Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 3 de abril de 2016

JACQUES BAYNAC, Mayo del 68: la revolución de la revolución. Prólogo de TOMÁS IBÁÑEZ

No he leído el libro de Baynac, cosa que espero hacer en un plazo corto de tiempo, pero sí el prólogo de Tomás Ibáñez que, con su consentimiento, publico para animaros a buscar el libro.



La vida de Tomás Ibáñez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En Mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político. En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault. La trayectoria de Tomás Ibáñez es de enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Y su pluma trabaja siempre para que la historia sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla, presente y futuro, no sólo pasado.

PRÓLOGO 
Por muy intenso que pueda ser nuestro deseo de que Mayo del 68 vuelva a acontecer algún día, de bien poco sirve alimentar la nostalgia de lo que nunca volverá a ser. La irreductible singularidad de aquel evento lo ha anclado firmemente en la historia convirtiéndolo en un episodio absolutamente irrepetible. Pero, cuidado, afirmar que Mayo del 68 no puede acontecer nuevamente no implica, ni mucho menos, que haya dejado de latir con fuerza en nuestro presente, ni que sus efectos se hayan extinguido con el paso del tiempo.

Definitivamente irrepetible, Mayo del 68 se reinventa, sin embargo, en cada gesto de colectiva rebeldía, desde la Selva Lacandona hasta la Plaza Taksim, pasando por Notre Dame des Landes, o por las abarrotadas plazas del 15M, entre muchos otros lugares. Pero, vayamos con cuidado, también en este caso, porque, decir que Mayo del 68 se reinventa en ocasiones, no significa que no presente notables diferencias con sus variadas reinvenciones.

Son esos extremos los que me gustaría abordar aquí, a modo de personal y fraternal homenaje al gran libro que Jacques Baynac nos ofrece. Sin duda, uno de los mejores que jamás se hayan escrito al respecto.

Mayo del 68 forma parte de esos raros eventos históricos que están dotados de la suficiente magia para espolear la imaginación, encender deseos y hacernos soñar.

Acontecimiento absolutamente inesperado, Mayo no solo causó una enorme estupefacción en el mundo entero sino que dejó atónitos a sus propios protagonistas. Nadie había imaginado que algo semejante pudiese ocurrir en aquel periodo que era relativamente prospero, y en aquel país que era tan apacible que hasta podía resultar aburrido.

Es más, lo que entonces estaba ocurriendo seguía siendo inimaginable y desconcertante para nosotros mismos en el atardecer de cada día de lucha, y en el misterio que envolvía cada amanecer de un continuo combate (1).

La magia de Mayo nos transformó hasta el punto de que nunca volvimos a ser los mismos y su impronta fue tal que para muchas de las personas que lo vivimosMayo nunca concluyó del todo, como así queda reflejado en el espléndido libro La libreta francesa. Mayo del 68, escrito por la entonces veinteañera Emma Cohen(2) que decidió fugarse del entorno familiar para sumergirse integralmente en las turbulencias de Mayo.

Para quienes lo vivimos intensamente resulta imposible hablar de Mayo desde cualquier otro registro afectivo que no sea el de la pasión. Es esa pasión la que aflora en cada línea del relato que nos ofrece Jacques Baynac, un relato que narra, desde dentro y con suma precisión, lo sucedido durante los acontecimientos (3), rescatando con incuestionable acierto tanto el extraordinario ambiente que hizo la singularidad de Mayo, como los novedosos contenidos políticos que lo agitaron.

En lo que sigue, trataré de contener mi propia pasión, absteniéndome de reincidir sobre un relato cronológico magníficamente elaborado por Jacques Baynac, limitándome a desarrollar dos aspectos. Por una parte, intentaré complementar, a mi manera, algunas de las claves ofrecidas en el libro para acercarnos a lo que fue Mayo del 68 y, por otra parte, intentaré enlazar la experiencia de Mayo con el momento presente.


Se ha escrito que 1968 fue “el año que conmocionó el Mundo” y, en efecto, Mayo del 68 participó plenamente de un contexto internacional sumamente ajetreado. En los primeros meses del año se sucedieron las espectaculares y violentas manifestaciones de los Zengakuren (4) en Japón, las ocupaciones de edificios universitarios en la Universidad de Columbia, las movilizaciones contra la Guerra del Vietnam, particularmente intensas en Berkeley, que culminaron en agosto con el multitudinario y tumultuoso asedio, liderado por Jerry Rubin, a la Convención Nacional Demócrata en Chicago. A principios de marzo la “Batalla de Valle Giulia”, en Roma, se saldó con 400 heridos, mientras que el 17 de ese mismo mes 30.000 jóvenes protagonizaron una batalla campal delante de la Embajada estadounidense en Londres, y el 22 de marzo un explosivo cóctel de anarquistas, trotskistas, maoístas y situacionistas ocupó el edificio administrativo de la Universidad de Nanterre.

Poco tiempo después, el 4 de abril, se produjo el asesinato de Martin Luther King, y el día 11 Rudi Dutschke resultó gravemente herido de bala en Berlín, lo que desató manifestaciones en toda Europa. También convendría añadir a todo lo anterior la radicalización, en Estados Unidos, de los movimientos por la igualdad racial con los Black Panthers y el Black Power, los ecos (finalmente engañosos) de la Revolución Cultural china, las exigencias de libertad que llegaban desde Praga o desde Varsovia, la seducción ejercida por las guerrillas latinoamericanas, el éxito multitudinario de las marchas anti-nucleares organizadas en semana santa y un largo etcétera.

Enclavada en ese turbulento contexto, la potente deflagración que representó Mayo del 68 superó, con mucho, el eco de los restantes eventos del año 1968 introduciendo, además, una diferencia importante. En efecto, las movilizaciones que sacudieron el mundo a lo largo de ese año especialmente convulso se articulaban en torno a reivindicaciones bien concretas y precisas. Sin embargo, aunque la protesta que se extendió por Francia aludía, ella también, a aspectos reivindicativos concretos, fueron unas exigencias de carácter mucho más general las que anidaban en sus motivaciones más profundas. Como dice Jacques Baynac, lo que latía en las energías dinamizadoras de Mayo era una sed de libertad en todos los planos y, más allá de tal o cual aspecto particular, lo que cuestionaba Mayo era directamente el tipo de vida, gris y vacío, que ofrecía el sistema. Una vida que no era vida sino simple y mortífera rutina (5). Ciertamente, Mayo no conquistó el Poder, pero consiguió politizar espacios, lugares, personas, instituciones, procesos… así como la propia palabra y el quehacer cotidiano, mostrando que la pasividad y el aislamiento se pueden romper.

Su radical inconformismo, su llamativa vertiente transgresora y creativa hicieron que, lejos de agotarse en una mera protesta, Mayo del 68 abriese vías de innovación y de cambio en múltiples ámbitos, a la vez que declaraba caducos buen número de esquemas heredados. Fue así, por ejemplo, como los latidos de Mayo hicieron fluir expresiones libertarias por doquier, arrancándolas fuera del exiguo gueto donde moraban, y proyectándolas repentinamente sobre las multitudes para que la gente se las apropiase y las reinventase a su modo. Quizás fue por eso por lo que la cuestión de la toma del poder nunca se planteó como una exigencia principal.

Mayo del 68 se considera a veces, y no sin cierta razón, como una revuelta eminentemente estudiantil. Sin embargo, con independencia del indudable protagonismo de los sectores estudiantiles, fueron en realidad las ocupaciones de fábricas las que inyectaron en Mayo las energías que le permitieron subsistir más allá de la primera noche de las barricadas, y fueron los millones de trabajadores en huelga quienes potenciaron la resonancia, tanto en intensidad como en duración, que tuvo Mayo en lo más hondo de la sensibilidad antagonista. Fue lo que ocurrió en el mundo del trabajo lo que confirió a Mayo su dimensión de auténtico acontecimiento histórico, una dimensión que difícilmente hubiese alcanzado si se hubiese quedado en un simple asunto de estudiantes.

