El libro de Donatella Di Cesare: Democracia y anarquía[1] es un libro
exigente que obliga a quien lo lee a adentrarse en el significado y etimología
de palabras y conceptos de la Grecia clásica analizando, en algunos casos, sus
cambios de forma y significado a lo largo del tiempo. La lectura, salvando este
obstáculo, es fluida y sencilla.
Di
Cesare parte de la actualidad para señalar que la democracia griega se ha ido
transformando en un «monumento», un arquetipo inmóvil, un modelo fugaz para
poder ser colonizado por las «verdaderas» democracias que son las modernas.
En la base de la visión monumental está la fe en la
homogeneidad y en la continuidad, una cadena que se desarrolla
ininterrumpidamente a lo largo de los milenios. La historia monumental acerca,
generaliza e iguala lo disímil; falsea con analogías engañosas, ilusiona con
semejanzas seductoras. En contraposición, grandes partes del pasado se olvidan
y se desprecian.
La autora se plantea la cuestión del método para una
investigación que no pretenda ni recorrer el itinerario ya trillado de la
historia monumental ni seguir las huellas de la cronología rectilínea que desde
el inicio milagroso conduce al resultado final. Recupera a Foucault cuando
retoma la crítica para conjurar la «quimera del origen» que se cierne sobre
toda investigación histórica y asume que es necesario deconstruir esa tradición
dominante. Di Cesare retoma el concepto de «arqueología filosófica», que es la
práctica que en toda indagación histórica tiene que ver no con el origen sino
con el punto de surgimiento del fenómeno que debe confrontarse con las fuentes
y con la tradición. El objetivo de la arqueología es llegar a la línea de
falla. La atención se dirige, no al origen, sino al surgimiento.
La
investigación de la democracia busca excavar en esa historia monumental para
que emerja esa línea de falla en la que aparece un elemento reprimido durante
siglos: la anarquía. Pese a que ese elemento se ha ignorado e invisibilizado,
la autora considera que la democracia es, en esencia, anárquica.
Para fundamentar esta visión de la democracia, la autora recurre
a la fuente griega y a ello se dedica en seis capítulos. El capítulo segundo,
titulado expresivamente: «Anarqueología. La excavación filosófica», señala que
la relación con el pasado (en su caso con los griegos) se ha planteado desde
dos posiciones: la posición historicista que plantea que hay que tener una
fidelidad al legado que hay que transmitir, tal como es, a la posteridad y la
posición ahistórica: que implica el olvido del pasado.
La autora considera que hay un camino diferente: el abierto
por la hermenéutica filosófica que consiste en reeducar la mirada. Requiere
liberarse de las ataduras histórico-eruditas y ponerse a la escucha de palabras
en las que parecen condensarse las experiencias originarias del pensamiento. Dialogar
con los griegos no significa regresar a una lejanía arcaica, fuera del
presente, sino escuchar desde lejos una palabra que para el presente nunca se
ha perdido.
Partiendo de este método, en los capítulos tres y cuatro
indaga en el espectro de la anarquía (es decir, falta de mando, ausencia de
gobierno) y entiende que la democracia se aleja de las formas políticas
árquicas (las que se apoyan en el fundamento soberano) y pretende poner el
poder en manos de todos los ciudadanos porque la virtud política ha sido distribuida
a todos. Es el gesto anárquico el que inaugura el espacio político y pone en
marcha la democracia, el nacimiento de lo político se debe a una destronización
de la arché (principio, fundamento/mando).
Continúa la autora indagando en los capítulos cuatro, cinco
y seis en la trama de la historia de los bajos fondos y márgenes olvidados o
ignorados por las historias memorables. Así mismo presta atención a la
dominación desenmascarada, a la relación de fuerzas que se invierte, a la
palabra inédita, lanzada como lema de desafío o reafirmada como sello de una
victoria que pasa también por la lengua. Busca ese punto de emergencia, esa línea
de falla, rechazando como ya hemos dicho el desarrollo lineal de la historia
monumental.
Y las conclusiones a las que llega es que la polis era
una comunidad aestatal, descentralizada, no apoyada en vínculos parentales, ni
girando en torno a un arché, sino confiada solo a vínculos políticos. Desde
luego hay un riesgo continuo y aparente que era el de la disolución.
Son en particular las mujeres las que traen el tumulto, que
es la interferencia perturbadora entre dentro y fuera. En la insurrección del
pueblo, la acción más sediciosa es la de las mujeres, es una revuelta dentro de
la revuelta de unas inesperadas compañeras que se enfrentan a los oligarcas con
las armas improvisadas de los no combatientes. Amenazan al mismo tiempo la
política de los hombres, presionando en los confines de la polis. En su
íntima extrañeza, y en su extraña intimidad, desdibujan la frontera entre el
adentro y el afuera, dejando aflorar lo reprimido de la an-arché de
fondo.
