El tiempo siempre atempera las pasiones, en este caso me refiero a las que producen las ideas y los proyectos de transformación. Quizás por eso, hoy me gusta más que en el pasado compartir, conversar, debatir, reflexionar y meditar sobre ideas y sobre agencias lo más situadas posible en la realidad, en la cotidianeidad, en las luchas, en la vida, en la experiencia…
Siempre que puedo me gusta practicar el ejercicio de dialogar,
ese ejercicio de atención colectiva sin guion, ni algoritmo que organice. Cuando
las conversaciones son en público e intervienen más de dos personas comprendo
que hay que dejar espacio para que cada cual intervenga o guarde silencio. Es
cierto que esta afirmación tiene una lectura de género difícil de revertir, a
saber: que los hombres intervienen mucho y las mujeres guardan mucho silencio.
Como señala Amador Fernández Savater, es muy positivo acompañar
la palabra del otro con la escucha, un gesto de aliento o la repregunta. La
conversación se teje y se sostiene entre todas. Las palabras derivan, se
trenzan y destrenzan; nos autorizamos a reír, a poetizar, a pensar. Salimos de
nosotras mismas. Y es que conversar, con-vertere significa tornarse
uno hacia el otro. Si interviene la moral, la conciencia, el diálogo se atasca,
no circula con fluidez
Últimamente mis escritos provocan reacciones polémicas, a
veces airadas, e incluso parece que atentan contra la «conciencia» de quienes
las han reclamado o las leen. Siempre he pensado que, a diferencia del
marxismo, el anarquismo no tiene santos-pensadores intocables (por supuesto
hombres) y aunque es cierto que hubo bakuninistas en el siglo XIX, no tuvo
continuidad como si la tiene con los marxistas todavía hoy.
Los marxistas han acostumbrado a debatir y a enfrentarse,
incluso a odiarse, por temas doctrinarios, teóricos (en los cuales se incluye
la defensa de sus referentes: Marx, Engels, Lenin, Gramsci, y otros muchos,
incluso Stalin… que ya hay que tener ganas). Los anarquistas, en cambio, han
debatido, y sí, se han odiado también, más por cuestiones organizativas y de
práctica de algún tipo: disputas como las que enfrentaron a
anarco-colectivistas con anarco-comunistas, a anarco-sindicalistas con
sindicalistas, a plataformistas, consejistas, individualistas,
insurreccionalistas, etc., etc.
Quizás por preocuparse más por la práctica que por la
teoría, al ámbito anarquista le ha gustado dialogar, conversar, debatir,
reflexionar y meditar sin que la doctrina, la ideología, la verdad o el enjuiciamiento
moral de la «conciencia» lo impidan. No digo que siempre sea así y que no haya
habido lo contrario, pero comparto con David Graeber que gran parte de la
práctica anarquista gira alrededor de un cierto principio diálogico. ¿Cuántas
vueltas hemos dado en el ámbito anarquista a aprender cómo tomar decisiones
pragmáticas, intentar que sea por unanimidad y procurar no recurrir a votar
para no subsumir, a quienes son minoría, bajo el punto de vista de la mayoría?
Parece que en realidad el pensamiento real es dialógico, no
cartesiano en el sentido de que se inicia con el individuo autoconsciente y
después le da vueltas a cómo comunicarse con otras personas.
Aunque nos han educado en la unidad de teoría y práctica,
el anarquismo casi siempre ha optado por la práctica de forma mucho más
pronunciada que otras corrientes socialistas, desde luego que el marxismo.
Resumiendo: cuando alguien quiere saber la opinión de otra persona sobre algún tema es que
está dispuesta al diálogo, al debate, a la reflexión. No se pregunta la opinión
cuando previamente se la ha anatemizado alegando su «conciencia», es decir enjuiciándola
desde la moral.

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