Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 23 de junio de 2024

Cambio social y deseo. Conversando con Amador Fernández-Savater I

 


Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar (Ned Ediciones, 2024) de Amador Fernández-Savater es un libro en el que el autor continúa reflexionando sobre los temas que le preocupan, que le «afectan», que le traspasan el cuerpo y que aparecen en sus libros anteriores y en sus artículos en la prensa. Es significativo el título del Prólogo: «En guerra con mis entrañas», y es que en este libro hay mucha atención a las posiciones de deseo, a las fluctuaciones del ánimo, a los malestares y a los bienestares, al amor, al cuidado protector, a la sensibilidad, a los cuerpos y a la vulnerabilidad. No descuida el autor la necesidad de tener una idea del funcionamiento del capital, del capitalismo libidinal, un monstruo, un centauro bipolar que se mueve entre una pulsión de conservación, de normalidad y otra totalmente desquiciada de conquista y pillaje. ¿De dónde extrae las energías el capital, o las nuevas derechas a su servicio? ¿Cómo opera el centauro dentro de nosotras mismas? ¿Es posible resistir al monstruo loco o no tenemos nada que hacer? Estas y otras preguntas han guiado esta conversación que nos ha facilitado pensar, dudar, encontrar resonancias en los cuerpos, sentirnos afectadas. Aunque aquí aparece toda la conversación muy ligada, ha habido silencios, emociones, vacilaciones, vida, en definitiva.

Amador Fernández-Savater es investigador independiente, activista, editor y «filósofo pirata». Ha codirigido la editorial Acuarela Libros y la revista Archipiélago. Ha participado activamente en diferentes movimientos y colectivos (antiglobalización, copyleft, V de Vivienda, 15 M, entre otros).

1.     Memoria del pasado

Laura Vicente (L. V.): Mencionas en tu lectura de Ahora del Comité invisible que nuestra sociedad vive aplastada en un «presente perpetuo», cerrado sobre sí mismo, sin apenas memoria del pasado ni proyecto de futuro y que nos hace falta recuperar el «sentido histórico».

El pasado produce efectos sobre el presente y enterrar las experiencias emancipadoras del pasado es la mejor forma de que no se puedan percibir posibles futuros. Si nos prohíben el futuro, el pasado solo se repite bajo la forma de nostalgia y retromanía.

Hay experiencias como lo que llamo «revolución de la existencia» que llevaron a cabo Mujeres Libres durante la Guerra Civil totalmente desconocidas.

¿Cómo crees que podemos recuperar el «sentido histórico»?

Amador Fernández-Savater (A. F-S.): Me parece básico. Me obsesiona esta cuestión. La descripción del «hombre unidimensional» de Marcuse, actualizada a día de hoy, describiría un ser humano sin memoria ni proyecto, encerrado en una actualidad —definida por los medios de comunicación y el mercado— ¡que ni siquiera es presente! Me distancio de los que hablan de «presente perpetuo» porque nuestra sociedad ha perdido, junto al pasado y la apertura a lo nuevo, el mismo presente. Lo indican todos los trastornos de la atención y la dificultad experimentada masivamente de estar «aquí y ahora».

El pasado y el porvenir se recuperan justamente desde el presente. Es un fogonazo de intensidad en el presente (una búsqueda, un movimiento, la activación del deseo) la que abre el pasado y el futuro, haciendo del primero un «depósito» infinito de pistas, de visiones, de posibles; y del segundo un camino desconocido por recorrer.

Estar en diálogo con el pasado, como la experiencia de Mujeres Libres que me citas, es precisamente poder escapar de la unidimensionalidad, de un presente plano, de una actualidad instantánea. Dotarse de una memoria propia es parte de la búsqueda de autonomía, no quedar dependientes del mundo de referencias de los medios de comunicación, tan pobre y superficial. Hay que ser intempestivo, atreverse a vivir «en otro tiempo», aferrarse a recuerdos y a una biblioteca, desde los que podemos también hablar del presente con fuerza.

L.V.: ¿Qué importancia puede tener recuperar esos momentos en los que gente común en la calle opuso su propio orden del día a la agenda de los aparatos gubernamentales y empresariales?

A. F-S.: Justo acabo de terminar un artículo sobre «el fantasma del 15M». Agarro esa figura del fantasma, del espectro del pasado que asedia y acecha al presente, para hablar del 15M. La retomo por supuesto de otros: Bloch y su «todavía no», Marcuse y sus «potencialidades», Derrida y su «hauntología», Mark Fisher y los «fantasmas de su vida». La idea es que el 15M a día de hoy es un fantasma, la presencia de una ausencia, que todavía nos habla con sus preguntas sin respuesta, sus problemas irresueltos, sus promesas incumplidas.

La nostalgia no me parece para nada triste, al revés que la melancolía. La nostalgia es añoranza activa de un posible. En el caso del 15M, la posibilidad de una acción política de cualquiera y para cualquiera, capaz de tejer en la diferencia y no pese a ella, de alojar lo extraño en lugar de temerlo. Sus anhelos de democracia real, de igualdad efectiva y de vida vivible aún no se han materializado. Sus preguntas siguen pidiendo respuestas, dado que las que supimos dar en su día fallaron.   

