpotencias estatales capitalistas (¡oh! sorpresa, con sistemas autoritarios como China y Rusia o con «anocracias»[6] como Estados Unidos o Israel).

Aunque algunos anarcocapitalistas han soñado con hacer desaparecer el Estado, otros se han percatado que les resulta más útil apoderarse de él. Como señala Slobodian, Estados Unidos se asemeja cada vez más a una zona gigante. En 2022 superó a Suiza, Singapur y las Islas Caimán y se situó en el primer puesto de un índice que mide el nivel de secreto financiero de los países: fue reconocido como el mejor lugar del mundo en el que ocultar ilegalmente activos o blanquearlos. Su estatus como régimen democrático está en cuestión y ha sido rebajado a la categoría de «anocracia».

Quienes siguen soñando con el secesionismo[7] para romper las naciones en territorios más pequeños al estilo feudal[8] suelen hacerlo envuelto en cierto clima de pánico impulsado por la polarización política. Otro motor del secesionismo es el deseo de huir a una situación más segura ante problemas como las pandemias, el cambio climático, etc.

Se presenten como se presenten el autor señala que las zonas son instrumentos del Estado, no mecanismos para liberarse de él. Las zonas no pueden escapar del planeta Tierra y las zonas no son territorios vacíos, tienen habitantes. Un ejemplo de ello fue Hong Kong, la superzona de la que Milton transmitió en su día la imagen de una ciudad-Estado en calma y quietud que saltó por los aires cuando la población tomó las calles para reivindicar su autodeterminación política y que solo desmovilizó la pandemia de Covid 19.

El capitalismo de la fragmentación de Slobodian parece, a veces, descabellado, sin embargo, acaba siendo inquietante porque su libro alumbra con nitidez sobre lo que está ocurriendo hoy mismo en 2026. Hoy existe ya la posibilidad de hacer efectiva la opción «salida» mediante las nuevas tecnologías que con tanta facilidad aceptamos entregándonos a ellas dócilmente. La opción «salida» requiere algo que está en marcha:  la creación de una nueva casta global de adeptos meritocráticos, y el abandono del Estado regulador y cobrador de impuestos, reemplazado por nuevas formas, incluso territoriales, pautadas por corporaciones privadas.

Quienes no compartimos este giro del capitalismo que lleva décadas construyendo lo que más le beneficia, ¿qué estamos construyendo? ¿cómo enfrentarnos a estos planes? Si el mundo ha cambiado de forma tan radical, nuestras formas de acción y nuestro pensamiento ¿han cambiado o se han quedado ancladas en el pasado?

Laura Vicente

[1] Franco Berardi Bifo (2025): Pensar después de Gaza. Ensayo sobre la ferocidad y la extinción de lo humano. Buenos Aires, Tinta Limón. Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder. Mark Fisher (2024): Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Buenos Aires, Caja Negra. Wendy Brown (2021): En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Madrid, Traficantes de sueños.

[2] De todos estos temas he escrito en este blog (Pensar en el Margen https://pensarenelmargen.blogspot.com): Neoliberalismo y políticas autoritarias I, II, III, IV.

[3] Sobre la propuesta de Di Cesare también he escrito en este blog: «Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro».

[4] Quinn Slobodian (2023): El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia. Barcelona, Paidós.

[5] El capítulo 1 dedicado a Hong Kong es interesante no solo por lo referido a este pequeño territorio sino por lo que explica de su influencia en China.

[6] Anocracia: sistema que combina elementos de gobierno democrático y autocrático.

[7] Hay un «secesionismo blando» que consiste en sacar a los hijos de los centros educativos públicos, convirtiendo la moneda de curso legal en oro o criptomonedas, trasladando el domicilio fiscal a Estados con menor presión fiscal, obteniendo un segundo pasaporte o residiendo expatriados en un paraíso fiscal, viviendo en comunidades o barrios con acceso restringido para crear en ellos gobiernos privados en miniatura. Es una manera de practicar agujeros en el tejido social y alejarse del Estado. Sobre el secesionismo duro es interesante el capítulo 5 titulado: «La maravillosa muerte de un Estado».

