Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 23 de agosto de 2026

Laura Vicente (II) «María Moliner, de la luz a la penumbra» en Ateneo Pilar y Paco Ponzán, La cultura silenciada. Represión en Aragón (1936-1975). Comuniter, Zaragoza, 2026


 Segunda y última parte de mi contribución a este libro

La labor de María Moliner durante la Guerra Civil

La nueva situación tras el golpe de Estado supuso para ella asumir nuevas responsabilidades. En septiembre de 1936 fue llamada por el rector de la Universidad de Valencia, José Puche Álvarez, hombre cercano al socialista Juan Negrín, para dirigir la Biblioteca Universitaria que reunía las de Derecho, Ciencias, Filosofía y Medicina, así como el Archivo Universitario. Tenía carácter de Biblioteca Provincial y dependían de ella las Bibliotecas Populares de Casa Vestuario, Escuela del Trabajo e instituto Luis Vives. Un reto a la medida de sus posibilidades que no dejó pasar[1].

En noviembre de 1936 el Gobierno republicano se trasladó a Valencia. La universidad valenciana acogió al Ministerio de Instrucción Pública, esa situación de proximidad facilitó que conociera a los máximos responsables de la política cultural. Sin embargo, en plena Guerra Civil, a finales de 1937, tuvo que abandonar el puesto para entregarse de lleno a la dirección de la Oficina de Adquisición y Cambio Internacional de Publicaciones y para trabajar como vocal de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico. La capacidad organizativa de María Moliner quedó plasmada en las directrices que redactó como Proyecto de Plan de Bibliotecas del Estado, las cuales se publicaron a principios de 1939.

Una de las prerrogativas de la Oficina era crear sucursales de las Bibliotecas existentes o atender a las solicitudes para abrir otras nuevas. Para atender estas peticiones Moliner contaba con la ayuda  de Mercedes Sáenz y María Brey Mariño. Con esta última llegó a tener una duradera amistad hasta el punto de que el 26 de enero de 1939, al casarse  con Antonio Rodríguez-Moñino, Moliner actuó como madrina y testigo.

La estancia en Valencia de Rodríguez-Moñino aportó a Moliner una nueva amistad y, además, por el interés de este estudioso en la conversación, el poder asistir a alguna tertulia alentada por él. Estos encuentros, que tenían como trasfondo la guerra y los bombardeos sobre la ciudad, buscaban alejarse de la confrontación de la guerra y crear un entorno de cultura y tolerancia[2].

En noviembre de 1938 Moliner dejó la Oficina a causa de una disputa con la delegación de Madrid y volvió a la Biblioteca Universitaria como una funcionaria más. A estas alturas de la guerra Moliner se definía más por las tareas que realizaba que por el fluctuante baile de cargos o la denominación  exacta de sus atribuciones. De hecho ella seguía siendo directora de la Biblioteca-Escuela.

Al iniciarse 1939  comenzó para Moliner una etapa de despojamiento de cargos y responsabilidades. Muchas de las personas que le habían confiado responsabilidades se estaban yendo a Barcelona en previsión de pasar la frontera camino del exilio. Quizás por no estar al frente de ninguna institución y no considerarse mujer política, no temió por las represalias de los vencedores[3].

Postguerra y represión

Al no considerarse como personas politizadas (ni ella ni su marido) decidieron no  exiliarse, sin embargo, María Moliner, como tantos otros profesionales, fue represaliada al acabar la Guerra Civil por su implicación en el proyecto bibliotecario y cultural republicano. Entre los cargos que figuraban en el expediente de depuración figuraban los puestos de responsabilidad que tuvo: Jefe de la Biblioteca Universitaria de Valencia, Directora de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros en esa misma ciudad, Delegada del Consejo Central de Archivos y de la Dirección de Bellas Artes, Jefe del Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia y encargada de cursillos para la preparación de bibliotecarios/as:

«Tal absorción de cargos confirma los dichos de muchos testigos que la consideran izquierdista y afecta al régimen rojo y persona de confianza de la máxima dirigente Teresa de Andrés; ¿y cómo si no hubiera sido titular de tan numerosos cargos? No faltan, sin embargo, declaraciones de personas fidedignas que atestiguan buena conducta profesional y excelentes procederes con los compañeros, pero todo ello podrá servir para graduar la sanción que proceda».