Sabemos que la reducción liberal, ha convertido la palabra
«democracia» en una etiqueta manida y obvia, anquilosada y asentada. La pérdida
de claridad la ha convertido en un comodín opaco, en la fórmula de una
representación recurrente. Ahora parece solo un poder nominal.
La
desaparición de la democracia parece hoy posible y se plantea a la sombra del
desencanto. Es desafiada desde el exterior por amenazas autoritarias, desde el
interior por gobiernos tecnocráticos y por presiones populistas. Ante esa
situación de peligro las propias democracias se plantean contenerla, regularla,
disciplinarla; se vislumbran normas para aumentar la gubernamentalidad. Todas
estas teorías normativas consideran la democracia simplemente como un régimen
político y un conjunto de instituciones que pueden caer en la ineficacia y que
necesita reglas
El libro de Di Cesare se sitúa en el polo opuesto del
normativismo, inscribiéndose en lo que se denomina «democracia radical». Si la
democracia muere es por no ser suficientemente democrática, por privarla de su
dinamismo y de su inventiva. En la radicalidad democrática desaparece el
fundamento (es in-fundada), el principio, el arché. Radical para
la democracia significa no estar arraigada en ningún fundamento que no sea su
propia realización. La democracia radical reivindica su conflictividad
política, el desorden permanente, se revela cercana a una contestación, a una
interrupción del poder.
Está claro que la democracia radical no es una escuela de
pensamiento homogénea y cohesionada, sin embargo entre las diversas tendencias
que, a veces, pueden entrar en conflicto, se pueden distinguir tres motivos en
común:
1.La democracia no tiene un principio estable, un
fundamento último (un arché que tiene el doble sentido de principio y
mando). Lo que se discute es el fundamento último, no cualquier fundamento con
desarrollo histórico. Solo donde el fundamento cede, el principio ya no aparece
como tal, sale a la luz la an-arché que marca la democracia.
2.La democracia no parece limitable ni a un régimen
político ni a un conjunto de instituciones. La complejidad inestable, la
contingencia de fondo, la indeterminación en la base de la democracia no puede
reducirla a principios y fundamentos.
3.Las teorías radicales se sitúan en la divisoria de esa
distinción entre la política (ejercicio institucionalizado) y lo
político (el ámbito extrainstitucional y extraestatal). Por un lado, está
el entramado de estructuras e instituciones y, por otro lado, la posibilidad de
transgredirlas y superarlas. La política es el cálculo y la gobernanza, que
administra con el objetivo de resolver los problemas. El ámbito de lo político
no es el de la solución, sino el de la pregunta.
Como es in-fundada desde su origen, la democracia
solo puede sostenerse gracias al vínculo político que de esta manera se
inaugura. Concebir el desorden, el magma, el vacío y la falta de fundamento en
términos de an-arché permite pensar en una política an-arquica. Pero
también permite interpretar el contexto actual según coordenadas aún no
experimentadas. Es posible que la amenaza que se cierne no sea el espectro de
la anarquía, sino la pesadilla de la arché.
Se propone aquí considerar la política en la tensión entre
un polo árquico y un polo anarquico opuesto, entre los cuales se abre un
especio de continuidad. La democracia puede mantenerse, con todas sus
dificultades, en su an-arché estructural, o puede ser empujada hacia un arché
que, mientras que debería sostenerla, la cierra, la amuralla, la cerca. El
dispositivo árquico, que deslegitima y vacía la fuerza del kratos (poder,
dominio, autoridad) reconduciéndolo al poder de la arché, al mando del inicio,
al inicio del mando. Así se produce también una desautorización de la política.
El totalitarismo hace su aparición en la historia en
concomitancia con la democracia y constituye su peligro interno. Hoy se puede
observar dos tendencias que marcan la política:
· Una
tendencia arcaica, que vuelve a proponer la identidad del inicio.
· Una tendencia árquica, que reafirma la del
mando.
La mayoría de las veces convergen. Estos dos poderes de la
arché son las dos caras actuales que revelan la defección de la política y la
crisis de la democracia. La democracia es una doble interrupción, además de
romper el círculo de un inicio que manda y un mando que inicia, interrumpe la arché
también en dos sentidos:
· Abroga
el nacimiento que ordena y dispone, es decir, la autoridad natural, la línea de
filiación, la transmisión de lo propio, los lazos de sangre y suelo, el derecho
de herencia, el código de la autoctonía; en resumen, la forma arcaica de
comunidad.
· Interrumpe
la arché entendida como poder del comienzo que se legitima hoy en el
mando estatal.
La despolitización actual debe verse no solo como el
predominio del oikos (casa, hogar) de la familia y la economía en la polis,
sino también como la reconducción del kratos a la arché. De aquí
deriva la impotencia política del pueblo que ya no encuentra la capacidad de
intervenir, es decir, de deshacer las partes, y dividirse también a sí mismo
gracias a su carga conflictiva.
Un libro para pensar, para reflexionar y para inspirar otra
manera de acercarnos a la historia y a la democracia, uno y otra tan
adulterados por el pensamiento hegemónico.