L. V.: A lo largo del libro señalas la relevancia de las mujeres y el feminismo en sus aportaciones a otra manera de entender la lucha y el cambio social. Recuperar su manera de entender la revuelta como mutación cultural, como cambio de la existencia más que como suplantación de modos de gobierno o de cambios económicos es muy difícil de investigar. En tu libro recuperas la lectura de Marcuse para plantear la necesidad de pasar de una cultura de la conquista de la realidad a una cultura de la acogida del mundo mediante la sensibilidad. Marcuse piensa la política revolucionaria como una política en clave femenina. Esa experiencia existió, la desarrolló Mujeres Libres cuando demostró que la revolución, si lo es, cambia la existencia en lo cotidiano: creando guarderías, comedores colectivos, cambiando las maternidades, la sexualidad, atendiendo a personas refugiadas y niños o niñas huérfanas, afrontando el problema de la higiene, es decir, resolviendo problemas con enfoques prácticos y de eficacia. ¿Crees posible que la recuperación de esta «otra» historia pueda influir en el presente? ¿Cómo canalizar esos saberes hacia quienes están interesados en conocerlos? ¿Tus talleres de pensamiento trabajan en esta dirección?

A. F-S.: Qué bien que hayas detectado ese hilo, Laura. Desde la reflexión que citas de Marcuse sobre la cualidad revolucionaria de la «receptividad» hasta la conversación con Yayo Herrero sobre la «política terrena», pasando por ese apunte de Freud sobre el miedo a lo femenino que atenaza a los cuerpos victimizados, hay una clave «femenina» que resuena en el libro y en mi pensamiento todo el rato, aunque sea muchas veces con sutileza y sin explicitar. Viene, sobre todo, de mis amistades femeninas y feministas de hace ya mucho tiempo…

Hablo en este sentido de «fuerza vulnerable». La política en clave femenina activaría un tipo de fuerza que brota de la exposición al mundo, de la intemperie y la herida, del hecho de que no somos un todo cerrado y autosuficiente, una bola de billar rodando por ahí. Me interesa pensar lo vulnerable desde la fuerza, es decir, no sólo como debilidad o fragilidad, sino potencia de afectación al dejarse afectar. Y a la vez pensar la fuerza desde la vulnerabilidad, distinguiendo entre la fuerza de los fuertes, que es la fuerza de la conquista, del adueñamiento del mundo, de la toma de posesión, y la fuerza de los débiles que consiste en ser parte de lo que se defiende, ser uno con las tramas de la vida, de los vínculos, del cuidado, de la tierra.

Cuanto más atados, más fuertes: esa es la fuerza paradójica de lo vulnerable. Frente a la idea masculina, solipsista e identitaria, de que somos más fuertes cuánto más solos estemos, más independencia y desarraigo consigamos.

Los talleres de pensamiento a que me dedico abundan en esta idea a partir de lecturas (Suely Rolnik, Simone Weil, Mercedes de Francisco, Hannah Arendt, Isabel Escudero, por citar sólo las de este curso), pero sobre todo por la experiencia de lectura que se anima en ellos: dejarnos afectar por lo que leemos, poner en acción el cuerpo a través de la memoria y la imaginación, no querer saber a toda prisa el sentido de algo, aceptar pérdida e incertidumbre, extraer fuerza de un cierto no-saber.    

2.     Capitalismo libidinal

L. V.: Dices en tu libro que el neoliberalismo es mucho más que un tipo de capitalismo, que es una forma de sociedad, una forma de existencia. ¿Puedes explicarnos a qué te refieres? ¿Por qué hablas de capitalismo libidinal?

A. F-S.: Podemos leerlo de varias formas. Es una pregunta por la relación entre deseo y capital. Es una llamada a pensar el capitalismo por el lado de los afectos, complementando un análisis «en economía política» con un análisis «en economía libidinal». Es también, finalmente, un diagnóstico sobre el presente: nuestro presente se cierra porque la vida se ha vuelto mercado.

El hecho decisivo de esta época me parece ese: la vida misma se ha hecho mercado, hay una especie de fusión entre ambos, una coincidencia (casi) plena. Vivir es reproducir el mercado, a través de todas las aplicaciones que este nos garantiza (viajar en Uber, ligar en Tinder, informarnos en Google, entretenernos en Netflix) y de nuestra propia concepción de nosotros mismos como «capital humano» que explotar.

El capitalismo afronta crisis, pero si no hay una respuesta en términos de deseo, es capaz de atravesarlas todas. Sólo un «ataque libidinal», como lo pudo ser la contracultura de los años 60, es capaz de desafiar al capital en profundidad. Hay que disputar al capitalismo en términos de deseo, lo que significa la producción de un ser humano distinto, capaz de sentir, hacer, pensar, atender distinto. La disputa política es, en gran medida, una disputa antropológica.   

L. V.: Este capitalismo despierta pulsiones de deseo, pero también malestares que nos desbordan. Intentar que cada una de nosotras considere que su malestar es solo suyo, que es exclusivamente individual es un objetivo del neoliberalismo. ¿Explícanos esos malestares y cómo podemos compartirlos para que entendamos que son colectivos?

A. F-S.: Exacto, la presión al rendimiento, mandato capitalista por excelencia que arraiga muy profundo en nuestro interior, produce todo tipo de «daños» en la vida personal y colectiva, malestares que podrían ser el motor de un cuestionamiento del sistema y nuestras formas de vida en él.

El malestar nos habla de un fuera-dentro. Es decir, el cambio requiere pensar el entrelazamiento entre el plano personal (la relación con uno mismo), el plano social (la relación con los otros) y el plano terrenal (la relación con la tierra).

En el plano personal, se trata de dejar de concebirse como capital humano para entrar en lógicas de deseo, de invención de caminos singulares en la vida; en el plano social, se trata de reinventar la cooperación con el otro diferente, frente a las lógicas individualizadoras de emburbujamiento, de competencia y negación del otro. En el plano terrestre, aprender una nueva relación con el mundo en términos de cuidado y escucha de las potencialidades que existen, frente a la lógica apropiadora, de dominación y conquista de lo existente.

