Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

martes, 3 de febrero de 2026

«A mi aire»

 


2025

(de mi cuenta de IG: @lauramartierra)

«A mi aire» (4 diciembre)

La teoría (de cualquier cosa, individual o social) es una cosa y la práctica es otra. La teoría no suele cambiar la práctica, en cambio sí es posible, al contrario.

La práctica está condicionada por muchos factores, no siempre basados en la lógica y en la razón. Es por ahí por donde debemos empezar, luego ya teorizaremos si lo vemos necesario.


«A mi aire» (11 diciembre)

Dedicado a Putin y Netanyahu

Dice el Tao:

«Toda victoria es horrible

y hermosa la encuentra solamente

aquel a quien le gusta matar;

y aquel a quien le gusta matar

jamás conquistará los demás reinos».


«A mi aire» (18 diciembre)

En Australia han prohibido a los menores de 16 años acceder a las redes sociales.

Las prohibiciones no me gustan, significan que las cosas se han descontrolado y solo queda castigar. Mirar hacia otro lado como si no sucediera nada cuando las cosas se han descontrolado, me parece la táctica del avestruz.

¿Las cosas están en nuestras manos o ya no?


«A mi aire» (25 diciembre)

Hay pocas oportunidades para ser optimista, hoy no es una excepción.

Me deja para el arrastre que las agresiones y el acoso sexual y laboral no sean una línea roja para los partidos que apoyan al Gobierno.

Disfrutad de lo que quiera que hagáis un día como hoy.



viernes, 23 de enero de 2026

DIALOGAR O ENJUICIAR

 


El tiempo siempre atempera las pasiones, en este caso me refiero a las que producen las ideas y los proyectos de transformación. Quizás por eso, hoy me gusta más que en el pasado compartir, conversar, debatir, reflexionar y meditar sobre ideas y sobre agencias lo más situadas posible en la realidad, en la cotidianeidad, en las luchas, en la vida, en la experiencia…

Siempre que puedo me gusta practicar el ejercicio de dialogar, ese ejercicio de atención colectiva sin guion, ni algoritmo que organice. Cuando las conversaciones son en público e intervienen más de dos personas comprendo que hay que dejar espacio para que cada cual intervenga o guarde silencio. Es cierto que esta afirmación tiene una lectura de género difícil de revertir, a saber: que los hombres intervienen mucho y las mujeres guardan mucho silencio.

Como señala Amador Fernández Savater, es muy positivo acompañar la palabra del otro con la escucha, un gesto de aliento o la repregunta. La conversación se teje y se sostiene entre todas. Las palabras derivan, se trenzan y destrenzan; nos autorizamos a reír, a poetizar, a pensar. Salimos de nosotras mismas. Y es que conversar, con-vertere significa tornarse uno hacia el otro. Si interviene la moral, la conciencia, el diálogo se atasca, no circula con fluidez

Últimamente mis escritos provocan reacciones polémicas, a veces airadas, e incluso parece que atentan contra la «conciencia» de quienes las han reclamado o las leen. Siempre he pensado que, a diferencia del marxismo, el anarquismo no tiene santos-pensadores intocables (por supuesto hombres) y aunque es cierto que hubo bakuninistas en el siglo XIX, no tuvo continuidad como si la tiene con los marxistas todavía hoy.

Los marxistas han acostumbrado a debatir y a enfrentarse, incluso a odiarse, por temas doctrinarios, teóricos (en los cuales se incluye la defensa de sus referentes: Marx, Engels, Lenin, Gramsci, y otros muchos, incluso Stalin… que ya hay que tener ganas). Los anarquistas, en cambio, han debatido, y sí, se han odiado también, más por cuestiones organizativas y de práctica de algún tipo: disputas como las que enfrentaron a anarco-colectivistas con anarco-comunistas, a anarco-sindicalistas con sindicalistas, a plataformistas, consejistas, individualistas, insurreccionalistas, etc., etc.

Quizás por preocuparse más por la práctica que por la teoría, al ámbito anarquista le ha gustado dialogar, conversar, debatir, reflexionar y meditar sin que la doctrina, la ideología, la verdad o el enjuiciamiento moral de la «conciencia» lo impidan. No digo que siempre sea así y que no haya habido lo contrario, pero comparto con David Graeber que gran parte de la práctica anarquista gira alrededor de un cierto principio diálogico. ¿Cuántas vueltas hemos dado en el ámbito anarquista a aprender cómo tomar decisiones pragmáticas, intentar que sea por unanimidad y procurar no recurrir a votar para no subsumir, a quienes son minoría, bajo el punto de vista de la mayoría?

