Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

miércoles, 23 de agosto de 2023

«A mi aire»

 


«A mi aire» (6 abril)

La genealogía en la historia es escudriñar en aquellos aspectos descartados por la gran Historia porque no encajan en su sentido lineal de causa/efecto y bucear en los sedimentos bastardos de la historia en minúscula. Construir la genealogía de tantos hechos dados por naturales y, por tanto, despolitizados, nos permitirá descubrir hechos marginados para construir un hoy diferente al relato normativo y dominante.

«A mi aire» (13 abril)

Tejer nodos entre afines es algo vital, tanto desde el punto de vista personal como social.

[NODOS en informática y telecomunicación es un punto de intersección, conexión o unión de varios elementos que confluyen en el mismo lugar].

«A mi aire» (20 abril)

Que las técnicas de poder son polimorfas es algo evidente. ¿Cómo se llega a que adolescentes de 13 y 14 años consideren a otras adolescentes y niñas víctimas «naturales» de su «natural» violencia masculina?

Deberíamos pensar en eso y no en cómo aplicar el código penal a los agresores.

«A mi aire» (27 abril)

La construcción de un problema es parte de su solución.

Debemos pensar porqué una parte importante de los feminismos ha caído en la lógica punitivista que supone una construcción binaria y rígida -además de individualista- de los conflictos y malestares comunitarios.

Es tan fácil y bonito «estar» y «ser» siempre de las «buenas».

«A mi aire» (4 mayo)

No suelo hablar de las religiones pero, ¿alguien puede explicarme por qué en un país aconfesional, la iglesia católica (y ahora las demás religiones) goza de privilegios fiscales y otros muchos privilegios?

Y encima, para ver una catedral o una ermita hay que pagar…

Ya hace tiempo que he decidido no pagar un euro a la puerta de sus edificios, no participar en sus actos en las calles, no incorporar ningún rito suyo a mi vida, etc.

No voy a lograr nada, lo sé, es por ética.

«A mi aire» (11 mayo)

Hay mucho que me aleja de las creencias, entre ellas el arrepentimiento. Me parece que es una excusa fácil, una forma de escape.

«A mi aire» (18 mayo)

Puede parecer que «a mi aire» es un listado de enfados, cabreos y decepciones, en parte lo es…

Hoy cambio el tono: me encanta levantarme cuando aún es de noche, salir al balcón y apreciar cómo será el día. Reviso mis plantas y sus flores si las tienen. Soy feliz con ropa cómoda, me encanta tomar un té negro bien cargado y caliente (incluso en verano). Disfruto leyendo en silencio. Como siempre ando con contracturas en la espalda, me gusta practicar yoga (debería meditar más y dejar el pensamiento en punto cero, imposible para mi). Me relaja caminar mirando el mar (procuro pescar amaneceres). Aprecio una buena conversación con cualquier persona (especialmente si son amigas o amigos).

Me gusta soñar que soy libre por encima de casi cualquier cosa (o lo más libre posible).

Y paro. Esto puede acabar en ñoñería.

«A mi aire» (25 mayo)

Hace tiempo que me llama la atención uno de los muchos cajones de sastre que sirve para casi todo: PROGRESISTA. El diccionario dice que progresismo es la «ideología y doctrina que defiende y busca el desarrollo y el progreso de la sociedad en todos los ámbitos y especialmente en el político-social».

¿Aún hay quien piensa que el concepto de progreso es positivo? ¿Dónde nos ha llevado el progreso sino al borde del precipicio con un capitalismo suicida que expolia el planeta y se rige por la necropolítica? El progreso nos ha llevado a que la distinción entre el ser humano, la cosa y la mercancía tienda a desaparecer y a borrarse.