Desde el lugar privilegiado que le brindaba su activa participación en los Comités de Acción Trabajadores-Estudiantes (CATE), cuya asamblea general y cuya comisión coordinadora, permanentemente abierta a todos, se reunían en el recinto universitario de Censier, Jacques Baynac relata de primera mano el proceso, no de simple alianza, sino de auténtica fusión, que se dio entre ciertos sectores estudiantiles y determinados sectores de trabajadores estando ambos sectores fuertemente comprometidos con el rechazo de cualquier forma de vanguardismo, de verticalismo y de burocratización.

Pese a los denodados esfuerzos de las centrales sindicales para levantar un muro infranqueable entre los estudiantes y los trabajadores, no cabe duda de que en el ánimo de los jóvenes trabajadores que emprendieron las acciones más decisivas también latían, de forma más o menos confusa, y por encima de las reivindicaciones laborales particulares, la misma sed de libertad y la misma insatisfacción global con la vida impuesta por el sistema, que animaban al conjunto del movimiento de Mayo. Fueron esa motivaciones las que les impulsaron a llevar a cabo las primeras ocupaciones de fábricas, los secuestros de directivos, y las que alentaron su decidida presencia en las barricadas o en los choques contra la policía.

Haciendo eco a las acusaciones de aventurerismo que se lanzaron entonces contra aquellos jóvenes trabajadores y contra los estudiantes más comprometidos con las luchas de Mayo, también se expresaron posteriormente fuertes críticas hacia la improvisación reinante, hacia la espontaneidad de las actuaciones, hacia la ausencia de precisos mapas de navegación y de detalladas hojas de ruta. En esa línea se argumentó (y algunos siguen argumentando hoy) que si el movimiento hubiese contado con un proyecto claro, con unas metas preestablecidas y con unas sólidas estructuras organizativas, se hubiese podido encauzar las energías en una dirección que le habría permitido derrotar el enemigo.

Sin embargo, lo  que esta forma de plantear las cosas no alcanza a entender es que fue, precisamente porque carecía de todos esos elementos, por lo que el movimiento pudo ir avanzando hasta donde llegó, que no fue poco, en lugar de haberse estancado en sus primeros pasos. El movimiento pudo progresar hasta topar, finalmente, con sus límites porque fue construyendo su proyecto sobre la marcha: un proyecto que no preexistía al inicio de la movilización, sino que se construía, se rectificaba y se formaba en el seno del hacer cotidiano. Fue ese hacer haciendo el que dio vida al movimiento y le permitió ir sorteando con inventiva, uno tras otro, los obstáculos que iban surgiendo en su camino.

De hecho, Mayo clausuró cierta forma de entender la revolución y eso enlaza con algunos de los planteamientos expresados por el Comité Invisible (6) en su último libro. Unos planteamientos que podemos reformular de la siguiente manera: el sujeto revolucionario no preexiste a la revolución, se constituye en el seno del proceso revolucionario, resulta de ese proceso, porque es la revolución quien lo crea a partir de su propia andadura.

En este sentido, fueron los propios sucesos de Mayo, las prácticas que allí se desarrollaron, las fórmulas que en su devenir se idearon y se expresaron, los que dieron cuerpo a un multitudinario y variopinto colectivo que no existía en lugar alguno antes de que los acontecimientos lo fuesen construyendo y fuesen acuñando sus señas de identidad. Lo sucedido el día 3 de mayo fue paradigmático a este respecto.

En efecto, el 3 de mayo se puede considerar como el inicio real del Mayo del 68 porque fue el momento en el que el enfrentamiento saltó fuera de los recintos universitarios para expandirse por las calles de París y empezó a adquirir, desde ese mismo instante, algunas de las características que lo fueron definiendo. Ese día los dirigentes, los principales militantes y las fuerzas de choque de las organizaciones estudiantiles estaban confinados en el patio de la Sorbona, cercados por un impresionante despliegue policial. Se ha comentado que fue precisamente esa circunstancia la que permitió que la revuelta pudiese prender con tanta fuerza en las calles del Barrio Latino.

Los escasos militantes que habían conseguido salir de la Sorbona se afanaban en calmar los ánimos, en intentar tomar el control de la situación y en prevenir contra las nefastas consecuencias de provocar a la policía. Sin embargo, carecían de fuerza para interponerse: la gente reaccionaba desde su sensibilidad, sin consignas, ni directrices, ni encuadramiento... Y ocurrió que, sin proponérselo, la gente la armó.

La reacción de las personas que circulábamos esa tarde por el Barrio Latino introdujo en el corazón de la lucha, desde el inicio, algo que no podía equipararse a una mera reivindicación porque se expresaba en términos de una exigencia ética: la solidaridad activa con los detenidos. También situaba en el corazón de la lucha la acción directa, sin mediaciones, y la autoorganización y, sobre todo, no se pedía que las instituciones accedieran a una determinada demanda, sino que el multitudinario grito de “liberad a nuestros compañeros”, era más un grito de guerra que una reclamación. Se actuaba contra los furgones policiales para liberar a los compañeros, no para pedir su liberación. Por fin, también se manifestaba una característica que marcaría todo el proceso de Mayo: la férrea determinación de unas personas que se mostraban decididas a poner su cuerpo, todo su cuerpo, en la lucha. Los más de 500 detenidos de esa increíble tarde-noche del 3 de mayo, o los más de 800 heridos del día 6 lo atestiguan sobradamente, pocos días antes de que estallase la famosa noche de las barricadas y sin esperar a la dantesca noche del 24 de mayo cuando París vivió unas escenas de auténtica insurrección.

No deja de ser llamativo que, pese a la extrema violencia de los enfrentamientos, solo se produjeran contadísimas víctimas mortales. La suerte estuvo, sin duda, del lado de los contendientes. Sin embargo, hay que precisar que, cuando poco a poco se fue restableciendo la normalidad, fueron muchos y muchas quienes no soportaron la perspectiva de renunciar a las promesas de Mayo. No pudieron resignarse a seguir viviendo como antes y se quitaron la vida, de una forma u otra, en las semanas, en los meses, o en los inmediatos años posteriores. Eso nos permite intuir cuál fue la pasión que engendró Mayo del 68, cuál fue la intensidad de las vivencias que suscitó, el entusiasmo que logró despertar y la fuerza con la cuál cambió, en cuestión de muy pocos días, unas historias de vida que parecían escritas de antemano y definidas de una vez por todas, con el trabajo, el consumo y la crianza de los hijos como único horizonte de sus deseos.

Quizás sea esa misma intensidad de las vivencias la responsable de que siempre nos produzca cierta sorpresa que se pueda hablar del fracaso final de Mayo del 68. De hecho, no parece muy procedente enjuiciar un acontecimiento en términos de éxito o de fracaso. Esas valoraciones solo se pueden aplicar, con propiedad, a un proyecto que se diseña para alcanzar tal o cual resultado, o a una acción que se emprende con tal o cual finalidad. Mayo del 68 no cayó del cielo, claro, respondió a determinadas causas, pero la realización de un proyecto no figuró entre ellas. Mayo fue, literalmente, un acontecimiento, es decir, una creación en el sentido estricto de la palabra, algo que no estaba precontenido en ningún momento anterior a su aparición. El éxito de un acontecimiento es, simplemente, el de haber acontecido, y su fracaso sería el de no haberse producido. Mayo del 68, simplemente, aconteció y ese es su incuestionable éxito a la vez que su indescifrable misterio, donde el papel del azar y de la concatenación de casualidades fue fundamental.

