Pese
a nuestro escepticismo y rechazo hacia las democracias liberales, las rebeliones
antidemocráticas que crecen a nuestro alrededor suponen un ataque en toda regla
a lo político, lo social, el bien público, el igualitarismo y la justicia
social en nombre de la libertad y la moralidad tradicional.
El
ataque neoliberal tiene como objetivo «lo político» puesto que es lo que sostiene
la posibilidad de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Hay una
diferencia importante entre «lo político» y «la política», esta segunda se
refiere a las instituciones, coincide con los Estados y se identifica con las
particularidades del poder político.
«Lo político», es la energía de conflicto de toda
comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta
el orden político, es decir la política. Wendy Brown dice
que es una especie de teatro de deliberaciones, poderes, acciones y
valores donde la existencia común es pensada, formada y gobernada. Los poderes
de «lo político» son generados por la comunidad y crean un espacio distintivo
de sentido para un pueblo, que genera identidad individual y colectiva de cara
a otros.
Por todo ello, el neoliberalismo quiere limitar y
contener lo político, separándolo de la soberanía, eliminando su forma
democrática. Busca limitar y desdemocratizar lo político. Para este fin, los
neoliberales han impulsado Estados e instituciones supranacionales
despolitizadas, leyes para proteger la economía mundial, modelos de gobernanza
basados en principios empresariales, sujetos orientados por el interés y
disciplinados por los mercados y la moral. Es decir, potencian la gestión, la
ley y la tecnocracia, en contra de la deliberación democrática, la protesta y
el reparto de poder.
Nos olvidamos cuando vemos los resultados de los
partidos de extrema derecha que crecen, aparentemente, sin hacer nada, que
llevamos varias décadas de hostilidad contra lo político y que esa aversión ha
generado, en poblaciones neoliberalizadas con un individualismo extremo,
desorientación respecto a la diferencia que existe entre las democracias
liberales y los sistemas totalitarios.
El neoliberalismo trata de desacreditar las democracias
desvinculandolas de los estándares de veracidad, de lo razonable, de la responsabilidad
y de la solución de los problemas a través de la comprensión y negociación de
las diferencias. En combinación con el declive de la calidad de vida en el
Norte Global, rasgo predecible de la globalización neoliberal, y con un futuro
existencialmente amenazado, el ataque de la ira populista contra la democracia
crece. Ese camino conduce a un sistema híbrido llamado «democracia autoritaria»
o «iliberalismo», que funciona en la práctica como una autocracia. Aunque mantiene fachadas electorales,
concentra el poder en líderes que restringen libertades, debilitan contrapesos
institucionales y utilizan el Estado para perpetuarse, anulando la alternancia
política. Esta es la peligrosa deriva que Trump está llevando a cabo en
Estados Unidos.
Todos los
planteamientos neoliberales, cuyos intelectuales tienen algunas diferencias
(Milton Friedman, Friedrich Hayek, los ordoliberales cercanos a Carl Schmitt
entre otros), coinciden sin embargo en algunos aspectos:
1.
Perciben
las libertades individuales y los mercados, junto con la moralidad tradicional,
como amenazados por los intereses y los poderes coercitivos y arbitrarios
albergados en lo político.
2.
Todos
cuestionan que lo político genere intereses que puedan distorsionar los
mercados: las mayorías democráticas, los pobres, las mujeres, las personas
racializadas o quienes promueven nociones como el bien común son algunos
ejemplos.
3.
Se oponen
al diseño político de la sociedad y, por tanto, a las políticas y los bienes
públicos. Para ello tratan de contener los poderes políticos sometiendo a la
política a coordenadas y medidas económicas y ponerla bajo el yugo del mercado.
Lo político, o lo que
algunas denominan «democracia fuerte», es decir, movimientos sociales,
democracia directa e incluso demandas democráticas al Estado, es marcado por el
neoliberalismo como totalitarismo, fascismo o gobierno de las mafias. No
pretenden, sin embargo, un Estado débil, sino que lo que buscan es un Estado
unificado y fuerte, austero, no soberano y al margen de los compromisos
pluralistas y las demandas de la población. El neoliberalismo teme a los
sectores pobres y las clases trabajadoras que están interesadas en un Estado
social. Las posibilidades para evitar su fuerza son privarles o dificultarles
el derecho a voto o engañarles recurriendo a los privilegios y poderes apelando
a la libertad antes que a la igualdad. Ingenuamente habíamos pensado en el
pasado que los sectores populares se movilizaban siempre en contra de los
privilegios y estamos viendo que en el siglo XXI, en momentos de deterioro de su
situación económica y social, pueden movilizarse por defender lo que consideran
privilegios: la blanquitud frente a la población racializada, la masculinidad
frente a las mujeres, la nacionalidad frente a la población migrante, la
heterosexualidad frente a la diversidad, etc.
Los efectos de la
globalización que han incrementado las desigualdades y la inseguridad se han
configurado como las bases de los populismos de derecha y de la demagogia
política en el poder. La extrema derecha está sabiendo canalizar un descontento
social que crece (salarios bajos, vivienda que absorbe gran parte de los
ingresos, precios del comer que agravan la situación de los consumidores,
dificultad de acceso a las ayudas sociales, etc.) y lo está sabiendo dirigir contra
un falso «enemigo»: la migración y contra la clase política tradicional.
La crítica a la
democracia y a lo político está enmascarada a través de la libertad individual.
Los llamamientos a limitar el poder político en nombre de la libertad, algo en
lo que insisten VOX y Ayuso en España, justifica el rechazo del Estado que regula
y defiende limitar la voz política del pueblo. Y eso pese a que la famosa Ley
Mordaza se muestra intocable por parte del gobierno socialdemócrata, llamado
«progresista».

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