Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

sábado, 13 de septiembre de 2014

HANNAH ARENDT, Eichmann en Jerusalén.

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, filósofa alemana judía exiliada en EUA. Se desplazó a Jerusalén y fue escribiendo artículos sobre el juicio al miembro de las SS involucrado en la solución final. Estos reportajes fueron publicados en forma de libro (440 pág.) en 1963. Ya en aquellos años esta obra provocó duras críticas y una fuerte animadversión contra ella que no ha desaparecido, pese a su prestigio, en la actualidad.

Hannah Arendt nació en Hannover en 1906 y murió en EUA en 1975. La privación de derechos y la persecución que empezó en Alemania contra los judíos en 1933, junto con un breve encarcelamiento ese mismo año, contribuyó a que emigrara a EUA. En 1937 Alemania le retiró la nacionalidad, como a tantos otros judíos, y quedo en  situación de apátrida hasta que en 1951 consiguió la nacionalidad norteamericana. Al quitarles a los judíos la nacionalidad alemana  dejaban a estos sin patria y con dos problemas importantes, por un lado evitaba que ningún país solicitara información sobre las víctimas del exterminio y, además, permitía al Estado en que la víctima residía confiscar sus bienes y enviarlos a Alemania. El Ministerio de Hacienda hizo preparativos para recibir el botín que les mandarían de todos los rincones de Europa.


 Se trata de una pensadora que siempre rechazó ser considerada filósofa y prefería que sus obras fueran clasificadas dentro de la teoría política. Además de  Eichmann en Jerusalén, escribió otras obras relevantes entre las que me parecen destacables: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958) y Sobre la revolución (1963).


La obra objeto de esta reseña está estructurada en 15 capítulos que repasan el juicio a Eichmann con una minuciosidad extraordinaria, además hay una Advertencia preliminar, el Epílogo, un Post Scríptum y la Bibliografía.

El punto de partida para la redacción de los reportajes de Arendt es su actitud ante el tema: pudiendo haberse conformado con lo que se esperaba de ella y hacer la descripción de un monstruo antisemita que de forma sádica y asesina protagonizó la solución final contra los judíos, no lo hizo. Fue a Jerusalén con la mente abierta a interrogarse sobre la personalidad del acusado, era la primera vez que podía escuchar y observar a un nazi con responsabilidad en el exterminio, y los motivos que le habían llevado a su actividad criminal, pero no dejó fuera de su escrutinio a las autoridades y a la población de Alemania y del resto de la Europa ocupada por los nazis o por los fascistas italianos. No obvió analizar el comportamiento de la propia población judía y, especialmente, de sus autoridades. Cuestionó el trabajo del tribunal de Jerusalén porque nunca comprendió las diferencias entre expulsión, genocidio y discriminación, si lo hubieran sabido diferenciar hubiera quedado claro que el mayor crimen que ante sí tenía era el exterminio físico del pueblo judío, es decir, un delito contra la humanidad y que solo la elección de las víctimas, no la naturaleza del delito, podía ser consecuencia de la larga historia de antisemitismo y odio hacia los judíos (pp. 391-392).

La lectura de esta obra nos pone delante de una terrible realidad, la capacidad del ser humano normal y corriente de causar daño a sus congéneres por ideales, lo pernicioso que es dejarse arrastrar por las ideas dominantes en un momento histórico determinado y abandonar la capacidad en manos de las leyes de un Estado totalitario, refugiándose en su cumplimiento necesario. El colapso moral general que fue capaz de provocar el nazismo en toda una nación como la culta Alemania y otros muchos países europeos ocupados por ellos en los que el colaboracionismo predominó. E incluso el colapso moral que produjo entre las víctimas para salvarse del exterminio incluso negociando con los criminales. ¿Quién puede saber lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho en esas circunstancias? Sí sabemos que hubo seres excepcionales que, perdidos en un océano de confusión, de muerte y de terror, supieron discernir lo más elemental del comportamiento humano y se mantuvieron internamente libres para discernir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Seres excepcionales para actuar con normalidad en momentos excepcionales. Su existencia nos regala la esperanza en el género humano, ayer y hoy.

