La labor de María Moliner durante la
Guerra Civil
La nueva situación tras el
golpe de Estado supuso para ella asumir nuevas responsabilidades. En septiembre de 1936 fue llamada por el rector de la
Universidad de Valencia, José Puche Álvarez, hombre cercano al socialista Juan
Negrín, para dirigir la Biblioteca Universitaria que reunía las de Derecho,
Ciencias, Filosofía y Medicina, así como el Archivo Universitario. Tenía
carácter de Biblioteca Provincial y dependían de ella las Bibliotecas Populares
de Casa Vestuario, Escuela del Trabajo e instituto Luis Vives. Un reto a la
medida de sus posibilidades que no dejó pasar[1].
En noviembre de 1936 el Gobierno republicano se trasladó
a Valencia. La universidad valenciana acogió al Ministerio de Instrucción
Pública, esa situación de proximidad facilitó que conociera a los máximos
responsables de la política cultural. Sin embargo, en plena Guerra Civil, a
finales de 1937, tuvo que abandonar el puesto para entregarse de lleno a la
dirección de la Oficina de Adquisición y Cambio Internacional de Publicaciones
y para trabajar como vocal de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de
Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico. La capacidad organizativa de María
Moliner quedó plasmada en las directrices que redactó como Proyecto de
Plan de Bibliotecas del Estado, las cuales se publicaron a principios de
1939.
Una de las prerrogativas de la Oficina era crear
sucursales de las Bibliotecas existentes o atender a las solicitudes para abrir
otras nuevas. Para atender estas peticiones Moliner contaba con la ayuda de Mercedes Sáenz y María Brey Mariño. Con
esta última llegó a tener una duradera amistad hasta el punto de que el 26 de
enero de 1939, al casarse con Antonio
Rodríguez-Moñino, Moliner actuó como madrina y testigo.
La estancia en Valencia de Rodríguez-Moñino aportó a
Moliner una nueva amistad y, además, por el interés de este estudioso en la
conversación, el poder asistir a alguna tertulia alentada por él. Estos
encuentros, que tenían como trasfondo la guerra y los bombardeos sobre la
ciudad, buscaban alejarse de la confrontación de la guerra y crear un entorno
de cultura y tolerancia[2].
En noviembre de 1938 Moliner dejó la Oficina a causa de
una disputa con la delegación de Madrid y volvió a la Biblioteca Universitaria
como una funcionaria más. A estas alturas de la guerra Moliner se definía más
por las tareas que realizaba que por el fluctuante baile de cargos o la
denominación exacta de sus atribuciones.
De hecho ella seguía siendo directora de la Biblioteca-Escuela.
Al iniciarse 1939
comenzó para Moliner una etapa de despojamiento de cargos y
responsabilidades. Muchas de las personas que le habían confiado
responsabilidades se estaban yendo a Barcelona en previsión de pasar la frontera
camino del exilio. Quizás por no estar al frente de ninguna institución y no
considerarse mujer política, no temió por las represalias de los vencedores[3].
Postguerra y represión
Al no considerarse como
personas politizadas (ni ella ni su marido) decidieron no exiliarse, sin embargo, María Moliner, como tantos otros profesionales, fue
represaliada al acabar la Guerra Civil por su implicación en el proyecto
bibliotecario y cultural republicano. Entre los cargos que figuraban en el expediente de depuración figuraban
los puestos de responsabilidad que tuvo: Jefe de la Biblioteca Universitaria de
Valencia, Directora de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros en esa
misma ciudad, Delegada del Consejo Central de Archivos y de la Dirección de
Bellas Artes, Jefe del Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia y
encargada de cursillos para la preparación de bibliotecarios/as:
«Tal absorción de cargos confirma los dichos de muchos
testigos que la consideran izquierdista y afecta al régimen rojo y persona de
confianza de la máxima dirigente Teresa de Andrés; ¿y cómo si no hubiera sido titular
de tan numerosos cargos? No faltan, sin embargo, declaraciones de personas
fidedignas que atestiguan buena conducta profesional y excelentes procederes
con los compañeros, pero todo ello podrá servir para graduar la sanción que
proceda».
