Segunda y última parte de la Introducción al libro de Claudio Venza
Poder y Revolución
Claudio
Venza recoge en el título de su libro, que el anarquismo español tiene que maniobrar
entre el poder, que tradicionalmente había rechazado, y el proyecto
revolucionario iniciado el 19 de julio de 1936. Uno de los interrogantes
principales a lo largo del libro (capítulos del 3 al 6) hace referencia a la
posibilidad de mantener y desarrollar la revolución en las circunstancias
reales del país. Para Venza la guerra plantea que las cuestiones militares y,
en consecuencia, las políticas, ambas rechazadas como prioritarias por el
anarquismo en favor de las cuestiones sociales y culturales, condicionan
gravemente la posibilidad de revolución, desempeñando un papel fundamental en
la posición adoptada por la CNT-FAI. El autor remarca que el movimiento
anarquista cuenta con poco apoyo internacional y con poco armamento para sus
milicias, a eso hay que añadir el crecimiento del estalinista Partido Comunista
de España (PCE) que crece rápidamente, justamente por poseer apoyo y armas de
la URSS.
Que la
URSS tomara la decisión de abandonar su estrategia revolucionaria fuera del
país en favor de los Frentes Populares para combatir el fascismo (1935), sitúa
a este partido, junto con los partidos republicanos y demócratas liberales, en
la posición de impedir cualquier revolución, mucho menos anarquista. Esta
posición enseguida enfrentó al PCE con el Movimiento Libertario y con el POUM.
El autor, investiga y comprueba que en el seno de la
CNT-FAI y, de hecho, en el resto del Movimiento Libertario hay muy pronto una posición
de aceptación del poder político estatal encabezada por los órganos de
dirección, posición «colaboracionista» que enseguida se concreta en la entrada
en los gobiernos de la Generalitat catalana y de la República (octubre/noviembre
1936). La segunda posición rechaza la entrada en el sistema gubernamental,
posición conocida como «intransigente» que es minoritaria. Los órganos de
dirección de la CNT-FAI intentan controlar a las bases anarco-sindicalistas
para encauzarlas al «colaboracionismo».
Sin embargo, Venza llega a la conclusión de que, en la
práctica, las actividades cotidianas del activismo de base son más acordes con
la autogestión, por tanto, con la revolución, que lo que indican los documentos
que reproducen las posturas oficiales. Considera que el experimento
colectivista y la revolución cultural a gran escala son vividos de forma mucho
más concreta por las bases que por los responsables de las decisiones
estratégicas.
Este planteamiento de Venza abre paso a una posibilidad
interesante que el autor no llega a desarrollar, pero sí constata: que hay
diferencias entre las posturas oficiales de quienes toman las decisiones
estratégicas por un lado y, por otro lado, la práctica autogestionaria de las
actividades cotidianas, mucho más concretas, que llevan a cabo las bases
anarquistas y libertarias sin formar parte explícitamente de la posición
«intransigente» aun cuando coinciden con ella. Los órganos de dirección de la
CNT-FAI renuncian a la revolución obligados, probablemente, por las
circunstancias, desarrollando una estrategia antifascista que tiene pocas
compensaciones y muchas renuncias. Pero hay una corriente subterránea, con un componente
femenino relevante, cuya práctica cotidiana mantiene viva la revolución después
de Mayo de 1937 y es una corriente que revoluciona la vida.
Por tanto, no hay una sola manera de entender la revolución
que se produce a partir de 1936. Una forma es la que deslumbra y que es breve
por los muchos enemigos con los que cuenta, la que llamaremos «revolución
modelizada» y la otra, más subterránea, más «humilde» y más desconocida pero
que Venza detecta, que es la que llamaremos «revolución de la existencia».
La revolución modelizada es un proceso de transformación pautado
por el modelo de sociedad que se aspira a construir: la Utopía, comunismo
libertario en el caso del que hablamos. El modelo de sociedad que se aspira a
construir condiciona los pasos que se dan, puesto que es más importante la
teoría, donde radican los principios, que la práctica, que se somete a la
teoría y que inspira tres actuaciones: los Comités, las Milicias y las
Colectividades. Esta revolución es la más conocida y la que acaba pronto:
apenas un verano, el «corto verano de la anarquía»[1].
