domingo, 23 de julio de 2017

EL PROCESO CATALÁN: DEPURACIONES Y DESCARTES


Primero descartaron a los unionistas, después a los autonomistas, en medio se desembarazaron de los que no tenemos nación ni patria y de los silenciosos o silenciados, ahora les toca a los propios con dudas, a los que dividen  o flojean en un momento en que solo es admisible la lealtad, incluso personal. Los saint-justs de pacotilla ya anuncian que quien no lo vea tan claro como ellos y ellas, den un paso a un lado y dejen pasar a los patriotas de verdad, la depuración está servida en bandeja patriota...

Y justo cuando andaba pensando en quienes excluyen a los que no tienen sentimientos patrióticos puros y auténticos, recordé a mi admirado Camus que fue objeto de aversión, sospecha y odio por aplicar criterios éticos fuera cual fuera la historia que contaran quienes proponen cambios excluyentes y cualquiera que sea la Ciudad Celestial que prometan en el terrenal futuro.


Como a buen entendedor con pocas palabras basta... ahí os dejo este clarividente fragmento:

A partir del momento en que las leyes no hacen reinar la concordia en que se disloca la unidad que debían crear los principios, ¿quién es culpable? Las facciones. ¿Quiénes son los facciosos? Los que por su actividad, niegan hasta la unidad necesaria. La facción divide al soberano. Es, pues, blasfema y criminal. Hay que combatir contra ella. Pero ¿si hay muchas facciones? Todas serán combatidas, sin remisión (178).
Saint-Just proclama entonces el gran principio de las tiranías del siglo XX. <<Un patriota es el que sostiene la república en masa; cualquiera que la combate en detalle es un traidor>>. Quien critica es un traidor, quien no sostiene ostensiblemente la república es un sospechoso. (…) Depura, la palabra es justa, la república, elimina las imperfecciones que vienen a contradecir la voluntad general y la razón universal (181).
ALBERT CAMUS, El hombre rebelde


jueves, 13 de julio de 2017

EL HEROISMO INALCANZABLE DE LA REBELDÍA

Dicen las enciclopedias que un héroe es un hombre famoso, ilustre y reconocido por sus virtudes o hazañas. El coraje, la justicia y la trascendencia (esta última se refiere a las creencias y actos que van más allá de los límites del ego) son las características básicas del heroísmo, es impensable un héroe miedoso o prudente, por ello no le importa morir en los combates a los que se enfrenta (un ejemplo de héroe guerrero es Aquiles). Para que un acto de rebeldía sea digno del calificativo de “heroico” debe tratar de cambiar el sistema, enmendar una injusticia o corregir un error[1]. Pese a su “superioridad”, el héroe rebelde nace y vive entre gente corriente y tiene problemas semejantes que provocan empatía e identificación con él.
Entre la gente corriente hay otros héroes y heroínas que no responden a esta tipología, son personas anónimas (recordemos el acto de audacia de Tess Asplund, la mujer que en mayo de 2016 levanta su puño frente a la cabecera de una manifestación de neonazis violentos en Suecia) y desconocidas para la mayoría, pertenecen a oficios que no suelen considerarse heroicos o a una colectividad sin rasgos de superioridad ni  reconocida como ilustre.

Tess Asplund
Hablo en masculino al referirme a la tipología habitual del héroe ya que aunque este  tiene rasgos diferentes: militante, miliciano, obrero consciente, terrorista, revolucionario, maquis, etc., se adhiere con fiereza  a su género: es varón. La masculinidad se configura como sinónimo de las virtudes heroicas de fuerza, coraje, virilidad, energía, voluntad de acción, solidez de nervios, pero también rectitud moral, generosidad, belleza, nobleza, etc. La otra tipología de héroe permite el femenino porque en ese mundo anónimo tiene cabida la mujer y una heroicidad diferente que es mixta, ensalza virtudes de generosidad, apoyo mutuo, colaboración, empoderamiento, humildad, altruismo, filantropía, emotividad, etc., y la protagonizan personas ordinarias que hacen actos extraordinarios en un momento dado.
En los siglos XIX y XX, la imagen popular del sujeto revolucionario acentúa su carácter masculino, la revolución implica una división de género, las mujeres débiles y oprimidas son socorridas por la intervención salvadora del movimiento revolucionario; rara vez  aparecen las mujeres como sujetos históricos[2]. En momentos excepcionales pueden apropiarse de los caracteres tradicionales de la virilidad tales como llevar uniforme, armas y participar en combates, es el caso excepcional de la miliciana republicana española que enseguida desaparece del frente. A partir de 1937, una estricta división de género se impone y la propaganda republicana transforma a las mujeres en madres llorosas y en víctimas sufridas. En sus discursos inflamados, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, lanza proclamas al mundo entero para que escuche “el grito doloroso de nuestras madres y nuestras esposas”[3]. Es lo que Mary Nash denomina “heroínas de la retaguardia”[4].
Los héroes son varones jóvenes, la juventud se impone como sujeto histórico afirmando su deseo de cambio, su necesidad de acción, su dinamismo y, muchas veces, su rechazo de la tradición que configura la representación del héroe, especialmente en tiempos de guerra.
El imaginario subversivo del siglo XIX y parte del XX se basa en la idea de que el objetivo de la acción revolucionaria es avanzar gracias a un proyecto claramente definido hacia la confrontación decisiva, representada por la metáfora de la gran noche, que crea las condiciones para la construcción de una nueva sociedad. Ese imaginario comporta un conjunto de imágenes, entre las cuales la del pueblo asaltando la Bastilla se mezcla con la de los comuneros de un París sitiado y acompaña a la de los insurgentes tomando el Palacio de Invierno, o la de los trabajadores que ocupan las fábricas y colectivizan las tierras en la España de 1936. En todos los casos aparece el pueblo heroico armado derrocando el poder establecido. En este imaginario revolucionario se constituye un nosotros heroica y sacrificialmente enfrentado al poder, que actúa en una lucha cuerpo a cuerpo y a cara descubierta protagonizando la revolución social que se anuncia como inevitable y que está llamada a abarcar la totalidad de la sociedad[5]. Durante más de un siglo este imaginario subversivo se mantiene en sus rasgos principales: sujeto, proyecto y prácticas políticas. Bien es cierto que hay diferencias importantes en las filas revolucionarias (como mínimo entre marxistas y anarquistas) respecto a las prácticas políticas y, en parte, al proyecto. La importancia que el anarquismo da a la crítica del poder y a la libertad le alejan de las prácticas políticas más distópicas y totalitarias en las que el marxismo navega durante décadas.
El siglo XIX empieza con la Revolución Francesa que sienta las bases  del nacimiento del socialismo. El siglo XX se inicia con la Gran Guerra y el derrumbe del orden europeo que engendra la Revolución Rusa, esperanza liberadora que se propaga por Europa y el mundo. Las grandes narrativas de la Ilustración (emancipación,  progreso, razón, ciencia, etc.) son los cimientos de las utopías que se construyen a lo largo de más de cien años.
Sorprendentemente, las utopías y el antiguo imaginario revolucionario se desintegran y se vuelven obsoletas en unas pocas décadas, los movimientos de Mayo de 1968 ponen sobre la mesa demasiados argumentos críticos contra las utopías y abren paso a duros ataques, protagonizados  desde la historia y la sociología, contra el imaginario subversivo. Si 1968 marca el inicio del cuestionamiento, la caída del muro de Berlín en 1989 indica el momento clave que cierra una época para abrir otra nueva en que las utopías  dejan de ser creíbles para que puedan  seguir fundamentando y legitimando el credo moderno.