En los tres planos, eso pasa por una reactivación del Eros frente a la alianza endiablada entre los mandatos capitalistas y nuestro inconsciente, vía superyó. Hay que volver a articular a Marx con Freud, política y psicoanálisis, atacar ese «entre».    

L. V.: Afirmas que la izquierda tiene una auténtica «sordera libidinal» que le impide entender de dónde extrae sus energías el capital. ¿Cómo recuperar la audición para afrontar un capitalismo que nos invade hasta lo más íntimo de nuestra existencia? Por otro lado, parece que las nuevas derechas están captando mejor que la izquierda el dolor, el sufrimiento, el malestar que nos acucia. ¿Esa fuerza libidinal cómo la canalizan, qué lógica reaccionaria reintroducen?

A. F-S.: Sordera libidinal significa por ejemplo no entender por qué los más débiles pueden apoyar con su voto las opciones de derecha, repetir que los «trabajadores de derecha» son idiotas manipulados, ver sólo que se quiere ver, lo que el esquema progresista nos permite ver.

Hay razones del corazón que la razón (la más estrecha) no entiende. Razones libidinales. Como el enganche que tienen las nuevas derechas en un victimismo de masas que se satisface en los chivos expiatorios señalados por ellas como los «causantes del daño».

A mi juicio, la derecha está sabiendo conectar hoy con una subjetividad victimista y victimizada. Atravesada por el malestar  ̶ de la precariedad de los vínculos y de la vida ̶ , pero que no se anima al encuentro y la cooperación, a la transformación, sino que busca descargar una agresividad feroz en algún culpable de lo que pasa.

La base de esta nueva derecha es «somática», es algo del cuerpo, es algo de los afectos, es algo de los estados de ánimo. La izquierda está «sorda libidinalmente» en el sentido de que sigue pensando que se trata de manipulación, de relatos, de datos, algo a contrarrestar sólo «racionalmente». El mensaje de la derecha prende porque toca los cuerpos, tanto la «libertad» de Ayuso (que arraiga en la libertad de la vida-mercado) como los «enemigos internos» de Vox (que sintonizan con miedos y esperanzas de regreso a una completud soñada). Sin plantear la batalla en el cuerpo y la sensibilidad, en los cuerpos dañados y las sensibilidades oscurecidas, me parece que perdemos esta guerra de antemano.  

jueves, 13 de junio de 2024

Germinal. Revista de Estudios Libertarios


 

Germinal. Revista de Estudios Libertarios, nº 17, enero-junio 2024

Tras cuatro años de ausencia, la revista Germinal vuelve a aparecer. Aunque la revista es semestral solo entre 2006 y 2009 y en 2012 y en 2014 aparecieron los dos números semestrales. A partir de la última fecha mencionada solo ha salido en cinco ocasiones un número al año. Agradezco que me hayan hecho llegar el número y celebro su nueva aparición deseando que este impulso se prolongue en el tiempo.

Publicar revistas entra en la idiosincrasia del movimiento libertario dentro del cual se han publicado miles y miles de cabeceras a lo largo del tiempo. Difundir la Idea ha sido siempre una convicción plenamente asumida y formamos parte de esa genealogía con gusto. Nadie oculta las dificultades para editar revistas y, sobre todo, difundirlas, pero el ámbito libertario no se canas nunca de volver a intentarlo.

En este caso, la revista está compuesta por cuatro artículos, reseñas de libros y un DVD de «El entierro de Kropotkin. Los artículos tratan temas variados ya que van desde «Kropotkin y la revolución rusa» a unos «Apuntes sobre el pensamiento de Rudolf Rocker» o la «Correspondencia de Gaspar Sentiñón». El cuarto artículo recala en un tema interesante desde el punto de vista feminista y anarquista: «Las bodas a la libertaria bajo la mirada de Lucía Sánchez Saornil: crónica de una cobardía espiritual». Su autor, Thiago Lemos Silva, hace un recorrido interesante sobre la evidente contradicción entre rechazar las bodas se celebraran donde se celebraran y aquellas parejas que deseaban oficializar su «unión libre». A Lucía no le pasó desapercibida esta situación y cargó contra ella con mucha contundencia poniendo en evidencia las dificultades para erradicar costumbres antiguas que perjudicaban siempre a los sectores más vulnerables. Ahí está la preocupación de  Sánchez Saornil por la dificultad en suprimir estructuras de dominación tan profundamente arraigadas incluyendo a los anarco sindicalistas más próximos.

La revista concluye con una interesante filmación del entierro de Kropotkin que complementa al primer artículo escrito por Selva Varengo.

 

 

lunes, 3 de junio de 2024

LA DERECHA NOS ROBA LOS «MUEBLES»: ANARQUISMO Y LO LIBERTARIO

 


Hace tiempo que tengo la sensación molesta de que la derecha se apropia de términos que no les han pertenecido y que los medios de comunicación, ¡¡como no!!, ayudan en la  consolidación de dicha apropiación.

Nos ayudaremos para demostrarlo del excelente libro de Daniel Colson titulado: Pequeño léxico filosófico del anarquismo. De Proudhon a Deleuze[1]. Digamos en primer lugar que el término Movimiento Libertario fue utilizado en España con profusión durante la década de 1930 para referirse a la vinculación y coordinación de la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias, mientras que el Partido Libertario (Libertarian Party) fue fundado en Estados Unidos en diciembre de 1971. Estoy segura de que el término «libertario» ha aparecido también con anterioridad a la década de 1930 en España y en otros países sin el contenido liberal y reaccionario del Partido Libertario yanki.