¡¡Por favor, no me incluyas nunca entre los progresistas!!

miércoles, 16 de agosto de 2023

Ursula K. Le Guin, Los desposeídos


 

Me ha costado llegar a esta novela y es extraño. La ciencia ficción no me llama excesivamente la atención, aunque he disfrutado con las grandes obras que todas y todos conocemos. Es extraño porque son conocidas las simpatías de Le Guin por las ideas anarquistas, a las que ha definido como las más humanas, complejas e interesantes de todas las teorías políticas.

En Los desposeídos, escrita en los años 70, la escritora nos ofrece la utopía anarquista convertida en realidad en el planeta Anarres, situado a varios años luz de la Tierra, donde se exiliaron los llamados odonianos después de una revolución fallida para construir un modo de vida anarquista. Los habitantes de Anarres proceden de Urras, del cual se desvincularon ciento sesenta años atrás, un mundo donde se han reproducido los males de la Tierra que conocemos. Shevek, científico que intenta trabajar en una ecuación que puede cambiar muchas cosas, será el primer habitante de Anarres en visitar Urras y descubrir una realidad para él desconocida puesto que se ha educado en unas formas de vida completamente diferentes. Los desposeídos de Urras tendrán en Shevek un símbolo de una sociedad mejor, como mínimo en la posibilidad de pensar que es posible dicha sociedad pese a sus imperfecciones y sus carencias.

El mundo de Anarres no es perfecto ni mucho menos, es un sistema que lucha continuamente con la escasez y los problemas por tratarse de un lugar inhóspito en el que la tierra es polvorienta y la naturaleza muy limitada. Así mismo es un territorio en el que los conflictos humanos no han desaparecido y el poder acecha en cada relación y actividad.

La estructura narrativa de Los desposeídos se realiza en paralelo, se nos cuenta la vida de Shevek en Anarres y su viaje a Urras. Le Guin reflexiona sobre numerosos aspectos: la complejidad de las relaciones humanas, las experiencias revolucionarias con sus éxitos y sus fracasos, el papel de la mujer en la sociedad, la influencia de las ideologías y especialmente los diversos micropoderes que surgen continuamente en cualquier espacio de Anarres (da igual que sea entre adultos o que se dé entre niños y niñas).

Una lectura emocionante e interesante.

jueves, 3 de agosto de 2023

LOS ESPACIOS PLURALES DE DIÁLOGO LIBERTARIO DE PHILIPPE CORCUFF

 


Resulta poco habitual que alguien evolucione desde espacios de la socialdemocracia hasta el anarquismo, mucho más frecuente es la evolución contraria. Solo por eso ya me interesó leer a Philippe Corcuff[1] y no me ha decepcionado. Escribe desde la sociología y la filosofía política pero no esquiva el activismo político, en 2013 ingresó en la Féderation Anarchiste en Francia, se define como «activista altermundista y libertario». Forma parte de un espacio online interesante: http://www.grand-angle-libertaire.net/

Es evidente que a Corcuff le interesan y le preocupan, entre otros temas, la defectuosa identificación por parte de la izquierda de dos cuestiones: la crítica del estatismo que se considera, a menudo por una cuestión economicista, una herramienta neutra cuando no lo es; y, en segundo lugar, la relación de la izquierda con el individualismo. Este segundo aspecto está muy presente en el mencionado libro de Corcuff que está en la base de esta reflexión.

Corcuff parte de la noción de individuo pensado de manera relacionista, en tanto que inserto en las relaciones sociales e históricas y no como una mónada aislada, tal como lo piensa el neoliberalismo económico. Lo habitual es que en la izquierda (con la excepción de ciertas corrientes anarquistas) haya predominado lo colectivo sobre lo individual, dejando el monopolio del individuo en manos del neoliberalismo. Craso error.

La propuesta de este autor es partir de un individuo multidimensional, vinculado a la constitución de solidaridades y exigencia de justicia social, que presta atención a los vínculos entre solidaridad y autonomía individual. Nadie dice que sea un tema fácil, por el contrario, puede generar, como afirma Corcuff, «confusionismo»: múltiples interferencias retóricas entre las posiciones y los temas de la extrema derecha, la derecha, la izquierda moderada y la izquierda radical que contaminan el ambiente político y social en el siglo XXI. ¿Cómo sino podemos catalogar que Isabel Ayuso se haya convertido en la campeona de la defensa de la libertad durante la pandemia y la post-pandemia? 

