Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

domingo, 23 de septiembre de 2018

MONARQUÍA Y REPÚBLICA, NI CHICHA NI LIMONÁ




Si nos mantuviéramos en una posición doctrinaria, el debate monarquía /república sería una falsa discusión desde una perspectiva anarquista ya que ambas son formas de Estado, principio inútil y nocivo tanto en origen como para cualquier función práctica según esta ideología. Considerado como instrumento de dominación de clase, que propiciaba el mantenimiento de la explotación y la desigualdad social, sería igualmente descartado. El anarquismo criticó la delegación de poder que suponía un sistema representativo como el liberal (y el democrático) que se constituía en monarquía o república como forma de Estado.
Así como no hay duda de que la monarquía no tuvo, ni tiene, afinidades con el anarquismo que rechaza de plano la idea misma de que la jefatura del Estado resida en una persona, un rey o una reina, siendo un cargo vitalicio al que se accede por derecho y de forma hereditaria, han existido afinidades históricas en España con la república.
La cultura democrática cobró forma en España, en el siglo XIX,  como una doble impugnación a las exclusiones políticas y sociales que implicaba la construcción del Estado liberal y las contradicciones del capitalismo. Así fue como el republicanismo federal asimiló el socialismo premarxista y, desde 1869, apoyó la construcción de organizaciones obreras.
El estado liberal consideró pronto al republicanismo federal como un movimiento peligroso para su existencia puesto que rechazaban, a la vez, dos aspectos sobre los que se sustentaba dicho estado: la autoridad y la propiedad. Este planteamiento revolucionario produjo, sin duda, afinidades con el anarquismo que se incrementaron por la huella de Proudhon en el pensamiento de Pi i Margall. Este margen de contacto pudo (puede) provocar equívocos sobre su afinidad pese a que las dos corrientes estaban bien delimitadas desde el punto de vista ideológico y no podemos considerar el republicanismo federal como precursor del anarquismo.
El republicanismo arraigó en las clases populares y no perdió apoyos cuando fracasó la experiencia republicana de 1873, manteniéndolos hasta bien entrado el siglo XX cuando la competencia del anarquismo se hizo patente. Esto no fue óbice para que se mantuviera la doble militancia republicana y anarquista en las últimas décadas del siglo XIX. La tradición democrático-social del republicanismo federal fue una aportación importante a la cultura radical del obrerismo presente en  anarquistas  que procedían del republicanismo.
Además de esta afinidad con el republicanismo federal, hay un segundo elemento a considerar: la mitificación de la II República (1931-1936). La historia puede convertirse en moneda de cambio para justificar posturas políticas actuales, para ello lo más fácil es construir mitos que repetidos hasta la saciedad acaban pareciendo verdades. El mito de la bondad o maldad intrínseca de la II República, según qué posiciones políticas lo necesiten, es uno de ellos tal y como observamos hoy en España.
El mito que está construyendo la nueva izquierda en España, con someras referencias a la II República, oculta sistemáticamente la política represiva de los gobiernos de centro-izquierda republicanos. Un aspecto relevante, que no por repetido en la historia reciente resulta menos engañoso, fue la clara diferencia entre el discurso y la práctica del republicanismo en la oposición, progresista e incluso radical, y el republicanismo en el poder defensor de un mundo de orden.
En el proyecto republicano, el orden y la reforma eran conceptos inseparables; para poder reformar las estructuras obsoletas de la monarquía liberal era necesario que las clases populares abandonaran la lucha y confiaran plenamente, delegando  el voto en los partidos, en su capacidad para democratizar el viejo sistema liberal. El sueño de una república reformista se centró en la igualdad política dando menos relevancia a la cuestión económica y social manteniendo intacta la economía liberal. Frente al paro, muy elevado por los efectos del crac de 1929, se aprobaron leyes draconianas como la de la Defensa de la República, la del Orden Público y, especialmente, la de  Vagos y Maleantes.
La ley de Vagos y Maleantes pretendía separar a los parados “respetables” de los pobres “peligrosos”, en la práctica cualquier trabajador/a que no tuviera empleo fijo podía ser detenido por tener aspecto sospechoso. Desde las páginas de periódicos como Solidaridad Obrera las diatribas contra esta ley eran constantes puesto que se aplicaba frecuentemente  contra los propios anarquistas y otros rebeldes sociales como los exiliados antifascistas de Europa o América Latina que se encontraban en España de manera clandestina.
Después, la II República sufrió un organizado golpe de Estado que desencadenó una guerra civil y una revolución social potenciada mayoritariamente por el movimiento libertario y, de nuevo, las diferencias entre las fuerzas republicanas de izquierdas contrarias a la revolución social y el movimiento libertario provocaron la confrontación abierta (sucesos de Mayo de 1937). La colaboración con los Gobiernos de la República durante la guerra se produjo para intentar salvar algo de la revolución social ya fracasada. Tras la guerra, el duro exilio, los intentos de unidad y el inicio del mito…
En conclusión, ante el debate monarquía/república, la respuesta sería: “ni chicha ni limoná”. Descartada la monarquía y reconociendo que hubo importantes afinidades con el republicanismo federal en la oposición, la experiencia de la II República y la Guerra Civil demostraron que la república es una forma de organizar un estado, mejor que la monarquía porque la jefatura del Estado es electiva, pero que el interés del anarquismo en esta fórmula solo podría despertar cierto interés en el caso improbable en que cuestionara la autoridad, la propiedad privada y otros aspectos sociales en los que no hemos entrado (por ejemplo el patriarcado) por la poca extensión de este texto[1].


[1] Para escribir este artículo, publicado en la revista de Sevilla El Topo, me he servido de mi propio libro: Laura Vicente (2013): Historia del anarquismo en España. Catarata, Madrid. Y de dos artículos, el de Chris Ealham: “Los mitos de la II República: la reforma, la represión y el anarcosindicalismo español”. Libre Pensamiento, nº 89, invierno 2016/2017, pp. 85-91 y el de  Eduardo Higueras Castañeda: “La cuestión del siglo: el federalismo español y las respuestas a la cuestión social en el siglo XIX”. Libre Pensamiento, nº 94, primavera 2018, pp. 9-15.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Entre amigas. Correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy (1949-1975).



