Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

sábado, 31 de mayo de 2014

CENTRE SOCIAL AUTOGESTIONAT “CAN VIES”


MANIFESTACIÓN 31 DE MAYO

El pasado 26 de mayo los Mossos d’Esquadra, en nombre del Ayuntamiento de Barcelona, procedieron a desalojar un histórico edificio okupado desde 1997.
El proceso judicial lo puso en marcha el propietario del edificio, Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB), pero quien toma la iniciativa del desalojo es el Ayuntamiento de Barcelona como propietario de TMB. Es el equipo de Gobierno del Ayuntamiento, con el regidor de distrito Jordi Martí al frente, quien considera peligroso este centro. Y tiene razón, lo es.


“Can Vies” es un reflejo de la necesidad de utopía, entendida como incitación a rechazar el mundo que nos imponen y como deseo de construir una posibilidad más alentadora con formas de relación entre las personas diferentes a las impuestas. La utopía no es un sueño milenarista, que hay que esperar a realizar en el futuro, sino la suma de deseos y sueños que deben guiar la construcción de una realidad en la que vivir hoy la revolución creando espacios de libertad. Es lo que Hakim Bey denomina con las nociones de “Zonas Temporalmente Autónomas” y “Zonas Permanentemente Autónomas”. La utopía no existe sino en el presente y el anarquismo, compatible con otros proyectos utópicos,  ha de mostrar su capacidad constructiva al ser capaz de arrancar espacios al sistema.


MANIFESTACIÓN 31 DE MAYO

Ese es el peligro que entrañaba “Can Vies” y así lo han entendido miles de personas que, en numerosos barrios de Barcelona, han intentado resistir al desalojo y la destrucción del edificio. El día 28 de mayo decenas de concentraciones se produjeron en numerosas localidades de Cataluña en solidaridad con “Can Vies” y la movilización, a fecha de hoy, continúa.


sábado, 24 de mayo de 2014

MIJAÍL BAKUNIN (1814-1876) Mujer, Libertad y Amor


Explicaba Kropotkin[1] que Bakunin ejerció una enorme influencia sobre algunas personas influyentes de su época como Wagner, que representó a Bakunin bajo los rasgos de su Siegfried, héroe de la mitología germánica, que destacó por su valentía y por sus hazañas para arrastrar por amor a la valquiria Brünnhilde. Influyo también en la escritora francesa George Sand y en los rusos, Aleksandr Herzen, filósofo y economista, y Nikolái Ogarev, escritor y periodista. Su personalidad apasionada, conquistaba a su alrededor por su ardor revolucionario. 

Resulta difícil saber si era acertada o no esta visión que dio Kropotkin de Bakunin como hombre que influyó, más que por sus escritos, por su arrebatadora personalidad. En todo caso estamos ante un filósofo que se caracterizó por la relevancia que dio a la libertad tanto en el orden social como personal. La libertad permitía actuar según los dictados de la propia voluntad, lo cual derivaba en la soberanía individual, es decir, en el poder que cada persona debía preservar sobre su presente y su destino. Bakunin consideraba que el ser humano nunca era un medio, sino un fin en sí mismo, que tenía el derecho inalienable de buscar la verdad a través de la libertad. Para consolidar la idea de libertad individual era necesaria la muerte de lo absoluto, es decir, de cualquier principio trascendente superior, fuera Dios, el rey, el Estado, la nación, o porque no tomarme la licencia de incluir en su nombre, el patriarcado.

La libertad individual, opuesta a la autoridad, era partidaria de la colaboración entre soberanos individuales llevada a cabo voluntariamente a través de la armonía natural, de origen ilustrado, y el racionalismo liberal. Era imposible dejar fuera de esa soberanía individual a las mujeres y Bakunin no lo hizo, apostando desde muy pronto por una postura emancipadora en relación a la situación de opresión del sexo femenino y desarrollando un pensamiento crítico con el orden privado que legitimaba el matrimonio monógamo y la familia burguesa.