Así constaba en el informe del juez-instructor el 13 de noviembre de 1939. Por otro lado pesaba la calificación de «muy leal por los dirigentes rojos». De hecho apuntaba que sólo «seis son los funcionarios que obtuvieron este calificativo, los Sres. Giner Pantoja, Navarro Tomás, González Rodríguez, ausentes de España y cesantes, y además el Sr. Álvarez de Luna y la Srta. Martínez Bara. Esta relación es suficiente para comprender y explicar tan alto calificativo en el concepto marxista».

Por este motivo el juez continuaba argumentando que fue nombrada directora de la Biblioteca Universitaria el 15 de septiembre de 1937, por el requerimiento del Rector para ocupar ese puesto por falta de funcionarios facultativos, pero consideraba que lo grave era «el nombramiento oficial por el gobierno comunista en 12 de septiembre de 1937 cuando en Valencia hay excesivo número de funcionarios desplazados, no diré con más aptitudes, pero sí con más experiencia en Bibliotecas».

Sobre la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros el juez justificaba que era «otra muestra de la ilimitada confianza que los dirigentes rojos tenían en la Sra. Moliner. En Valencia estaban ya funcionarios que habían pertenecido a esa Oficina con mayor práctica profesional y técnica». Asimismo es calificada como «simpatizantes con los rojos y roja», según atestiguaban varios funcionarios declarantes: Emilio González Díaz de Celis, Florentino Zamora Luque, Felipe Mateu Llopis, Federico Navarro Franco, Gonzalo Ortiz Montalbán, Eduardo Ponce de León (Delegado de Información e Investigación en el SPE/Falange), Abelardo Palanca Pons, Rafael Raga, Amadeo Tortajada, Manuel Pérez Búa, Pedro Longás, Cuadra, Bordonau, Morcuende, y Oliveros.

Finalmente concluía que, a pesar de «la buena intención que animó a la Sra. Moliner en aquel periodo, de plena confianza con los dirigentes rojos, de la que no abusó ni en perjuicio del servicio, ni de los funcionarios en situación inestable; sus antecedentes de mujer y madre honorable y digna que el que suscribe se complace en reconocer; la falta de intención de causar daño con las ideas que positivamente profesaba, aun cuando sean origen de todo lo pasado».

Por este motivo propuso al Director General de Archivos y al Ministro de Educación la aplicación de las siguientes sanciones: postergación durante 3 años e inhabilitación para el desempeño de puestos de mando o de confianza, además fue degradada dieciocho puestos en el escalafón y volvió a su antiguo puesto en el Archivo de Hacienda. 

Su marido fue expulsado de la cátedra aunque la recuperó primero en Murcia y luego en Salamanca. Este destino provocó que María Moliner se trasladara en 1946 a Madrid con sus hijos e hija siendo trasladada a la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid, en donde permaneció hasta su jubilación en 1970[4].

3-Conclusiones

María Moliner fue una mujer progresista en lo referente a la educación y la cultura, republicana porque fue este sistema político el que le permitió desarrollar sus intereses culturales y vivir en un ambiente de inquietud intelectual, moderada desde el punto de vista vital. Cuestionó, solo en parte, el papel tradicional que le adjudicaba el discurso de género imperante en el primer tercio del siglo XIX. La II República dio el derecho de ciudadanía a las mujeres con la igualdad ante la ley y mujeres que habían accedido a la educación superior pudieron beneficiarse de esta igualdad formal que facilitaba su acceso a puestos de responsabilidad bien pagados y prestigiosos.

Participó muy activamente en las Misiones Pedagógicas, la palabra «misión» tiene el sentido de trabajo, tarea, quehacer o cometido. ​ Esta acepción permite la concepción de un cierto carácter misionero en las personas, ministerios e instituciones, independientemente de su origen o de su condición religiosa o laical. El trasfondo de estas Misiones era que la clase media culta llevaba la cultura académica a las clases populares incultas. Rezuma, por tanto, una cierta idea de cultura clasista, aunque ilustrada, obviando que existía una cultura oral basada en la experiencia que predominaba entre las clases populares y que tenía también un gran valor.