Arendt se decantó por arriesgar al reflexionar e investigar, sacando conclusiones con una libertad de criterio que nunca es fácil puesto que muchos prefieren las explicaciones simples de blanco o negro y no de una variada gama de grises. Sus ideas disgustaron a muchos, incluida la comunidad judía estadounidense e israelí, respecto a cuatro temas, el primero el concepto de la banalidad del mal, por el que Arendt señaló que Eichmann era un hombre común que carecía de motivos para matar a los judíos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso y que tal diligencia no era criminal. Este alto funcionario de las SS se marcó una línea de actuación de obediencia ciega a las leyes y la pura irreflexión le predispuso a dejarse arrastrar por la corriente de su tiempo y a convertirse en uno de los mayores criminales. Este comportamiento lo clasificó  como banal, e incluso cómico, pero no diabólico aunque tampoco era común. En el juicio quedó claro para ella que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana (p. 418). El fiscal y los jueces no podían creer que Eichmann fuera una persona “normal”, para ellos era un ser diabólico, un monstruo antisemita que odiaba a los judíos. Sin embargo Arendt vio en Eichmann a un ciudadano fiel cumplidor de la ley que pudo dejar de “sentir” y eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico (p. 156) por esa obediencia ciega de funcionario que anulaba la facultad humana de juzgar. Es propio de todo gobierno totalitario, decía Arendt, transformar a los hombres en funcionarios y simples ruedas de la maquinaria administrativa y deshumanizarlos. El contexto legal del nazismo daba cobertura a estas actitudes y, por ello, tan solo los seres “excepcionales” podían reaccionar “normalmente”, es decir, desde criterios morales (p. 47).


La crítica que Arendt realizó a los líderes de las asociaciones judías que ayudaron en las tareas administrativas y policiales a los nazis fue el tema que provocó más indignación. Según sus investigaciones, la formación de gobiernos títere  en los territorios ocupados iba siempre acompañada de la organización de una oficina central judía, los  integrantes de los consejos judíos eran por lo general los más destacados dirigentes judíos del país de que se tratara, y a estos los nazis confirieron extraordinarios poderes (…). Estos consejos judíos elaboraban listas de individuos de su pueblo, con expresión de los bienes que poseían; obtenían dinero de los deportados a fin de pagar los gastos de su deportación y exterminio; llevaban un registro de las viviendas que quedaban libres; proporcionaban fuerzas de policía judía para que colaboraran en la detención de otros judíos y los embarcaran en los trenes que debían conducirles a la muerte; e incluso, como un último gesto de colaboración, entregaban las cuentas del activo de los judíos, en perfecto orden, para facilitar a los nazis su confiscación (pp. 172-174). Incluso el trabajo material de matar, en los centros de exterminio, estuvo a cargo de comandos judíos (p. 181).

El pueblo judío, decía Arendt, tenía muy difícil organizar una resistencia al exterminio ya que no poseía territorio, no disponía de gobierno, ni de ejército y tampoco tuvo un gobierno en el exilio que le representara ante los aliados. Pero sí existían organizaciones comunales judías y organizaciones de ayuda, tanto de alcance local como internacional. Allí donde había judíos había asimismo dirigentes judíos, y estos dirigentes, casi sin excepción, colaboraron con los nazis (…). Sin estos dirigentes, el número total de víctimas difícilmente se hubiera elevado a una suma que oscila entre los cuatro millones y medio y los seis millones (p. 184).

Este tema tan sensible muestra la objetividad de la que Arendt hacía gala, de ahí posiblemente la afirmación del novelista judío Saul Bellow que señalo que era una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resultaba limitadísima. Metió el dedo en una llaga peligrosa puesto que señaló el colapso moral generalizado que los nazis produjeron en la respetable sociedad europea, no solo en Alemania, sino en casi todos los países, no solo entre los victimarios, sino también entre las víctimas (p. 185). Y dentro de las víctimas, no se detuvo ante el colapso moral que se dio en la respetable sociedad judía que colaboró con sus victimarios y que  aceptaron sin protestar la clasificación en categorías y, por tanto, la existencia de judíos prominentes con privilegios que suponía la aceptación de la norma general que significaba la muerte de cuantos no fueran casos especiales, la mayoría (pp. 194-195).

Resulta muy interesante el repaso que realiza Arendt a las deportaciones en cada país europeo y las diversas actitudes ante el tema que provocaron una menor o mayor mortalidad de los judíos, en este sentido llama la atención el rechazo al exterminio judío por parte de la Italia de Mussolini o la postura más antisemita entre todos los países europeos de Rumania.

