martes, 23 de mayo de 2017

VIKTOR FRANKL, El hombre en busca de sentido

Este libro, como dice José Benigno Freire en el Prefacio, es un texto sobre la capacidad de grandeza y de miseria que anida en el interior del hombre, convirtiéndose en un canto esplendoroso a la libertad (20).

¿Estamos ante un testimonio más de los campos de concentración?
Soy de la opinión que nunca habrá bastantes testimonios publicados sobre los Lager puesto que cada persona de los millones que murieron  vivió, perdió y sufrió de manera diferente a las otras personas, dicha experiencia. No me vale con decir murieron tantos miles o tantos millones, cada experiencia individual es lo único que nos puede dar la dimensión de la tragedia porque detrás de cada persona hay una vida completa de vivencias, proyectos, emociones, ilusiones, etc., que fue aniquilada por la barbarie.



Pero memoria no es historia…
También es cierto que memoria no es historia y es necesario no confundirlas como se hace habitualmente y que el historiador Enzo Traverso define de forma clarificadora en su libro, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX.

Memoria: es el conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado. Es una representación del pasado que se construye en el presente, el resultado de un proceso en el que interactúan varios elementos, cuyo papel, importancia y dimensión varían según las circunstancias.
Historia: es el discurso crítico sobre el pasado, una reconstrucción de los hechos y acontecimientos pasados tendiente a su examen contextual y a su interpretación. Concebida como un relato objetivo del pasado elaborado según reglas, la historia se emancipó de la memoria, o bien rechazándola como un obstáculo, o bien atribuyéndole un estatus de fuente susceptible de ser explotada con el rigor y la distancia  crítica propios de todo trabajo científico.
Sin embargo existe también una memoria histórica: es la memoria de un pasado que percibimos como clausurado y que ha entrado, a partir de entonces, en la historia. Es decir un “acaecido” vivo y archivado a la vez. La escritura de la historia del siglo XX es un ejercicio de equilibrio sobre una cuerda suspendida entre estas dos temporalidades:
--Por un lado, sus actores han adquirido, por su calidad de testigos, un estatus incuestionable de fuente para los investigadores.
--Por otro lado, los investigadores trabajan sobre una materia que interroga constantemente sus vivencias personales, cuestionando su propia posición.

Estamos ante un testimonio-memoria excepcional…
…porque se trata del testimonio de un psicólogo que trata de responder a una pregunta: ¿Cómo se veía afectada la psicología del prisionero por el día a día en un campo de concentración? La respuesta la lleva a cabo a través de “El informe del prisionero nº 119.104”, o sea él mismo.
Partiendo de su experiencia Frankl dedujo que no es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Conclusión fundamental en su postura dentro de las escuelas de psicología basada en el concepto de sentido de la vida y en la logoterapia que también es explicada brevemente al final del libro.
Algunas afirmaciones que me interesan:
1. Una muy habitual: (…) los mejores no regresaron (36), solo los que perdieron todos los escrúpulos en su lucha por la supervivencia regresaron.
2. La entrada en Auschwitz suponía llegar a la inmensa y terrible barbarie con los estridentes gritos de mando, los bramidos ásperos de los campos que parecían los estertores de una víctima, roncos y cortantes (42).
3. En los campos solo poseíamos la existencia desnuda, éramos solo un cuerpo (48).
4. La insensibilidad y el vacío emocional era el necesario escudo protector para sobrevivir en el Lager (56 y 65).
5. Pese a la bajeza física y mental imperantes en el campo, podía cultivarse una profunda vida espiritual. Quienes la tenían podían reducir el daño infligido a su ser intimo (67-68).
6. La salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor (69).
7. La supervivencia propia y de los amigos conducía a la pérdida de los principios morales que hubiera podido tener una persona antes del internamiento (80) Esta afirmación está desarrollada más ampliamente en esa página y la 81. Muy recomendable.
8. El maltrato que padecía el prisionero se basaba en su degradación como persona (es decir, tratarlo como si no fuéramos nada, como si no existiéramos) más el hambre y la falta de sueño. El maltrato conducía a la apatía y a la muerte (92).
9. Pese a todo, el hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental (95). Al hombre se le puede arrebatar todo excepto la libertad humana –la libre elección de la acción personal ante las circunstancias- para elegir el propio camino. Es esa libertad interior la que confiere a la vida intención y sentido.
10. El sufrimiento como parte sustancial de la vida que ayuda a madurar.

Y una última cita:
(…) hay dos razas de hombres en el mundo, solo dos: la de los hombres decentes y la de los indecentes. (…)
La historia nos brindó la oportunidad de conocer la naturaleza humana quizá como ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración (115).
Un testimonio que te hará pensar y comprender algo más sobre la existencia humana.


sábado, 13 de mayo de 2017

TOMÁS IBÁÑEZ, Anarquismos a contratiempo.