Interesarse hoy por Mayo del 68 no se reduce a rememorar lo ocurrido hace casi 50 años, no consiste en deslizarse por el registro discursivo de la memoria y del recuerdo, sino que encaja en el esfuerzo por intentar entender mejor nuestro aquí y ahora. La razón por la cual, reflexionar sobre Mayo del 68, no es tanto contemplar el pasado como pensar el presente, es bien sencilla: ciertos acontecimientos suceden, irrumpen con mayor o menor fuerza en una determinada situación histórica y, luego, se difuminan y desaparecen, dejando su memoria como único legado.

Sin embargo, otros acontecimientos marcan un antes y un después. Cuando eso ocurre, el acontecimiento excede su memoria, la desborda y se prolonga en lo que le sucede en el tiempo. Mayo del 68 es un acontecimiento de ese tipo: cierra una época y abre otra y, como resulta que la época que abrió aún no se ha cerrado, aquel evento sigue afectando nuestro tiempo en mayor o menor medida.

En tanto en cuanto lo que está aconteciendo actualmente en el territorio español mantiene una estrecha relación con lo ocurrido a partir del 15 de mayo de 2011, no resisto la tentación de retomar aquí, en su literalidad, algunos fragmentos de lo que publiqué en la revista Archipiélago (7) en 2008. Es decir, tres años antes de que se ocupasen las plazas:

(…) Mayo nos enseñó… que las energías sociales necesarias para hacer surgir potentes movimientos populares, y para hacer brotar prácticas antagonistas de cierta intensidad, surgen desde dentro de la creación de determinadas situaciones, no les preexisten necesariamente. No es que esas energías se encuentren en estado latente, y se liberen cuando lo permiten las situaciones creadas, es más bien que esas energías se engendran, se constituyen, cuando se crean esas situaciones.
Se trata, por lo tanto, de unas energías que pueden aparecer “siempre”, en cualquier momento, aunque en el instante inmediatamente anterior no existan en ningún lugar.
Aprendimos que, a menudo, esas energías sociales se forman cuando “lo instituido” queda desbordado, cuando se sustrae un espacio a los dispositivos de poder, y se vacía ese espacio del poder que lo permea. Cuando se consigue, en definitiva, crear un "vacío de poder". La creación de ese tipo de situaciones hace que las energías sociales se retroalimenten a sí mismas: van perdiendo fuerza y, de repente, vuelven a crecer como ocurre con las tormentas.
Por ejemplo, subvertir los funcionamientos habituales y los usos establecidos, ocupar los espacios, transformar los lugares de paso en lugares de encuentro y de habla, todo eso desata una creatividad colectiva que inventa de inmediato nuevas maneras de extender esa subversión y de hacerla proliferar.
(…) Mayo volvió a recordarnos, pero con especial intensidad, que los espacios liberados engendran nuevas relaciones sociales, que crean nuevos lazos sociales y que, en comparación con los lazos previamente existentes, esos se revelan incomparablemente más satisfactorios. Las personas experimentan entonces el sentimiento de que viven una vida distinta, donde gozan de lo que hacen, descubren nuevos alicientes, y se lanzan a una profunda transformación personal en muy poco tiempo, como si interviniese un proceso catalítico extraordinariamente potente.
La gente se conciencia y se politiza en cuestión de días, y no superficialmente sino profundamente, con una rapidez que resulta propiamente increíble.
(…) Mayo nos mostraba que son las realizaciones concretas, aquí y ahora, las que son capaces de motivar a la gente, de incitarle a ir más lejos y de hacerle ver que otras formas de vivir son posibles. Pero también nos advertía de que para que estas realizaciones puedan acontecer, la gente necesita, imperativamente, sentirse protagonista, decidir por ella misma, y es cuando es realmente protagonista, y cuando se siente efectivamente como tal, cuando su grado de implicación y de entrega puede dispararse hasta el infinito.

¿Acaso no fue eso lo que ocurrió efectivamente en las plazas en mayo de 2011 como ya había ocurrido en Mayo del 68? Cuando volvemos nuestra mirada hacia el movimiento que empezó a tomar cuerpo en mayo de 2011 es fácil reconocer en él varias de las características que mencionaba en aquel artículo. Sin embargo, si un acusado aire de familia entre Mayo del 68 y Mayo del 2011 fue perceptible mientras el Movimiento 15M se iba construyendo, no cabe decir lo mismo cuando se considera la ulterior evolución de una parte sustancial del 15M y lo que hoy acontece en el escenario político español


Volveré inmediatamente sobre ello, pero antes quiero mencionar algunas de las diferencias que se pueden apreciar entre el Mayo del 68 y el Mayo del 15M, por encima del mencionado aire de familia que les une y guardando todas las proporciones.

Por ejemplo, la cuestión de la violencia recibió en cada circunstancia un tratamiento bastante dispar. Es cierto que, tanto en el 68 como en el 2011, las instituciones y los medios de comunicación magnificaron los destrozos y los actos de violencia callejera, atribuyendo toda la responsabilidad a los manifestantes. Sin embargo, por parte de los actores de uno y otro Mayo la actitud hacia la violencia fue bastante distinta. Nadie, en ninguno de los dos casos la justificó o la pregonó, pero en Mayo del 68 no se criminalizó sistemáticamente su uso sino que, frente a la violencia de los cuerpos represivos y de las instituciones, la violencia de la correspondiente respuesta gozó de cierta legitimidad y se ejerció efectivamente. No solo no se rehuyó el enfrentamiento sino que, en determinadas ocasiones, como por ejemplo, en la noche de las barricadas, se preparó deliberadamente y concienzudamente la resistencia violenta frente a la más que previsible intervención policial. No ocurrió nada parecido en las plazas del 15M. La excepción fue, quizás, el bloqueo del Parlament de Catalunya en Barcelona, con unas consecuencias que aún colean.

Otra diferencia tiene que ver con la proliferación de los focos de activismo y con la extensión de las ocupaciones. Es cierto que el 15M acabó por emigrar hacia los barrios. Sin embargo, eso aconteció en París al día siguiente de los primeros enfrentamientos. Es decir, el 4 de mayo se lanzó un llamamiento para crear los Comités de Acción en todos los barrios y en los centros de trabajo a fin de esparcir y de multiplicar los focos de agitación. Así mismo, el movimiento de ocupaciones fue apoderándose de nuevos edificios donde se instalaron colectivos dispuestos a desarrollar de forma autónoma nuevas iniciativas.

Una tercera diferencia tiene que ver con la extensión al mundo del trabajo. Es cierto que muchos trabajadores acudieron a las plazas del 15M, pero esa incorporación de los trabajadores al Movimiento no supuso la incorporación del Movimiento a los centros de trabajo, como sí ocurrió en Mayo del 68 aunque en una medida insuficiente.

Ahora bien, cuatro años después del inicio del 15M las diferencias con Mayo del 68 se han ampliado de manera considerable si tomamos como punto de referencia la organización Podemos y las diversas alianzas que se han constituido para llevar los movimientos sociales a la conquista de las instituciones.

Mayo del 68 nunca se planteó seriamente la toma del poder. Su inclinación pasaba, más bien, por disolver el poder o por cortocircuitarlo. Mayo quería cambiar la vida y para ello había que salir del capitalismo, lo cual suponía creer en la exaltante posibilidad de hacer la revolución. Hoy, el componente utópico de Mayo ha dejado paso a un fuerte realismo [
← pragmatismo] político y la aspiración consiste en regenerar tanto la política como la democracia y humanizar el capitalismo, lo cual supone conquistar el poder político, tomar las instituciones o, por lo menos, conseguir una presencia en su seno que permita enderezar su rumbo. La apuesta institucional ha sustituido la convicción de que hay que desertar de las instituciones.

