Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

lunes, 23 de febrero de 2026

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS AUTORITARIAS (II)

 



Pese a nuestro escepticismo y rechazo hacia las democracias liberales, las rebeliones antidemocráticas que crecen a nuestro alrededor suponen un ataque en toda regla a lo político, lo social, el bien público, el igualitarismo y la justicia social en nombre de la libertad y la moralidad tradicional.

El ataque neoliberal tiene como objetivo «lo político» puesto que es lo que sostiene la posibilidad de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Hay una diferencia importante entre «lo político» y «la política», esta segunda se refiere a las instituciones, coincide con los Estados y se identifica con las particularidades del poder político.

«Lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir la política. Wendy Brown dice que es una especie de teatro de deliberaciones, poderes, acciones y valores donde la existencia común es pensada, formada y gobernada. Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y crean un espacio distintivo de sentido para un pueblo, que genera identidad individual y colectiva de cara a otros.

Por todo ello, el neoliberalismo quiere limitar y contener lo político, separándolo de la soberanía, eliminando su forma democrática. Busca limitar y desdemocratizar lo político. Para este fin, los neoliberales han impulsado Estados e instituciones supranacionales despolitizadas, leyes para proteger la economía mundial, modelos de gobernanza basados en principios empresariales, sujetos orientados por el interés y disciplinados por los mercados y la moral. Es decir, potencian la gestión, la ley y la tecnocracia, en contra de la deliberación democrática, la protesta y el reparto de poder.

Nos olvidamos cuando vemos los resultados de los partidos de extrema derecha que crecen, aparentemente, sin hacer nada, que llevamos varias décadas de hostilidad contra lo político y que esa aversión ha generado, en poblaciones neoliberalizadas con un individualismo extremo, desorientación respecto a la diferencia que existe entre las democracias liberales y los sistemas totalitarios.

El neoliberalismo trata de desacreditar las democracias desvinculandolas de los estándares de veracidad, de lo razonable, de la responsabilidad y de la solución de los problemas a través de la comprensión y negociación de las diferencias. En combinación con el declive de la calidad de vida en el Norte Global, rasgo predecible de la globalización neoliberal, y con un futuro existencialmente amenazado, el ataque de la ira populista contra la democracia crece. Ese camino conduce a un sistema híbrido llamado «democracia autoritaria» o «iliberalismo», que funciona en la práctica como una autocracia. Aunque mantiene fachadas electorales, concentra el poder en líderes que restringen libertades, debilitan contrapesos institucionales y utilizan el Estado para perpetuarse, anulando la alternancia política. Esta es la peligrosa deriva que Trump está llevando a cabo en Estados Unidos.

Todos los planteamientos neoliberales, cuyos intelectuales tienen algunas diferencias (Milton Friedman, Friedrich Hayek, los ordoliberales cercanos a Carl Schmitt entre otros), coinciden sin embargo en algunos aspectos:

1.     Perciben las libertades individuales y los mercados, junto con la moralidad tradicional, como amenazados por los intereses y los poderes coercitivos y arbitrarios albergados en lo político.

2.     Todos cuestionan que lo político genere intereses que puedan distorsionar los mercados: las mayorías democráticas, los pobres, las mujeres, las personas racializadas o quienes promueven nociones como el bien común son algunos ejemplos.

3.     Se oponen al diseño político de la sociedad y, por tanto, a las políticas y los bienes públicos. Para ello tratan de contener los poderes políticos sometiendo a la política a coordenadas y medidas económicas y ponerla bajo el yugo del mercado.

Lo político, o lo que algunas denominan «democracia fuerte», es decir, movimientos sociales, democracia directa e incluso demandas democráticas al Estado, es marcado por el neoliberalismo como totalitarismo, fascismo o gobierno de las mafias. No pretenden, sin embargo, un Estado débil, sino que lo que buscan es un Estado unificado y fuerte, austero, no soberano y al margen de los compromisos pluralistas y las demandas de la población. El neoliberalismo teme a los sectores pobres y las clases trabajadoras que están interesadas en un Estado social. Las posibilidades para evitar su fuerza son privarles o dificultarles el derecho a voto o engañarles recurriendo a los privilegios y poderes apelando a la libertad antes que a la igualdad. Ingenuamente habíamos pensado en el pasado que los sectores populares se movilizaban siempre en contra de los privilegios y estamos viendo que en el siglo XXI, en momentos de deterioro de su situación económica y social, pueden movilizarse por defender lo que consideran privilegios: la blanquitud frente a la población racializada, la masculinidad frente a las mujeres, la nacionalidad frente a la población migrante, la heterosexualidad frente a la diversidad, etc.

Los efectos de la globalización que han incrementado las desigualdades y la inseguridad se han configurado como las bases de los populismos de derecha y de la demagogia política en el poder. La extrema derecha está sabiendo canalizar un descontento social que crece (salarios bajos, vivienda que absorbe gran parte de los ingresos, precios del comer que agravan la situación de los consumidores, dificultad de acceso a las ayudas sociales, etc.) y lo está sabiendo dirigir contra un falso «enemigo»: la migración y contra la clase política tradicional.

La crítica a la democracia y a lo político está enmascarada a través de la libertad individual. Los llamamientos a limitar el poder político en nombre de la libertad, algo en lo que insisten VOX y Ayuso en España, justifica el rechazo del Estado que regula y defiende limitar la voz política del pueblo. Y eso pese a que la famosa Ley Mordaza se muestra intocable por parte del gobierno socialdemócrata, llamado «progresista».

 

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