La revolución modelizada cuenta poco con las mujeres que
fueron «apartadas» de los espacios en los que los hombres llevan a cabo la
revolución, especialmente en el frente de batalla a través de las milicias y en
la retaguardia con los Comités. Pero existe una revolución «sin modelo»
preexistente, sin equipaje, una revolución que deja que las prácticas se
desarrollen sin apelar a unos principios que las dirijan. La práctica, a partir
de ella misma, elabora su propia justificación y construye sus propios
principios que son tan múltiples como la propia multiplicidad de las
situaciones vividas. Los criterios para actuar, para escribir y para pensar
solo provienen de las situaciones y de las prácticas de la propia vida
cotidiana y están ligadas a su modo de vida. En esta otra revolución había
hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres y el espacio donde se desarrolla fue
la retaguardia[2].
Dice
Fernández-Savater[3]
que los anarquistas en el verano de 1936 allí por donde pasan, allá donde pueden,
«revolucionaron la vida»: los modos de hacer y pensar, la relación con el
trabajo y el dinero, el reparto de la tierra y las formas de decisión en común,
el papel de las mujeres, los hábitos y las costumbres. Son momentos
al margen, espontáneos, muchas veces desordenados, llenos de vida que
superan la ideología doctrinaria arraigándose en la existencia, momentos en los
que prima la horizontalidad,
la toma de decisiones en igualdad, el deseo y el entusiasmo. Cada persona es
singular, cada iniciativa autónoma de las demás y como pauta, la
responsabilidad de hacerse cargo de lo común. El desafío es hacer de todo ello
una fuerza, sin importar la condición social, el género, la religión o la raza.
Situación del anarco-sindicalismo en España, en
el siglo XXI
En España no somos muy conscientes de que para el
anarquismo y el anarco-sindicalismo «mundial», la revolución libertaria de 1936
es una huella indeleble, a menudo, o casi siempre, idealizada. Ese hecho
perdura en cierta manera hasta hoy, cuando el movimiento anarquista y el
anarco-sindicalismo es minoritario pasados noventa años de aquella revolución.
Incluso ese pasado tan «glorioso» se ha convertido en una pesada losa que ha
construido un corpus de pensamiento y acción fundamentada en una transmisión
intencional de una generación a otra. Esta concepción parece obligarnos a una
relación constante de los anarquismos actuales con los del pasado y este acaba
convertido en dogma, en doctrina. ¿Cómo compararnos con lo que nuestros
antecesores y antecesoras hicieron? ¿Cómo recuperar todo el caudal de
experiencias y saberes de aquella revolución con los pocos recursos actuales?
¿Cómo combatir la historia «basura» antilibertaria cuyo propósito es
invisibilizar toda la obra constructiva, innovadora y transformadora para que
muera su recuerdo?
Muchas preguntas con difíciles respuestas.
Pero ¿cómo hemos
llegado a la situación actual?[4] El
anarquismo es un elemento innegable de la cultura política española de las
últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Los «ideales» que lo
sustentaban eran escasamente doctrinarios, definió por ello un movimiento
complejo, poliédrico, contradictorio y con un gran potencial disgregador. Es
evidente que hubo muchas tendencias desmembradoras: colectivismo/comunismo,
propaganda escrita/violencia, anarquismo/sindicalismo, antipoliticismo/intervención
política y una multitud de diferencias menos relevantes que siempre sostenían
de un hilo la unidad del movimiento.
Hay otro elemento de
tensión que muchas veces pasa desapercibido por el poco arraigo del anarquismo
individualista en España pero que la guerra civil planteó como realidad
inmediata en el ensayo de revolución del 36. Me refiero a la incompatibilidad
radical entre las prácticas concretas y la ideología libertaria.