La Guerra Civil, debido a la movilización de los hombres al frente de batalla y los cambios políticos que se produjeron, permitió a las mujeres ocupar puestos de trabajo y responsabilidades políticas impensables en el inicio de la II República (no olvidemos que incluso una mujer llegó a ser ministra en 1936, la anarquista Federica Montseny). Las mujeres ocuparon muchos trabajos en los que la presencia femenina eran minoritaria o inexistente; en el caso del  mundo bibliotecario las mujeres tomaron el timón[5] sin duda alguna, entre ellas María Molinar logró hacer una carrera fulgurante.

Su perfil político fue bajo, no militó en ningún partido político u organización sindical y, por ello, pensó que podía quedarse en España y no salir al exilio como hicieron miles de mujeres más comprometidas que ella. Sin embargo, este escaso compromiso político no la libró de ser depurada y represaliada. Su carrera en el mundo bibliotecario quedó cortada en seco, tuvo que conformarse con su puesto de funcionaria haciendo un trabajo monótono y sin perspectivas de promoción. De la luz a la penumbra que decíamos en el título de esta breve biografía.

El franquismo no perdonaba a las mujeres que habían desarrollado un trabajo y habían asumido responsabilidades importantes como fue el caso de Moliner. Si además fueron promocionadas en estos puestos por autoridades republicanas («rojas») tenían que castigar su atrevimiento reduciendo drásticamente sus posibilidades laborales y de promoción, devolviéndolas a la penumbra del espacio doméstico. María Moliner se rebeló contra ese futuro gris que el nuevo régimen imponía a las mujeres que no se plegaban a vivir en el mundo reducido de la domesticidad. Elaborar el Diccionario de uso del español, sin ayuda económica alguna y sin apoyo académico parecía una tarea imposible, para ella fue su manera de sobrevivir en el mundo rutinario, monótono y gris del franquismo.

4- Bibliografía

-Dacosta, Joaquín, “Un hito de la lexicografía española”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 12/13

-De la Fuente, Inmaculada (2018): El exilio interior. La vida de María Moliner. Madrid, Turner Noema.

-De la Fuente, Inmaculada “María Moliner. Una heroína moderna”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018.

-García Mouton, Pilar,  “Ideología y feminismo”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 10/11.

-Martín Zorraquino, María Antonia, “Originalidad, alcance, proyección”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 8/9.

-Martínez Rus, Ana, “María Moliner y las bibliotecas públicas: un compromiso con la democracia republicana y la difusión de la cultura”. En: Métodos de información (MEI), II Época, Vol. 1, 2010, pp. 21-23.

 

Webgrafía

-«Lugares para el Recuerdo: Escuela Cossío»Plataforma per la Memòria del País Valencià (anexo: propuestas). 2016. Consultado el 2 de octubre de 2020. https://plataformamemoriapv.files.wordpress.com/2016/02/anexo-castellano.pdf

-María Moliner, «La organización de una red de bibliotecas en la región de Valencia» [fragmento],1935.  https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/119710/EB22_N175_P46-48.pdf;jsessionid=2581DFC098AF0EC36BC1340C6EF6E696?sequence=1 Consultado el 6 de octubre de 2020.

-«Valencia y la República. Guía urbana, 1931-1939». Consultado el 2 de octubre de 2020. https://www.uv.es/republica/plano/educacion/educa-tres.htm



[1] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 140.

[2] A estas tertulias asistieron poetas y gentes de letras como Timoteo Pérez rubio, Rosa Chacel, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Sánchez ventura, Manuel Altoaguirre, Tomás Navarro y la propia María Moliner. Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, pp. 149-150.

[3] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, pp. 166-167.

[4] La explicación del expediente de depuración en Ana Martínez Rus. “María Moliner y las bibliotecas públicas: un compromiso con la democracia republicana y la difusión de la cultura”. En: Métodos de información (MEI), II Época, Vol. 1, 2010, pp. 21-23.