Parece que en realidad el pensamiento real es dialógico, no cartesiano en el sentido de que se inicia con el individuo autoconsciente y después le da vueltas a cómo comunicarse con otras personas.

Aunque nos han educado en la unidad de teoría y práctica, el anarquismo casi siempre ha optado por la práctica de forma mucho más pronunciada que otras corrientes socialistas, desde luego que el marxismo.

Resumiendo: cuando alguien quiere saber la opinión de otra persona sobre algún tema es que está dispuesta al diálogo, al debate, a la reflexión. No se pregunta la opinión cuando previamente se la ha anatemizado alegando su «conciencia», es decir enjuiciándola desde la moral.

 Laura Vicente

martes, 13 de enero de 2026

BAKUNIN, NECHÁYEV Y CENSURA

 



La editorial Imperdible me pidió una Introducción para el tomo 7 de las Obras Completas[1] de Bakunin que están publicando. Pensé que tenía plena libertad para enfocarlo como yo quisiera puesto que es un texto firmado y, yo y solo yo, soy la responsable de dicha Introducción.

No ha sido así, la notificación de que no iban a publicar el texto es para mí seña inequívoca de censura, no obstante, su correo lo tenéis al final del texto y que cada cual lo valore como considere oportuno.

Censurar un escrito porque no coincide con su interpretación de Bakunin acerca del papel de las mujeres en la revolución no pensaba que fuera motivo para la censura, pero ha resultado que sí. 

Llevo investigando desde hace muchos años como la teoría y, por tanto, la ideología, no marcan la acción y que es está la que genera emancipación, libertad, etc. Creía que a estas alturas del siglo XXI estaba claro que no existe un vínculo necesario entre el pensamiento y la acción

Los hombres, también los anarquistas y libertarios, han escrito muchas frases, aprobado ponencias, protocolos, y artículos, afirmado la igualdad con las mujeres, pero su acción, su práctica, concuerda poco con sus ideas, con su teoría. Bakunin no es una excepción. Soy contraria a la veneración de los compañeros del pasado (hay muy pocas mujeres anarquistas consideradas pensadoras) que han sido convertidos en «santos laicos» e intocables, lo cual no les resta los muchos méritos que tienen. Me parece que hay que contextualizar en su época a cualquier pensador o pensadora del pasado y extraer aquello que nos sigue siendo útil de nuestra genealogía

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INTRODUCCIÓN

(Tomo 7 de las «Obras Completas» de Bakunin)

Laura Vicente

La publicación de las obras completas de Bakunin es un reto y debemos celebrar que la editorial Imperdible se haya lanzado a esta tarea. Dicho lo cual, Bakunin es una persona, como cualquier otra, condicionada por la época en la que vivió, las circunstancias que le afectaron y, como señala Miguel Benasayag,[2] la experiencia vital es metabolización y cuerpo autoafectado. No es lo mismo tener información que hacer la experiencia y Bakunin siempre dio más valor a la experiencia que a la información sin despreciar esta.

Leer a Bakunin desde el siglo XXI significa comprender que su figura tiene aspectos actuales, pero otros obsoletos. No pretendo hacer una revisión prolija de unos y otros sino centrarme en aquellos aspectos que más atraen mi interés (también yo condicionada por las circunstancias que me afectan) y que, de una forma u otra, el azar ha puesto en mi camino al prologar este séptimo tomo y no otro.

Entre mis intereses, desde hace muchos años, figura tener en cuenta la situación de la mitad de la humanidad tanto tiempo ignorada. En este sentido, el siglo de Bakunin, el XIX, tenía unas leyes en Europa que establecían el dominio masculino y la desigualdad femenina: las mujeres carecían de la ciudadanía (derechos políticos y civiles), tenían restricciones para acceder a la propiedad, la herencia, la educación, el trabajo, etc., y su presencia en los espacios públicos estaba limitada a la vez que se mantenía su dependencia del hombre (padre, marido, hijo). Las mujeres tenían la consideración jurídica de eternas menores de edad.

El Código Civil de Napoleón (1804) muy influyente en países como Italia, Países Bajos, Suiza, Bélgica, Alemania y España, decía, por ejemplo:

«(…) el marido debe a su esposa protección, y la esposa debe a su marido obediencia; (…) la esposa (…) no puede dar, facilitar o hipotecar o adquirir propiedad (…) sin que el marido se hiciera partícipe en la transacción o diera su consentimiento escrito».