Se trata de la
posibilidad de la revolución, eje del libro de Claudio Venza. Ésta, en cuanto
proyecto global y «totalizante», afecta al conjunto de la sociedad,
convirtiendo el proyecto revolucionario en totalitario al anudar en un mismo
lazo el conjunto de las trayectorias individuales supeditando lo local a lo
general. El proyecto revolucionario destruye una forma de sociedad y ofrece
otra como alternativa, por tanto, el proyecto de transformación social pretende
afectar a cada una de las partes que componen la sociedad con independencia de
que quieran verse afectadas por el proyecto revolucionario[5].
Supondría, por tanto, que dicho proyecto se instauraría sobre el principio de
constricción de las particularidades locales, por tanto, se estaría
construyendo otro sistema social autoritario, entrando en contradicción con el
principio de libertad que es clave en el «ideal» anarquista. Sobradas muestras
encontramos en la actuación libertaria durante la guerra civil, y no se trata
aquí de juzgar sino de poner de manifiesto la «incompatibilidad radical»
mencionada que no fue captada en el momento, salvo desde la perspectiva de la
moralidad de las decisiones, y lo que es más grave, en los noventa años
posteriores.
La guerra
civil, unida al largo exilio en unos casos y a la dura represión durante el
franquismo en otros, asestó un duro correctivo al anarquismo y al sindicalismo
que los condujeron al borde de la extinción. En esa difícil situación, el mundo
se transformaba rápidamente, perdidas la habilidad y la visión, que habían
mostrado en el pasado para adaptarse a los cambios sociales, sus propuestas se
mostraron anacrónicas y esclerotizadas. No fue solo el anarquismo, toda la
izquierda entró en un proceso de crisis que es ahora, en el siglo XXI, cuando
muestra su dramática dimensión. El franquismo distorsionó y retrasó, en parte,
esta crisis, pero España no fue una excepción y se fracturó la tradicional
asociación de la izquierda con el proletariado urbano también cuando disminuyó
y se fragmentó ese mismo proletariado. Cuando la vieja izquierda ya no pudo depender de las comunidades de la clase
trabajadora porque cada vez representaba un porcentaje menor de la población,
la llamada nueva izquierda se unió a
los jóvenes de los años sesenta y no fue el interés de todos, sino las
necesidades y los derechos de cada uno, lo que constituyó su base. El
individualismo sustituyó a la comunidad y las reivindicaciones subjetivas de la
suma de identidades sustituyeron a los propósitos sociales comunes. Los
movimientos políticos desaparecieron sustituidos por el individualismo
fragmentado de las preocupaciones particulares, incapaces de convertirlos en
objetivos colectivos[6].
Este
proceso, que en Europa empezó a desarrollarse a partir de la década de 1950, en
España se produjo aceleradamente tras la «transición» a partir de la década de
1980, justo para coincidir con la ofensiva en toda regla de la derecha
neoliberal que provocó el naufragio de la izquierda socialdemócrata con cierto
retraso en España. Los ejecutores de esta ofensiva neoliberal fueron Margaret
Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El thatcherismo
desencadenó un tsunami de
desindustrialización, llevándose las manufacturas a países en vías de
desarrollo y diezmando comunidades obreras enteras (se pasó de siete millones
de obreros en 1979 cuando llegó Thatcher al poder a 2,83 millones treinta años
después) que vivían de su trabajo en las fábricas. Este experimento
thatcherista forjó la sociedad en la que hoy vivimos. En el centro había una
ofensiva contra comunidades, industrias, valores e instituciones obreras. Ser
obrero ya no era motivo de orgullo, sino que era algo de lo que escapar. En
este proceso uno de los objetivos era debilitar la fortaleza del sindicalismo
inglés.
En España el proceso de reconversión
industrial que los socialistas españoles llevaron a cabo entre 1982 y 1996
desmanteló sectores industriales que ocupaban una abundante mano de obra como
los astilleros, la siderurgia, la estiba y la minería. Estos sectores estaban
muy ligados a empresas públicas que el franquismo había financiado por motivos
estratégicos y donde, ya antes de la guerra civil, se encontraba uno de los
núcleos activos del sindicalismo con auténticas comunidades obreras de larga
tradición que fueron desmanteladas por el PSOE para sanear el sector público.
