Llevaba mucho tiempo deseando leer este libro de Hannah
Arendt[1] para ver si encontraba
algunas ideas que me fueran útiles para reformular-revolucionar el concepto de
«revolución».
El libro me parece que sigue teniendo interés más de
sesenta años después de su publicación, aunque básicamente Arendt basa el libro
en la revolución norteamericana y francesa a finales del siglo XVIII. Es cierto
que hace alusión al siglo XIX y XX: Comuna de París, Soviets (1905 y 1917),
Consejos Obreros alemanes, y alguna otra referencia. Resulta sorprendente (o
quizás no lo es) que se salte la Revolución social española de 1936. Las
referencias a revoluciones del siglo XIX y XX son interesantes, pero no
desarrolla un análisis completo como en los casos de la norteamericana y la
francesa.
Destaco aquellos aspectos que personalmente me han llamado
la atención por mi propia reflexión sobre la historia y sobre las revoluciones:
1.- El concepto lineal del tiempo y de donde procede:
«(…) toda nuestra concepción de la historia es cristiana en
su origen, debido a que su curso sigue un desarrollo rectilíneo. Es evidente
que solo son concebibles fenómenos tales como la novedad, la singularidad del
acontecer y otros semejantes cuando se da un concepto lineal del tiempo» (p.
40).
2.- La revolución implica un nuevo inicio, de ahí la
costumbre de empezar a contar los años desde el triunfo de la revolución:
«El concepto moderno de revolución, unido inextricablemente
a la idea de que el curso de la historia comienza súbitamente de nuevo, que una
historia totalmente nueva, ignota y no contada hasta entonces, está a punto de
desplegarse, fue desconocido con anterioridad a las dos grandes revoluciones
que se produjeron a finales del siglo XVIII» (p. 42).
3.- Aparición regular, durante el curso de la Revolución,
de una forma nueva de gobierno, órganos populares, como las comunas, los
consejos, los Räte, los soviets, que eran contradictorios con aquellos
que pensaban que la Revolución era un medio para alcanzar el poder e
identificaban a éste con el monopolio de los instrumentos de la violencia (p. 423).
Estos órganos populares se parecían al sistema de distritos
de Jefferson y a las sociedades revolucionarias y los consejos municipales de
la Revolución Francesa. Se trata del mismo fenómeno espontáneo que apareció
durante la Comuna de París, la primera Revolución rusa de 1905. Esta repetición
no es imitación o rememoración del pasado (pp. 422-423).
Realmente lo que ocurrió es que se produjo una rápida
desintegración del poder existente y la pérdida del control sobre los
instrumentos de la violencia y, al mismo tiempo, la formación asombrosa de una
estructura nueva de poder y que debía su existencia a los impulsos
organizativos del pueblo (p. 424).
4.- Destaca la figura del llamado por Arendt:
«revolucionario profesional», que dedica su vida al estudio y a la reflexión, a
la teoría y a la discusión, actividades centradas exclusivamente en torno a la
Revolución (p. 427). Ninguna revolución es atribuida al «revolucionario
profesional», les pilla por sorpresa (pp. 428-429). Su papel no suele consistir
en hacer la revolución sino en llegar al poder una vez que aquella se ha
producido (p. 429). Esta cuestión es tratada por Arendt hasta la p. 431.
5.- Ninguna tradición revolucionaria explica la aparición y
reaparición del sistema de consejos, estos nacen y se constituyen espontáneamente
y contradicen el modelo de revolución (teórico) del siglo XX: revolución
planeada, preparada y ejecutada por los revolucionarios profesionales (p. 434).
Los consejos son órganos de orden y de acción, deseaban la participación
directa de los ciudadanos en los asuntos públicos del país (p. 435).
6.- La fórmula teórica se disuelve al ponerse en ejecución.
Siempre que se separa el conocimiento de la acción, se pierde el espacio para
la libertad (p. 438).
Numerosos temas sobre los que pensar.
Laura Vicente

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