A las leyes se unían otros mecanismos culturales de control social informal más difíciles de detectar y de cuestionar, por ejemplo, el modo en que se representaba la feminidad. Se construyeron imágenes de la mujer de inferioridad (tanto intelectual como física) y de subordinación. La feminidad quedaba definida por la ternura, la abnegación y la dedicación a los demás, frente al raciocinio, el interés propio y el individualismo, que eran el epicentro de la masculinidad. La identidad femenina no podía pensarse fuera del matrimonio y, por tanto, dentro del ámbito del hogar el discurso de la domesticidad le negaba su perfil de trabajadora. Las tareas domésticas no se valoraban como trabajo.

Bakunin, como filósofo, tenía otras preocupaciones, su interés era la libertad tanto en el orden social como personal. La libertad permitía actuar según los dictados de la propia voluntad, lo cual derivaba en la soberanía individual. Consideraba que el ser humano nunca era un medio, sino un fin en sí mismo, que tenía el derecho inalienable de buscar la verdad a través de la libertad. Para consolidar la idea de libertad individual era necesaria la muerte de lo absoluto, es decir, de cualquier principio trascendente superior, fuera Dios, el rey, el Estado, la nación, o cualquier otro.


La libertad individual, opuesta a la autoridad, era partidaria de la colaboración entre soberanos individuales llevada a cabo voluntariamente a través de la armonía natural, de origen ilustrado, y el racionalismo liberal. Era difícil dejar fuera de esa soberanía individual a las mujeres y Bakunin no lo hizo, apostando desde muy pronto por una postura emancipadora en relación a la situación de opresión del sexo femenino y desarrollando un pensamiento crítico con el orden privado que legitimaba el matrimonio monógamo y la familia burguesa.

En «La mujer, el matrimonio y la familia», Bakunin explicó de forma más académica la igualdad social de la mujer con el hombre que requería la abolición de la legislación que, como hemos dicho, consideraba a la mujer un ser inferior y dependiente. Este cuestionamiento de las leyes familiares y matrimoniales condujo a Bakunin a una clara defensa de las uniones libres basadas en el respeto humano y la libertad de dos personas que se aman[3].

Que Bakunin y el anarquismo mayoritario defendiera dichas posiciones igualitarias y respetuosas, no significa que fueran impenetrables al deseo hegemónico dominante y que las mujeres anarquistas fueran consideradas iguales por sus compañeros. Su situación de postergación e inferioridad despertó poco interés en los proyectos revolucionarios anarquistas. Como se recoge en este volumen la atención de los anarquistas se centraba en temas teóricos y organizativos que poco tenían que ver con la dominación de las mujeres, el racismo, las identidades sexuales, etc.

Serguéi Gennádievich Necháyev (1847-1882), asociado con los movimientos nihilista y anarquista, nunca declaró un credo ideológico ni filosófico, en momentos de su vida y obra se acercó a estos, pero en otros momentos lo que hace es una apología del simple terrorismo. Su preocupación, casi podríamos decir obsesión, fue la revolución y el tipo de organización que la haría posible.

Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), fundó la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (AIDS) en septiembre de 1868 en GinebraSuiza. Se la considera la primera organización anarquista de la historia. «La Alianza», buscaba crear y estimular organizaciones de masas como la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) que agrupaba sociedades obreras de resistencia con finalidad revolucionaria. Pero, por otro lado, «la Alianza» pretendía articular una organización política, un pequeño «partido», como dijo Bakunin, que tuviera como objetivo reforzar el carácter revolucionario de dichas sociedades obreras.

«La Alianza» se disolvió a los cinco meses de su creación porque su carácter internacional era incompatible con la AIT también internacionalista (se sospecha, no obstante, que pudo existir clandestinamente un tiempo indeterminado).

Necháyev y Bakunin se conocieron, su prioridad era la revolución y todo aquello que era necesario para conseguir su triunfo (organización, estrategia revolucionaria, proyecto de revolución, etc.). Ambos escribieron un catecismo, texto de instrucción elemental que pretende adoctrinar, escrito con frecuencia en forma de preguntas y respuestas. El de Necháyev se titula: «Catecismo del revolucionario», el de Bakunin: «Catecismo revolucionario», la diferencia entre ambos es notable puesto que el primero marca el perfil del revolucionario y el de Bakunin el de la revolución.