No parece que Bakunin en su vida amorosa y de pareja fuera un heterodoxo, aunque la carta que escribió a su hermano Pablo[2] siendo un treintañero nos muestra a un apasionado hombre: Yo amo, Pablo, amo apasionadamente: no sé si puedo ser amado como yo quisiera serlo, pero no desespero; (…). En esta carta tejió en una sencilla trama sus principales ideas respecto a cómo concebía el papel de la mujer y el amor de pareja que, poco tiempo después, amplió, también con brevedad, en el texto “La mujer, el matrimonio y la familia”. Estas ideas ejercieron una gran influencia en las primeras mujeres que en España, desde concepciones anarquistas, empezaron a clamar por la emancipación femenina, como Guillermina Rojas que, en una fecha tan temprana como 1871, clamó contra la familia en un mitin en el teatro Rossini de Madrid.

En la mencionada carta, Bakunin hizo una defensa apasionada del amor activo para el que necesitaba que su pareja fuera libre y con sentimiento de su propia dignidad, instinto de rebeldía y de independencia. Esa fe política era un pilar fundamental de su existencia particular e individual. La dependencia de la amada es amar una cosa y no un ser humano, porque no se distingue el ser humano de la cosa más que por la libertad. La vida misma es la comunidad de las personas libres e independientes, es la santa unidad del amor que brota de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad individual.


MIJAÍL BAKUNIN Y ANTONIA KWIATKOWSKA

No sabemos a quién amaba el treintañero Mijaíl, sí sabemos que ya cuarentañero se casó repatriado en Siberia, en 1858, con Antonia Kwiatkowska de la que estuvo permanentemente separado por su otra pasión: la revolución.

En “La mujer, el matrimonio y la familia”, Bakunin explicó de forma más académica la igualdad social de la mujer con el hombre que requería la abolición de una legislación que, en toda la Europa decimonónica, consideraba a la mujer un ser inferior y dependiente, una eterna menor de edad sin capacidad jurídica y siempre dependiente de un varón adulto. Este cuestionamiento de la las leyes familiares y matrimoniales conducía a Bakunin a una clara defensa de las uniones libres o matrimonio natural basado exclusivamente sobre el respeto humano y la libertad de dos personas (…) que se aman.

¿Quién puede dudar de la relevancia de todas estas ideas en las mujeres anarquistas españolas? La defensa de la emancipación femenina, la libertad y la igualdad de los sexos, el amor libre y el fin de una legislación discriminatoria, construyeron una genealogía desde la mencionada Guillermina Rojas, la sindicalista Vicenta Durán, las librepensadoras Amalia Carvia y Belén Sárraga; las verdaderas constructoras del feminismo anarquista, Teresa Claramunt y Teresa Mañé y la generación que en los años treinta hizo posible Mujeres Libres: Mercedes Comaposada, Soledad Estorach, Lola Iturbe, Amparo Poch y Lucía Sánchez Saornil entre otras muchas.

Este artículo reducido ha sido publicado en el periódico quincenal Diagonal, nº 223, 22-05-2014/04-06-2014.






[1] LEHNING Arthur, Conversaciones con Bakunin, Barcelona, Anagrama, 1978.
[2] BAKUNIN, Mijaíl, “Carta a Pablo”, París, 29 de marzo de 1845.

sábado, 17 de mayo de 2014

AL ANARQUISMO LE HA CAÍDO EL SAMBENITO DE LA VIOLENCIA

Esta semana (del 5 al 11 de mayo) en la revista "El siglo de Europa" ha salido una nueva entrevista relacionada con la publicación de Historia del anarquismo en España.







Y el enlace a la revista si queréis leerlo directamente:

http://www.elsiglodeuropa.es/siglo/historico/2014/1062/1062Cultura.pdf

sábado, 10 de mayo de 2014

VIRGINIA NICHOLSON, Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la Gran Guerra.



Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la Gran Guerra tiene 337 páginas que se alargan a 364 con las notas, bibliografía e índice de fotografías e ilustraciones. El título hace referencia a la generación de mujeres inglesas que quedaron solas, es decir, sin poder casarse debido a la elevada cantidad de hombres jóvenes que murieron durante la Iª Guerra Mundial (1914-1918).

Virginia Nicholson nació en Newcastle-Upon-Tyne en 1955. Su padre era el historiador del arte y escritor Quentin Bell, aclamado por la biografía de su tía Virginia Woolf. 

Virginia creció en los suburbios de Leeds, pero la familia se trasladó a Sussex cuando estaba en su adolescencia. Se educó en Lewes Priory School (Integral). Después de un año sabático trabajando en París se fue a estudiar literatura Inglesa en el Kings College de Cambridge.

