Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

viernes, 23 de enero de 2026

DIALOGAR O ENJUICIAR

 


El tiempo siempre atempera las pasiones, en este caso me refiero a las que producen las ideas y los proyectos de transformación. Quizás por eso, hoy me gusta más que en el pasado compartir, conversar, debatir, reflexionar y meditar sobre ideas y sobre agencias lo más situadas posible en la realidad, en la cotidianeidad, en las luchas, en la vida, en la experiencia…

Siempre que puedo me gusta practicar el ejercicio de dialogar, ese ejercicio de atención colectiva sin guion, ni algoritmo que organice. Cuando las conversaciones son en público e intervienen más de dos personas comprendo que hay que dejar espacio para que cada cual intervenga o guarde silencio. Es cierto que esta afirmación tiene una lectura de género difícil de revertir, a saber: que los hombres intervienen mucho y las mujeres guardan mucho silencio.

Como señala Amador Fernández Savater, es muy positivo acompañar la palabra del otro con la escucha, un gesto de aliento o la repregunta. La conversación se teje y se sostiene entre todas. Las palabras derivan, se trenzan y destrenzan; nos autorizamos a reír, a poetizar, a pensar. Salimos de nosotras mismas. Y es que conversar, con-vertere significa tornarse uno hacia el otro. Si interviene la moral, la conciencia, el diálogo se atasca, no circula con fluidez

Últimamente mis escritos provocan reacciones polémicas, a veces airadas, e incluso parece que atentan contra la «conciencia» de quienes las han reclamado o las leen. Siempre he pensado que, a diferencia del marxismo, el anarquismo no tiene santos-pensadores intocables (por supuesto hombres) y aunque es cierto que hubo bakuninistas en el siglo XIX, no tuvo continuidad como si la tiene con los marxistas todavía hoy.

Los marxistas han acostumbrado a debatir y a enfrentarse, incluso a odiarse, por temas doctrinarios, teóricos (en los cuales se incluye la defensa de sus referentes: Marx, Engels, Lenin, Gramsci, y otros muchos, incluso Stalin… que ya hay que tener ganas). Los anarquistas, en cambio, han debatido, y sí, se han odiado también, más por cuestiones organizativas y de práctica de algún tipo: disputas como las que enfrentaron a anarco-colectivistas con anarco-comunistas, a anarco-sindicalistas con sindicalistas, a plataformistas, consejistas, individualistas, insurreccionalistas, etc., etc.

Quizás por preocuparse más por la práctica que por la teoría, al ámbito anarquista le ha gustado dialogar, conversar, debatir, reflexionar y meditar sin que la doctrina, la ideología, la verdad o el enjuiciamiento moral de la «conciencia» lo impidan. No digo que siempre sea así y que no haya habido lo contrario, pero comparto con David Graeber que gran parte de la práctica anarquista gira alrededor de un cierto principio diálogico. ¿Cuántas vueltas hemos dado en el ámbito anarquista a aprender cómo tomar decisiones pragmáticas, intentar que sea por unanimidad y procurar no recurrir a votar para no subsumir, a quienes son minoría, bajo el punto de vista de la mayoría?

Parece que en realidad el pensamiento real es dialógico, no cartesiano en el sentido de que se inicia con el individuo autoconsciente y después le da vueltas a cómo comunicarse con otras personas.

Aunque nos han educado en la unidad de teoría y práctica, el anarquismo casi siempre ha optado por la práctica de forma mucho más pronunciada que otras corrientes socialistas, desde luego que el marxismo.

Resumiendo: cuando alguien quiere saber la opinión de otra persona sobre algún tema es que está dispuesta al diálogo, al debate, a la reflexión. No se pregunta la opinión cuando previamente se la ha anatemizado alegando su «conciencia», es decir enjuiciándola desde la moral.

 Laura Vicente

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