El tercer aspecto que provocó polémica, y en el que no nos vamos a detener por su carácter más jurídico, fueron las dudas sobre la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann, además, según Arendt, el tribunal de Jerusalén fracasó al no abordar tres problemas: el problema de la parcialidad propia de un tribunal formado por los vencedores, el de una justa definición de “delito contra la humanidad”, y el de establecer claramente el perfil del nuevo tipo de delincuente que comete este tipo de delito (p. 400). El mayor defecto fue, según la filósofa, que  la acusación se basó en los sufrimientos de los judíos y no en los actos de Eichmann (p. 18).

Por último, el escrutinio que realizó de las autoridades, de la población alemana, y del resto de la Europa ocupada por los nazis, incluso en el momento del juicio a Eichmann, también generó detractores. Afirmaba con rotundidad que La abrumadora mayoría del pueblo alemán creía en Hitler (…). Contra esta ciclópea mayoría se alzaban unos cuantos individuos aislados que eran plenamente conscientes de la catástrofe nacional y moral a que su país se dirigía. No se olvidó de mencionar a los conspiradores, como los de julio de 1944, para afirmar que eran en realidad antiguos nazis o individuos que habían ocupado altos cargos en el Tercer Reich y que, en realidad nunca se opusieron a Hitler por el problema judío. Para Arendt en Alemania se produjo la debacle moral de toda una nación (p. 163). El colaboracionismo generalizado de gran parte de las autoridades y de la población, en el resto de Europa, especialmente en su parte oriental, extiende dicho colapso moral a casi todo el continente. Los movimientos de resistencia, que Arendt no trata por no ser el objeto de su libro, son esa parte excepcional que reaccionó contra la barbarie.

sábado, 6 de septiembre de 2014

JOSEPH ROTH, El busto del Emperador.

Este autor ha sido uno de mis descubrimientos de este año, así que la lectura de este pequeño relato de 59 páginas entra dentro de mi proyecto de leer su obra. El busto del Emperador es el símbolo del desaparecido Imperio Austro-Húngaro tras la Iª Guerra Mundial y la extrañeza que siente el conde Morstin al perder su patria.
Sobre Joseph Roth ya se ha hablado aquí y se puede leer una referencia a su biografía en la etiqueta que lleva su nombre.


Morstin vive con perplejidad una realidad nacional en completa transformación que rompe su deseo de permanencia. El Imperio Austro-Húngaro, como cualquier imperio, unía en sus fronteras un buen número de naciones, trece naciones actuales contando con que algunas de ellas solo tenían una parte de su territorio integrado en el Imperio. Este era el caso de Galitzia, donde nació el escritor y  escenario de este relato, que ahora pertenece a Polonia.
En el relato hay un alegato contra el nacionalismo al que acusa de provocar un efecto negativo sobre la conciencia europea y conflictos que se podían desencadenar con la ruptura de una patria multinacional. Por otro lado llora también la ruptura del respeto a la jerarquía tanto familiar como política. La crítica a la modernidad y a sus secuelas en Europa es clarividente.
Destaca su visión de que los cambios políticos son más rápidos que los cambios en la mentalidad de las personas que por costumbre siguen respetando las tradiciones y el orden jerárquico anterior pese a su desaparición.
Uno de esos hombres es indudablemente este peculiar conde que decide expatriarse voluntariamente de su nueva patria y vivir en la Riviera escribiendo sus memorias de las que el narrador entresaca este interesante fragmento:
He visto –escribe el conde- cómo los listos pueden volvernos tontos; los sabios, necios; los verdaderos profetas, mentirosos; y los amantes de la verdad, falsos. No hay virtud humana perdurable en este mundo, excepto una: la verdadera devoción. La fe no puede decepcionarnos, puesto que no nos promete nada en la tierra. La verdadera fe no nos decepciona porque no busca ningún beneficio en la tierra. Aplicado a la vida de los pueblos, esto significa lo siguiente: los pueblos buscan en vano eso que llaman las virtudes nacionales, más dudosas aún que las individuales. Por eso odio las naciones y los estados nacionales. Mi vieja patria, la monarquía, era una gran casa con muchas puertas y muchas habitaciones, para muchos tipos de personas. Esa casa la han repartido, dividido, la han hecho pedazos. Allí ya no se me ha perdido nada. Estoy acostumbrado a vivir en una casa, no en múltiples compartimentos (págs. 58-59).