Así constaba en el informe del juez-instructor el 13 de
noviembre de 1939. Por otro lado pesaba la calificación de «muy leal por los
dirigentes rojos». De hecho apuntaba que sólo «seis son los funcionarios que
obtuvieron este calificativo, los Sres. Giner Pantoja, Navarro Tomás, González
Rodríguez, ausentes de España y cesantes, y además el Sr. Álvarez de Luna y la
Srta. Martínez Bara. Esta relación es suficiente para comprender y explicar tan
alto calificativo en el concepto marxista».
Por este motivo el juez continuaba argumentando que fue
nombrada directora de la Biblioteca Universitaria el 15 de septiembre de 1937,
por el requerimiento del Rector para ocupar ese puesto por falta de
funcionarios facultativos, pero consideraba que lo grave era «el nombramiento
oficial por el gobierno comunista en 12 de septiembre de 1937 cuando en
Valencia hay excesivo número de funcionarios desplazados, no diré con más
aptitudes, pero sí con más experiencia en Bibliotecas».
Sobre la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros
el juez justificaba que era «otra muestra de la ilimitada confianza que los
dirigentes rojos tenían en la Sra. Moliner. En Valencia estaban ya funcionarios
que habían pertenecido a esa Oficina con mayor práctica profesional y técnica».
Asimismo es calificada como «simpatizantes con los rojos y roja», según
atestiguaban varios funcionarios declarantes: Emilio González Díaz de Celis,
Florentino Zamora Luque, Felipe Mateu Llopis, Federico Navarro Franco, Gonzalo
Ortiz Montalbán, Eduardo Ponce de León (Delegado de Información e Investigación
en el SPE/Falange), Abelardo Palanca Pons, Rafael Raga, Amadeo Tortajada,
Manuel Pérez Búa, Pedro Longás, Cuadra, Bordonau, Morcuende, y Oliveros.
Finalmente concluía que, a pesar de «la buena intención
que animó a la Sra. Moliner en aquel periodo, de plena confianza con los
dirigentes rojos, de la que no abusó ni en perjuicio del servicio, ni de los
funcionarios en situación inestable; sus antecedentes de mujer y madre
honorable y digna que el que suscribe se complace en reconocer; la falta de
intención de causar daño con las ideas que positivamente profesaba, aun cuando
sean origen de todo lo pasado».
Por este motivo propuso al Director General de Archivos y
al Ministro de Educación la aplicación de las siguientes sanciones:
postergación durante 3 años e inhabilitación para el desempeño de puestos de
mando o de confianza, además fue
degradada dieciocho puestos en el escalafón y volvió a su antiguo puesto en el
Archivo de Hacienda.
Su marido fue expulsado de
la cátedra aunque la recuperó primero en Murcia y luego en Salamanca. Este
destino provocó que María Moliner se trasladara en 1946 a Madrid con sus hijos
e hija siendo trasladada a la Biblioteca de la
Escuela de Ingenieros de Madrid, en donde permaneció hasta su jubilación en
1970[4].
3-Conclusiones
María Moliner fue una
mujer progresista en lo referente a la educación y la cultura, republicana
porque fue este sistema político el que le permitió desarrollar sus intereses culturales
y vivir en un ambiente de inquietud intelectual, moderada desde el punto de
vista vital. Cuestionó, solo en parte, el papel tradicional que le adjudicaba
el discurso de género imperante en el primer tercio del siglo XIX. La II
República dio el derecho de ciudadanía a las mujeres con la igualdad ante la
ley y mujeres que habían accedido a la educación superior pudieron beneficiarse
de esta igualdad formal que facilitaba su acceso a puestos de responsabilidad
bien pagados y prestigiosos.
Participó muy activamente
en las Misiones Pedagógicas, la palabra «misión» tiene el sentido de trabajo, tarea,
quehacer o cometido. Esta acepción permite la concepción de un cierto
carácter misionero en las personas, ministerios e instituciones,
independientemente de su origen o de su condición religiosa o laical. El
trasfondo de estas Misiones era que la clase media culta llevaba la cultura
académica a las clases populares incultas. Rezuma, por tanto, una cierta idea
de cultura clasista, aunque ilustrada, obviando que existía una cultura oral
basada en la experiencia que predominaba entre las clases populares y que tenía
también un gran valor.