El catecismo de Necháyev es un texto breve que se estructura en cuatro apartados centrados en la actitud del revolucionario hacia sí mismo, hacia sus camaradas, hacia la sociedad y hacia el Pueblo. El pilar del texto es que «la única pasión del revolucionario es la revolución», todo queda supeditado a «la causa», por supuesto las personas también. Divide a estas en seis categorías y una de ellas son las mujeres que separa de las otras cinco que están dedicadas todas a los hombres. Las mujeres son divididas a su vez en tres grupos: el primero está formado por las «cabezas huecas», inconscientes y desalmadas (no hay hombres de esta especie puesto que los define por su posición social o sus posturas políticas). El segundo grupo son las mujeres «apasionadas, devotas y talentosas», la mayoría no son útiles para la revolución porque «no poseen aún una comprensión cabal, austera y revolucionaria». Por último, están las mujeres «nuestras» que han aceptado nuestro programa y están totalmente dedicadas a él, las únicas que son útiles para la revolución.

El catecismo de Bakunin es muy diferente puesto que se centra en señalar aquello que debe abolirse de la sociedad del siglo XIX y las bases de la revolución y de la sociedad resultante. La libertad, la igualdad, la justicia social son aspectos que marcan cómo debe ser la sociedad revolucionaria. En ella las mujeres aparecen mencionadas esporádicamente, pero con claridad: «La mujer, diferente al hombre, pero no inferior a él, inteligente, trabajadora y libre como él, es declarada igual al hombre en todos los derechos como en todas las funciones y deberes políticos y sociales». Pese al igualitarismo que se proclama, las mujeres aparecen asociadas (en artículos sucesivos a los de los derechos) a la familia, la reproducción y la educación de las criaturas.

Ni para Necháyev ni para Bakunin las mujeres ocupan un papel relevante en la revolución a la que se dedican con devoción. La revolución que persiguen es masculina, ellos la piensan (y la sueñan), ellos son el sujeto de la revolución, ellos la protagonizan y ellos la relatan e interpretan a posteriori. 

Es una revolución con planteamientos mesiánicos que provoca un desplome de la vieja sociedad, de ahí el mito de la «gran noche» en la que sucede todo. Una vez iniciada la revolución, se ve sujeta al modelo de sociedad que se aspira a construir (de ahí que la denominemos revolución modelizada) y que condiciona los pasos que se dan más que la realidad que se vive. El nuevo orden social se representa como pleno de armonía, de libertad, de igualdad y de justicia social para la humanidad.

En esta manera de entender la revolución, las ideas dirigen las acciones situadas. De ahí que para llevar a cabo la actividad revolucionaria sea preciso la elaboración de una estrategia que, la «minoría activa» organizada, se encargaría de introducir en las organizaciones de masas. La «minoría activa» es capaz de ver en su totalidad, mientras que quienes habitan en las realidades concretas, las «masas», solo ven las partes. Es el clásico paradigma de la izquierda de que se puede leer toda la situación y la orientación que se debe tomar. El único propósito de la acción política, por tanto, es producir algo que pueda ser previsto o planeado estratégicamente por anticipado.

Este planteamiento parte de una secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo bien conocida: pasado (en el que hubo opresión), presente (hay lucha por la liberación) y futuro (la liberación conducirá a un nuevo orden). El final está, de algún modo, contenido en el comienzo. Es una lectura historicista, que legitima o deslegitima los movimientos según su participación o no, en el «sentido de la historia». Cuantas huelgas, ocupaciones de fábricas, sublevaciones populares o insurrecciones locales fueron sacrificadas, abandonadas o incluso aplastadas en nombre de la razón superior de la «minoría» que sabía por donde pasaba la caprichosa trascendencia revolucionaria. No era bastante con que un combate fuera justo para que fuera válido para el «juicio de la historia».

Para desencadenar la revolución era importante dotarse de organizaciones que la hicieran posible, tanto Necháyev como Bakunin piensan en una organización revolucionaria de carácter político, formada por minorías y con carácter secreto o semi secreto.

Necháyev puso en marcha en 1869 la sociedad secreta Naródnaya Rasprava (Venganza del Pueblo), una organización de camaradas revolucionarios, tal como señala en su catecismo, que debía trabajar para unir a «elementos de la vida popular» que ya protestaban contra el Estado en «una sola fuerza invencible e indoblegable». Su función primordial era conducir al pueblo a una sublevación total, incluso alentando el desarrollo de las calamidades y males que sufría. La tarea de la organización, apoyada por el deseo de venganza del pueblo, era «la destrucción despiadada, terrible, completa y universal» para que otros construyeran la nueva sociedad.