[5] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 149.

jueves, 13 de agosto de 2026

Laura Vicente (I) «María Moliner, de la luz a la penumbra» en Ateneo Pilar y Paco Ponzán, La cultura silenciada. Represión en Aragón (1936-1975). Comuniter, Zaragoza, 2026

 

Esta es la primera parte de mi contribución a este libro colectivo

1- Rasgos biográficos

María Juana Moliner Ruiz nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900. Hija de Enrique Moliner Sanz, médico rural y Matilde Ruiz Lanaja que sabía leer y escribir. En 1902 la familia, formada por el padre, la madre, el hermano mayor (Enrique) y la pequeña María, recalaron en Almazán (Soria) y luego en Madrid. En la capital nació la hermana menor, Matilde, y los tres acudieron a la Institución Libre de Enseñanza (ILE) por deseo explícito de su padre de ideas liberales. El padre se enroló en la Marina como médico de barco y tras el segundo viaje a Argentina no volvió, fundó allí otra familia[1].

La marcha del padre afectó a toda la familia, suponemos que emocionalmente pero también afectó a la economía doméstica. María tenía 12 años y hay pocas evidencias de que asistiera a la escuela de forma regular. Su hermano Enrique aparece registrado como alumno en la ILE y la pequeña Matilde en Primaria, María parece que asumió responsabilidades familiares de apoyo a la madre al ser la mayor de las chicas y estudiaba en casa, asistiendo a algunas actividades puntuales en la ILE. Sabemos que en la ILE no había bachillerato por lo que los alumnos y las alumnas se examinaban libres en el Instituto Cardenal Cisneros[2], así lo hicieron Enrique y María.

Las dificultades económicas, sobre todo cuando el padre dejó de enviar dinero desde Argentina, convencieron a la madre  de que era mejor volver a Zaragoza para reducir gastos. Allí fue donde María Moliner acabó el bachillerato y se matriculó en Filosofía y Letras, rama de Historia (la única existente).

En Zaragoza la madre de María Moliner movió los hilos para que familiares y allegados les ayudaran  a sobrevivir y encontrar cierta estabilidad. Mientras estudiaba la carrera, María trabajó en la Diputación Provincial para aportar recursos económicos a casa. Pero además se integró, a las órdenes de Juan Moneva en 1916, en un equipo dedicado a un proyecto ambicioso: elaborar un diccionario de voces aragonesas tras haber rescatado sus variantes en todo el terreno lingüístico[3].

Cuando acabó en 1921, con sobresaliente y premio extraordinario, enseguida opositó  al Cuerpo  Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. En julio de 1922 supo que había aprobado las oposiciones, era la sexta mujer que lo lograba y la más joven desde la creación del Cuerpo Facultativo en 1868. La primera mujer había ingresado en 1913[4].

Su primer destino fue Simancas y después optó a una plaza vacante del Archivo de Hacienda en Murcia. En esta ciudad fue profesora auxiliar en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí conoció al catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando, con quien se casó en 1925, en Murcia nacieron sus dos hijos mayores Enrique y Fernando. Compatibilizar el trabajo, la vida familiar con dos niños pequeños y el doctorado no era nada fácil y acabó dejando su trabajo de ayudante en la facultad de Murcia y el propio doctorado. La pareja quería trasladarse a Valencia, cosa que lograron en 1930, allí nacieron su hija Carmen y el menor, Pedro.

En Valencia, María Moliner encontró posibilidades de encauzar su interés por la educación (participó, con un grupo de matrimonios afines al ideario de la ILE, en la fundación de la Escuela Cossío) y por la cultura con su participación en las Misiones Pedagógicas (creadas en 1931). Como delegada de las Misiones recorrió los pueblos de la periferia valenciana y organizó una red de 105 bibliotecas rurales conectadas con las públicas.

El golpe de Estado de 1936 supuso para ella asumir nuevas responsabilidades ya que el rector le encargó la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia, ejerció también el cargo de directora de la Oficina de Adquisiciones de Libros y Cambio Internacional. Se convirtió así en una pieza clave  en la política bibliotecaria, por ese motivo escribió el Plan de organización de las Bibliotecas del Estado de 1937.

