Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 3 de enero de 2016

SVETLANA ALEKSIÉVICH, El fin del “Homo sovieticus”.

¿Qué sentido tiene conocer la diferencia entre el bien y el mal cuando se paga un precio tan caro por ese conocimiento?
Dostoievski, Los hermanos Karamazov.

No estaba traducida todavía esta obra cuando supe de ella, poco antes de concederle el Nobel de Literatura, y tocó esperar su traducción que se ha acelerado porque el Nobel impulsa las traducciones y las reediciones.
Su título hace referencia al intento, por parte de Aleksiévich, de mostrarnos a través de entrevistas a las gentes que habían vivido en la URSS, constituyendo el denominado “Homo sovieticus”, antes de que desapareciera. Es un intento interesante: edificar la realidad sucedida a través de ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre todo (10).


La autora parte de la convicción, por tanto, de que una sola vida es en sí misma apasionante y que cada persona esgrime una infinidad de verdades:
A la historia sólo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano (14).

Y armada con su grabadora y mucha paciencia para saber escuchar y generar confianza en sus entrevistados/as, Aleksiévich nos muestra la condición humana con todas “sus” verdades, con sus luces y sombras, sus temores y sus ilusiones, sus creencias y sus decepciones. La autora lo que hace es combinar numerosas entrevistas, como si fuera un collage, a través de las cuales da una visión del ser humano en determinadas circunstancias, en este caso la desaparición de la URSS.
El fin del “Homo sovieticus” fue escrito en 2013 y se estructura en dos partes, la primera parte, “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo”, transcurre entre 1991-2001, el momento de la desaparición de la URSS tras la era Gorbachov, el fracasado golpe de Estado de agosto de 1991 y el postcomunismo de los diez primeros años. La segunda parte, “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”, avanza a lo largo de los diez años siguientes, 2002-2012. En total 21 intensos años de desmantelamiento del mundo soviético en los que, las diversas repúblicas que habían constituido la URSS, abandonaron el comunismo y una cierta manera de ser y de comportarse que constituyó el “homo sovieticus”. Ambas partes vienen precedidas por un subtítulo “El rumor de la calle y las conversaciones en la cocina”,  los espacios de donde Aleksiévich saca la información para construir la obra. La cocina hace referencia al espacio en el que los y las soviéticas hablaban con cierta libertad cuando la libertad de expresión era una quimera. Y ahí, la autora hace lo que más le gusta como escritora que es: descubrir cómo le apasiona una vida humana cualquiera y con ella la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya (14).

Precede a la primera parte un texto breve, apenas diez páginas, titulado “Apuntes de una cómplice” en el que la autora nos habla directamente, algo muy raro en el libro, para contarnos que ella conoce muy bien a ese “homo sovieticus” porque hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres (9). A partir de esta confesión que la honra, desgrana con brevedad algunas características de ese hombre/mujer de la era soviética que subsiste detrás de la mayoría de los pueblos que constituyeron la URSS. Entre algunos de estos rasgos que constituyen esa idiosincrasia rusa-soviética el ser un pueblo proclive a la guerra (10). Convirtieron la verdad en un enemigo como hicieron después con la libertad. Todos se sintieron víctimas, pero nadie se consideraba cómplice (13). ¿Qué deparará el futuro con una Rusia en la que cada día crece más la nostalgia de la Unión Soviética y de Stalin?


