Ugland House. Islas Caiman
Como
decíamos, «lo
político», es la energía de
conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre
las que se asienta el orden político, es decir «la política». Los poderes de «lo político» son generados por
la comunidad y, ante el entramado de estructuras e instituciones de «la
política», conforma la posibilidad de transgredirlas y superarlas. El ámbito de
«lo político» no es el de la solución de problemas, sino el de las preguntas[1]. No obstante, el
neoliberalismo arremete y cuestiona ambos ámbitos porque cuestiona los
fundamentos de la forma política.
Pero
no se queda ahí la cosa, destruir lo político significa desmantelar a la
comunidad, a la sociedad. El neoliberalismo, con su defensa de los milmillonarios,
sueña con escapar del Estado y huir de lo repulsivo que les parece la idea de
lo público. Llevan décadas, como ya hemos dicho anteriormente, practicando
agujeros en el tejido social e impulsando que desertemos de lo colectivo. Para
evitar los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el
gasto en ámbitos como la protección medioambiental, la educación y la sanidad
pública, lo más «práctico» es que no haya democracia.
Toca
reiterar que la democracia liberal nos ha llevado hasta aquí, no es el sistema
a defender, pero el plan del neoliberalismo es una economía de mercado sin
normas, sin reglas, sin límites. Algo que ya practica el capitalismo, con el
visto buenos de dichas democracias, practicando agujeros en el territorio del
Estado nación, creando zonas de excepción con legislaciones diferentes y,
muchas veces, ajenas al control democrático. Por poner un ejemplo, es el caso
del Edifico Ugland House, en las Islas Caimán que es la sede de doce mil
sociedades empresariales. En su momento Barack Obama dijo: «O bien es el
edificio más grande del mundo, o bien es el mayor fraude fiscal del que tenemos
constancia». Era legal, un elemento cotidiano en el sistema financiero global[2].
Pero volvamos al
desmantelamiento de lo social, es decir, al estatuto demonizado de
lo social en la gubernamentalidad neoliberal. El ataque a la sociedad y a la
justicia social es muy típico del proyecto de destrucción y de desprecio del
Estado social en nombre de individuos libres responsabilizados.
Este desmantelamiento de lo social tiene lugar en muchos
frentes. Uno de ellos consiste en negar la existencia de la propia sociedad
como hizo M. Thatcher en 1980 o, simplemente, en banalizar la preocupación de
la sociedad por la desigualdad o por no pagar impuestos las grandes empresas
haciendo referencia a la «política de la envidia» de los pobres a los ricos. La
justicia social, de esta manera, se desafía de la mano de la autoridad natural
de los valores tradicionales. Mientras decrecen las inversiones sociales en
salud, educación, vivienda, cuidado infantil, cuidado a los mayores y seguridad
social, se reasigna a la familia (en especial a las mujeres) la responsabilidad
de sostener a todo tipo de personas dependientes.
Este asalto a la justicia social desafía la igualdad, pone
en la palestra las guerras culturales, convierte la libertad (de los mercados,
de los milmillonarios) en argumento para desafiar y cuestionar otros elementos
como el laicismo, la protección del medio ambiente, de la seguridad del trabajo,
etc. y desorienta a la izquierda que no sabe cómo encarar este desafío. Si no
hay sociedad, sino solo individuos y familias regidos por los mercados, la
desigualdad no tiene el terreno vital de la justicia puesto que es en lo social
donde se viven las sujeciones y las exclusiones, estas se identifican y se
pueden cuestionar. Si solo hay individuos y familias la tentación de pensar que
somos nosotras las culpables de la exclusión es muy fuerte. Cuando el
neoliberalismo hace desaparecer las jerarquías sociales y las reivindicaciones
colectivas, reducen todo a «lloriqueos» de personas fracasadas, a woke.
La libertad sin la sociedad es un puro instrumento del
poder, desprovisto de las preocupaciones por los otros, el mundo o el futuro.
De hecho, aparece la consideración de que es libertad de expresión todo
sentimiento de (pérdida de) privilegio basado en la blanquitud, la masculinidad
o la españolidad/catalanidad/vasquedad (en peligro), a la vez que niega que sea
un producto social. El derecho al privilegio perdido se convierte fácilmente en
rabia «justificada» que a su vez se convierte en la expresión de la libertad.
Afirma
Wendy Brown que es un signo del triunfo de la razón neoliberal el hecho de que
la gramática de lo social, incluyendo su relación con la democracia, haya
desaparecido en gran medida de las visiones de futuro de la izquierda. La
herramienta más poderosa para reemplazar la democracia por los mercados
desregulados es arrancar la libertad de la sociedad y de la política.

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