Compré este libro porque he leído a las dos amigas, más a Arendt que a McCarthy pero también de esta última leí hace tiempo El grupo, una novela que tuvo mucho éxito cuando fue publicada en 1963. McCarthy es considerada como una gran novelista y ensayista, de origen judío (una abuela suya lo era), se movió en los círculos de la izquierda norteamericana mientras vivió en Nueva York. Fue muy pronto crítica con el estalinismo y colaboró con varias revistas entre las que destaca la Partisan Review, de la que se alejó tras la II Guerra Mundial por las posiciones conservadoras que adoptó la revista.
Entre la década de los cuarenta y los cincuenta fue muy crítica con el reaccionario senador McCarthy y su “caza de brujas”. Su posición ideológica la llevó a participar en las campañas contra la guerra de Vietnam y contra los escándalos del Presidente Nixon de la década de los setenta.
Arendt es de sobra conocida como una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. Nacida en Alemania tuvo que huir de este país por su origen judío. Le fue retirada la nacionalidad alemana en 1937 y fue apátrida hasta que consiguió la nacionalidad estadounidense en 1951, diez años después de llegar a Estados Unidos.
No le gustaba ser considerada filósofa y afirmaba que sus estudios eran de “teoría política”. Compartía una mentalidad de izquierdas con su segundo marido, el poeta y filósofo comunista Heinrich Blücher que, muy pronto, fue crítico con el estalinismo. Por su condición de mujer judía y de izquierdas se involucró también en temas de actualidad destacando su famoso, y muy criticado por algunos sectores, Eichmann en Jerusalén, publicado en Estados Unidos en 1963.


Ambas se conocieron en 1949 y su correspondencia empezó inmediatamente hasta la muerte de Arendt en 1975, veintiséis años que en este libro aparecen agrupados en seis partes. Cuando murió Arendt, McCarthy fue su ejecutora literaria hasta su propia muerte en 1989. Este libro fue publicado en Estados Unidos en 1996.
En esta correspondencia encontramos mucho cariño y ternura entre ambas mujeres que en sus cartas escriben sobre diversos temas: vida cotidiana sin descartar su intimidad (parejas, amistades, servicio…), actualidad (especialmente temas políticos), los manuscritos de sus libros que eran valorados y corregidos por la otra amiga, libros de otros autores/as, viajes, arte, etc.
El rigor intelectual que aparece en estas cartas es lógico dada la talla de su pensamiento, sin embargo sorprende más adentrarse en las “pequeñas cosas” de la cotidianeidad como son las dolencias físicas, las tareas domésticas, la vivienda, etc. (más prolija en este sentido McCarthy que Arendt). La planificación de viajes por separado o conjuntamente es otro aspecto interesante, McCarthy era una experta en arte y la planificación del viaje que hicieron a Sicilia (p. 427-434) en 1971 es como para anotarlo como guía para visitar esta isla italiana.
Son ilustrativas sus charlas sobre el mundo masculino: sus parejas (en el caso de McCarthy se casó cuatro veces, dos Arendt), sus amigos, sus hijos (en el caso de McCarthy uno y varios de su último marido), sus críticos, etc. Ambas construyeron una hermandad llena de complicidad que se convertía en defensa de la amiga ante la crítica de sus obras que en algunos casos fueron duras. Especial importancia tienen en su correspondencia los ataques que recibió Arendt por su Eichmann en Jerusalén, respondidos, ante la negativa de su amiga a hacerlo, por McCarthy. Curiosamente coincidió en el tiempo con las críticas que recibió McCarthy por su novela El grupo.
Arendt se negó a responder directamente porque consideró que la crítica a Eichmann en Jerusalén formaba parte de una campaña política; no es crítica y realmente no tiene nada que ver con mi libro. (…) Yo escribí un informe y no hago política, ni judía ni ninguna otra (239). Luego, Arendt escribió un ensayo, muy interesante, sobre Verdad y política, que implícitamente será una respuesta (245).
Ambas amigas compartían sus manuscritos para saber la opinión de la otra que ambas valoraban mucho puesto que no era un intercambio de cortesía sino que las dos hacían una lectura minuciosa con alabanzas pero también críticas. McCarthy, además fue una excelente correctora en el uso del inglés de Arendt.
Hay multitud de comentarios, en ocasiones con enorme sentido del humor, de libros y de autores/as que nos permiten conocer sus gustos y sus manías respecto a numerosos personajes del momento como Sartre, Beauvoir, Bellow, Grass, Sontag, Sarraute y otros muchos/as.
Esta correspondencia es un diálogo entre dos mujeres unidas por una gran afinidad electiva, preocupadas por su tiempo (macartismo, Vietnam, Nixon, Mayo del 68, etc.) centradas en su obra, grandes lectoras y escritoras, interesadas por la política, poco feministas aunque su empoderamiento personal es un ejemplo feminista de la nueva mujer.
Dice McCarthy:
El hombre, al parecer, no tiene el menor sentido de la historia; cree que los males que ve a su alrededor son todos nuevos (400).
Una gratificante y rica lectura.

lunes, 3 de septiembre de 2018

ACTUALIDAD DE ANTIGUAS CONTROVERSIAS SOBRE LA MUJER


La controversia entre Mariano R. Vázquez y Lucía Sánchez Saornil tuvo como espacio de discusión el periódico Solidaridad Obrera[1], aunque ambos fueron los protagonistas del debate participaron otras personas del ámbito anarquista y anarcosindicalista, El tema giró en torno al papel de las mujeres en las organizaciones, en la lucha social y  en la futura revolución, se produjo en 1935. Pese a los más de ochenta años transcurridos no parece un debate obsoleto, contiene aspectos que tienen actualidad hoy en día, lógicamente ochenta años no pasan en balde y hay otros aspectos superados o que han abierto nuevos caminos de reflexión y acción en los feminismos[2].
En este artículo el protagonismo no lo tiene la controversia de 1935 sino los feminismos actuales entre los que me interesa especialmente la renovación del feminismo anarquista, pese a ello la controversia aparece como referente y se pueden reconstruir los rasgos principales de aquel debate.  La perspectiva que adopto es genealógica  puesto que partiendo del hoy, de lo que somos nosotras, quiero seguir  el hilo complejo de la procedencia, no con un planteamiento de causalidad sino conservando lo que ha sucedido en su propia dispersión: accidentes, mínimas desviaciones, errores, etc.

