Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

martes, 23 de febrero de 2016

CON BREVEDAD: CORRUPCIÓN ENDÉMICA EN ESPAÑA

Tenemos tendencia a pensar que todo lo que ocurre es una novedad del presente. Esa percepción nos lleva a hacer falsas valoraciones acuciadas por la precipitación de la urgencia de la actualidad. Por desgracia, la corrupción no es una novedad en este país y conviene mirar el hecho desde la perspectiva histórica.


No me iré más allá de la Edad Contemporánea que inaugura un sistema político, el liberalismo que evolucionará a la Democracia, que afirma que la nación y posteriormente el pueblo gobiernan a través de sus representantes y al servicio de los mismos. Con anterioridad, los sistemas políticos daban por hecho, como señala Jacques Rancier en El odio a la Democracia, que gobernaban quienes tenían los títulos para gobernar a los hombres y mujeres, y estos eran dos: uno que estriba en la filiación humana o divina, o sea, la superioridad por nacimiento; otro que estriba en la organización de las actividades productivas y reproductivas de la sociedad, o sea, el poder de la riqueza. Los sistemas que claramente defendían ambos títulos para gobernar consideraban lógica la corrupción política, es decir, que los funcionarios públicos u otras autoridades públicas gobernaran en beneficio propio.


El liberalismo cuestionó el primero y la democracia el segundo. Otra cosa es si esto es real o seguimos gobernados por los superiores por nacimiento y los que tienen el poder de la riqueza bajo la apariencia del gobierno del pueblo. Esa reflexión será objeto de otro momento.

En España se dispuso de gobiernos liberales desde la muerte del último monarca absoluto, Fernando VII, en 1833 (con el antecedente de la Constitución de 1812 y el Trienio Liberal de 1820-23). Con soberanías nacionales y sufragios censitarios o elecciones manipuladas a través del encasillado y el caciquismo, el poder de la riqueza, de los propietarios, encumbró la corrupción como un elemento propio de la idiosincrasia del siglo XIX, exceptuando el breve intento del Sexenio Revolucionario (1868-1874) que fracasó de manera estrepitosa con la Iª República. La oligarquía controló férreamente el poder y gobernó para los amigos políticos que pedían favores a cambio de votos sin ocultarlo y sin ningún pudor o mala conciencia. Así, los políticos de la Restauración (1875-1931) recibían centenares de cartas para que la hija aprobara las oposiciones de maestra, el marido pudiera cambiar de destino militar, se construyeran infraestructuras en un lugar determinado o se favoreciera la venta de acciones de una empresa con problemas. Estas cartas, que he podido consultar en el caso del liberal, y varias veces ministro, Víctor Balaguer, no eran destruidas porque se consideraba algo habitual y no vergonzoso.



De este cambalache quedaba excluida la mayoría de la población que era marginada del poder a través de la manipulación electoral. El gobierno de la oligarquía alcanzó a ser tan desvergonzado en la Restauración, a través del bipartidismo y el turno pacífico, que se fue conformando una respuesta social a través del movimiento obrero de mayoritaria influencia anarquista y una respuesta política que consideró la Republica como la solución a toda esta injusticia en el reparto de la riqueza. Así, tras 56 años (incluyendo la primera Dictadura del siglo XX en España) el sistema de la Restauración fue desplazado del poder.

La IIª República, el primer sistema democrático que, brevemente, conoció España, intentó con poca fortuna acabar con el caciquismo, la oligarquía, la corrupción y la injusticia social. Demasiadas expectativas que pronto se frustraron entre quienes habían confiado en la “Gran Promesa” que se venía levantando desde hacía tiempo con la ilusión de la república. Todo acabó sangrientamente en una guerra civil y 36 años de Franquismo, un sistema totalitario que enseñoreo de nuevo, y con mucha más facilidad, el poder de la riqueza y la superioridad por nacimiento. La corrupción, desde la arbitrariedad del totalitarismo, volvió a estar vigente hasta la muerte del dictador en 1975.


Cuando se inició la Democracia actual, a partir de las primeras elecciones libres y la Constitución (1977-1978), el patrimonio con el que contábamos en cuanto a la existencia de un sistema democrático que perseguía la corrupción eran los cinco escuálidos años de la IIª República en los que no se logró acabar con ella (ahí están los casos de corrupción del Gobierno Lerroux) pero se condenó. Casi 140 años de existencia de la corrupción generan un comportamiento en la población y en la clase política de laxitud ante esta y de comprensión hacia los listillos/as que la practican. La corrupción está en el ADN de la población española que vota a políticos/as y partidos corruptos. De hecho, todos los partidos que han ganado las últimas elecciones, generales o autonómicas, forman parte de dichos partidos, incluso dentro de los nuevos partidos hay otros, me refiero a Izquierda Unida, que estando en los consejos de administración de las Cajas de Ahorros, no denunciaron lo que estaba ocurriendo en ellas, por no hablar de las famosas tarjetas opacas que utilizaron considerando normal ese premio a su silencio. La corrupción ha contaminado incluso a los sindicatos mayoritarios que continúan ganando las elecciones sindicales.