Dicho de forma abrupta: Mayo del 68 pretendía abolir lo existente y trabajar para su radical mutación. Hoy se trata de regenerar lo existente.

La actitud hacia las elecciones resulta paradigmática. Cuando el General de Gaulle convocó las elecciones, la respuesta consistió en denunciarlas como una trampa para tontos (8). Sin embargo, hoy todo se fía a ganar los comicios.

Conviene recordar que Mayo también fue importante por todo aquello que declaró obsoleto, por los caminos que clausuró, por las prácticas de lucha, por los modelos organizativos y por las concepciones políticas que descalificó. Frente a aquellos planteamientos, quién no ve que Podemos significa una regresión a las concepciones anteriores a la explosión de Mayo del 68, poniendo a su servicio, eso sí, las tecnologías las más avanzadas. El diseño, entre unas pocas cabezas pensantes, de una estrategia para avanzar hacia la hegemonía política, la construcción de una potente máquina de guerra electoral, y la adhesión a una cúpula dirigente carismática, son algunos de los elementos donde afloran las trazas de vanguardismo y de rancio leninismo presentes en esa organización de nuevo cuño. Salvo que sea sorprendentemente ingenua, la voluntad de construir unos instrumentos realmente eficaces para conquistar poder político institucional no puede ignorar que está aceptando adentrarse en la vía de las inevitables concesiones, de los pactos y de un sinfín de renuncias que solo pueden servir para fortalecer el status quo, remozándolo. No cabe duda, parte de la herencia del 15M se sitúa hoy en las antípodas de lo que fue Mayo del 68, y basta con leer el libro de Jacques Baynac para convencerse plenamente de ello.

Contrariamente a lo que había anunciado, parece bastante claro que no he conseguido contener del todo mi pasión a la hora de escribir este prólogo. Lo siento, pero es como si un insaciable deseo de Mayo siguiese soplando persistentemente en el viento…
Tomás Ibáñez

Barcelona, junio de 2015

NOTAS:  
 
1. “Ce n’est qu’un début, le combat continue” (“Esto es tan solo un inicio, el combate prosigue”), fue uno de los lemas que más se gritaron durante las manifestaciones de Mayo, incluso cuando el combate ya tocaba a su fin.
2. Emma Cohen. La libreta francesa. Mayo del 68. Castellò de la Plana: Publicaciones de la Universitat Jaume I, 2010.
3. “Les événements” era la expresión con la que todo el mundo se refería a lo que sucedía entonces en Francia.
4. Federación Japonesa de Asociaciones Estudiantiles.
5. “Metro, boulot, dodo” (“Metro, curro, catre”) fue el lema que se usó para caracterizar la rutina de esa vida que no es vida.
6. Comité Invisible. A nuestros amigos. Logroño: Pepitas de Calabaza, 2015.
7. Tomás Ibáñez. “Más allá del recuerdo, pero muy lejos del olvido”. Archipiélago, nº 80-81, 2008, 131-136.
8. “Elections piège à cons” (“Elecciones trampa para tontos”).


miércoles, 23 de marzo de 2016

JUSTOS, SALVADORES Y PARTISANOS. TIMOTHY SNYDER: Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia.


Cuando hice la reseña  sobre este libro ya señalé, que para no alargarla en exceso, los tres últimos capítulos los dejaba para una segunda parte. Estos capítulos sintetizan las acciones y actitudes de enfrentamiento al nazismo y de auxilio a las víctimas. Me interesaba conocer quienes fueron capaces de separarse de la masa y, aun a costa de arriesgar la propia vida y la de sus familias o vecinos, ayudar a los perseguidos/as, especialmente a la población judía.

Decía H. Arendt en Eichmann en Jerusalén que tan solo los seres “excepcionales” podían reaccionar “normalmente”, es decir, desde criterios morales y que la abrumadora mayoría del pueblo alemán creía en Hitler (…). Contra esta ciclópea mayoría se alzaban unos cuantos individuos aislados que eran plenamente conscientes de la catástrofe nacional y moral a que su país se dirigía. Los pocos justos fueron muy pocos confirma Timothy Snyderm, en Alemania y en la Europa oriental.

LOS POCOS JUSTOS
Joseph Roth en 1939 señalaba que la indiferencia resulta brutal cuando se enfrenta a lo humano:
(…) los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe. Si el humanitarismo se percibe como excepcional, ello significa que la inhumanidad es lo acostumbrado. Lo natural se convierte sin más en sobrenatural. (…) Nada es tan brutal como la indiferencia frente a lo que ocurre en el terreno de lo humano
Amparados en esa indiferencia, la mayoría de los judíos casi siempre fueron rechazados en su huida y morían. Las pocas personas que los ayudaban  lo hicieron porque eran capaces de imaginar cuán distintas podían ser sus propias vidas. El riesgo al que se exponían quienes ayudaban a los judíos lo compensaban con la visión del amor, del matrimonio, de los hijos, de soportar la guerra hasta que llegase la paz. Incluso el deseo sexual y el matrimonio era una posibilidad. El amor por los niños/as, ser una ayuda en una granja, podían ser otras posibilidades.


En la mayor parte de los casos que se socorría a los judíos, no había por medio ninguna institución, ni siquiera una privada como la granja, la casa, una familia o una relación amorosa. ¿Qué ocurría cuando no había ninguna motivación humana, ni ningún vínculo entre el acto individual de rescate y el universo en que tenía lugar, ni ninguna perspectiva de que el judío pudiese complementar el futuro del resto? ¿Quién acudía en su auxilio? Casi nadie.

Snyder analiza los motivos de los pocos justos y concluye que podían estar relacionados con algún elemento presente en el primer encuentro. Los judíos podían sobrevivir si se abstraían de su propio sufrimiento y eran capaces de observar el encuentro desde la perspectiva del otro. Las motivaciones eran diversas: sentirse obligado a ayudar a quien lo necesitaba, rebeldes de nacimiento,  o la firmeza en construir un lugar en el planeta que fuera seguro para los perseguidos. Integridad desinteresada, sentido de la humanidad, hospitalidad, amabilidad, comportamiento “normal”, bondad… Snyder analiza todas las posibilidades y afirma lo difícil que resulta conocer dichas motivaciones porque, en general, los que ayudaron no lo explican y si lo hacen es con modestia. Solían ser personas, señala Snyder, que en tiempos de paz solían tomarse las normas éticas y sociales quizás demasiado al pie de la letra. Eran, además, personas que se conocían a sí mismas.

Con querer ayudar no bastaba debido a que las presiones existentes, el riesgo y la duración de la ayuda podían ser excepcionales.
Era un época en la que ser bueno significaba no solo evitar el mal, sino actuar con total convicción por el bien de un desconocido, en un planeta en el que el infierno, no el cielo, era la recompensa a la bondad (353).
Resultaría consolador creer que las personas que provocaron la muerte de los judíos se comportaban de forma irracional, pero, de hecho, lo que a menudo hacían era adscribirse a la racionalidad económica estándar. Los pocos justos se comportaban de un modo que la norma, basada en cálculos económicos de bienestar personal, concebiría como irracional.

LOS SALVADORES GRISES
Como ya sabemos, en los lugares donde el Holocausto tuvo lugar, los Estados habían sido aniquilados, las leyes abolidas y la previsibilidad de la vida diaria destrozada. En este panorama grotesco los judíos debieron asumir toda la responsabilidad de sus propias vidas; actuaron de forma extraordinaria en unas circunstancias que escapaban a su entendimiento. Tuvieron que luchar contra la inercia colectiva, abandonar a sus familias y seres queridos y enfrentarse a lo desconocido. (…) no había nada que pudiera servir de preparación para lo que se inició en 1941 (286).
Los salvadores grises fueron personas que proporcionaban “papeles” a los perseguidos/as. Para personas que habían quedado desprotegidas completamente por la aniquilación del Estado, disponer de documentos, aunque fueran falsos, podía suponer la vida. Parece paradójico pero Snyder constata la  existencia de mujeres judías del este que fueron a Alemania ocultando ser judías con documentos falsos y salvaron la vida. En este sentido los diplomáticos, por poder dar “papeles”, salvaron  a muchos judíos, un ejemplo fue el cónsul español de Burdeos, Eduardo Propper de Callejón.









