Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

jueves, 23 de julio de 2026

INTRODUCCIÓN (II) del libro: Claudio Venza (2026): L’Anarchisme espagnol entre pouvoir et revolution (Nouvelle édition). Lyon, Atelier de création libertaire.

 

Segunda y última parte de la Introducción al libro de Claudio Venza


Poder y Revolución

Claudio Venza recoge en el título de su libro, que el anarquismo español tiene que maniobrar entre el poder, que tradicionalmente había rechazado, y el proyecto revolucionario iniciado el 19 de julio de 1936. Uno de los interrogantes principales a lo largo del libro (capítulos del 3 al 6) hace referencia a la posibilidad de mantener y desarrollar la revolución en las circunstancias reales del país. Para Venza la guerra plantea que las cuestiones militares y, en consecuencia, las políticas, ambas rechazadas como prioritarias por el anarquismo en favor de las cuestiones sociales y culturales, condicionan gravemente la posibilidad de revolución, desempeñando un papel fundamental en la posición adoptada por la CNT-FAI. El autor remarca que el movimiento anarquista cuenta con poco apoyo internacional y con poco armamento para sus milicias, a eso hay que añadir el crecimiento del estalinista Partido Comunista de España (PCE) que crece rápidamente, justamente por poseer apoyo y armas de la URSS.

Que la URSS tomara la decisión de abandonar su estrategia revolucionaria fuera del país en favor de los Frentes Populares para combatir el fascismo (1935), sitúa a este partido, junto con los partidos republicanos y demócratas liberales, en la posición de impedir cualquier revolución, mucho menos anarquista. Esta posición enseguida enfrentó al PCE con el Movimiento Libertario y con el POUM.

El autor, investiga y comprueba que en el seno de la CNT-FAI y, de hecho, en el resto del Movimiento Libertario hay muy pronto una posición de aceptación del poder político estatal encabezada por los órganos de dirección, posición «colaboracionista» que enseguida se concreta en la entrada en los gobiernos de la Generalitat catalana y de la República (octubre/noviembre 1936). La segunda posición rechaza la entrada en el sistema gubernamental, posición conocida como «intransigente» que es minoritaria. Los órganos de dirección de la CNT-FAI intentan controlar a las bases anarco-sindicalistas para encauzarlas al «colaboracionismo».

Sin embargo, Venza llega a la conclusión de que, en la práctica, las actividades cotidianas del activismo de base son más acordes con la autogestión, por tanto, con la revolución, que lo que indican los documentos que reproducen las posturas oficiales. Considera que el experimento colectivista y la revolución cultural a gran escala son vividos de forma mucho más concreta por las bases que por los responsables de las decisiones estratégicas.

Este planteamiento de Venza abre paso a una posibilidad interesante que el autor no llega a desarrollar, pero sí constata: que hay diferencias entre las posturas oficiales de quienes toman las decisiones estratégicas por un lado y, por otro lado, la práctica autogestionaria de las actividades cotidianas, mucho más concretas, que llevan a cabo las bases anarquistas y libertarias sin formar parte explícitamente de la posición «intransigente» aun cuando coinciden con ella. Los órganos de dirección de la CNT-FAI renuncian a la revolución obligados, probablemente, por las circunstancias, desarrollando una estrategia antifascista que tiene pocas compensaciones y muchas renuncias. Pero hay una corriente subterránea, con un componente femenino relevante, cuya práctica cotidiana mantiene viva la revolución después de Mayo de 1937 y es una corriente que revoluciona la vida.

Por tanto, no hay una sola manera de entender la revolución que se produce a partir de 1936. Una forma es la que deslumbra y que es breve por los muchos enemigos con los que cuenta, la que llamaremos «revolución modelizada» y la otra, más subterránea, más «humilde» y más desconocida pero que Venza detecta, que es la que llamaremos «revolución de la existencia».