Es importante entender que las singularidades individuales están hechas de soportes sociales, de solidaridades y no de egoísmos individualistas mercantilizados, que indudablemente es como las construye el capitalismo. Corcuff plantea la necesidad de consolidar las articulaciones entre bienes comunes y singularidades individuales haciendo hincapié en que las solidaridades nutren las individualidades de las personas. Así mismo, debemos admitir las tensiones entre espacios comunes y singularidades individuales.

Otro tema presente en sus reflexiones es la relación entre el pensamiento crítico y la emancipación con especial atención al significado de utopía y la necesidad de eliminar pragmáticamente su contenido absoluto y dogmático. Así mismo, otro tema figura como relevante en sus investigaciones: la crítica del capitalismo y sus contradicciones principales en interacción con formas de dominación no limitadas a su lógica. Corcuff señala cuatro contradicciones principales del capitalismo en interacción con formas de dominación no limitadas a su lógica:

·       La contradicción capital/trabajo que alimenta las desigualdades de clase. El capital se opone al trabajo a través de una relación de explotación, pero desarrolla el trabajo para alimentar su proceso de acumulación. Hay que extender esa contradicción a otras formas de dominación que interactúan con el capitalismo como la dominación masculina y las discriminaciones racistas-poscoloniales.

·       La contradicción capital/naturaleza que da pie a la cuestión ecologista. La naturaleza es explotada en la dinámica de la acumulación del capital y con el agotamiento de los recursos naturales, el capitalismo pone en peligro sus bases naturales y humanas de existencia.

·       La contradicción capital/individualidad

 elaborada por el capitalismo, mejor neocapitalismo, que valoriza una cierta figura del «individuo». El capitalismo contribuye a nutrir el individualismo contemporáneo, estimulando de un lado los deseos de plenitud personal, que limita y trunca al final la individualidad tanto por la mercantilización como por su división del trabajo. Hace nacer deseos de realización individual que no puede satisfacer, creando frustraciones e individualidades lastimadas.

·       La contradicción capital/democracia

·que en la fase actual de globalización neoliberal tiende a hacer retroceder los logros democráticos limitados de los regímenes occidentales representativos profesionalizados. Esta fragilización se manifiesta de diversas maneras: desplazamiento de los poderes hacia las empresas multinacionales y las instituciones tecnocráticas desprovistas de cualquier restricción democrática; reducción del pluralismo de expresión debido a la concentración de medios, o bien el ascenso de lógicas de seguridad y antiterroristas que limitan las libertades individuales y colectivas. Existe una dominación política (de los representantes sobre los representados) no reducible a la explotación capitalista.

Por último, tras el análisis del mundo que lleva a cabo Corcuff defiende un anarquismo pragmático, que es una invitación a poner en tensión constante la radicalidad del horizonte utópico y la necesidad de producir efectos emancipadores aquí y ahora, individuales y colectivos, en lo real. El autor plantea por dónde deberían ir los caminos alternativos libertarios:

1.Construcción de convergencias entre intereses sociales, movimientos sociales, experimentos alternativos y deseos personales de emancipación que no requieren necesariamente la unificación.

2.La crítica libertaria de la representación política no presupone necesariamente el retorno a una autenticidad perdida, ni tampoco la transparencia del mundo social. Es importante señalar las lógicas oligárquicas presentes en los mecanismos de representación.

3.La lógica de la lucha no debe dominar la política emancipatoria. Hay que inventar, crear, experimentar, y no solo ganar combates. No hay que abandonar el vocabulario de la lucha, pero si mezclar, en el lenguaje de una política emancipadora, las palabras de combate y las de exploración.

4.El individuo se vuelve más claramente relacional, hay que apostar por una emancipación que sea inseparablemente individual y colectiva.