Si continuamos pensando que la corrupción es cosa de cuatro políticos/as que están en el poder y que con retirarlos de los partidos y del poder político se soluciona todo, estaremos prolongando un mal endémico que tiene difícil solución. La regeneración tiene que venir de abajo a arriba, empezando, por ejemplo, por no avalar a quien practica la corrupción, sean los partidos, el vecindario, las consultas médicas sin factura, las chapuzas sin IVA o los/las colegas del trabajo. También es factible una subversión colectiva del orden establecido cotidiano que corté nuestras contribuciones al Estado mientras se mantenga la corrupción (en especial el sistémico fraude fiscal de los y las poseedoras de la riqueza).

sábado, 13 de febrero de 2016

LITERATURA Y TOTALITARISMO

Como suele suceder a veces, las lecturas se encadenan sin tener un plan prefijado pero van encajando como un puzle y van alcanzando una dimensión que nos permite trascender la mera lectura de novelas aisladas. En un periodo de tiempo muy breve he leído dos novelas y un artículo de un autor del que, hace poco tiempo, había leído también una novela. Las dos novelas son la de Emmanuel Carrère y su novela Limónov y la de Svetlana Aleksiévich y su obra El fin del “Homo sovieticus”. El artículo es una entrevista con Yan Lianke del que había leído El sueño de la aldea Ding.


Las novelas de Carrère y de Aleksiévich  son “novelas sin ficción”, los protagonistas son reales, lo que explican y lo que investiga el autor/a también y quienes lo escriben se introducen en la obra, involucrándose y huyendo del papel de narradores ajenos a los hechos. Incluyen sus propias reflexiones, experiencias y vidas porque, lo que intentan construir con sus obras, es una visión del ser humano en determinadas circunstancias históricas.

Entre los muchos temas tratados en estas obras se encuentra la propia literatura en los sistemas totalitarios de “socialismo real” de la URSS y China. La existencia de la literatura oficial y la literatura  disidente aparecen como un tema que muestra la falta de libertad en dichos países. Carrère añade también la existencia de lo que denomina  literatura underground.

Escribe Emmanuel Carrère en Limónov, que en la URSS existía una literatura oficial formada por los “ingenieros del alma”, como los denominó Stalin, que eran los escritores realistas-socialistas que tenían su reflejo en todas las artes, ya fuera la arquitectura, la pintura, la escultura o el cine. Quienes eran fieles a la línea marcada por el partido tenían compensaciones económicas (apartamentos, dachas, acceso a tiendas, etc.) y sociales (sus libros tenían tiradas de miles de ejemplares y eran glorificados por el régimen), pero según señala Carrère no tenían amor propio ni honestidad:
Si no estaban completamente embrutecidos o no eran unos cínicos, los escritores oficiales se avergonzaban de lo que hacían, de lo que eran. Se avergonzaban de escribir en Prevda grandes artículos denunciando a Pasternak en 1957, a Brodsky en 1964, a Siniavski y Dániel en 1966, a Solzhenitsyn en 1969, siendo así que en el secreto de su corazón los envidiaban (92).


Esa envidia hacia los disidentes es de la que habla Svetlana Aleksiévich en su obra El fin del “Homo sovieticus”, cuando afirma que en la época soviética las palabras tenían un valor sagrado, mágico:
Por inercia, los intelectuales continuaban hablado de Pasternak en las cocinas y preparaban la sopa sin soltar los libros de Astafiev o Bikov (38).
Las cocinas, únicos espacios en el que el “Homo sovieticus” hablaba con cierta libertad cuando la libertad de expresión era una quimera, esos lugares en los que también los escritores underground, los fracasados, se calentaban entre ellos, afirma Carrère, y donde…
(…) parloteaban noches enteras, entre el samizdat que circulaba de mano en mano y el samagonka que bebían, el vodka casero que se fabrica en la bañera con azúcar y alcohol de farmacia (93).
La literatura underground estaba formada por la grisura de los que no eran héroes, es decir, disidentes, ni colaboraban con el régimen constituyendo la literatura oficial. La gente del underground consideraba que un artista auténtico solo podía ser un fracasado en un sistema totalitario como el soviético o el chino o el de cualquier otro país totalitario, de tal modo que:
Pintar significaba ganarse la vida  como vigilante nocturno. Ser poeta, retirar la nieve con una pala delante de la editorial a la que jamás de los jamases le enseñaría sus poemas, y cuando el director, al apearse de su Volga, te veía con la pala en el patio, era él el que se sentía vagamente humillado. Llevaban una mierda de vida, pero no habían traicionado (93)
Por tanto, para la mayoría de los escritores y escritoras soviéticas solo cabía elegir, si querían hacer su trabajo con libertad, entre ser héroes y declarar su disidencia, con el consiguiente peligro de ser internados en los gulag o caer en el fracaso de la grisura de la literatura underground.