Las importantes luchas obreras que se produjeron en los años ochenta en España
contra este proceso desindustrializador concluyeron, como en el caso inglés, en
un debilitamiento del sindicalismo más combativo que procedía de la lucha
antifranquista y en la domesticación de unos sindicatos que se convirtieron en
una institución más del Estado
El anarquismo dispuso de muy poco espacio
y, a la vez, falta de visión para buscar una salida a sus «ideales» en la
turbulenta transición democrática y en los primeros años de una democracia
gobernada por un partido que pretendía desarrollar en España, por primera vez,
una política socialdemócrata, mientras integraba al país en los organismos
internacionales de los que había estado excluida. Las divisiones y
enfrentamientos, incluso en los tribunales, por el monopolio de las siglas y el
patrimonio histórico, jalonaron estos años en los que el movimiento anarquista
y los dos sindicatos que se disputaban la herencia del pasado quedaron
reducidos a una presencia casi testimonial.
En la actualidad no han mejorado mucho las
cosas ya que el anarco-sindicalismo continúa fragmentado (CNT, CNT-AIT, CGT,
Solidaridad Obrera) y enfrentado de nuevo recurriendo a los tribunales para
resolver sus diferencias. Su potencial de crecimiento es limitado, aún cuando
la CGT tiene una afiliación superior al resto y un número de delegados y
delegadas sindicales para tener en cuenta, siempre recordando que las dos CNT
no se presentan a las elecciones sindicales. Otra cosa es si se mantiene o no
la influencia anarquista en las prácticas sindicales. Por otro lado, la apuesta
sindical como modelo organizativo, continúa eternizando la idea de que el
sujeto de la transformación social continúa siendo la clase trabajadora. La
debilidad del movimiento libertario que no acaba de mantener una estrecha relación
con el sindicalismo, complica las posibilidades de construir algo más amplio
que una alternativa sindical.
Comparto, sin embargo, la visión de G.
Woodcock[7] cuando
indica que el anarquismo es un racimo de actitudes en mutua relación,
antidogmático y sin estructurar, que no depende, en su existencia, de ninguna
organización estable. Puede «florecer cuando las circunstancias le son
favorables, para volver, como planta del desierto, a adormecerse durante
temporadas e incluso años, esperando las lluvias que le hagan retoñar».
Si de algo disponemos es de un denso fondo
de experiencias multiseculares y de saberes que componen nuestro legado
depositado por multitud de luchas en España y a lo largo y ancho del mundo. No
tenemos solo legado del pasado sino realidad actual. Sin poder abarcarlo todo,
y dejando al margen la prensa sindical[8], hay
prensa libertaria y anarquista (Motín, Parthesia, Ekintza Zuzena, El Topo,
(Ex)Presión, Esporas, Redes Libertarias, Al Margen, Antagonistas, Aula Libre,
Palimpsestos y otras); Portales web (Portal Oaca, A las Barricadas,
Contrainfo, Redes Libertarias, Grup Antimilitarista La Tortuga, etc.); Podcasts
(La Linterna de Diógenes, Sangre Fucsia, Lluvia con Truenos, etc.) y Radios
Libres (Radio Almaina, Radio La Granja, Radio Encadenada, Radio Klara, Radio
Tirso Libertaria, Radio Vallekas, Radio Ágora Sol y otras muchas); Editoriales
(Virus, Ochodoscuatro, Descontrol, Pepitas de Calabaza, Piedra Papel Libros,
Enclave y otras).
Además de esta realidad cultural y social,
existen múltiples Ateneos Libertarios en muchas ciudades y Centros Sociales
Anarquistas, librerías, colectivos que luchan por una vivienda digna y evitar
los desahucios y muchas otras iniciativas.
