viernes, 3 de agosto de 2018

Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978),


Eduardo HIGUERAS CASTAÑEDA, Rubén PEREZ TRUJILLANO y Julián VADILLO MUÑOZ (coords.): Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), Sevilla, Athenaica Ediciones Universitarias, 2018. ISBN: 9788417325190. 438 págs.

Esta reseña se ha publicado en el BULLETIN D'HISTOIRE CONTEMPORAIEN DE L'ESPAGNE

Tres jóvenes historiadores han acometido la tarea de coordinar a casi una veintena de especialistas en la historia social y política de la España contemporánea para no sólo rescatar, sino sobre todo reinterpretar la complejidad de contenidos que albergó el movimiento republicano desde los inicios de la revolución liberal del siglo XIX hasta las experiencias tan dispares del siglo XX.
Se han seleccionado las biografías de personalidades que tienen un rasgo común: todas ellas republicanas, pero siempre en las lindes o incluso en la doble militancia de otras culturas políticas, como el movimientos obreros, el feminismo, y también en las zonas fronterizas con cierto conservadurismo social, o incluso comprometidas con propuestas nacionalistas y regionalistas. Todas además procedentes de ámbitos específicamente catalogables como profesiones liberales por antonomasia, como el periodismo, la jurisprudencia, la enseñanza pública, la escritura y también de la diplomacia.