En la primera parte se van desgranando conversaciones sobre la URSS, el PCUS, la libertad, los libros, las ilusiones que despertaron Gorbachov y, especialmente, Yeltsin, la bebida, el Kremlin, Stalin y Lenin, los sufrimientos de los campos de trabajo o gulags, el hambre, etc. Destaca la resistencia de muchas personas a abandonar la idiosincrasia del homo sovieticus, especialmente por dejar de ser ciudadanos/as de una gran potencia y por la crítica a la propiedad privada, las desigualdades sociales y el consumismo. Muchas de sus reflexiones nos plantean la evidencia que, para muchas personas, la libertad es prescindible (los que seguían anclados con nostalgia en el comunismo), para otras se identifica con el consumismo y las posibilidades de acceso a una vida mejor aún a costa de la desigualdad. Un tercer sector, ilusionado con la libertad en un sentido más amplio, muestra su decepción ante las muchas ilusiones que nacieron en 1991, nos parecía estar en el umbral del reino de la libertad (82):
Nuestra fe era sincera, aunque ingenua… Creímos que en la calle nos esperaban los autobuses que nos conducirían a la democracia. Que íbamos a vivir en lindos apartamentos y abandonaríamos los grises edificios que levantó Jruschov, que una estupenda red de autopistas sustituiría nuestras calamitosas carreteras, que todos nos íbamos a convertir de golpe en gente simpática. Nadie buscaba argumentos racionales para justificar esas ilusiones. Tampoco los había. ¿Qué importaba? Creíamos con el corazón, ajenos a toda razón (80-81).

Cuando lees estos testimonios, cualquiera piensa que cómo es posible tanta ingenuidad, pues es posible, yo la he visto alucinada en Cataluña respecto a la independencia y eso que, en este caso, no se viene de un sistema totalitario sino democrático.
La autora narra sin ninguna piedad, sin modular nada, la dureza que significa que las víctimas del estalinismo fueran fervientes estalinistas y patriotas o el inicio de la guerra en Georgia con Abjasia y Osetia del sur. O los pogromos de los musulmanes azeríes contra los armenios en 1988 y de estos contra aquellos después. El hambre, la violencia, la guerra siempre presentes y, aparentemente, condicionando el “alma” rusa.
La segunda parte no es menos dura que la primera, habla de cómo las mafias y la violencia se apoderaron de Rusia. Las multitudes manipuladas cumplieron su papel:
Las multitudes son monstruos y el hombre que forma parte de una multitud ya ha dejado de ser aquel con el que charlabas en la cocina, bebiendo vodka o té.

El testimonio habla de los años de Yeltsin y de los sucesos de octubre de 1993. No sabe qué fue aquello exactamente, si estábamos defendiendo la democracia o participando en un golpe de Estado. Lo que sí sabe es que hubo cientos de muertos (390) y que se aprobó una nueva Constitución que incrementó los poderes del presidente y las dificultades económicas provocaron un descenso dramático del nivel de vida de los y las rusas que desembocaron en las cartillas de racionamiento.

Los atentados terroristas en Moscú (hubo en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2006, 2010 y 2011) son otro aspecto recogido a través de testimonios. La guerra en Chechenia era el trasfondo de estos atentados, las responsabilidades de esta y otras guerras, un aspecto que englobaba otros muchos, por ejemplo las responsabilidades del stalinismo:
“¿Quién convirtió a Stalin en Stalin?”. Y ahí se enfrentan al problema de la culpabilidad…
Sostienen que no solo hay que juzgar a quienes fusilaron o torturaron, sino también a:
-los que denunciaban;
-los que delataron a los parientes que habían dado cobijo a los hijos de los “enemigos del pueblo” y propiciaron así que los encerraran en los orfanatos;
-los conductores de los vehículos que llevaban a los arrestados;
-las empleadas de la limpieza que fregaban el suelo de las celdas en las que torturaban a los detenidos;
-los responsables de los ferrocarriles que tenían a su cargo el despacho de los trenes de carga llenos de presos políticos hacia las tierras del Norte;
-los sastres que cosían las chaquetas que llevaban los guardianes de los campos;
-los médicos que les arreglaban la dentadura o les miraban el corazón para asegurarse de que permanecieran perfectamente aptos para el cumplimiento de su deber;
-los que callaban cuando, en las reuniones, otros gritaban: “¡A los perros démosles muertes de perros!” (484).