Carnet de La Alianza

Bakunin por su lado, como ya hemos dicho, participó en la fundación de la Alianza Internacional en 1868 ya que consideraba que la opresión no generaba de forma automática la conciencia revolucionaria. Para que hubiera acciones colectivas que llegaran a tener un contenido revolucionario era necesaria una minoría militante que educara, agitara y organizara a las masas. «La Alianza» pretendía participar en la creación de asociaciones obreras cuyo objetivo era la lucha económica y que tenían su origen en Owen y el cooperativismo inglés, pero también en Proudhon (1ª mitad/mediados del siglo XIX). Este pre-sindicalismo, con la creación de la AIT, empezó a definirse de forma más clara en la línea del sindicalismo radical que podía orientarse hacia planteamientos revolucionarios. «La Alianza» o el propio marxismo trataban de que así fuera.

El sindicalismo de la AIT se fue definiendo a través de la organización y federación de las sociedades obreras de resistencia al capital. Un asociacionismo que algunos sectores pretendían que fuera apolítico para hacer posible la unidad de la clase trabajadora en una misma organización de carácter económico, ya que los intereses materiales eran el lazo natural y permanente que cimentaba su unidad y aseguraba el descubrimiento del verdadero enemigo: el capital.

Sin embargo, las diferentes corrientes que convivían en la AIT pretendían influir y orientar a este sindicalismo hacia posiciones más definidas ideológicamente («la Alianza» de Bakunin por un lado, Marx y sus seguidores por otro) que provocaron finalmente enfrentamientos, división y su desaparición (1876).

Las mujeres tuvieron una escasa participación en la elaboración teórica de la revolución y en las organizaciones creadas para potenciarla, no obstante, hubo un cierto grado de integración femenina tanto en el pre-sindicalismo como en la AIT. De hecho, tomar la palabra en público era en sí mismo algo fuera de lugar para las mujeres, una heterodoxia en sí misma. Pese a ello núcleos de obreras impulsaron iniciativas que fructificaron en dictámenes como el aprobado por la Federación de la Región Española (FRE), en el Congreso de Zaragoza (1872), titulado «De la mujer». En este texto había una clara oposición a la reclusión de la mujer en el espacio doméstico. El trabajo asalariado era, decía el dictamen, «poner a la mujer en condiciones de libertad» para evitar  la dependencia respecto al hombre. Este dictamen afirmaba:

«La mujer es un ser libre e inteligente, y, como tal, responsable de sus actos, lo mismo que el hombre (…) lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades».

Aun cuando el anarquismo, presente en el internacionalismo, contribuyó a abordar la subordinación femenina y la necesidad de la emancipación de las mujeres, por sus planteamientos de crítica al autoritarismo y la necesidad de construir una sociedad basada en la igualdad y la libertad, en la práctica el papel de las mujeres fue insignificante.

Pese a su presencia minoritaria y su casi nula presencia en las juntas directivas de las sociedades obreras, encontramos mujeres en todos los conflictos sociales, revueltas y procesos revolucionarios que se produjeron en el siglo XIX, brillando con luz propia la Comuna de París y Louise Michel. Las mujeres se preocuparon por el tema social, pero lo ampliaron reflexionando y practicando una sexualidad libre, una maternidad consciente, el control de la natalidad y todo el amplio campo de los «cuidados» entendidos como gestión de la vida que abarca mucho más que los cuidados familiares y domésticos.

Su concepción de la revolución, presente en tiempos de Necháyev y Bakunin, fue ignorada por sus compañeros anarquistas pese a que afloró aquí y allí sin ser un planteamiento hegemónico dentro del movimiento anarquista. Esta concepción de la revolución está presente en sus acciones y en sus saberes, «saberes menospreciados», «saberes miserables», como señalaba posteriormente Foucault. Todo ello fue configurando el feminismo obrerista y anarquista representado por mujeres como Lucy Parson, Voltairine de Cleyre, Emma Goldman, Teresa Claramunt y otras.


Emma Goldman de Agustín Comotto

Varios rasgos definen esta manera de entender la revolución, destacaremos tres:

1. Son las acciones las que definen la teoría, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando una situación anteriormente tolerada se vuelve insoportable. Se considera intrascendente la información, la discusión política e ideológica, la configuración de una estrategia para hacer emerger una situación capaz de despertar la acción del pueblo o de cualquier otro sujeto. Su manera de entender la revolución se basa en que ninguna teoría ha transformado nunca la realidad.