Esa doble militancia permite desentrañar la complejidad de un cultura política como fue la republicana, cuyas propuestas han marcado, sin duda la España contemporánea. Puesto que no se trata de figuras que responden al canon de importancia otorgado por la historiografía tradicional, estos jóvenes historiadores han abierto así con este libro nuevos derroteros de investigación y rompen, en consecuencia, con los compartimentos estancos entre clasificaciones politológicas realizadas a posteriori. Por otra parte, la elección del género biográfico es arriesgada y los propios coordinadores dedican el primer capítulo del libro a explicar el porqué de dicha elección. En definitiva, las biografías permiten perspectivas que descubren los ángulos muertos de los estereotipos y esclarecen de modo concreto los márgenes y las paradojas de toda praxis política, máxime en una sociedad que se está construyendo como liberal en el siglo XIX, a la que muy tempranamente el republicanismo aporta sobre todo el tránsito a contenidos democráticos y sociales.
Lógicamente, en este mosaico de biografías no es menor el peso que ocupan las mujeres, pues, en efecto, fue el republicanismo la primera cultura política que acogió e impulsó las propuestas de igualdad entre sexos. En este sentido cabe recomendar vivamente la lectura de las biografías de Amalia Domingo Soler, Guillermina Rojas Orgís y Rosario de Acuña. Es Laura Vicente Villanueva quien aborda la figura de Amaia Domingo (1835-1909), a la que define como “espiritista y feminista”, dos anclajes de su vida que la enfrentaron al catolicismo oficial de la España de su época y que le permitió adscribirse tanto al movimiento librepensador de la masonería, con el consiguiente laicismo, como a un temprano feminismo.
Por su parte, Gloria Espigado estudia la figura de Guillermina Rojas que destacó durante el Sexenio Democrático por una doble militancia, a favor de las mujeres y de los trabajadores. De más difícil encuadre es la figura de Rosario de Acuña (1850-1923) cuya biografía acomete Sergio Sánchez Collantes con una extraordinaria explicación de la trayectoria tan heterodoxa de quien transgredió convencionalismos, superó recelos y exploró las diversas facetas de un librepensamiento tan feminista y democrático como brillante estilísticamente.
Las biografías de los personajes masculinos aportan igualmente dosis novedosas de clarificación de los marcos vitales e ideológicos en los que se desenvolvieron personajes de necesaria rehabilitación historiográfica. Así, Roque Barciala, cuya figura, asimilada a la rebelión cantonal en Cartagena, se diluyó ya en vida entre el exilio y el olvido, desacreditado para sus congéneres. Es analizada por Ester García Moscardó, mientras que Manuel Ruiz Romero analiza la personalidad de
Ramón de Cala y Barea (1827-1902), no tan famoso como Barcia, pero sí relevante para averiguar los primeros peldaños del andalucismo como deriva del republicanismo federal, así como la proximidad de ese andalucismo a los idearios del anarquismo y del socialismo utópico, fruto de la preocupación regional por los jornaleros y por la distribución de la tierra en unas provincias marcadas por el latifundismo.
Juan P. Calero acomete la biografía de Ubaldo Romero de Quiñones, (1843-1914), figura poliédrica y prolífica, polémica y contradictoria, siempre instalado en conjuras y conspiraciones, siempre escribiendo, siempre en pugna con quienes consideraba que falseaban el ideario de un socialismo utópico conjugado también con el espiritismo y la masonería. Por su parte, Julián Vadillo se ocupa de Nicolás Alonso Marselá, quien, a partir de un catolicismo exacerbado y luego convertirse al protestantismo, defendió el laicismo del Estado y se aproximó ideológicamente al obrerismo, con visiones cercanas a las de Bakunin. Eso sí, al final regresó a sus primeras creencias católicas e incluso militó en el carlismo.
Tales paradojas entre los militantes del republicanismo se ilustran de modo paradigmático en la figura de Pablo Correa Zafrilla (1842-1888), estudiada por Eduardo Higueras quien sostiene que los orígenes del socialismo en España son imposibles de clarificar si no se tiene en consideración que emergieron del seno de las fuerzas republicanas. En efecto, Pablo Correa, militante del partido republicano federal, fue el primer traductor al español de El Capital, y fue el ejemplo más relevante de esa doble militancia que se ha esbozado como propia de estas personalidades, pues estamos ante una personalidad que fue tan republicana federal como obrerista. Significativamente muy cercana a Pi y Margall, de quien publicó su obra La Federación, con una extensa biografía del que fuera presidente de la primera República.
Otros contenidos caracterizan las biografías de las figuras ya más metidas en el siglo XX, como es el caso de Eduardo Barriobero (1875-1939), estudiado por José Luis Carretero Miramar y que lo define como “abogado penalista, masón, novelista, republicano federal, presidente de un Tribunal Revolucionario, ensayista, diputado constituyente, orador, editor, preso, publicista, traductor…”. Así, al final de sus días, Eduardo Barriobero, fue uno de los organizadores de los Tribunales Populares organizados durante la guerra civil en la España republicana y estuvo muy cercano a la tarea de Azaña. Fue fusilado por los vencedores franquistas tras la caída de Barcelona en 1939. Distinta fue la trayectoria de Eduardo Ortega y Gasset (1882-1964), que sobrevivió a la guerra civil y murió en el exilio, tras destacar en la Segunda República con puestos de diputado y gobernador civil como militante de Izquierda Republicana. Es biografiado por Manuel Baelo Álvarez, mientras que el veterinario andalucista, Rafael Castejón, biografiado por Antonio M. Rodríguez Ramos, que murió en 1986, ya en plena democracia, representa  las supervivencia de un republicanismo conservador, adscrito en su momento al radicalismo de Lerroux. Diferente a la de Castejón fue la trayectoria de su colega veterinario Félix Gordón Ordás (1885-1973), analizada por Jorge de Hoyos. Era también veterinario, pero implicado en la República con cargos ejecutivos, llegó a presidir el gobierno republicano en el exilio hasta casi entrada la democracia.
            Destacan otros casos de republicanos comprometidos con militancias nacionalistas, como fue el caso de Emilio González López (1909-1991), galleguista biografiado por Jesús Vallejo (US). Fue catedrático de derecho penitenciario en Salamanca, Oviedo y La Laguna, fue uno de los redactores del Estatuto gallego y se exilió Nueva York donde ejerció de profesor. Por otra parte, Gonzalo Nardiz (1905-2003) destacó como republicano de militancia en el nacionalismo vasco. Estudiado por Jon Penche, se descubre el ideario de un nacionalismo vasco republicano que, aunque fue minoritario, no cabe echar en el olvido.
Otras facetas se descubren en la figura de Enrique Martí Jara (1890-1930), biografiado por Rubén Pérez Trujillano. Se trata de un jurista de enorme brillantez académica que dedicó su vida a la lucha republicana y puede considerarse un pionero del derecho constitucional. En sentido contrario, destacan las paradojas de la personalidad de José Antonio Balbontín (1893-1977), estudiado por Enrique Roldán Cañizares. Fue una personalidad que pasó del catolicismo a posicionarse en el anarquismo y finalmente militar en el comunismo en el exilio, aunque al final de sus días volvió la vista hacia la religión originaria de su formación juvenil.
La religión, sin duda, fue espoleta de convicciones políticas para muchos republicanos y en este caso destaca la figura de Régulo Martínez Sánchez (1895-1986) cuya trayectoria, analizada por Miguel A. Dionisio Vivas, cruza todo el siglo XX y pasa de ser un sacerdote de militancia explícita republicana en la década de 1930, lo que le supuso la secularización y sufrir la cárcel por la dictadura, hasta llegar a los años de la transición a la democracia militando en Acción Republicana Democrática Española.
En conclusión, todas las biografías recogidas en este libro revelan que precisamente las figuras de los cuadros medios, no los que son líderes a escala estatal, son los que expresan la complejidad de una cultura política como la republicana. Tuvo que construirse sobre las mimbres de una sociedad católica, con fuertes convenciones sociales, que había realizado una revolución liberal en los albores del siglo XIX y cuyas metas democratizadores se van pergeñando década a década hasta llegar a la Segunda República. Y en esta tarea hubo muchos intelectuales, mucha profesión liberal e incluso curas o católicos cuya fe los empujó a buscar horizontes de justicia social en el ideario republicano. Por eso este libro es tan necesario como novedoso. Es justo subrayar, por tanto, sus méritos como aportación indudable a la historiografía contemporánea.