Yan Lianke en El sueño de la aldea Ding describía también un hecho real que mostraba el descontrol del capitalismo que se está desarrollando en China desde una economía planificada. China es el primer país del mundo que siendo una economía socialista está desarrollando un capitalismo permitido por un régimen totalitario controlado por el Partido Comunista. La novela trata del enriquecimiento de unos pocos a costa de la gran mayoría, la esencia del capitalismo bajo el amparo del todopoderoso Estado chino. Un mundo que las autoridades chinas no desean que trascienda a la literatura.

Las preocupaciones de Lianke pasan por esquivar la censura, conservar su puesto de profesor en la Universidad que puede desaparecer en cualquier momento y escribir desde la autenticidad y la libertad utilizando recursos literarios que le permitan no acabar siendo prohibido del todo y que su obra no sea editada. Entra, pues, en la literatura de la disidencia que hoy por hoy no supone ser internado en la prisión pero sí ver prohibidas sus obras. Lianke explica, en la entrevista que salió publicada en el Babelia de El País del 16 de enero pasado, que la publicación de los libros en China son el resultado de la censura que aplica el Estado, las limitaciones de los editores y la autocensura del propio autor. Para el autor chino la literatura oficial, constituida por autores y editores que viven muy bien, e incluso se han constituido como un grupo de interés, sirve de parapeto para las aventuras de disidencia o denuncia. Tanto es así que Lianke habla de sí mismo como escritor discapacitado por la censura, que tienen que hacer esfuerzos para sobrevivir en las rendijas de la literatura.
Un escritor así debe saber mantener la distancia para poder ver bien y no dejarse influir por lo que yo llamo la “sociedad caliente”, los sicofantes y los círculos de poder que alaban sin parar la bandera, la patria, el emperador.
Para muchos escritores/as, la libertad es prescindible y, por ello, se doblegan a las directrices del poder del Estado para mantenerse en el ámbito seguro de los privilegios. Para transigir siempre hay múltiples razones que justifican el uso de la autocensura en sus obras quedándose en lo que cuenta el Estado sin profundizar en lo oculto.


Pero ¿qué valor tiene una literatura que solo ve lo que cuenta el poder y ya es oficial, en lugar de rastrear lo que está oculto, lo modificado y lo disimulado de la realidad y de la historia? La respuesta la tienen los miles de escritores/as que disintieron, que fueron conducidos a la zona gris del fracaso, que fueron (y son) desprestigiados y vituperados por la máquina poderosa del Estado totalitario.

miércoles, 3 de febrero de 2016

MUJERES LIBRES/LIBERTARIAS EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA


A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañer[a] del alma, compañer[a].

MIGUEL HERNÁNDEZ. Elegía a Ramón Sijé
DEDICADO A CRISTINA

Este artículo, aparecido en LIBRE PENSAMIENTO nº 84, contiene lagunas que me hubiera gustado rellenar pero que no ha sido posible por el poco tiempo disponible. Pese a ello ha servido para recuperar la memoria (qué frágil es pese al valor que le otorgamos en la historia), compartir recuerdos, buscar papeles y periódicos y asumir un reto mucho mayor, completar esas lagunas en el futuro inmediato para evitar que nuestro rastro se vuelva a perder en el olvido como ocurrió durante el franquismo.