Irena Sendlerowa tiene una calle dedicada en Varsovia por su ayuda a niños y niñas judías.

PARTISANOS DE DIOS Y DE LOS HOMBRES
Respecto a quienes ofrecieron resistencia, partisanos de los hombres, Snyder describe los dos grupos que opusieron resistencia a los alemanes tras las líneas del frente oriental: el Ejército Nacional polaco y los partisanos soviéticos. Ambos luchaban contra los alemanes y ambos aspiraban a controlar las mismas tierras del este tras la guerra, tierras que eran la patria universal de los judíos.
Estos partisanos de los hombres salvaron a algunos judíos o los incorporaron a sus filas si les convino, pero tendieron a negar el especial sufrimiento de los judíos. Stalin explico a sus aliados que trataría los territorios adquiridos al aliarse con Alemania como si siempre hubieran sido soviéticos. Las fuerzas soviéticas cuando entraron en esas tierras llevaban amnesia entre su munición: la anterior ocupación de 1939 debía olvidarse y considerarse su llegada en 1944 como liberación del fascismo. En cambio el Ejército polaco que nunca había combatido al lado de Alemania, fue considerado por los soviéticos como fascista y muchos de sus oficiales ejecutados.
La propaganda soviética y polaca negó el  sufrimiento de los judíos y retrató sus asesinatos como parte del martirio generalizado de la pacífica ciudadanía soviética o polaca. Todo ello buscaba justificar entre otras cosas la apropiación de propiedades judías. El gobierno de estilo soviético en Polonia, al igual que en los demás lugares, requería el monopolio de la virtud, así como el control del pasado.
Respecto a los partisanos de dios, la ayuda de las iglesias a los judíos fue nula entre las iglesias que habían disfrutado de una relación estrecha con el Estado antes de la guerra y/o eran mayoritarias. Los cristianos que se compadecieron de los judíos fueron excepciones dentro de la catástrofe moral de la cristiandad durante el Holocausto.

Un balance tan escueto de las ayudas recibidas por los judíos debería hacernos pensar sobre los intereses políticos que saltan por encima de lo puramente ético, la indiferencia ante lo humano, los comportamientos colectivos manipulados con destreza por el poder y tantas otras cuestiones que siguen en juego cuando se trata ayudar a las personas indefensas que sufren persecución. Naturalmente pienso en los miles de personas refugiadas que llegan a Europa desde Siria.

domingo, 13 de marzo de 2016

LA BELLEZA Y OTRAS REFLEXIONES DE BYUNG-CHUL HAN

Mi admiración por la obra de Byung-Chul Han me ha ido conduciendo a leer cada uno de los libros que la editorial Herder va publicando. En este nuevo libro, La salvación de lo bello, Han profundiza en uno de sus temas fundamentales, la negatividad frente a la alabada positividad. Han ya había cuestionado el exceso de positividad de nuestra sociedad[1], afirmando que su violencia no se percibe de forma inmediata ya que no parte de una negatividad extraña al sistema sino que es sistémica, es una violencia inmanente al sistema. La negatividad es entendida por Han como la acción que dice NO y es soberana, es lo que mantiene la existencia llena de vida, inspirándose en Nietzsche. Hay dos formas de potencia, la positiva es la potencia de hacer algo, la negativa es la potencia de no hacer, en términos de Nietzsche, decir NO. Se diferencia, no obstante, de la mera impotencia, de la incapacidad de hacer algo. La negatividad del NO constituye un proceso extremadamente activo puesto que la negatividad es ruptura.  Es un ejercicio que consiste en alcanzar en sí mismo un punto de soberanía, en ser centro.

JEFF KOONS, BILBAO, 2010

La salvación de lo bello arranca con un capítulo titulado “Lo pulido”, en el que cuestiona el arte de Jeff Koons, como representante de lo que Han considera arte infantil, banal, vaciado de toda profundidad, de toda abisalidad de toda hondura. Un arte pulido, pulimentado, bruñido, abrillantado, en el que uno no se encuentra con el otro, sino solo consigo mismo, un arte en el que queda eliminada la alteridad o la negatividad de lo distinto y de lo extraño. Un arte que solo quiere agradar, al que se le quita toda forma de conmoción, vulneración y  derrumbe, en definitiva al que se priva de toda negatividad.


Otro tema habitual en la obra de Han y que vuelve a aparecer en esta obra es lo pornográfico frente a lo erótico. Para Han el Eros agoniza, el capitalismo intensifica el progreso de lo pornográfico en la sociedad, en cuanto lo expone todo como mercancía y lo exhibe. No conoce ningún otro uso de la sexualidad. Profaniza el Eros para convertirlo en porno, a través de la desritualización y desacralización. La cultura de consumo estimula que el sujeto moderno perciba cada vez más sus deseos y sentimientos de manera imaginaria a través de mercancías y de las imágenes de los medios[2].
En obras anteriores[3], y en esta también lo recupera, lo pornográfico se aplica  a los flujos de información y datos, ya que estos no tienen, ni reversos, ni doble fondo. Los datos y la información, frente al saber, se entregan a una visibilidad total, habitan un tiempo que se ha satinado a partir de puntos de presente indiferenciados, es un tiempo sin acontecimientos ni destino y, por ello, la información es una forma pornográfica del saber. La permanente presencia pornográfica de lo visible en el arte destruye lo imaginario. Paradójicamente, no da nada a ver, refiriéndose a la obra de Koons. De la misma manera, lo pornográfico se aplica al cuerpo al despojarlo de su lenguaje, el rostro ya no contiene mundo, es decir, ya no es expresivo. El selfie  es ese rostro vacío e inexpresivo y remite al vacío interior del yo; algo parecido ocurre con el Quantified Self que provee al cuerpo de sensores digitales que registran todos los datos que se refieren a la corporalidad, transformando el cuerpo en una pantalla de control y vigilancia.