                                                                       _________________________________
                                                                       Andrea VILLEGAS MARCHANTE,
Universidad de Castilla-La Mancha

lunes, 23 de julio de 2018

MISANTROPÍA, AGUAFIESTAS, SOLEDAD, SILENCIO Y LENTITUD[1]


Dice el diccionario de la RAE que misantropía es: la aversión al género humano y al trato con otras personas. Sin embargo, Alfonso Berardinelli afirma que la misantropía es aversión, desconfianza y desprecio no tanto por el hombre y la humanidad en abstracto, como por el hombre en cuanto animal social, por la humanidad vista en sus comportamientos sociales.
Berardinelli le da la vuelta al concepto como si fuera un calcetín. La misantropía no es  el odio al ser humano, el verdadero objetivo del misántropo/a es la persona “social”, la persona dispuesta a obedecer, complaciente, las reglas del ambiente, la persona satisfecha de las “buenas normas” comúnmente aceptadas.


El misántropo/a detesta la sociabilidad porque ve en ella la traición de cuánto hay de precioso en el ser humano, es decir,  los impulsos hacia la verdad y la justicia. La humanidad se corrompe cuando se pliega a la sociabilidad, es decir, la trama de comportamientos que genera lo peor del ser humano, entre otras actitudes, la renuncia a la verdad, la hipocresía, su espíritu de adaptación, la esclavitud de la costumbre, etc. El hombre socializado renuncia a sí mismo, por ello la intelectualidad debe decantarse hacia la misantropía, ser personas indóciles a las “buenas costumbres” de la sociabilidad.
Berardinelli va más lejos al recuperar otro término con mala prensa, el de aguafiestas. La intelectualidad tiene que ejercer de aguafiestas, es decir, tienen que ser personas que consiguan entender y describir con mayor precisión los fenómenos políticos que involucraron a millones de personas, aun cuando ello les lleve a ser considerados traidores, tránsfugas o intrusos. Los aguafiestas acostumbran a ser críticos con la izquierda sin por ellos pasarse a la derecha, ser usados por la propaganda de derechas y continuar criticando la cultura burguesa y la sociedad capitalista. Algunos célebres aguafiestas han sido: Ignazio Silone, George Orwell, Arthur Koestler, Simone Weil o Albert Camus.
El ser misántropos/as y aguafiestas puede parecer poco envidiable, pero si a ese “programa” le añadimos la soledad, el silencio y la lentitud, ¿quién querría ser un intelectual de este estilo en el siglo XXI?, ¿quién querría serlo en una sociedad en la que la industria cultural se ha apropiado de todo, convirtiendo la cultura en mercancía?  La reducción del arte, pensamiento, emociones y sueños a mercancías que producir en serie para el consumo de masas es ahora un fenómeno tan gigantesco y omnipresente que es difícil escapar a su influjo.
Solo algunos héroes y heroínas que nadan a contracorriente, como el propio Berardinelli, se obstinarán en ese modelo. De hecho el autor de este libro, en 1995, abandonó su cátedra de Historia de la Literatura Moderna en la Universidad de Venecia tras veinte años en la enseñanza, para vivir de trabajos en precario como crítico literario y cultural, conferenciante y colaborador en alguna editorial.
Berardinelli defiende la soledad como sabiduría y como goce de uno mismo al estilo de Montaigne. Para su desgracia la cultura y las ideas, para manifestar su poder completamente específico, todavía tiene necesidad de tiempo y de concentración, de lentitud y de silencio. Silenciosa y solitaria, la lectura bien hecha, la lectura responsable instaura una especie de “diálogo monologante” entre el libro y el lector. La cultura es imaginación y valor, afirma Berardinelli, capacidad de actuar en soledad, de ir contracorriente y de enfrentarse a la angustia. Si se entiende así, en este mundo del espectáculo y la mercancía, será difícil encontrarla. Como afirma George Steiner en El lector infrecuente: “El intelectual es sencillamente un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”: comenta, anota, objeta, responde, conecta una experiencia escrita con una experiencia aún no formalizada. Es la intensidad de la atención y la meditación las que otorgan valor a a aquello que se lee.
Entre los más agudos diagnósticos de la vida contemporánea se encuentran escritores antipolíticos y profundamente antisociales como Karl Kraus, Ortega y Gasset, Adorno, Canetti, Günter Anders, Montale, Gadda o Pasolini.





[1] Este texto está basado en el libro de Alfonso Berardinelli (2015): El intelectual es un misántropo. Ediciones El Salmón.

viernes, 13 de julio de 2018

Dos mujeres, dos clases sociales y dos mundos enfrentados



La millonaria Rafaela Torrents y la sindicalista Teresa Claramunt comparten protagonismo en un ensayo firmado por la historiadora Laura Vicente. Es lo único en común entre dos mujeres a las que el orden social de finales del siglo XIX —no tan distinto al imperante hoy— situó en polos opuestos.

Teresa Claramunt y Rafaela Torrents, mujer contra mujer en la Cataluña insurgente de finales del siglo XIX. 