En el debate entre Sánchez y Vázquez se insiste en algo plenamente actual: los hombres tenían que cambiar de conducta abandonando su posición de poder y predominio patriarcal puesto que su responsabilidad en la situación de subordinación de las mujeres era/es clara. Ese cambio incluía de manera muy crítica a los hombres sindicalistas y anarquistas que pese a sus declaraciones de principio no tenían ningún interés en que se produjeran cambios importantes ni en las organizaciones ni en las luchas ni en las relaciones personales. Sánchez reiteraba en sus artículos que no es lo mismo asumir postulados teóricos igualitarios que ser consecuentes con ellos y llevarlos a la práctica, en sus artículos hay una rabia contenida porque no daba credibilidad a las buenas (y revolucionarias) palabras de los hombres de la organización respecto al tema de la subordinación de las mujeres.
Si Sánchez (incluso Vázquez) era consciente de la necesidad de romper la masculinidad, la feminidad era esgrimida por algunos sectores libertarios como argumento para acusar a las mujeres de ser responsables de su propia subordinación. Indudablemente hoy sigue presente el cuestionamiento del reparto de papeles de género que nuestra sociedad sigue sustentando. Incluso una parte de los feminismos actuales va más lejos  al cuestionar el propio concepto de género que el patriarcado sustenta para seguir afianzando privilegios y ahondando la opresión.  El cuestionamiento de los privilegios de la masculinidad,  el por qué a las mujeres se nos silencia e invisibiliza por el simple hecho de serlo,  o de qué manera a través del empoderamiento personal y colectivo podemos subvertir estos (y otros)  condicionamientos, son temas centrales en los debates feministas actuales.  En la controversia de 1935 no se vislumbraba un planteamiento tan radical como el actual y la acusación de la responsabilidad de las mujeres en su situación de subordinación e inferioridad fue uno de los motivos que provocó mayor enfado en Lucía Sánchez.


Aun cuando quedó claro que la sexualidad era un tema importante y difícil de resolver, no se produjo la apertura a nuevas sexualidades que en la actualidad se han unido en una apuesta de deconstrucción de conceptos como sujeto, identidad, género, sexo, raza… dando lugar al sector más radical del feminismo de la tercera ola. Lucía Sánchez afirmó que solo la revolución lograría evitar que las mujeres fueran tratadas como objetos sexuales y quedaran condicionadas por la vinculación de sexo y reproducción. Solo la revolución, decía Sánchez, uniría definitivamente los intereses de ambos sexos para progresar en la concepción anarquista de la vida.
Lucía Sánchez (y Mujeres Libres) constató que las mujeres tenían que reconstruirse a través de una mentalidad basada en la libertad y la autonomía personal (también denominada “conciencia de la personalidad”, como afirmaba Emma Goldman). Ella quería un TODO distinto y por eso planteaba avanzar en la emancipación interna y en la colectiva. Aun cuando se percató de que había situaciones diversas entre las mujeres cuando se cruzaba el género con la clase social, no llegó a  la constatación del feminismo actual de que existen diversidad de situaciones que afectan a las mujeres y que los feminismos de la primera y segunda ola no habían contemplado: la raza, la orientación sexual e identidad de género, la religión, la edad, la etnia, la clase social y otras variables. Curiosamente, el hecho de que Lucía Sánchez fuera lesbiana y Mariano R. Vázquez gitano no pareció tener influencia alguna en la controversia, sin embargo, hoy sabemos que, a veces, nos dice más sobre el discurso dominante lo que no es considerado relevante (opción sexual y etnia) que lo que si lo fue.
En el debate se destacó la necesidad de la transformación del espacio privado, íntimo, doméstico, espacio de los cuidados, de las relaciones de pareja. Ese espacio, de opresión patriarcal, debía reconstruirse, reorganizarse, valorarse y basarse, como punto de partida, en los mismos derechos y deberes de todas las personas que convivían (conviven) en dicho espacio. La necesidad de capacitación fuera del espacio doméstico se convirtió en bandera de las reivindicaciones de Mujeres Libres a partir de 1936. La capacitación de las mujeres en la actualidad poco tiene que ver con la de la década de los treinta del siglo pasado.
Las mujeres debían incorporarse a la lucha social, encauzada por el anarquismo, dando en esta lucha la misma relevancia al cuestionamiento del Estado y del capitalismo y al cuestionamiento del patriarcado (la llamada por Sánchez: “cuestión femenina”), el objetivo desde la concepción anarquista de la vida era la emancipación humanitaria. Sánchez intuyó que los cambios en la situación de las mujeres y su relación con los hombres no se podía postergar a la revolución, a un futuro incierto, por tanto, debían producirse cambios en el presente, no bastaba con enunciar la igualdad había que realizarla en el día a día. Algo que hoy resulta incuestionable pese a la dificultad que conlleva.
Pese a que la revolución era humanitaria y los intereses tenían que ser comunes, las protagonistas de la lucha y de las transformaciones tenían que ser las mujeres, lo anarquista era “dejar que la mujer actúe en uso de su libertad, sin tutelas ni coacciones”, pronto se demostraría cuan poco gustaba este planteamiento a los hombres (y a algunas mujeres) negando el reconocimiento de Mujeres Libres como cuarta rama del Movimiento Libertario.
¿Hasta qué punto esta controversia actualizada tendría vigencia hoy en el Movimiento Libertario?