El relato, que por momentos se convierte en una parodia, está escrito con la calidad literaria que caracteriza a este autor. 

sábado, 30 de agosto de 2014

LAS BOLSAS DE OLVIDO, EN LA HISTORIA, NO EXISTEN

KATI HORNA
Este texto enlaza con el anterior, titulado “¿Historia Muda?”, puesto que H. Arendt afirma que la historia siempre acaba hablando incluso por los pequeños resquicios que los regímenes totalitarios pueden dejar. Tan importante como esta argumentación de que las “bolsas de olvido” no existen es la convicción de que cualquier acción frente al terror totalitario es útil aunque en el momento no lo parezca. He aquí la responsabilidad de gran parte de Europa y de los europeos/as en el escaso número de casos como el del alemán Schmidt y la importancia de la Resistencia en Europa por parte de otros europeos/as.

KATI HORNA

Anton Schmidt estaba al mando de una patrulla que operaba en Polonia, dedicada a recoger soldados alemanes que habían perdido el contacto con sus unidades. En el desarrollo de esta actividad, Schmidt había entrado en relación con miembros de las organizaciones clandestinas judías (…) y había ayudado a los guerrilleros judíos proporcionándoles documentos falsos y camiones del ejército. Y, lo cual es todavía más importante: <<No lo hacía para obtener dinero>>. Lo anterior duró cinco meses, desde octubre de 1941 hasta marzo de 1942, en que Schmidt fue descubierto y ejecutado.
(…)
Cierto es que el dominio totalitario procuró formar aquellas bolsas de olvido en cuyo interior desaparecían todos los hechos, buenos y malos, pero del mismo modo que todos los intentos nazis de borrar toda huella de las matanzas –borrarlas mediante hornos crematorios, mediante fuego en pozos abiertos, mediante explosivos, lanzallamas y máquinas trituradoras de huesos-, llevados a cabo a partir de junio de 1942, estaban destinados a fracasar, también es cierto que vanos fueron todos sus intentos de hacer desaparecer en <<el silencioso anonimato>> a todos aquellos que se oponían al régimen. Las bolsas de olvido no existen. Ninguna obra humana es perfecta, y, por otra parte, hay en el mundo demasiada gente para que el olvido sea posible. Siempre quedará un hombre vivo para contar la historia. En consecuencia, nada podrá ser jamás <<prácticamente inútil>> por lo menos a la larga. En la actualidad, sería para Alemania de gran importancia práctica, no solamente en lo referente a su prestigio en el extranjero, sino también en cuanto concierne a su tristemente confusa situación interior, que pudieran contarse más historias como la del sargento Anton Schmidt. La lección de esta historia es sencilla y al alcance de todos.

HANNAH ARENDT, Eichmann en Jerusalén, DeBolsillo, Barcelona, 2013 (séptima edición), pp. 335-336 y 339.

sábado, 23 de agosto de 2014

¿HISTORIA MUDA?

VANESSA WINSHIP

No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa.
                                                 EDUARDO GALEANO

sábado, 16 de agosto de 2014

MUJERES EN GUERRA


La conmemoración del cien aniversario de la Iª Guerra Mundial está propiciando la publicación de numerosos artículos sobre el tema. El periódico Diagonal, nº 228, 31.07-10.09.2014, ha publicado un dossier en el que participo con un artículo sobre cómo afectó la Gran Guerra a la situación de las mujeres europeas.

Reproduzco el artículo porque es difícil leerlo escaneado.




MUJERES EN GUERRA
Vivir y luchar, la misma cosa son…

LAURA VICENTE

Ese vivir y luchar, escrito para un himno sufragista por la feminista Cicely Hamilton, sintetiza la actitud con la que las mujeres afrontaron los cambios que propició la Iª Guerra Mundial en la condición femenina. Cuando se fundaron los movimientos sufragistas en el siglo XIX, la estructura patriarcal mostraba una figura monolítica sancionada por los siglos y con convicciones inamovibles: la certeza de la superioridad masculina y la natural subordinación de las mujeres. Gracias a la influencia de las feministas de finales del XIX y principios del XX, el sistema patriarcal empezó a resquebrajarse.

El año 1914 podría haber sido el de las mujeres, por la gran movilización feminista que se producía en aquellos momentos, pero fue el año de la guerra que colocó a cada sexo en su sitio. La contienda bélica separó radicalmente los sexos y marcó una tregua cuando las sufragistas abandonaron la lucha a favor del voto para dedicarse a la guerra. Sin duda alguna, las feministas, al igual que las clases populares, participaron de la fiebre nacionalista y suspendieron sus reivindicaciones para cumplir con sus deberes y dar pruebas de respetabilidad. Pero cuando en otoño de 1914 quedó claro que la guerra no sería breve, y que requería de sostén en la retaguardia  y del concurso de las mujeres, no hubo dudas a la hora de movilizarlas.