Periódico EL SALTO, 2018-07-05

Teresa Claramunt y Rafaela Torrents, mujer contra mujer en la Cataluña insurgente de finales del siglo XIX

Las protagonistas de esta historia son cuatro y tienen nombres femeninos: Rafaela, Teresa, Barcelona y la desigualdad. Su autora es Laura Vicente, quien en Mujer contra mujer en la Cataluña insurgente (Comuniter, 2018) ha creado un relato híbrido entre el ensayo documental y la recreación histórica que pretende fotografiar las vidas de dos mujeres absolutamente opuestas en el marco de la Barcelona finisecular que pasaba la página del XIX al XX. Con sus retratos, Vicente busca “una visión global desde dos miradas de mujeres comunes, reales y desconocidas para la historia”, comenta a El Salto esta doctora en Historia por la Universidad de Zaragoza y especialista en historia de la mujer.
Rafaela Torrents (1838-1909) y Teresa Claramunt (1862-1931) nunca se cruzaron y sus comportamientos y condiciones no podrían haber sido más diferentes. Vicente parte del atentado en el Liceo el 7 de noviembre de 1893, un suceso que le sirve para entrelazar las vidas de Torrents y Claramunt: la primera asistía desde la platea a la representación del Guillermo Tell de Rossini, la obra que esa noche inauguraba la temporada de la Ópera en Barcelona, y la segunda sería detenida en la posterior oleada de arrestos —que ascendieron a más de 500 al finalizar el año—, pese a no guardar relación con el ataque, dos bombas lanzadas sobre el patio de butacas cuya explosión provocó una veintena de muertos. Según algunas interpretaciones, el atentado ejemplificaría el choque sangriento de los dos mundos —el burgués y el obrero, de los que Torrents y Claramunt son exponentes muy claros— que compartían la misma ciudad.
“Desde la abundancia de Rafaela Torrents se pueden apreciar mejor las carencias de las mujeres trabajadoras —explica Vicente—. Ella estaba protegida por el dinero y por las influencias políticas que tenía. Aunque intenta transgredir algunos límites, no necesita arriesgar todo como tiene que arriesgar Teresa Claramunt, incluso su salud, que se va deteriorando progresivamente por la falta de recursos”. La historiadora ya había publicado en 2006 otro trabajo, centrado en la figura de Claramunt, pero se quedó con la impresión de que le faltaba la otra parte de la sociedad, las clases altas, “que aparecían casi como una sombra proyectada en la pared”.
MUJER (RICA) CONTRA MUJER (POBRE)
Marquesa una, trabajadora textil desde los diez años la otra, la desigualdad entre ambas se ilustra plenamente con un dato: a los 18 años, el hijo de Rafaela Torrents era el segundo mayor contribuyente al fisco en Barcelona; mientras, Teresa Claramunt sufrió la muerte de cinco de sus retoños a edad muy temprana, apenas unos pocos meses de vida.
De Claramunt llegó a afirmar Federica Montseny —anarcosindicalista que se convirtió en la primera mujer ministra durante la II República— que carecía de cultura y no usaba frases floridas pero que tenía el instinto certero del pueblo. Participante activa en la huelga de las siete semanas en 1883, con el objetivo de reducir la jornada laboral a 10 horas, Claramunt tejió redes con sus compañeras y un año después crearon la sección varia de trabajadoras anarcosindicalistas de Sabadell en la que ella propuso compartir, en las jornadas festivas, los conocimientos de cada una relativos a administración de la casa, lectura o escritura. Después publicaría folletos, organizaría huelgas y secundaría protestas que en numerosas ocasiones dieron con sus huesos en la cárcel. La represión institucional hizo mella en el cuerpo y la salud de Teresa Claramunt.
Rafaela Torrents, por su parte, enviudó muy joven, quedando a cargo de administrar la fortuna legada a su único hijo por parte de su marido, un terrateniente cuya familia había amasado un tesoro en el mercado de los esclavos en Cuba. Esa situación desahogada le permitió disponer de palacete y participar en los rituales de la clase alta en Barcelona, también moverse en los ambientes en los que lo hacían quienes regían el destino de la ciudad. Su mentalidad era conservadora, al igual que sus ideas políticas.
Prolijo en detalles relativos a la vida cotidiana de ambas, el libro de Laura Vicente se inscribe en una corriente historiógrafica denominada contrahistoria, que renuncia conscientemente al gran relato para centrarse en la letra pequeña, según la autora. Un propósito que emparenta su trabajo con el de Carlo Ginzburg (autor de El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI) o el de María Rosón, en su investigación sobre cultura visual e identidades de género en los primeros años del franquismo.
Vicente reconoce que en su búsqueda topó con complicaciones derivadas de la falta de documentación sobre dos personas comunes, aunque una de ellas fuese de clase alta: “De hecho, se sabe menos de Rafaela Torrents que de Teresa Claramunt. Acercarte a su historia es complicado porque hay poco rastro. Claramunt tiene tres coordenadas que hacen muy complicada su biografía: es mujer, viene de clase humilde y desarrolla una ideología política revolucionaria. En el caso de Torrents, el hecho de ser una mujer observada como una persona banal y carente de interés por su condición de clase en esta época lo hace difícil”.
BARCELONA, LA TERCERA EN DISCORDIA
Aunque ninguna de las dos era oriunda de Barcelona, la capital catalana es la tercera protagonista del relato escrito por Laura Vicente a partir de las vidas de Rafaela Torrents y Teresa Claramunt en la segunda mitad del siglo XIX. En ese periodo, la población barcelonesa creció hasta un 300%, debido a la anexión de localidades como Gracia, San Martín o Sants. En 1930 la ciudad alcanzó el millón de habitantes, en un proceso también definido por la baja natalidad, lo que propició el fomento —por parte de las patronales, necesitadas de mano de obra— de la inmigración desde zonas rurales de Cataluña y de fuera.
En esa Barcelona dual creció una febril actividad sindical y obrera, recuerda Vicente: “Cuando se habla de la Cataluña insurgente, se habla de la Cataluña de las clases trabajadoras que eran las que habían construido espacios de resistencia y rebeldía en los barrios, encauzados por el sindicalismo y especialmente por el anarquismo. Pero esto es extensible a cualquier otro lugar de España y de Europa. Lo que queda de eso ahora mismo en la ciudad de Barcelona son barrios en los que hay espacios que emergen en momentos determinados que podrían enlazar con este planteamiento de posiciones de resistencia y rebeldía. Se manifestaron muy claramente en el 15M, por ejemplo. No con la fuerza de entonces, pero siguen muy vinculados al mundo libertario, ya lo muestren explícitamente o por las prácticas que desarrollan”.
La historiadora señala también que en Barcelona “sigue habiendo una distancia enorme entre los barrios de clase alta y de clase trabajadora: no es poca cosa, por ejemplo, que exista una diferencia media de ocho años en esperanza de vida entre unos y otros”.
REGRESO AL FUTURO
Es inevitable preguntar a Vicente si encuentra algún denominador común entre aquella efervescencia vivida en Cataluña a finales del siglo XIX y la que se ha disparado en el último lustro. Para ella, se trata de realidades difíciles de comparar pero señala algo que las diferencia de manera “abismal”. En su opinión, “lo de ahora es una insurgencia que viene desde dentro del Estado, desde dentro del poder político, en un proceso de enfrentamiento respecto a otra parte del Estado. La fuerza que, en gran parte, han adquirido las movilizaciones ha sido porque han venido incentivadas y potenciadas desde el poder político. En aquel entonces, vino radicalmente desde fuera del Estado y del poder, en un proceso de autoorganización”.
Abundando en la idea, la historiadora considera que los Comités de Defensa de la República parten de un planteamiento que viene desde arriba: “No he visto un desafío claro por parte de esos comités a la parte del Estado que se controla en Cataluña por parte de la transformada CiU, que es la que ha estado al frente de este proceso”.
En otro hipotético juego de espejos entre el pasado y el presente, ¿podría considerarse a Inés Arrimadas, de Ciudadanos, y Anna Gabriel, de las CUP, como reflejos de Rafaela Torrents y Teresa Claramunt? Vicente sonríe ante la pregunta y comenta que “desde sus posiciones políticas se podría intentar ver los estratos sociales que hay ahora mismo en Cataluña. Pero hay una cosa que llama la atención: Arrimadas recibe muchos votos en los barrios obreros, gana de hecho, y en cambio el partido de Anna Gabriel, que viene de planteamientos anticapitalistas, tiene muchos votos en los barrios altos de Barcelona. Ahí tendríamos que entrar en otra cosa muy compleja que está ocurriendo hoy en Cataluña”.

