La editorial Imperdible me pidió
una Introducción para el tomo 7 de las Obras Completas[1]
de Bakunin que están publicando. Pensé que tenía plena libertad para enfocarlo
como yo quisiera puesto que es un texto firmado y, yo y solo yo, soy la
responsable de dicha Introducción.
No ha sido así, la notificación de
que no iban a publicar el texto es para mí seña inequívoca de censura, no obstante,
su correo lo tenéis al final del texto y que cada cual lo valore como considere
oportuno.
Censurar un escrito porque no
coincide con su interpretación de Bakunin acerca del papel de las mujeres en la
revolución no pensaba que fuera motivo para la censura, pero ha resultado que
sí.
Llevo investigando desde hace
muchos años como la teoría y, por tanto, la ideología, no marcan la acción y
que es está la que genera emancipación, libertad, etc. Creía que a estas
alturas del siglo XXI estaba claro que no existe un vínculo necesario entre el
pensamiento y la acción
Los hombres,
también los anarquistas y libertarios, han escrito muchas frases, aprobado
ponencias, protocolos, y artículos, afirmado la igualdad con las mujeres, pero
su acción, su práctica, concuerda poco con sus ideas, con su teoría. Bakunin no
es una excepción. Soy contraria a la veneración de los compañeros del pasado
(hay muy pocas mujeres anarquistas consideradas pensadoras) que han sido
convertidos en «santos laicos» e intocables, lo cual no les resta los muchos
méritos que tienen. Me parece que hay que contextualizar en su época a
cualquier pensador o pensadora del pasado y extraer aquello que nos sigue
siendo útil de nuestra genealogía
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INTRODUCCIÓN
(Tomo 7 de las «Obras Completas» de Bakunin)
Laura Vicente
La publicación de las obras completas de Bakunin es un reto
y debemos celebrar que la editorial Imperdible se haya lanzado a esta tarea.
Dicho lo cual, Bakunin es una persona, como cualquier otra, condicionada por la
época en la que vivió, las circunstancias que le afectaron y, como señala
Miguel Benasayag,[2]
la experiencia vital es metabolización y cuerpo autoafectado. No es lo mismo
tener información que hacer la experiencia y Bakunin siempre dio más valor a la
experiencia que a la información sin despreciar esta.
Leer a Bakunin desde el siglo XXI significa comprender que su
figura tiene aspectos actuales, pero otros obsoletos. No pretendo hacer una
revisión prolija de unos y otros sino centrarme en aquellos aspectos que más
atraen mi interés (también yo condicionada por las circunstancias que me
afectan) y que, de una forma u otra, el azar ha puesto en mi camino al prologar
este séptimo tomo y no otro.
Entre mis intereses, desde hace muchos años, figura tener
en cuenta la situación de la mitad de la humanidad tanto tiempo ignorada. En
este sentido, el siglo de Bakunin, el XIX, tenía unas leyes
en Europa que establecían el dominio masculino y la desigualdad femenina: las
mujeres carecían de la ciudadanía (derechos políticos y civiles), tenían
restricciones para acceder a la propiedad, la herencia, la educación, el
trabajo, etc., y su presencia en los espacios públicos estaba limitada a la vez
que se mantenía su dependencia del hombre (padre, marido, hijo). Las mujeres tenían
la consideración jurídica de eternas menores de edad.
El Código Civil de
Napoleón (1804) muy influyente en países como Italia, Países Bajos, Suiza,
Bélgica, Alemania y España, decía, por ejemplo:
«(…) el marido debe a su esposa protección, y la esposa debe a su
marido obediencia; (…) la esposa (…) no puede dar, facilitar o hipotecar o
adquirir propiedad (…) sin que el marido se hiciera partícipe en la transacción
o diera su consentimiento escrito».
A las leyes se unían otros mecanismos culturales de control social
informal más difíciles de detectar y de cuestionar, por ejemplo, el modo en que se representaba la feminidad.