Orígenes del feminismo anarquista. Mujeres Libres.
“Mujeres Libres”, la organización histórica, nació de la confluencia de diversas ideas y movimientos que la precedieron y que justifican su existencia desde el siglo XIX. La más alejada en el tiempo sería la tradición del obrerismo francés de  utópicas y visionarias[1] vinculadas al saintsimonianismo y al fourerismo que buscaron proyectos alternativos de vida y cuestionaron las restricciones sociales impuestas. El movimiento librepensador, creado y potenciado por la masonería, el republicanismo, el espiritismo y el anarquismo,  fue otra influencia a destacar, junto con el Neomalthusianismo que planteó la limitación de la natalidad mediante el uso de anticonceptivos y la venta de preservativos, para disfrutar plenamente de una sexualidad entendida como una fuerza básica de la vida y un componente importante de la salud psíquica y social. Por último, la teoría anarquista, que siempre se caracterizó por considerar la dominación y las relaciones de autoridad como la fuente de los males sociales, ejerció una notable influencia.
La defensa de la emancipación femenina, la libertad, la igualdad de los sexos y el amor libre, influyeron en la construcción de una genealogía de mujeres que en España desarrolló el feminismo anarquista. Guillermina Rojas  clamó en un mitin en Madrid (1871) contra la familia. La internacionalista Vicenta Durán, las librepensadoras Amalia Carvia y Belén Sárraga y las anarquistas Teresa Claramunt y Teresa Mañé, fueron  los eslabones que enlazaron con la generación que, durante los años treinta, hizo posible “Mujeres Libres”: Mercedes Comaposada, Soledad Estorach, Lola Iturbe, Amparo Poch y Lucía Sánchez Saornil entre otras muchas[2]. Dentro de esta genealogía, algunas mujeres que actuaron como auténticas pioneras configuraron el feminismo obrerista de base ácrata debatiendo alrededor de la autonomía, o no, de los organismos exclusivamente femeninos. Entre ellas  Teresa Claramunt y Teresa Mañé sentaron las bases ideológicas de este feminismo.
Los primeros pasos para la formación de “Mujeres Libres” se dieron en ciudades industriales de Cataluña antes de acabar la Dictadura de Primo de Rivera. Posteriormente se creó en Barcelona, en 1934, el “Grupo Cultural Femenino” cuyo objetivo era fomentar la solidaridad entre las mujeres y adoptar un papel más activo en los sindicatos y en el Movimiento Libertario. En Madrid emprendieron una tarea similar, así nació “Mujeres Libres”.
No fue hasta principios de 1936 cuando los dos grupos supieron de la existencia del otro y empezaron a reunirse conjuntamente, enseguida se planteó la posibilidad de fundar una revista del mismo nombre y Lucía Sánchez,  Mercedes Comaposada y Amparo Poch serán las grandes animadoras de la idea. El primer número de Mujeres Libres fue publicado el 20 de mayo de 1936 y el objetivo de la revista era “despertar la conciencia femenina hacia las ideas libertarias”[3].
“Mujeres Libres” estaba ligada al resto del Movimiento Libertario puesto que aceptaba el sindicalismo revolucionario y los postulados anarquistas. Sus fundamentos feministas enlazaban con las pautas marcadas por las pioneras, desarrollando el concepto de “humanismo integral” para buscar el equilibrio entre lo masculino y lo femenino. La dependencia económica respecto a los hombres y las carencias educativas eran señaladas como las causas de la infravaloración de las mujeres y su falta de autoestima, de ahí que el acceso al trabajo (manual o intelectual) y la educación por la capacitación continuaran siendo elementos claves en “Mujeres Libres”. Por último, insistieron mucho en la necesidad de que la igualdad entre ambos sexos se diera en el ámbito de las relaciones personales e íntimas.
Defendieron su autonomía dentro del movimiento anarquista y no acataron las directrices de supeditación de su causa al programa revolucionario de transformación anarquista, esto les permitió definir sus propios objetivos en los programas de organización y capacitación y concentrarse en ellos a pesar de las exigencias de la situación bélica. Esto no significa  que las realidades de la guerra no afectasen al programa de “Mujeres Libres”, pero la autonomía les protegió del control que, las organizaciones del Movimiento Libertario, intentaron ejercer sobre esta organización.
Las pioneras, por tanto, sentaron las bases del feminismo anarquista y abrieron dos vías organizativas: la de la autonomía del feminismo o la de su inclusión en el movimiento libertario general. La creación de una organización autónoma la  desarrolló plenamente “Mujeres Libres” en el contexto de la IIª República y la Guerra Civil. El resultado del conflicto bélico y el exilio posterior cortó de raíz esta evolución y los pasos  dados en el camino de la emancipación femenina quedaron detenidos violentamente por la dictadura franquista.


Franquismo, Transición y Feminismo.
El nuevo régimen político liderado por el general Franco supuso la vuelta al sistema de valores tradicionales patriarcales y la pérdida de derechos legales logrados durante la II República. La mujer debía volver a estar sometida al hombre y, en el espacio privado, dedicada a la maternidad y a las tareas domésticas. Esta mentalidad subsistió a lo largo de la dictadura y se reflejó en medidas legales (desaparición del divorcio y del uso de anticonceptivos; la mujer debía obediencia al marido y, como si de una menor de edad se tratara, representada por él; el adulterio se castigaba si era cometido por la mujer, etc.), medidas educativas (prohibición de la coeducación y enseñanza diferenciada para niñas y adolescentes) y medidas laborales (sueldo inferior al de los hombres, podían ser despedidas al casarse o tener criaturas).
A partir de los años sesenta se produjeron algunos avances legislativos para las mujeres solteras y se permitió la coeducación. Pronto aparecieron las primeras organizaciones feministas que se reunieron en 1965 en la I Asamblea General de Mujeres, formándose el Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), las asociaciones de Amas de Casa (1969), también a finales de los años sesenta, el Frente de Liberación de la Mujer (FLM), y, en 1973, se formó la Asociación Española de Mujeres Separadas. Las mujeres que perdieron el miedo a incorporarse a la lucha feminista, que acostumbraba a ir unida con la lucha contra el franquismo, enseguida dieron mucha relevancia a disociar sexualidad de maternidad y las primeras “píldoras” anticonceptivas empezaron a circular entre las mujeres más conscientes. El primer centro de planificación familiar apareció en 1974 en Madrid.
Pocos días después de la muerte de Franco se celebraron las primeras Jornadas por la Liberación de la Mujer (5-8 de diciembre de 1975) y tres meses después las primeras Jornades Catalanes de la Dona (27-30 de marzo de 1976). En este primer año de la Transición, que concluyó con la aprobación en referéndum de la Ley por la Reforma Política de Adolfo Suárez, las movilizaciones feministas se centraron en la autoinculpación por adulterio a raíz de algunos juicios contra mujeres denunciadas por sus parejas, la despenalización de los anticonceptivos (lograda en 1978) y la puesta en marcha de centros de planificación.
El movimiento feminista, como ocurrió en otros sectores sociales, se dividió en cuanto a la recomendación de voto, cuando se convocó el referéndum sobre la Constitución, en cuya redacción no hubo ninguna mujer. La Constitución puso en marcha un cambio legislativo de gran envergadura respecto a la igualdad jurídica entre hombres y mujeres que se fue desarrollando, en gran parte, durante la Transición, en la que las mujeres se movilizaron con entusiasmo para exigir cambios siempre más profundos de los que propiciaba el poder político.
Entre los temas que generaron, y generan, más movilización feminista estuvo el tema del aborto que cobró intensidad como consecuencia del proceso judicial por aborto en Bilbao, en octubre de 1979, conocido como “las once de Bilbao” (diez mujeres y un hombre). Este caso tuvo gran trascendencia para el feminismo en España, puesto que abrió el debate sobre el aborto. Las organizaciones feministas de toda España se movilizaron para apoyar a “las once de Bilbao”. Como sucedió varias veces a lo largo de los años, en octubre de 1979 se suspendió la vista oral del juicio. En Barcelona, Valencia, Sevilla, Canarias, Valladolid, Oviedo, Madrid, Zaragoza y Bilbao hubo numerosas manifestaciones en apoyo a estas mujeres. Así mismo, la Coordinadora Feminista Estatal recogió mil firmas de hombres y mujeres conocidos, autoinculpándose. El proceso concluyó en 1983 con la absolución y la aprobación de la primera Ley de aborto.
La primera sentencia de divorcio se dictó en septiembre de 1981, pese a las presiones de la Iglesia católica y del Opus Dei, y ese mismo año se produjo también la reforma del Derecho de Familia.