ESTE ARTÍCULO, SE HA PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EL SALTO   (si haces clic te llevo).

martes, 3 de julio de 2018

A VUELTAS CON EL FEMINISMO


Comprendo los motivos por los que el libro de Despentes[1], publicado en Francia en 2006 y traducido aquí doce años después, tiene tanto éxito. Una razón del éxito puede ser su lenguaje desenvuelto, fresco y roquero-punki, que resulta diferente a lo que las feministas acostumbran cuando escriben y que puede resultar atractivo a las generaciones de feministas más jóvenes. No es mi caso, no soy ni joven ni recién llegada al feminismo, quizás por ello su lenguaje me resulta, en algunos momentos, cargante y superficial. Sin embargo, no abandoné su lectura y no me arrepiento.


Otra razón de su éxito puede ser que habla desde la experiencia vivida y no desde un conocimiento académico. Ese método de conocimiento de la realidad es valioso por su autenticidad y cercanía a la cotidianeidad. Sin embargo es muy subjetivo y resulta difícil elaborar una “teoría”, como ella pretende, desde su experiencia personal únicamente. Basarse en su vida personal, siguiendo a Svetlana Aleksiévich[2], es interesante puesto que como afirma en  su  obra, El fin del “Homo Sovieticus”, se puede edificar la realidad sucedida a través de un espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre todo.
La brillantez de algunas partes del libro de Despentes se relaciona con las posibilidades que permite el conocimiento, como dice Carlo Ginzburg[3],  de que a través de una persona común puede escrutarse como en un microcosmos, las características de todo un estrato social en un determinado periodo histórico.
Despentes misma señala que ese estrato social es el de las clases populares cuando afirma en la segunda página: Yo hablo como proletaria de la feminidad (12); o cuando señala que el libro ofrece una clave de lectura del éxito del modelo de la <<calentona>> en la cultura popular actual (24).