Se construyeron imágenes de la mujer de inferioridad (tanto intelectual como
física) y de subordinación. La feminidad quedaba definida por la ternura, la
abnegación y la dedicación a los demás, frente al raciocinio, el interés propio
y el individualismo, que eran el epicentro de la masculinidad. La identidad
femenina no podía pensarse fuera del matrimonio y, por tanto, dentro del ámbito
del hogar el discurso de la domesticidad le negaba su perfil de trabajadora. Las tareas domésticas no se
valoraban como trabajo.
Bakunin, como filósofo, tenía otras preocupaciones, su interés era la libertad tanto en el orden social como personal. La libertad permitía actuar según los dictados de la propia voluntad, lo cual derivaba en la soberanía individual. Consideraba que el ser humano nunca era un medio, sino un fin en sí mismo, que tenía el derecho inalienable de buscar la verdad a través de la libertad. Para consolidar la idea de libertad individual era necesaria la muerte de lo absoluto, es decir, de cualquier principio trascendente superior, fuera Dios, el rey, el Estado, la nación, o cualquier otro.
En «La mujer, el matrimonio y la familia», Bakunin explicó de forma
más académica la igualdad social de la mujer con el hombre que requería la
abolición de la legislación que, como hemos dicho, consideraba a la mujer un
ser inferior y dependiente. Este cuestionamiento de las leyes familiares y
matrimoniales condujo a Bakunin a una clara defensa de las uniones libres basadas en el respeto humano y la libertad
de dos personas que se aman[3].
Que Bakunin y el anarquismo mayoritario
defendiera dichas posiciones igualitarias y respetuosas, no significa que
fueran impenetrables al deseo
hegemónico dominante y que las mujeres anarquistas fueran consideradas iguales
por sus compañeros. Su situación de postergación e inferioridad despertó poco
interés en los proyectos revolucionarios anarquistas. Como se recoge en este
volumen la atención de los anarquistas se centraba en temas teóricos y
organizativos que poco tenían que ver con la dominación de las mujeres, el
racismo, las identidades sexuales, etc.
Serguéi Gennádievich Necháyev (1847-1882), asociado
con los movimientos nihilista y anarquista, nunca declaró un credo ideológico
ni filosófico, en momentos de su vida y obra se acercó a estos, pero en otros
momentos lo que hace es una apología del simple terrorismo. Su preocupación, casi podríamos decir obsesión, fue la revolución y
el tipo de organización que la haría posible.
Mijaíl
Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), fundó la Alianza Internacional de
la Democracia Socialista (AIDS) en septiembre de 1868 en Ginebra, Suiza. Se la considera la primera organización
anarquista de la historia. «La Alianza», buscaba crear y estimular organizaciones
de masas como la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) que agrupaba
sociedades obreras de resistencia con finalidad revolucionaria. Pero, por otro
lado, «la Alianza» pretendía articular una organización
política, un pequeño «partido», como dijo Bakunin, que tuviera como objetivo
reforzar el carácter revolucionario de dichas sociedades obreras.
«La
Alianza» se disolvió a los cinco meses de su creación porque su carácter
internacional era incompatible con la AIT también internacionalista (se
sospecha, no obstante, que pudo existir clandestinamente un tiempo
indeterminado).
Necháyev y Bakunin se conocieron, su
prioridad era la revolución y todo aquello que era necesario para conseguir su
triunfo (organización, estrategia revolucionaria, proyecto de revolución, etc.).
Ambos escribieron un catecismo, texto de instrucción elemental que
pretende adoctrinar, escrito con
frecuencia en forma de preguntas y respuestas. El de Necháyev se titula: «Catecismo del
revolucionario», el de Bakunin: «Catecismo revolucionario», la diferencia entre
ambos es notable puesto que el primero marca el perfil del revolucionario y el
de Bakunin el de la revolución.