En 1978, Virginia pasó un año en Italia (Venecia), donde enseñó inglés y aprendió italiano. Regresó al Reino Unido en 1979 y volvió a visitar el norte de su infancia mientras trabajaba para la televisión de Yorkshire como investigadora para programas infantiles. En 1983 se incorporó al departamento de documentales de la BBC.


En 1988, Virginia se casó con el guionista y autor William Nicholson. Tras el nacimiento de su hijo en 1989, dejó la BBC y poco después  se mudó a East Sussex.

Entre sus obras anteriores destaca Among the Bohemians. La obra que comento, Ellas solas, fue publicada en Inglaterra en 2007.

Uno de cada tres jóvenes matriculados en Oxford en 1913 murió durante la Gran Guerra. Dos millones de solteras de guerra, jóvenes educadas con la sola meta de casarse, se encontraron en un mundo que no sabía qué hacer con ellas. Pero esta solteras lejos de amilanarse tomaron la iniciativa de sobrevivir en un mundo sin hombres: salieron de sus casas a trabajar, se empezaron a incorporar a trabajos que, debido a la ausencia de los hombres, estaban libres. Se asociaron, se unieron para compartir pisos, se incorporaron a la política como sufragistas o sindicalistas, en definitiva, abrieron el mundo a las mujeres para siempre.

El libro se divide en siente capítulos: ¿Adónde se han ido los chicos?, “Un mundo que no me quiere”, En la estantería, Chicas trabajadoras, Cuidando y compartiendo, Esa gran sensación y El espléndido ejército de las mujeres.
 “No casarse es lo que permitió que (…) pudieran poner en juego sus muchos talentos. Fueron pioneras, mujeres solteras que cambiaron el mundo en el que vivían. Y hubo muchas más: científicas, profesoras, doctoras, políticos, abogados, artistas exploradoras. Las vicisitudes de la vida, el ridículo, el prejuicio, la decepción, no lograron apagar el brillo de estas damas indómitas. Todas compartían un rasgo de decidida ambición. Ellas volarían, descubrirían, construirían, educarían, ayudarían, protestarían, transformarían…” (pp. 316-317).

Un interesante libro, bien documentado y con un enfoque original. Un libro en el que se cuentan algunas de las historias de esas mujeres solas e indómitas, algunas llegaron a ser célebres y otras permanecieron en el anonimato.


sábado, 3 de mayo de 2014

LA POLÍTICA O EL ARTE DE DEBATIR II

Los motores de la crítica libertaria al modelo político burgués
El socialismo, cuyo origen lejano está en el jacobinismo francés de la República de 1792,  puso el acento sobre las desigualdades sociales y el aspecto formal de la igualdad que planteó la ciudadanía. La tradición libertaria, fundamentada en el anarquismo,  siendo antipolítica, no es contraria a preocuparse por la “cosa pública”, ni tampoco a interesarse por el bien común, lo que siempre ha permitido definir al anarquismo como una ideología política que discute acerca de lo justo y lo conveniente, tal y como decía Aristóteles. Esta manera de entender la política, desde la perspectiva libertaria, parte de la reducción de la actuación del Estado, puesto que su autoridad y sus exigencias son incompatibles con la libertad individual y, a través de las leyes, con la libertad necesaria en las relaciones humanas. 

MAX WANGER
El Estado, en la tradición libertaria, ha sido considerado un principio inútil y nocivo tanto en origen como para cualquier función práctica, y por eso  mismo un instrumento para la dominación de clase que propicia el mantenimiento de la explotación y la desigualdad social, tal y como hemos visto, puesto que incluso la ciudadanía social no cuestionaba el sistema capitalista que ahora ha vuelto a mostrar su peor cara a través del neoliberalismo.