La Guerra Civil, debido a
la movilización de los hombres al frente de batalla y los cambios políticos que
se produjeron, permitió a las mujeres ocupar puestos de trabajo y
responsabilidades políticas impensables en el inicio de la II República (no
olvidemos que incluso una mujer llegó a ser ministra en 1936, la anarquista
Federica Montseny). Las mujeres ocuparon muchos trabajos en los que la
presencia femenina eran minoritaria o inexistente; en el caso del mundo bibliotecario las mujeres tomaron el
timón[5]
sin duda alguna, entre ellas María Molinar logró hacer una carrera fulgurante.
Su perfil político fue
bajo, no militó en ningún partido político u organización sindical y, por ello,
pensó que podía quedarse en España y no salir al exilio como hicieron miles de
mujeres más comprometidas que ella. Sin embargo, este escaso compromiso político
no la libró de ser depurada y represaliada. Su carrera en el mundo
bibliotecario quedó cortada en seco, tuvo que conformarse con su puesto de
funcionaria haciendo un trabajo monótono y sin perspectivas de promoción. De la
luz a la penumbra que decíamos en el título de esta breve biografía.
El franquismo no perdonaba
a las mujeres que habían desarrollado un trabajo y habían asumido
responsabilidades importantes como fue el caso de Moliner. Si además fueron
promocionadas en estos puestos por autoridades republicanas («rojas») tenían
que castigar su atrevimiento reduciendo drásticamente sus posibilidades
laborales y de promoción, devolviéndolas a la penumbra del espacio doméstico.
María Moliner se rebeló contra ese futuro gris que el nuevo régimen imponía a
las mujeres que no se plegaban a vivir en el mundo reducido de la domesticidad.
Elaborar el Diccionario de uso del
español, sin ayuda económica alguna y sin apoyo académico parecía una tarea
imposible, para ella fue su manera de sobrevivir en el mundo rutinario,
monótono y gris del franquismo.
4- Bibliografía
-Dacosta,
Joaquín, “Un hito de la lexicografía española”, en Mercurio, nº
204, octubre 2018, pp. 12/13
-De la Fuente, Inmaculada (2018): El exilio interior. La vida de María
Moliner. Madrid, Turner Noema.
-De la Fuente, Inmaculada “María Moliner. Una
heroína moderna”, en Mercurio, nº
204, octubre 2018.
-García Mouton, Pilar, “Ideología y feminismo”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp.
10/11.
-Martín
Zorraquino, María Antonia, “Originalidad, alcance, proyección”, en Mercurio, nº
204, octubre 2018, pp. 8/9.
-Martínez Rus, Ana, “María Moliner y las bibliotecas
públicas: un compromiso con la democracia republicana y la difusión de la
cultura”. En: Métodos de información (MEI), II Época, Vol. 1, 2010, pp. 21-23.
Webgrafía
-«Lugares para el Recuerdo: Escuela
Cossío». Plataforma per la
Memòria del País Valencià (anexo: propuestas). 2016. Consultado el 2 de octubre de 2020. https://plataformamemoriapv.files.wordpress.com/2016/02/anexo-castellano.pdf
-María Moliner, «La organización de una red de
bibliotecas en la región de Valencia» [fragmento],1935. https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/119710/EB22_N175_P46-48.pdf;jsessionid=2581DFC098AF0EC36BC1340C6EF6E696?sequence=1 Consultado el 6 de octubre
de 2020.
-«Valencia
y la República. Guía urbana, 1931-1939». Consultado el 2 de octubre de 2020.
https://www.uv.es/republica/plano/educacion/educa-tres.htm
[1] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 140.
[2] A estas tertulias asistieron poetas y gentes de letras como Timoteo Pérez
rubio, Rosa Chacel, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Sánchez ventura, Manuel
Altoaguirre, Tomás Navarro y la propia María Moliner. Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, pp. 149-150.
[3] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, pp. 166-167.
[4] La explicación del expediente de depuración en Ana Martínez Rus. “María Moliner y
las bibliotecas públicas: un compromiso con la democracia republicana y la
difusión de la cultura”. En: Métodos de información (MEI), II Época, Vol. 1,
2010, pp. 21-23.
[5] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 149.