El catecismo de Necháyev es un texto breve que se estructura en
cuatro apartados centrados en la actitud del revolucionario hacia sí mismo,
hacia sus camaradas, hacia la sociedad y hacia el Pueblo. El pilar del texto es
que «la única pasión del revolucionario es la revolución», todo queda
supeditado a «la causa», por supuesto las personas también. Divide a estas en seis
categorías y una de ellas son las mujeres que separa de las otras cinco que están
dedicadas todas a los hombres. Las mujeres son divididas a su vez en tres
grupos: el primero está formado por las «cabezas huecas», inconscientes y
desalmadas (no hay hombres de esta especie puesto que los define por su
posición social o sus posturas políticas). El segundo grupo son las mujeres
«apasionadas, devotas y talentosas», la mayoría no son útiles para la
revolución porque «no poseen aún una comprensión cabal, austera y
revolucionaria». Por último, están las mujeres «nuestras» que han aceptado nuestro
programa y están totalmente dedicadas a él, las únicas que son útiles para
la revolución.
El catecismo de
Bakunin es muy diferente puesto que se centra en señalar aquello que debe
abolirse de la sociedad del siglo XIX y las bases de la revolución y de la
sociedad resultante. La libertad, la igualdad, la justicia social son aspectos
que marcan cómo debe ser la sociedad revolucionaria. En ella las mujeres
aparecen mencionadas esporádicamente, pero con claridad: «La mujer, diferente al
hombre, pero no inferior a él, inteligente, trabajadora y libre como él, es
declarada igual al hombre en todos los derechos como en todas las funciones y
deberes políticos y sociales». Pese al igualitarismo que se proclama, las
mujeres aparecen asociadas (en artículos sucesivos a los de los derechos) a la
familia, la reproducción y la educación de las criaturas.
Ni para Necháyev ni para Bakunin las mujeres ocupan un papel
relevante en la revolución a la que se dedican con devoción. La revolución
que persiguen es masculina, ellos la piensan (y la sueñan), ellos son el sujeto
de la revolución, ellos la protagonizan y ellos la relatan e interpretan a
posteriori.
Es una revolución con planteamientos
mesiánicos que provoca un desplome de la vieja sociedad, de ahí el mito
de la «gran noche» en la que sucede todo. Una vez iniciada la revolución, se ve
sujeta al modelo de sociedad que se aspira a construir (de ahí que la
denominemos revolución modelizada) y que condiciona los pasos que se dan más
que la realidad que se vive. El nuevo orden social se representa como pleno de
armonía, de libertad, de igualdad y de justicia social para la humanidad.
En
esta manera de entender la revolución, las ideas dirigen las acciones situadas.
De ahí que para llevar a cabo la actividad revolucionaria sea preciso la elaboración de una estrategia que, la «minoría
activa» organizada, se
encargaría de introducir en las organizaciones de masas. La «minoría activa» es
capaz de ver en su totalidad, mientras que quienes habitan en las realidades
concretas, las «masas», solo ven las partes. Es el clásico paradigma de la
izquierda de que se puede leer toda la situación y la orientación que se debe
tomar. El único propósito de la acción política, por tanto, es producir algo
que pueda ser previsto o planeado estratégicamente por anticipado.
Este planteamiento parte de una secuencia de causalidad que
configura una idea lineal del tiempo bien conocida: pasado (en el que hubo
opresión), presente (hay lucha por la liberación) y futuro (la liberación
conducirá a un nuevo orden). El final está, de algún modo, contenido en el
comienzo. Es una lectura historicista, que legitima o deslegitima los
movimientos según su participación o no, en el «sentido de la historia».
Cuantas huelgas, ocupaciones de fábricas, sublevaciones populares o
insurrecciones locales fueron sacrificadas, abandonadas o incluso aplastadas en
nombre de la razón superior de la «minoría» que sabía por donde pasaba la
caprichosa trascendencia revolucionaria. No era bastante con que un combate
fuera justo para que fuera válido para el «juicio de la historia».
Para
desencadenar la revolución era importante dotarse de organizaciones que la
hicieran posible, tanto Necháyev como Bakunin piensan en una organización revolucionaria
de carácter político, formada por minorías y con carácter secreto o semi
secreto.
