La historia no se repite,
pero si alecciona[1].
Un examen de la historia nos puede permitir comprender las fuentes de la tiranía actual y ayudarnos
a reflexionar sobre la respuesta adecuada que hay que darle. Un referente
histórico que nos puede aleccionar en la actualidad es la caída de algunas democracias
europeas y la URSS, durante el periodo de entreguerras, en el totalitarismo que
se extendió por Europa en la década de 1940.
A finales del siglo XIX, al igual que a finales del siglo XX, la expansión del comercio mundial generó expectativas de progreso. A principios del siglo XX, igual que a principios del siglo XXI, esas esperanzas fueron puestas en entredicho por nuevas visiones de la política de masas en las que un líder o un partido afirmaban representar directamente la voluntad del pueblo[2].
Tanto el fascismo como el comunismo fueron una reacción
a la globalización: a las desigualdades reales o imaginadas que creaba, y a la
impotencia de las democracias para afrontarlas. Hoy aparecen reacciones desde
el poder y al margen de este que también plantean alternativas a dicha
globalización. Especialmente manipulador ha sido en Cataluña el lema del “España
nos roba”, que esconde sin demasiadas vergüenzas el egoísmo del rico para
compartir con el que no lo es. El mantra de que la gandulería del sur de España
se aprovecha de la laboriosidad del norte catalán se diferencia muy poco de la
misma afirmación alemana o inglesa respecto al sur europeo (incluida,
naturalmente, Cataluña).
Que difícil resulta en Cataluña renunciar a pronunciar
las frases que utiliza el independentismo avalado desde el poder político y
mediático. Que difícil resulta inventar
una forma de pensar y de hablar propia que permita evitar el bombardeo
mediático que vamos a tener que soportar de nuevo (ahora hasta el 1 de octubre
de 2017). Esta dificultad es cada vez mayor porque cuando la Generalitat y
Junts pel sí hablan de “el pueblo” siempre
se refieren a algunas personas y no a otras, los desacuerdos (véase como
ejemplo la decisión adoptada por En Comú Podem a principios de julio de 2017) siempre son conflictos, y cuando las personas intentan
entender la situación política de una manera distinta, se les trata como si
fueran difamadores dispuestos a arremeter contra sus iniciativas (véanse las
pintadas que propició la CUP contra Podemos por las declaraciones de Iglesias
en julio de que él no iría a votar al referéndum del 1 de octubre, posición a día de hoy que ya no debe ser tan clara visto lo visto ayer día 6 de septiembre)).
Las formas autoritarias de la Generalitat, de Junts
pel sí y de la CUP (no se permiten las dudas cuando la patria está en juego
dando lugar a ceses fulminantes como el del conseller d' Empresa i Coneixement, Jordi Baiget o se aprueba en el Parlament que solo se subvencionará a
aquellos diarios que sean partidarios del proceso independentista) prefiguran
formas tiránicas a las que nos estamos acostumbrando en Europa (en España y en Cataluña)
con extrema facilidad. Te sometes a la
tiranía cuando renuncias a la diferencia entre lo que quieres oír y lo que oyes
realmente. Esa renuncia a la realidad (a la verdad) puede resultar natural y
agradable, pero la consecuencia es tu desaparición como individuo, y por
consiguiente el derrumbe de cualquier sistema político que dependa del
individualismo.
Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo[3].
La verdad muere de cuatro maneras (basado en Victor
Klemperer[4]):
La primera es la hostilidad declarada a la realidad
verificable, asumiendo la forma de presentar las invenciones y las mentiras
como si fueran hechos. Degradar el mundo tal como es supone el primer paso de
una creación encaminada a un contra-mundo ficticio.
La segunda es el encantamiento chamánico, es decir,
la repetición constante, diseñada para hacer plausible lo ficticio y deseable
lo inventado.
La tercera es el pensamiento mágico, es decir, la
aceptación descarada de las contradicciones. Aceptar falsedades tan radicales exige
un abandono flagrante de la razón.
La cuarta es la fe que se deposita en quienes no la
merecen. Una vez que la verdad se vuelve oracular en vez de fáctica, las
pruebas resultaban irrelevantes.
