lunes, 15 de diciembre de 2014

MUJERES CULTAS E INSTRUIDAS. LAS "MARISABIDILLAS" DOMÉSTICAS II

Este reducido núcleo de mujeres acomodadas e instruidas, algunas de ellas universitarias o que admiraban a las que lo eran, abasteció de redactoras a las cuatro revistas que analizamos en este artículo y que no eran portavoces de un movimiento de mujeres consolidado que las reivindicaran. Eran marisabidillas ridiculizadas en el ambiente culto y burgués de las literatas y despreciadas en los ambientes obreros.
Las mujeres instruidas eligieron las redacciones de los periódicos y revistas, antes que la publicación de libros, porque era más fácil encontrar un público lector entre los suscriptores que mantenían la prensa periódica. La prensa era una manera de darse a conocer y así se preparaban para proyectos de mayor envergadura. Además una colaboración en una revista de moda, de orientación moderada y conservadora, era considerada de buen tono por la sociedad masculina. 


El núcleo de mujeres redactoras y colaboradoras de La Ilustración de la Mujer estaba formado por Josefa Pujol de Collado (con el sobrenombre de “Evelio del Monte”); María Mendoza de Vives; Dolors Monserdà; Clotilde Cerdá y Bosch (“Esmeralda Cervantes”); Emilia Calí Torres de Quintero; Faustina Sáez de Melgar; Gertrudis Gómez de Avellaneda; Josefa Estévez de G. del Canto; Julia de Asensi; Luisa Durán de León; Magdalena G. Bravo y Patrocinio Biedma (Ticiano Imab). Las cuatro primeras serían las más implicadas en La Ilustración y entre ellas se encuentran algunas de las que dirigieron la revista (Gómez de Avellaneda, Pujol de Collado y Monserdá).

GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

El núcleo de redactoras de La Muger eran: Madame D’Arámburu (nacida Therese Coudray), A. Dela, Luisa de Altamira, Amparo y Conchita Tey. Su continuadora, El Album del Bello Sexo, incorporó además de a Madame d’Arámburu a Dª Mª Luisa de Sañéz. Therese Coudray fue directora de ambas.
Las redactoras de El Sacerdocio de la Mujer eran: Esperanza de Belmar (“Lía de Senaar”), Berenice, Amparo, Elisa Gutiérrez y Camelia Cociña de Llansó.
El patrocinio masculino en las labores de edición y redacción parece probado. En La Ilustración había tantas redactoras como redactores y la publicación fue auspiciada por la Sociedad de Crédito Intelectual, dirigida por Nicolás Díaz de Benjumea que parece ser que era esoterista y estaba relacionado con el republicanismo federal.
En La Muger también colaboraban hombres (Homo, Mardocheo y Alfredo Herrera) y el editor fue Felíx Aramburu Rodríguez, marido de la directora Therese Coudray de Aramburu. En El Álbum del Bello Sexo, continuadora de La Muger, apareció ya como propietaria y directora Therese Coudray. Apenas se tiene información, ya que sólo se conservan dos números, de El Sacerdocio de la Mujer.
Estas mujeres compartían algunos rasgos biográficos comunes: casi todas publicaron sus creaciones muy pronto (Faustina Sáez  a los 9 años, María Mendoza a los 13, Maria Josepa Massanés a los 22, Dolors Monserdá a los 24, Concepción Gimeno a los 26 y Gómez de Avellaneda a los 27).
Sus biografías siempre estuvieron ligadas a la órbita familiar. Se dedicaron al hogar en la mayoría de los casos y el matrimonio era su aspiración principal. Cuatro enviudaron, como ocurrió con Patrocinio de Biedna (enviudó a los 25 años) y María Mendoza (a los 44 años). Si quedaban viudas, estaba bien visto que se casaran en segundas nupcias, como fue el caso de las dos mencionadas. El matrimonio era una salida a sus vidas, casi una profesión. La mayoría de estas marisabidillas tuvieron hijos y vivieron la muerte de algunos de ellos; en dos casos, Biedma y Monserdá, la muerte de una criatura las impulsó a lanzarse con mayor ímpetu a la escritura. Sus biografías indican que son mujeres plenamente domésticas y que debieron sufrir la contradicción de escribir y conservar la virtud femenina. La mujer puede asumir la faceta de literata siempre que no olvide sus sagrados deberes y lo haga como mero divertimento del espíritu.