Praga 1968
Entre los años setenta y ochenta del siglo XX se abre, por tanto, una época de transición en la que el paisaje intelectual y político conoce un cambio radical, el vocabulario se modifica y los antiguos parámetros son reemplazados[6]. Pero la hecatombe va más lejos,  palabras como revolución o comunismo adquieren un significado diferente, en vez de aspiración o acción emancipadora, evocan un universo totalitario, mientras, por el contrario, palabras como capitalismo, empresa, emprender, etc. se prestigian ante el estupor de quienes viven este proceso endiabladamente rápido.
El siglo XXI nace, por tanto, en 1989 bajo el signo de un eclipse de las utopías, provocado, afirma Traverso, por el fracaso de las revoluciones del siglo XX y la caída del socialismo real, así como por  la disgregación de la memoria obrera. Las formas tradicionales de sociabilidad y de solidaridad obrera son cuestionadas con la crisis del fordismo y el desmembramiento de los grandes polos industriales, auténticos bastiones obreros. El efecto de esta crisis es la quiebra de los marcos sociales de la memoria obrera fundadora de una cultura y una identidad colectivas. Paralelamente entra en crisis el legendario partido de masas que es vector  de formación y transmisión de dicha memoria colectiva[7]. La memoria obrera abandona el espacio público al perder la representación política y la izquierda se queda sin su base social y su cultura, el sentimiento de derrota del movimiento obrero es hoy total, una muestra de ello es que en los antiguos barrios o ciudades del mundo occidental donde el movimiento obrero era fuerte hoy votan, en una simulada revuelta anti establishment, a la extrema derecha de Marine Le Pen, a Donald Trump o al brexit de la Unión Europea, todo ello bajo el creciente nacionalismo que se extiende como alternativa a las viejas utopías.
El cuestionamiento de las revoluciones no se produce solo en la memoria colectiva sino también en la historiografía[8]. Afirma Pérez Ledesma en 1987 que la necesidad del marxismo de unos agentes históricos dotados de capacidades excepcionales para llevar a cabo la revolución conduce a dotar al proletariado de una esencia subversiva que no se basa en constataciones empíricas[9], la evolución histórica de ciento cincuenta años  no se ajusta al modelo general diseñado por Marx y Engels. El proletariado en realidad no es el sujeto político de la revolución, no hay ninguna gran noche que esperar y que alcanzar y la escatología caduca. La ilusión de poder controlar la sociedad en su conjunto implica derivas totalitarias, muy claras en el caso del marxismo, por la voluntad de laminar la expresión de las diferencias en el seno de un proyecto que niega en la práctica el legítimo pluralismo de opciones y valores políticos. Igualmente caducan los acentos mesiánicos[10] de una escatología que trabaja para supeditar la vida a la promesa de un fin y justificar sufrimientos y renuncias en nombre de dicho fin, abstracción que bloquea todo pensamiento crítico[11]. Al quedar amputadas de su potencial emancipador, las revoluciones se perciben hoy como golpes de Estado y puntos de inflexión autoritarios, incluso como antesalas de genocidios[12].