Por otro lado, la política parlamentaria convierte la democracia en una artimaña para mantener la opresión, por ello el planteamiento libertario considera negativo cualquier sistema político representativo que implica la delegación de poder y que  limita la soberanía personal y la imposición de la “masa” sobre la persona (el “ideal” ácrata nunca acepta al pueblo como “masa” sino como un conjunto de individuos soberanos). Además de esos dos aspectos, la idiosincrasia ácrata es crítica con el aspecto formal de los derechos y libertades que esconde la desigualdad existente por motivos económicos. El sufragio es una ficción de quienes pretenden representar a la sociedad a través del voto, legitimando la usurpación del poder. Razones históricas justifican que una situación de poder injusta pueda cambiar a partir de la acción institucional, defendiendo la disolución de la autoridad y el gobierno, la descentralización de la responsabilidad y la sustitución de estados y organizaciones monolíticas, por un federalismo que permitía a la soberanía regresar a una organización basada en las íntimas unidades originales de la sociedad. Un federalismo que no se dirimía en las unidades geográficas actuales ni apelaba necesariamente a identidades culturales o lingüísticas. Esta posición condujo a los ácratas españoles a mantener, salvo en momentos excepcionales, una posición antipolítica bastante sólida y una opción en favor de la acción directa. 


La defensa de un nacionalismo asociado al Estado,  y vinculado a la política, ha sido un elemento ajeno a la tradición libertaria que  ha optado históricamente por el internacionalismo y el cosmopolitismo. La afirmación de la “autodeterminación de los pueblos”, concepto que surgió en el marco de la descolonización de la segunda mitad del siglo XX ha de precisarse y definirse con exactitud para evitar que la realidad actual acabe permitiendo la entrada de propuestas totalmente ajenas a la tradición libertaria y dando cobertura a la emancipación de  territorios con nuevas fronteras y lenguas, auspiciando una supuesta emancipación que sirva para la creación de nuevos Estados. 

Cuando el protagonismo de un proceso, como el que se está impulsando en Cataluña, lo tienen los agravios al territorio,  basado en una determinada  pertenencia geográfica, acrítica, sentimental e intelectualmente irrefutable y no lo tienen los agravios  sufridos por los ciudadanos y ciudadanas, deberíamos realizar una profunda reflexión acerca del papel a jugar por la opción libertaria en esa dinámica, que dirige y capitaliza un partido de derechas como CiU que está incrementando el proceso de recortes sociales y potenciando una política privatizadora que se escuda en que el  proceso independentista todo lo resolverá desarrollando un mensaje mesiánico y escenificando una acrítica unión patriótica.

No estoy planteando revoluciones decimonónicas sino la defensa de posiciones que  han definido la idiosincrasia libertaria: la disensión del sistema que conlleva disentir en la medida de lo posible de las mil exigencias del poder, es decir, del Estado y del nacionalismo identitario, sea el que sea. Buscar siempre la libertad  como luminaria en el epicentro de la sociedad y  sentar bases sólidas para aspirar  a otra manera de entender la democracia puesto que la real, dirigida por la clase política, se ha vuelto impermeable a la voluntad popular que los ha elegido. 

Convencer(nos) de que la democracia directa y asamblearia es posible, hay que comenzar en otro sitio porque la distancia producida entre la naturaleza intrínsecamente ética de la toma de decisiones públicas y el carácter utilitario del debate político, han provocado una generalizada falta de confianza en los políticos y en la política. La resistencia,  la desobediencia civil y la rebelión ética contra el poder, y en parte contra la masa social, que han puesto el dinero por encima del ser humano. Actualizar el cosmopolitismo que los nacionalistas llamados de izquierda olvidan  al materializar en el nuevo Estado, que planean incluso elegir, como una comunidad imaginaria basada en diferencias identitarias, una nación, anclada en el territorio y no en la clase social y las personas. Los movimientos antiglobalización surgidos contienen  muchos principios libertarios, como la reivindicación de la autogestión y la lucha contra las organizaciones políticas y financieras supranacionales que pretenden suplantar los poderes del Estado eliminando cualquier capacidad de la libertad individual, provocando más explotación, control e insolidaridad.

EL ROTO

Pero de todos los objetivos, el prioritario es reducir la desigualdad, si se continúa siendo grotescamente desiguales, se pierde todo sentido de la fraternidad, condición necesaria de la política. Recordar cómo se debe hablar de los problemas de la injusticia, la falta de equidad, la desigualdad y la inmoralidad, es retomar los ideales libertarios.
Libertad, antiautoritarismo, librepensamiento, rebelión interior, libertad individual, democracia directa y revuelta ética es el programa que debería guiar esa otra forma de entender la política y la representación.