La revolución modelizada es un proceso de transformación pautado por el modelo de sociedad que se aspira a construir: la Utopía, comunismo libertario en el caso del que hablamos. El modelo de sociedad que se aspira a construir condiciona los pasos que se dan, puesto que es más importante la teoría, donde radican los principios, que la práctica, que se somete a la teoría y que inspira tres actuaciones: los Comités, las Milicias y las Colectividades. Esta revolución es la más conocida y la que acaba pronto: apenas un verano, el «corto verano de la anarquía»[1].

La revolución modelizada cuenta poco con las mujeres que fueron «apartadas» de los espacios en los que los hombres llevan a cabo la revolución, especialmente en el frente de batalla a través de las milicias y en la retaguardia con los Comités. Pero existe una revolución «sin modelo» preexistente, sin equipaje, una revolución que deja que las prácticas se desarrollen sin apelar a unos principios que las dirijan. La práctica, a partir de ella misma, elabora su propia justificación y construye sus propios principios que son tan múltiples como la propia multiplicidad de las situaciones vividas. Los criterios para actuar, para escribir y para pensar solo provienen de las situaciones y de las prácticas de la propia vida cotidiana y están ligadas a su modo de vida. En esta otra revolución había hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres y el espacio donde se desarrolla fue la retaguardia[2].

Dice Fernández-Savater[3] que los anarquistas en el verano de 1936 allí por donde pasan, allá donde pueden, «revolucionaron la vida»: los modos de hacer y pensar, la relación con el trabajo y el dinero, el reparto de la tierra y las formas de decisión en común, el papel de las mujeres, los hábitos y las costumbres. Son momentos al margen, espontáneos, muchas veces desordenados, llenos de vida que superan la ideología doctrinaria arraigándose en la existencia, momentos en los que prima la horizontalidad, la toma de decisiones en igualdad, el deseo y el entusiasmo. Cada persona es singular, cada iniciativa autónoma de las demás y como pauta, la responsabilidad de hacerse cargo de lo común. El desafío es hacer de todo ello una fuerza, sin importar la condición social, el género, la religión o la raza.

Situación del anarco-sindicalismo en España, en el siglo XXI

En España no somos muy conscientes de que para el anarquismo y el anarco-sindicalismo «mundial», la revolución libertaria de 1936 es una huella indeleble, a menudo, o casi siempre, idealizada. Ese hecho perdura en cierta manera hasta hoy, cuando el movimiento anarquista y el anarco-sindicalismo es minoritario pasados noventa años de aquella revolución. Incluso ese pasado tan «glorioso» se ha convertido en una pesada losa que ha construido un corpus de pensamiento y acción fundamentada en una transmisión intencional de una generación a otra. Esta concepción parece obligarnos a una relación constante de los anarquismos actuales con los del pasado y este acaba convertido en dogma, en doctrina. ¿Cómo compararnos con lo que nuestros antecesores y antecesoras hicieron? ¿Cómo recuperar todo el caudal de experiencias y saberes de aquella revolución con los pocos recursos actuales? ¿Cómo combatir la historia «basura» antilibertaria cuyo propósito es invisibilizar toda la obra constructiva, innovadora y transformadora para que muera su recuerdo?

Muchas preguntas con difíciles respuestas.

Pero ¿cómo hemos llegado a la situación actual?[4] El anarquismo es un elemento innegable de la cultura política española de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Los «ideales» que lo sustentaban eran escasamente doctrinarios, definió por ello un movimiento complejo, poliédrico, contradictorio y con un gran potencial disgregador. Es evidente que hubo muchas tendencias desmembradoras: colectivismo/comunismo, propaganda escrita/violencia, anarquismo/sindicalismo, antipoliticismo/intervención política y una multitud de diferencias menos relevantes que siempre sostenían de un hilo la unidad del movimiento.

Hay otro elemento de tensión que muchas veces pasa desapercibido por el poco arraigo del anarquismo individualista en España pero que la guerra civil planteó como realidad inmediata en el ensayo de revolución del 36. Me refiero a la incompatibilidad radical entre las prácticas concretas y la ideología libertaria.