Presentación en Barcelona, 6 de mayo.


La presentación del libro se produjo en una mañana soleada en el Ágora Juan Andrés Benítez, al aire libre bajo unas carpas que nos protegieron del sol. Mientras transcurrió la presentación del libro otras personas pululaban por el ágora plantando plantas, tomando una cerveza o charlando. Las niñas/os correteaban con juguetes que había en una zona del espacio okupado y varias personas preparaban una fideua en un lateral. El acto lo inició Miguel de la editorial Virus y tras él Tomás Ibañez realizó su intervención sobre aquellos aspectos del libro que consideró más relevantes. Le siguió Iru Moner que planteó su lectura desde la militancia en l’Heura Negra, asamblea libertaria de Vallcarca. La última intervención fue la mía cuyo contenido es el que sigue:


Tomás Ibáñez, para acercarse a su personalidad y a su militancia lo mejor es la lectura de la “Conversación biográfica” por Freddy Gómez, en el capítulo “Momentos de un itinerario”.
Conocí a Tomás a través de su libro, ¿Por qué @ [a circulada]? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas, cuando redactaba mi libro, Historia del anarquismo en España, en 2013. Me puse en contacto con él para preguntarle algunas cuestiones y enseguida me contestó con la amabilidad y generosidad que le caracterizan. Luego me ayudó a presentar mi libro en Vilanova i la Geltrú y casi al mismo tiempo compartí redacción con él en la revista Libre Pensamiento hasta hoy mismo.
Desde entonces he aprendido mucho de él, de su atención cuando escucha a las demás personas, de su clara inteligencia a la hora de percibir la actualidad, de su claridad de ideas, de su carácter indomable y rebelde.
Como muy bien dice él mismo: en el movimiento anarquista no se “está” sino que se “vive” y él vive ahí intensamente desde (casi) siempre.
El espacio elegido para esta presentación no puede ser más adecuado, esta Ágora Juan Andrés Benítez es un espacio liberado por los vecinos y vecinas del Rabal en memoria de Juan Andrés Benítez asesinado por la policía el 5 octubre 2013. Este solar reconvertido en plaza pública, en ágora antiautoritaria y antirepresiva es el espacio  más adecuado para presentar este libro.
***

Algunas  reflexiones que me ha producido la lectura del libro de Tomás Ibáñez[1]:
La pertinencia del título, Anarquismos en plural, no hay uno sino muchos anarquismos,  porque la anarquía es un fenómeno que se construye por prácticas contingentes y cambiantes, no puede seguir siendo ella misma si no varía (13), no hay pureza original que haya que guardar como si de un templo sagrado se tratara. A contratiempo, Tomás incide en la importancia de pensar y actuar a contratiempo, pero sin dejar por ello de pertenecer a nuestro tiempo. O lo que es lo mismo, sintonizar con el presente y, a la vez, contradecirlo de manera radical (206), aunque eso coseche mala reputación y cotizar a la baja en la respetabilidad mediática (211).
Este libro está en su tiempo, en el siglo XXI, ya que es el resultado de diversos textos escritos entre 2006 y 2016, en varias revistas, especialmente Réfractions y Libre Pensamiento.
Se han agrupado en cinco bloques temáticos: Sobre anarquismo y revolución, Sobre anarcosindicalismo, En torno al poder, el Estado y la libertad, El contexto actual y Momentos de un itinerario[2].
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Algunos aspectos interesantes:
1- La relación entre el poder y la libertad es el centro de la cuestión política en el anarquismo (183). La cuestión del poder es lo que hace la especificidad del anarquismo (224). La libertad no la podemos concebir como una sustancia, como una cosa que podría tenerse en cantidad más o menos grande, o como un estado en el que uno puede encontrarse, sino que la libertad es algo que, como el poder, solo existe en y a través de su ejercicio, es decir, siempre y solamente las prácticas de libertad.
2- El desconcierto por la desaparición de nuestros antiguos referentes, cuesta trabajo situarnos en el nuevo panorama y el capitalismo sigue en pie, la explotación permanece…, pero la buena noticia es que el poder no puede ejercerse sin engendrar resistencias (228-229).