Aborda temas polémicos dentro del feminismo con desenvoltura y afirmaciones rotundas puesto que trata el tema de la violación, de la prostitución y de la pornografía. Sorprende que Despentes, que habla de primera mano, no dramatice ni la violación ni la prostitución sino todo lo contrario.
Me ha parecido interesante algo que todas conocemos, a saber, el silencio que las mujeres suelen guardar respecto a la violación u otras agresiones sexuales:
Es asombroso que las mujeres no digamos nada a las niñas, que no haya ninguna transmisión de saber, ni de consignas de supervivencia, ni de consejos prácticos y simples. Nada (48).
Sí se transmite el miedo (se domestica a las niñas para que nunca hagan daño a los hombres), pero la autora habla de empoderamiento frente a las agresiones, de transmisión de saber y este, en efecto, no se produce. Menciona acertadamente a Camille Paglia como la primera que sacó la violación del horror absoluto, de lo no dicho, para no negar, ni morir, sino para vivir con (51 y 56). Hoy que escribo desde las protestas contra la liberación de los agresores de “la manada” tienen más relevancia estas palabras:
(…) hasta qué punto todo está escrupulosamente organizado para garantizar que ellos triunfen sin arriesgar demasiado cuando atacan a mujeres (57).
Pero va más lejos cuando afirma que existe un dispositivo cultural que predestina la sexualidad femenina a gozar de su propia impotencia, es decir, de la superioridad del otro, más bien a gozar contra su propia voluntad que como zorras a las que les gusta el sexo (61). En definitiva, afirma que hay una predisposición femenina al masoquismo que la lleva a tener fantasías de violación.
Otro tema polémico que trata la autora desde su experiencia como prostituta durante una etapa breve de su vida es el de la prostitución ocasional, que sería un curro bien pagado, para una mujer poco o nada cualificada (80). La autora critica que de la prostitución basada en la trata y, por ello, practicada en condiciones asquerosas, se acaben extrayendo conclusiones sobre el mercado del sexo en su conjunto (93).
Nada censurable veo en que una mujer decida voluntariamente, para ganar dinero, dedicarse a la prostitución (al puterío, una palabra que le gusta más a la autora), sin embargo, no me parece que sea el caso de la mayoría de las mujeres prostitutas y por eso sus afirmaciones  me parecen trágicamente banales en muchas ocasiones.
La pornografía, el orgasmo y otros temas son abordados también por Despentes en esta  Teoría King Kong cuyo capítulo dedicado a explicarla me parece lo más interesante del libro siendo igual que el resto intuiciones brillantes plenas de subjetividad. ¿Por qué teoría King Kong? Porque King Kong funciona como una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros tal y como se impuso políticamente hacia finales del siglo XIX. King Kong está más allá de la hembra y más allá del macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, entre el adulto y el niño, entre el bueno y el malo, lo primitivo y lo civilizado, el blanco y el negro. Híbrido anterior a la obligación de lo binario. La isla de la película es la posibilidad de una forma de sexualidad polimorfa e hiperpotente (130-131).
Bonito planteamiento si queremos “creerlo”. En todo caso me gusta mucho su planteamiento de que para algunas mujeres el feminismo no es una causa secundaria, un lujo; es una necesidad para sobrevivir, es la única respuesta a la violencia inaudita (162) que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia. El feminismo es una revolución no un reordenamiento de consignas de marketing (…). El feminismo es una aventura colectiva (…). Una visión del mundo, una opción (169).





[1] Virginie Despentes (2018): Teoría King Kong. Random House, Barcelona.
[2] Svetlana Aleksiévich (2015): El fin del “Homo Sovieticus”. Acantilado,  Barcelona,  pp. 10 y 14. Premio Nobel 2015.
[3] Carlo Ginzburg (1981): El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Muchnik, Barcelona, p. 22.

miércoles, 13 de junio de 2018

REFLEXIONES SOBRE LA EXPERIENCIA EN LOS LAGER DE PRIMO LEVI




Este libro de Primo Levi[1] me ha impresionado tanto que prefiero mostrar solo sus palabras, eso sí, seleccionadas por mí. Es el tercer libro de la trilogía sobre los campos de exterminio, una última reflexión sobre su experiencia en la que indaga en aspectos esenciales, vitales, necesarios: libertad, supervivencia, moral, poder, vergüenza, responsabilidad, sufrimiento, dolor, derrota y tantos otros. 
Os recomiendo encarecidamente su lectura.