Necháyev puso en marcha en
1869 la sociedad secreta Naródnaya Rasprava (Venganza del
Pueblo), una organización de camaradas revolucionarios, tal como señala en
su catecismo, que debía trabajar para unir a «elementos de la vida
popular» que ya protestaban contra el Estado en «una sola fuerza invencible e
indoblegable». Su función primordial era conducir al pueblo a una sublevación
total, incluso alentando el desarrollo de las calamidades y males que sufría.
La tarea de la organización, apoyada por el deseo de venganza del pueblo, era
«la destrucción despiadada, terrible, completa y universal» para que otros
construyeran la nueva sociedad.
Bakunin por
su lado, como ya hemos dicho, participó
en la fundación de la Alianza Internacional en 1868 ya que
consideraba que la opresión no generaba de forma automática la conciencia
revolucionaria. Para que hubiera acciones colectivas que llegaran a tener un
contenido revolucionario era necesaria una minoría militante que educara,
agitara y organizara a las masas. «La Alianza» pretendía participar en la
creación de asociaciones obreras cuyo
objetivo era la lucha económica y que tenían su origen en Owen y el
cooperativismo inglés, pero también en Proudhon (1ª mitad/mediados del siglo
XIX). Este pre-sindicalismo, con la creación de la AIT, empezó a definirse de
forma más clara en la línea del sindicalismo
radical que podía orientarse hacia planteamientos revolucionarios. «La
Alianza» o el propio marxismo trataban de que así fuera.
El sindicalismo de la AIT se fue definiendo a través
de la organización y federación de las sociedades obreras de resistencia al
capital. Un asociacionismo que algunos sectores pretendían que fuera apolítico
para hacer posible la unidad de la
clase trabajadora en una misma organización de carácter económico, ya que los
intereses materiales eran el lazo natural y permanente que cimentaba su unidad
y aseguraba el descubrimiento del verdadero enemigo: el capital.
Sin embargo, las diferentes corrientes que convivían
en la AIT pretendían influir y orientar a este sindicalismo hacia posiciones
más definidas ideológicamente («la Alianza» de Bakunin por un lado, Marx y sus
seguidores por otro) que provocaron finalmente enfrentamientos, división y su
desaparición (1876).
Las mujeres tuvieron una escasa participación en la
elaboración teórica de la revolución y en las organizaciones creadas para
potenciarla, no obstante, hubo un cierto grado de integración femenina tanto en
el pre-sindicalismo como en la AIT. De hecho, tomar la palabra en público era en sí mismo algo
fuera de lugar para las mujeres, una heterodoxia en sí misma. Pese a ello
núcleos de obreras impulsaron iniciativas que fructificaron en dictámenes como el aprobado por la
Federación de la Región Española (FRE), en el Congreso de Zaragoza (1872),
titulado «De la mujer». En este texto había una clara oposición a la reclusión
de la mujer en el espacio doméstico. El trabajo asalariado era, decía el
dictamen, «poner a la mujer en
condiciones de libertad» para evitar
la dependencia respecto al hombre. Este dictamen afirmaba:
«La mujer es un ser libre e inteligente, y,
como tal, responsable de sus actos, lo mismo que el hombre (…) lo necesario es
ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades».
Aun cuando el anarquismo, presente en el
internacionalismo, contribuyó a abordar la subordinación femenina y la
necesidad de la emancipación de las mujeres, por sus planteamientos de crítica
al autoritarismo y la necesidad de construir una sociedad basada en la igualdad
y la libertad, en la práctica el papel de las mujeres fue insignificante.
Pese a su presencia minoritaria y su casi nula
presencia en las juntas directivas de las sociedades obreras, encontramos
mujeres en todos los conflictos sociales, revueltas y procesos revolucionarios
que se produjeron en el siglo XIX, brillando con luz propia la Comuna de París
y Louise Michel. Las mujeres se preocuparon por el tema social, pero lo
ampliaron reflexionando y practicando una sexualidad libre, una maternidad
consciente, el control de la natalidad y todo el amplio campo de los «cuidados»
entendidos como gestión de la vida que abarca mucho más que los cuidados
familiares y domésticos.