[8] Muy ilustrativo resulta el capítulo 6, titulado: «El cosplay de la nueva Edad Media».

domingo, 3 de mayo de 2026

«A mi aire»

 


2026

(de mi cuenta de IG: @lauramartierra)

«A mi aire» (5 marzo)

La ira de los poderosos es un insulto insufrible. Es la ira de quien maltrata, de quien es indecentemente rico, de quien abusa de la libertad de los mercados, de quien provoca guerras, de quien impone su dominio y cree tener derecho al abuso de poder.

Ahora, el mundo es gobernado mayoritariamente por ellos, ya no necesitan disimular, guardar las formas, hacer pequeñas concesiones. Estamos claramente en peligro.

 

«A mi aire» (12 marzo)

Cada vez tengo más ganas de desertar de todo.

Leo que esta palabra procede del verbo latino deserĕre: romper un compromiso. Pero yo voy más lejos, mi tentación es abandonar las obligaciones y los ideales.

No voy tan lejos como "Bifo" Berardi que propone la deserción psíquica y física como respuesta racional ante el colapso civilizatorio, climático, guerrero y financiero actual.

Pero comprendo su radicalidad.


«A mi aire» (19 marzo)

Dice Rita Segato que el derecho (internacional o nacional) siempre fue ficticio, podríamos decir imaginario.

Pero el derecho internacional siendo ficcional era creído y, más o menos, funcionaba. Pero ahora ha dejado de creerse en él descaradamente.

La “verdad” descarnada es que impera la fuerza bruta entre gánsteres: si no fuera tan terrorífico, sería un espectáculo ver como lo escenifican Estados Unidos, Israel e Irán (no olvidemos a Rusia).


«A mi aire» (26 marzo)

La velocidad en la que vivimos provoca la lentitud en la comprensión de lo que sucede a nuestro alrededor y ya no digamos la lentitud en averiguar qué hacer para no dejarnos absorber por la impotencia y la frustración.

jueves, 23 de abril de 2026

Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro

 



El libro de Donatella Di Cesare: Democracia y anarquía[1] es un libro exigente que obliga a quien lo lee a adentrarse en el significado y etimología de palabras y conceptos de la Grecia clásica analizando, en algunos casos, sus cambios de forma y significado a lo largo del tiempo. La lectura, salvando este obstáculo, es fluida y sencilla.

Di Cesare parte de la actualidad para señalar que la democracia griega se ha ido transformando en un «monumento», un arquetipo inmóvil, un modelo fugaz para poder ser colonizado por las «verdaderas» democracias que son las modernas.

En la base de la visión monumental está la fe en la homogeneidad y en la continuidad, una cadena que se desarrolla ininterrumpidamente a lo largo de los milenios. La historia monumental acerca, generaliza e iguala lo disímil; falsea con analogías engañosas, ilusiona con semejanzas seductoras. En contraposición, grandes partes del pasado se olvidan y se desprecian.

La autora se plantea la cuestión del método para una investigación que no pretenda ni recorrer el itinerario ya trillado de la historia monumental ni seguir las huellas de la cronología rectilínea que desde el inicio milagroso conduce al resultado final. Recupera a Foucault cuando retoma la crítica para conjurar la «quimera del origen» que se cierne sobre toda investigación histórica y asume que es necesario deconstruir esa tradición dominante. Di Cesare retoma el concepto de «arqueología filosófica», que es la práctica que en toda indagación histórica tiene que ver no con el origen sino con el punto de surgimiento del fenómeno que debe confrontarse con las fuentes y con la tradición. El objetivo de la arqueología es llegar a la línea de falla. La atención se dirige, no al origen, sino al surgimiento.