El patriotismo rompió los compromisos de solidaridad internacional, apoyando de forma incondicional la guerra, excepto una minoría que luchó por impulsar la paz. Las pocas feministas pacifistas, que rechazaron abiertamente la guerra y desarrollaron un nexo entre feminismo y pacifismo, fueron acusadas de traidoras a la patria y ridiculizadas. Pese a ello, en 1915 apareció “La Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad”, y ese mismo año se celebró en La Haya el Congreso Internacional de Mujeres por la Paz. Estas heterodoxas feministas fueron vistas con desconfianza por las otras minorías pacifistas que, en general, rechazaron el vínculo entre guerra y virilidad, fueron hostigadas y censuradas por sus respectivos gobiernos y rechazadas por las grandes organizaciones feministas.

La Gran Guerra supuso  para los combatientes una terrible experiencia y una masacre masiva. Las bajas militares fueron considerables: cerca de 9 millones de muertos. Un país como Serbia perdió la cuarta parte de sus movilizados; Francia, 1,3 millones de hombres (el 10 % de su población activa masculina y más del 3 % de su población); Alemania cerca del 3 %, con 1,8 millones de hombres, e Italia y el reino Unido, alrededor de 750.000 soldados cada uno. Se trataba en su mayoría de hombres jóvenes.  Las mujeres en cambio accedieron al espacio y a las responsabilidades públicas y se produjo una inversión de los roles que pudieron valorar como positivo pese a la guerra.

El conflicto bélico  constituyó una experiencia de libertad y de responsabilidad sin precedentes. Las trabajadoras fueron conscientes de sus capacidades y de su  independencia económica, el trabajo relacionado con la guerra, sobre todo en las fábricas de armamento, fue un trabajo bien pagado: doblando los salarios tradicionales en los sectores considerados femeninos. Para las mujeres de capas medias y acomodadas la guerra fue un periodo de intensa dedicación que hizo peligrar los encasillamientos sociales, como la rigidez de la moda o la sociabilidad burguesa. Sabemos poco de la naturaleza íntima de la guerra, sí conocemos del incremento de las tasas de ilegitimidad filial durante el conflicto o de la posterior explosión de divorcios una vez finalizado éste. Se produjo un aumento del deseo, merced al nuevo erotismo contenido en las tarjetas postales, en la prensa o en espectáculos de revista que mostraban libremente el adulterio y otras formas de amar.

La gran novedad fue que la mujer tuvo que vivir sola, salir sola y asumir las responsabilidades familiares sola, algo que siempre fue considerado imposible y peligroso. Las llamadas mujeres del excedente tuvieron que aprender a sobrevivir y asumir su soltería. La numérica imposibilidad de matrimonio fue, en realidad, una liberación y una plataforma de despegue social.  El matrimonio aún era una vía de realización personal, pero el retrato de boda, que parecía ser la meta para todas las mujeres, se desvanece y es sustituido por otro tipo de sueños y aspiraciones. El sueño del poder político y de la independencia económica, la aspiración de asumir un cargo de responsabilidad, alcanzar metas profesionales y personales o poder hablar y expresarse en público, son ejemplos que parecían entonces una utopía.

A corto plazo la guerra introduce  pocos cambios en la relación entre los sexos, asombra la resistencia social ante la modificación de los roles, la persistente voluntad para encasillar a las mujeres en funciones de “sustitutas” y auxiliares que se emplean en consonancia a su “naturaleza” inmutable. Pero este inmovilismo se ve cuestionado a largo plazo,  importantes retrocesos entre los empleos domésticos y el hundimiento de los oficios de la costura y de la industria a domicilio, aumentando la proporción de mujeres asalariadas en la gran industria moderna. Crecen los empleos del sector terciario ocupados por mujeres: comercio, banca, servicios públicos y profesiones liberales. Se instauran derechos femeninos aunque no de manera generalizada y en todos los países. Por último, la conquista más visible y general parece llegar de la mano de la libertad de movimiento y de la actitud que la mujer aprendió en soledad y con el ejercicio de responsabilidades: libres de corsés, de vestidos largos y ajustados, de  sombreros imposibles e incluso de la melena, el cuerpo femenino recupera el movimiento,  practica deportes, baila siguiendo ritmos importados, toma la calle,  explora una sexualidad propia y decide sobre su propia vida.