5.Conjugar la acción emancipatoria a diferentes niveles: local, nacional, global, en un horizonte cosmopolitico.

Considera que existe en la actualidad un espacio específico para la actualización del pensamiento libertario, pero que en los círculos anarquistas existe una preponderancia del trabajo de exégesis de los «grandes ancianos» (Proudhon, Bakunin, Kropotkin, etc.) y el retorno repetido de eventos gloriosos como la Revolución española del 36, que frenan vigorosamente la actualización de las ideas libertarias.

Para actualizar el pensamiento libertario, Corcuff plantea el establecimiento de espacios plurales de diálogo, cooperación, tensión y confrontación entre movimientos sociales, practicantes de experimentos alternativos, organizaciones políticas, intelectuales profesionales, periodismo independiente, subversivo, artistas y gente común, y esto desde tradiciones heredadas como es el caso del amplio espacio de lo libertario. Para ello, convendría que aquí se abandonaran las luchas fratricidas que asolan muchos espacios libertarios, el dogmatismo, la exclusión del Otro o la idea de la existencia de un principio rector único de lo que es ser anarquista.

 Laura Vicente

domingo, 23 de julio de 2023

EL NOSOTROS DE LA MAYORÍA DESCOLONIAL


Acabé de leer el libro de Houria Bouteldja[1] casi al mismo tiempo que se produjo el asesinato en un control policial de Nahel Merzouk en el suburbio parisino de Nanterre. Mientras releía el libro se producían las protestas de ira de los franceses de segunda categoría que viven en los banlieue más desfavorecidos del extrarradio de las grandes ciudades.

A esos ciudadanos franceses de segunda, Bouteldja los llama en su libro: «indígenas»[2], término usado por el imperio francés para nombrar a todos los pueblos dominados y explotados en sus colonias. El PIR usa el término «indígena» como identidad política, no como identidad esencialista/culturalista, para nombrar a todas las poblaciones que, aunque nacidas y/o criadas dentro de Francia son todavía consideradas racialmente inferiorizadas.

Bouteldja es una persona muy polémica en Francia, ha sido acusada de racista inversa e incluso de fascista. No conozco tanto su trayectoria como para opinar al respecto más allá de este libro, que no considero fascista en modo alguno, aunque sí que hay algunas formulaciones que considero desafortunadas y que no comparto.

La autora escribe desde el cuerpo, desde la experiencia vivida y por ello, se trata de un texto personal e íntimo, escribe muchas veces en primera persona. Por otro lado, es un texto muy político, una especie de manifiesto, puesto que el texto está pensado como un escrito que dirige a la opinión pública para exponer y defender un programa de acción transformadora con respecto a lo establecido. El texto es provocador e incómodo de leer desde la blanquitud que ella denuncia.

El punto de partida es que la raza blanca es privilegiada, empezando por el privilegio más precioso que es la vida, protegida por su moral, sus leyes y sus armas. La raza blanca fue inventada por las necesidades de sus burguesías emergentes que idearon una comunidad de intereses entre ella y los proletarios blancos (para ellos era un instrumento de gestión, para el resto era un salario). Así, la raza blanca fue inventada, desde entonces hay un conflicto de intereses entre razas, tan poderoso y estructurado como el de clases[3].

Partiendo de este planteamiento, la autora afirma que el capitalismo no es el fundamento del sistema como dice la izquierda blanca. El capitalismo histórico es la estructura económica de algo más fundamental: la civilización-mundo moderna occidental con sus múltiples jerarquías de dominación. Esta es el fundamento del capitalismo histórico y no al revés. En el giro descolonial, es la Modernidad -con sus múltiples jerarquías de dominación a escala mundial- lo que constituye el fundamento de la civilización-mundo en que estamos metidos y que se hizo planetaria al destruir las otras civilizaciones[4].