Aleksiévich plantea múltiples temas que dibujan esa alma rusa que tanta relevancia tiene en la literatura rusa: el amor, la amistad, la rebelión, la sumisión, el alcohol, el sexo, la libertad, el racismo, el antisemitismo, el maltrato a los inmigrantes procedentes de Tayikistan, y tantos otros que van tejiendo un tapiz con las múltiples caras de lo ocurrido entre 1991 y 2012. Un libro excepcional que impresiona por su autenticidad, que entristece por la manipulación que sufrió la población que creyó luchar por la democracia, que enfurece por el empobrecimiento y los abusos que sufren la mayoría de la población, mientras una minoría se ha enriquecido y monopoliza el poder haciendo resurgir un patriotismo, nunca muerto, que justifica el militarismo intervencionista de Putin en la actualidad.

Una magnífica obra para reflexionar sobre el ser humano y sobre esa infinidad de verdades que es capaz de mostrar.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

CON BREVEDAD: CONDENAR SIN RESERVAS EL TERRORISMO ISLÁMICO

No me incluyo entre quienes no condenan sin reservas los asesinatos del terrorismo islámico. No tengo ningún temor de ser acusada de islamofobia por parte de la izquierda. Considero necesario condenar sin reservas escondidas, como puede ser el contexto atenuante del colonialismo o, más recientemente, la ocupación norteamericana de Iraq, el terrorismo islámico. Esas reservas escondidas las han utilizado grandes totalitarismos para justificarse, empezando por el propio nazismo.

EL ROTO
No solo no niego sino que considero relevante la colonización a la que han sido sometidos continentes enteros por parte de algunos países europeos y las políticas interesadas durante y después de la guerra fría por parte de EUA y algunos países europeos. Sin embargo hay que ir más allá, pensar más allá, de si los motivos de queja que condicionan los actos terroristas son verdaderos o no, me parece mucho más relevante el proyecto político-ideológico que ha aparecido como reacción contra las injusticias[1].

El Estado islámico (EI) no es producto de la locura, tenemos  tendencia a considerar que los crímenes que no entendemos están fuera de la historia. Considerar incomprensibles a otras personas es abandonar la búsqueda de la comprensión y, por tanto, renunciar a la historia, los motivos de los asesinos del EI tienen, sin duda, un sentido, ningún acontecimiento pasado está más allá de la comprensión histórica ni de la indagación histórica[2]. En este sentido, el terrorismo tiene una médula racional, que se propone alcanzar determinados objetivos políticos concretos, aunque también es cierto que los rasgos característicos de estos grupos terroristas son su fanatismo, ya que con frecuencia el elemento místico de su pensamiento, su orientación ideológica al margen del núcleo religiosos o nacionalista de su credo, no tienen una importancia decisiva[3]. Los terroristas dicen haber encontrado la Verdad y que la subordinación del hombre a Dios no supone esclavitud ni subordinación y puede sustentar un proyecto de emancipación puesto que su subordinación a Dios supone el rechazo a todos los amos terrenales (Zizek, 2015: 27).


Pese al fanatismo religioso que conlleva su proyecto político-ideológico y el hecho de creerse en posesión de la Verdad, se sienten amenazados por los no creyentes, están irritados y, a la vez, intrigados y fascinados por la vida pecaminosa de los no creyentes. Por ese motivo los convierten en objeto de sus iras, en el último atentado de París (30 noviembre 2015) sus objetivos fueron espacios de ocio como un campo de fútbol, una discoteca o las terrazas de los restaurantes. Descartan el legado occidental como pecaminoso y arremeten especialmente contra las libertades personales y contra una dosis saludable de ironía y burla de cualquier autoridad (atentado de Charlie Hebdo, enero 2015).
Si la izquierda no es capaz de pensar e ir más allá de los tópicos y del miedo cerval a ser acusada de islamófoba, la extrema derecha capitalizará en beneficio propio el terrorismo islámico para crear un clima de miedo que haga justificable el recorte de libertades en Europa y la xenofobia en contra de la población musulmana europea.