DOLORS MONSERDÀ
Respecto a la situación económica y social de las marisabidillas, hay un grupo que pertenecía a sectores económicos acomodados de la nobleza y la burguesía y que, por ese motivo, recibieron una mejor y esmerada instrucción. Era el caso de Patrocinio de Biedma, hija de Diego José de Biedma e Isabel María de la Moneda y Riofrío, ambos de la nobleza andaluza; Concepción Gimeno, nacida en Alcañiz, y que accedió a la instrucción en Zaragoza y luego se desplazó a la Corte; de familia burguesa, Clotilde Cerdá y Bosch, hija de Ildefonso Cerdá, ingeniero autor del Ensanche de Barcelona y de Clotilde de Bosch, se pudo educar en París y Viena. Había, no obstante, otro grupo de mujeres de clase media, hijas de pequeños comerciantes, artesanos, militares o trabajadores  que tenían existencias más modestas y, por tanto, una menor preparación que suplían con el autodidactismo y el entusiasmo. Las marisabidillas más modestas serían Dolors Monserdá, hija de un artesano que encuadernaba libros; Josefa Pujol, hija de un popular librero de la Rambla de Canaletas; María Mendoza, hija de un médico y Maria Josepa Massanes, hija de un militar. Estas mujeres temían, dada la precariedad de su situación económica, que, si no tenían instrucción y no podían optar a un trabajo remunerado, la ruina familiar o la viudedad pudiera llevarlas al lindar de la indigencia.
Para justificar el acceso a la instrucción, las marisabidillas trataron de definir su identidad buscando referentes, en el pasado, en mujeres de talento. De ahí que las “galerías de mujeres célebres”, que buscaban dignificar el talento femenino, fueran tan comunes en esta prensa. Encontramos una “galería de mujeres notables” en La Ilustración de la Mujer y una “galería de mujeres célebres” en El Álbum del Bello Sexo.
La “galería de mujeres notables”, que iba siempre acompañada de un retrato en la primera página, indica la búsqueda de una genealogía:
 “(…) con la publicación en cada número del retrato y biografía de una mujer notable, hemos querido significar que ésta en todos los tiempos, a pesar de las preocupaciones que les ponen óbices y obstáculos para que desenvuelva libremente su inteligencia, ha sabido elevarse a las regiones de la ciencia y las artes, contribuyendo así a la glorificación de su sexo”.
Los referentes genealógicos los buscaban mayoritariamente entre actrices y cantantes (once mujeres), también era importante el número de escritoras y poetas (ocho mujeres); por último, dos mujeres dedicadas a la música, dos princesas o reinas, una médica y una viajera.
Especial relevancia, en la búsqueda de genealogía, tuvieron las mujeres dedicadas a la ciencia y, sobre todo, las dedicadas a la medicina, ya que había sido un campo históricamente controlado por los hombres, pero en el que las mujeres habían estado presentes desde el origen de la humanidad por medio del uso de hierbas, pomadas, etc. El caso de Martina Castells fue especial ya que La Ilustración le dedicó dos artículos, el primero de José de Letamendi, padrino de Martina y doctor en medicina y cirujano, el segundo de “Esmeralda Cervantes” cuando se produjo el fallecimiento de la doctora Castells. La Muger también mencionó a Martina Castells y Dolores Aleu Riera, como las dos únicas mujeres que en mayo de 1882 habían obtenido en España la licenciatura de Medicina y Cirugía, frente a Estados Unidos con 400 mujeres tituladas, siendo también numerosas en Rusia y en Francia.

DOLORES ALEU RIERA

Resulta interesante el artículo de José de Letamendi en defensa de la incorporación de las mujeres a los estudios superiores debido a que no admitía “para las humanas jerarquías limitación de edad, sexo, ni raza, y sí solo la naturalísima de la prueba de capacidad…”. A pesar de su defensa de la capacidad como único criterio para el estudio, el autor del artículo se sintió en la necesidad de defender a su ahijada de las acusaciones de falta de pudor, lanzadas contra ella por estudiar anatomía. Letamendi afirmaba que el pudor, la vergüenza, la dignidad, la honra y el decoro, constituían el “sentimiento de conservación moral” y no eran “peculiar[es] a ningún sexo”. A pesar de estos argumentos igualitarios afirmaba que quien se acercaba a conocer a Marina Castells, quedaba encantado “al ver la más natural humildad en quien pensaron hallar petulante engreimiento, y el más infantil pudor…”, en definitiva humildad y pudor para no salirse de las virtudes que se exigían a las mujeres. No había unanimidad, ni siquiera dentro de los colaboradores de las revistas, en la defensa de la dedicación de las mujeres a la ciencia.
Letamendi razonaba en su artículo que la opción por la medicina de Castells se había debido a sus antecedentes familiares, era biznieta, nieta, hija y hermana de médicos; pero también a la revolución de 1868, de la que hablaba con admiración, que había permitido a las mujeres cursar las llamadas “carreras mayores”.
La Muger y La Ilustración buscaron también genealogía en mujeres anónimas que rompían las limitaciones impuestas por razón de sexo. Estas revistas defendieron el acceso de las mujeres a la educación superior, ya que “por la senda de la instrucción es como puede la mujer abrirse paso”. También se mencionaban cuestiones de carácter político como la celebración de un mitin sufragista en Londres o de carácter social como la explosión de la caldera de la fábrica Morell y Murillo en la que murieron dieciséis personas.






4 comentarios:


  1. La que más me suena o la única es 'Gertrudis Gómez de Avellaneda'... ups!

    Hasta donde sé, dentro del campo de la salud, hicieron mucho por 'avanzar'... las "comadronas", entre otras profesionales (tuvieran título reconocido o no)...

    Besos y abrazo!!

    ;)

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    1. En ese afán ando, en el de recuperar la historia de ELLAS.
      Y la cosa es que las grandes "cuidadoras" son mujeres, algo que no tiene relevancia desde el punto de vista histórico.

      Un fuerte abrazo!!

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  2. PD: Me has hecho recordar... regalo de 'Solsticio de Invierno'... ;)
    (Tres enlaces/uno en cada palabra/es de hace unos años, pero igual te interesa al hilo de...).

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