El final de la guerra supuso un golpe para el matrimonio, a su marido le expulsaron de la cátedra y ella fue degradada dieciocho puestos en el escalafón y volvió a su antiguo puesto en el Archivo de Hacienda. Empezaba la dura postguerra y tras las luces de una etapa valenciana llena de actividad cultural, el paso a la penumbra de una postguerra dura, llena de amenazas y temores, y solitaria ya que muchas amistades habían partido al exilio.

Fernando Ramón Ferrando recuperó su cátedra, primero en Murcia y luego en Salamanca, y Moliner se trasladó en 1946 a Madrid con sus hijos. Confinados en un cierto exilio interior, por lo menos conservaron sus puestos de trabajo, ella con un destino de bibliotecaria en la escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Su marido residía entre semana en Salamanca y ella necesitaba hacer algo, no como funcionaria, sino como autora de una obra propia.

La obra que emprendió a partir de 1951 fue reconstruir las definiciones del DRAE[5], una tarea que le mantuvo quince años pegada a la mesa del comedor primero y luego a otra alargada donde desplegaba sus fichas escritas a mano y la Olivetti con la que las escribía de forma definitiva. Su Diccionario de uso del español[6] (DUE) fue de gran originalidad y valor, no por la cantidad de palabras definidas sino por su concepción diferente respecto al Diccionario de la lengua española de la RAE.

El DUE no solo ofrecía las definiciones de las palabras recogidas en él, sino que, como señala María Antonia Martín Zorraquino[7], lo hacía con un lenguaje nuevo, propio de la lengua culta usual, evitando la circularidad de muchas de las definiciones del académico. Aportaba, además, más datos sobre cada una de sus entradas: sinónimos, antónimos y fraseología; una ordenación no solo alfabética, sino también por medio de una agrupación etimológica, e incluyendo, dentro de muchas de sus entradas, un catálogo de familias de palabras que remitían a otras.

María Moliner planteó su obra como una «herramienta» total –el término es suyo- al servicio de las personas que lo consultaban. Buscaba no solo que el diccionario ofreciera el significado de las palabras que se desconocen, sino también proporcionar una guía en el uso del español. Moliner introdujo, además, un elemento esencial que la lexicografía ya no ha podido abandonar: la preeminencia del uso real (conjunto de manifestaciones lingüísticas de todo tipo, desde el registro culto al popular, sin olvidar los extranjerismos) frente a la norma[8].

Como señala Martín Zorraquino, fueron los hispanistas extranjeros los primeros que lo acogieron con entusiasmo. En el ámbito académico español, el DUE se recibió de forma positiva pero no sin ciertas reticencias. A partir de la década de los ochenta del siglo XX se convirtió en objeto de estudio, no solo en instrumento de consulta.

Poco más de treinta años después de acabada la Guerra Civil, tras publicar los dos tomos de su Diccionario, fue propuesta su candidatura al sillón B de la Real Academia de la Lengua en 1972. Se movilizaron en su favor mujeres que habían vivido experiencias muy similares a las de  María Moliner como era el caso de Carmen Conde a la que conoció en la época de las Misiones y con la que tuvo cierta relación en Valencia durante la guerra. Además de Conde, Consuelo Bergés, Ernestina Champourcin y muchas otras mujeres procedentes del mundo de la cultura y del ámbito universitario apoyaron su ingreso. Pero le cerraron la puerta[9], probablemente por su condición de mujer y su pasado de compromiso con la política cultural republicana.

Ella no se desanimó y siguió revisando su Diccionario para futuras ediciones, la desmemoria primero y la muerte en 1981 después, pusieron fin a un proyecto de vida colosal.

2- Compromiso político

María Moliner no pensaba que fuera una persona politizada aunque se consideraba republicana. Resulta difícil considerarla de izquierdas, algo que se detecta en su distanciamiento de las pasiones partidistas. Sus intereses  durante la II República y la Guerra Civil fueron, como ya hemos dicho, la educación y la cultura, especialmente impulsar bibliotecas para fomentar la lectura.