[1] Me parece interesante el  breve libro de SLAVOJ ZIZEK (2015): Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas. Herder, Barcelona.
[2] Planteamiento que se aplica a los asesinatos cometidos por el régimen nazi alemán en TIMOTHY SNYDER (2011): Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin. Barcelona, Galaxia Gutenberg.
[3] Puede resultar útil la lectura de WALTER LAQUEUR (2003): Una historia del terrorismo. Paidós, Barcelona.

domingo, 13 de diciembre de 2015

W.G. SEBALD, Sobre la historia natural de la destrucción

Supe de este libro tomando café con una compañera y un compañero de trabajo con los que habitualmente hablamos de libros, es nuestro punto de afinidad principal. Me sorprendió el título, que hace referencia al orden natural de las ciudades durante las semanas que seguían a un raid aniquilador (44), por ejemplo al aumento de criaturas parasitarias que proliferaban en los cadáveres desprotegidos, la desaparición de calles que quedaban inundadas pronto de vegetación, etc. Pero también considera como fenómeno natural la vida social, así que no me acaba de quedar claro el título.



En 1982, Sebald entregó un artículo titulado Luftkrieg und Literatur, que luego pasó a ser la base de unas polémicas conferencias dictadas por el mismo autor en Zurich con el mismo nombre (“Guerra aérea y literatura”), en el otoño de 1997. El compendio de estas conferencias es lo que fue recogido en este libro, junto con un apartado dedicado al escritor Alfred Andersch, en total, junto con una advertencia preliminar y las notas, 158 páginas publicadas en castellano en 2003.

Literatura que se acerca más al ensayo que a la narración de ficción, incorporando también fotografías. Esta obra explora las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y (…) los horrores que acompañaron a esa devastación (13). Un aspecto sistemáticamente ignorado en la propia Alemania dada la escasa producción literaria y/o histórica al respecto.

Solo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre 131 ciudades, algunas de las cuales atacadas repetidamente fueron totalmente arrasadas. Unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania, tres millones de viviendas destruidas que provocaron que siete millones y medio de personas quedaran sin hogar. Toda esta información aparece en la primera página, la 13. Sin embargo, esta aniquilación sin precedentes en la historia solo fue recordada en forma de vagas generalizaciones, quedó excluida en gran parte de la experiencia retrospectiva de los afectados y no ha desempeñado nunca un papel digno de mención en los debates sobre la constitución interna de nuestro país (14).

Este es el punto de partida del libro, que reflexiona sobre cómo los bombardeos de ciudades como Hamburgo, Dresde, Berlín y otras, se convirtió en un tabú colectivo, olvidando no solo estos hechos sino los doce años de envilecimiento de la sociedad alemana. El caso del escritor Andersch sería un ejemplo de la fuerte influencia nazi en escritores que no se reconocen como tales.

La desmemoria sobre estos bombardeos tan devastadores puede ser interpretada como la aceptación del atroz castigo por los años de nazismo y guerra, como una especie de vía de redención. Sin embargo el efecto puede ser el contrario, al crearse un vacío en la memoria, no se asume la responsabilidad de aquello que provoca tan desmedida respuesta, olvidar la destrucción para centrarse en la reconstrucción puede ser digno de alabanza si no fuera porque es una manera de enmascarar y olvidar el pasado, de caer en la ceguera para esquivar lo ocurrido, de orientar a la población exclusivamente hacia el futuro y la obligó a callar sobre lo que había sucedido (17).

El olvido no fue compensado por la literatura de la posguerra que reflejo escasamente estos sucesos, de ahí que se hable de la autoanestesia de una comunidad (21).
La muerte por el fuego en pocas horas de una ciudad entera, con sus edificios y árboles, sus habitantes, animales domésticos, utensilios y mobiliario de toda clase tuvo que producir forzosamente una sobrecarga y paralización de la capacidad de pensar y sentir de los que consiguieron salvarse (34).
Cuestiona la memoria histórica por su insuficiencia, poca fiabilidad y vacuidad, no se fía de la forma en que se articulan los recuerdos y por ello piensa que no fueron un factor digno de mención en la conciencia pública de la República Federal (89).


