Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

jueves, 23 de abril de 2026

Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro

 



El libro de Donatella Di Cesare: Democracia y anarquía[1] es un libro exigente que obliga a quien lo lee a adentrarse en el significado y etimología de palabras y conceptos de la Grecia clásica analizando, en algunos casos, sus cambios de forma y significado a lo largo del tiempo. La lectura, salvando este obstáculo, es fluida y sencilla.

Di Cesare parte de la actualidad para señalar que la democracia griega se ha ido transformando en un «monumento», un arquetipo inmóvil, un modelo fugaz para poder ser colonizado por las «verdaderas» democracias que son las modernas.

En la base de la visión monumental está la fe en la homogeneidad y en la continuidad, una cadena que se desarrolla ininterrumpidamente a lo largo de los milenios. La historia monumental acerca, generaliza e iguala lo disímil; falsea con analogías engañosas, ilusiona con semejanzas seductoras. En contraposición, grandes partes del pasado se olvidan y se desprecian.

La autora se plantea la cuestión del método para una investigación que no pretenda ni recorrer el itinerario ya trillado de la historia monumental ni seguir las huellas de la cronología rectilínea que desde el inicio milagroso conduce al resultado final. Recupera a Foucault cuando retoma la crítica para conjurar la «quimera del origen» que se cierne sobre toda investigación histórica y asume que es necesario deconstruir esa tradición dominante. Di Cesare retoma el concepto de «arqueología filosófica», que es la práctica que en toda indagación histórica tiene que ver no con el origen sino con el punto de surgimiento del fenómeno que debe confrontarse con las fuentes y con la tradición. El objetivo de la arqueología es llegar a la línea de falla. La atención se dirige, no al origen, sino al surgimiento.

La investigación de la democracia busca excavar en esa historia monumental para que emerja esa línea de falla en la que aparece un elemento reprimido durante siglos: la anarquía. Pese a que ese elemento se ha ignorado e invisibilizado, la autora considera que la democracia es, en esencia, anárquica.

Para fundamentar esta visión de la democracia, la autora recurre a la fuente griega y a ello se dedica en seis capítulos. El capítulo segundo, titulado expresivamente: «Anarqueología. La excavación filosófica», señala que la relación con el pasado (en su caso con los griegos) se ha planteado desde dos posiciones: la posición historicista que plantea que hay que tener una fidelidad al legado que hay que transmitir, tal como es, a la posteridad y la posición ahistórica: que implica el olvido del pasado.

La autora considera que hay un camino diferente: el abierto por la hermenéutica filosófica que consiste en reeducar la mirada. Requiere liberarse de las ataduras histórico-eruditas y ponerse a la escucha de palabras en las que parecen condensarse las experiencias originarias del pensamiento. Dialogar con los griegos no significa regresar a una lejanía arcaica, fuera del presente, sino escuchar desde lejos una palabra que para el presente nunca se ha perdido.

Partiendo de este método, en los capítulos tres y cuatro indaga en el espectro de la anarquía (es decir, falta de mando, ausencia de gobierno) y entiende que la democracia se aleja de las formas políticas árquicas (las que se apoyan en el fundamento soberano) y pretende poner el poder en manos de todos los ciudadanos porque la virtud política ha sido distribuida a todos. Es el gesto anárquico el que inaugura el espacio político y pone en marcha la democracia, el nacimiento de lo político se debe a una destronización de la arché (principio, fundamento/mando).

Continúa la autora indagando en los capítulos cuatro, cinco y seis en la trama de la historia de los bajos fondos y márgenes olvidados o ignorados por las historias memorables. Así mismo presta atención a la dominación desenmascarada, a la relación de fuerzas que se invierte, a la palabra inédita, lanzada como lema de desafío o reafirmada como sello de una victoria que pasa también por la lengua. Busca ese punto de emergencia, esa línea de falla, rechazando como ya hemos dicho el desarrollo lineal de la historia monumental.

Y las conclusiones a las que llega es que la polis era una comunidad aestatal, descentralizada, no apoyada en vínculos parentales, ni girando en torno a un arché, sino confiada solo a vínculos políticos. Desde luego hay un riesgo continuo y aparente que era el de la disolución.

Son en particular las mujeres las que traen el tumulto, que es la interferencia perturbadora entre dentro y fuera. En la insurrección del pueblo, la acción más sediciosa es la de las mujeres, es una revuelta dentro de la revuelta de unas inesperadas compañeras que se enfrentan a los oligarcas con las armas improvisadas de los no combatientes. Amenazan al mismo tiempo la política de los hombres, presionando en los confines de la polis. En su íntima extrañeza, y en su extraña intimidad, desdibujan la frontera entre el adentro y el afuera, dejando aflorar lo reprimido de la an-arché de fondo.

Sabemos que la reducción liberal, ha convertido la palabra «democracia» en una etiqueta manida y obvia, anquilosada y asentada. La pérdida de claridad la ha convertido en un comodín opaco, en la fórmula de una representación recurrente. Ahora parece solo un poder nominal.