Plaza de Tiananmen, 1989
El eclipse de las utopías reactiva en la actualidad el pasado y con él la importancia de la memoria como discurso, una figura ocupa el centro del  escenario: la víctima. Pero el recuerdo de la víctima parece no poder coexistir con el de sus combates, sus conquistas y sus derrotas, por lo tanto, estas recuperan su nombre, pero las razones de su muerte se pueden volver incomprensibles[13].
Como se dice al principio puede haber otra tipología de lo heroico que nadie, o casi nadie, ha puesto en valor. Cuando Albert Camus se pregunta a si mismo ¿Qué es un hombre rebelde?, responde que es:
“Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato. (…)?”[14].
Camus tiene una manera de entender al hombre[15] en rebeldía como el que se vuelve, planta cara, opone lo que es preferible a lo que no lo es y considera que cuando se rechaza una orden humillante de un superior, no se rechaza solo la orden sino la condición de inferior de quien lo hace. La conciencia de quien dice “no” nace a la luz con la rebeldía[16]. Esta manera de entender al rebelde no está revestida de la retórica heroica del imaginario revolucionario predominante en el siglo XIX y parte del XX; de hecho se reduce muchos grados de intensidad aunque comparte con dicha retórica  la idea del sacrificio en beneficio de un bien que rebasa su propio destino al actuar en nombre de un valor que le es común con todas las personas.
Camus se aleja del imaginario subversivo mucho antes de Mayo de 1968, afirma que el socialismo no es  más que un cristianismo degenerado que mantiene la creencia en la finalidad de la historia y en unos fines ideales, por ese motivo la historia acaba significando premio y castigo (nace el mesianismo colectivista), convirtiéndolo en doctrinas morales. Desde el punto de vista de Camus, Marx mezcla en su doctrina el método crítico con el mesianismo utópico y este método crítico se separa cada vez más de los hechos en la medida en que quiere permanecer fiel a la profecía. El socialismo, por tanto, construye ilusiones a través de un imaginario revolucionario que vive en la espera del fin del mundo y en la parusía del Cristo proletario[17].
El rebelde rechaza las ideas eternas del socialismo, someterse a la humanidad, dice Camus, no es mejor que someterse a un dios. La rebeldía es el movimiento por el que un hombre se levanta contra su condición y la creación entera. De estos planteamientos sobre el rebelde aparecen sujetos desconocidos y poco valorados en su momento y que hoy alcanzan gran relevancia, por ejemplo las víctimas, pero unas víctimas que saben por qué lucha y contra qué.
Si en algún espacio se encuentran las víctimas en el siglo pasado es en los campos de concentración construidos por los nazis (no solo ellos construyen campos pero si fueron los suyos los que llegan a la más inmensa y terrible barbarie). La vida en los Lager sitúan al ser humano ante su propia naturaleza y ante la disyuntiva de decir “sí” o decir “no”, de formar parte de las personas decentes o de las indecentes, según Viktor Frankl las únicas “dos razas de hombres en el mundo”[18]. Convertir en héroe o heroína a una persona puede desvirtuar su figura al colocarlo en un pedestal inalcanzable  ajeno a la vida real y cotidiana. Esto se hace con las víctimas de los campos de concentración cuya memoria subjetiva individual, a menudo alterada por el tiempo y filtrada por experiencias acumuladas, ha pretendido sustituir a la historia.
Esta manera diferente de entender la rebeldía sitúa siempre la revolución en el presente, sin esperar la gran noche, en cada acto personal o colectivo en el que la persona dice “no” y en el carácter irreductible de las prácticas de libertad que se encuentran enraizadas en la propia subjetividad del ser humano, así como en la unión entre vida cotidiana y acción política.



[1] Philip Zimbardo (2008): El efecto Lucifer. El porqué de la maldad. Paidós, Barcelona, p. 564.
[2] Enzo Traverso (2007): A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945). PUV, Valencia, p. 174, 178.
[3] Enzo Traverso (2007): 180.
[4] Mary Nash (1999): Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil. Taurus, Madrid, p. 93.

[5] Tomás Ibáñez (2017): Anarquismo a contratiempo. Virus, Barcelona, p. 68-70.

[6] Enzo Traverso (2012): La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. FCE, Buenos Aires, Argentina, p 11-12.
[7] Enzo Traverso (2012): 292.
[8] En España fue publicado a finales de los años ochenta el libro de Manuel Pérez Ledesma (1987): El obrero consciente. Alianza, Madrid, en el que el autor incide en que la clase obrera tenía más de construcción cultural de una identidad que no de realidad.
[9] Manuel Pérez Ledesma (1987): 17-18.
[10] Resulta muy esclarecedor el libro de George Steiner (1974 [2014]): Nostalgia del absoluto. Siruela, Madrid. Steiner afirma que el decaimiento del cristianismo creó un inmenso vacío relacionado con las percepciones de justicia social, sentido de la historia humana, relaciones mente-cuerpo y lugar del conocimiento en nuestra conducta moral. La nostalgia del Absoluto que generó la erosión del cristianismo, dio lugar a tres mitologías que trataron de cubrir el vacío cumpliendo tres condiciones: pretensión de totalidad; formas reconocibles de inicio y desarrollo; y un lenguaje propio. Estas mitologías elaboradas en Occidente  fueron el marxismo, el psicoanálisis y  la antropología estructural,  las tres antirreligiosas pero cuya estructura, aspiraciones y pretensiones son religiosas en su estrategia y en sus efectos según el autor. Marx, Freud y Lévi-Strauss, son judíos y, según el autor, hay aspectos judaicos específicos en los tres, los tres arrancan de la metáfora compartida del pecado original y cada uno incorpora aspectos del judaísmo como la promesa de redención, el mesianismo utópico, su furia en pro de la justicia, la lógica de la historia o la visión promisoria de Marx.
[11] Tomás Ibáñez (2017): 216-217.
[12] Enzo Traverso (2012): 289. Julián Casanova, “Las revoluciones siempre desembocan en Estados autoritarios”. El Periódico de Cataluña, 7 de mayo 2017. En esta entrevista Casanova afirma que “Las revoluciones hoy están mal vistas, en parte porque siempre se han explicado de forma interesada, poniendo el foco en el final sin aclarar lo que ocurre antes”, p. 11.
[13] Enzo Traverso (2012): 307. Resulta muy interesante la reflexión de Traverso para no confundir memoria con historia y los diferentes tipos de memoria (personal, colectiva, la fabricada por los medios y la industria cultural, las políticas memoriales o el papel que ejerce el derecho sometiendo el pasado a un entramado legislativo que pretende  enunciar su sentido u orientar su interpretación). (vid. Pàgs 281 a 287).
[14] Albert Camus (1951 [2015]): El hombre rebelde. Alianza, Madrid, p. 27.
[15] Mantengo el lenguaje no inclusivo que utiliza el autor y presupongo que lo utilizó como universal incluyendo también a las mujeres.
[16] Albert Camus (1951 [2015]): 29.
[17] Albert Camus (1951 [2015]): 262 y 292.
[18] Viktor Frankl (1946 [2015]): El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona, p. 115.

lunes, 3 de julio de 2017

JULIÁN VADILLO MUÑOZ, Por el pan, la tierra y la libertad El anarquismo en la Revolución rusa.