Mujeres Libres/Libertarias en la Transición.
En este proceso político de la Transición democrática se insertó la aparición de los grupos de Mujeres Libres/Libertarias. A principios de 1976 fue publicado el libro de Mary Nash, Mujeres Libres: España 1936-1939[4], para muchas mujeres libertarias fue una verdadera revelación puesto que nada sabían de la existencia de dicha organización. Pronto se supo que existía aun un organismo, "Mujeres Libres en el Exilio", que se mantenía con el impulso de Sara Berenguer, Suceso Portales  y Mary Stevenson, editaban además una revista desde 1972. Cuando empezó la Transición, vino Sara Berenguer a Barcelona con el material que tenían para entregarlo a “Mujeres Libres” de Barcelona. Berenguer, acompañada de Antonina Rodrigo, salió con la convicción de  que aquellas jóvenes no habían mostrado gran interés en el legado que les traían. 
El contacto con  mujeres vinculadas a la organización histórica, como Sara, Matilde Escuder (compañera de Félix Carrasquer), Concha Liaño y otras que vivían mayoritariamente en el exilio, poco a poco se fue produciendo y su testimonio fue un aliento vital para las jóvenes que “transitaban” entre las aguas torrenciales de la Transición.
En la primavera de ese mismo año, el Sindicato de Sanidad de CNT de Zaragoza publicó un folleto titulado: “Métodos anticonceptivos y aborto” que era una recopilación de notas de  libros escritos por mujeres canadienses, californianas, inglesas y la aportación de médicas/os españolas. El referente de este folleto era el libro del Colectivo del Libro de Salud de las Mujeres de Boston, Nuestros cuerpos, nuestras vidas, publicado en 1971 y que no tuvo versión española hasta 1982[5]. En este folleto del Sindicato de Sanidad zaragozano se reivindicaba abiertamente el derecho al placer sexual y el condicionante que suponía el embarazo en unas relaciones sexuales libres, por ello se ponía al servicio de la población, especialmente femenina, la información sobre anticonceptivos y aborto que continuaban castigados  por el Código Penal. En el Sindicato de Sanidad militaban un grupo de mujeres que constituyó el núcleo inicial de Mujeres Libertarias de Zaragoza en 1979/1980.
En 1976 se formaron los primeros núcleos de mujeres dentro del movimiento libertario y, en noviembre, se hizo llegar, a las redacciones de los periódicos para su difusión, un manifiesto que se titulaba “Qué es Mujeres Libres”[6]. En este manifiesto se explicaba que dicha organización volvía a la actividad con la aparición de un grupo de mujeres libertarias que deseaban continuar, actualizar y ampliar la labor de promoción y emancipación que habían llevado a cabo Mujeres Libres hasta el fin de la guerra civil española. Quedaba claro que el objetivo era doble, la emancipación femenina y la de la clase trabajadora, ya que se tenía que transformar todo el conjunto de la estructura económico-social y política.
La doble denominación Mujeres Libres/Mujeres Libertarias procede de diversas reflexiones, entre ellas de la idea de buscar una diferenciación con la organización histórica porque, según el testimonio de Rosalía Molina de Barcelona, “entendíamos que el peso que habían tenido Mujeres Libres, igual nosotras no podíamos representarlo y decidimos que nos denominaríamos Dones Llibertàries”[7]. También en Zaragoza la denominación adoptada fue esta última y fue la que se utilizó mayoritariamente en los años ochenta. De todas formas, la denominación de “Mujeres Libres” fue utilizada en Cataluña por muchos grupos de vida efímera, en general, que se formaron en diversas localidades.
La organización barcelonesa, muy vinculada a la temprana actividad de los múltiples Ateneos que aparecieron, participó, presentando algunas ponencias, en las Jornadas Libertarias Internacionales celebradas entre el 22 y el 25 de julio de 1977. Desde la aparición de estos grupos de mujeres en Barcelona, hubo mucho debate respecto a vincularse a CNT, y posteriormente también a CGT, o mantenerse independientes de la organización sindical y formar parte de los Ateneos, un debate que no era nuevo puesto que había estado presente antes de la guerra civil.
En mayo de 1977 se creó la revista Mujeres Libres (II Época), la revista se editaba en Barcelona y se distribuía a toda España, aunque estaba dirigida por mujeres, los hombres podían escribir en ella ya que “no se puede decir que sea una revista feminista en el sentido limitado de la palabra” (Dones Llibertàries-CNT, 1985: 288). Este cuidado en no autoafirmarse como feministas, término que se asociaba aún a la participación política a través del voto y a un planteamiento de lucha contra el hombre, fue una constante en esta primera etapa, en parte por propia convicción y en parte por las suspicacias que generaba el feminismo entre los compañeros de la CNT.
En 1978 se creó en Barcelona un Ateneo Cultural de la Mujer por considerarlo una herramienta organizativa útil en el que crear ese espacio de confianza que permitiera a las mujeres encontrar “un lugar cálido y acogedor donde podamos descansar de los atropellos y agresiones de que somos víctimas en el trabajo, en la calle, en la casa… y un lugar de reflexión donde las mujeres hablen entre sí” (Dones Llibertàries-CNT, 1985: 288). El Ateneo tendría también una función educativa en una doble dimensión: educar y formar a las mujeres, por un lado, e investigar sobre una cultura propia no influida por los estereotipos de género