2. Cuestionan la secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo, que conduce casi inevitablemente a la revolución, momento culminante en que todo se desploma. En esta segunda manera de entender la revolución, los acontecimientos (huelgas, ocupaciones, protestas populares o insurrecciones locales) tienen importancia en sí mismos y no porque ocupen un lugar en un modelo de revolución o proceso de lucha estratégico.

3. La revolución es transformar la vida aquí y ahora siendo consecuentes con una ética transformadora. Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. La lucha está centrada en construir prácticas de las que pueda surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de las vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación.

Estas dos concepciones de la revolución están presentes en el movimiento anarquista, se mezclan, se separan, se enfrentan, evolucionan al compás del tiempo y de los territorios, pero resultan hoy, en pleno siglo XXI, de gran actualidad.

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CORREO EDITORIAL IMPERDIBLE, 30 DE DICIEMBRE 2025

Nos hemos leído su introducción, y si no le importa que le comente, hay dos cosas de las que le quería hacer una observación.

La primera, no soy especialista en el tema, pero después de años recopilando datos de mujeres anarquistas, y de comentarios, reflexiones, frases de hombres anarquistas con respecto a las mujeres, puedo afirmar que Bakunin era quien más presente las tenía. Sí, Bakunin es producto de su época; sí, el número de mujeres anarquistas en su época era ínfimo; sí, su paternalismo es visible, etc., pero simplificarlo con esta frase “Ni para Necháyev ni para Bakunin las mujeres ocupan un papel relevante en la revolución a la que se dedican con devoción [...]” no me parece correcta ni ajustable 100% a la realidad, teniendo en cuenta sus críticas hacia el patriarcado:

(«El patriarcado es un mal sobre todo histórico, pero, por desgracia, muy fuerte en el pueblo, en contra del cual tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas» [Tomo 1, p. 271];

«La guerra contra el patriarcado se lleva ya casi en cada aldea y cada familia, en la comunidad rural y el mir, se ha convertido ahora hasta tal punto en una herramienta del poder del Estado y de la arbitrariedad de los funcionarios, motivos del odio popular, que la rebelión contra éstos va al mismo tiempo con una rebelión contra el despotismo de la comunidad rural y del mir» [Tomo 1, p. 276];

«Al instituir la familia fundada sobre la propiedad y sometida a la autoridad suprema del esposo y del padre, Dios había creado el germen del Estado. El primer gobierno fue necesariamente despótico y patriarcal» [Tomo 5, pp. 230-231]),

Y a la inclusión de las mujeres para la organización de las tareas revolucionarias y de la propia revolución:

«Apéndice B -estatismo y anarquía- Programa de la sección Eslava de Zúrich [...] 9.- La sección eslava reivindica, al mismo tiempo que la libertad, la igualdad de derechos y deberes para el hombre y la mujer» [Tomo 1, p. 280];

«Programa de la Sociedad de la Revolución Internacional 1868 [...] 4.- La abolición del derecho patriarcal, del derecho de la familia, es decir, del despotismo del marido y del padre, fundados únicamente en el derecho de la propiedad hereditaria. Y la igualdad de los derechos de la mujer con los del hombre» [Tomo 2, p. 249];

«Exigimos la emancipación completa de las mujeres, otorgándoles todos los derechos políticos y civiles que tengan los hombres. Queremos la anulación del matrimonio, que es un acto sumamente inmoral e inconcebible y que es contrario a la plena igualdad de los sexos. Queremos por lo tanto, la anulación de la familia, que obstaculiza el desarrollo del ser humano» [Tomo 2, p. 287];

«Organizar la sociedad de tal modo que todo individuo, hombre o mujer, que nazca, encuentre medios más o menos iguales para el desarrollo de sus diferentes facultades y para su utilización por el trabajo; organizar una sociedad que al hacer imposible para todo individuo, cualquiera que sea, la explotación del trabajo ajeno, no deje a cada uno participar del disfrute de las riquezas sociales, que en realidad siempre son producidas por el trabajo, sino según haya contribuido directamente a producirlas mediante el suyo» [Tomo 3, p. 57];

«Semejante educación repartida ampliamente a todo el mundo, a las mujeres como a los hombres, en condiciones económicas y sociales fundadas sobre la estricta justicia, haría desvanecerse muchas de las supuestas diferencias naturales» [Tomo 3, p. 132];

«No soy realmente libre sino cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de un individuo ajeno, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad es, al contrario, la condición necesaria y su confirmación. Soy únicamente libre de verdad por la libertad de los demás, de modo que cuanto más libres son los seres humanos que me rodean, tanto más profunda y más amplia es su libertad, y tanto más extendida y más profunda se hace mi libertad» [Tomo 6, p. 37].