Llama la atención la descripción de la destrucción de Hamburgo, poniendo de manifiesto su excelente estilo en el que combina la sensibilidad ante el dolor de otras personas con la brillantez de su prosa. Sebald hace algo más que una narración de sucesos, explora el alma humana, su sufrimiento, su forma de afrontar la desgracia, su forma de olvidarla para reconstruir (se). Al hilo de sus reflexiones nos va proponiendo diversos autores y obras: novelas, cine, ensayos, etc. Una obra interesante que desvela unos hechos desconocidos y que nos plantea múltiples interrogantes.

jueves, 3 de diciembre de 2015

SOBRE LA VERDAD Y LA HISTORIA


Hay libros de historia que aportan innovaciones sobre temas poco conocidos o sobre aspectos no investigados que resultan siempre interesantes, pero hay libros que tienen la virtud de no contentarse con las explicaciones dominantes y, aparentemente, incontestables. De estos últimos hay muy pocos, cuando encuentras uno de ellos la sorpresa te va llevando de hoja en hoja sin casi dar crédito a lo que leemos. Timothy Snyder ha logrado encontrar esa nueva perspectiva en Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin. El punto de partida de su libro es no dejarse limitar por las fronteras o por las etnias perseguidas y poder establecer, de esa manera, las conexiones entre los diversos aspectos que entraron en juego en un tiempo común, 1933-1945, y en un espacio común, la geografía humana de las víctimas, las Tierras de sangre. Solo estableciendo dichas conexiones se puede entender la dimensión de lo ocurrido en ese espacio que abarca desde Polonia central hasta Rusia occidental a través de Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos. Esas tierras se bañaron de sangre por motivos políticos, más que por ideologías raciales o nacionales, ahí murieron catorce millones de personas que no fueron bajas de guerra, la mayoría fueron mujeres, niños/as y ancianos/as.


No pretendo hacer aquí una reseña de este libro sino una reflexión sobre un aspecto muy concreto de él y que, quizás, se puede considerar marginal: la historia, la memoria y la verdad.
La Alemania nazi y la URSS buscaron dominar la historia. Los nazis derrotados en la guerra ejercieron menor influencia, pero la URSS, asentada en el poder durante más tiempo y apoyada por un importante aparato político, logró condicionar la perspectiva sobre la memoria y los estudios históricos de lo sucedido en las Tierras de sangre.  En esta competición por la memoria, el Holocausto, las otras políticas alemanas de asesinato en masa y las masacres estalinistas se convirtieron en tres historias diferentes, aunque compartieran tiempo y espacio en la realidad histórica.
La verdad, ¿es tan solo una convención del poder, o puede un relato histórico veraz resistir la fuerza gravitatoria de la política?