Los aniversarios de acontecimientos históricos siempre favorecen que se editen libros sobre el tema, en este caso concreto, la Revolución rusa no es hoy conmemorada por las nuevas autoridades rusas y pocas dudas quedan sobre la tremenda dimensión totalitaria que tuvo la revolución desde sus inicios.


El imaginario subversivo del siglo XIX y parte del XX se basa en la idea de que el objetivo de la acción revolucionaria es avanzar gracias a un proyecto claramente definido hacia la confrontación decisiva, representada por la metáfora de la gran noche, que crea las condiciones para la construcción de una nueva sociedad. Ese imaginario comporta un conjunto de imágenes, entre las cuales la de los insurgentes tomando el Palacio de Invierno es una de las más potentes. En todos los casos aparece el pueblo heroico armado derrocando el poder establecido. En este imaginario revolucionario se constituye un nosotros heroica y sacrificialmente enfrentado al poder, que actúa en una lucha cuerpo a cuerpo y a cara descubierta protagonizando la revolución social que se anuncia como inevitable y que está llamada a abarcar la totalidad de la sociedad. Durante más de un siglo este imaginario subversivo se mantiene en sus rasgos principales: sujeto, proyecto y prácticas políticas. Bien es cierto que hay diferencias importantes en las filas revolucionarias (como mínimo entre marxistas y anarquistas) respecto a las prácticas políticas y, en parte, al proyecto. La importancia que el anarquismo da a la crítica del poder y a la libertad le alejan de las prácticas políticas más distópicas y totalitarias en las que el marxismo navega durante décadas.
El siglo XIX empieza con la Revolución Francesa que sienta las bases  del nacimiento del socialismo. El siglo XX se inicia con la Gran Guerra y el derrumbe del orden europeo que engendra la Revolución Rusa, esperanza liberadora que se propaga por Europa y el mundo. Las grandes narrativas de la Ilustración (emancipación,  progreso, razón, ciencia, etc.) son los cimientos de las utopías que se construyen a lo largo de más de cien años.
Sorprendentemente, las utopías y el antiguo imaginario revolucionario se desintegran y se vuelven obsoletas en unas pocas décadas, los movimientos de Mayo de 1968 ponen sobre la mesa demasiados argumentos críticos contra las utopías y abren paso a duros ataques, protagonizados  desde la historia y la sociología, contra el imaginario subversivo. Si 1968 marca el inicio del cuestionamiento, la caída del muro de Berlín en 1989 indica el momento clave que cierra una época para abrir otra nueva en que las utopías  dejan de ser creíbles para que puedan  seguir fundamentando y legitimando el credo moderno.
Entre los años setenta y ochenta del siglo XX se abre, por tanto, una época de transición en la que el paisaje intelectual y político conoce un cambio radical, el vocabulario se modifica y los antiguos parámetros son reemplazados. Pero la hecatombe va más lejos,  palabras como revolución o comunismo adquieren un significado diferente, en vez de aspiración o acción emancipadora, evocan un universo totalitario, mientras, por el contrario, palabras como capitalismo, empresa, emprender, etc. se prestigian ante el estupor de quienes viven este proceso endiabladamente rápido.

El libro de Vadillo no es un libro de celebración o recuerdo nostálgico de la Revolución sino que estamos ante un buen libro de divulgación sobre el anarquismo en la Revolución rusa. El libro está dividido en ocho capítulos de los que la mitad están dedicados a sentar los precedentes de la Revolución de octubre de 1917 y la presencia del anarquismo en Rusia. Especialmente interesante es el capítulo VI dedicado a la llamada “epopeya majnovista” en la que el protagonismo militar y organizativo del anarquismo es muy destacado en una zona concreta de Ucrania. Igualmente destaca el capítulo VII dedicado a la insurrección de Kronstadt (1921) en la que el anarquismo tuvo también un cierto protagonismo.
La derrota de Kronstadt y la de los guerrilleros de Majnó marcaron el final del anarquismo en Rusia. Durante el año 1921 todas las estructuras que persistieron en el interior de Rusia de los anarquistas fueron proscritas, sus centros y periódicos clausurados y sus militantes perseguidos y encarcelados.
Los que lograron huir y establecerse en el exilio, pudieron desarrollar estructuras para la defensa de los presos anarquistas, uno de los organismos que se creó fue la Cruz Negra Anarquista que defendía los derechos de los presos/as. A la altura de 1938 ya no quedaban anarquistas en el interior de Rusia.
Una se pregunta el efecto que tuvo el testimonio de estos hombres y mujeres perseguidos/as sobre el entusiasmo que en esos momentos difundía el comunismo europeo y que costó mucho desmantelar, como mínimo hasta finales de los años sesenta, momento en que las intervenciones militares en Hungría y Checoslovaquia dejaban pocas dudas sobre el totalitarismo soviético.
El libro de Vadillo no deja dudas sobre el hecho de que esa tendencia totalitaria existió desde el minuto uno de la llegada de los bolcheviques al poder, algo que hace mucho que es conocido ya que en 1920 una comisión de la CNT, encabezada por Ángel Pestaña, Gaston Leval y Fernando de los Ríos, aterrizó en Moscú para elaborar un informe sobre el carácter de la Revolución. A partir de la entrevista de Pestaña con Lenin, la asistencia -y participación- en congresos políticos y sindicales, etc, la comisión pudo elaborar una serie de documentos con lo visto en su viaje a Moscú, y con las críticas pertinentes para enviar a España: el conocido como “Informe Pestaña”.
Dicho informe llegó a España en 1921 y se publicó a principios de 1922, provocando que todo el movimiento anarquista y anarcosindicalista dejara de apoyar a la Unión Soviética bajo un enorme compendio de críticas hacia la ya existente centralización, burocracia y separación entre el Partido –ya consagrado como una nueva clase dominante por encima del proletariado- y las masas. Al “Informe Pestaña”, además, se le sumaron las críticas provenientes de grandes figuras internacionales del anarquismo tales como Emma Goldman o Rudolf Rocker.