El tema central de esta obra es la belleza. Han señala la estética de la modernidad como el momento en que lo bello y lo sublime se disgregan. Han considera que se ha de revocar tal separación y, partiendo de esta afirmación, señala que lo bello natural queda cerrado a la mera complacencia y anuncia lo completamente distinto, la negatividad, su temporalidad es el ya del todavía no y se manifiesta en el horizonte utópico de lo venidero. Lo bello es un escondrijo porque no existe la belleza transparente, ésta es necesariamente una apariencia porque el desvelamiento la desencanta y la destruye. Como ya se ha señalado, la pornografía como desnudez sin velos ni misterios es la contrafigura de lo bello, por tanto, de lo erótico.
Ver en un sentido enfático, siempre es ver de forma distinta, es decir, experimentar y exponerse a una vulneración. Sensibilidad es vulnerabilidad. Aprender a ver es un dejar que algo suceda o un exponerse a un suceso. De la experiencia forma parte necesariamente la negatividad del verse conmocionado y arrebatado, que es la negatividad de la vulneración. Sin dolor ni vulneración prosigue lo igual, lo que nos resulta familiar, lo habitual, el infierno de lo igual donde no hay verdad.
Puesto que lo bello da testimonio de lo no idéntico, se sitúa entre el desastre y la depresión, entre lo terrible y lo utópico, entre la irrupción de lo distinto y el anquilosamiento de lo igual (66).
Propugna la distancia contemplativa hacia el objeto eliminando el exceso de estímulos del régimen estético actual que elimina lo bello y lo entrega al consumo. Pone como ejemplo la sexualización del cuerpo en la actualidad, que no emancipa sino que comercializa el cuerpo. El consumo elimina la duración y el carácter y por ello triunfa la inconstancia y la evanescencia de la moda. El consumidor ideal es un hombre sin carácter que lo impulsa al consumo indiscriminado. Facebook es un mercado de la falta de carácter.
Lo bello es un fenómeno del lujo. Ya en otra obra anterior Han planteaba la defensa del lujo[4] y afirmaba que nuestro futuro dependerá de que seamos capaces de servirnos de lo inservible más allá de la producción. El lujo, en su sentido primario, no tenía nada que ver con la praxis consumista. Es, por el contrario, una forma de vida que está libre de la necesidad y de lo útil. El lujo solo es pensable más allá del trabajo y del consumo. Visto así, el lujo es afín al ascetismo y ahí encuentra su espacio lo bello.
Por tanto, lo bello enseña a demorarse desinteresadamente en algo. Lo bello es una finalidad en sí mismo, existe por sí mismo, el sujeto se sume contemplativamente en el objeto y se unifica y reconcilia con él. Lo bello no hace propaganda de sí, no seduce, solo invita a demorarse contemplativamente, por ello es la antítesis de la lógica del capital. Lo bello permite desembarazarse de sí mismo y que el yo se suma en lo bello desprendiéndose de sí mismo. Cuando esto ocurre el tiempo se queda quieto y es lo que permite distinguir la visión estética de la percepción meramente sensible. El ver llega a su destino. La experiencia dichosa de la duración surge de una fusión de pasado y presente. El presente se ve conmovido, vivificado, fecundado por el pasado, por ello el recuerdo puede ser la esencia de la existencia humana.
La belleza es el acontecimiento de una relación. Le es inherente una temporalidad peculiar. Se sustrae al disfrute inmediato, pues la belleza de una cosa solo se manifiesta más tarde, a la luz de otra cosa, como reminiscencia. Consta de sedimentaciones históricas que fosforecen.(…) A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento (103).
Lo bello es vinculante, funda duración. Es lo que da la medida por excelencia. La salvación de lo bello es la salvación de lo vinculante.





[1] La sociedad del cansancio (2012), p. 23.
[2] En Eros e incertidumbre actual.
[3] La sociedad de la transparencia y En el enjambre.
[4] En Psicopolítica

jueves, 3 de marzo de 2016

TIMOTHY SNYDER (2015): Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia.

Tras la lectura de Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, obra que ha aparecido en este espacio en diversas ocasiones, no dudé en leer esta nueva publicación que complementa la anterior.

Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia, plantea una idea interesante desde el mismo título: la historia puede tener un papel importante para explicar aquello que ocurrió, avisando lo que puede volver a ocurrir. El punto de partida de la obra es entender el desafío hacia la política convencional que fueron las ideas de Hitler, haciendo viable un crimen sin precedentes. El nazismo construyó una cosmovisión que contenía el potencial para cambiar todo a través de su proyecto de mundo perfecto en el que sobraban los judíos y que podía canalizar las tensiones de la globalización. Analizar las ideas, del “mundo de Hitler”, explica cómo se pueden reproducir en “nuestro mundo”, según el autor.
Aun cuando el intento es loable, resulta arriesgado que un historiador entre en el terreno del análisis de la actualidad y prevea posibilidades de futuro. Pero al margen de las conclusiones finales, que sería el capítulo más discutible (y cuestionable), Tierra negra es una obra de gran calidad que explica aspectos determinantes del Holocausto.
La obra está dividida en doce densos capítulos en los que se analizan todos aquellos aspectos que definieron el mundo de Hitler y los objetivos que perseguía. Los tres últimos capítulos, de los que me ocuparé en otro momento, sintetizan las acciones y actitudes de enfrentamiento al nazismo (o al stalinismo, en menor medida) y de auxilio a las víctimas.
Tierra negra, desde mi punto de vista, aporta claves interpretativas que esclarecen aspectos fundamentales de lo ocurrido en Europa oriental, entre 1933 y 1945. Esas claves son las que trataré de sintetizar.



La concepción nazi del ser humano en relación a la naturaleza. El espacio vital.
Resulta imprescindible partir de las propias ideas de Hitler para comprender la lógica racional, que la tiene, de su pensamiento político.
Hitler rompió con las escuelas de pensamiento político que presentaban a los seres humanos diferenciándolos de la naturaleza por su capacidad de imaginar y crear nuevas formas de asociación. Para el nazismo, la estructura inmutable de la vida residía en la división de los animales en especies, condenados a un “aislamiento interno” y a una lucha constante hasta la muerte. Hitler estaba convencido de que las razas humanas eran como las especies y que el incesante conflicto de las razas no era un elemento más de la vida, sino su esencia. Por tanto, los humanos no eran en realidad más que un elemento de la naturaleza y esta consistía en una cruenta lucha. La ley de la selva era la única ley, las personas debían reprimir toda tendencia a la compasión y ser codiciosas.
Los judíos no eran una raza, sino una no-raza o contrarraza, ya que ellos obedecían a la extraña lógica de la “no naturaleza” porque se resistían a los imperativos básicos de la naturaleza e inventaban ideas generales que alejaban a las razas de la lucha natural, generando conceptos que permitían ver el mundo menos como una trampa ecológica y más como un orden humano.
Al equiparar la naturaleza con la política, el nazismo no solo abolía el pensamiento político, sino también el científico, puesto que ninguna raza, por avanzada que fuera, podía cambiar la estructura básica de la naturaleza mediante ninguna innovación.
Vinculado con esta concepción de la naturaleza, el espacio vital era un término que expresaba toda la amplitud de significado que el nazismo asignaba a la lucha natural, que iba desde la lucha racial permanente por la supervivencia física hasta la guerra sin fin por la percepción subjetiva de querer tener el nivel de vida más alto del mundo. Alemania necesitaba controlar territorio suficiente para producir alimentos sin coste para la industria. Esos territorios, eran imaginados como “espacios” que estaban de hecho “abiertos”, es decir, no ocupados por “nadie”, el racismo convertía las tierras pobladas en potenciales colonias. Aunque esas tierras estaban ocupadas por el grupo cultural más grande de Europa, los eslavos (ucranianos, rusos, bielorrusos y polacos), el problema quedó solventado al ser considerados como raza inferior. De esta manera el principal objetivo de Hitler se podía poner en marcha: enviar a los alemanes a una fatídica guerra de destrucción racial en el este.

