sábado, 13 de enero de 2018

SANTIAGO LÓPEZ PETIT, Hijos de la noche.

Este libro es una autobiografía del autor en la que describe los efectos de la enfermedad que padece y su desesperación. El primer capítulo, “La enfermedad” es el más autobiográfico, en él López Petit relata el proceso de demolición y el intento de controlarlo (p. 13): dolor, cansancio, ausencia de sueño… La ausencia de no dolor, la rara somnolencia, provoca que la noche del malestar se instale en él. La noche provoca que no reconozca su cuerpo, que se desdoble en otro cuerpo: hay un intruso que duerme en él.


El autor reflexiona y considera que en el fondo, soy el propio culpable de mi sufrimiento. No encajo en este mundo. No quiero encajar en este mundo (22).
Para López Petit cada sociedad tiene sus enfermedades. En la época global, el malestar social es la enfermedad que acusa a esta sociedad de ser opresiva, huera, descarnada e injusta. Es un estar-mal que se manifiesta en una multitud de enfermedades indefinidas y generalizadas. López Petit las denomina enfermedades del vacío como la depresión, la ansiedad, la anorexia; enfermedades del sistema inmunológico como la fatiga crónica, la fibromialgia, la sensibilización química múltiple… El malestar social tiene la misma referencia: querer vivir y no poder (71). Tengo varias amigas y conocidas, todas mujeres, que tienen alguna de estas enfermedades del estar-mal.

Aunque la reflexión filosófica no siempre he sido capaz de seguirla y entenderla, sus referencias a momentos históricos, y de lucha social, me resultan claros. Él como algunos otros, entre quienes me encuentro, hemos vivido como extranjeros en nuestros puestos de trabajo. Sabíamos (nos dolíamos, enfurecíamos, rabiábamos, etc.)  que la historia (de la Transición o del Movimiento 15M) podía haber sido otra porque habíamos visto otra manera de vivir, se hacía difícil seguir viviendo como si no hubiéramos oteado esa esperanzadora posibilidad (157). De esta manera surge esa acusación habitual: “siempre lo encontráis todo mal” (hace poco me lo dijo un alumno de 15 años cuando critiqué las celebraciones navideñas). Es cierto, Lo encontramos todo mal. Empezando por nosotros mismos. Estamos mal con nosotros mismos porque no encajamos en este mundo. Más exactamente, no queremos encajar, queremos hacernos incompatibles. La única alternativa que admitimos es esta: la realidad o nuestro querer vivir (182).


Su apuesta es pasar de la noche del malestar a la noche de la resistencia. Puedo coincidir en esa posibilidad pero… Pasan los años y no hemos cambiado nada (Debord, 147).

2 comentarios:


  1. Interesante reflexión...

    Besos!!

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  2. Me gusta lo que has entresacado del autor porque la enfermedad también es un producto de la civilización, es decir, un negativo de lo que la civilización posee y nos promete.
    La que vivimos es la del derroche, la del horror vacui, la del ruido constante, la de las mil y una posibilidades por tanto es hasta cierto punto lógico que enfermemos por ausencia de vacío, de silencio, de austeridad.
    Respecto a ese sentimiento personal quizás tenga que ver con el listón tan alto con el que uno se ilusiona y la llegada del desencanto subsiguiente. No es malo comprobar de donde venimos y lo que hemos conseguido para liberarnos de él. Somos demasiado esclavos de los objetivos y a veces nos olvidamos del día a día, de lo que ayer no teníamos y hoy disfrutamos.

    Un abrazo

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