Bibliografía:
Junco Álvarez, José: “La filosofía política del anarquismo español” en CASANOVA, JULIÁN  coord.: Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España. Barcelona: Crítica, 2010.
Marshall, T.H. y Bottomore, Tom: Ciudadanía y clase social. Madrid: Alianza, 1998.
Paniagua Fuentes, Javier: La larga marcha hacia la anarquía. Pensamiento y acción del movimiento libertario. Madrid: Sintesis, 2008.
Rodríguez, Ramón: “¿Justicia o privilegio? La base filosófica del discurso nacionalista de la identidad”, El Confidencial, 9-02-2014.
Woodcock, George: El anarquismo. Historia de las ideas y movimientos libertarios. Barcelona: Ariel, 1979.

El contenido de este texto aparecerá próximamente en la revista  Librepensamiento.


sábado, 26 de abril de 2014

ANARQUISMO ¿PASADO O FUTURO?

 Una de las sorpresas que me ha deparado la publicación de El anarquismo en España son las entrevistas que diversas revistas me han ido solicitando en los últimos meses. La más reciente es la que ha aparecido en el último número de Números Rojos y que consiste en preguntar a tres "expertos" (José Luis Carretero, Carlos Taibo y yo misma) cuatro cuestiones sobre la vigencia del anarquismo.


Las preguntas tratan de dilucidar si la vieja utopía libertaria está vigente en la actualidad y se trasluce, de alguna manera, en los nuevos movimientos sociales del siglo XXI.


Os reproduzco mis respuestas porque los colores y el formato hacen ilegible su lectura reproduciéndolo en el formato de la revista.

¿Cree que, en general, el ideario anarquista clásico está vigente en la actualidad?

El ideario anarquista clásico, al igual que el de la izquierda clásica, me parece que no está vigente en la actualidad.
En Europa desde los años sesenta, el anarquismo, y toda la izquierda en general, entró en un proceso de crisis que es ahora, en el siglo XXI, cuando muestra su dramática dimensión. En España, el franquismo distorsionó esta cronología por la dura represión de la postguerra que asestó  un duro correctivo al anarquismo y el sindicalismo que lo condujeron al borde de la extinción. La crisis se produjo por la fractura de la tradicional asociación de la izquierda con el proletariado urbano que también disminuyó y se fragmentó. Cuando la vieja izquierda ya no pudo depender de las comunidades de la clase trabajadora porque cada vez representaba un porcentaje menor de la población, la llamada nueva izquierda se unió a los jóvenes de los años sesenta y no fue el interés de todos, sino las necesidades y los derechos de cada uno, lo que constituyó su base. El individualismo sustituyó a la comunidad y las reivindicaciones subjetivas de la suma de identidades sustituyeron a los propósitos sociales comunes. Los movimientos políticos desaparecieron sustituidos por el individualismo fragmentado de las preocupaciones particulares, incapaces de convertirlos en objetivos colectivos.

¿De qué estado de salud goza el anarquismo en la actualidad en España? 

Siempre ha sido muy difícil contar el número de personas adscritas al anarquismo por su tendencia a organizarse en pequeños grupos con actividades diversas y dispersas que no resulta fácil contabilizar.
Pero lo que está claro es que el anarquismo organizado ha desaparecido como fuerza social en la España de principios del siglo XXI. Desconozco la afiliación de la CNT, pero, al mantener su autonomía respecto al Estado y no participar en las elecciones sindicales, ha quedado reducida a una organización marginal desde el punto de vista sindical, mientras que la CGT que participa en las elecciones sindicales y los comités de empresa, cuenta con unos 5.000 delegados y alrededor de 60.000 afiliados.

¿Está presente el anarquismo en la esencia de muchos de los movimientos sociales producidos a raíz de la crisis?