Igualmente resulta difícil considerarla feminista aun cuando en su DUE se percibe cierta sensibilidad en cuanto al papel social de la mujer. En sus definiciones evitaba, como lexicógrafa, alusiones innecesarias a lo que es y no es propio de las mujeres. Incorporó el femenino de profesión (por ejemplo el de médico) mucho antes que el DRAE y definiéndolo como: «Persona que tiene título oficial para curar las enfermedades». Igualmente dejo clara la definición de algunas palabras despectivas para todas las mujeres como marisabidilla, quitando su carácter general de aplicación al sexo femenino[10]. Lógicamente esta sensibilidad es difícil entenderla como una posición feminista, algo que queda desmentido por hechos tan contundentes como el de elaborar su Diccionario en el comedor, pese a que en la casa había un despacho libre, el de su marido. Él estaba en Salamanca durante la semana pero ella nunca se planteó usarlo.

La labor de María Moliner durante la II República: educación y cultura

En Valencia, María Moliner participó, con un grupo de matrimonios afines al ideario de la ILE, en la fundación de la Escuela Cossío (1930-1939), llamada así en honor de Manuel Bartolomé Cossío, sucesor de Francisco Giner de los Ríos, creador de la ILE en 1876. María Moliner enseñó en la Escuela Cossío, Literatura y Gramática, y, además, formó parte de su Consejo Director, como vocal, y de la Asociación de Amigos para su apoyo, como secretaria[11].

El proyecto de la Escuela Cossío se remontaba a mediados de la década de 1920. Fue  impulsada por José Navarro Alcácer y su esposa, María Alvargonzález, al frente de un colectivo de familias valencianas. Dispuso de importantes donaciones económicas, entre las que estaban las de  personas  «institucionalistas» que vivían en Valencia, como Luis Marchante, Elena Jiménez, Angelina Carnicer, Nicolás Percas, profesor de latín del instituto «Blasco Ibáñez» y José María Ots, historiador del derecho y profesor de la Universidad valenciana, entre otros.

En octubre de 1930, se puso definitivamente en marcha esta escuela diseñada sobre la pedagogía de:

« (…) la coeducación y el laicismo, el respeto escrupuloso a la conciencia y la personalidad del niño, la atención predominante al aspecto educativo de la enseñanza sobre el mero suministro de conocimientos, el trato cordial entre profesores y alumnos, la formación moral basada en la rectitud, la generosidad, la tolerancia y la efusión cordial, la finura en el comportamiento externo, la pulcritud dentro de la naturalidad y la sencillez, y también el conocimiento de la naturaleza y del arte -muy especialmente la lectura y las actividades manuales- y la práctica del ejercicio físico»[12]. ​

Además, la nueva escuela abarcaba todos los niveles de escolarización, desde el parvulario, seguido del llamado grado A y hasta los dos cursos elementales de bachillerato. El proyecto que se realizó tenía más de obra social que de negocio, con la gestión a cargo de la Asociación de Amigos de la Escuela, sueldos modestos para el profesorado y muchas actividades promovidas o dirigidas de forma desinteresada. ​

Angelina Carnicer, profesora de la Escuela Normal de Valencia fue la encargada de seleccionar y aportar un grupo inicial de maestras y maestros jóvenes. Se dio especial importancia a las actividades de lectura, para niños/as entre 7 y 9 años, impartidas por   María Moliner, o las dedicadas a las canciones populares que dirigía Maximiliano Thous. Dentro de un planteamiento muy cercano al de las Universidades Populares, participaban profesores/as universitarias, artistas, científicos/as o profesionales, con cursillos, charlas o conferencias. ​

Capítulo importante en las actividades fueron las excursiones a museos, a monumentos y a espacios naturales. Se visitaban también las comarcas cercanas, los museos y los monumentos de la capital valenciana, o en Madrid, la visita a la Institución Libre de Enseñanza. ​

Tras nueve años de existencia, al concluir la Guerra Civil, la escuela y su edificio fueron incautados por una nueva Junta que los cedió al colegio «Isabel la Católica». ​

En paralelo a la Escuela Cossío, y siguiendo también los planteamientos de Francisco Giner de los Ríos, José Navarro Alcácer, Angelina Carnicer Pascual y María Moliner Ruiz, constituyeron la delegación valenciana del Patronato de las Misiones Pedagógicas. María Moliner contaba además con el hecho de que su hermana Matilde era secretaria de Luis Álvarez Santullano de la Comisión Central del Patronato, dedicándose en el primer bienio republicano (1931-1933) a la organización de las Misiones  en el instituto Cervantes de Madrid.