En 1938 y 1939, poco antes de morir, Joseph Roth, en artículos recogidos en La filial del infierno en la tierra, escribía sobre la verdad:
La adulteración de la verdad se consigue en el periodo más corto de tiempo recurriendo a la exageración o a la simple negación de la realidad. (…) La verdad requiere propagación, pero no “propaganda”.Sé que mientras nosotros nos esforzamos por decir la verdad, en un simple papel, el altavoz ya está allí preparado para el transmisor de mentiras (…). Aun así nosotros hablamos. Aun así, escribimos. Porque sabemos que las palabras veraces no mueren. Nuestra fe es sólida, porque no teme la duda. Al contrario, ésta la refuerza. 
Roth se devanaba los sesos sobre cómo expresar lo inexpresable. 
El círculo de fascinación de la mentira, que los criminales levantan en torno a sus fechorías, paraliza la palabra y a los escritores, que están a su servicio. 
Y daba vueltas y vueltas sobre la necesidad de tomar la palabra (…) la palabra amenazada por la paralización. Sin embargo, se desesperaba, ya exiliado en París, por la indiferencia de los países europeos ante lo que estaba sucediendo en Alemania tras la llegada al poder de Hitler en 1933.
La quema de libros, la expulsión de los escritores judíos y todos los demás desvaríos (…) pretenden aniquilar el espíritu. (…) la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa.(…) los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe. Si el humanitarismo se percibe como excepcional, ello significa que la inhumanidad es lo acostumbrado. Lo natural se convierte sin más en sobrenatural. (…) Nada es tan brutal como la indiferencia frente a lo que ocurre en el terreno de lo humano. 
Aun hoy existe la tentación de pensar que los crímenes nazis están fuera de la historia o que la historia tiene un solo curso posible como decía Stalin.
Identificarse con las víctimas puede obviar el entender el entorno histórico que éstas compartieron con los perpetradores y los testigos mudos en las Tierras de sangre. Hay que entender a los perpetradores, después de todo, el peligro moral no es que uno pueda convertirse en víctima, sino en perpetrador o en testigo mudo. Considerar incomprensibles a otras personas es abandonar la búsqueda de la comprensión y, por tanto, renunciar a la historia. Los asesinos en masa tenían unos motivos y un sentido para ellos y hay que conocerlos e investigarlos.
T. Snyder cuestiona la cultura de la conmemoración y que la memoria puede evitar el asesinato, las políticas de la memoria histórica suelen ser selectivas porque son, sobre todo, políticas. La sobrevaloración de la memoria ha permitido casos como el de Enric Marco que recoge Javier Cercas en El impostor, la historia debe desplazar a la memoria interesada (normalmente nacionalista). 


La memoria no puede sustituir la historia, como dice W. G. Sebald, en Sobre la historia natural de la destrucción:
Uno de los problemas centrales de los llamados “relatos vividos” es su insuficiencia intrínseca, su notoria falta de fiabilidad y su curiosa vacuidad, su tendencia a lo tópico, a repetir siempre lo mismo (88).
 A las/los historiadores les corresponde buscar los números y situarlos en perspectiva y como humanistas, transformar los números en personas ya que cada persona es irrepetible.
El autor considera que la historia se ha de basar sobre fundamentos nuevos con una metodología sencilla asentada sobre tres aspectos:
Ø  La insistencia en que ningún acontecimiento pasado está más allá de la comprensión ni de la indagación histórica.
Ø  La reflexión sobre la posibilidad de opciones alternativas, que va unida a la aceptación de que la capacidad de elección en los asuntos humanos es una realidad irreductible.
Ø  Una revisión, ordenada cronológicamente, de todas las políticas nazis y stalinistas que mataron a grandes cantidades de civiles y prisioneros de guerra.
Los asesinatos en masa del siglo XX tienen el más alto significado moral para el siglo XXI, pese a que afirma Sebald que somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado, y que, incorregibles, seguiremos avanzando por senderos trillados (…). 
La mirada hacia la destrucción es la mirada horrorizada del ángel de la Historia, del que Walter Benjamin ha dicho que, con sus ojos muy abiertos, ve “una sola catástrofe, que incesantemente acumula escombros sobre escombros y los arroja a sus pies. El ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos y unir lo destrozado. Pero desde el Paraíso sopla una tormenta que se ha enredado en sus alas con tanta fuerza que el ángel no puede cerrarlas ya. Esa tormenta lo empuja incesantemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el montón de escombros que tiene delante crece hasta el cielo. Esa tormenta es lo que llamamos progreso (76).