[1] Solidaridad Obrera era el  órgano de expresión de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña y Baleares. Fue fundado en 1907 siendo el órgano de expresión de la organización Solidaridad Obrera, pasando a serlo a partir de 1910 de la CNT. Desde 1916, con altibajos provocados por la represión, las suspensiones y otros avatares, tuvo periodicidad diaria.
[2] Me ayudó a enfocar este apartado un par de conversaciones telefónicas con la compañera Rebeca Muñoz Peñalvo. Gracias.

viernes, 3 de agosto de 2018

Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978),


Eduardo HIGUERAS CASTAÑEDA, Rubén PEREZ TRUJILLANO y Julián VADILLO MUÑOZ (coords.): Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), Sevilla, Athenaica Ediciones Universitarias, 2018. ISBN: 9788417325190. 438 págs.

Esta reseña se ha publicado en el BULLETIN D'HISTOIRE CONTEMPORAIEN DE L'ESPAGNE

Tres jóvenes historiadores han acometido la tarea de coordinar a casi una veintena de especialistas en la historia social y política de la España contemporánea para no sólo rescatar, sino sobre todo reinterpretar la complejidad de contenidos que albergó el movimiento republicano desde los inicios de la revolución liberal del siglo XIX hasta las experiencias tan dispares del siglo XX.
Se han seleccionado las biografías de personalidades que tienen un rasgo común: todas ellas republicanas, pero siempre en las lindes o incluso en la doble militancia de otras culturas políticas, como el movimientos obreros, el feminismo, y también en las zonas fronterizas con cierto conservadurismo social, o incluso comprometidas con propuestas nacionalistas y regionalistas. Todas además procedentes de ámbitos específicamente catalogables como profesiones liberales por antonomasia, como el periodismo, la jurisprudencia, la enseñanza pública, la escritura y también de la diplomacia.