¿Quién sobrevivió y, por tanto, quién ha testimoniado sobre los Lager?
Los prisioneros “normales” sin privilegios apenas han testimoniado, eran la mayoría en los Lager pero minoría exigua entre los supervivientes. La historia de los Lager la han escrito casi exclusivamente quienes tenían privilegios (hay dos tipos de privilegiados: los que se sometían a las autoridades del campo, estos no testimoniaron, y los que no se sometieron, casi siempre políticos) (15). Dado que la ración alimentaria era del todo insuficiente, un suplemento alimenticio (para ello se necesitaba algún privilegio) era necesario para sobrevivir (37).
La realidad es que los privilegios se conceden en todo lugar de convivencia humana porque donde hay poder, nace el privilegio. Por eso en los Lager hubo privilegios (38,62)
Por tanto, según Primo Levi, sobrevivieron los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la “zona gris”, los espías; los más aptos. Los mejores murieron todos (77). Los hundidos eran los verdaderos testigos, ellos eran la regla, los sobrevivientes son las excepción, una minoría anómala, además de exigua (78).


El mundo de los Lager y las víctimas
En los Lager se buscaba destruir la  capacidad de resistencia de las víctimas, se las degradaba, las asimilaba al nacionalsocialismo debilitándolas al privarlas del esqueleto político o moral (37). El nacionalsocialismo ejerció un espantoso poder de corrupción. Degradó a sus víctimas y las hizo semejantes a él porque impuso complicidades grandes y pequeñas (62-63).
El enemigo estaba alrededor y dentro; el “nosotros” perdía sus límites, los contendientes no eran dos (34), por esa razón el autor consideraba que los Lager eran terribles pero además indescifrables, no se ajustaban a ningún modelo.
El Lager se convirtió en un laboratorio cruel. La violencia inútil dirigida exclusivamente a causar dolor (99). Transformaron a los seres humanos en animales; un régimen inhumano difundió y extendió su inhumanidad en todas las direcciones (105).


Zona gris, zona de ambigüedad humana, zona de colaboración
La zona del poder cuanto más restringida es, más necesidad tiene de auxiliares externos. En los países ocupados se necesitaban fuerzas de orden, delegados y administradores del poder alemán.
Cuanto más dura era la represión, más difundida estaba entre los oprimidos la disposición para colaborar (39-40).
El poder se otorgaba generosamente a quien estaba dispuesto a rendir homenaje a la autoridad jerárquica. En situaciones extremas hay más gente dispuesta al compromiso (44-45).
Caso límite de colaboración: los Sonderkomandos.
El síndrome del poder permanente y certero: tienen una visión distorsionada del mundo, la arrogancia dogmática, la necesidad de adulación, el aferrarse convulsamente al puesto de mando, el desprecio de las leyes (62).


La liberación
No fue alegre ni despreocupada: angustia, vergüenza  por la “conciencia recobrada de haber sido envilecidos” por el hambre, el cansancio, el miedo y el frío.
El parámetro moral cambió en los Lager donde se olvidaron de todo quedando reducidos al presente (como los animales) (69-70). Provocó muchos suicidios tras la liberación porque emergió el sentimiento de culpa por no haber hecho nada o lo suficiente contra el sistema. Culpa por fallar en el plano de la solidaridad humana, en la omisión de socorro.
Sintieron vergüenza porque se había demostrado que el ser humano era capaz de causar una mole infinita de dolor



[1] Primo Levi (1989-2017): Los hundidos y los salvados. Península, Barcelona.


domingo, 3 de junio de 2018

LA MEMORIA FALSIFICADA


No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa.
                                                 EDUARDO GALEANO

Quiero confiar en la palabra de Galeano, quiero pensar que la historia, por mucho que la mientan, no enmudecerá. Sin embargo, cualquier buen observador/a apreciará sin grandes dificultades cómo se manipula la historia y la memoria para convertirlas en objeto de consumo de ciertos planteamientos políticos.
Esta reflexión es producto de un malestar que ha ido alimentándose con el paso del tiempo y con la reiteración de los motivos que lo provocan. Me refiero a la colocación de placas dando nombre a calles, centros de salud y otras iniciativas que, con buena voluntad de la izquierda (vieja y nueva), se dedican a figuras del anarquismo en diversas ciudades y pueblos. Aunque la iniciativa puede parecer positiva, no lo es tanto porque en estos reconocimientos falta siempre lo que define la idiosincrasia de estas personas, es decir, el ser anarquistas o anarcosindicalistas.
Reconvertir anarquistas en luchadores/as por las libertades, escritores/as, pedagogos/as, defensores/as de la clase obrera, periodistas, trabajadoras por la salud, etc., es una buena manera de olvidarlos, es una buena manera de construir una memoria buenista y aceptable. Veamos cinco ejemplos entre otros muchos:


En esta ocasión se trata de Salvador Seguí y la placa que recuerda que fue asesinado en 1923 en Barcelona: defensor de la clase obrera. ¿Es posible una referencia más genérica? Pero es que a escasos metros está la Plaza Salvador Seguí, en la que figura un escueto: sindicalista (¿se les ha olvidado que era sindicalista de la CNT?).