Se trata de la posibilidad de la revolución, eje del libro de Claudio Venza. Ésta, en cuanto proyecto global y «totalizante», afecta al conjunto de la sociedad, convirtiendo el proyecto revolucionario en totalitario al anudar en un mismo lazo el conjunto de las trayectorias individuales supeditando lo local a lo general. El proyecto revolucionario destruye una forma de sociedad y ofrece otra como alternativa, por tanto, el proyecto de transformación social pretende afectar a cada una de las partes que componen la sociedad con independencia de que quieran verse afectadas por el proyecto revolucionario[5]. Supondría, por tanto, que dicho proyecto se instauraría sobre el principio de constricción de las particularidades locales, por tanto, se estaría construyendo otro sistema social autoritario, entrando en contradicción con el principio de libertad que es clave en el «ideal» anarquista. Sobradas muestras encontramos en la actuación libertaria durante la guerra civil, y no se trata aquí de juzgar sino de poner de manifiesto la «incompatibilidad radical» mencionada que no fue captada en el momento, salvo desde la perspectiva de la moralidad de las decisiones, y lo que es más grave, en los noventa años posteriores.

La guerra civil, unida al largo exilio en unos casos y a la dura represión durante el franquismo en otros, asestó un duro correctivo al anarquismo y al sindicalismo que los condujeron al borde de la extinción. En esa difícil situación, el mundo se transformaba rápidamente, perdidas la habilidad y la visión, que habían mostrado en el pasado para adaptarse a los cambios sociales, sus propuestas se mostraron anacrónicas y esclerotizadas. No fue solo el anarquismo, toda la izquierda entró en un proceso de crisis que es ahora, en el siglo XXI, cuando muestra su dramática dimensión. El franquismo distorsionó y retrasó, en parte, esta crisis, pero España no fue una excepción y se fracturó la tradicional asociación de la izquierda con el proletariado urbano también cuando disminuyó y se fragmentó ese mismo proletariado. Cuando la vieja izquierda ya no pudo depender de las comunidades de la clase trabajadora porque cada vez representaba un porcentaje menor de la población, la llamada nueva izquierda se unió a los jóvenes de los años sesenta y no fue el interés de todos, sino las necesidades y los derechos de cada uno, lo que constituyó su base. El individualismo sustituyó a la comunidad y las reivindicaciones subjetivas de la suma de identidades sustituyeron a los propósitos sociales comunes. Los movimientos políticos desaparecieron sustituidos por el individualismo fragmentado de las preocupaciones particulares, incapaces de convertirlos en objetivos colectivos[6].

Este proceso, que en Europa empezó a desarrollarse a partir de la década de 1950, en España se produjo aceleradamente tras la «transición» a partir de la década de 1980, justo para coincidir con la ofensiva en toda regla de la derecha neoliberal que provocó el naufragio de la izquierda socialdemócrata con cierto retraso en España. Los ejecutores de esta ofensiva neoliberal fueron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El thatcherismo desencadenó un tsunami de desindustrialización, llevándose las manufacturas a países en vías de desarrollo y diezmando comunidades obreras enteras (se pasó de siete millones de obreros en 1979 cuando llegó Thatcher al poder a 2,83 millones treinta años después) que vivían de su trabajo en las fábricas. Este experimento thatcherista forjó la sociedad en la que hoy vivimos. En el centro había una ofensiva contra comunidades, industrias, valores e instituciones obreras. Ser obrero ya no era motivo de orgullo, sino que era algo de lo que escapar. En este proceso uno de los objetivos era debilitar la fortaleza del sindicalismo inglés.