lunes, 23 de noviembre de 2015

CON BREVEDAD: EL PROCESO DE INDEPENDENCIA EN CATALUÑA ES UNA TRAMPA


La trampa primera, grave donde las haya, es mantenerse enrocadas/os en que la independencia es un “mandato” de la ciudadanía en las últimas elecciones catalanas que Junts pel sí convirtió en un referéndum. Como consulta, la independencia no alcanzó ni tan siquiera el 50% de los votos favorables incluyendo a la CUP, la única opción que, además de Junts pel sí,  se había decantado por dicho proceso, aun mostrando importantes diferencias respecto a  dicha coalición formada por CDC y ERC.
Mantener el proceso de independencia, por tanto, es antidemocrático, la mayoría en diputados es consecuencia de una ley electoral española que prima a las mayorías y que en Cataluña han mantenido pese a tener competencias para elaborar una ley electoral propia.
La segunda trampa, que procede de algunos sectores de la CUP es vendernos la idea de que el proceso independentista no es nacionalista y compatible con el anarquismo. La creación de un nuevo Estado en Europa, nunca podrá ser compatible con el  anarquismo cuya idiosincrasia pasa por la eliminación de las instituciones que configuran el Estado, instituciones concebidas para disciplinar,  oprimir y  limitar la libertad. Convendría que aquellos que dicen estar orgullosos de ser anarquistas, como Antonio Baños, cabeza de lista de la CUP, pensaran en lo que significan dichas ideas, aun entendidas de manera abierta y flexible, y su actuación contradictoria  al negociar en los salones con Junts pel sí que han impulsado una política neoliberal hasta hoy mismo.
La rebelión no puede pasar por la maquinaria del Estado, ni siquiera de uno “pequeño” cuyos fundamentos son exactamente los mismos que los de mayor tamaño. Eso sin hablar de lo que significa el nacionalismo, fundamentado en la nación como núcleo de unión interclasista y defensor de rasgos identitarios siempre excluyentes. Luchar para erradicar todas las formas de la dominación es incompatible con envolvernos en una bandera nacional y con la construcción de un nuevo Estado.


viernes, 13 de noviembre de 2015

CULTURA DE LA EVALUACIÓN


La lectura de los libros de Byung-Chul Han, que aquí se han reseñado, y el interesante libro de JÉROME BASCHET, Adiós al capitalismo. Autonomía, sociedad del buen vivir y multiplicidad de mundos,  son la base de estas reflexiones personales en torno a la “cultura de la evaluación” que se está introduciendo en la educación (hablo desde la experiencia en mi centro docente de secundaria en Cataluña).

En los últimos años se nos está insistiendo mucho en que valoremos el rendimiento académico en base a los datos de aprobados y suspensos del alumnado. A la Administración, actualmente gestionada por CiU (o CDC, y quién sabe si también ERC e incluso la CUP), le interesa que los docentes asimilemos que los datos “cantan” y que el rendimiento académico son, exclusivamente, datos e información. Clasifican a los centros según los datos, mi centro es de tipología B, la información la proporciona el propio centro escolar y, por tanto, es “objetiva”, si tenemos muchos datos cuantificables, las causas y peculiaridades sobran. El “dataismo” es ciego a lo singular, a lo improbable, no le interesa esa riqueza (positiva y menos positiva) que cada docente enfrenta cada día en el aula. Pero los datos no son tan objetivos como la ideología neoliberal de la derecha de este país trata de hacernos creer.


La difusión de una “cultura de la evaluación” (cuantitativa y formal) no tiene otro objetivo que el de impregnar las conductas con este espíritu de competitividad permanente e impulsar a los agentes sociales a las obligaciones que derivan de esta situación. La competencia resulta ser una máquina ideal para conducir las conductas, pues hace que los individuos tengan que imponerse a sí mismos, por efecto aparente de su voluntad, las normas de comportamiento propias del sistema global en el cual se encuentran. Este dispositivo produce una heteronomía máxima bajo la apariencia de la mayor autonomía posible. Se basa en la interiorización de las normas y la movilización intensificada  de las voluntades de tal suerte que constituye una herramienta de producción del conformismo social tremendamente eficiente.


A esto se añade la dramatización de las situaciones de competencia, el principal incentivo de integración social es más bien la angustia de no quedar “fuera”, es la gobernanza mediante el miedo. Si no aprobamos al nº de alumnos/as que marca nuestra tipología se amenaza con que el profesorado, por ejemplo, puede no cobrar sexenios o el centro puede recibir menos ingresos y bajar de tipología.