Considero que los “ideales” anarquistas aparecen en propuestas asumidas por diversos movimientos sociales. Existe, lo que yo denomino, el “rastro de los ideales” ácratas y  se puede percibir en ideas o tendencias sociales que se han mantenido hasta el siglo XXI,  entre ellas encontramos  la libertad individual para regir el ámbito privado, centenares de miles de parejas viviendo su amor libremente, madres solteras que deciden encarar su maternidad en solitario, viviendo la sexualidad con libertad y sin tabúes. La mayor confianza en los cambios individuales o de pequeños grupos, experiencias de cooperación al margen de las instituciones, como el intercambio de trabajo y productos sustituyendo al dinero, la descentralización de las decisiones, la crítica de las desigualdades y de instituciones represoras y arbitrarias. La importancia de la educación y la sanidad públicas asumida en las luchas que en la actualidad mueven a las “mareas”, por no hablar de su base asamblearia y de acuerdos basados en el pacto y no en la imposición de las mayorías. Los movimientos antiglobalización contienen  muchos principios anarquistas, como la reivindicación de la autogestión y la lucha contra las organizaciones políticas y financieras supranacionales que pretenden suplantar los poderes del Estado eliminando cualquier capacidad de la libertad individual, provocando más explotación, control e insolidaridad. Por último, el distanciamiento actual de la acción política y de sus representantes electos no deja de mostrar una desconfianza hacia este ámbito tan denostado por los libertarios y, por tanto, sería otro “rastro” del anarquismo en dichos movimientos.

¿Cree que el pensamiento anarquista ganará protagonismo en el futuro?

El anarquismo histórico no renacerá seguramente en el siglo XXI, pero sus “rastros” de libertad, antiautoritarismo, librepensamiento, rebelión interior, libertad individual, democracia directa y revuelta ética, han mostrado, por ejemplo en el Movimiento 15 M, su fuerza en los debates que ocuparon el espacio que siempre ha defendido el anarquismo como propio: la calle, las plazas, auténticas ágoras de la política viva.


sábado, 19 de abril de 2014

LA POLÍTICA O EL ARTE DE DEBATIR I


Ciudadanía y nación como principios de las revoluciones burguesas

Las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX proponían la ciudadanía para acabar con la condición de súbditos que tenían las personas en el Antiguo Régimen, es decir, el ser meras comparsas que obedecían las leyes que el Rey aprobaba o abolía según un criterio  arbitrario que respondía a su voluntad personal. El súbdito vivía en sumisión: era objeto, no sujeto de poder. Esa alternativa liberal se basaba en un sistema político en el que desde un marco de regulación del poder a través de las constituciones, las personas  accedían a la ciudadanía. Esta condición resultó una auténtica revolución puesto que suponía la conjunción de tres elementos constitutivos: la posesión  de derechos y obligaciones; la pertenencia a una comunidad política determinada, normalmente el Estado, que se vinculó, en general, a la nacionalidad; y la oportunidad de contribuir a la vida pública de la comunidad a través de la participación.

Los derechos civiles eran  necesarios para la libertad individual —libertad de la persona, libertad de expresión, de pensamiento y de religión, el derecho a la propiedad, a cerrar contratos válidos, y el derecho a la justicia— y los derechos políticos  lo eran para participar en el ejercicio del poder político como miembro de un cuerpo investido de autoridad política, o como elector de los miembros de tal cuerpo.

En el siglo XIX la ciudadanía en forma de derechos civiles era universal, en cambio el sufragio político no era uno de los derechos de ciudadanía. Era el privilegio de una clase económica escogida, los llamados <<ciudadanos activos>>, es decir, los hombres que pagaban impuestos por poseer bienes. Además, las mujeres eran excluidas de la condición de ciudadanas al ser consideradas <<eternas menores de edad>> a efectos jurídicos y relegadas del espacio público, que era el espacio de la ciudadanía, para recluirlas en el espacio doméstico. En el siglo XX se abandonó esta postura y los derechos políticos se imbricaron directa e independientemente en la ciudadanía. Este cambio vital de principios entró en acción cuando se reconoció primero de todos los hombres al sufragio y por fin también a las mujeres, desplazando el fundamento de los derechos políticos desde las bases económicas al status personal.


La ciudadanía, por tanto, era un principio de igualdad ya que era un status que se otorgaba a los que eran miembros de pleno derecho de la comunidad. Todos los que poseían ese status eran iguales en lo que se refería a los derechos y deberes que implicaba. Sin embargo, en paralelo,  la clase social constituía un sistema de desigualdad. Pero estos derechos no entraron en conflicto con las desigualdades de la sociedad capitalista; eran, por el contrario, necesarios para el mantenimiento de esa forma particular de desigualdad. La explicación reside en el hecho de que en esta fase el núcleo de la ciudadanía estaba formado por derechos civiles que daban a cada hombre, como parte de su status individual, el poder de implicarse como unidad independiente en la lucha económica, negándoles la protección social por la razón de que poseían los medios para protegerse a sí mismos. Las desigualdades no se debían, por tanto,  a defectos de los derechos civiles, sino a la falta de derechos sociales. Aunque la ciudadanía, incluso al final del siglo XIX, apenas contribuyó a reducir la desigualdad social, sí contribuyó a guiar el progreso por el camino  que conducía directamente hacia las políticas igualitarias del siglo XX.