La postverdad es el
prefascismo[5]
Los nacionalistas-independentistas catalanes practican
sin pudor las cuatro maneras de matar la verdad: la historia ha sido
sistemáticamente sometida a manipulación como ya he explicado en diversos
textos en este mismo espacio, la propaganda chamánico-mágica desde el poder de
la Generalitat resulta muchas veces estrambótica, sin embargo parece normal a
quienes se rinden a ella. La aceptación de ideas contradictorias, como decía
Orwell, del doblepensar, es una actitud
típica de la postverdad: desprecio por los hechos cotidianos y construcción de
realidades alternativas (es decir, consignas que resuenan como una nueva
religión prefiriendo los mitos creativos antes que la historia o el
periodismo). Los medios de comunicación
crean un son de tambores de propaganda que despierta los sentimientos de la
gente antes de que tenga tiempo de establecer los hechos. Hoy en Cataluña,
mucha gente ha confundido la fe en un proyecto con enormes ambigüedades y/o defectos
con la verdad sobre el mundo que vivimos.
El modo de destruir todas las normas legales es
centrarse en la idea de la excepción. Si no ¿cómo se entiende que unos partidos
de orden como los dos que componen Junts pel sí, consideren legítimo saltarse
las leyes? ¿Qué ocurrirá cuando una ciudadana como yo se las salte también? La emergencia impide hablar de cosas
reales cuando el enemigo está a la puerta.
La excepción ha construido en Cataluña una política teleológica
y una política de la eternidad, ambas basadas en actitudes ahistóricas que
definen el nacionalismo-independentismo.
La teleología (actitud antihistórica que define al
nacionalismo catalán como a otros nacionalismos incluido el español,
naturalmente) es la narración del tiempo que conduce a una meta cierta y a
menudo deseable (la independencia de la República catalana independiente de la
malvada España que nos conducirá a la dicha y la felicidad). La política de la
inevitabilidad es un coma intelectual autoinducido.
La política de la eternidad (otra actitud
antihistórica y también asumida plenamente por el nacionalismo catalán) se
ocupa del pasado, libre de cualquier preocupación real por los hechos. Añora
momentos del pasado que realmente nunca existieron (Cataluña nunca ha existido
como ente político independiente, pero eso es anatema cuando se lo dices a un
independentista), durante unas épocas que además fueron desastrosas. Cualquier
referencia al pasado parece implicar un ataque de algún enemigo exterior contra
la pureza de la nación. En la política de la eternidad, la seducción de un
pasado mitificado nos impide pensar en posibles futuros. La costumbre de hacer
hincapié en la condición de víctimas
embota el impulso de autocorrección. Dado que la nación se define por sus
virtudes intrínsecas, la política acaba convirtiéndose en una discusión sobre
el bien y el mal en vez de en un debate sobre las posibles soluciones a los
problemas reales.
Enfádate ante el uso traicionero
del vocabulario patriótico[6].
Vivir en Cataluña hoy con posturas de izquierda, implica
rodearse de una coraza solitaria para resistir un nacionalismo-independentismo
nefasto y no caer en la pasividad, enfadándonos del uso traicionero del
patrioterismo (dejaré para otro día los sucesos lamentables que tuvieron lugar ayer en el Parlament y que propició el nacionalismo, catalán en este caso).
Un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores. Un nacionalista (…), como dijo Orwell, tiende a “no sentir el mínimo interés por lo que ocurre en el mundo real”. El nacionalismo es relativista, dado que la única verdad es el resentimiento que sentimos cuando contemplamos a los demás. Como decía el novelista Danilo Kis, el nacionalismo “no tiene unos valores universales, ni estéticos, ni éticos”[7].
[1]
Esta reflexión se basa en una lectura personal
del libro de Timothy
Snyder (2017): Sobre la tiranía. Veinte
lecciones que aprender del siglo XX. Galaxia Gutenberg, Barcelona, p. 11.
[2] Timothy Snyder (2017): 12-13.
[3] Timothy Snyder (2017): 75.
[4] Víctor
Klemperer (1947): LTI La lengua del III
Reich. Apuntes de un filólogo. Minúscula (8ª Edición), Barcelona.
[5] Timothy Snyder (2017): 81.
[6] Timothy Snyder (2017): 121.
[7] Timothy Snyder (2017): 139.










