Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL CAPITALISMO SUEÑA CON UN MUNDO SIN DEMOCRACIA


 

Algunas de mis últimas lecturas[1] reflejan mi interés por la evolución de un capitalismo que lleva tiempo transformándose hacia posiciones de radicalismo de mercado (algunos le llaman anarcocapitalismo, otros, realismo capitalista, neoliberalismo, etc.). Esta evolución lleva a que los defensores de dicho radicalismo de mercado sueñen con acabar con la democracia, de ahí la utilidad de la extrema-derecha para sus propósitos. Pero van más lejos, consideran que la nación-Estado ya no es útil y que hay que volver a una especie de feudalismo del siglo XXI del que ya hay modelos, «zonas», que plasman el deseado feudalismo[2].

Si alguien piensa encontrar aquí una defensa de la amenazada democracia liberal, no lo va a encontrar. Sin embargo, la democracia anárquica que plantea Donatella Di Cesare pudiera ser un punto de partida para quienes escribimos desde planteamientos anarquistas[3].

Este plan de lecturas me lleva por caminos, a veces, poco trillados como es el caso del libro de Quinn Slobodian[4] del que vamos a hablar en este escrito-reseña-peculiar. El planteamiento de este autor gira en torno a unas ideas que tratan de clarificar las claves del título de su libro: el capitalismo debe fragmentarse para conseguir facilidades monetarias, eliminación de normativas legales de cada país, fin de los gastos sociales y privatización de cualquier cosa que genere beneficio. Por tanto, el mercado no debe ser limitado de ninguna manera posible y la democracia es una rémora para esas posiciones radicales.

Ese capitalismo de la fragmentación tiene un leve aroma a feudalismo (su recuerdo, para estos campeones del radicalismo de mercado, es mitificado y falseado, pero eso da igual) en el sentido de que la nobleza feudal era un pequeño Estado con competencias jurídicas, de defensa, moneda, etc. Esta élite hereditaria poseía casi toda la tierra y los campesinos-siervos la trabajaban sin posibilidad de participar en la toma de decisiones y sin libertad personal puesto que estaban sujetos a la tierra.

La industrialización con la burguesía al frente consideró que era su derecho explotar los recursos del planeta y sumado a las nuevas tecnologías, pensó que era lógico impulsar un nuevo sistema político: un sistema político liberal que dio voz y voto a los propietarios en la administración del Estado-nación. Pasado un tiempo se extendió el derecho al voto primero a los hombres no propietarios y luego a las mujeres, algo que sirvió para vincularlos a la nación (algo muy útil para sus guerras colonialistas e imperialistas).

En los últimos años del siglo XX y, especialmente, en el actual siglo XXI, la situación volvió a cambiar: el llamado bloque socialista se derrumbó casi en su totalidad, la industria se automatizó de forma acelerada y los efectos de la inteligencia artificial que prometen una simbiosis persona-máquina, la democracia es un sistema anticuado, una rémora para el capitalismo.

No solo la democracia debe ser abolida, también la nación. La «zona» es la forma política apropiada para el capitalismo del siglo XXI. Son enclaves en blanco que puedan funcionar como zonas de anclaje para las empresas virtuales, destinos de escapada para le élite global, ciudadelas para los servicios financieros, el marketing, el diseño, la ingeniería de sofware y otros sectores. Thatcher y Reagan hicieron muchos avances en su época, pero siguieron aferrándose a la forma nación.

La China visitada ¿y admirada? por Pedro Sánchez orientó su economía, según Slobodian, hacia el comercio global a partir de los años setenta, recurrió a las zonas para subdividir la nación. En la década de 2010 había empezado a crear zonas lejos de su propio territorio (Iniciativa del Cinturón y la Ruta, 2013): Línea ferroviaria de alta velocidad hasta Singapur a través de Laos, Camboya y la península malaya. Compraron el puerto griego del Pireo. Una compañía china adquirió el puerto de Yibuti con la idea de conectar el territorio yibutí con Etiopía. China compró en Yibuti una base militar. En Sri Lanka, otra empresa china firmó un arriendo de noventa y nueve años para la gestión de un puerto de aguas profundas e invirtió en una «Ciudad Portuaria» adyacente con un tamaño equivalente a todo el centro de Londres. En El Salvador, un conglomerado chino propuso la creación de una serie de zonas y cerrar una operación que, en total, le permitiría arrendarse durante cien años la sexta parte del territorio del país[5].