Las Misiones no nacieron de la nada, tenían un largo recorrido dentro del proyecto impulsado por Giner de los Ríos. En 1884 había comenzado a funcionar un Museo Pedagógico como centro de investigación, muy vinculado -tanto por sus colaboradores/as como por su tarea- con la Institución Libre de Enseñanza. Este organismo se convirtió en pieza fundamental del proceso de renovación de la enseñanza pública que culminó en los años de la República.

El Gobierno Provisional que se formó al proclamarse la II República creó rápidamente, el 29 de mayo de 1931, por Decreto, el Patronato de Misiones Pedagógicas con el encargo de «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural». Dependía del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y estaba dirigido por una Comisión Central, cuya sede se encontraba en el mencionado Museo Pedagógico.

El Patronato de las Misiones Pedagógicas estuvo presidido por Manuel Bartolomé Cossío y la Comisión Central estaba formada, entre otros, por el Director del Museo Pedagógico (que actuaba como Vicepresidente y que en esos momentos era Domingo Barnés), Rodolfo Llopis, Marcelino Pascua, Antonio Machado, Pedro Salinas, Óscar Esplá, Ángel Llorca y Luis Álvarez (que ejercía de Secretario).

Fernando de los Ríos, ministro de Justicia al proclamarse la República, fue titular de Instrucción Pública y Bellas Artes a partir de diciembre de 1931. Era una persona vinculada a todo el proyecto pedagógico de la ILE, sobrino de Francisco Giner de los Ríos y alumno de Cossío. En su cargo de ministro se convirtió en el máximo valedor de las Misiones[13].

La acción de las Misiones abarcaba tres aspectos: el fomento de la cultura general a través de la creación de bibliotecas fijas y circulantes, proyecciones cinematográficas, y un museo circulante. La orientación pedagógica a los maestros/as de escuelas rurales, y la educación ciudadana necesaria para hacer comprensibles los principios de un Gobierno democrático, se desarrollaba a través de charlas y reuniones públicas[14].

En 1933 María Moliner fue nombrada vicepresidenta de Misiones en Valencia y enfoca su labor hacia las bibliotecas rurales. Inmaculada de la Fuente explica su sencillo procedimiento:

« (…) se entregaban en depósito unos lotes iniciales con un centenar de libros en cada pueblo o aldea, tanto para niños como para adultos y, si había movimiento y se leían, se les enviaba otra tanda más o se reemplazaban los primeros. Al quedar, en general, depositados en las escuelas, se tenían que responsabilizar de ellos los maestros; una carga adicional que originaba en ellos tantos entusiasmos como resistencias»[15].

La creación de bibliotecas públicas fue siempre un objetivo de la República de centro izquierda que ya en 1931  creó una Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para estas bibliotecas. Uno de sus objetivos era crear bibliotecas en municipios de más de mil habitantes. María Moliner integró muy pronto estos objetivos gubernamentales y en 1934 planteó la creación de una biblioteca popular. La Junta recibió muy bien la idea pero no fue ella la elegida para ser directora, sino Rafael Raga, responsable de las Bibliotecas Populares de Valencia.

Esta decepción no la desanimó y enseguida encaró un nuevo proyecto: la creación de una Biblioteca-Escuela en la ciudad. Entre el 20 y 30 de mayo de 1935 se celebró en Madrid y Barcelona el Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía. En las sesiones de la Sección de Bibliotecas populares, que tuvieron lugar en el Hotel Palace en Madrid los días 21 y 22, María Moliner presentó el trabajo: «Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España». En la parte  final del trabajo María MoIiner hizo referencia al proyecto de la Biblioteca-Escuela:

«Quedará establecida en la ciudad de Valencia una biblioteca que tendrá el carácter de Escuela de bibliotecarios rurales, con biblioteca infantil y una sección especial de obras de Pedagogía; esta biblioteca funcionará, a la vez, como Biblioteca Central con respecto a las otras de Misiones existentes en la región.