La creación de la no estatalidad y  la guerra de destrucción racial en el este
Snyder, en una de sus principales claves interpretativas, considera que la destrucción del Estado, es decir, la no estatalidad permite poner en marcha su revolución al dejar desprotegidas a las personas, especialmente a las minorías que son las que más necesitan de la protección del Estado y del imperio de la ley. Su ideología le permitía prever la destrucción de Estados en nombre de la naturaleza y así posibilitar la guerra racial. La revolución nazi se basaba en no reconocer la ciudadanía y arrastrar a Alemania junto a Europa al desgobierno. A Hitler no le importaba el destino de su propio Estado porque creía en un mundo formado por razas más que por Estados y actuaba en consecuencia. La destrucción del Estado podía ser el final de la guerra o el principio. Cuando la guerra se volvió en su contra, la matanza de judíos bajo control alemán se aceleró. Para él las derrotas alemanas sacaban a la luz la mano oculta del enemigo judío mundial, cuya destrucción era necesaria para ganar la guerra y redimir a la humanidad; el exterminio de judíos era una victoria para la especie. 
Hitler no era un nacionalista alemán seguro de la victoria de su país que aspiraba a ampliar el Estado alemán, sino un anarquista zoológico que creía que debía restaurar el estado natural de las cosas (p. 277).
Esta revolución se anticipó, antes de la guerra, cuando las SS en Alemania crearon en los campos de concentración pequeñas zonas dentro del país donde el Estado carecía de jurisdicción, es decir, de no estatalidad. Himmler estableció el primer campo de concentración en 1933 en Dachau, en él el Partido Nazi (no el Estado alemán) podía castigar al pueblo (comunistas, socialistas, disidentes políticos, homosexuales, criminales y maleantes) de manera extralegal, al margen de la protección del Estado y aislados de la comunidad nacional alemana. La voluntad de Hitler podía, pues, separar a los órganos coercitivos de la ley y del Estado.
El precedente de los campos alemanes como espacios de la no estatalidad se confirmó en 1938 cuando el Estado austriaco dejó de existir y Hitler proclamó la Anschluss, los nazis comprobaron que la mejor manera de separar a los judíos de la protección del Estado era destruirlo. Ningún estado se interesó por la desaparición de Austria, pero los judíos vieron el inicio de un proceso generalizado de separación de los Estados europeos y empezaron a intuir que no tenían lugar donde ir. La destrucción de Austria supuso la llegada de judíos  a Polonia, que reaccionó también intentando quitar la nacionalidad a los judíos polacos que vivían en el extranjero arrebatándoles la ciudadanía y dejándoles en situación vulnerable.
Alemania buscó, a partir de noviembre de 1938, la alianza con Polonia tras había absorbido Austria (y su oro) y gran parte de Checoslovaquia (y sus armas), unos nueve millones de personas. Pero las autoridades polacas no querían guerra y dudaban de la buena voluntad de los alemanes, de esta manera, al no aceptar el pacto se convirtieron en una barrera para la guerra de destrucción racial en el este.  En esa situación se inscribe el pacto con la URSS a la que le interesaba ese pacto para rehacer Europa del Este (cosa que Londres y París no le ofrecían). El acuerdo firmado por Ribbentrop y Mólotov el 23 de agosto de 1939 era más que un pacto de no agresión, incluía un protocolo secreto que dividía Finlandia, las tres repúblicas bálticas y Polonia en dos esferas de influencia, la soviética y la alemana. Esta zona era además uno de los núcleos territoriales de la comunidad judía mundial que los judíos llevaban poblando medio milenio sin interrupción, este núcleo se convirtió en el lugar más peligroso para los judíos en toda su historia: 20 meses después, allí daría comienzo el Holocausto y en tres años la mayor parte de los millones de judíos que vivían allí estarían muertos. Stalin sabía que estaba entregando a Hitler dos millones de judíos y la ciudad judía más importante de Europa, Varsovia.
La invasión alemana de Polonia se llevó a cabo bajo la premisa de que Polonia no existía y no podía existir nunca, por tanto, no hubo ocupación porque nada existía (una postura parecida mantuvo la URSS). De esta manera pudo dar comienzo la verdadera revolución nazi. Hitler no reconocía la ciudadanía y arrastraba a Alemania junto a Europa al desgobierno. Alemania trataba Polonia como Europa había tratado a las colonias: como un pedazo de tierra poblada por seres descontrolados e indefinidos; eso suponía reprimir personas y destruir las instituciones que de hecho estaban presentes aunque negadas. Había que destruir a la elite polaca, la intelligentsia, y a través de los Eisatzgruppen, cuerpos especiales de policías  y miembros de las SS, organizados por Heydrich, impedir la creación de la resistencia polaca. El camino al Holocausto se iba allanando.


La doble ocupación y el mal mayor
Para Snyder, el plan de Hitler de erradicar al pueblo judío del planeta requería algo más que la guetización o la proclamación de un orden colonial. La hipótesis del autor considera que, para precipitar el Holocausto, hacía falta una doble destrucción del Estado que implicaba: primero la destrucción de los Estados nación de entreguerras mediante las técnicas soviéticas y luego la del recién creado aparato del Estado soviético por las técnicas nazis, aún en construcción. Fue en la zona de doble ocupación donde se perfiló la Solución Final.
La destrucción que realizó la URSS se llevó a cabo con los medios que ya habían usado durante el Gran Terror: la policía secreta (NKVD) y las deportaciones a los gulag. Así, el poder soviético asesinó en masa a oficiales y otros ciudadanos, la élite culta, para evitar la resistencia  (en Katyn, en abril de 1940, 21.892 personas fueron asesinadas, entre ellas había judíos). Sus familias fueron deportadas, explotadas y desnacionalizadas, se legalizó el robo a través de las nacionalizaciones, resultando los judíos los más afectados.
La destrucción de los Estados por parte de la URSS provocó que hubiera gente que deseara la llegada de los alemanes para restaurar dichos Estados, algo falso pero con lo que jugaron los nazis. Hitler solo estaba interesado en librar a sus colaboradores políticos de los judíos.
Los alemanes llevaron el anhelo de anarquía (entendida como no estatalidad) que sólo se puede trasladar al extranjero, aprendieron a explotar la experiencia de la ocupación soviética para alcanzar sus propias metas, aún más radicales, e inventaron la política del mal mayor. En la zona de doble obscuridad, donde confluyeron la creatividad nazi y la precisión soviética, se encontraba el agujero negro del holocausto.
En 1941, los miembros de los Einsatzgruppen, los policías y los soldados, todos ellos alemanes, colaboraron con grandes sectores de la población local, de múltiples nacionalidades, que habían experimentado el dominio soviético. Acusar exclusivamente de estos asesinatos a los Einsatzgruppen fue un mito surgido en los juicios en Alemania para proteger a la mayoría de los asesinos y aislar los crímenes de la sociedad alemana en sí. Ciudadanos soviéticos de todas las nacionalidades, incluido un número considerable de comunistas, participaron en el asesinato de judíos junto con los alemanes.
De la misma manera, explicar que la población local colaboró por ser antisemita es contribuir al mito de que los asesinatos de judíos en el frente oriental respondieron a la ira justificada de los pueblos oprimidos contra sus supuestos caciques judíos. Es cierto que estaba extendido el antisemitismo, pero ese hecho no explica el asesinato en masa y eso lleva a pensar que, igual que alemanes y judíos tenían objetivos políticos, también los tenían los pueblos locales. Si se cae en la trampa de la etnificación y la responsabilidad colectiva, se abole el pensamiento político y se revoca la voluntad individual, por tanto, se puede caer en la complicidad con nazis y propagandistas soviéticos. Esta masacre sin precedentes no habría sido posible sin un estilo especial de política. Por tanto, la matanza de judíos la planificaban los alemanes pero la ejecutaban con la colaboración de personas de todas las nacionalidades presentes en la zona.
Los alemanes necesitaban personas de otras nacionalidades para que su ideología se extendiera más allá de sus fronteras. Al definir el comunismo como corriente judía y a los judíos como comunistas, los invasores alemanes perdonaron de facto a la gran mayoría de los colaboradores con el poder soviético (cuando la colaboración había sido de prácticamente toda la ciudadanía). El mito judeobolchevique confirmaba la idea a la que los nazis debían aferrarse para que su invasión tuviera sentido: un único golpe a la URSS podía ser el principio del fin de la conspiración judía mundial y un único golpe a los judíos podía acabar con la URSS.
La política consiste en la coordinación de actores con experiencias, percepciones y objetivos distintos; sin embargo en este lugar y este tiempo concretos, en los que un régimen extremadamente duro daba paso a otro, en los que la colaboración con los soviéticos había sido generalizada, y en los que las instrucciones nazis para el asesinato racial no eran específicas, no existía una fuente de autoridad política que sirviera de guía. La política del mal mayor fue una creación colectiva en una época de caos.
Se trataba de que aquellos que habían colaborado con los soviéticos, se congraciaran con los alemanes matando judíos. Hubo más colaboración allí donde existía la cuestión nacional y, por tanto, motivaciones políticas (por ejemplo entre los ucranianos, lituanos y letones) que creían que la invasión alemana favorecería sus intereses políticos.
Los judíos eran sacrificados en nombre de la sagrada mentira de la inocencia colectiva del resto (p. 212).
El mito judeobolchevique separaba a los judíos del resto de ciudadanos soviéticos, y a la mayoría de soviéticos de su propio pasado. El asesinato de judíos y el traspaso de sus bienes eliminaban el sentimiento de responsabilidad por el pasado.