Estos fueron los comienzos de imparables conquistas, su resplandor se proyecta hasta nuestros días.

sábado, 9 de agosto de 2014

UTOPÍAS

MICHEL GANTNER

Las teorías sociales decimonónicas que mantuvieron su continuidad en el siglo XX, situaron la Utopía en el futuro tras la ansiada revolución. Hoy quienes continúan pensando que es posible la utopía tienden a considerar que la revolución no se ubica en el futuro, su morada es el presente y todas y cada una de las maneras que se construyen al margen del poder. 

La necesidad de la utopía se entiende hoy como incitación a la lucha y a rechazar el mundo que nos imponen para construir una posibilidad más alentadora del mundo con formas de relación entre las personas diferentes a las impuestas. Los deseos y los sueños deberían ser la guía para construir una realidad en la cual poder vivir la revolución con reglas diferentes a las impuestas y creando espacios de libertad que, Hakim Bey, denomina con las nociones de “Zonas Temporalmente Autónomas” y “Zonas Permanentemente Autónomas”. 

La utopía no existe sino en el presente y las teorías sociales del siglo XXI  han de mostrar su capacidad constructiva al ser capaz de arrancar espacios al sistema. 

Vengo del desierto y vi a mi abuelo sembrar en el desierto.  No sé si usted sabe lo que es sembrar en el desierto. Siembra en una tierra árida y luego espera. Si cae la lluvia, recolecta. No sé si usted ha visto el desierto después de la lluvia, ¡es como la Bretaña!. Un día, usted marcha sobre una tierra completamente quemada, luego llueve y lo que sigue, usted se pregunta cómo ha podido producirse: tienes flores, verdor...Todo simplemente porque los granos ya estaban ahí...Esta imagen me marcó de verdad cuando era niño. Y, en consecuencia, ¡hay que sembrar! ¡Incluso en el desierto, hay que sembrar!
Y es de esta manera que veo mi trabajo. Siembro y si mañana llueve, está bien, y si no, al menos los granos están ahí, porque ¿qué va a pasar si no siembro? ¿Sobre qué caerá la lluvia? ¿Qué es lo que va a crecer, piedras? Es la actitud que adopto: sembrar en el desierto...                                                                                                                                       MONCEF MARZOUKI


Este libro de 104 páginas interroga a treinta y tres personas (entre ellas hay unas más conocidas, y otras menos, como Julio Anguita, Luis García Montero, Arcadi Oliveras, Lorenzo Silva, etc.) sobre su manera de entender la utopía. Está introducido por un texto de Josep Fontana. Las respuestas son todas ellas muy breves y eso le resta profundidad pero le da agilidad a su lectura. Lo más interesante del libro es justamente eso, las múltiples ideas, preguntas y reflexiones alrededor de la Utopía.

sábado, 2 de agosto de 2014

TEJEDORAS DE CIUDADANÍA. Culturas políticas, feminismos y luchas democráticas en España

María Dolores Ramos (Coord.), TEJEDORAS DE CIUDADANÍA. Culturas políticas, feminismos y luchas democráticas en España. Universidad de Málaga, 2014, Málaga.



Los ensayos reunidos en esta obra pretenden estudiar cómo se construyó la ciudadanía y cuál fue el impacto de las culturas políticas, incluido el género y la clase social, en las identidades individuales y colectivas. La influencia de los feminismos en las sociedades contemporáneas, el análisis de la acción colectiva y las luchas democráticas desde la perspectiva de la igualdad y la diferencia, es otro de los objetivos de estos ensayos.

La ciudadanía se teje en el terreno de los discursos y en la práctica social. Las movilizaciones y reivindicaciones de las mujeres han contribuido a debilitar el patriarcado, han potenciado la libertad y la igualdad y han enriquecido la democracia con sus propuestas.

Los derechos humanos, y concretamente los femeninos, se tejen y se destejen en diferentes situaciones históricas y siempre son y serán hijas de su tiempo.




Mi aportación en este libro gira en torno a una figura del feminismo español que tiene un gran interés por tratarse de una trabajadora del textil que, partiendo del obrerismo internacionalista, el librepensamiento y el anarquismo, luchó por emancipar a la mujer de la ignorancia, la explotación económica y la opresión patriarcal, me refiero a Teresa Claramunt (1862-1931).