Hong Kong, Singapur, Londres, Liechtenstein, Somalia, Dubai y otros nos indican que el capitalismo no democrático parece imponerse como apuesta ganadora. Se evitan los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en la protección medioambiental, la sanidad, la educación pública y el ahorro energético. Además, no existen sindicatos ni elecciones y eso resta casi toda la capacidad de influencia a la clase trabajadora y a la ciudadanía. Las zonas no están transformando el mundo en un mosaico con mil entidades políticas soberanas privadas, sino que están fortaleciendo la posición de un puñado de superpotencias estatales capitalistas (¡oh! sorpresa, con sistemas autoritarios como China y Rusia o con «anocracias»[6] como Estados Unidos o Israel).

Aunque algunos anarcocapitalistas han soñado con hacer desaparecer el Estado, otros se han percatado que les resulta más útil apoderarse de él. Como señala Slobodian, Estados Unidos se asemeja cada vez más a una zona gigante. En 2022 superó a Suiza, Singapur y las Islas Caimán y se situó en el primer puesto de un índice que mide el nivel de secreto financiero de los países: fue reconocido como el mejor lugar del mundo en el que ocultar ilegalmente activos o blanquearlos. Su estatus como régimen democrático está en cuestión y ha sido rebajado a la categoría de «anocracia».

Quienes siguen soñando con el secesionismo[7] para romper las naciones en territorios más pequeños al estilo feudal[8] suelen hacerlo envuelto en cierto clima de pánico impulsado por la polarización política. Otro motor del secesionismo es el deseo de huir a una situación más segura ante problemas como las pandemias, el cambio climático, etc.

Se presenten como se presenten el autor señala que las zonas son instrumentos del Estado, no mecanismos para liberarse de él. Las zonas no pueden escapar del planeta Tierra y las zonas no son territorios vacíos, tienen habitantes. Un ejemplo de ello fue Hong Kong, la superzona de la que Milton transmitió en su día la imagen de una ciudad-Estado en calma y quietud que saltó por los aires cuando la población tomó las calles para reivindicar su autodeterminación política y que solo desmovilizó la pandemia de Covid 19.

El capitalismo de la fragmentación de Slobodian parece, a veces, descabellado, sin embargo, acaba siendo inquietante porque su libro alumbra con nitidez sobre lo que está ocurriendo hoy mismo en 2026. Hoy existe ya la posibilidad de hacer efectiva la opción «salida» mediante las nuevas tecnologías que con tanta facilidad aceptamos entregándonos a ellas dócilmente. La opción «salida» requiere algo que está en marcha:  la creación de una nueva casta global de adeptos meritocráticos, y el abandono del Estado regulador y cobrador de impuestos, reemplazado por nuevas formas, incluso territoriales, pautadas por corporaciones privadas.

Quienes no compartimos este giro del capitalismo que lleva décadas construyendo lo que más le beneficia, ¿qué estamos construyendo? ¿cómo enfrentarnos a estos planes? Si el mundo ha cambiado de forma tan radical, nuestras formas de acción y nuestro pensamiento ¿han cambiado o se han quedado ancladas en el pasado?

Laura Vicente

[1] Franco Berardi Bifo (2025): Pensar después de Gaza. Ensayo sobre la ferocidad y la extinción de lo humano. Buenos Aires, Tinta Limón. Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder. Mark Fisher (2024): Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Buenos Aires, Caja Negra. Wendy Brown (2021): En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Madrid, Traficantes de sueños.

[2] De todos estos temas he escrito en este blog (Pensar en el Margen https://pensarenelmargen.blogspot.com): Neoliberalismo y políticas autoritarias I, II, III, IV.

[3] Sobre la propuesta de Di Cesare también he escrito en este blog: «Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro».

[4] Quinn Slobodian (2023): El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia. Barcelona, Paidós.

[5] El capítulo 1 dedicado a Hong Kong es interesante no solo por lo referido a este pequeño territorio sino por lo que explica de su influencia en China.

[6] Anocracia: sistema que combina elementos de gobierno democrático y autocrático.

[7] Hay un «secesionismo blando» que consiste en sacar a los hijos de los centros educativos públicos, convirtiendo la moneda de curso legal en oro o criptomonedas, trasladando el domicilio fiscal a Estados con menor presión fiscal, obteniendo un segundo pasaporte o residiendo expatriados en un paraíso fiscal, viviendo en comunidades o barrios con acceso restringido para crear en ellos gobiernos privados en miniatura. Es una manera de practicar agujeros en el tejido social y alejarse del Estado. Sobre el secesionismo duro es interesante el capítulo 5 titulado: «La maravillosa muerte de un Estado».

[8] Muy ilustrativo resulta el capítulo 6, titulado: «El cosplay de la nueva Edad Media».

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