Bien, nuestra manera de entender lo libertario hace referencia a una fuerza colectiva de prácticas y opiniones enamorada de la libertad y que no tiene ninguna relación con el resentimiento tan particular que utiliza la derecha libertariana. El pensamiento libertario no tiene nada que ver con la identificación del individuo como un ser sin cualidades singulares, un ser dependiente y reducido a la pobreza mecánica y exterior que presuponen e imponen los propulsores del mercado o quienes defienden la lógica electoral. Por lo mismo, no comparte con la derecha libertariana que se reduzca el Estado a su mínima expresión, pero a la vez sea feroz y todopoderoso, soberano absoluto, vigilante del estricto juego impiadoso donde, como nuevos «robinsones», los individuos se comporten con ferocidad en la lucha por el beneficio y el éxito, siendo multitud en los supermercados, estadios y actos políticos o religiosos.


Para lo libertario, la persona tiene un papel clave como tal y además actuando colectivamente, las personas libertarias se intentan capacitar para pensar de forma diferente a como quieren que lo hagamos y trata de resistir la dominación por cualquier grieta que encuentre siendo relevante vivir de otra forma dejando de desear lo que nos ofrece el capitalismo. El Estado reducido a la mínima expresión en lo económico pero omnipresente en la vigilancia y el control nunca podrá contar con el apoyo de lo libertario. Libertad no es consumir, no es la servidumbre de los mercados, no es dejarnos gobernar por estos y sus dulces cantos de sirena. Esta posición implica, como señala Tomás Ibáñez en su libro: Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XXI[2], desarrollar un arte de no ser gobernado que requiere una ética de la revuelta que defina una manera de estar en el mundo, donde la persona se enfrenta constantemente al poder y se esfuerza por ser ingobernable.


Que la derecha más reaccionaria se sienta cómoda con el término «anarco capitalismo» molesta e irrita puesto que la defensa de una anarquismo de libre mercado o de propiedad privada, nada tiene que ver con el término anarquía y ni siquiera con el termino anarquismo que ha rechazado mayoritariamente la propiedad privada y el libre mercado capitalista.

Anarquía o an-arkhé es la negación del arkhé que tiene una doble cara: la del poder, que ha sido la contemplada por el anarquismo político, y la del rechazo de todo principio inicial, de toda causa primera, de toda dependencia de los seres frente a un origen único (Colson). Este significado tiene su origen en Grecia que estableció la necesidad de referir el mundo a ese principio primero que permitiese entender su constitución. Ese principio instaura de facto una cadena de mando, una jerarquía sin la cual impera el desorden (an-arkhé).


Resulta evidente que el llamado «anarco capitalismo», o neoliberalismo, ni rechaza el poder ni mucho menos ese principio primero, todo lo contrario. Como señala Amador Fernandez-Savater en su libro: Capitalismo Libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar[3], este capitalismo implica una forma de organizar el mundo y la vida que hace de la competencia la norma universal de los comportamientos. El «anarco capitalismo» gobierna a través de la presión ejercida sobre las personas por las situaciones de competencia que crea. Esa razón es mundial y «hace mundo», atraviesa todas las esferas de la existencia humana. Es un verdadero proyecto de sociedad y cierta fabricación del ser humano.


El anarquismo, como ya hemos dicho, ha rechazado el poder tradicionalmente (un tema que debemos revisar en el sentido de qué y cómo entendemos el poder… eso para otro día) pero debe rechazar esos principios primeros para afirmar que es la práctica la que a partir de sí misma elabora su propia justificación y construye sus propios principios que serán tan múltiples como la propia multiplicidad de las situaciones vividas (Ibáñez). La anarquía es, por tanto, la afirmación de lo múltiple, de la diversidad ilimitada de los seres y de su capacidad para componer un mundo sin jerarquías, sin dominación, sin otras dependencias que la libre asociación de fuerzas radicalmente libres y autónomas (Colson).


En conclusión, nada que ver con la dictadura del mercado, de la competencia, de la propiedad privada que atraviesa todas las esferas de la existencia humana y convierte a las personas en seres dependientes de unos deseos creados por el capital para generar más beneficios y más pobreza material y del pensar.


Proclamemos a los cuatro vientos que «su» anarquía y «su» libertarianismo es una apropiación indebida y que los «muebles» forman parte de nuestra genealogía de la que nos alimentamos siempre desde el pensamiento crítico y no desde la idea de principios inamovibles y únicos.


Laura Vicente



[1] El libro es de 2001, traducido en 2003 por la editorial Nueva Visión de Buenos Aires.

[2] El libro es de 2024 y ha sido publicado por Gedisa.

[3] El libro es de 2024 y ha sido publicado por Ned.


jueves, 23 de mayo de 2024

HISTORIA(S)

 

AGUSTÍN COMOTTO

Hace mucho que entiendo el papel de la historia en una doble dimensión: por un lado, investigar el pasado para llenar el capazo de saberes y representaciones de lo ocurrido en otro tiempo; y, por otro lado, hacer llegar ese capazo a quienes luchan en el presente por la transformación social.

Quiero aclarar que no me considero una historiadora militante como desde la Academia se nos cataloga a quien hacemos historia fuera de su ala protectora, al margen, como me gusta decir a mí. Por eso siempre me he negado a que digan que soy una historiadora libertaria o anarquista. Mientras la mayor parte de los historiadores académicos se sienten objetivos o neutrales en su quehacer histórico, nos endilgan a quienes estamos en el margen la etiqueta descalificante de «militante» como sinónimo de investigación de parte, subjetiva y, por tanto, menor.