En el libro que escribió Anabel González, El feminismo en España, hoy[8], editado en 1979, consta en el apéndice un listado de organizaciones feministas del Estado español en el que  aparecen dos grupos: Mujeres Libres de Barcelona (con una dirección, Cardenal Casañas, 5, y un teléfono) y Mujeres Libres de Valencia con dos direcciones (Jabeque 1 y Castellón 10), un teléfono y dos nombres: Lola Seres y Mili Soriano).
En julio de 1981 a raíz de la celebración de las Jornadas  Internacionales Feministas que se celebraron en Sevilla, “un grupo de mujeres de la CNT de Zaragoza” (Dones Llibertàries-CNT, 1985: 290), en realidad “Mujeres Libertarias”, planteó la necesidad de agruparse para luchar por una alternativa feminista desde la perspectiva libertaria. Se acordó comunicarlo al resto de compañeras de la CNT y convocar una reunión de ámbito estatal para debatir unos puntos mínimos y empezar a trabajar. De este I Encuentro, que posiblemente se celebró en 1982, surgieron colectivos de mujeres libertarias en Zaragoza, Barcelona, Valencia, Sevilla y Madrid. Los grupos que se coordinaron asiduamente, según varios testimonios, fueron los grupos de Zaragoza, Madrid, Barcelona, Granada y Valencia. Esta localización geográfica es confirmada en la ponencia que elaboró “Mujeres Libertarias” de Zaragoza al X Congreso Confederal (1987) donde habla de estos cinco grupos (aunque Valencia ya no estaba activo)[9]. El primer número de la revista Mujeres Libertarias, que editaba el colectivo de Mujeres Libertarias de Madrid, a partir de 1987, recogía la existencia de nueve grupos: Zaragoza, Sevilla, Valencia, Granada, Alicante, Burgos, Barcelona, Málaga y Madrid. En este número se recogía la celebración del III Encuentro, celebrado en Madrid en enero de 1986, y se acordó celebrar el IV Encuentro en Burgos[10].
Mujeres Libres/Libertarias se definió como una organización autónoma con planteamientos libertarios, abierta a todas las mujeres. Bien es cierto que dentro de esta concepción encontramos dos variantes: por un lado quienes consideraban este organismo femenino como una organización separada de CNT aunque con una relación privilegiada con ella o cualquier otro organismo libertario (ateneos u otros colectivos); y por otro lado existía la concepción de que era necesario construir CNT como un organismo autónomo en el que cupieran no solo sindicatos sino también grupos feministas, ecologistas, antimilitaristas y otros. Esta concepción global del sindicato solo se desarrolló en la Federación Local de Zaragoza y aparece propuesta por última vez en el X Congreso Confederal (1987) donde fue rechazada.
Cuando estos grupos definieron sus objetivos desarrollaron, en general, planteamientos humanistas, en el sentido de que no se buscaba solo la emancipación femenina sino la de la persona y que, por tanto, hombres y mujeres tenían que intervenir en la lucha por la emancipación femenina en completa igualdad. Este planteamiento dio lugar a debates largos y estériles sobre si estos grupos eran solo de mujeres o los hombres podían participar igual que las mujeres en ellos. Aunque una parte importante de las mujeres defendían que fueran exclusivamente femeninos, llego a aprobarse que estuvieran abiertos a los hombres. El resultado final fue que ellos no aparecían, o muy poco, por las reuniones y de ahí la esterilidad del debate. En 1987, de los cinco grupos mencionados que se reunían y coordinaban con asiduidad, Madrid y Barcelona eran mixtos. En Barcelona el grupo estaba dentro de la Secretaría de Acción Social, en Granada estaba federado a CNT, en Madrid y Valencia eran autónomos como una rama más del Movimiento Libertario y en Zaragoza era “un grupo autónomo de mujeres dentro de la estructura de la organización de sindicatos en igualdad de condiciones”, aunque no admitidas en la organización a nivel estatal[11].
Resulta interesante recordar que los argumentos que se esgrimían en aquel momento para que el grupo fuera exclusivamente femenino hacían referencia a la importancia de crear un clima de confianza para que todas las mujeres participaran y hablaran con tranquilidad. Presentíamos que aquellas reuniones eran diferentes a cualesquiera otras puesto que en ellas se hablaba de aspectos íntimos, como las relaciones sexuales o las relaciones de pareja, que se empezaba a comprender que estaban en la esencia de la opresión femenina pero de las que no era fácil hablar delante de los hombres (algunos de ellos compañeros de vida de las mujeres de los grupos). En efecto, para muchas mujeres las discusiones y el contacto entre ellas hizo cambiar la dinámica de sus vidas.
El famoso lema del feminismo de la segunda oleada feminista (la primera la constituyó la lucha por la igualdad legal en el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX): lo personal es político, llegó a las reuniones de Mujeres Libres/Libertarias con el retraso que imprimió el franquismo a todos los movimientos sociales y al desarrollo de las nuevas ideas que procedían en parte de los movimientos de protesta de 1968.
Las reivindicaciones y luchas para perseguir la tan ansiada emancipación femenina se plantearon alrededor de tres ámbitos, el económico-jurídico (código penal, laboral, condiciones y oportunidades de trabajo, etc.), el de las normas y los roles de género que limitaban el desarrollo de la mujer como persona (mujer-objeto sexual, mujer-ama de casa, sublimación de la maternidad, etc.), y, por último, el de las relaciones personales (sexualidad, aborto, anticonceptivos, relaciones de pareja, etc.).