Su concepción de la revolución, presente en tiempos
de Necháyev y Bakunin, fue ignorada por sus compañeros anarquistas
pese a que afloró aquí y allí sin ser un planteamiento hegemónico dentro del
movimiento anarquista. Esta concepción de la revolución está presente en sus
acciones y en sus saberes, «saberes menospreciados», «saberes miserables», como
señalaba posteriormente Foucault. Todo ello fue configurando el feminismo
obrerista y anarquista representado por mujeres como Lucy Parson, Voltairine de
Cleyre, Emma Goldman, Teresa Claramunt y otras.
Varios rasgos definen esta manera de entender la
revolución, destacaremos tres:
1. Son las acciones las que definen la teoría, siempre va
primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una
nueva potencia cuando una situación anteriormente tolerada se vuelve
insoportable. Se considera intrascendente la
información, la discusión política e ideológica, la configuración de una
estrategia para hacer emerger una situación capaz de despertar la acción del
pueblo o de cualquier otro sujeto. Su manera de entender la revolución se basa
en que ninguna teoría ha transformado nunca la realidad.
2. Cuestionan la secuencia de causalidad que configura una
idea lineal del tiempo, que conduce casi inevitablemente a la revolución,
momento culminante en que todo se desploma. En esta segunda manera de
entender la revolución, los acontecimientos (huelgas, ocupaciones, protestas
populares o insurrecciones locales) tienen importancia en sí mismos y no porque
ocupen un lugar en un modelo de revolución o proceso de lucha estratégico.
3. La
revolución es transformar la vida aquí y ahora siendo consecuentes con una
ética transformadora. Aceptar
la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las
luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. La lucha está centrada en
construir prácticas de las que pueda surgir un imaginario capaz de
invertir las tendencias hegemónicas dentro de las vidas situadas y
territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí
donde interrumpen el funcionamiento de la dominación.
Estas dos concepciones de la revolución están presentes en
el movimiento anarquista, se mezclan, se separan, se enfrentan, evolucionan al
compás del tiempo y de los territorios, pero resultan hoy, en pleno siglo XXI,
de gran actualidad.
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CORREO EDITORIAL
IMPERDIBLE, 30 DE DICIEMBRE 2025
Nos hemos leído su introducción, y si no le importa que le
comente, hay dos cosas de las que le quería hacer una observación.
La primera, no soy especialista en el tema, pero
después de años recopilando datos de mujeres anarquistas, y de comentarios,
reflexiones, frases de hombres anarquistas con respecto a las mujeres, puedo
afirmar que Bakunin era quien más presente las tenía. Sí, Bakunin es producto
de su época; sí, el número de mujeres anarquistas en su época era ínfimo; sí,
su paternalismo es visible, etc., pero simplificarlo con esta frase “Ni para
Necháyev ni para Bakunin las mujeres ocupan un papel relevante en la revolución
a la que se dedican con devoción [...]” no me parece correcta ni ajustable 100%
a la realidad, teniendo en cuenta sus críticas hacia el patriarcado:
(«El
patriarcado es un mal sobre todo histórico, pero, por desgracia, muy fuerte en
el pueblo, en contra del cual tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas»
[Tomo 1, p. 271];
«La guerra contra el patriarcado se lleva ya
casi en cada aldea y cada familia, en la comunidad rural y el mir, se ha
convertido ahora hasta tal punto en una herramienta del poder del Estado y de
la arbitrariedad de los funcionarios, motivos del odio popular, que la rebelión
contra éstos va al mismo tiempo con una rebelión contra el despotismo de la
comunidad rural y del mir» [Tomo 1, p. 276];
«Al instituir la familia fundada sobre la
propiedad y sometida a la autoridad suprema del esposo y del padre, Dios había
creado el germen del Estado. El primer gobierno fue necesariamente despótico y
