Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

viernes, 13 de marzo de 2026

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS AUTORITARIAS (III)

 

                                                         Ugland House. Islas Caiman


Como decíamos, «lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir «la política». Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y, ante el entramado de estructuras e instituciones de «la política», conforma la posibilidad de transgredirlas y superarlas. El ámbito de «lo político» no es el de la solución de problemas, sino el de las preguntas[1]. No obstante, el neoliberalismo arremete y cuestiona ambos ámbitos porque cuestiona los fundamentos de la forma política.


Pero no se queda ahí la cosa, destruir lo político significa desmantelar a la comunidad, a la sociedad. El neoliberalismo, con su defensa de los milmillonarios, sueña con escapar del Estado y huir de lo repulsivo que les parece la idea de lo público. Llevan décadas, como ya hemos dicho anteriormente, practicando agujeros en el tejido social e impulsando que desertemos de lo colectivo. Para evitar los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en ámbitos como la protección medioambiental, la educación y la sanidad pública, lo más «práctico» es que no haya democracia.

Toca reiterar que la democracia liberal nos ha llevado hasta aquí, no es el sistema a defender, pero el plan del neoliberalismo es una economía de mercado sin normas, sin reglas, sin límites. Algo que ya practica el capitalismo, con el visto buenos de dichas democracias, practicando agujeros en el territorio del Estado nación, creando zonas de excepción con legislaciones diferentes y, muchas veces, ajenas al control democrático. Por poner un ejemplo, es el caso del Edifico Ugland House, en las Islas Caimán que es la sede de doce mil sociedades empresariales. En su momento Barack Obama dijo: «O bien es el edificio más grande del mundo, o bien es el mayor fraude fiscal del que tenemos constancia». Era legal, un elemento cotidiano en el sistema financiero global[2].

Pero volvamos al desmantelamiento de lo social, es decir, al estatuto demonizado de lo social en la gubernamentalidad neoliberal. El ataque a la sociedad y a la justicia social es muy típico del proyecto de destrucción y de desprecio del Estado social en nombre de individuos libres responsabilizados.

Este desmantelamiento de lo social tiene lugar en muchos frentes. Uno de ellos consiste en negar la existencia de la propia sociedad como hizo M. Thatcher en 1980 o, simplemente, en banalizar la preocupación de la sociedad por la desigualdad o por no pagar impuestos las grandes empresas haciendo referencia a la «política de la envidia» de los pobres a los ricos. La justicia social, de esta manera, se desafía de la mano de la autoridad natural de los valores tradicionales. Mientras decrecen las inversiones sociales en salud, educación, vivienda, cuidado infantil, cuidado a los mayores y seguridad social, se reasigna a la familia (en especial a las mujeres) la responsabilidad de sostener a todo tipo de personas dependientes.

Este asalto a la justicia social desafía la igualdad, pone en la palestra las guerras culturales, convierte la libertad (de los mercados, de los milmillonarios) en argumento para desafiar y cuestionar otros elementos como el laicismo, la protección del medio ambiente, de la seguridad del trabajo, etc. y desorienta a la izquierda que no sabe cómo encarar este desafío. Si no hay sociedad, sino solo individuos y familias regidos por los mercados, la desigualdad no tiene el terreno vital de la justicia puesto que es en lo social donde se viven las sujeciones y las exclusiones, estas se identifican y se pueden cuestionar. Si solo hay individuos y familias la tentación de pensar que somos nosotras las culpables de la exclusión es muy fuerte. Cuando el neoliberalismo hace desaparecer las jerarquías sociales y las reivindicaciones colectivas, reducen todo a «lloriqueos» de personas fracasadas, a woke.

La libertad sin la sociedad es un puro instrumento del poder, desprovisto de las preocupaciones por los otros, el mundo o el futuro. De hecho, aparece la consideración de que es libertad de expresión todo sentimiento de (pérdida de) privilegio basado en la blanquitud, la masculinidad o la españolidad/catalanidad/vasquedad (en peligro), a la vez que niega que sea un producto social. El derecho al privilegio perdido se convierte fácilmente en rabia «justificada» que a su vez se convierte en la expresión de la libertad.

Afirma Wendy Brown que es un signo del triunfo de la razón neoliberal el hecho de que la gramática de lo social, incluyendo su relación con la democracia, haya desaparecido en gran medida de las visiones de futuro de la izquierda. La herramienta más poderosa para reemplazar la democracia por los mercados desregulados es arrancar la libertad de la sociedad y de la política.



[1] Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder, p. 41.

[2] Quinn Slobodian (2023): El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia. Barcelona, Paidós, pp. 15-16

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