En resumen…
Una ideología basada en el conflicto racial como esencia de la vida, el derecho a un espacio para las razas superiores que exterminan, o ponen a su servicio, a las no razas o razas inferiores.

La no estatalidad como clave para poner en marcha la revolución nazi basaba en arrastrar a Alemania junto a Europa al desgobierno. Alemania, gracias a la no estatalidad, engendró nuevas formas de hacer política que se pudieron aplicar en las zonas de doble ocupación (soviética y nazi) de la Europa oriental, lo que Snyder denominó en su obra anterior las tierras de sangre.

La revolución nazi, que se concretó muy pronto en el exterminio de los judíos al fracasar el intento de ocupación rápida de la URSS, contó con la colaboración de grandes sectores de la población local de múltiples nacionalidades, incluido un número considerable de comunistas. Esta colaboración no se debió solo al miedo o a reacciones irracionales, sino fundamentalmente a algo tan racional como que tenían objetivos políticos propios, recuperar sus estados nacionales.

La doble ocupación, el paso de un régimen extremadamente duro a otro, provocó la inexistencia de una fuente de autoridad política que sirviera de guía y la política del mal mayor se impuso. Los judíos eran sacrificados para justificar la mentira de la inocencia colectiva del resto.

martes, 23 de febrero de 2016

CON BREVEDAD: CORRUPCIÓN ENDÉMICA EN ESPAÑA

Tenemos tendencia a pensar que todo lo que ocurre es una novedad del presente. Esa percepción nos lleva a hacer falsas valoraciones acuciadas por la precipitación de la urgencia de la actualidad. Por desgracia, la corrupción no es una novedad en este país y conviene mirar el hecho desde la perspectiva histórica.


No me iré más allá de la Edad Contemporánea que inaugura un sistema político, el liberalismo que evolucionará a la Democracia, que afirma que la nación y posteriormente el pueblo gobiernan a través de sus representantes y al servicio de los mismos. Con anterioridad, los sistemas políticos daban por hecho, como señala Jacques Rancier en El odio a la Democracia, que gobernaban quienes tenían los títulos para gobernar a los hombres y mujeres, y estos eran dos: uno que estriba en la filiación humana o divina, o sea, la superioridad por nacimiento; otro que estriba en la organización de las actividades productivas y reproductivas de la sociedad, o sea, el poder de la riqueza. Los sistemas que claramente defendían ambos títulos para gobernar consideraban lógica la corrupción política, es decir, que los funcionarios públicos u otras autoridades públicas gobernaran en beneficio propio.


El liberalismo cuestionó el primero y la democracia el segundo. Otra cosa es si esto es real o seguimos gobernados por los superiores por nacimiento y los que tienen el poder de la riqueza bajo la apariencia del gobierno del pueblo. Esa reflexión será objeto de otro momento.

En España se dispuso de gobiernos liberales desde la muerte del último monarca absoluto, Fernando VII, en 1833 (con el antecedente de la Constitución de 1812 y el Trienio Liberal de 1820-23). Con soberanías nacionales y sufragios censitarios o elecciones manipuladas a través del encasillado y el caciquismo, el poder de la riqueza, de los propietarios, encumbró la corrupción como un elemento propio de la idiosincrasia del siglo XIX, exceptuando el breve intento del Sexenio Revolucionario (1868-1874) que fracasó de manera estrepitosa con la Iª República. La oligarquía controló férreamente el poder y gobernó para los amigos políticos que pedían favores a cambio de votos sin ocultarlo y sin ningún pudor o mala conciencia. Así, los políticos de la Restauración (1875-1931) recibían centenares de cartas para que la hija aprobara las oposiciones de maestra, el marido pudiera cambiar de destino militar, se construyeran infraestructuras en un lugar determinado o se favoreciera la venta de acciones de una empresa con problemas. Estas cartas, que he podido consultar en el caso del liberal, y varias veces ministro, Víctor Balaguer, no eran destruidas porque se consideraba algo habitual y no vergonzoso.



De este cambalache quedaba excluida la mayoría de la población que era marginada del poder a través de la manipulación electoral. El gobierno de la oligarquía alcanzó a ser tan desvergonzado en la Restauración, a través del bipartidismo y el turno pacífico, que se fue conformando una respuesta social a través del movimiento obrero de mayoritaria influencia anarquista y una respuesta política que consideró la Republica como la solución a toda esta injusticia en el reparto de la riqueza. Así, tras 56 años (incluyendo la primera Dictadura del siglo XX en España) el sistema de la Restauración fue desplazado del poder.

La IIª República, el primer sistema democrático que, brevemente, conoció España, intentó con poca fortuna acabar con el caciquismo, la oligarquía, la corrupción y la injusticia social. Demasiadas expectativas que pronto se frustraron entre quienes habían confiado en la “Gran Promesa” que se venía levantando desde hacía tiempo con la ilusión de la república. Todo acabó sangrientamente en una guerra civil y 36 años de Franquismo, un sistema totalitario que enseñoreo de nuevo, y con mucha más facilidad, el poder de la riqueza y la superioridad por nacimiento. La corrupción, desde la arbitrariedad del totalitarismo, volvió a estar vigente hasta la muerte del dictador en 1975.


Cuando se inició la Democracia actual, a partir de las primeras elecciones libres y la Constitución (1977-1978), el patrimonio con el que contábamos en cuanto a la existencia de un sistema democrático que perseguía la corrupción eran los cinco escuálidos años de la IIª República en los que no se logró acabar con ella (ahí están los casos de corrupción del Gobierno Lerroux) pero se condenó. Casi 140 años de existencia de la corrupción generan un comportamiento en la población y en la clase política de laxitud ante esta y de comprensión hacia los listillos/as que la practican. La corrupción está en el ADN de la población española que vota a políticos/as y partidos corruptos. De hecho, todos los partidos que han ganado las últimas elecciones, generales o autonómicas, forman parte de dichos partidos, incluso dentro de los nuevos partidos hay otros, me refiero a Izquierda Unida, que estando en los consejos de administración de las Cajas de Ahorros, no denunciaron lo que estaba ocurriendo en ellas, por no hablar de las famosas tarjetas opacas que utilizaron considerando normal ese premio a su silencio. La corrupción ha contaminado incluso a los sindicatos mayoritarios que continúan ganando las elecciones sindicales.



Si continuamos pensando que la corrupción es cosa de cuatro políticos/as que están en el poder y que con retirarlos de los partidos y del poder político se soluciona todo, estaremos prolongando un mal endémico que tiene difícil solución. La regeneración tiene que venir de abajo a arriba, empezando, por ejemplo, por no avalar a quien practica la corrupción, sean los partidos, el vecindario, las consultas médicas sin factura, las chapuzas sin IVA o los/las colegas del trabajo. También es factible una subversión colectiva del orden establecido cotidiano que corté nuestras contribuciones al Estado mientras se mantenga la corrupción (en especial el sistémico fraude fiscal de los y las poseedoras de la riqueza).