patriarcal» [Tomo 5, pp. 230-231]),
Y a la inclusión de las mujeres para la
organización de las tareas revolucionarias y de la propia revolución:
«Apéndice B -estatismo y anarquía- Programa de
la sección Eslava de Zúrich [...] 9.- La sección eslava reivindica, al mismo
tiempo que la libertad, la igualdad de derechos y deberes para el hombre y la
mujer» [Tomo 1, p. 280];
«Programa de la Sociedad de la Revolución
Internacional 1868 [...] 4.- La abolición del derecho patriarcal, del derecho
de la familia, es decir, del despotismo del marido y del padre, fundados
únicamente en el derecho de la propiedad hereditaria. Y la igualdad de los
derechos de la mujer con los del hombre» [Tomo 2, p. 249];
«Exigimos la emancipación completa de las
mujeres, otorgándoles todos los derechos políticos y civiles que tengan los
hombres. Queremos la anulación del matrimonio, que es un acto sumamente inmoral
e inconcebible y que es contrario a la plena igualdad de los sexos. Queremos
por lo tanto, la anulación de la familia, que obstaculiza el desarrollo del ser
humano» [Tomo 2, p. 287];
«Organizar la sociedad de tal modo que todo
individuo, hombre o mujer, que nazca, encuentre medios más o menos iguales para
el desarrollo de sus diferentes facultades y para su utilización por el
trabajo; organizar una sociedad que al hacer imposible para todo individuo,
cualquiera que sea, la explotación del trabajo ajeno, no deje a cada uno
participar del disfrute de las riquezas sociales, que en realidad siempre son
producidas por el trabajo, sino según haya contribuido directamente a
producirlas mediante el suyo» [Tomo 3, p. 57];
«Semejante educación repartida ampliamente a
todo el mundo, a las mujeres como a los hombres, en condiciones económicas y
sociales fundadas sobre la estricta justicia, haría desvanecerse muchas de las
supuestas diferencias naturales» [Tomo 3, p. 132];
«No soy realmente libre sino cuando todos los
seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La
libertad de un individuo ajeno, lejos de ser un límite o la negación de mi
libertad es, al contrario, la condición necesaria y su confirmación. Soy
únicamente libre de verdad por la libertad de los demás, de modo que cuanto más
libres son los seres humanos que me rodean, tanto más profunda y más amplia es
su libertad, y tanto más extendida y más profunda se hace mi libertad» [Tomo 6,
p. 37].
Las citas anteriores expuestas, extraídas de los
volúmenes de las 'Obras Completas' de Mijail Bakunin que ya han sido editados,
nos muestran nítidamente que para Bakunin las mujeres sí debían tener el mismo
papel relevante en la revolución.
Aparte, y he aquí el segundo punto que le quería
comentar:
Poner a Nechayev a la altura de Bakunin, tampoco
se atienda a la realidad; solo hay que observar, por poner solo un ejemplo de
todas las críticas vertidas hacia Nechayev, la carta que dirige Bakunin a
Nechayev, junio de 1879, en la cual aclara las diferencias abismales entre
ambos y afirma «su sistema de mentiras, que tiende cada vez más a ser su
principal, su único sistema, su arma y medio principal, es desastroso para la
misma causa [la revolución]», que aparece en el sumario del Tomo 7 en el
capítulo “Bakunin y Nechanev (2)”. También se refleja nítidamente en la primera
parte de “Bakunin y Nechayev (1)”, incluido en el Tomo 3 [pp. 205-307].
No estamos de acuerdo con estas dos cuestiones
que le menciono; la razón más importante de todas es que jamás nos habríamos
embarcado en editar los escritos de una persona que concibiera una revolución
en la que “no tuviéramos un papel relevante” todas nosotras.[4]
Lamento comunicarle que nuestra conciencia nos
impide publicar sus afirmaciones.
Espero no le molesten mis observaciones; se las
escribo con todo el respeto que le tengo.
Si lo desea, me encantaría saber su opinión al
respecto.
Un saludo
[1] El tomo 7 de las Obras Completas está centrado en Bakunin y Necháyev y en la Alianza Internacional de la Democracia
Socialista.





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