Respecto a la investigación del pasado me he ido orientando hacia una comprensión de la historia discontinua y contradictoria, con mucho de accidental y contingente, en el sentido de que nada anuncia que se va a producir un acontecimiento, puede suceder o no. La perspectiva de la historia lineal, que tan vinculada está a la Modernidad, considera a esta como una línea ordenada de causas y consecuencias que camina hacia adelante, que progresa conduciendo a hechos que previsiblemente tienen que suceder. Es decir, que un hecho histórico determinado proviene de algo que estaba en ciernes en un elemento originario cuyo desarrollo se acaba concretando en dicho acontecimiento.

Esa es la razón por la que prefiero la representación «geológica» de la historia a la «lineal». En la imagen «geológica» el peso de la historia funciona a través de una acumulación espacial de capas heterogéneas entre las cuales investigamos acontecimientos que sucedieron sin anuncio previo, que pasan, a veces, como un rayo lleno de posibilidades por indagar y escudriñar. La labor de la historia, desde esta perspectiva, es recoger las historias discontinuas, sorprendentes e inesperadas y llevar a cabo un registro retrospectivo de conflictos, afectos y saberes. Un registro de las convergencias, de los accidentes, de los desórdenes, de lo descartado por la «gran Historia».

Esos estratos sedimentarios son los depósitos dados por las generaciones anteriores que definen a la comunidad por sus relaciones históricas con los ancestros. De alguna manera, somos lo que somos en tanto que herencia y en tanto que el pasado produce efectos sobre el presente, si no los produce, si se rompe esa trabazón con el pasado y deja de «afectarnos» en nuestro quehacer y en nuestra sensibilidad, los hechos pasados mueren y quedan en libros polvorientos sin brújula, sin sentido.

Como decía al principio, por tanto, la historia tiene otra dimensión, desde mi punto de vista no es una naturaleza muerta en la que se curiosea sin más. El pasado tiene efectos sobre el presente y abre posibles futuros. De ahí, que tiene sentido hacer circular esa historia bastarda, lateral y subterránea, que no encaja en la ordenada historia lineal y que es relevante desde la perspectiva social y cultural para hacer «historia del presente» aunque parezca un oxímoron. No resulta fácil acercarnos a quienes entienden la historia con esa proyección viva hacia el presente, la mayoría de las veces se queda en pura nostalgia o en una especie de retromanía sin sentido.


Laura Vicente 

 

 

lunes, 13 de mayo de 2024

ANARQUISMO NO FUNDACIONAL [«una manera de estar en el mundo»]


Tomás Ibáñez lleva años pensando cómo el anarquismo puede «estar en el mundo» del siglo XXI. Su último libro[1] es una pieza más del puzle que tan laboriosamente está construyendo casi siempre a través de artículos en la prensa libertaria que luego une en una auténtica labor de orfebrería. En 2006 se publicó su primera compilación de artículos: ¿Por qué A? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas; la segunda compilación fue publicada en 2017: Anarquismos a contratiempo; la tercera en 2022: Anarquismos en perspectiva; y, acaba de salir este último libro: Anarquismo no fundacional.



Los títulos de esta colección de textos escritos a lo largo del tiempo indican mucho de por dónde va la indagación de Tomás Ibáñez desde una «extraña fidelidad» al anarquismo que él mismo reconoce. Una de las maneras de estar en el mundo de Tomás Ibáñez es adentrándose, como decía Mercier Vega, en una auténtica selva de signos de interrogación. Haciéndose preguntas, leyendo y reflexionando, ha ido avanzando hacia un enfoque minimalista del anarquismo consistente en depurarlo de todos aquellos elementos que pudieran lastrar su compromiso con la no reproducción de la dominación.

Fue Amedeo Bertolo quien afirmo que el anarquismo del siglo XXI era obsoleto, que había que podar sus ramas conservando el núcleo duro del viejo (porque sin ese núcleo no hay anarquismo) envuelto de una pulpa de pensamiento y de acción flexible, adaptable, experimentable, discutible, absolutamente no dogmática, inventando un anarquismo cambiante y multiforme. Tomás Ibáñez ha colaborado en la poda de ese tronco y basándose en «el menos es más» plantea reducir al anarquismo a sus rasgos más básicos, aunque eso suponga algo tan arriesgado como privarle de lo que ha constituido su atractivo y su riqueza y que confieso, a mí me incomoda.

¿Qué ramas quiere podar el autor en su propuesta de anarquismo no fundacional? En palabras suyas, aquellas imperfecciones capaces de suscitar deseos que conllevan trazas de dominación: expulsar las utopías, el sueño de una sociedad libertaria, la ilusión de multitudes en las organizaciones libertarias, la fraternidad de una identidad común, erradicar el poder, etc. Sin embargo, la necesidad de cambio es impotente sin deseo de cambio. Las imperfecciones son claves para prestar atención a las posiciones de deseo, los cambios de ánimo, los estados anímicos. El capitalismo lo sabe muy bien cuando fabrica a un ser humano con vínculos con los demás y con el mundo, por lo que podemos considerarlo como un capitalismo existencial que produce formas de vida deseables.

Pero Tomás Ibáñez tiene razones de peso cuando propone un anarquismo no fundacional y nos centraremos en ellas. No quiero alargarme en exceso en esta reseña, tiempo habrá para debatir, resolver dudas, incluso hacer propuestas que arropen el minimalismo de este anarquismo. Los puntos 1 y 2 los voy a pasar casi por alto porque son puntos que tienen importancia, pero son periféricos y me centraré en los puntos 3 y 4 que es donde establece el autor las condiciones de posibilidad de la emergencia de este anarquismo no fundacional en las esferas simbólica y material.