(…)

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los maestros se ocupan de la Biblioteca de Misiones sin retribución alguna. Es un servicio que han de prestar voluntariamente y que de ninguna manera se les puede exigir como tarea obligada, añadiéndola a las, en ocasiones, excesivamente prolongadas, de su magisterio. (…)

Por todo esto la Biblioteca Escuela de Valencia, en combinación con la Escuela Normal de Maestros, constituirá un campo de prácticas para los alumnos de la Normal, más aun que para enseñarles la técnica bibliotecaria, aunque desde luego la aprenderán, para que adquieran el gusto de tratar con libros y con lectores. A este fin ayudará poderosamente el que en cada viaje de inspección acompañen a la bibliotecaria inspectora uno o varios alumnos, que tendrán, así, ocasión de apreciar lo que una biblioteca significa y puede rendir en un medio campesino»[16].

Los proyectos relacionados con las bibliotecas iban viento en popa para María Moliner que cada vez tenía más claro sus intereses y la pasión que guiaba su trabajo. Sin embargo, el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el estallido de la guerra y la revolución social influyó en este recorrido profesional y vocacional. En el orden personal, el estallido de la guerra interrumpió sus vacaciones en Manzanera. Como en años anteriores María Moliner y su marido, junto con otras familias amigas, habían alquilado una casa grande para estar en contacto con la naturaleza. Naturalmente la guerra provocó su precipitada vuelta a Valencia.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           



[1] Inmaculada de la Fuente, “María Moliner. Una heroína moderna”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 6/7.

[2] No debemos olvidar que en el curso 1906-1907 solo 277 alumnas estudiaban en España el bachillerato, en Inmaculada de la Fuente (2018): El exilio interior. La vida de María Moliner. Madrid, Turner Noema.

[3] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 69.

[4] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 74.

[5] Así era como se llamaba el diccionario académico. En su edición de 1956, era un diccionario rígido y normativo, caracterizado por ser acumulativo y conservador. Pilar García Mouton, “Ideología y feminismo”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 10/11.

[6] La primera edición salió en 1966 (primer tomo) y 1967 (segundo tomo). Posteriormente se han realizado tres ediciones más en 1998, 2007 y 2016.

[7] María Antonia Martín Zorraquino, “Originalidad, alcance, proyección”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 8/9.

[8] Joaquín Dacosta, “Un hito de la lexicografía española”, en Mercurio, nº 204, octubre 2018, pp. 12/13.

[9] Hasta 1978, una vez muerto Franco y en plena etapa de la llamada «Transición Democrática», no entró una mujer en la Real Academia de la Lengua: Carmen Conde.

[10] Por ejemplo el DRAE, entre 1936 y 1992, definió hazaña como voz coloquial: «Faena casera habitual y propia de la mujer». Pilar García Mouton, “Ideología y feminismo”, p. 11.

[11] «Valencia y la República. Guía urbana, 1931-1939». , Consultado el 2 de octubre de 2020. https://www.uv.es/republica/plano/educacion/educa-tres.htm

[12] «Lugares para el Recuerdo: Escuela Cossío»Plataforma per la Memòria del País Valencià (anexo: propuestas). 2016. Consultado el 2 de octubre de 2020. https://plataformamemoriapv.files.wordpress.com/2016/02/anexo-castellano.pdf

[13] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 118.

[14] «Valencia y la República. Guía urbana, 1931-1939». Consultado el 2 de octubre de 2020.

[15] Inmaculada de la Fuente, El exilio interior, p. 120.

[16] María Moliner, «La organización de una red de bibliotecas en la región de Valencia» [fragmento], 1935.  https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/119710/EB22_N175_P46-48.pdf;jsessionid=2581DFC098AF0EC36BC1340C6EF6E696?sequence=1 Consultado el 6 de octubre de 2020.