Por tanto, la lucha centrada contra el capitalismo se queda corta si no se cuestiona las jerarquías de dominación raciales, patriarcales, eurocéntricas, cartesianas, ecológicas, pedagógicas, epistemológicas, cristianocéntricas, etc. de la Modernidad.

La autora se convierte en el centro de la polémica cuando afirma, que en Francia hay una cuestión racial, ligada a la herencia colonial. Para dar cara a esa realidad la autora utiliza palabras que incomodan: «blancos», «judíos» e «indígenas», es decir, negros y árabes, en su mayoría musulmanes[5]. Empiezo a discrepar con la autora cuando convierte esas categorías: «blancos», «judíos» e «indígenas», en entidades homogéneas, borrando las diferencias y las contradicciones que las atraviesan.

Quizás, en el aspecto en que tengo mayores desacuerdos es en el que titula: «Nosotras, las mujeres indígenas». Comparto su denuncia del feminismo blanco que se ha ocupado de sus propios intereses sin tener en cuenta ni la raza, ni la clase social, pero me llama la atención su apología del machismo magrebí: «Yo prefiero los buenos machos fornidos, que se asumen» y no aquellos que «abdican de su virilidad para complacer a los Blancos[6]» (la homosexualidad formaría parte de dicha abdicación).

La autora defiende con pasión algo que siempre ha ligado a las mujeres al conservadurismo y a la aceptación de su condición inferiorizada: primar la solidaridad de raza y familiar, resumida en una frase de Assata Shakur: «No podemos ser libres mientras que nuestros hombres estén oprimidos». Por eso, «mi lugar está entre los míos»[7].

«La crítica radical del patriarcado indígena es un lujo» para las mujeres racializadas y aboga por la fiel sumisión comunitaria al menos mientras exista el racismo. De ahí se deriva la necesidad de que las mujeres protejan a sus hombres porque están «igual de oprimidos que nosotras»[8].

Por último, discrepo en el papel protagonista que le da a dios (por definición, algo que ha contribuido a la subordinación y explotación de las mujeres): «Solo una entidad está autorizada para dominar: Dios»[9].

Por lo demás, me parece una propuesta interesante cuando señala que puede haber un posible lugar de encuentro que puede estar en el cruce de nuestros intereses comunes -el miedo a la guerra civil y el caos-, ahí donde podrían aniquilarse las razas y donde podría encararse nuestra igual dignidad. Si se logra rechazar el odio y conjurar lo peor, puede construirse el «amor revolucionario», que no implica una política del corazón, pero sí la renuncia de los Blancos a sus privilegios[10].

 Laura Vicente



[1] Houria Bouteldja (2017): Los blancos, los judíos y nosotros. Hacia una política del amor revolucionario. México, Akal.

[2] Bouteldja forma parte del Partido de los Indígenas de la República (PIR), nombre de una convocatoria política, una asociación y luego de un movimiento político que apareció en 2005 en Francia. Se convirtió en un partido político, definiéndose como antirracista y decolonial. 

[4] Prefacio de Ramón Grosfoguel en Houria Bouteldja, Los blancos, los judíos y nosotros, p. 11.

[5] En Enzo Traverso (2018): Las nuevas caras de la derecha. Argentina, Siglo XXI, p. 76.

[7] Houria Bouteldja, Los blancos, los judíos y nosotros, p. 75.

[9] Houria Bouteldja, Los blancos, los judíos y nosotros, p. 85.

[9] Houria Bouteldja, Los blancos, los judíos y nosotros, p. 116.

[10] Houria Bouteldja, Los blancos, los judíos y nosotros, pp. 48 y 121.

 

 

jueves, 13 de julio de 2023

LIBRES DEL «PROGRESO» Y DEL PROGRESISMO

 


No sé si os pasa lo que me pasa a mí con algunos temas: algún término, concepto afirmación…, los escucho a todas horas y sé que no me encajan, que no me cuadran. Es como un moscardón que me ronda y que espanto porque no tengo tiempo de meditar los motivos de mi incomodidad. Uno de esos términos es progresista, se ha convertido en una especie de cajón de sastre que sirve para casi todo: gobierno, partido, coalición, propuestas «progresistas». Mi confusión se ha convertido en ese zumbido de moscardón que me ha conducido finalmente al portátil para desentrañar este incordio que me ronda.