viernes, 23 de junio de 2017

ANDRÉ LÉO, La guerra social

En 1867 se fundó la Liga para la Paz y la Libertad, Bakunin se unió a esta organización con la idea de que en su congreso se aprobara un programa socialista revolucionario. Sin embargo la Liga no iba por esa dirección y las posiciones de Bakunin fueron derrotadas en 1868, abandonando la organización a partir de ese año.
Tres años después, André Léo realizó el discurso, “La guerra social”, en el Congreso de la Liga, ofreciendo su testimonio sobre la experiencia de la Comuna.
Léodile Béra, más conocida por André Léo (1824-1900), nació en el seno de una familia acomodada de la burguesía media y por ello pudo acceder a estudiar y a consultar la biblioteca familiar.
Se casó en 1851 con el socialista Grégoire Champseix, redactor de revistas liberales. De su unión nacieron en 1853, dos gemelos de nombre: André y Léo, de ahí su seudónimo. Su marido murió en 1863.
André Léo fue novelista y presentó en sus obras una amplia panorámica de la sociedad de la segunda mitad del siglo XIX en la que aparecían las condiciones de vida de la mujer, su sumisión al hombre y la tradición de los matrimonios por conveniencia. Con sus novelas pretendía educar en la virtud y moralizar las costumbres.
Difundió también la idea de la necesidad de las asociaciones obreras para mejorar sus condiciones de trabajo.
En 1869 entró en relación con el semanario   L’Egalité y, por tanto, con Bakunin y otros redactores de su ideología. Sostuvo discrepancias con ellos por su tolerancia con respecto al papel que podían tener en la transformación social los pequeños burgueses y el campesinado.
Militó en favor de los derechos de la mujer y tuvo una actuación importante en la Comuna de París, por cuyo motivo se tuvo que exiliar en Suiza. Tras la amnistía de 1880 pudo volver a Francia donde acabó sus días en soledad.


La defensa de los derechos de la mujer
Desde 1868 participó en reuniones públicas donde se entablaron debates sobre diversos temas relacionados con la emancipación de la mujer, poco después formó parte de un grupo de mujeres (también había algún hombre) entre las que estaban Maxime Breuil, Maria Deraismes (1828-1894), feminista y francmasona que fundó L’Association pour le droit des femmes; Paulina Mekarska, Paule Minck (1839-1901), periodista y francmasona de origen polaco, fue una de las fundadoras de la feminista Société Fraternelle de l’Ouvrière y militó en el Parti Ouvrier Français. En estos debates se trataron temas relacionados con la condición de las mujeres, el trabajo y la educación de estas.
Bajo el impulso de estos debates se organizaron reuniones en casa de Léo que culminaron en 1869 en la constitución de la Société de revendication des droits de la femme, en ella se integraron Louise Michel (1830-1905), Maria Deraismes, Élie Reclus (1827-1904), hermano mayor de Elisée Reclus y Marthe Noémie Reclus. Los fines de esta asociación eran informar y educar para lograr una sociedad más justa. Redactaron un manifiesto que pedía la reforma del Código Civil que ignoraba los derechos de las mujeres.
André Léo colaboró en el periódico Le Droit des Femmes donde publicó un importante tratado sobre la condición de la mujer: La femme et les moeurs, Liberté ou monarchie. En este tratado hizo una evaluación histórica de la condición de la mujer y replicó a aquellos pensadores (como Proudhon) que justificaron la inferioridad de la mujer. Era defensora decidida de la unidad de todas las mujeres para luchar por su emancipación.

La militante política de la Comuna
Desde el 18 de marzo de 1871, André Léo se consagró a la causa de la Comuna, fue periodista, oradora y se adhirió a diferentes comités: el Comité de Vigilancia de Montmartre, el de ciudadanas del distrito 17 y el del distrito 10 de la Unión de Mujeres para la defensa de París y el cuidado de los heridos (sección francesa femenina de la Internacional). Los comités dirigían talleres de trabajo, reclutaban ambulancias, prestaban asistencia a las familias indigentes de los federados, enviaban oradoras a los clubs, etc.
Durante la Comuna escribió artículos relatando los sucesos que se producían y cuando fue derrotada la defendió de las acusaciones de violencia en el discurso, “La Guerra Social” (1871), realizado por invitación de la Liga para la Paz y la Libertad. En esta intervención afirmó que la mayor parte de los asesinatos  no los produjo la Comuna sino la “gente de orden”.
Cuestionó además a los republicanos que temían por encima de todo la llamada democracia popular que representó la Comuna, temían en definitiva el París socialista.
Entre los aspectos que destacó Léo en su discurso estaban en primer lugar el tema de la educación que fue liberada de la religión, pero que se restauró con la derrota. En segundo lugar Léo destacó que la igualdad y libertad iban unidas y que la libertad era muy valiosa: “Ser libre es estar en posesión de todos los medios para desarrollarse de acuerdo a nuestra naturaleza” (46).
Léo era bastante heterodoxa y discrepaba con Bakunin en algunas cuestiones como en la necesidad de formar una alianza de todos los “demócratas sinceros”, aun reconociendo que entre los demócratas liberales y los socialistas había un asunto principal que los dividía, la cuestión del capital. Por ese motivo para lograr una doctrina  que proclamaba el derecho de los desheredados debía atraerse a la causa, no solo a los pobres sino “a todos los descontentos con el orden actual, a todos los egoísmos ofendidos, a todas las ambiciones burladas (…)” (55).
Por último, logró sintetizar las facetas de la vida de un pensador afirmando que este tenía “el derecho para sí mismo de ir tan lejos como le sea posible y explorar el absoluto, y el deber de ser entendido por los demás” (58).