Mujeres Libres/Libertarias se decantó durante estos años de la Transición por la creación de una organización que fuera una fuerza femenina consciente centrada en la lucha contra los estereotipos de género para acabar con las dependencias respecto al hombre. Se rechazaba explícitamente la fórmula que muchos partidos estaban construyendo, durante la Transición, de crear “secciones femeninas” que eran vistas como mecanismos de dependencia del partido y de dirigismo y manipulación respecto a los objetivos feministas.
Se dio mucha importancia a la autonomía tanto económica como personal, hoy lo llamaríamos empoderamiento femenino, para que cada mujer, de forma solidaria, fuera capaz de emprender las tareas de transformación económica y social donde se tendría que encontrar, necesariamente, con los hombres. Las mujeres, por su necesidad de romper con los roles de género que la sociedad le adjudicaba, necesitaba inventar una especie de nueva mujer, de nueva persona, por tanto la idea de una revolución interior sobrevolaba las interminables reuniones donde se tenía muy claro lo que no se deseaba pero costaba más vislumbrar lo que se quería, esa nueva mujer. Y naturalmente siempre estaba presente en el horizonte el objetivo de que la emancipación no podía ser parcial sino que estaba vinculada a una transformación profunda de las estructuras económicas y sociales. Los organismos de mujeres se consideraban libertarios por su rechazo explícito a la autoridad, no a la sociedad, y por ello daban una gran importancia a la libertad. La explotación no afectaba solo a la producción sino que existían también diferencias marcadas por el acceso a la educación, la cultura y los diferentes grados de libertad. Esa importancia central, en el proyecto de emancipación, de la cultura y la educación, era muy característico del mundo libertario y de los grupos de mujeres.
La rebelión implicaba la subversión de los valores más profundos y enraizados en cada persona, eliminando los prejuicios basados en la cultura capitalista, patriarcal y machista.
Partiendo de estos principios generales se fueron concretando reivindicaciones a corto y largo plazo en el aspecto laboral (tanto reivindicaciones concretas de mejora en el trabajo asalariado como en el trabajo de las amas de casa, las empleadas del hogar, el trabajo sumergido, etc.), en el aspecto jurídico (igualdad legal entre ambos sexos, derecho al aborto y a los anticonceptivos, etc.) y en el aspecto social (educación y cultura libres e igualitarias, antimilitarismo y defensa del ecologismo).
En la práctica, estos planteamientos supusieron un intenso activismo de los grupos de Mujeres Libres/Libertarias en el apoyo a luchas de mujeres trabajadoras (en Barcelona elaboraron sendos folletos titulados “Hablan las mujeres de Roca”, y lo mismo de Induyco, en apoyo y colaboración con huelgas en estas fábricas), la petición de amnistía para las presas que estaban en cárceles como la de la Trinidad en Barcelona, campañas contra los juguetes bélicos, campañas en favor de la despenalización del aborto y la legalización de los anticonceptivos, etc.
En base a estos, y otros centros de interés, se elaboraron dosieres  sobre sexualidad, trabajo, prostitución, educación, recuperación de la memoria histórica, el papel de la mujer en la historia, etc. Alrededor de estos dosieres se producía un rico debate ideológico pero muy pegado a la piel de la cotidianidad personal por lo que no siempre fueron intelectualmente muy ricos, pero ayudaron a ir construyendo una mirada desde el mundo de la mujer, habitualmente postergado, también en la CNT.
Se mantuvo una importante tarea de coordinación y de desarrollo de sinergias con los otros grupos de Mujeres Libres/Libertarios a nivel estatal, llegándose a celebrar, hasta 1986, dos Jornadas (o Encuentros) de Mujeres Libertarias. Se integraron también en las Coordinadoras Feministas en las diversas localidades en que existieron estos grupos para trabajar conjuntamente con otros grupos feministas en los aspectos en los que podían confluir.
Pese a la vitalidad de estos grupos nunca agruparon a muchas mujeres y diversas circunstancias acabaron provocando una cierta decadencia e incluso su desaparición. El factor externo fue importante en la desintegración de estos grupos, la desilusión de la Transición y la integración de una parte importante del feminismo en las instituciones por un lado, unido a las polémicas y enfrentamientos dentro de la CNT (en 1979 se produjo el V Congreso en Madrid y la ruptura de la organización, produciéndose una nueva escisión en 1983 dentro de la CNT) por otro lado. La manera de vincularse a las organizaciones sindicales, CNT o CGT, no fue bien aceptado por una parte de las integrantes de estos grupos y, por supuesto, también hubo problemas internos, incluso personales, que deterioraron su supervivencia.
Se podría hablar de si hoy hay una segunda transición en el feminismo español y de la existencia en la actualidad de grupos feministas libertarios, pero esto superaría la ya larga extensión de este artículo. En todo caso el feminismo anarquista/ libertario no ha desaparecido y existen grupos de mujeres (Madrid, Alicante, Valencia, Bilbao, Almería, Ubeda, Asturias) y algunos de mujeres y hombres (Baleares, Barcelona y Valladolid) en, o en torno a, la Secretaria de la mujer de CGT, otros grupos vinculados a CNT y, por último, a diversos grupos no vinculados con las dos organizaciones anarcosindicalistas.