3- La dominación se ha diversificado más que antaño y ha proliferado por fuera del ámbito del trabajo productivo (resta fuerza al movimiento obrero), no se trata solo de extraer plusvalía de la fuerza de trabajo sino de todas las actividades que las personas llevan a cabo fuera de su empleo y que genera beneficios al capitalismo: sus ahorros, su ocio, la salud, su vivienda, la educación, los cuidados, etc. Se produce en la actualidad una mercantilización y control de la vida cotidiana  para hacer ver las cosas de una determinada manera y conseguir que se acepten sin necesidad de coerción (230).
4- Debemos ser resueltamente nacionalicidas, luchar contra la función política que cumple el concepto de “nación” y denunciar los enormes recursos de todo tipo que se invierten en la construcción simbólica y en el mantenimiento de la realidad nacional, tanto si se trata de naciones con Estado como sin Estado, porque en cuanto partícipes de las ideas libertarias no es que queramos una nación sin Estado, es que no queremos ni un Estado ni una nación (262).
5- Un punto débil: las pocas referencias, aunque las hay, al Feminismo. Sin embargo Tomás Ibáñez nos da instrumentos suficientes como para enriquecer el feminismo(s) desde la perspectiva anarquista. Mencionaré solo tres entre los posibles:
* Recomponer un imaginario subversivo y producir una subjetividad política radicalmente refractaria a la sociedad en la que vivimos, destacando la libertad y la autonomía, son aspectos relevantes de los diversos feminismos y, en concreto, del anarquista (223). La defensa de la libertad y la autonomía constituyó el legado de Mujeres Libres que llega hasta hoy y que se fundamenta en el desarrollo de la independencia psicológica y de la autoestima, solo factible poniendo en valor, además de la lucha social, la lucha individual, la llamada “emancipación interna” (Emma Goldman y Teresa Claramunt).
* Impulsar modos de lucha que diluyan identidades, que ayuden a politizar la existencia y que alumbren nuevas subjetividades radicalmente insumisas, son propuestas actuales en las que navegan los feminismos de la tercera ola desde los años 90.
* La insistencia en que el poder, en cuanto que elemento de tipo relacional, es constitutivo de lo social y que se genera constantemente en el seno de las propias relaciones sociales es una aportación importante a los feminismos, especialmente el anarquista, al igual que la necesidad de identificar las formas más perniciosas de la dominación (335); algo que nos interesa a todas las personas, especialmente a las mujeres. Los efectos de la dominación moldean la vida cotidiana, pautan los estilos de vida, constituyen la forma de ser, sentir, desear, pensar y relacionarse entre sí de las personas, entre los géneros, y  configuran sus imaginarios. Deconstruir esos dispositivos de dominación es muy complejo y ahí el feminismo anarquista tiene mucho que aportar.
Y para terminar:
Una afirmación recogida en su “Conversación biográfica”:
Se debe “(…) desclavar el anarquismo de su pasado, lo que no significa renegar de él u olvidarlo. Más bien consiste en agitarlo para que asuma todos los riesgos de una auténtica inmersión en el siglo”.




[1] Mantengo los números de las páginas entre paréntesis de donde he sacado las referencias que señalo
[2] En rojo las palabras que destaco y que se repiten muchas veces en el libro de Tomás Ibáñez.

miércoles, 3 de mayo de 2017

ÉTIENNE DE LA BOÉTIE, Discurso de la servidumbre voluntaria.

No es de extrañar que el título de este opúsculo resultara atractivo a las mentes despiertas de los y las anarquistas de finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. Parece ser que era habitual su presencia en las pequeñas, pero bien nutridas, bibliotecas de los obreros y obreras ilustradas.

En el siglo XIX cuando arraigó el anarquismo en España existía una división que tendemos a olvidar, la frontera entre la escritura y la oralidad.  La escritura marcaba una diferencia de clase: se abría una brecha entre hablantes y escribientes, iletrados o letrados. No dominar la lectura y la escritura era percibido por las clases trabajadoras como una carencia, el anarquismo batalló para llenar ese vacío partiendo, muchas veces, de una formación académica mediocre y básica o a través del autodidactismo. Algunos/as anarquistas sabía leer y escribir pero su mundo era el oral, quizás por ello daban tanta importancia a la palabra escrita como semilla de rebelión que, si se extendía, podía acabar con la opresión.

No es raro, por tanto, la proliferación de escritores y escritoras dentro del mundo ácrata, así como la fundación de periódicos y revistas. Donde había anarquistas había periódicos y, por tanto, obreros/as ilustradas. Una anécdota sobre este tipo de obrero/a ilustrada se produjo durante la visita de Einstein a Barcelona, cuando el científico mostró interés por ir a un local de la CNT y el 27 de febrero de 1923 se encontró con una sala llena de obreros/as puestos en pie rindiendo un homenaje al científico alemán que afirmó: Vosotros sois revolucionarios de calle y yo soy de la ciencia.


