Tener un blog propio me permite divagar, situarme en los
márgenes, responsabilizarme solo de lo que elucubro, escribir, hablar
o pensar de manera dispersa, sin rumbo fijo. Aviso por anticipado, que nadie
busque en este breve texto una reflexión sesuda, coherente y esclarecedora.
Solo son divagaciones tras algunas lecturas que me rondan por la cabeza.
Si hay algo evidente en el momento actual es que la acción
política muestra claros síntomas de agotamiento, tanto la socialdemocracia como
los sectores institucionales a su izquierda que no saben cómo afrontar el
capitalismo neoliberal que sueña con acabar con la democracia que ya no le
resulta del todo útil. El auge de la extrema derecha, no saben cómo combatirla y
eso es otro síntoma de agotamiento, sobre todo cuando se recurre a estrategias,
ideas y lemas del pasado.
Y mientras la política institucional naufraga, aquí (quizás
el agotamiento nos afecta también a los sectores no institucionalizados),
seguimos buscando el sujeto de la revolución, la confluencia de luchas, la
convocatoria de falsas huelgas generales, la elaboración de estrategias y
tácticas en cursos o seminarios de formación, y la elaboración de programas.
Todo este utillaje anticuado no nos va a llevar a ninguna parte y forman parte
de la llamada «melancolía de la izquierda», es decir, la añoranza por las
antiguas utopías revolucionarias y proyectos de emancipación social.
No podemos seguir concibiendo la revolución como el inicio
de un nuevo orden, de un nuevo mundo, de un nuevo estado de cosas, esa es la
mejor manera de agotar una revolución. No podemos seguir pensando que la acción
política o social consiste en quitar poderes externos, ya sean gobiernos,
Estados, leyes, Constituciones o normativas laborales.
La gran pregunta sería indagar en cómo vivimos aquí y
ahora, y cuando nos aproximemos a esa realidad cotidiana capturada por la
dominación y el capital, no pensar al modo de la modernidad en elaborar, una
vez más un modelo de sociedad nuevo. No caigamos en fabricar una línea de
causalidad que a través de un largo proceso nos llevará a «ese mundo que
llevamos en nuestros corazones». Esa revolución modelizada que se obstina en
pensar cómo debe ser la sociedad a la que aspiramos, qué acciones llevar
a cabo para lograrlo, deja pasar lo que es la sociedad hoy y cómo vivimos
aquí donde vivimos.
No debemos medir la vida con la estrategia a largo plazo de
la revolución. Si lo hacemos así, consideraremos el momento (cada lucha
concreta, cada resistencia) solo a la vista del proceso y de esta manera el
momento nos parecerá pobre, pequeño, efímero.
Revolucionar el pensamiento y la práctica implica
revolucionarnos en lo más íntimo. Eso, Marcello Tari[1] lo llama lógica
destituyente y entre otras cuestiones debe funcionar fuera del «tiempo del
capital». El tiempo de la destitución es otro muy diferente:
«El tiempo de la destitución es un tiempo en el que se hace
posible deponer la vida esclavizada vigente mientras viene a la presencia la
profana posibilidad de una forma de vida orientada a la felicidad que se sitúa
fuera de la ley -no en contra ni a favor, sino fuera-. Salir del derecho, salir
de la economía, salir del Gobierno, en vez de oponerse dialécticamente a ellos
y recomponer una y otra vez su constitución»
Reconocer una realidad, describirla, vivirla, sufrirla, es
ya situarse en la esfera de la potencia, no del poder. Son las formas de vida
las que generan las formas de lucha dentro y alrededor suyo.
La revolución o está ya aquí, entre nosotras, o no es nada.
Y seguiremos divagando…
Laura Vicente
[1]
Marcello Tari (2025):
No existe revolución infeliz. El comunismo de la destitución. Sevilla,
Petit.

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