Esa doble militancia permite desentrañar la complejidad de un cultura política como fue la republicana, cuyas propuestas han marcado, sin duda la España contemporánea. Puesto que no se trata de figuras que responden al canon de importancia otorgado por la historiografía tradicional, estos jóvenes historiadores han abierto así con este libro nuevos derroteros de investigación y rompen, en consecuencia, con los compartimentos estancos entre clasificaciones politológicas realizadas a posteriori. Por otra parte, la elección del género biográfico es arriesgada y los propios coordinadores dedican el primer capítulo del libro a explicar el porqué de dicha elección. En definitiva, las biografías permiten perspectivas que descubren los ángulos muertos de los estereotipos y esclarecen de modo concreto los márgenes y las paradojas de toda praxis política, máxime en una sociedad que se está construyendo como liberal en el siglo XIX, a la que muy tempranamente el republicanismo aporta sobre todo el tránsito a contenidos democráticos y sociales.
Lógicamente, en este mosaico de biografías no es menor el peso que ocupan las mujeres, pues, en efecto, fue el republicanismo la primera cultura política que acogió e impulsó las propuestas de igualdad entre sexos. En este sentido cabe recomendar vivamente la lectura de las biografías de Amalia Domingo Soler, Guillermina Rojas Orgís y Rosario de Acuña. Es Laura Vicente Villanueva quien aborda la figura de Amaia Domingo (1835-1909), a la que define como “espiritista y feminista”, dos anclajes de su vida que la enfrentaron al catolicismo oficial de la España de su época y que le permitió adscribirse tanto al movimiento librepensador de la masonería, con el consiguiente laicismo, como a un temprano feminismo.
Por su parte, Gloria Espigado estudia la figura de Guillermina Rojas que destacó durante el Sexenio Democrático por una doble militancia, a favor de las mujeres y de los trabajadores. De más difícil encuadre es la figura de Rosario de Acuña (1850-1923) cuya biografía acomete Sergio Sánchez Collantes con una extraordinaria explicación de la trayectoria tan heterodoxa de quien transgredió convencionalismos, superó recelos y exploró las diversas facetas de un librepensamiento tan feminista y democrático como brillante estilísticamente.
Las biografías de los personajes masculinos aportan igualmente dosis novedosas de clarificación de los marcos vitales e ideológicos en los que se desenvolvieron personajes de necesaria rehabilitación historiográfica. Así, Roque Barciala, cuya figura, asimilada a la rebelión cantonal en Cartagena, se diluyó ya en vida entre el exilio y el olvido, desacreditado para sus congéneres. Es analizada por Ester García Moscardó, mientras que Manuel Ruiz Romero analiza la personalidad de
Ramón de Cala y Barea (1827-1902), no tan famoso como Barcia, pero sí relevante para averiguar los primeros peldaños del andalucismo como deriva del republicanismo federal, así como la proximidad de ese andalucismo a los idearios del anarquismo y del socialismo utópico, fruto de la preocupación regional por los jornaleros y por la distribución de la tierra en unas provincias marcadas por el latifundismo.
Juan P. Calero acomete la biografía de Ubaldo Romero de Quiñones, (1843-1914), figura poliédrica y prolífica, polémica y contradictoria, siempre instalado en conjuras y conspiraciones, siempre escribiendo, siempre en pugna con quienes consideraba que falseaban el ideario de un socialismo utópico conjugado también con el espiritismo y la masonería. Por su parte, Julián Vadillo se ocupa de Nicolás Alonso Marselá, quien, a partir de un catolicismo exacerbado y luego convertirse al protestantismo, defendió el laicismo del Estado y se aproximó ideológicamente al obrerismo, con visiones cercanas a las de Bakunin. Eso sí, al final regresó a sus primeras creencias católicas e incluso militó en el carlismo.
Tales paradojas entre los militantes del republicanismo se ilustran de modo paradigmático en la figura de Pablo Correa Zafrilla (1842-1888), estudiada por Eduardo Higueras quien sostiene que los orígenes del socialismo en España son imposibles de clarificar si no se tiene en consideración que emergieron del seno de las fuerzas republicanas. En efecto, Pablo Correa, militante del partido republicano federal, fue el primer traductor al español de El Capital, y fue el ejemplo más relevante de esa doble militancia que se ha esbozado como propia de estas personalidades, pues estamos ante una personalidad que fue tan republicana federal como obrerista. Significativamente muy cercana a Pi y Margall, de quien publicó su obra La Federación, con una extensa biografía del que fuera presidente de la primera República.
Otros contenidos caracterizan las biografías de las figuras ya más metidas en el siglo XX, como es el caso de Eduardo Barriobero (1875-1939), estudiado por José Luis Carretero Miramar y que lo define como “abogado penalista, masón, novelista, republicano federal, presidente de un Tribunal Revolucionario, ensayista, diputado constituyente, orador, editor, preso, publicista, traductor…”. Así, al final de sus días, Eduardo Barriobero, fue uno de los organizadores de los Tribunales Populares organizados durante la guerra civil en la España republicana y estuvo muy cercano a la tarea de Azaña. Fue fusilado por los vencedores franquistas tras la caída de Barcelona en 1939. Distinta fue la trayectoria de Eduardo Ortega y Gasset (1882-1964), que sobrevivió a la guerra civil y murió en el exilio, tras destacar en la Segunda República con puestos de diputado y gobernador civil como militante de Izquierda Republicana. Es biografiado por Manuel Baelo Álvarez, mientras que el veterinario andalucista, Rafael Castejón, biografiado por Antonio M. Rodríguez Ramos, que murió en 1986, ya en plena democracia, representa  las supervivencia de un republicanismo conservador, adscrito en su momento al radicalismo de Lerroux. Diferente a la de Castejón fue la trayectoria de su colega veterinario Félix Gordón Ordás (1885-1973), analizada por Jorge de Hoyos. Era también veterinario, pero implicado en la República con cargos ejecutivos, llegó a presidir el gobierno republicano en el exilio hasta casi entrada la democracia.
            Destacan otros casos de republicanos comprometidos con militancias nacionalistas, como fue el caso de Emilio González López (1909-1991), galleguista biografiado por Jesús Vallejo (US). Fue catedrático de derecho penitenciario en Salamanca, Oviedo y La Laguna, fue uno de los redactores del Estatuto gallego y se exilió Nueva York donde ejerció de profesor. Por otra parte, Gonzalo Nardiz (1905-2003) destacó como republicano de militancia en el nacionalismo vasco. Estudiado por Jon Penche, se descubre el ideario de un nacionalismo vasco republicano que, aunque fue minoritario, no cabe echar en el olvido.
Otras facetas se descubren en la figura de Enrique Martí Jara (1890-1930), biografiado por Rubén Pérez Trujillano. Se trata de un jurista de enorme brillantez académica que dedicó su vida a la lucha republicana y puede considerarse un pionero del derecho constitucional. En sentido contrario, destacan las paradojas de la personalidad de José Antonio Balbontín (1893-1977), estudiado por Enrique Roldán Cañizares. Fue una personalidad que pasó del catolicismo a posicionarse en el anarquismo y finalmente militar en el comunismo en el exilio, aunque al final de sus días volvió la vista hacia la religión originaria de su formación juvenil.
La religión, sin duda, fue espoleta de convicciones políticas para muchos republicanos y en este caso destaca la figura de Régulo Martínez Sánchez (1895-1986) cuya trayectoria, analizada por Miguel A. Dionisio Vivas, cruza todo el siglo XX y pasa de ser un sacerdote de militancia explícita republicana en la década de 1930, lo que le supuso la secularización y sufrir la cárcel por la dictadura, hasta llegar a los años de la transición a la democracia militando en Acción Republicana Democrática Española.
En conclusión, todas las biografías recogidas en este libro revelan que precisamente las figuras de los cuadros medios, no los que son líderes a escala estatal, son los que expresan la complejidad de una cultura política como la republicana. Tuvo que construirse sobre las mimbres de una sociedad católica, con fuertes convenciones sociales, que había realizado una revolución liberal en los albores del siglo XIX y cuyas metas democratizadores se van pergeñando década a década hasta llegar a la Segunda República. Y en esta tarea hubo muchos intelectuales, mucha profesión liberal e incluso curas o católicos cuya fe los empujó a buscar horizontes de justicia social en el ideario republicano. Por eso este libro es tan necesario como novedoso. Es justo subrayar, por tanto, sus méritos como aportación indudable a la historiografía contemporánea.

                                                                       _________________________________
                                                                       Andrea VILLEGAS MARCHANTE,
Universidad de Castilla-La Mancha

lunes, 23 de julio de 2018

MISANTROPÍA, AGUAFIESTAS, SOLEDAD, SILENCIO Y LENTITUD[1]


Dice el diccionario de la RAE que misantropía es: la aversión al género humano y al trato con otras personas. Sin embargo, Alfonso Berardinelli afirma que la misantropía es aversión, desconfianza y desprecio no tanto por el hombre y la humanidad en abstracto, como por el hombre en cuanto animal social, por la humanidad vista en sus comportamientos sociales.
Berardinelli le da la vuelta al concepto como si fuera un calcetín. La misantropía no es  el odio al ser humano, el verdadero objetivo del misántropo/a es la persona “social”, la persona dispuesta a obedecer, complaciente, las reglas del ambiente, la persona satisfecha de las “buenas normas” comúnmente aceptadas.