La desaparición de la democracia parece hoy posible y se plantea a la sombra del desencanto. Es desafiada desde el exterior por amenazas autoritarias, desde el interior por gobiernos tecnocráticos y por presiones populistas. Ante esa situación de peligro las propias democracias se plantean contenerla, regularla, disciplinarla; se vislumbran normas para aumentar la gubernamentalidad. Todas estas teorías normativas consideran la democracia simplemente como un régimen político y un conjunto de instituciones que pueden caer en la ineficacia y que necesita reglas

El libro de Di Cesare se sitúa en el polo opuesto del normativismo, inscribiéndose en lo que se denomina «democracia radical». Si la democracia muere es por no ser suficientemente democrática, por privarla de su dinamismo y de su inventiva. En la radicalidad democrática desaparece el fundamento (es in-fundada), el principio, el arché. Radical para la democracia significa no estar arraigada en ningún fundamento que no sea su propia realización. La democracia radical reivindica su conflictividad política, el desorden permanente, se revela cercana a una contestación, a una interrupción del poder.

Está claro que la democracia radical no es una escuela de pensamiento homogénea y cohesionada, sin embargo entre las diversas tendencias que, a veces, pueden entrar en conflicto, se pueden distinguir tres motivos en común:

1.La democracia no tiene un principio estable, un fundamento último (un arché que tiene el doble sentido de principio y mando). Lo que se discute es el fundamento último, no cualquier fundamento con desarrollo histórico. Solo donde el fundamento cede, el principio ya no aparece como tal, sale a la luz la an-arché que marca la democracia.

2.La democracia no parece limitable ni a un régimen político ni a un conjunto de instituciones. La complejidad inestable, la contingencia de fondo, la indeterminación en la base de la democracia no puede reducirla a principios y fundamentos.

3.Las teorías radicales se sitúan en la divisoria de esa distinción entre la política (ejercicio institucionalizado) y lo político (el ámbito extrainstitucional y extraestatal). Por un lado, está el entramado de estructuras e instituciones y, por otro lado, la posibilidad de transgredirlas y superarlas. La política es el cálculo y la gobernanza, que administra con el objetivo de resolver los problemas. El ámbito de lo político no es el de la solución, sino el de la pregunta.

Como es in-fundada desde su origen, la democracia solo puede sostenerse gracias al vínculo político que de esta manera se inaugura. Concebir el desorden, el magma, el vacío y la falta de fundamento en términos de an-arché permite pensar en una política an-arquica. Pero también permite interpretar el contexto actual según coordenadas aún no experimentadas. Es posible que la amenaza que se cierne no sea el espectro de la anarquía, sino la pesadilla de la arché.

Se propone aquí considerar la política en la tensión entre un polo árquico y un polo anarquico opuesto, entre los cuales se abre un especio de continuidad. La democracia puede mantenerse, con todas sus dificultades, en su an-arché estructural, o puede ser empujada hacia un arché que, mientras que debería sostenerla, la cierra, la amuralla, la cerca. El dispositivo árquico, que deslegitima y vacía la fuerza del kratos (poder, dominio, autoridad) reconduciéndolo al poder de la arché, al mando del inicio, al inicio del mando. Así se produce también una desautorización de la política.

El totalitarismo hace su aparición en la historia en concomitancia con la democracia y constituye su peligro interno. Hoy se puede observar dos tendencias que marcan la política:

·       Una tendencia arcaica, que vuelve a proponer la identidad del inicio.

·        Una tendencia árquica, que reafirma la del mando.

La mayoría de las veces convergen. Estos dos poderes de la arché son las dos caras actuales que revelan la defección de la política y la crisis de la democracia. La democracia es una doble interrupción, además de romper el círculo de un inicio que manda y un mando que inicia, interrumpe la arché también en dos sentidos:

·       Abroga el nacimiento que ordena y dispone, es decir, la autoridad natural, la línea de filiación, la transmisión de lo propio, los lazos de sangre y suelo, el derecho de herencia, el código de la autoctonía; en resumen, la forma arcaica de comunidad.

·       Interrumpe la arché entendida como poder del comienzo que se legitima hoy en el mando estatal.

La despolitización actual debe verse no solo como el predominio del oikos (casa, hogar) de la familia y la economía en la polis, sino también como la reconducción del kratos a la arché. De aquí deriva la impotencia política del pueblo que ya no encuentra la capacidad de intervenir, es decir, de deshacer las partes, y dividirse también a sí mismo gracias a su carga conflictiva.

Un libro para pensar, para reflexionar y para inspirar otra manera de acercarnos a la historia y a la democracia, uno y otra tan adulterados por el pensamiento hegemónico.

Laura Vicente
 

 



[1] Donatella Di Cesare (2025): Democracia y anarquía. El poder en la polis. Barcelona, Herder.

 

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