En España el proceso de reconversión industrial que los socialistas españoles llevaron a cabo entre 1982 y 1996 desmanteló sectores industriales que ocupaban una abundante mano de obra como los astilleros, la siderurgia, la estiba y la minería. Estos sectores estaban muy ligados a empresas públicas que el franquismo había financiado por motivos estratégicos y donde, ya antes de la guerra civil, se encontraba uno de los núcleos activos del sindicalismo con auténticas comunidades obreras de larga tradición que fueron desmanteladas por el PSOE para sanear el sector público. Las importantes luchas obreras que se produjeron en los años ochenta en España contra este proceso desindustrializador concluyeron, como en el caso inglés, en un debilitamiento del sindicalismo más combativo que procedía de la lucha antifranquista y en la domesticación de unos sindicatos que se convirtieron en una institución más del Estado

El anarquismo dispuso de muy poco espacio y, a la vez, falta de visión para buscar una salida a sus «ideales» en la turbulenta transición democrática y en los primeros años de una democracia gobernada por un partido que pretendía desarrollar en España, por primera vez, una política socialdemócrata, mientras integraba al país en los organismos internacionales de los que había estado excluida. Las divisiones y enfrentamientos, incluso en los tribunales, por el monopolio de las siglas y el patrimonio histórico, jalonaron estos años en los que el movimiento anarquista y los dos sindicatos que se disputaban la herencia del pasado quedaron reducidos a una presencia casi testimonial.

En la actualidad no han mejorado mucho las cosas ya que el anarco-sindicalismo continúa fragmentado (CNT, CNT-AIT, CGT, Solidaridad Obrera) y enfrentado de nuevo recurriendo a los tribunales para resolver sus diferencias. Su potencial de crecimiento es limitado, aún cuando la CGT tiene una afiliación superior al resto y un número de delegados y delegadas sindicales para tener en cuenta, siempre recordando que las dos CNT no se presentan a las elecciones sindicales. Otra cosa es si se mantiene o no la influencia anarquista en las prácticas sindicales. Por otro lado, la apuesta sindical como modelo organizativo, continúa eternizando la idea de que el sujeto de la transformación social continúa siendo la clase trabajadora. La debilidad del movimiento libertario que no acaba de mantener una estrecha relación con el sindicalismo, complica las posibilidades de construir algo más amplio que una alternativa sindical.

Comparto, sin embargo, la visión de G. Woodcock[7] cuando indica que el anarquismo es un racimo de actitudes en mutua relación, antidogmático y sin estructurar, que no depende, en su existencia, de ninguna organización estable. Puede «florecer cuando las circunstancias le son favorables, para volver, como planta del desierto, a adormecerse durante temporadas e incluso años, esperando las lluvias que le hagan retoñar».

Si de algo disponemos es de un denso fondo de experiencias multiseculares y de saberes que componen nuestro legado depositado por multitud de luchas en España y a lo largo y ancho del mundo. No tenemos solo legado del pasado sino realidad actual. Sin poder abarcarlo todo, y dejando al margen la prensa sindical[8], hay prensa libertaria y anarquista (Motín, Parthesia, Ekintza Zuzena, El Topo, (Ex)Presión, Esporas, Redes Libertarias, Al Margen, Antagonistas, Aula Libre, Palimpsestos y otras); Portales web (Portal Oaca, A las Barricadas, Contrainfo, Redes Libertarias, Grup Antimilitarista La Tortuga, etc.); Podcasts (La Linterna de Diógenes, Sangre Fucsia, Lluvia con Truenos, etc.) y Radios Libres (Radio Almaina, Radio La Granja, Radio Encadenada, Radio Klara, Radio Tirso Libertaria, Radio Vallekas, Radio Ágora Sol y otras muchas); Editoriales (Virus, Ochodoscuatro, Descontrol, Pepitas de Calabaza, Piedra Papel Libros, Enclave y otras).

Además de esta realidad cultural y social, existen múltiples Ateneos Libertarios en muchas ciudades y Centros Sociales Anarquistas, librerías, colectivos que luchan por una vivienda digna y evitar los desahucios y muchas otras iniciativas.