Las citas anteriores expuestas, extraídas de los volúmenes de las 'Obras Completas' de Mijail Bakunin que ya han sido editados, nos muestran nítidamente que para Bakunin las mujeres sí debían tener el mismo papel relevante en la revolución.

Aparte, y he aquí el segundo punto que le quería comentar:

Poner a Nechayev a la altura de Bakunin, tampoco se atienda a la realidad; solo hay que observar, por poner solo un ejemplo de todas las críticas vertidas hacia Nechayev, la carta que dirige Bakunin a Nechayev, junio de 1879, en la cual aclara las diferencias abismales entre ambos y afirma «su sistema de mentiras, que tiende cada vez más a ser su principal, su único sistema, su arma y medio principal, es desastroso para la misma causa [la revolución]», que aparece en el sumario del Tomo 7 en el capítulo “Bakunin y Nechanev (2)”. También se refleja nítidamente en la primera parte de “Bakunin y Nechayev (1)”, incluido en el Tomo 3 [pp. 205-307].

No estamos de acuerdo con estas dos cuestiones que le menciono; la razón más importante de todas es que jamás nos habríamos embarcado en editar los escritos de una persona que concibiera una revolución en la que “no tuviéramos un papel relevante” todas nosotras.
[4]

Lamento comunicarle que nuestra conciencia nos impide publicar sus afirmaciones.

Espero no le molesten mis observaciones; se las escribo con todo el respeto que le tengo.

Si lo desea, me encantaría saber su opinión al respecto.

Un saludo

 


[1] El tomo 7 de las Obras Completas está centrado en Bakunin y Necháyev y en la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

 [2] Miguel Benasayag/Ariel Pennisi (2024-4ª edición): La inteligencia artificial no piensa (El cerebro tampoco). Buenos Aires, Prometeo, p. 27.

 [3] Laura Vicente (2014): «Mijaíl Bakunin: mujer, libertad y amor». Diagonal, nº 223.

 [4] La negrita es mía.

sábado, 3 de enero de 2026

«A mi aire»



2025

(de mi cuenta de IG: @lauramartierra)


«A mi aire» (6 noviembre)

Una de las diferencias entre Estados Unidos y Europa es que el primero ha abandonado los «arcaísmos» sociales y el Estado se libera de intervenir en lo social para dejar libre el camino a la ley del capital y, como dice J. Rancière, la «comunidad del miedo». En Europa todavía los sistemas de protección y solidaridad social no se han roto por completo y los Gobiernos aun intervienen en la redistribución de la riqueza.

¿Están en camino de romperse?


«A mi aire» (13 noviembre)

Hace unos días, me dio por pensar ¿qué significa «ir a mi aire»?

Me gustaría pensar que significa vivir libre. Pero no soy tan ingenua para creérmelo, así que poco a poco, fui trazando líneas deseables de actuación: tratar de vivir lo más consecuentemente posible con la admirada libertad, alimentar la idea de que todas las personas somos iguales, respetar la vida de seres humanos y no humanos, huir de la dominación y el control que tanto odio, tejer comunidad solidaria al margen del Estado y la sociedad mercantilizada…

No digo que lo consiga, digo que aspiro a «vivir a mi aire».


«A mi aire» (20 noviembre)

¿Cómo vamos a protegernos de la intromisión constante en nuestras vidas de diversos poderes cuyo afán es convertirnos en «personas siervas voluntarias»?


«A mi aire» (27 noviembre)

La experiencia vital trata de metabolización y de cuerpo autoafectado. No es lo mismo tener información que hacer la experiencia. No es lo mismo la IA que la Inteligencia Humana (IH). No le cedamos terreno.

martes, 23 de diciembre de 2025

CABREADA (a falta de mejor título)

 




Cabreada[1] con lo que ha ocurrido en el PSOE en los casos de acoso (laboral y/o sexual) dentro del propio partido. Enfadada con ese me too que parece que se ha detenido (o lo han detenido). Si las personas afines al PSOE se consuelan porque la derecha también parece participar de la epidemia, esto no avanzará o lo hará muy lentamente. Me ocurre lo que, a Pascal Bruckner en el magnífico El buen hijo, que siendo de izquierdas (confieso que cada vez me gusta menos esa manoseada etiqueta), «las únicas estupideces que me indignan son las de la izquierda, las demás me dejan indiferente». Aunque, como ya he dicho, estoy tentada de desertar, prefiero pensar contra mi propio campo y minarlo desde dentro.