El misántropo/a detesta la sociabilidad porque ve en ella la traición de cuánto hay de precioso en el ser humano, es decir,  los impulsos hacia la verdad y la justicia. La humanidad se corrompe cuando se pliega a la sociabilidad, es decir, la trama de comportamientos que genera lo peor del ser humano, entre otras actitudes, la renuncia a la verdad, la hipocresía, su espíritu de adaptación, la esclavitud de la costumbre, etc. El hombre socializado renuncia a sí mismo, por ello la intelectualidad debe decantarse hacia la misantropía, ser personas indóciles a las “buenas costumbres” de la sociabilidad.
Berardinelli va más lejos al recuperar otro término con mala prensa, el de aguafiestas. La intelectualidad tiene que ejercer de aguafiestas, es decir, tienen que ser personas que consiguan entender y describir con mayor precisión los fenómenos políticos que involucraron a millones de personas, aun cuando ello les lleve a ser considerados traidores, tránsfugas o intrusos. Los aguafiestas acostumbran a ser críticos con la izquierda sin por ellos pasarse a la derecha, ser usados por la propaganda de derechas y continuar criticando la cultura burguesa y la sociedad capitalista. Algunos célebres aguafiestas han sido: Ignazio Silone, George Orwell, Arthur Koestler, Simone Weil o Albert Camus.
El ser misántropos/as y aguafiestas puede parecer poco envidiable, pero si a ese “programa” le añadimos la soledad, el silencio y la lentitud, ¿quién querría ser un intelectual de este estilo en el siglo XXI?, ¿quién querría serlo en una sociedad en la que la industria cultural se ha apropiado de todo, convirtiendo la cultura en mercancía?  La reducción del arte, pensamiento, emociones y sueños a mercancías que producir en serie para el consumo de masas es ahora un fenómeno tan gigantesco y omnipresente que es difícil escapar a su influjo.
Solo algunos héroes y heroínas que nadan a contracorriente, como el propio Berardinelli, se obstinarán en ese modelo. De hecho el autor de este libro, en 1995, abandonó su cátedra de Historia de la Literatura Moderna en la Universidad de Venecia tras veinte años en la enseñanza, para vivir de trabajos en precario como crítico literario y cultural, conferenciante y colaborador en alguna editorial.
Berardinelli defiende la soledad como sabiduría y como goce de uno mismo al estilo de Montaigne. Para su desgracia la cultura y las ideas, para manifestar su poder completamente específico, todavía tiene necesidad de tiempo y de concentración, de lentitud y de silencio. Silenciosa y solitaria, la lectura bien hecha, la lectura responsable instaura una especie de “diálogo monologante” entre el libro y el lector. La cultura es imaginación y valor, afirma Berardinelli, capacidad de actuar en soledad, de ir contracorriente y de enfrentarse a la angustia. Si se entiende así, en este mundo del espectáculo y la mercancía, será difícil encontrarla. Como afirma George Steiner en El lector infrecuente: “El intelectual es sencillamente un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”: comenta, anota, objeta, responde, conecta una experiencia escrita con una experiencia aún no formalizada. Es la intensidad de la atención y la meditación las que otorgan valor a a aquello que se lee.
Entre los más agudos diagnósticos de la vida contemporánea se encuentran escritores antipolíticos y profundamente antisociales como Karl Kraus, Ortega y Gasset, Adorno, Canetti, Günter Anders, Montale, Gadda o Pasolini.





[1] Este texto está basado en el libro de Alfonso Berardinelli (2015): El intelectual es un misántropo. Ediciones El Salmón.

viernes, 13 de julio de 2018

Dos mujeres, dos clases sociales y dos mundos enfrentados



La millonaria Rafaela Torrents y la sindicalista Teresa Claramunt comparten protagonismo en un ensayo firmado por la historiadora Laura Vicente. Es lo único en común entre dos mujeres a las que el orden social de finales del siglo XIX —no tan distinto al imperante hoy— situó en polos opuestos.

Teresa Claramunt y Rafaela Torrents, mujer contra mujer en la Cataluña insurgente de finales del siglo XIX. 

Periódico EL SALTO, 2018-07-05

Teresa Claramunt y Rafaela Torrents, mujer contra mujer en la Cataluña insurgente de finales del siglo XIX