Queda por saber si este auténtico «archipiélago» anarquista actual logrará abrirse hueco. La estela libertaria sobrevivirá si es capaz de crear «novedad», recuperar lo menos doctrinario, lo menos formalizado, lo más difuso. El anarquismo puede recuperar su voz en las muchas voces de la disconformidad del siglo XXI si logra comenzar en otro puerto de partida, en un espacio propio y libre que marque distancias con el utilitarismo que se ha adueñado de la política, y logre articular, si es necesario, las objeciones a nuestra forma de vida redefiniendo lo que puede unir a las personas, abandonando el individualismo, el consumismo y la codicia que impregna toda la actuación humana. La nueva política tiene que arraigar en las comunidades, no solo en el lugar de trabajo que, cambia continuamente, es precario y a tiempo parcial, teniendo en cuenta a quienes no lo tienen. Lo más radical del «rastro» libertario está en la importancia de las relaciones de poder en las que siempre insistieron sus protagonistas, incluido Claudio Venza, y que es hoy más actual que nunca, la hipersensibilidad frente a la autoridad, el rechazo frontal de todas las decisiones desde el ejercicio del poder, como contradictorias con la libertad. Desde esa perspectiva quizás se pueda rescatar lo mejor de sus «ideales» y ponerlos al día, a través de la difusión de métodos de organización descentralizada, la defensa de la libertad y los derechos individuales y colectivos, la democracia directa basada en pactos y la descentralización de la toma de decisiones, el planteamiento de la importancia de la «revolución interior» haciendo crecer comportamientos fraternales y sorores, solidarios y de apoyo mutuo con las personas más próximas. Tienen plena actualidad la incitación a volver a una concepción ética y natural de la sociedad, la libre opción y la libertad de juicio. El anarquismo tiene un trasfondo, desde la libertad y la autonomía personal, que puede construir sin dogmas un modelo de vida que respeta las emociones, la autoestima, la responsabilidad de las decisiones propias, el estímulo de las capacidades y la inteligencia desde el realismo de lo posible.

Todas las corrientes anarquistas, con modelos organizativos y objetivos diversos, están de acuerdo en abonar el deseo de revolución. No obstante, perviven propuestas de «revolución modelizada», especialmente en el anarquismo especifista, con propuestas de «revolución de la existencia», ambas presentes en 1936 aunque la primera claramente hegemónica. Conviven, por tanto, el modelo ideologizado con elucubraciones estratégicas y tácticas con otra manera de entender la revolución arraigada a la realidad, a las vivencias, en definitiva, a la existencia. En esta manera existencial de entender el anarquismo que tan bien encaja con el feminismo anarquista, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se vuelven insoportables.

Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que los diversos anarquismos se centraran en construir prácticas de las que puede surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades, de ahí la importancia de libros como el de Claudio Venza. 

 



[1] Esa manera de indicar la duración de la revolución es de Hans Magnus Enzensberger (1972): El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti.

[2] Este planteamiento está más desarrollado en: Laura Vicente, «De la edición a la revolución» en María Migueláñez Martínez y Lucía Campanella (eds.) (2025): Anarquistas editoras. Biografías políticas en femenino. Comares, Granada.

[3] Fernández-Savater, La fuerza de los débiles. El 15 M en el laberinto español. Un ensayo sobre la eficacia política. Akal, Madrid, p. 115.

[4] Este breve repaso de lo ocurrido tras la derrota de 1939 en Laura Vicente (2013): Historia del anarquismo en España. Utopía y realidad. Catarata, Madrid.

[5] Tomás Ibáñez (2006): ¿Por qué A? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas. Anthropos, Barcelona, p. 77.

 

 

[6] Tony Judt, (2010): Algo va mal. Taurus, Madrid, p. 133.

 

[7] George Woodcock (1979): El anarquismo. Historia de las ideas y movimientos libertarios. Ariel, Barcelona, p. 464.

[8] Se ha dejado al margen la prensa sindical, y demás sistemas de comunicación, porque es bastante numerosa y se convertiría en una lista inacabable. Por otro lado, es la que tiene más difusión fuera de España y, por tanto, es de sobra conocida. No ocurre lo mismo con la prensa que mencionamos que es de colectivos anarquistas que por su número y escasos recursos materiales es más desconocida. No es nuestro objetivo en esta Introducción hacer un listado exhaustivo que puede encontrarse fácilmente en internet.

 

 

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