¿Qué les pudo resultar atractivo a trabajadores anarquistas españoles de un texto escrito en siglo XVI? Hay un aspecto crucial que puede dar una explicación a esta pregunta, la lucha de emancipación la entiende el anarquismo también como autoemancipación. La liberación, la emancipación, es indisolublemente autoemancipación: de los dispositivos, de los prejuicios, de la ignorancia, de las trabas que oprimen potencialidades y que se expresan en actos comunes y cotidianos. Para el pensamiento ácrata, la anarquía no es un lugar donde llegaría la humanidad gracias a una consecuencia lógica o científicamente deducible, sino una búsqueda cotidiana de lucha hacia el exterior, por un lado; pero también una lucha en la construcción cotidiana para acercar lo máximo posible la brecha entre fines y medios.

La Boétie señala tres causas de la servidumbre voluntaria, antítesis del deseo de autoemancipación ácrata: en primer lugar la costumbre y la educación, en segundo lugar la corrupción, y por fin la violencia. El centro de la reflexión es la libertad, (…) un bien tan grande y placentero, que el perderlo es causa de todos los males (…) (p. 51). La libertad es entendida como un elemento natural, al que muchos seres humanos renuncian sometiéndose al poder. El tirano es astuto y sabe cómo embrutecer a sus súbditos para lograr esa renuncia a la libertad.

La pregunta que se hace La Boétie es plenamente actual y tiene que ver con el estupor que causa que la mayoría obedezca a uno solo y quiera servirle. La renuncia a la libertad se produce según La Boétie, muchas veces, sin necesidad y siempre supone una degradación y la pérdida de la humanidad de la persona. Si las personas no pueden afrontar el hecho de su propia libertad siempre creerán y confiarán en redenciones venidas desde fuera y la humanidad permanecerá alienada si no encuentra el camino de vivir en libertad.

Hay alguna luz para rechazar la servidumbre. Según La Boétie, la amistad, que siempre es igualitaria, es clave para desarrollar el amor mutuo. Los libros y la ciencia son también claves puesto que dan al ser humano el sentimiento de sus derechos y el odio a la tiranía. Por tanto, es fundamental mantener la mente despejada y el espíritu clarividente, tomándose la molestia de pulirla por el estudio y el saber.

Cada cual que piense si este es el camino que llevamos o más bien nos dirigimos a una tiranía (un fascismo) cotidiano y de baja intensidad que presenta esa servidumbre voluntaria bajo los ropajes de la seducción que cautivan a muchas personas.


domingo, 23 de abril de 2017

NACIONALISMO Y TOTALITARISMO (II)

Nacionalismo de estado y fascismo (1918-1945).

El nacionalismo tiene una doble cara, una cara democrática y liberadora que busca como primer objetivo el principio de autogobierno, el objetivo es librarse de la opresión que sufre la nación étnica, fundamentada en el sentimiento que los individuos poseen de identificación con la comunidad en que han nacido. A partir de ese patriotismo étnico que ensalza la identidad colectiva  aparece el principio político por el que cada nación tiene derecho a ejercer el poder soberano sobre el territorio en que habita y que poseería fronteras “naturales”, un aspecto este basado, como ya se ha señalado, en el organicismo. Es el supuesto carácter natural de la nación lo que provoca que el nacionalismo reivindique un territorio que considera inmutable y al margen incluso de la voluntad de los propios ciudadanos/as (se puede aplicar igual a la “unidad” de España, que a las fronteras naturales de Euskadi o a los denominados Países Catalanes).  De esa forma aparecen los multitudinarios nacionalismos del siglo XIX, apoyados en la prensa de gran tirada. La territorialidad, como ya se ha dicho, es el principal requisito de las naciones y fácilmente puede justificar el expansionismo.
El nacionalismo tiene también otra cara, la de la obscenidad del nacionalismo totalitario. En todo caso, en esta segunda versión, es evidente que el estado tiene un papel primordial en la creación del nacionalismo[1].
Después de 1870 predominó la política nacionalista de poder unilateral de los grandes Estados centralizados y unitarios que trataran de hacer sentir la voluntad general de la nación en el exterior con desprecio hacia otras naciones. En este contexto el nacionalismo fue una forma extrema de patriotismo dentro de una política imperialista.
No resulta extraño, partiendo de esta doble cara, que el nacionalismo de estado, que se configuró a partir de finales del siglo XVIII y siglo XIX, culminara en los regímenes fascistas surgidos en Europa entre 1918-1945. Los fervores fascistas se difundieron masivamente a través del medio de comunicación más potente de la época, la radio. El Estado aprovechó la capacidad del nacionalismo para dar sentido emocional a una época de declive de la religión y deshumanización provocada por la industrialización con lo que fortaleció al Estado dotándolo de una fidelidad casi religiosa.
Estos movimientos nacionalistas europeos representaron reacciones contra el nuevo orden burgués, democrático y liberal emergente, en el que las clases trabajadoras y los partidos socialistas estaban desempeñando un papel cada vez más importante. Eran movimientos que surgieron como resultado de una gran crisis de confianza en el estado-nación. El fascismo proponía la primacía de la nación unida de forma inseparable al estado, quedando el individuo totalmente subordinado a este. Buscaban la homogeneidad nacional y vinculaban a las masas a las ideas míticas y a menudo místicas de nación. Basado en una combinación de terror y consenso, el fascismo daba mucha relevancia a la participación de las masas en cultos que generaban un sentido de pertenencia a la nación[2]. El estado-nación fue convertido en una especie de dios y el fascismo llevó esta idolatría al máximo. Naciones-estado autoritarias, belicosas y puntales supremos del orden social que aparecieron como freno a la posibilidad de que la nación se dividiera en clases sociales y que el enfrentamiento entre éstas favoreciera la revolución social. El Estado y la nación eran quienes “podían” salvar la sociedad. Esta idea está presente tanto en los regímenes fascistas de los años treinta del s. XX como en el nacional-catolicismo español durante, y tras acabar, la guerra civil en 1939.