Queda por saber si este auténtico «archipiélago»
anarquista actual logrará abrirse hueco. La estela libertaria sobrevivirá si es
capaz de crear «novedad», recuperar lo menos doctrinario, lo menos formalizado,
lo más difuso. El anarquismo puede recuperar su voz en las muchas voces de la
disconformidad del siglo XXI si logra comenzar
en otro puerto de partida, en un espacio propio y libre que marque distancias
con el utilitarismo que se ha adueñado de la política, y logre articular, si es
necesario, las objeciones a nuestra forma de vida redefiniendo lo que puede
unir a las personas, abandonando el individualismo, el consumismo y la codicia que
impregna toda la actuación humana. La nueva política tiene que arraigar en las
comunidades, no solo en el lugar de trabajo que, cambia continuamente, es
precario y a tiempo parcial, teniendo en cuenta a quienes no lo tienen. Lo más
radical del «rastro» libertario está en la importancia de las relaciones de
poder en las que siempre insistieron sus protagonistas, incluido Claudio Venza,
y que es hoy más actual que nunca, la hipersensibilidad frente a la autoridad,
el rechazo frontal de todas las decisiones desde el ejercicio del poder, como contradictorias con la libertad. Desde
esa perspectiva quizás se pueda rescatar lo mejor de sus «ideales» y ponerlos
al día, a través de la difusión de métodos de organización descentralizada, la
defensa de la libertad y los derechos individuales y colectivos, la democracia
directa basada en pactos y la descentralización de la toma de decisiones, el
planteamiento de la importancia de la «revolución interior» haciendo crecer
comportamientos fraternales y sorores, solidarios y de apoyo mutuo con las
personas más próximas. Tienen plena actualidad la incitación a volver a una
concepción ética y natural de la sociedad, la libre opción y la libertad de
juicio. El anarquismo tiene un trasfondo, desde la libertad y la autonomía
personal, que puede construir sin dogmas un modelo de vida que respeta las
emociones, la autoestima, la responsabilidad de las decisiones propias, el
estímulo de las capacidades y la inteligencia desde el realismo de lo posible.
Todas las corrientes anarquistas, con
modelos organizativos y objetivos diversos, están de acuerdo en abonar el deseo de revolución. No obstante,
perviven propuestas de «revolución modelizada», especialmente en el anarquismo
especifista, con propuestas de «revolución de la existencia», ambas presentes
en 1936 aunque la primera claramente hegemónica. Conviven, por tanto, el modelo
ideologizado con elucubraciones estratégicas y tácticas con otra manera de
entender la revolución arraigada a la realidad, a las vivencias, en definitiva,
a la existencia. En esta manera existencial de entender el
anarquismo que tan bien encaja con el feminismo anarquista, siempre va primero
la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva
potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se
vuelven insoportables.
Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que los diversos anarquismos se centraran en construir prácticas de las que puede surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades, de ahí la importancia de libros como el de Claudio Venza.
[1] Esa
manera de indicar la duración de la revolución es de Hans Magnus Enzensberger
(1972): El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura
Durruti.
[2] Este
planteamiento está más desarrollado en: Laura Vicente, «De la edición a la
revolución» en María Migueláñez Martínez y Lucía Campanella (eds.) (2025): Anarquistas
editoras. Biografías políticas en femenino. Comares, Granada.
[3]
Fernández-Savater, La fuerza de los débiles. El 15 M en el laberinto
español. Un ensayo sobre la eficacia política. Akal, Madrid, p. 115.
[4] Este
breve repaso de lo ocurrido tras la derrota de 1939 en Laura Vicente (2013): Historia
del anarquismo en España. Utopía y realidad. Catarata, Madrid.
[5]
Tomás Ibáñez
(2006): ¿Por qué A? Fragmentos dispersos
para un anarquismo sin dogmas. Anthropos, Barcelona, p. 77.
[6]
Tony Judt,
(2010): Algo va mal. Taurus, Madrid,
p. 133.
[7]
George Woodcock (1979): El anarquismo.
Historia de las ideas y movimientos libertarios. Ariel, Barcelona, p. 464.
[8] Se ha dejado al margen la prensa sindical,
y demás sistemas de comunicación, porque es bastante numerosa y se convertiría
en una lista inacabable. Por otro lado, es la que tiene más difusión fuera de
España y, por tanto, es de sobra conocida. No ocurre lo mismo con la prensa que
mencionamos que es de colectivos anarquistas que por su número y escasos
recursos materiales es más desconocida. No es nuestro objetivo en esta
Introducción hacer un listado exhaustivo que puede encontrarse fácilmente en
internet.

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