La ciudadanía requería una unión, un sentimiento directo de pertenencia a la comunidad basado en la lealtad a una civilización percibida como una posesión común. Su desarrollo vino estimulado tanto por la lucha para ganar esos derechos como por disfrutarlos una vez obtenidos. Esto puede apreciarse con claridad en el siglo XVIII, que presenció no sólo el nacimiento de los derechos civiles modernos, sino también el de la conciencia nacional moderna. Un nacionalismo patriótico que expresaba la unidad y la creciente conciencia nacional de pertenencia a una comunidad y a una herencia común, aunque no tuvieran ningún efecto material en la estructura de clases y la desigualdad social. Por tanto, el crecimiento de la ciudadanía, aunque fue importante, tenía poca repercusión sobre la desigualdad social.

Los derechos civiles otorgaban poderes legales cuya utilización estaba drásticamente restringida por prejuicios de clase y falta de oportunidades económicas. Los poderes políticos otorgaban un poder potencial cuyo ejercicio exigía experiencia.  Los derechos sociales eran mínimos y no estaban entretejidos en los fundamentos de la ciudadanía. El objetivo común del esfuerzo institucional y voluntario era mitigar la molestia de la pobreza sin alterar el patrón de desigualdad, del que la pobreza era la consecuencia más obviamente desagradable.


La ciudadanía social, empezó a constituirse en el periodo de entreguerras (1919-1939) y especialmente tras la II Guerra Mundial, se vinculó con tres fenómenos: la profundización y la extensión de la democracia política moderna; el crecimiento del Estado social o de bienestar; y por último, un consenso mínimo en torno al capitalismo. Se ha caracterizado por políticas de redistribución del Estado del bienestar propiciando la universalización de los derechos sociales y económicos de cara a reducir la desigualdad. La idea de que para ser ciudadano y participar plenamente en la vida pública hay que tener cierta posición socioeconómica ha sido compartida por los teóricos de la ciudadanía. La crisis actual del Estado del bienestar pone en entredicho la ampliación del marco institucional de la ciudadanía social y su mantenimiento, pero esta sería materia para otro artículo si hay ocasión.

La ciudadanía, por tanto, intentó dejar atrás, como concepto prepolítico, aquella identidad, que el nacionalismo conservador del siglo XXI continúa reivindicando (me temo que el nacionalismo que dice ser de izquierdas tampoco se desprende de la losa de la identidad). La ciudadanía se levantó, pues, sobre los derechos comunes abandonando las particularidades que permitían primar lo común frente a lo particular. La identidad, sin embargo, prima lo particular para diferenciar a unos, los idénticos, de los que no lo son. La ciudadanía  requería un sentimiento directo de pertenencia a la comunidad y para ello se desarrolló un nacionalismo patriótico burgués (liberal) que era la base del Estado-nación y que escondía los in­tere­ses de unas éli­tes de­ter­mi­na­das y las dinámi­cas de un sis­te­ma de or­ga­ni­za­ción so­cial per­ni­cio­so. Este nacionalismo definía la nación cómo la voluntad libremente expresada de los ciudadanos consensuada a través de una Constitución y no a través de esencialismos e identidades “naturales” que incorporará el nacionalismo conservador de origen alemán.

Como se ha señalado anteriormente, la unidad nacional, al igual que el principio de la ciudadanía puede convivir con la clase social, que es un sistema de desigualdad, y no tiene ningún efecto material en la estructura de clase. Incluso la ciudadanía social que supuso la construcción del Estado de bienestar, factible en el mundo rico por la explotación y la expoliación de la mayor parte de la humanidad, supuso la aceptación y el consenso alrededor del capitalismo y la desigualdad social que pretendía moderar.

Todas las fotografías son de RUNA GUNERIUSSEN