Antes que nada, quiero señalar la capacidad de Tomás Ibáñez  sintetizando su planteamiento y hacerlo accesible a cualquier persona que desee (de nuevo los deseos) leerlo con calma y meditar sus propuestas (el libro tiene 106 páginas más la bibliografía).


Los puntos 1 y 2 los dedica a clarificar las características de la etapa de formación del anarquismo refiriéndose a las condiciones históricas en las que nace y se desarrolla (aproximadamente, desde finales del siglo XVIII hasta ­mediados del siglo XX). El autor demuestra cómo el anarquismo quedó impregnado por postulados ideológicos que conformaron la ideología de la Modernidad. Son justamente los cambios que se producen a partir de la segunda mitad del siglo XX (punto 2) lo que provoca el agotamiento de la onda expansiva de la Revolución Francesa y la extinción del llamado «siglo obrero», con una nueva vuelta de tuerca en lo que va del siglo XXI en la que el proletariado tiene menos relevancia transformadora y el anarquismo pierde su base obrera.

El acierto de las críticas a la Modernidad desde el postestructuralismo las agrupa el autor en tres grandes bloques: en el primero, los valores relacionados con la centralidad del sujeto, la perspectiva de la emancipación, la naturaleza humana, los procesos de subjetivación y el esencialismo. El segundo bloque se centra en la crítica de la perspectiva totalizante que subyace en el concepto de revolución. Y, por último, la crítica a la esencialización del poder.

Centrándonos ya en el punto 3: «Aproximaciones al concepto de anarquismo no fundacional» (esfera simbólica) y 4: «La inserción del anarquismo no fundacional en la sociedad del siglo XXI» (esfera material), el autor señala que este anarquismo está en fase de gestación, es «uno de los muchos riachuelos de donde puede beber el pensamiento anarquista». Con este matiz importante, veamos cuál es la propuesta.

En primer lugar, el autor se centra en clarificar en qué consisten las «fundaciones», de dónde provienen y cuáles son sus efectos. Para ello parte del concepto de arkhé que el anarquismo político contempló como poder, pero que tenía otra cara que ignoró y que hace referencia al principio fundacional del mundo cuyo origen se sitúa en Grecia que estableció, sobre todo con Aristóteles, la necesidad de referir el mundo a un principio primero que permitiese entender su constitución. Ese principio instaura de facto una cadena de mando, una jerarquía sin la cual imperaría el desorden o anarkhé (anarquía). Al ignorar este segundo aspecto el anarquismo político sustituyó el principio soberano por el principio de razón, dejando intacta la exigencia de que siempre debe haber un principio rector. No alteró, por tanto, la lógica propia del arkhé y se limitó a sustituir un principio por otro que consideró más adecuado.

¿Qué sentido puede tener un anarquismo carente de fundaciones y de principios que lo guíen?, se pregunta el autor. Para ello se adentra en dos aspectos muy relevantes: el concepto del a priori práctico a partir del cual afirma la importancia de la práctica sobre la teoría y el énfasis puesto sobre la resistencia frente a cualquier forma de poder. El anarquismo debería ser incompatible con cualquier participación en lo que representa su antítesis, es decir, constituirse a sí mismo como una modalidad de poder opuesta al poder vigente.

Si se arranca desde las prácticas de las luchas para extraer principios y concepciones teóricas (que el autor no niega que puedan intervenir en las prácticas), estas están desprovistas de los principios primeros porque no se aplican desde fuera de las prácticas, sino que nacen de forma contingente en su seno. Si el anarquismo rehúye constituirse como una modalidad de poder, promoverá la condición de ingobernabilidad y de mantener la resistencia en el seno de cualquier modelo de sociedad impulsando una ética de la revuelta más que una épica de la revolución.

Algo que me inquieta sobremanera es que parece que los análisis y planteamientos suelen corresponder con las características materiales y culturales de la sociedad en la que vivimos. Por un lado, parece lógico que así sea, pero, por otro lado, ¿podemos escapar a quedar impregnadas de los postulados ideológicos que conforman la ideología del poder de la sociedad en la que vivimos? He aquí la selva de signos de interrogación en la que nos adentramos de la mano del autor.

En el punto 4, la esfera material, Tomás Ibáñez se pregunta por el «ser de la técnica», por la propia naturaleza de la técnica que busca asegurar al ser humano el pleno dominio de su entorno. El problema no está tanto en las técnicas concretas sino en el tipo de relación entre el hombre y el mundo instaurada por la esencia de la técnica. El «ser de la técnica» encuentra el terreno más favorable en el capitalismo, por lo que debilitar a este es debilitar el «ser de la técnica». Una de las formas más eficaces de debilitar al capitalismo es renunciar al modo de vida que nos ofrece viviendo de otra forma, dejando de desear (de nuevo el deseo) lo que nos ofrece, algo que se va complicando cada vez más.

Aun cuando los artefactos técnicos sumados al «ser de la técnica» desestabilizan y quiebran las fundaciones, la informatización del mundo está creando las condiciones para un totalitarismo de nuevo tipo temible por su capacidad de control que se pueden completar con técnicas de intervención respecto a transgresiones y disfuncionamientos. Esto hace cada vez más difícil el enfrentamiento con el Estado que acostumbra además a contar con la aceptación social. Un ejemplo a tener en cuenta es el paradigma de la prevención basada en los riesgos globales o locales que implican la vigilancia permanente y la intervención preventiva [iba leyendo y pensando que en el punitivismo asimilado por una parte importante de los feminismos hay algo de este trasfondo ideológico].

