Y con esta cuarta entrega concluiremos de momento aunque debemos seguir porque necesitamos comprender lo que está ocurriendo en estos momentos. Esta cuarta entrega aterriza en constataciones que nos pueden ayudar a pensar desde la agencia cómo afrontar este neoliberalismo y sus políticas autoritarias.
Escuchaba
hace poco que los feminismos están en un momento de retroceso respecto al auge
que vivieron durante el periodo anterior a la pandemia del COVID. Como suele
ocurrir, los enfrentamientos internos dentro del movimiento han aportado su
contribución a dicho retroceso, pero hay muchos otros desencadenantes y no es
menor el hecho de que el ataque de las rebeliones antidemocráticas lo son
también contra los feminismos.
No es extraño que la extrema derecha no reconozca la
violencia de género y proponga como alternativa la violencia intrafamiliar. Las
normas patriarcales familiares están incrustadas dentro del autodenominado «bienestar
neoliberal». En la moral tradicional que defiende el neoliberalismo la familia
tiene un papel relevante para proporcionar, a través de las mujeres, los
cuidados familiares. De esta forma arraiga la idea naturalizadora de que la
mujer debe ser la encargada de dichos cuidados abandonando el trabajo
asalariado.
Puesto que la sociedad no existe, el objetivo es desmasificar,
apuntalando a los individuos y a las familias como los que deben proveer las
necesidades humanas desde la libertad. Al neoliberalismo le da igual casi todo
mientras el mercado sea el centro, sin embargo, a la extrema derecha y sus
políticas autoritarias les viene muy bien la moral tradicional para designar a
las familias como sustitutas del Estado social. Las familias serían, por tanto,
las responsables de los embarazos de las adolescentes, los costes de la
educación y la provisión de los cuidados para personas dependientes (infancia,
personas discapacitadas y personas adultas mayores), etc.
La articulación de neoliberalismo y moral tradicional anima las campañas de la extrema derecha. Estas campañas señalan como ataques contra la libertad y la moral toda política social que desafía la reproducción social de las jerarquías de género y sexo. De esta manera queda a salvo el privilegio de la masculinidad que contará con el apoyo incluso de los sectores sociales con menos recursos económicos y que puede explicar en parte el voto, en los barrios populares, a la extrema derecha.
ECUADOR
Los feminismos[1] son un enemigo de primera
fila para la extrema derecha con su defensa de la diversidad sexual, su
concepción de otros modelos de familia, su defensa del igualitarismo, sus
planteamientos sociales, el desvelamiento del racismo, etc. El desmantelamiento
del Estado del bienestar va acompañado de la extensión de la esfera privada
para deslegitimar el concepto de provisión del bienestar social y el proyecto
de democratización de los poderes sociales de clase, raza, género y sexualidad.
La vida cotidiana es mercantilizada en una dirección y familiarizada en otra,
estos procesos cuestionan principios de igualdad, laicismo, pluralismo e
inclusión, y la determinación democrática de un bien común.
Lejos de lo público y lo democrático, la nación aparece de
forma privada y familiarista, y el Estado y su represntante como el paterfamilias.
De esta manera las naciones se vuelven legítimamente intolerantes contra las
personas aborrecidas en el interior (básicamente las personas pobres) y contra
los «invasores» del exterior. El estatismo, el control policial y el
autoritarismo también se ramifican, ya que la construcción de muros y la
securitización es autorizada y requerida por esa privatización.
Desde
los anarquismos siempre hemos sido muy críticos con la democracia liberal,
nuestra manera de entender la democracia es desde «lo político», llevada a la
práctica como democracia radical, como democracia directa. Ahora que el
capitalismo considera innecesaria la democracia liberal y opta por la «democracia
autoritaria» o «iliberalismo», ahora que logran extender la práctica de una
«libertad» entendida solo desde el mercado, ¿cómo deshacer los indecentes
oximorones de un neoliberalismo sin prejuicios? ¿cómo enfrentarnos a la ira de
los poderosos? ¿cómo liberar la libertad de los mercados o la democracia del
autoritarismo?
En
primer lugar, los anarquismos tenemos puntos en común que debemos llevar a
nuestras prácticas y reflexionar sobre ellas: revolucionar la vida individual y
colectivamente desde un claro compromiso ético; rechazar cualquier forma de
dominación; por último, pensar, soñar y practicar colectivamente la igualdad y
la libertad de la existencia.