Estas manifestaciones de Léo provocaron que se le retirara la palabra.

martes, 13 de junio de 2017

NO EN MI NOMBRE, PUIGDEMONT

Uno de los efectos indeseados de cualquier nacionalismo (lo subrayo más que nada porque siempre que hablo del nacionalismo catalán tengo que decir que incluyo al español, al malayo, al guatemalteco y a su pastelera madre para no parecer sospechosa)  es la creación de un “relato de la nación” que implica manipulación del lenguaje y del contenido de cualquier información.
Resulta indignante que el Sr. Puigdemont diga que piensa ir al Parlamento español para “explicar lo que piensan hacer los catalanes”, ¿a qué catalanes se refiere este señor?, seguramente se refiere a quienes él representa con los votos obtenidos, es decir, a Junts pel sí; es posible que incluya también a la CUP, compañero de andanzas de los primeros. Sin embargo, resulta que quienes votaron a estos partidos no son los catalanes, son una parte de los catalanes, una parte que ni siquiera llega al 50%. Pese a tal evidencia, se consideran con el “derecho democrático” de denunciar déficits democráticos ajenos sin mirar los propios, denunciar corrupciones ajenas sin mirar las propias y así hasta el infinito.
Pero distorsionar los hechos  bien poco importa si estropean el “relato nacional”. Si estas narrativas se realizan desde el poder, como ocurre en Cataluña, la creación de falsas verdades (de la postverdad) y de mitos busca producir silencio entre quienes no se las “creen”, mientras  que, repetidos hasta la saciedad por los fieles creyentes, se convierten en “verdades”, en falsas verdades, pero eso poco importa. Estas “verdades” no se pueden poner en cuestión sin correr el riesgo de ser condenados como traidores, o  botiflers a la catalana, a la patria. Resulta más cómodo guardar silencio que separar la verdad de la falsedad, ese es el peligro de los mitos que, opuestos a la explicación racional del mundo,  hay que aceptarlos completos aunque sustituyan a la realidad. Todos los nacionalismos sin excepción pretenden  construir y controlar el “relato de la nación”, vivir en un territorio que está en plena construcción de dicho “relato” significa escuchar o leer  continuamente el simplista relato nacional (o independentista como le gusta a la izquierda que teme el término nacionalismo como a una mala pena) que ha ido creciendo al calor del poder y de sus recursos (medios de comunicación, ediciones, congresos, museos, becas, etc.) voceados desde las instituciones, desde la voz “autorizada” de diputados/as, políticos/as, miembros de la llamada sociedad civil o comentaristas de cualquier medio de comunicación que de pronto son expertos/as en historia, en economía, en sociología, en filosofía y en otras muchas  materias.
Y ahí estamos, aguantando su postverdad, soportando a unos dirigentes y sus aliados “anticapitalistas” (sic) hablando en mi nombre (y en el de la mitad de la población catalana).


¡¡Puigdemont, no me representas, no hables en mi nombre!!


sábado, 3 de junio de 2017

DUDAS SOBRE LA DEMOCRACIA ACTUAL

La democracia actual poco tiene que ver con la res publica, es una democracia de libre mercado que se desdibuja a pasos agigantados frente a la burocracia global y que asume las funciones que los mercados le marcan. El mundo camina hacia la centralización, hacia la concentración del dinero y del poder, en definitiva, hacia nuevas formas de totalitarismo. Seguramente el control no será idéntico al del siglo pasado y es posible que nos aguarde, como señala Imre Kertész, un fascismo discreto con abundante parafernalia biológica, supresión total de las libertades [por supuesto por nuestro bien, por nuestra seguridad] y relativo bienestar económico en el mundo rico.

Tampoco es descartable una guerra mundial que no pocos sociólogos llevan tiempo anunciando y que diferentes dirigentes, entre los que destacan Donald Trump o Vladimir Putin, nos están acostumbrando a su posibilidad. De momento no sabemos aún quienes la libraran y cuál será su escenario principal. Los rostros del odio, del racismo, del machismo, del nacionalismo exacerbado cobran delante de nuestros ojos expresiones terribles (leamos las palabras de furia del discurso de Donald Trump en su toma de posesión como presidente o de Marine Le Pen o de Benjamín Netanyahu o de cualquiera de los líderes de extrema derecha que avanzan posiciones en diversos países europeos) y vuelve a experimentarse la embriaguez colectiva que tanto nos recuerda a lo ocurrido en la década de 1930.
Quizás alguien pueda pensar que este panorama es exagerado y catastrofista, una reacción habitual que recuerda a otras que se han dado en la larga historia de la humanidad poco antes de grandes guerras.
En 1938 y 1939, poco antes de morir, Joseph Roth, en artículos recogidos en La filial del infierno en la tierra, escribía sobre la verdad (en cierto sentido sobre lo que hoy llamamos postverdad):
La adulteración de la verdad se consigue en el periodo más corto de tiempo recurriendo a la exageración o a la simple negación de la realidad. (…) La verdad requiere propagación, pero no “propaganda”.  Sé que mientras nosotros nos esforzamos por decir la verdad, en un simple papel, el altavoz ya está allí preparado para el transmisor de mentiras (…). Aun así nosotros hablamos. Aun así, escribimos. Porque sabemos que las palabras veraces no mueren. Nuestra fe es sólida, porque no teme la duda. Al contrario, ésta la refuerza. 
Roth se devanaba los sesos sobre cómo expresar lo inexpresable. 
El círculo de fascinación de la mentira, que los criminales levantan en torno a sus fechorías, paraliza la palabra y a los escritores, que están a su servicio. 
Y daba vueltas y vueltas sobre la necesidad de tomar la palabra (…) la palabra amenazada por la paralización. Sin embargo, se desesperaba, ya exiliado en París, por la indiferencia de los países europeos ante lo que estaba sucediendo en Alemania tras la llegada al poder de Hitler en 1933:

La quema de libros, la expulsión de los escritores judíos y todos los demás desvaríos (…) pretenden aniquilar el espíritu. (…) la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa.(…) los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe. Si el humanitarismo se percibe como excepcional, ello significa que la inhumanidad es lo acostumbrado. Lo natural se convierte sin más en sobrenatural. (…) Nada es tan brutal como la indiferencia frente a lo que ocurre en el terreno de lo humano. 

martes, 23 de mayo de 2017

VIKTOR FRANKL, El hombre en busca de sentido

Este libro, como dice José Benigno Freire en el Prefacio, es un texto sobre la capacidad de grandeza y de miseria que anida en el interior del hombre, convirtiéndose en un canto esplendoroso a la libertad (20).