Dejarnos imponer esta “cultura de la evaluación” nos introducirá en una forma de entender la enseñanza pública basada solo en el índice de aprobados para que los políticos/as puedan hacer una rueda de prensa en la que certifiquen que el nivel de la enseñanza es homologable al de los países más avanzados siendo inexacto. Aceptaremos que somos los docentes los culpables de los malos resultados y no la falta de inversiones y los recortes y, por último, entraremos en la competencia con otros centros escolares para “vender” mejor nuestro producto, perdón, nuestro centro, a través de una subordinación generalizada de la educación a la lógica de la economía neoliberal imperante.


martes, 3 de noviembre de 2015

LIBERTAD ¿LA NUEVA MERCANCÍA?

El viaje a Berlín con alumnos/as de 2º de Bachiller me llevo a pensar en un filósofo que me interesa especialmente y que vive en esta ciudad alemana, me refiero a Byung-Chul Han. Todos sus libros me parecen interesantes porque diseccionan la sociedad actual con una lucidez y clarividencia envidiables. De todos ellos el que me dejó más inquieta fue el de Psicopolítica, algunas de sus ideas llevan rondándome por la cabeza desde que lo leí hace unos meses. Si alguien le interesa conocer a este filósofo quizás le interese el texto que publiqué en esta mi casa y en la revista Libre Pensamiento: “La revolución del idiotismo”.











                                                  BARRIO DE KREUZBERG
Quizás uno de los valores que para mí es más importante es la libertad del ser humano y la autonomía de pensamiento y de acción que de ella se deriva. Mis últimas lecturas sobre lo sucedido en la década de 1930 y durante la llamada “Guerra civil europea”, han provocado en mí, serias dudas respecto a la posibilidad de supervivencia de la “vieja” libertad defendida como bandera en numerosas revoluciones contemporáneas. Y es que, como señala Han, se abandona la libertad en el momento en que el capital se erige en una nueva trascendencia, en un nuevo amo. Ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para el capital que  genera sus propias necesidades, que nosotros/as, de forma errónea, percibimos como propias. El neoliberalismo convierte al ciudadano en consumidor y la libertad de la ciudadanía  cede ante la pasividad del consumidor.

MURO DE BERLÍN. EAST SIDE GALLERY
En un momento de elecciones, en Cataluña especialmente, este planteamiento se puede aplicar a la política ya que ésta  acaba convirtiéndose en esclavitud, en esbirro del capital. Los nuevos partidos, los nuevos políticos, “jóvenes que vienen de los movimientos sociales”, con sus camisetas con mensaje sintético y barbas o abalorios diversos, colaboran en este montaje. El votante es un consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. Solo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y servicios que le desagradan. El político/a con su nuevo estilo descamisado, al que se ha apuntado incluso el rígido Artur Mas para vendernos su “mercancía” de libertad y comunicación ilimitadas, en realidad impone, en cuanto “toca” poder, control y vigilancia.
La técnica propia del neoliberalismo adquiere una forma sutil, flexible, inteligente y escapa a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. De ahí que se presuma libre. Más eficaz es la técnica de poder que cuida de que los hombres y mujeres se sometan por sí mismos al entramado de dominación. En lugar de hacer a las personas sumisas, intenta hacerlas dependientes.
Se elimina la decisión libre en favor de la libre elección entre distintas ofertas. El poder inteligente lee y evalúa nuestros pensamientos conscientes e inconscientes a través de lo que Han llama el “panóptico digital” (redes sociales, uso del correo electrónico y de los dispositivos digitales) en el que la mayoría, por lo menos del mundo occidental, se comunica intensamente y se desnuda por su propia voluntad. La entrega de datos no sucede por coacción, sino por  necesidad interna. Ahí reside la eficiencia del panóptico.

¿Dónde queda la libertad, la autonomía de pensamiento y de acción?

En fin, no quiero alargar más este soliloquio que de manera desordenada fue fluyendo mientras paseaba por museos, visitaba el campo de concentración de Schasenhausen y pateaba sus calles que tanta historia desprenden y tantas amenazas a la libertad manifiestan ayer… y hoy.