En un pequeño pueblo del Pirineo aragonés (Araguás del Solano) encontramos una placa dedicada a Acín que lo recuerda como: escritor. Nadie en la zona sabía que Acín era anarquista.


En esta tercera ocasión no es una placa sino una bolsa de tela que me propusieron comprar como suscriptora de la Directa, medio de información por la transformación en Cataluña. Sorprendentemente pone: Ramón Acín: Periodista y pedagogo aragonés asesinado por el fascismo en agosto de 1936. En este caso si entré en contacto con los responsables de la Directa para comentarles que se les había olvidado poner que era anarquista y que, justamente, eso es lo que explicaba su ejecución fulminante y lo que daba sentido a su figura. La respuesta fue espectacular: no lo pusieron, me dijeron, porque no les cabía. Les comenté que podían haber quitado periodista, pedagogo o aragonés para dejar paso a anarquista. Ya no hubo respuesta, ahí acabó nuestro diálogo por correo electrónico (por cierto, las dos A circuladas las he puesto yo).


La placa dedicada a Teresa Claramunt que da nombre a una calle de un barrio obrero de Sabadell también ha quedado falsificada al convertirla en luchadora y defensora de las libertades, ¿qué libertades? ¿las libertades de las constituciones democráticas? La Libertad con mayúscula se habría acercado algo a lo que fue (y es) Claramunt, feminista y anarquista dejaría muy clara du idiosincrasia.


Por último, Federica Montseny, la indomable, se convierte en esta placa, situada en un centro de salud de Madrid, por una cabriola prestidigitadora en trabajadora ejemplar por la salud, sin más referentes que ayuden a situar a esa breve estancia (noviembre  1936- mayo 1937) de Montseny en el Gobierno Largo Caballero.

Tras repasar estos ejemplos, conviene precisar conceptos como  memoria, historia y recuerdo. El recuerdo es la experiencia vivida y está destinado a morir con sus testigos. La memoria es la rememoración colectiva del pasado,  puede ser (o no) un elemento permanente de la conciencia social[1]. Dice el historiador Enzo Traverso:
La memoria es en realidad una representación del pasado que se construye en el presente, resulta de un proceso en el que interactúan varios elementos, cuyo papel, importancia y dimensión varían según las circunstancias. Las personas cambian, sus recuerdos pierden o adquieren importancia nueva según los contextos, las sensibilidades y las experiencias acumuladas[2].
La memoria, por tanto, es siempre subjetiva y necesita ser contrastada con otras fuentes que le otorguen más objetividad. Y es la historia la que debe aportar el discurso crítico sobre el pasado, es decir, la reconstrucción de los hechos y acontecimientos pasados ​​tendentes a su examen contextual y a su interpretación. La memoria solo puede vivir mediante una interacción permanente con la investigación histórica y con la acción social y política.

La realidad ha demostrado que somos una comunidad no del recuerdo, sino del olvido organizado, sistemático y deliberado[3]. El franquismo quiso destruir la memoria anterior a 1939 en su afán por aniquilar a los vencidos. Pero el olvido organizado no lo ejecutó solo el franquismo, la Transición democrática hizo pagar una cuota muy elevada a las víctimas del franquismo para asentar la democracia mediante el olvido de lo sucedido en la memoria social. La democracia no varió en exceso el rumbo en lo que respecta al movimiento anarquista y la “nueva izquierda” se apunta al carro banalizando y vaciando de contenido a hombres y mujeres anarquistas. La palabra anarquía y sus derivados es una copa difícil de beber para las posiciones políticas institucionales (incluso para algunas que no lo son).

A veces la memoria se ha convertido en un campo de batalla entre versiones interesadas del pasado al servicio de las diversas tendencias políticas. La consecuencia más negativa de estas polémicas son los disparates que se consiguen asentar en la opinión pública como verdades históricas que no se pueden poner en cuestión. La manipulación del pasado, la creación de mitos y la distorsión de los hechos históricos, cuando se apoyan en la potente máquina económica y propagandística del poder, son muy difíciles de desmontar. Para ejemplo un botón: Cataluña.

Hay tantos recorridos  de la memoria como itinerarios vitales, los espacios organizativos y de lucha que se estructuran alrededor del anarquismo deberían estar presentes en todos los escenarios de la memoria. Hay que atreverse a saber y construir nuestros propios mapas, nuestros puntos de referencia[4], ya que lo que olvidamos, ya no es nuestro. Hacer memoria es imprescindible para evitar que nos arrebaten lo que somos.
  


[1]  Enzo Traverso (2001): La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales. Herder, Barcelona, p. 193.
[2] Enzo Traverso (2012): La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. FCE, Buenos Aires, Argentina, p. 286.
[3] Zigmunt Bauman y Leonidas Donskis (2015): Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Paidos, Barcelona, p. 161.
[4] Dasa Drndic (2015): Trieste. Automática Ed, Madrid. Simona Skrabec (traductora), p. 12-13.