GABY HERBSTEIN

El nacionalismo hoy más fuerte que nunca

Resulta evidente en la actualidad que el nacionalismo no ha pagado los excesos del fascismo y hoy se presenta con múltiples caras en países europeos con estado y en territorios en los que se aspira a tener estado. La capacidad de renovación del nacionalismo resulta llamativa puesto que lo avalan posiciones de izquierda (incluso de extrema izquierda anticapitalista como la CUP o Bildu) y de derecha extrema. Es posible que su éxito dependa de su capacidad para movilizar las emociones y el sentimiento de superioridad y autoestima tan necesario en momentos de crisis en que amplios sectores sociales han sido gravemente maltratados.
Las políticas neoliberales que han agudizado claramente les desigualdades sociales y la inexistencia de respuestas (sindicales y/o sociales) para detenerlas, han provocado discursos que apelan al nacionalismo y la xenofobia.
Los partidos de extrema derecha son contrarios a la cesión de soberanía a la Unión Europea (UE), especialmente al control de fronteras con lo que supone de control de la inmigración y a la libre circulación de trabajadores/as de los países de la UE, como se ha demostrado en Gran Bretaña en el último referéndum que ha dado lugar a su salida de la UE. Con diferencias entre ellos, todos los países tienen en común que cuentan con apoyo electoral interclasista y que suponen una ruptura respecto a la ultraderecha nostálgica y corporativa[3]. La deriva autoritaria ha seducido a otros partidos que sin ser de ultraderecha están aplicando medidas que lo parecen o manifestando opiniones que se acercan peligrosamente al fascismo. Un ejemplo reciente es el caso de  la parlamentaria Bettina Kudla de la Unión Cristianodemócrata (CDU) que en un tuit señaló que “Merkel lo niega. Tauber sueña. La inversión étnica ha comenzado. Es necesario actuar”[4]. Inversión étnica (Umvolkung en alemán) fue una expresión popular durante la dictadura nacionalsocialista con la que se referían al proceso de germanización de los territorios conquistados en Europa oriental. La recuperación de expresiones del nacionalsocialismo no es un caso excepcional hoy en Alemania.
Desgraciadamente la presencia de partidos ultras (neonazis, neofascistas, racistas, antinmigrantes, hipernacionalistas, antieuropíistas, casi siempre islamófobos e incluso violentos) en los parlamentos europeos ya no es una sorpresa. Han escalado posiciones en Noruega, Finlandia, Dinamarca, Bulgaria, Hungría, Austria, Holanda, Bélgica, Francia, Polonia, etc.
Uno de los efectos indeseados de cualquier nacionalismo es la creación de un “relato de la nación” que implica manipulación de la historia para distorsionar unos hechos, que bien poco importan, sobre todo, si estropean el relato. La Historia siempre es un campo crucial para los nacionalismos. Si estas narrativas se realizan desde el poder, como ocurre ahora en Cataluña, la creación de mitos busca producir silencio entre quienes no se los “creen”, mientras  que, repetidos hasta la saciedad por los fieles creyentes, se convierten en “verdades históricas”, como la mitificación impulsada desde la Generalitat de Catalunya de los hechos de 1714. Estas “verdades” no se pueden poner en cuestión sin correr el riesgo de ser condenados como traidores, o  botiflers a la catalana, a la patria. Resulta más cómodo guardar silencio que separar la verdad de la falsedad, ese es el peligro de los mitos que, opuestos a la explicación racional del mundo,  hay que aceptarlos completos aunque sustituyan a la realidad. Todos los nacionalismos sin excepción pretenden  construir y controlar el “relato de la nación”. Vivir en un territorio que está en plena construcción de dicho “relato” significa escuchar o leer  continuamente el simplista relato nacional (o independentista como le gusta a la izquierda que teme el término nacionalismo como a una mala pena) que ha ido creciendo al calor del poder y de sus recursos (medios de comunicación, ediciones, congresos, museos, becas, etc.) voceados desde las instituciones, desde la voz “autorizada” de diputados/as, políticos/as, miembros de la llamada sociedad civil o comentaristas de cualquier medio de comunicación que de pronto son expertos/as en historia, en economía, en sociología, en filosofía y en otras muchas  materias.
Esa construcción del “relato de la nación” puede ser más zafia o menos en función de la categoría intelectual de quien participa en dicha construcción, así como el grado de convencimiento de las creencias. Así no son extrañas afirmaciones que adolecen de poca base histórica y que expanden los nacionalistas más convencidos, exaltando y engrandeciendo actos de la nación como síntoma de su grandeza (o superioridad):
No hay en la historia contemporánea del Estado español movilización alguna que se acerque a lo sucedido los últimos años en Cataluña[5].
La impaciencia y exaltación llega al punto de desear acelerar la llegada del “gran cambio” purificador provocando las contradicciones antidemocráticas del Estado (español) aunque eso suponga recurrir a algún tipo de fuerza legal o incluso a la fuerza bruta[6] que acelere la llegada de la “tierra prometida”.
En  conclusión, el nacionalismo convirtió un periodo de treinta años (1914-1945) y dos guerras mundiales en excepcional, dejando múltiples huellas inconfundibles. El total de muertos ocasionados por esas guerras, internacionales o civiles, revoluciones y contrarrevoluciones y por las diferentes manifestaciones del terror estatal, superó los ochenta millones de personas. Cientos de miles más fueron desplazados o huyeron de país en país, planteando graves problemas económicos, políticos y de seguridad. Pese a todo ello cincuenta años después el nacionalismo ha resurgido para volver a condicionar la vida de los ciudadanos y ciudadanas europeas desde la maquinaria del estado (quejosa de las limitaciones que le impone la UE) y con el consentimiento de poblaciones acuciadas por el miedo al extranjero, al inmigrante, al refugiado, al miembro de otra cultura, en definitiva, al Otro. La amenaza y el miedo convenientemente manipulados y la pertenencia emocional a un ente superior que es la nación propia vuelve a propiciar el crecimiento de partidos nacionalistas y ultras como si lo sucedido entre 1914-1945 no hubiera sido suficiente lección respecto a sus catastróficas consecuencias en vidas humanas y en destrucción material.



[1] Llobera, 1996: 260.
[2] Llobera, 1996: 269-270.
[3] Soledad Bengoechea i María-Cruz Santos, “La deriva autoritària europea”, 21-07-2016
 https://directa.cat/actualitat/deriva-autoritaria-europea
[4] Luis Doncel, “Nuevos tiempos para viejas palabras nazis”. El País, 2 de oct. 2016.
[5]Quim Arrufat,  exdiputado de CUP-AE entre 2012 y 2015 y ahora cabeza del secretariado nacional de dicha organización nacionalista en  lamarea nº 30, 2015.
[6] El País, 11 de septiembre 2016, en este enlace se pueden escuchar las palabras del exdiputado.
http://cat.elpais.com/cat/2016/09/10/catalunya/1473533448_662424.html

jueves, 13 de abril de 2017

NACIONALISMO Y TOTALITARISMO (I)

Este artículo ha aparecido en la revista Libre Pensamiento, nº 89, invierno 2016/2017. 


Por su extensión he dividido el artículo en dos partes.

En esta primera parte he considerado necesario, para comprender la verdadera dimensión del nacionalismo actual, remontarme al pasado para aclarar el origen de este movimiento político que dará paso a la construcción de los estados-nación que hoy perviven.

La decadencia del papel desempeñado por los sistemas religiosos en la sociedad occidental creó, hace unos 150 años, un vacío que el nacionalismo trató de cubrir, para ello fue necesario que el nacionalismo  incorporara una pretensión de totalidad al modo religioso.

El origen del nacionalismo europeo

Las naciones para ennoblecerse suelen reivindicar orígenes muy antiguos, frecuentemente medievales. Siempre hay estudiosos/as dispuestas a proporcionar ese pedigrí de antigüedad, aunque la mayoría coincide en que las primeras manifestaciones del nacionalismo moderno fueron la revolución norteamericana y la revolución francesa ambas de finales del siglo XVIII[1].
Demostrar el origen medieval de la nación resulta imposible sobre todo si aceptamos la afirmación de que el nacionalismo es el que engendra a las naciones y no a la inversa[2]. Hay unanimidad en que el nacionalismo es un hecho contemporáneo, por tanto quienes se obstinan en proporcionar esa antigüedad tan anhelada por la nación, necesitan mitos e invenciones para remontarse más allá del siglo XVIII. La mitología que fundamenta el pasado de las naciones acaba construyendo una devoción mística que sitúa al individuo en una posición de entrega irracional a la patria que puede llegar a exigir incluso la vida.
Para comprender que una ideología exija tanto a sus devotos, no está demás dilucidar qué se entiende por nación y nacionalismo, puesto que quienes defienden el origen medieval de la nación, con frecuencia consideran que es la identidad nacional y no el nacionalismo la que se remonta en el tiempo, como indica el antropólogo Josep R. Llobera[3].
La nación designa aquellos grupos humanos que creen compartir unas características culturales comunes (lengua, raza, historia, religión) y que basándose en ellas, consideran legítimo poseer un poder político propio. En definitiva, para que haya nación tiene que haber grupos humanos cuyos miembros se sientan, o quieran ser, nación. En cambio el nacionalismo se define como la doctrina o principio político de acuerdo con el cual cada pueblo o nación tiene derecho a ejercer  el poder soberano sobre el territorio en el que habita, por tanto la territorialidad es el principal requisito de las naciones[4] y  suele conllevar aspiraciones expansionistas que buscan apropiarse de la mayor extensión de territorio posible.
Dice J. R. Llobera que las raíces de la identidad nacional nacida en la Edad Media surgieron de una parte minoritaria de la población, clases caballerescas y clérigos con una cierta cultura, que tenían miras lingüísticas muy estrechas ya que las personas cultas utilizaban latín y eran universalistas[5].
Para J. R. Llobera es incuestionable que no hay nacionalismo en la Edad Media pero sí la génesis de la conciencia nacional que se manifiesta en algunos factores: el uso de términos como natío y patria (aunque con significados diferentes a los que tienen en la modernidad); la lengua que determina la esencia de la nación (Álvarez Junco[6], sin  embargo, señala que el único terreno cultural que preocupaba a los gobernantes de los siglos XVI y XVII era la religión, no la lengua), las tradiciones mentales (su uso en una literatura escrita); los lazos de parentesco (reconoce que suelen ser mitos); la cultura entendida como las maneras, los hábitos, las costumbres, las leyes, etc., propios de la zona; sentimientos contra la dominación extranjera; y la unión de la religión y el gobierno nacional[7].
En España a lo largo de los primeros Borbones se detecta una tendencia creciente a la presentación del poder en términos de linaje o cultura colectiva, lo que no hace sino desarrollar el patriotismo étnico o ensalzamiento de la identidad colectiva iniciado por los Habsburgo. Un avance en la construcción de la etnia o nación, en sentido moderno del término, requería la exaltación de las glorias de un pueblo, el español. Sin embargo la autoglorificación del rey y la familia real seguía teniendo una gran importancia especialmente entre los sectores populares que veían en el monarca la suprema encarnación de la autoridad pública. Por todo ello, Álvarez Junco habla de conciencia prenacional. El patriotismo étnico emergente era bien recibido en palacio, pues predisponía en favor de una actitud proestatal, lo beneficioso para la corona iba fundiéndose en lo que convenía al Estado[8].
Por tanto, la formación de una identidad, por ejemplo la española,  apareció mucho antes del siglo XIX (en el caso español, antes de 1808 y la guerra contra el francés) y para algunos autores, como Llobera, se vio interrumpida por la aparición del absolutismo a principios de la época moderna, época en la que primó la expansión del estado eclipsando los sentimientos nacionales. Cuando decae el absolutismo es cuando empiezan a expresarse los sentimientos nacionales. Antes del siglo XIX hubo en diversos países, entre los que se encontraba España, un proceso de formación de una identidad colectiva o nacional. La identidad nacional no era sino una más de las múltiples identidades colectivas que cada ser humano compartía con millones de sus semejantes (como la edad, el género, la religión, los gustos y afinidades culturales, deportivas, etc.). Por tanto, las identidades nacionales fueron creaciones artificiales, es decir, movidas por intereses políticos. Afirmación que anula la posibilidad de aceptar el organicismo (supuesto carácter natural de la nación). En consecuencia, el sentimiento nacional fue adquirido o inculcado, a través del proceso educativo, de ceremonias, de monumentos o de fiestas cívicas.
En todo caso conviene señalar que para que se produzca un avance hacia la construcción de la nación, en sentido moderno del término, tenía que producirse una exaltación de las glorias de un pueblo (el español, el francés o el holandés). Mientras los intelectuales estaban por la tarea de potenciar la conciencia nacional, era dudoso que hicieran lo mismo la familia real y su entorno, y el pueblo estaba muy dominado por la reverencia hacia el monarca y la sumisión al mismo.
Será a finales del siglo XVIII cuando aparezcan las primeras manifestaciones del nacionalismo moderno en las que la identidad nacional sirvió para dar legitimidad a la estructura política, permitiendo a esta exigir sumisión y lealtad a su autoridad y a sus normas[9].


Resulta muy difícil, por lo menos en España, que esa identidad colectiva anterior al siglo XIX pueda llamarse popular debido a la escasa difusión de las imágenes que estaban transformando la representación del ente colectivo.
Los nacionalismos decimonónicos acabaron ganándole la batalla de las emociones a las religiones monoteístas y, en cierta medida, sustituyéndolas. Lo que en gran parte define un fenómeno religioso es la capacidad preceptiva de las creencias para todos los miembros del grupo y esa capacidad la tuvo, y la tiene, el nacionalismo. La aspiración social más poderosa expresada en las ideas de nación y patria era el deseo de alcanzar la unidad y la comunidad, un sentimiento que el patriotismo y el nacionalismo heredaron de la religión[10].
En la segunda mitad del XVIII los pueblos o naciones serán recreados o consolidados a partir de indicadores étnicos (fundamentalmente, los orígenes, la cultura y la lengua) pero el principio del nacionalismo cultural es por definición tan maleable y sujeto a manipulación que la coincidencia entre estado y nación fue una excepción más que   una regla. La idea de nación cultural es un valor (evoca el sentido religioso secularizado de comunidad) del que los diferentes grupos sociales, incluidos  los estados, trataron de apropiarse[11].

El nacionalismo y lo absoluto

La decadencia del papel desempeñado por los sistemas religiosos (específicamente el cristianismo) en la sociedad occidental, creó un inmenso vacío en los últimos 150 años. Un vacío que hace referencia a las percepciones de justicia social, al sentido de la historia humana, relaciones mente-cuerpo y el lugar del conocimiento en nuestra conducta moral[12]. El nacionalismo ha tratado de cubrir dicho vacío y la consiguiente nostalgia del Absoluto, para ello fue necesario que el nacionalismo  incorporara una pretensión de totalidad.
Este movimiento con pretensiones de totalidad, y hambre de lo trascendente[13], tuvo que  alimentar las mentes de sus seguidores/as de manera continuada a base de mitos trascendentes y estas mitologías aunque pudieran ser antirreligiosas, tenían (y tienen) estructura, aspiraciones y pretensiones religiosas en su estrategia y en sus efectos.
La centralidad de la religión en el desarrollo del nacionalismo resulta tan evidente que autores como Llobera afirman que de hecho el nacionalismo  se ha convertido en una religión; una religión secular cuyo dios es la nación. Por tanto posee todos los fastos y rituales de la religión y además como la religión, se aprovecha de la reserva emocional de los seres humanos[14]. En sus actos y celebraciones, los participantes comunican y comparten valores (tierra, historia, ancestros, mitos, etc) y emociones, algo que resulta más difícil detectar en otros movimientos sociales. La construcción de esa identidad puede basarse en ver al otro como antagonista y no como enemigo ya que esto último puede conllevar la aniquilación física que tanto deseaba el nacionalsocialismo. Verlo como antagonista hace posible un diálogo en el que se van buscando soluciones más o menos satisfactorias a los problemas. Si la identidad nacional se basa en una fijación estática a un pasado repleto de tradiciones, el conservacionismo lo invade todo.
La idea de religión civil la introdujo Rousseau cuando afirmaba que esta tendría como objetivo provocar amor al país y el cumplimiento de sus deberes en la ciudadanía. La religión civil vendría a ser un mecanismo de autorregulación para protegerse contra la adoración de la nación. Ese mecanismo no parece que funcionara bien ya que la tendencia de la modernidad ha sido la de considerar el estado-nación como un dios[15]. En definitiva el nacionalismo obtuvo su fuerza del mismo receptáculo de ideas, símbolos y emociones que la religión. La religión se metamorfoseó en nacionalismo.



[1] Javier López Facal (2013): Breve historia cultural de los nacionalismos europeos. Catarata, Madrid (p. 20-21).
[2] Lopez, 2013: 58.
[3] Josep R. Llobera (1996): El dios de la modernidad. El desarrollo del nacionalismo en Europa occidental. Anagrama, Barcelona. 
[4] Llobera, 1996: 13.
[5] José Álvarez Junco (2001): Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Taurus, Madrid, p. 121
[6] Álvarez Junco, 2001: 77.
[7] Llobera, 1996: 117-119.
[8] Álvarez Junco, 2001: 66 y 72-73.
[9] Álvarez Junco, 2001: 15.
[10] Llobera, 1996: 250.
[11] Llobera, 1996: 257.
[12] George Steiner (1974) [12ª ed, 2014]: Nostalgia del absoluto. Siruela, Madrid, p. 15.
[13] Steiner, 1974: 108.
[14] Llobera, 1996: 194.
[15] Llobera, 1996: 197.