La investigación de la democracia busca excavar en esa historia monumental para que emerja esa línea de falla en la que aparece un elemento reprimido durante siglos: la anarquía. Pese a que ese elemento se ha ignorado e invisibilizado, la autora considera que la democracia es, en esencia, anárquica.

Para fundamentar esta visión de la democracia, la autora recurre a la fuente griega y a ello se dedica en seis capítulos. El capítulo segundo, titulado expresivamente: «Anarqueología. La excavación filosófica», señala que la relación con el pasado (en su caso con los griegos) se ha planteado desde dos posiciones: la posición historicista que plantea que hay que tener una fidelidad al legado que hay que transmitir, tal como es, a la posteridad y la posición ahistórica: que implica el olvido del pasado.

La autora considera que hay un camino diferente: el abierto por la hermenéutica filosófica que consiste en reeducar la mirada. Requiere liberarse de las ataduras histórico-eruditas y ponerse a la escucha de palabras en las que parecen condensarse las experiencias originarias del pensamiento. Dialogar con los griegos no significa regresar a una lejanía arcaica, fuera del presente, sino escuchar desde lejos una palabra que para el presente nunca se ha perdido.

Partiendo de este método, en los capítulos tres y cuatro indaga en el espectro de la anarquía (es decir, falta de mando, ausencia de gobierno) y entiende que la democracia se aleja de las formas políticas árquicas (las que se apoyan en el fundamento soberano) y pretende poner el poder en manos de todos los ciudadanos porque la virtud política ha sido distribuida a todos. Es el gesto anárquico el que inaugura el espacio político y pone en marcha la democracia, el nacimiento de lo político se debe a una destronización de la arché (principio, fundamento/mando).

Continúa la autora indagando en los capítulos cuatro, cinco y seis en la trama de la historia de los bajos fondos y márgenes olvidados o ignorados por las historias memorables. Así mismo presta atención a la dominación desenmascarada, a la relación de fuerzas que se invierte, a la palabra inédita, lanzada como lema de desafío o reafirmada como sello de una victoria que pasa también por la lengua. Busca ese punto de emergencia, esa línea de falla, rechazando como ya hemos dicho el desarrollo lineal de la historia monumental.

Y las conclusiones a las que llega es que la polis era una comunidad aestatal, descentralizada, no apoyada en vínculos parentales, ni girando en torno a un arché, sino confiada solo a vínculos políticos. Desde luego hay un riesgo continuo y aparente que era el de la disolución.

Son en particular las mujeres las que traen el tumulto, que es la interferencia perturbadora entre dentro y fuera. En la insurrección del pueblo, la acción más sediciosa es la de las mujeres, es una revuelta dentro de la revuelta de unas inesperadas compañeras que se enfrentan a los oligarcas con las armas improvisadas de los no combatientes. Amenazan al mismo tiempo la política de los hombres, presionando en los confines de la polis. En su íntima extrañeza, y en su extraña intimidad, desdibujan la frontera entre el adentro y el afuera, dejando aflorar lo reprimido de la an-arché de fondo.

Sabemos que la reducción liberal, ha convertido la palabra «democracia» en una etiqueta manida y obvia, anquilosada y asentada. La pérdida de claridad la ha convertido en un comodín opaco, en la fórmula de una representación recurrente. Ahora parece solo un poder nominal.

La desaparición de la democracia parece hoy posible y se plantea a la sombra del desencanto. Es desafiada desde el exterior por amenazas autoritarias, desde el interior por gobiernos tecnocráticos y por presiones populistas. Ante esa situación de peligro las propias democracias se plantean contenerla, regularla, disciplinarla; se vislumbran normas para aumentar la gubernamentalidad. Todas estas teorías normativas consideran la democracia simplemente como un régimen político y un conjunto de instituciones que pueden caer en la ineficacia y que necesita reglas

El libro de Di Cesare se sitúa en el polo opuesto del normativismo, inscribiéndose en lo que se denomina «democracia radical». Si la democracia muere es por no ser suficientemente democrática, por privarla de su dinamismo y de su inventiva. En la radicalidad democrática desaparece el fundamento (es in-fundada), el principio, el arché. Radical para la democracia significa no estar arraigada en ningún fundamento que no sea su propia realización. La democracia radical reivindica su conflictividad política, el desorden permanente, se revela cercana a una contestación, a una interrupción del poder.

