Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

sábado, 13 de junio de 2026

URGENCIA PERSONAL, VOMITONA INCONTENIBLE, SACIAR LA RABIETA


Este título recoge las primeras palabras de Diana J. Torres en su libro Vomitorium[1]. Con una sinceridad que desarma dice la autora que este libro es un síntoma, «es mi estar al borde del hartazgo: estoy muy cansada de que seamos tan torpes para gestionar las alianzas, los egos, las críticas; harta de nuestras discapacidades emocionales, de la oscura hiel de las envidias, de la inmensa carencia de comunicación sana y directa y de las violencias internas».

La autora sitúa su contexto para señalar a quién le puede resultar útil el libro: europeo, blanco, feminista, disidente, queer, anarquista, etc. Quiere tejer autocrítica constructiva, aunque es difícil agradar a todas las personas cuando se dice lo que se piensa sin rodeos.

Y realmente, Diana J. Torres habla (escribe) sin rodeos y el primer paso es cargarse todo lo que ha significado, y triturado, la palabra coherencia. Leí hace tiempo en otro de sus textos (no recuerdo cuál, lo siento) su apuesta por la consecuencia frente a la coherencia, que significa llevar a la práctica nuestras ideas en la medida de lo posible, aunque ello implique contradicciones que de todos modos son algo que no vamos a poder eludir. Poder conocer, respetar y asumir nuestras propias contradicciones es algo valioso, sano y que puede fortalecernos como personas, como integrantes de los colectivos y de las luchas. Criticar desde el amor al colectivo y a la persona a la que dirigimos la crítica y si no es así, callar. Ahí es nada lo complicado que es eso y si lo logramos, lo constructivo y revolucionario que puede ser.

La autora también reniega de entender la vida «como algo compuesto exclusivamente por enemigxs, aliadxs y desconocidxs» y que esas categorías sean inmutables y permanentes. Ese planteamiento solo conduce a sectarismos y prejuicios inútiles. Por ello, mejor ser un poco más flexibles con los supuestos «bandos» y percibir que, algunas veces, están más diluidos e inestables de lo que parece.

A partir de estas aclaraciones, la autora comienza un periplo de reflexiones sobre las disidencias y, en especial, aquellas que la autora considera más rígidas, excluyentes y defensoras acérrimas de la coherencia purista, que acostumbran también a adoctrinar con más intensidad.

La alimentación es el primer tema que encara, el veganismo, convertido en la única opción que se sirve a los comensales en todos los eventos relacionados con cuestiones feministas o anarquistas, «forma rápida de ganar credibilidad ética por parte de cualquier lucha antisistema». Su reflexión habla de tipos de alimentación y de contradicciones de cualquier opción que quiera ser ética, a veces olvidando las condiciones de trabajo humano en los cultivos y otras cuestiones.

Las drogas, lo sexoafectivo, la espiritualidad, la salud, el dinero y el trabajo, la comunicación, los privilegios y opresiones y las patologías del feminismo, todo va pasando por el tamiz de la mirada y la experiencia de Diana J. Torres. Y esa mirada crítica pero afable, ácida pero comprensiva, dura y flexible a la vez, va sembrando un reguero de preguntas, de dudas, de eurekas y de asombros que dejan siempre un camino abierto para repensar aquello que parecía cerrado y definitivo.

Me alegra la idea de que existe una diversidad inmensa en los modos de adquirir sabiduría (se refiere a las drogas pero me parece válido para cualquier otra cosa).

Me dibuja una sonrisa el concepto de moralómetro libertario.

Me preocupa que se haya convertido en «una constante que en comunidades feministas se den situaciones “internas” relacionadas con lo sexoafectivo que desembocan en tener que expulsar gente o hacer juicios públicos que a veces parecen más bien quemas de brujas». Pero ¿no éramos antipunitivistas?

El capítulo de “Patologías del feminismo” duele, pero duele porque son reconocibles y visibles si queremos ver los «padecimientos que están sucediendo en el gran cuerpo, diverso y monstruoso del feminismo»:

1.     La ultracategorización delirante, por ejemplo, para nombrar las disidencias sexuales para que nadie salga herida en su susceptibilidad y nadie se considere excluida. Hablar con miedo es una de las asquerosas consecuencias de esta patología.

2.     Trigerwarnitis aguda terminal (trigger warnings significa “advertencia”), relacionada con los discursos de lo políticamente correcto, con diferentes formas de adquirir poder mediante el victimismo y con la expresión más fea de eso que se llama «policía interior».

3.     Feministometriosis, es como un dispositivo de control para dictaminar quien es feminista y quién no lo es. La autora considera que quienes se denominan feministas, SON feministas, aunque su manera de practicarlo nos parezca la antítesis del feminismo que nosotras practicamos.

Concluyendo, el libro de Diana J. Torres reduce el dogmatismo, el vicio de la exclusión, de lo cerrado y definitivo. Abre puertas y ventanas para pensar y dudar, facilita cuestionar cosas que parecen graníticas y que son aceptadas, aparentemente, por toto el mundo. Adelante «las valientes que se atreven a la autocrítica y a alzar la voz».

ADELANTE.

 



[1] El libro ha sido publicado en México y Argentina y editado por Sueños de Sabotaje en 2024. Yo lo compré en el Huerto Okupado Ca La Trava el 25 de abril de 2026 y pude hablar con la autora.

 

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