¿Estamos ante un testimonio más de los campos de concentración?
Soy de la opinión que nunca habrá bastantes testimonios publicados sobre los Lager puesto que cada persona de los millones que murieron  vivió, perdió y sufrió de manera diferente a las otras personas, dicha experiencia. No me vale con decir murieron tantos miles o tantos millones, cada experiencia individual es lo único que nos puede dar la dimensión de la tragedia porque detrás de cada persona hay una vida completa de vivencias, proyectos, emociones, ilusiones, etc., que fue aniquilada por la barbarie.



Pero memoria no es historia…
También es cierto que memoria no es historia y es necesario no confundirlas como se hace habitualmente y que el historiador Enzo Traverso define de forma clarificadora en su libro, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX.

Memoria: es el conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado. Es una representación del pasado que se construye en el presente, el resultado de un proceso en el que interactúan varios elementos, cuyo papel, importancia y dimensión varían según las circunstancias.
Historia: es el discurso crítico sobre el pasado, una reconstrucción de los hechos y acontecimientos pasados tendiente a su examen contextual y a su interpretación. Concebida como un relato objetivo del pasado elaborado según reglas, la historia se emancipó de la memoria, o bien rechazándola como un obstáculo, o bien atribuyéndole un estatus de fuente susceptible de ser explotada con el rigor y la distancia  crítica propios de todo trabajo científico.
Sin embargo existe también una memoria histórica: es la memoria de un pasado que percibimos como clausurado y que ha entrado, a partir de entonces, en la historia. Es decir un “acaecido” vivo y archivado a la vez. La escritura de la historia del siglo XX es un ejercicio de equilibrio sobre una cuerda suspendida entre estas dos temporalidades:
--Por un lado, sus actores han adquirido, por su calidad de testigos, un estatus incuestionable de fuente para los investigadores.
--Por otro lado, los investigadores trabajan sobre una materia que interroga constantemente sus vivencias personales, cuestionando su propia posición.

Estamos ante un testimonio-memoria excepcional…
…porque se trata del testimonio de un psicólogo que trata de responder a una pregunta: ¿Cómo se veía afectada la psicología del prisionero por el día a día en un campo de concentración? La respuesta la lleva a cabo a través de “El informe del prisionero nº 119.104”, o sea él mismo.
Partiendo de su experiencia Frankl dedujo que no es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Conclusión fundamental en su postura dentro de las escuelas de psicología basada en el concepto de sentido de la vida y en la logoterapia que también es explicada brevemente al final del libro.
Algunas afirmaciones que me interesan:
1. Una muy habitual: (…) los mejores no regresaron (36), solo los que perdieron todos los escrúpulos en su lucha por la supervivencia regresaron.
2. La entrada en Auschwitz suponía llegar a la inmensa y terrible barbarie con los estridentes gritos de mando, los bramidos ásperos de los campos que parecían los estertores de una víctima, roncos y cortantes (42).
3. En los campos solo poseíamos la existencia desnuda, éramos solo un cuerpo (48).
4. La insensibilidad y el vacío emocional era el necesario escudo protector para sobrevivir en el Lager (56 y 65).
5. Pese a la bajeza física y mental imperantes en el campo, podía cultivarse una profunda vida espiritual. Quienes la tenían podían reducir el daño infligido a su ser intimo (67-68).
6. La salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor (69).
7. La supervivencia propia y de los amigos conducía a la pérdida de los principios morales que hubiera podido tener una persona antes del internamiento (80) Esta afirmación está desarrollada más ampliamente en esa página y la 81. Muy recomendable.
8. El maltrato que padecía el prisionero se basaba en su degradación como persona (es decir, tratarlo como si no fuéramos nada, como si no existiéramos) más el hambre y la falta de sueño. El maltrato conducía a la apatía y a la muerte (92).
9. Pese a todo, el hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental (95). Al hombre se le puede arrebatar todo excepto la libertad humana –la libre elección de la acción personal ante las circunstancias- para elegir el propio camino. Es esa libertad interior la que confiere a la vida intención y sentido.
10. El sufrimiento como parte sustancial de la vida que ayuda a madurar.

Y una última cita:
(…) hay dos razas de hombres en el mundo, solo dos: la de los hombres decentes y la de los indecentes. (…)
La historia nos brindó la oportunidad de conocer la naturaleza humana quizá como ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración (115).
Un testimonio que te hará pensar y comprender algo más sobre la existencia humana.


sábado, 13 de mayo de 2017

TOMÁS IBÁÑEZ, Anarquismos a contratiempo.

Presentación en Barcelona, 6 de mayo.


La presentación del libro se produjo en una mañana soleada en el Ágora Juan Andrés Benítez, al aire libre bajo unas carpas que nos protegieron del sol. Mientras transcurrió la presentación del libro otras personas pululaban por el ágora plantando plantas, tomando una cerveza o charlando. Las niñas/os correteaban con juguetes que había en una zona del espacio okupado y varias personas preparaban una fideua en un lateral. El acto lo inició Miguel de la editorial Virus y tras él Tomás Ibañez realizó su intervención sobre aquellos aspectos del libro que consideró más relevantes. Le siguió Iru Moner que planteó su lectura desde la militancia en l’Heura Negra, asamblea libertaria de Vallcarca. La última intervención fue la mía cuyo contenido es el que sigue:


Tomás Ibáñez, para acercarse a su personalidad y a su militancia lo mejor es la lectura de la “Conversación biográfica” por Freddy Gómez, en el capítulo “Momentos de un itinerario”.
Conocí a Tomás a través de su libro, ¿Por qué @ [a circulada]? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas, cuando redactaba mi libro, Historia del anarquismo en España, en 2013. Me puse en contacto con él para preguntarle algunas cuestiones y enseguida me contestó con la amabilidad y generosidad que le caracterizan. Luego me ayudó a presentar mi libro en Vilanova i la Geltrú y casi al mismo tiempo compartí redacción con él en la revista Libre Pensamiento hasta hoy mismo.
Desde entonces he aprendido mucho de él, de su atención cuando escucha a las demás personas, de su clara inteligencia a la hora de percibir la actualidad, de su claridad de ideas, de su carácter indomable y rebelde.
Como muy bien dice él mismo: en el movimiento anarquista no se “está” sino que se “vive” y él vive ahí intensamente desde (casi) siempre.
El espacio elegido para esta presentación no puede ser más adecuado, esta Ágora Juan Andrés Benítez es un espacio liberado por los vecinos y vecinas del Rabal en memoria de Juan Andrés Benítez asesinado por la policía el 5 octubre 2013. Este solar reconvertido en plaza pública, en ágora antiautoritaria y antirepresiva es el espacio  más adecuado para presentar este libro.
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Algunas  reflexiones que me ha producido la lectura del libro de Tomás Ibáñez[1]:
La pertinencia del título, Anarquismos en plural, no hay uno sino muchos anarquismos,  porque la anarquía es un fenómeno que se construye por prácticas contingentes y cambiantes, no puede seguir siendo ella misma si no varía (13), no hay pureza original que haya que guardar como si de un templo sagrado se tratara. A contratiempo, Tomás incide en la importancia de pensar y actuar a contratiempo, pero sin dejar por ello de pertenecer a nuestro tiempo. O lo que es lo mismo, sintonizar con el presente y, a la vez, contradecirlo de manera radical (206), aunque eso coseche mala reputación y cotizar a la baja en la respetabilidad mediática (211).
Este libro está en su tiempo, en el siglo XXI, ya que es el resultado de diversos textos escritos entre 2006 y 2016, en varias revistas, especialmente Réfractions y Libre Pensamiento.
Se han agrupado en cinco bloques temáticos: Sobre anarquismo y revolución, Sobre anarcosindicalismo, En torno al poder, el Estado y la libertad, El contexto actual y Momentos de un itinerario[2].
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Algunos aspectos interesantes:
1- La relación entre el poder y la libertad es el centro de la cuestión política en el anarquismo (183). La cuestión del poder es lo que hace la especificidad del anarquismo (224). La libertad no la podemos concebir como una sustancia, como una cosa que podría tenerse en cantidad más o menos grande, o como un estado en el que uno puede encontrarse, sino que la libertad es algo que, como el poder, solo existe en y a través de su ejercicio, es decir, siempre y solamente las prácticas de libertad.
2- El desconcierto por la desaparición de nuestros antiguos referentes, cuesta trabajo situarnos en el nuevo panorama y el capitalismo sigue en pie, la explotación permanece…, pero la buena noticia es que el poder no puede ejercerse sin engendrar resistencias (228-229).



3- La dominación se ha diversificado más que antaño y ha proliferado por fuera del ámbito del trabajo productivo (resta fuerza al movimiento obrero), no se trata solo de extraer plusvalía de la fuerza de trabajo sino de todas las actividades que las personas llevan a cabo fuera de su empleo y que genera beneficios al capitalismo: sus ahorros, su ocio, la salud, su vivienda, la educación, los cuidados, etc. Se produce en la actualidad una mercantilización y control de la vida cotidiana  para hacer ver las cosas de una determinada manera y conseguir que se acepten sin necesidad de coerción (230).
4- Debemos ser resueltamente nacionalicidas, luchar contra la función política que cumple el concepto de “nación” y denunciar los enormes recursos de todo tipo que se invierten en la construcción simbólica y en el mantenimiento de la realidad nacional, tanto si se trata de naciones con Estado como sin Estado, porque en cuanto partícipes de las ideas libertarias no es que queramos una nación sin Estado, es que no queremos ni un Estado ni una nación (262).
5- Un punto débil: las pocas referencias, aunque las hay, al Feminismo. Sin embargo Tomás Ibáñez nos da instrumentos suficientes como para enriquecer el feminismo(s) desde la perspectiva anarquista. Mencionaré solo tres entre los posibles:
* Recomponer un imaginario subversivo y producir una subjetividad política radicalmente refractaria a la sociedad en la que vivimos, destacando la libertad y la autonomía, son aspectos relevantes de los diversos feminismos y, en concreto, del anarquista (223). La defensa de la libertad y la autonomía constituyó el legado de Mujeres Libres que llega hasta hoy y que se fundamenta en el desarrollo de la independencia psicológica y de la autoestima, solo factible poniendo en valor, además de la lucha social, la lucha individual, la llamada “emancipación interna” (Emma Goldman y Teresa Claramunt).
* Impulsar modos de lucha que diluyan identidades, que ayuden a politizar la existencia y que alumbren nuevas subjetividades radicalmente insumisas, son propuestas actuales en las que navegan los feminismos de la tercera ola desde los años 90.
* La insistencia en que el poder, en cuanto que elemento de tipo relacional, es constitutivo de lo social y que se genera constantemente en el seno de las propias relaciones sociales es una aportación importante a los feminismos, especialmente el anarquista, al igual que la necesidad de identificar las formas más perniciosas de la dominación (335); algo que nos interesa a todas las personas, especialmente a las mujeres. Los efectos de la dominación moldean la vida cotidiana, pautan los estilos de vida, constituyen la forma de ser, sentir, desear, pensar y relacionarse entre sí de las personas, entre los géneros, y  configuran sus imaginarios. Deconstruir esos dispositivos de dominación es muy complejo y ahí el feminismo anarquista tiene mucho que aportar.
Y para terminar:
Una afirmación recogida en su “Conversación biográfica”:
Se debe “(…) desclavar el anarquismo de su pasado, lo que no significa renegar de él u olvidarlo. Más bien consiste en agitarlo para que asuma todos los riesgos de una auténtica inmersión en el siglo”.




[1] Mantengo los números de las páginas entre paréntesis de donde he sacado las referencias que señalo
[2] En rojo las palabras que destaco y que se repiten muchas veces en el libro de Tomás Ibáñez.