Las protagonistas de esta historia son cuatro y tienen nombres femeninos: Rafaela, Teresa, Barcelona y la desigualdad. Su autora es Laura Vicente, quien en Mujer contra mujer en la Cataluña insurgente (Comuniter, 2018) ha creado un relato híbrido entre el ensayo documental y la recreación histórica que pretende fotografiar las vidas de dos mujeres absolutamente opuestas en el marco de la Barcelona finisecular que pasaba la página del XIX al XX. Con sus retratos, Vicente busca “una visión global desde dos miradas de mujeres comunes, reales y desconocidas para la historia”, comenta a El Salto esta doctora en Historia por la Universidad de Zaragoza y especialista en historia de la mujer.
Rafaela Torrents (1838-1909) y Teresa Claramunt (1862-1931) nunca se cruzaron y sus comportamientos y condiciones no podrían haber sido más diferentes. Vicente parte del atentado en el Liceo el 7 de noviembre de 1893, un suceso que le sirve para entrelazar las vidas de Torrents y Claramunt: la primera asistía desde la platea a la representación del Guillermo Tell de Rossini, la obra que esa noche inauguraba la temporada de la Ópera en Barcelona, y la segunda sería detenida en la posterior oleada de arrestos —que ascendieron a más de 500 al finalizar el año—, pese a no guardar relación con el ataque, dos bombas lanzadas sobre el patio de butacas cuya explosión provocó una veintena de muertos. Según algunas interpretaciones, el atentado ejemplificaría el choque sangriento de los dos mundos —el burgués y el obrero, de los que Torrents y Claramunt son exponentes muy claros— que compartían la misma ciudad.
“Desde la abundancia de Rafaela Torrents se pueden apreciar mejor las carencias de las mujeres trabajadoras —explica Vicente—. Ella estaba protegida por el dinero y por las influencias políticas que tenía. Aunque intenta transgredir algunos límites, no necesita arriesgar todo como tiene que arriesgar Teresa Claramunt, incluso su salud, que se va deteriorando progresivamente por la falta de recursos”. La historiadora ya había publicado en 2006 otro trabajo, centrado en la figura de Claramunt, pero se quedó con la impresión de que le faltaba la otra parte de la sociedad, las clases altas, “que aparecían casi como una sombra proyectada en la pared”.
MUJER (RICA) CONTRA MUJER (POBRE)
Marquesa una, trabajadora textil desde los diez años la otra, la desigualdad entre ambas se ilustra plenamente con un dato: a los 18 años, el hijo de Rafaela Torrents era el segundo mayor contribuyente al fisco en Barcelona; mientras, Teresa Claramunt sufrió la muerte de cinco de sus retoños a edad muy temprana, apenas unos pocos meses de vida.
De Claramunt llegó a afirmar Federica Montseny —anarcosindicalista que se convirtió en la primera mujer ministra durante la II República— que carecía de cultura y no usaba frases floridas pero que tenía el instinto certero del pueblo. Participante activa en la huelga de las siete semanas en 1883, con el objetivo de reducir la jornada laboral a 10 horas, Claramunt tejió redes con sus compañeras y un año después crearon la sección varia de trabajadoras anarcosindicalistas de Sabadell en la que ella propuso compartir, en las jornadas festivas, los conocimientos de cada una relativos a administración de la casa, lectura o escritura. Después publicaría folletos, organizaría huelgas y secundaría protestas que en numerosas ocasiones dieron con sus huesos en la cárcel. La represión institucional hizo mella en el cuerpo y la salud de Teresa Claramunt.
Rafaela Torrents, por su parte, enviudó muy joven, quedando a cargo de administrar la fortuna legada a su único hijo por parte de su marido, un terrateniente cuya familia había amasado un tesoro en el mercado de los esclavos en Cuba. Esa situación desahogada le permitió disponer de palacete y participar en los rituales de la clase alta en Barcelona, también moverse en los ambientes en los que lo hacían quienes regían el destino de la ciudad. Su mentalidad era conservadora, al igual que sus ideas políticas.
Prolijo en detalles relativos a la vida cotidiana de ambas, el libro de Laura Vicente se inscribe en una corriente historiógrafica denominada contrahistoria, que renuncia conscientemente al gran relato para centrarse en la letra pequeña, según la autora. Un propósito que emparenta su trabajo con el de Carlo Ginzburg (autor de El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI) o el de María Rosón, en su investigación sobre cultura visual e identidades de género en los primeros años del franquismo.
Vicente reconoce que en su búsqueda topó con complicaciones derivadas de la falta de documentación sobre dos personas comunes, aunque una de ellas fuese de clase alta: “De hecho, se sabe menos de Rafaela Torrents que de Teresa Claramunt. Acercarte a su historia es complicado porque hay poco rastro. Claramunt tiene tres coordenadas que hacen muy complicada su biografía: es mujer, viene de clase humilde y desarrolla una ideología política revolucionaria. En el caso de Torrents, el hecho de ser una mujer observada como una persona banal y carente de interés por su condición de clase en esta época lo hace difícil”.
BARCELONA, LA TERCERA EN DISCORDIA
Aunque ninguna de las dos era oriunda de Barcelona, la capital catalana es la tercera protagonista del relato escrito por Laura Vicente a partir de las vidas de Rafaela Torrents y Teresa Claramunt en la segunda mitad del siglo XIX. En ese periodo, la población barcelonesa creció hasta un 300%, debido a la anexión de localidades como Gracia, San Martín o Sants. En 1930 la ciudad alcanzó el millón de habitantes, en un proceso también definido por la baja natalidad, lo que propició el fomento —por parte de las patronales, necesitadas de mano de obra— de la inmigración desde zonas rurales de Cataluña y de fuera.
En esa Barcelona dual creció una febril actividad sindical y obrera, recuerda Vicente: “Cuando se habla de la Cataluña insurgente, se habla de la Cataluña de las clases trabajadoras que eran las que habían construido espacios de resistencia y rebeldía en los barrios, encauzados por el sindicalismo y especialmente por el anarquismo. Pero esto es extensible a cualquier otro lugar de España y de Europa. Lo que queda de eso ahora mismo en la ciudad de Barcelona son barrios en los que hay espacios que emergen en momentos determinados que podrían enlazar con este planteamiento de posiciones de resistencia y rebeldía. Se manifestaron muy claramente en el 15M, por ejemplo. No con la fuerza de entonces, pero siguen muy vinculados al mundo libertario, ya lo muestren explícitamente o por las prácticas que desarrollan”.
La historiadora señala también que en Barcelona “sigue habiendo una distancia enorme entre los barrios de clase alta y de clase trabajadora: no es poca cosa, por ejemplo, que exista una diferencia media de ocho años en esperanza de vida entre unos y otros”.
REGRESO AL FUTURO
Es inevitable preguntar a Vicente si encuentra algún denominador común entre aquella efervescencia vivida en Cataluña a finales del siglo XIX y la que se ha disparado en el último lustro. Para ella, se trata de realidades difíciles de comparar pero señala algo que las diferencia de manera “abismal”. En su opinión, “lo de ahora es una insurgencia que viene desde dentro del Estado, desde dentro del poder político, en un proceso de enfrentamiento respecto a otra parte del Estado. La fuerza que, en gran parte, han adquirido las movilizaciones ha sido porque han venido incentivadas y potenciadas desde el poder político. En aquel entonces, vino radicalmente desde fuera del Estado y del poder, en un proceso de autoorganización”.
Abundando en la idea, la historiadora considera que los Comités de Defensa de la República parten de un planteamiento que viene desde arriba: “No he visto un desafío claro por parte de esos comités a la parte del Estado que se controla en Cataluña por parte de la transformada CiU, que es la que ha estado al frente de este proceso”.
En otro hipotético juego de espejos entre el pasado y el presente, ¿podría considerarse a Inés Arrimadas, de Ciudadanos, y Anna Gabriel, de las CUP, como reflejos de Rafaela Torrents y Teresa Claramunt? Vicente sonríe ante la pregunta y comenta que “desde sus posiciones políticas se podría intentar ver los estratos sociales que hay ahora mismo en Cataluña. Pero hay una cosa que llama la atención: Arrimadas recibe muchos votos en los barrios obreros, gana de hecho, y en cambio el partido de Anna Gabriel, que viene de planteamientos anticapitalistas, tiene muchos votos en los barrios altos de Barcelona. Ahí tendríamos que entrar en otra cosa muy compleja que está ocurriendo hoy en Cataluña”.