[1] Esta denominación es de NASH, Mary (2004), Mujeres en el mundo. Historia, retos y movimientos. Madrid, Alianza,  p. 85.

[2] Sobre Bakunin y la mujer: VICENTE, Laura (2014), “Mijaíl Bakunin (1914-1876). Mujer, libertad y amor”,  Diagonal, nº 223, 22-05-2014.

[3] Las editoras de Mujeres Libres escribieron una carta a Emma Goldman el 17 de abril de 1936 donde le explicaban estos objetivos. Martha A. Ackelsberg, Mujeres Libres. El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres. Barcelona, Virus, 1999.

[4] Mary Nash (1976): “Mujeres Libres”: España 1936-1939. Tusquets, Barcelona.

[5] Colectivo del libro de Salud de las Mujeres de Boston (1982): Nuestros cuerpos, nuestras vidas. Icaria, Barcelona.
[6] Parte de la información concreta está extraída de una ponencia, elaborada por Dones Llibertàries-CNT: “Feminismo en el movimiento Libertario”, presentada en las Jornadas 10 años de lucha del Movimiento Feminista, Barcelona, 1, 2, 3, Noviembre, 1985
[7] La entrevista con Rosalía Molina de Dones Llibertàries de Barcelona, se realizó el 20 de julio de 2015.
[8] Anabel González (1979): El feminismo en España, hoy. Zero-Zyx, Madrid.
[9] MUJERES LIBERTARIAS CNT-A, “Ponencia elaborada por CNT-Aragón al X Congreso Confederal. Alternativa a la estructura orgánica (punto 4.1 y 9.4 de Aportaciones o modificaciones y de problemática de la mujer). Sin fecha (pero se celebró en junio de 1987).
[10] Colectivo de Mujeres Libertarias de Madrid, Mujeres Libertarias, nº 1, 1987.
[11] MUJERES LIBERTARIAS CNT-A, “Ponencia elaborada por CNT-Aragón al X Congreso Confederal, p. 6.