¿Hay cierta posibilidad de oponerle resistencia a este nuevo totalitarismo, que me atrevo a afirmar no es un proyecto exclusivo de la derecha sino también de la izquierda institucional? ¿Hay posibilidades de ser ingobernables, de no hacer lo que el poder quiere que se haga? ¿Podemos inmunizarnos contra los discursos del poder y distanciarnos de su lógica? Y de nuevo la selva de signos de interrogación.

La respuesta solo puede emerger de las propias prácticas de resistencia, nunca de una teoría que nos indique cómo resistir. No hay más fórmula que las prácticas de lucha y las formas de vivir diferentes, solo de ahí saldrán nuevas formas de resistencia.

Para concluir, el autor en el Epílogo trata de deshacer entuertos que quizás no quedan claros en el desarrollo del libro. Interesantes entuertos que he pensado leyendo el libro y que son elementos de debate para quienes quieran adentrarse en el anarquismo no fundacional. Tras el Epílogo, una Adenda que más que apéndice me parece una buena síntesis de lo tratado en el libro.

Y no me queda más que recomendaros la lectura del libro de Tomás Ibáñez si deseáis adentraros en una selva de signos de interrogación, en una propuesta innovadora para concebir «una manera de estar en el mundo» frente a la manera que nos cautiva del capitalismo del siglo XXI, acompañado por el nuevo totalitarismo, que ni siquiera nos deja desobedecer porque no requiere la obediencia para realizar sus designios.


Laura Vicente

 


[1][1] Ibáñez, Tomás, Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XXI, España, Gedisa, 2024.

viernes, 3 de mayo de 2024

Civil War

 



Civil War (2024). Estados Unidos

Dirección y guion Alex Garland (Estados Unidos).

Solo hablo de aquellas películas que me han impactado, por eso suelo reseñar muy pocas. Salí del cine estremecida, impactada, con «mal cuerpo». La trama de la película hace referencia a una distopía situada en un futuro cercano, tan cercano que no parece una distopía sino algo realmente posible mañana mismo. Estados Unidos se encuentra arrasada por un conflicto civil del que tenemos pocas pistas sobre las posibles causas. En esa situación, completamente actual en muchas zonas del planeta, pero que no ha llegado a los países ricos occidentales, un equipo de periodistas y fotógrafos de guerra emprende un viaje por carretera en dirección a Washington DC. En este sentido, podríamos decir que se trata de una road movie, un género cinematográfico cuyo argumento se desarrolla a lo largo de un viaje. La historia se centra en un grupo de cuatro periodistas y fotoperiodistas que comparten un vehículo y cuyo destino es llegar a Washington antes de que las fuerzas rebeldes asalten la Casa Blanca y maten al presidente de Estados Unidos.

Como buena película de carretera tiene una estructura episódica, en que cada segmento de la narrativa enfrenta a los protagonistas con un desafío, cómo enfrentan estos retos revela parte de la trama y el carácter de quienes protagonizan la película.

¿Qué nos va revelando la trama de Civil War? La verdad es que la película es muy escueta en este sentido, no es una película política, aunque hay aspectos políticos. Revueltas por conseguir agua duramente reprimidas, escasez de gasolina para los automóviles que acaban como trastos viejos abandonados, supremacismo blanco y racismo, cuestionamiento del periodismo que no pone límites a lo que fotografía o escribe, y violencia, violencia y violencia. Una violencia que te va incomodando y te va tensando los nervios por su autenticidad y actualidad. Una violencia que se adueña de la vida cotidiana y que hace emerger lo peor del ser humano, caminos muy transitados en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. La indefensión de las personas ante el caos de un Estado en guerra y el sufrimiento y la muerte que provocan por cualquier cosa.

Destacan las reflexiones sobre el periodismo de guerra y cómo afecta a las personas que ven y fotografían continuamente horrores difíciles de concebir, ¿hay límites a la hora de fotografiar asesinatos en directo, personas muriendo por sus heridas? ¿o todo vale por la noticia?

Realmente las secuencias tensas e impactantes son tan seguidas que no te da tiempo a pensar todo lo que estás viendo a una velocidad, a veces, de vértigo. La película de 109 minutos es perturbadora, incómoda, molesta, y todo ello sin darte lecciones, sin aleccionar. Cuando sales del cine sigues pensando en el torrente de imágenes que has visto y creo que es de esas películas que recordaré durante mucho tiempo. Todos los actores y actrices son muy creíbles, especialmente Kirsten Dunst.

No hay final feliz, ni siquiera sabemos si el viaje acaba con el final de la película, aunque el objetivo podríamos decir que se logra a un coste muy alto. Solo se vislumbra una pequeña esperanza: en situaciones límites solo la solidaridad y el apoyo mutuo funciona pese a que resulta difícil extenderlo más allá del pequeño grupo.