ESTE ARTÍCULO, SE HA PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EL SALTO   (si haces clic te llevo).

martes, 3 de julio de 2018

A VUELTAS CON EL FEMINISMO


Comprendo los motivos por los que el libro de Despentes[1], publicado en Francia en 2006 y traducido aquí doce años después, tiene tanto éxito. Una razón del éxito puede ser su lenguaje desenvuelto, fresco y roquero-punki, que resulta diferente a lo que las feministas acostumbran cuando escriben y que puede resultar atractivo a las generaciones de feministas más jóvenes. No es mi caso, no soy ni joven ni recién llegada al feminismo, quizás por ello su lenguaje me resulta, en algunos momentos, cargante y superficial. Sin embargo, no abandoné su lectura y no me arrepiento.


Otra razón de su éxito puede ser que habla desde la experiencia vivida y no desde un conocimiento académico. Ese método de conocimiento de la realidad es valioso por su autenticidad y cercanía a la cotidianeidad. Sin embargo es muy subjetivo y resulta difícil elaborar una “teoría”, como ella pretende, desde su experiencia personal únicamente. Basarse en su vida personal, siguiendo a Svetlana Aleksiévich[2], es interesante puesto que como afirma en  su  obra, El fin del “Homo Sovieticus”, se puede edificar la realidad sucedida a través de un espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre todo.
La brillantez de algunas partes del libro de Despentes se relaciona con las posibilidades que permite el conocimiento, como dice Carlo Ginzburg[3],  de que a través de una persona común puede escrutarse como en un microcosmos, las características de todo un estrato social en un determinado periodo histórico.
Despentes misma señala que ese estrato social es el de las clases populares cuando afirma en la segunda página: Yo hablo como proletaria de la feminidad (12); o cuando señala que el libro ofrece una clave de lectura del éxito del modelo de la <<calentona>> en la cultura popular actual (24).

Aborda temas polémicos dentro del feminismo con desenvoltura y afirmaciones rotundas puesto que trata el tema de la violación, de la prostitución y de la pornografía. Sorprende que Despentes, que habla de primera mano, no dramatice ni la violación ni la prostitución sino todo lo contrario.
Me ha parecido interesante algo que todas conocemos, a saber, el silencio que las mujeres suelen guardar respecto a la violación u otras agresiones sexuales:
Es asombroso que las mujeres no digamos nada a las niñas, que no haya ninguna transmisión de saber, ni de consignas de supervivencia, ni de consejos prácticos y simples. Nada (48).
Sí se transmite el miedo (se domestica a las niñas para que nunca hagan daño a los hombres), pero la autora habla de empoderamiento frente a las agresiones, de transmisión de saber y este, en efecto, no se produce. Menciona acertadamente a Camille Paglia como la primera que sacó la violación del horror absoluto, de lo no dicho, para no negar, ni morir, sino para vivir con (51 y 56). Hoy que escribo desde las protestas contra la liberación de los agresores de “la manada” tienen más relevancia estas palabras:
(…) hasta qué punto todo está escrupulosamente organizado para garantizar que ellos triunfen sin arriesgar demasiado cuando atacan a mujeres (57).
Pero va más lejos cuando afirma que existe un dispositivo cultural que predestina la sexualidad femenina a gozar de su propia impotencia, es decir, de la superioridad del otro, más bien a gozar contra su propia voluntad que como zorras a las que les gusta el sexo (61). En definitiva, afirma que hay una predisposición femenina al masoquismo que la lleva a tener fantasías de violación.
Otro tema polémico que trata la autora desde su experiencia como prostituta durante una etapa breve de su vida es el de la prostitución ocasional, que sería un curro bien pagado, para una mujer poco o nada cualificada (80). La autora critica que de la prostitución basada en la trata y, por ello, practicada en condiciones asquerosas, se acaben extrayendo conclusiones sobre el mercado del sexo en su conjunto (93).
Nada censurable veo en que una mujer decida voluntariamente, para ganar dinero, dedicarse a la prostitución (al puterío, una palabra que le gusta más a la autora), sin embargo, no me parece que sea el caso de la mayoría de las mujeres prostitutas y por eso sus afirmaciones  me parecen trágicamente banales en muchas ocasiones.
La pornografía, el orgasmo y otros temas son abordados también por Despentes en esta  Teoría King Kong cuyo capítulo dedicado a explicarla me parece lo más interesante del libro siendo igual que el resto intuiciones brillantes plenas de subjetividad. ¿Por qué teoría King Kong? Porque King Kong funciona como una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros tal y como se impuso políticamente hacia finales del siglo XIX. King Kong está más allá de la hembra y más allá del macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, entre el adulto y el niño, entre el bueno y el malo, lo primitivo y lo civilizado, el blanco y el negro. Híbrido anterior a la obligación de lo binario. La isla de la película es la posibilidad de una forma de sexualidad polimorfa e hiperpotente (130-131).
Bonito planteamiento si queremos “creerlo”. En todo caso me gusta mucho su planteamiento de que para algunas mujeres el feminismo no es una causa secundaria, un lujo; es una necesidad para sobrevivir, es la única respuesta a la violencia inaudita (162) que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia. El feminismo es una revolución no un reordenamiento de consignas de marketing (…). El feminismo es una aventura colectiva (…). Una visión del mundo, una opción (169).





[1] Virginie Despentes (2018): Teoría King Kong. Random House, Barcelona.
[2] Svetlana Aleksiévich (2015): El fin del “Homo Sovieticus”. Acantilado,  Barcelona,  pp. 10 y 14. Premio Nobel 2015.
[3] Carlo Ginzburg (1981): El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Muchnik, Barcelona, p. 22.