Y de eso va mi profunda irritación. Aunque nunca he confiado en las instituciones ni en las leyes para hacer frente a este comportamiento tan masculino de abusar del poder contra las mujeres cercanas (no digamos las que no lo son), me da por pensar en cuál ha sido mi colaboración en este asunto. Siempre he afirmado, lo tengo señalado en diversos escritos, que este es un «problema estructural»:

 

«Difícilmente el término violencia puede definir la compleja situación de desigualdad, subordinación y discriminación a la que las mujeres todavía estamos sometidas, y también la experiencia que tienen en esta situación distintas mujeres en contextos diferentes. Es importante, por tanto, indagar en las motivaciones y las formas que adopta la violencia masculina sobre las mujeres puesto que está extendida en todas las latitudes y atraviesa todos los estratos sociales. Esta tarea de comprender qué se esconde detrás de la violencia es importante para poder oponerse con otros instrumentos que no sean solo los de la justicia penal que están demostrando su fracaso».

 

Pero, mientras las mujeres indagamos en qué hay tras esa violencia (no solo física) que resulta tan transversal y que llega a nuestros propios colectivos en formas diversas, como no podía ser de otra manera, me mosquea mucho que no solo quienes cometen esas violencias sino muchas más personas lo ocultan, lo desvían, lo ignoran.

Los hombres deberían hacer una profunda reflexión sobre su actitud, su conducta, sus hábitos respecto a las mujeres cercanas, las compañeras de partido, sindicato o colectivo. En el caso de lo ocurrido en el partido gobernante, a ninguno de los partidos que le apoyan (dentro o fuera del gobierno) se les ha ocurrido que estos abusos de poder y la manera de referirse a las mujeres por parte de la cúpula del partido, ahora defenestrada por corrupción, pueda ser una «línea roja» (además con 38 muertas a las espaldas de la sociedad de las actitudes patriarcales más violentas).

Cuando las propias mujeres, no digamos los hombres, priorizan el partido a la denuncia del abuso (lo vimos con Sumar y Errejón y lo hemos visto en las denuncias «perdidas» seis meses en el PSOE), emerge ese hábito cultural de que el abuso con las mujeres en realidad no es tan grave, que hemos mejorado mucho, que se las acepta incluso en la cima del poder, incluso que se las escucha. Las 1333 mujeres asesinadas desde 2003, no ensombrece esas afirmaciones escuchadas o leídas estos días en los medios de comunicación.

Todas las personas estamos hechas de orden patriarcal. Los hombres siempre respetan más a otros hombres, valoran más las aportaciones de otros hombres, desde su manera de entender el pensamiento y la propia agencia, es raro que en su selección entren «las otras». Pero me preocupa que nosotras, feministas y anarquistas, para ir más allá del discurso de la víctima que no es un discurso subversivo y puede convertirse en un discurso reaccionario, nos hayamos acostumbrado a convivir con esos hábitos patriarcales de los compañeros de lucha.

Queremos trascender el guion de víctima y desarrollar formas alternativas de lidiar con la violencia y el abuso patriarcal. No es nueva la propuesta de promover acciones de lucha y de educación social en lugar de confiar en las vías legales e institucionales. Pero si los compañeros no avanzan enfrentándose a sus actitudes, a sus formas de ver y vivir la vida que tienen mucho de antropológicas, nuestro camino, que tampoco está libre de lo patriarcal, va a ralentizarse en un momento en que estamos sufriendo un ataque muy duro desde la extrema derecha.

Ojalá no abandonemos el cabreo pese al desgaste que supone y que tanto debilita la lucha que, fundamentalmente, recae sobre las mujeres, las personas que se perciben como tales y las no binarias.

Laura Vicente

 



[1] La imagen que acompaña mi escrito también es irritante: el ilustrador consideró oportuno en plena revolución (la imagen es del periódico CNT, 1936) que las mujeres se liberaban con su criatura en brazos. El contraste con los compañeros que van detrás es muy explícito.