Laura Vicente

martes, 23 de abril de 2024

Amador Fernández-Savater A vueltas con el capitalismo, el cambio social y las políticas del deseo

 



Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar (Ned Ediciones, 2024) de Amador Fernández-Savater es un libro en el que el autor continúa reflexionando sobre los temas que le preocupan, que le «afectan», que le traspasan el cuerpo y que aparecen en sus libros anteriores y en sus artículos en la prensa. El autor parte de un puzle de lecturas y conversaciones donde caben el Comité Invisible, Jean-François Lyotard, Marcuse, el colectivo Tiqqun, Diego Sztulwark, Jon Beasley Murray, Achille Mbembe, «Bifo» o Jorge Alemán. Y a partir de ese puzle articula la necesidad de tener una idea del funcionamiento del capital, del capitalismo libidinal, y se pregunta: ¿de dónde extrae las energías el capital, o las nuevas derechas a su servicio? ¿Cómo opera el capitalismo dentro de nosotras mismas? ¿Es posible resistir al neoliberalismo o no tenemos nada que hacer? Estas y otras preguntas y reflexiones recorren este libro que huye del pensamiento convencional y que trata de esclarecer las posibilidades que tenemos de afrontar al capital, un auténtico monstruo, un centauro bipolar que se mueve entre una pulsión de conservación, de normalidad y otra totalmente desquiciada de conquista y pillaje. ¿Es posible resistir a ese «monstruo loco»?

En el «Prólogo: En guerra con mis entrañas», Fernández-Savater ya nos anticipa que este libro va de eso, de pelearse con sus entrañas puesto que el neoliberalismo no es solo una política económica o una ideología es, siguiendo lo que dijo Foucault, la extensión de la lógica empresarial y el cálculo económico a todas las dimensiones de la vida. Su fuerza reside en que nos fabrica como seres humanos, nos construye un tipo de vínculos con los demás y con el mundo, siendo, por tanto, existencial. Por eso, se dice en el libro que se tengan las ideas que se tengan, las vidas son neoliberales y eso no depende de quién gobierne.

En cierta manera, el cambio social es contra nosotras mismas, contra nuestras entrañas colonizadas por el capital. La necesidad de cambio es totalmente impotente sin deseo de cambio y este pasa necesariamente por el cambio subjetivo, por el cuerpo, no solo por las ideas o por la situación material objetiva.

El capítulo primero, titulado: «La vida bajo el régimen del demasiado (o del no bastante)», nos sitúa en una forma de organizar el mundo y la vida que hace de la competencia la norma universal de los comportamientos. Porque el neoliberalismo gobierna a través de la presión ejercida sobre las personas por las situaciones de competencia que crea. Esa razón es mundial y «hace mundo», atraviesa todas las esferas de la existencia humana.

La conversación con el sociólogo Pierre Dardot y el filósofo Christian Laval alrededor de su libro La nueva razón del mundo, su lectura de Ahora del Comité Invisible, la película In time, la lectura del pensador francés Ives Citton y el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, le permiten a Fernández-Savater tejer un mosaico de saberes y de propuestas muy sugerentes y evocadoras. Desde el trasfondo del neoliberalismo, a la falta de memoria del pasado, desde la diferencia de la política y lo político a la experiencia de lo común, desde el tiempo cautivo a la imposibilidad de la atención, la crisis y el malestar aparecen omnipotentes, pero se piensan como ocasión para la solidaridad y el apoyo mutuo.

El segundo apartado: «Políticas del deseo: del Gran Rechazo a la Gran Dimisión», parte de cómo la represión del cuerpo en favor de la productividad se ha reemplazado hoy por la presión del rendimiento.  Pero este apartado de la mano de Jean-François Lyotard indaga en las políticas del deseo partiendo de las intuiciones de Mayo del 68 y de cómo los movimientos sociales de la década de 1960 dieron lugar a una gigantesca retirada del deseo que vacío de savia los canales y los objetos establecidos: familia tradicional, trabajo de fábrica, individualismo en serie, autoridad, dinero, consumo, propiedad, amor de pareja como propiedad del otro, etc.

Reflexionando sobre las posibilidades del cambio social y de la importancia de rescatar la clave femenina se van trasluciendo algunas características de una nueva idea de revolución que poco tiene que ver con la clásica revolución modelizada del siglo XIX y primer tercio del XX.

Las características de eso que se ha llamado el «Gran Rechazo» y la «Gran Dimisión», nos sitúan ante una reacción que desconcierta a la izquierda clásica e incluso a los movimientos sociales.

El siguiente apartado: «La derechización del malestar», nos muestra cómo la nueva derecha es capaz de leer los climas emocionales de rechazo, de daño y de resentimiento, poniéndolos al servicio de proyectos que los intensifican. El autor concluye que el problema es afectivo, no lógico, es de cuerpo, no de ideología, mientras la izquierda no sepa leerlo bien, la nueva derecha seguirá avanzando. De la mano del colectivo Tiqqun y de la conversación con Diego Sztulwark se va desgranando, entre otras cuestiones, las continuidades y diferencias entre el fascismo clásico y el fascismo posmoderno.

Y, por último, el capitulo cuatro, titulado: «Resistencias viscerales (conversaciones)», teje un mural de ideas poliédrico y complejo sobre la resistencia, las políticas del deseo, la crítica de la sociedad en la que vivimos, gozamos y sufrimos. Las conversaciones y/o entrevistas tienen como protagonistas a Jon Beasley Murray, Achille Mbembe, Yayo Herrero, Franco Berardi «Bifo» y Jorge Alemán.

Cierra el libro un Epílogo sobre la coyuntura libidinal española que hace referencia a la zona gris de la democracia.

En conclusión, un libro que permite abrir muchas líneas de fuga para fijar la mirada en el capitalismo (libidinal) en su estadio actual y, a través de las propuestas que Amador Fernández-Amador recolecta y enriquece. Desde su fina mirada podemos disponer de elementos suficientes para valorar posibilidades y avanzar en una resistencia cada vez más necesaria y complicada de realizar. Una resistencia que debe basarse en configurar un deseo de cambio que tiene, necesariamente, que situarse fuera del mercado y encontrar un buen punto de amarre para poder hacerlo.

Laura Vicente