El
futuro no nos lo va a poner fácil, nos enfrentamos a un capitalismo salvaje,
neoliberal, caótico y suicida cuyos objetivos son la obtención de beneficios y
que ha colonizado el mundo, no solo territorialmente, sino que ha colonizado
nuestra subjetividad profundamente. La sociedad se ha fragmentado en
identidades e individualidades cuya fragilidad nos convierte en presa fácil del
conformismo que ofrece poca resistencia a las dominaciones. El auge de la
extrema derecha y de los nacionalismos agresivos y excluyentes a la vez que nos
conducen a guerras que provocan inseguridad mundial, les da argumentos para
exigir cada vez más medidas de seguridad, control y vigilancia generando
Estados cada vez más autoritarios y represivos que imponen una «seguridad
preventiva».
La
tecnología militar que nos rodea ha creado las condiciones para la emergencia
de una total movilización. En adelante, allí donde nos encontremos, podemos ser
identificados, llamados al orden, neutralizados si es necesario. La
multiplicación de datos ha hecho de la humanidad un único sistema nervioso, un
mecanismo formado por configuraciones estándares previsibles. Estamos ya
militarizados, preparados para la guerra[2].
Siempre hemos dado por hecho que los sectores más pobres, más oprimidos, más explotados, más ignorados, tenían una tendencia innata, «natural», a rechazar los privilegios de cualquier tipo. De pronto, nos ha estallado en la cara que no es así y que la población defiende privilegios aún a costa de apoyar al 1% de los milmillonarios votando a sus lacayos de la extrema derecha.
Wendy Brown se plantea una pregunta que debemos hacernos: ¿Qué
pasa cuando el resentimiento nace del destronamiento, de la pérdida del derecho
al privilegio, antes que de la debilidad (como decía Nietzsche)?
Dicen que VOX está siendo capaz de canalizar el descontento
en estos momentos, es decir, que está sabiendo canalizar la rabia convirtiéndola
en una permanente política de la venganza contra aquellos a quienes se culpa
por la pérdida de los privilegios: la masculinidad, la blanquitud, la nación
definida como propia y de la que nace el resentimiento de aquellos que sufren
la pérdida de los derechos al poder conferido históricamente. El derecho al
privilegio destronado denuncia la igualdad (¿Por qué va a ser igual que yo un
recién llegado?) e incluso el mérito, para afirmar su supremacía basada en nada
más que el derecho tradicional. Y de ahí al asalto neoliberal a la igualdad, la
democracia, lo social y lo político hay un trecho muy pequeño.
¿Qué
hacer? No lo sé, ojalá tuviera el programa, la estrategia, la táctica y los y
las sujetas apropiadas, pero no es así.
Mi
tentación últimamente es la deserción, palabra que procede del
verbo latino deserĕre: romper
un compromiso. Pero yo voy más lejos, mi tentación es abandonar las obligaciones y los ideales.
No voy tan lejos como «Bifo»
Berardi que propone la deserción psíquica y física como respuesta racional ante
el colapso civilizatorio, climático, guerrero y financiero actual.
De momento no estoy en ese punto pero comprendo
su radicalidad.
Pese a esas tentaciones, algunas posibilidades a continuación.
Siguiendo
la estela de Foucault: RESISTIR, porque es en los actos de resistencia donde
nos hacemos realmente libres.
Desde
el punto de vista feminista, persistir en los objetivos, que son diversos según
la concepción de la lucha feminista y buscar puntos comunes, por pocos que sean,
abandonando la lucha cainita contra las otras concepciones feministas. ¿Es
difícil? Mucho. Pero no podemos perder el tiempo en esas luchas en un momento
de fuerte cuestionamiento y ataque contra los feminismos y de intento de
reforzar el sistema patriarcal más duro.
Algo
similar desde los anarquismos, igual de difícil o más. Concentrarnos en las
luchas contra todo tipo de dominaciones y explotaciones, buscar la fórmula para
desactivar la rabia, el resentimiento, la defensa de los privilegios o en todo
caso canalizarlo hacia quienes lo tienen todo, no contra los que viven en
nuestros barrios, en nuestros bloques de pisos. Dar un nuevo sentido a la
libertad (no la del mercado, no la de la alegría neoliberal-ayusoniana), a la
democracia anárquica[3] y a la igualdad real, al
apoyo mutuo, a la solidaridad, a cuidarnos colectivamente.
Pensemos
la revolución aquí y ahora, quizás no sea tan épica y heroica como las que se
pensaron hace cien años, pero quizás sean más eficaces que aquellas. O no, el
tiempo lo dirá.
[1] Somos
conscientes de que los planteamientos, reivindicaciones, sujetos y políticas
son muy diversos dentro de los feminismos y por eso su uso en plural, pero aquí
mezclamos todos porque para la extrema derecha no hay feminismo «bueno».
[2] Es muy
revelador el libro de Giuliano da Empoli (2025, 2ª ed.): El mago del Kremlin.
Barcelona, Seix Barral.
[3] Es
excesivamente académico y filosófico, pero es muy fructífera la lectura del
libro de Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la
polis. Barcelona, Herder.



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