Está claro que la democracia radical no es una escuela de pensamiento homogénea y cohesionada, sin embargo entre las diversas tendencias que, a veces, pueden entrar en conflicto, se pueden distinguir tres motivos en común:

1.La democracia no tiene un principio estable, un fundamento último (un arché que tiene el doble sentido de principio y mando). Lo que se discute es el fundamento último, no cualquier fundamento con desarrollo histórico. Solo donde el fundamento cede, el principio ya no aparece como tal, sale a la luz la an-arché que marca la democracia.

2.La democracia no parece limitable ni a un régimen político ni a un conjunto de instituciones. La complejidad inestable, la contingencia de fondo, la indeterminación en la base de la democracia no puede reducirla a principios y fundamentos.

3.Las teorías radicales se sitúan en la divisoria de esa distinción entre la política (ejercicio institucionalizado) y lo político (el ámbito extrainstitucional y extraestatal). Por un lado, está el entramado de estructuras e instituciones y, por otro lado, la posibilidad de transgredirlas y superarlas. La política es el cálculo y la gobernanza, que administra con el objetivo de resolver los problemas. El ámbito de lo político no es el de la solución, sino el de la pregunta.

Como es in-fundada desde su origen, la democracia solo puede sostenerse gracias al vínculo político que de esta manera se inaugura. Concebir el desorden, el magma, el vacío y la falta de fundamento en términos de an-arché permite pensar en una política an-arquica. Pero también permite interpretar el contexto actual según coordenadas aún no experimentadas. Es posible que la amenaza que se cierne no sea el espectro de la anarquía, sino la pesadilla de la arché.

Se propone aquí considerar la política en la tensión entre un polo árquico y un polo anarquico opuesto, entre los cuales se abre un especio de continuidad. La democracia puede mantenerse, con todas sus dificultades, en su an-arché estructural, o puede ser empujada hacia un arché que, mientras que debería sostenerla, la cierra, la amuralla, la cerca. El dispositivo árquico, que deslegitima y vacía la fuerza del kratos (poder, dominio, autoridad) reconduciéndolo al poder de la arché, al mando del inicio, al inicio del mando. Así se produce también una desautorización de la política.

El totalitarismo hace su aparición en la historia en concomitancia con la democracia y constituye su peligro interno. Hoy se puede observar dos tendencias que marcan la política:

·       Una tendencia arcaica, que vuelve a proponer la identidad del inicio.

·        Una tendencia árquica, que reafirma la del mando.

La mayoría de las veces convergen. Estos dos poderes de la arché son las dos caras actuales que revelan la defección de la política y la crisis de la democracia. La democracia es una doble interrupción, además de romper el círculo de un inicio que manda y un mando que inicia, interrumpe la arché también en dos sentidos:

·       Abroga el nacimiento que ordena y dispone, es decir, la autoridad natural, la línea de filiación, la transmisión de lo propio, los lazos de sangre y suelo, el derecho de herencia, el código de la autoctonía; en resumen, la forma arcaica de comunidad.

·       Interrumpe la arché entendida como poder del comienzo que se legitima hoy en el mando estatal.

La despolitización actual debe verse no solo como el predominio del oikos (casa, hogar) de la familia y la economía en la polis, sino también como la reconducción del kratos a la arché. De aquí deriva la impotencia política del pueblo que ya no encuentra la capacidad de intervenir, es decir, de deshacer las partes, y dividirse también a sí mismo gracias a su carga conflictiva.

Un libro para pensar, para reflexionar y para inspirar otra manera de acercarnos a la historia y a la democracia, uno y otra tan adulterados por el pensamiento hegemónico.

Laura Vicente
 

 



[1] Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder.