viernes, 13 de febrero de 2015

MUJERES CULTAS E INSTRUIDAS. LAS "MARISABIDILLAS" DOMÉSTICAS IV

El feminismo liberal, que se refleja y se expresa en las cuatro revistas femeninas que se están analizando, desarrolló una dura crítica a los planteamientos que defendían la inferioridad de las mujeres. Esta crítica se completaba con el cuestionamiento de algunos aspectos del discurso de la domesticidad que configuraban el prototipo de mujer, que se ha denominado Ángel del Hogar o Perfecta Casada. Ya se ha explicado con anterioridad que el rol social de la mujer se definía a partir de la maternidad y que ese hecho provocaba que su función social y sus espacios de actuación quedaran limitados al terreno doméstico de la familia y el hogar. La mujer era el ángel del hogar que se dedicaba en cuerpo y alma a la familia pero siempre con modestia y sumisión dada su posición de inferioridad respecto al hombre. 

LA ESCUELA DE LAS MUJERES. MOLIÈRE

Aún cuando los hombres reconocían la valía social del papel femenino en la sociedad, este papel siempre se ejercía desde una posición de inferioridad respecto a ellos. A pesar de que al feminismo liberal le costaba mucho romper con el prototipo de mujer tradicional, cuestionaron algunos aspectos visibles de la desigualdad como  la institución del matrimonio, la coquetería y la frivolidad, que se consideraban defectos femeninos y, sobre todo, la ignorancia y el fanatismo. Resulta reveladora la aparición de artículos críticos con la moda, de la que por otra parte estas revistas femeninas no se acababan de desligar porque era uno de los atractivos con el que contaban para vender las revistas. Conscientes de que esta posición crítica con el modelo de la domesticidad les acarreaba el apelativo de marisabidillas, no dudaron en escribir al respecto.
La inferioridad e incapacidad de la mujer era justificada por los hombres, que no eran sabios y sensatos, con argumentos diversos, uno de los cuales era que el cerebro de la mujer pesaba menos que el del hombre y por ese motivo tenía menor capacidad intelectual. Era mucho más habitual el argumento de que “la mujer solo sirve para el sentimiento y (…) los instintos suplen en ella el conocimiento”, por tanto, no era necesario proporcionarle una cultura completa que solo estaba reservada al hombre. Fuera porque la mujer tenía, por naturaleza, una inteligencia pequeña, o fuera por abandono de la parte racional de la mujer, la realidad era que se había descuidado su educación hasta inutilizarla por completo, mutilando su inteligencia y produciendo la mencionada inferioridad intelectual de la mujer.


La inferior inteligencia femenina provocó que ésta fuera destinada “a insignificantes trabajos y recluida al hogar doméstico para ejercer la labor mecánica de la casa”, pero también “se le desconocieron (…) derechos” y se le impuso la obligación de obedecer al marido”.
Tan larga había sido esta incapacitación, “este abatimiento”, que  la mujer “apenas se atrevía a dar crédito a los que generosamente venían a despertarla de su letargo”. Los argumentos de la costumbre y la historia, como prueba de la inferioridad femenina, eran invalidados entre otras cosas porque la mujer había “podido luchar y aún vencerle en muchos casos en las ciencias, en las bellas artes, en el gobierno de los pueblos y hasta en el campo de batalla”.
Otros argumentos contra la igualdad de hombres y mujeres en el terreno de la política, la ciencia y la sociedad, como los que daba Homo en una carta dirigida a la directora de La Muger, eran su carácter antinatural e ilógico, ya que:

Una mujer graduada de Doctora en medicina y cirugía o en derecho civil y canónico, es para nosotros, lo mismo que una mujer sabia, y a éstas no las podemos ver. (…)
Nosotros, amables lectoras, no acostumbramos a enamorarnos de mujeres sabias, ni mujeres políticas (…), no es esa vuestra misión; dejad para los hombres tan rudas tareas, tan escabrosas contiendas (…), vuestra misión, vuestro destino es algo más elevado y útil; para algo más que para politiquillas intrigantes o inconcientes (sic) marisabidillas (…) os ha colocado Dios al lado y como compañera del hombre”.     

La misión y el destino de la mujer eran, según Homo, “los deberes maternales o filiales”, que quedaban desatendidos si la mujer se dedicaba al estudio o a la política. Homo, sin embargo, afirmaba que no estaba en contra de la mujer instruida, estudiosa, poetisa o literata, siempre y cuando la educación de la mujer sirviera como base de la familia y de la sociedad, al tiempo que “garantía de estabilidad para el hogar doméstico”. Si no era así y la mujer acababa siendo una marisabidilla inconsciente, que entraba en el terreno del hombre,  vendría el castigo: “nosotros (…) no nos enamoramos de mujeres sabias, ni mujeres políticas”. La acusación de marisabidilla era “el sambenito de todas las mujeres que se atrevían a salir de las grandes ocupaciones del puchero y la calceta”. La marisabidilla era pedante e inmodesta por el mero hecho de ser instruida. Homo defendía un discurso de la domesticidad sin fisuras con una encendida defensa del prototipo de mujer ideal que era el ángel del hogar, la marisabidilla era una clara fisura que se intentaba ridiculizar y a la vez amedrentar.
Therese Coudray, a quien le dirigió Homo su carta, arremetió contra el publicista Joaquín Galdieri que había afirmado: “Nosotros queremos pocas doctoras y muchas buenas madres de familia”. La respuesta de Coudray fue: “¿cómo educará a los hijos la mujer si es frívola o está saturada de absurdas creencias?”. Coudray no tuvo problema en hacer suyo el término marisabidilla, “como nos califican los tontos presumidos”.
El feminismo liberal, a pesar de algunos llamamientos a que las mujeres no abandonaran su esfera, su función social, defendían la educación de la mujer como objetivo irrenunciable. Si se  educaba a la mujer, “con conocimientos útiles”,  desaparecían sus peores defectos: la mentira, el fingimiento, la coquetería, la excesiva sensibilidad, la frivolidad y la candidez ante la seducción masculina, así “el interior doméstico de sus familias es más ordenado y dichoso” y “desaparece la presunción ridícula de las antiguas Marisabidillas”.
A pesar de la solidez del discurso de la domesticidad fueron apareciendo, como señala Mª Dolores Ramos,  en los pliegues ideológicos, líneas de fuga, desvíos o, incluso, significativas rupturas en dicho discurso. En estas revistas se empezó a criticar el prototipo del ángel del hogar y la dedicación de la mujer en cuerpo y alma a la familia. El prototipo de mujer, la “sacerdotisa del hogar”, fingía muchas veces una ternura, una dicha y un optimismo en beneficio de su familia, que   no sentía por estar triste o sufrir.


El hogar se convertía en muchas ocasiones en un espacio de tiranía:
“(…) nuestra dignidad nos obliga a defendernos contra nuestro tirano que es el hombre. ¡El hombre! Ese pequeño tiranuelo, símbolo del despotismo, que se constituye en pequeño monarca absoluto del hogar doméstico, con todas las formas y procedimientos de un dictador omnipotente, sumergiendo a la fiel compañera de sus días en el abismo profundo de la humillación más baja (…)”.

El matrimonio se podía convertir en una trampa porque el hombre, “infame seductor o (…) ente estúpido”, subyugaba a la mujer con “el pretendido poder que cree le reviste la circunstancia de ser el esposo”. Por tanto, llamar a la mujer casada, compañera, era un “sarcasmo disimulado” ya que la realidad no respondía a ese ideal:
 “Jurídicamente, la mujer no puede negociar, contratar ni realizar una porción de actos, que son permitidos a su compañero. Socialmente no puede moverse ni ejercer ciertas libertades concedidas a su socio. La milicia, la magistratura y otras profesiones (…) están cerradas para la mujer, de modo que en la parte civil es una especie de nulidad”.

Mientras el marido “vive en la calle”, la mujer “vive en la casa”. El hombre no se ocupaba ni de la casa ni de los hijos y cumplía con “acercarse al lecho, y retirarse deseando el alivio”.
La propia maternidad se convertía en una mixtificación bajo la que se escondía que el hombre:
“(…) ha considerado siempre a la mujer por su debilidad física, como una fábrica destinada a la producción de la multiplicación humana, como esclava servil de sus necesidades físicas y morales…”.



Las faenas domésticas se observaban también con otra mirada y no eran otra cosa que insignificantes  y mecánicos quehaceres que el hombre había destinado a la mujer por considerar que, por naturaleza, disponía de poca inteligencia. Sin embargo ni la mujer era menos inteligente, ni los hombres realizaban trabajos que precisaran  un entendimiento privilegiado. Por tanto:

“(…) también el hombre debe ocuparse en aquellos trabajos que por capricho y no por razón fundada se han pensado de la exclusiva competencia de la mujer…”. [Sería una puerilidad decir que el hombre] “desmerecería si descendiera de su pedestal para ejercer a la vez las funciones mecánicas y modestas de la mujer (…)”.

Si la mujer en casa sólo se dedicaba a ocupaciones “aprendidas con el mover de los pies en una cuna, el manejo de la sartén y las calcetas”, nunca sería capaz de desarrollar valores como la discreción, la dignidad y el sentido del deber.  Estas ocupaciones manuales tradicionales de las mujeres hacendosas, de las que se podía librar por los adelantos de la industria moderna:

“(…) además de consumir tiempo valioso, empobrecen la inteligencia, matan la energía, degradan el carácter y, lo que es peor, aumentan a la larga el presupuesto de gastos de la familia. ¡Dios nos libre de estas mujeres hacendosas!”.

La mujer perfecta era puesta en cuestión desde el punto de vista social:

“(…) porque no comprende su significación en la sociedad, no se toma interés por ésta, no ejerce directamente la influencia benéfica que puede proporcionar y la indirecta que tiene por mediación de sus hijos o del esposo: es corruptora y dañina”.
[Muchas mujeres] “(…) cuando dirigen sus miradas a los acontecimientos sociales, esas miradas son vagas e indiferentes y si alguna vez fijan su atención y se les nota interés por ellos, es por lo que se relacionan con la felicidad o desgracia, en la vida del hermano, del esposo o del hijo”.
[Miran] “(…) todo bajo el prisma de ese egoísmo sublime para el hogar, pero dañino a la sociedad, ya que impiden que sus hijos y maridos hagan efectivo con actos el alto sentido social que en muchos de ellos se ve”.
“(…) el hogar es un centro de abnegación para la familia, pero un núcleo de egoísmo para la sociedad”.

Si había un aspecto que reflejaba la desigualdad, y era especialmente cuestionado por el feminismo liberal, era la ignorancia y el fanatismo de las mujeres. En La Muger se criticaba que hubiera:
 “(…) almas tan cándidas, que creen que la ignorancia y el fanatismo debe ser la base sobre la cual debe descansar el sacrosanto templo de la familia; sin hacerse cargo que esa teoría antiprogresiva, es la causa principal de las calamidades domésticas (…)”.

Criticaba, Amparo, la educación para el mal que recibía la mujer, ya que desde pequeñas se educaba a las mujeres para que  fueran orgullosas, derrochonas y coquetas, en cambio se las educaba para que nunca dijeran ni demostraran lo que sienten.
Las supersticiones eran consideradas como “rémora del progreso” y causantes de la esclavitud del hombre. Si en los tiempos primitivos era lógico que cualquier cosa que no se explicaba provocara miedo y terror, resultaba grave que en el siglo XIX se siguiera creyendo en  supercherías como la adivinación, las hechicerías y los sortilegios.
La ignorancia y el fanatismo se debían a que el hombre había acaparado siempre los medios de educación y de progreso que a la mujer negó:

Queréis la mujer apartada de las aulas y la vida activa; que sepa pocas filosofías; tímida, modesta, inocente, candorosa, que se inflame sin saber cómo y cual la mariposa perezca en la llama sin saber porqué (…)”.

Por último eran llamativas algunas críticas esporádicas que se llevaron acabo contra la moda. Llamativas porque estas revistas vivían en parte de la atracción que ejercía sobre la mujer, la moda. La Ilustración de la Mujer, presentó a partir del nº 5, su suplemento, Revista de modas y salones, que justificaba su existencia señalando la importancia de “ese código no escrito del buen gusto, de la decencia y de las formas (…)”,  aunque para otros las modas eran “una de las grandes flaquezas del sexo femenino”. Por esta razón, Nicolás Díaz de Benjumea, consideraba absurda la existencia de una asociación, aparecida en Inglaterra, que estaba preocupada por los trajes femeninos “racionales e higiénicos” y consideraba que la variedad de trajes era positiva, al igual que el interés de la moda por parte de los hombres.
El Álbum del Bello Sexo fue radical en las críticas a las modas, como el uso de los tacones altos y  ajustarse la cintura extremadamente, afirmaba que era una moda ridícula y que debía “combatirse sin descanso por dar origen a varias enfermedades peligrosas y graves”.


4 comentarios:

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    1. Igualmente, abrazos de casi el siguiente finde!!

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  2. Ésta historia nos muestra cuanta y cuan grande ha sido, y es, la falta de sentido común entre los que nos designamos como civilizados seres. Alguién debería echar unas buenas cuentas sobre el coste que ha tenido, y tiene, desperdiciar las ideas de media sociedad. Un beso.

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    1. Y lo malo es que no creo que se esté cerca de rectificar.

      Un beso.

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