El diccionario dice que progresismo es la «ideología y doctrina que defiende y busca el desarrollo y el progreso de la sociedad en todos los ámbitos y especialmente en el político-social». Etimológicamente, el vocablo lleva un -ista que significa «partidario, profesional o creyente de/en» el progreso, término que viene del latín progressus (avance, marcha adelante). Todo este planteamiento postula que la situación inicial de la humanidad era de retraso y penurias tanto materiales como morales y que el progreso y la civilización la han mejorado, que la comunidad humana mejora por el progreso técnico que permite aumentar los medios de vida y asegurar la supervivencia. Igualmente, el paso del estado «salvaje» al «civilizado» ha permitido a la humanidad una clara mejora moral.

Cuando este relato pasa a la política se distorsiona y por un malabarismo difícil de explicar (¿serán los bien pagados asesores políticos quienes lo han propiciado?) se identifica progresista con ser de izquierdas. Pero puede ser también que lo que P. Corcuff denomina «muerte cerebral de la izquierda» sea lo que le ha conducido a esta insensata acrobacia de auto eliminarse como izquierda (término también cuestionable) para zambullirse en el cajón de sastre del progresismo.

La izquierda reivindica su creencia en el progreso cuando se está produciendo en los últimos años una desintegración del marco referencial que nos ha guiado desde el siglo XVIII y que, entre otros aspectos se basaba en la creencia de un progreso garantizado por el sentido de la historia. Según esta escatología secularizada, la historia es una línea de causalidad que implica una transmisión intencional de una generación a otra siguiendo una línea siempre de progreso y mejora para la humanidad. Esta creencia de formar parte del tiempo regular y acumulativo de la progresión histórica ha sido uno de los malentendidos más grandes de la cultura de izquierda del siglo XX (mantenerlo en el XXI es una locura ciega), cargada con el legado del evolucionismo y la idea de Progreso (en mayúscula).

Pero este relato de la modernidad es desmentido sistemáticamente por la realidad.  

Las fuerzas progresistas están ancladas en el pasado. A finales del siglo XVIII, en Francia, se categorizaron los espacios políticos llamados izquierda y derecha y esto funcionó en todo el mundo. Esta creación de la Revolución francesa que estructuraba el mundo entre izquierda y derecha organizó políticamente todo el siglo XX. Pero ahora está en crisis. Así lo supo ver el Movimiento 15 M en 2011 cuando lanzó consignas como: «no existe derecha o izquierda sino arriba y abajo».

Además, el progreso tecnológico e industrial nos ha llevado al borde del precipicio con un capitalismo suicida que expolia el planeta (recursos y personas) provocando una degradación medio ambiental que nos coloca ante un futuro distópico con riesgos climáticos, pero también biológicos como la pasada pandemia y una revolución informática cuyo avance ya no controlamos. El progreso en las posibilidades de matar con eficacia es terrorífico desde la expansión colonial, la II Guerra Mundial, las guerras de descolonización y el peligro nuclear.

La necropolítica está cada vez más presente e implica el uso del poder social y político para dictar cómo algunas personas pueden vivir y cómo algunas deben morir. Los movimientos migratorios que genera este capitalismo letal plantean el derecho a exponer a otras personas a morir, por ejemplo, en todas las fronteras terrestres o marítimas que inventa, y escandalosamente penaliza e ilegaliza el sector extremo del capitalismo.

El progreso nos ha llevado además a que la distinción entre el ser humano (especialmente las mujeres racializadas y pobres), los objetos y las mercancías tiendan a desaparecer y a borrarse.

Debemos ir más allá de las lógicas civilizatorias de muerte de la Modernidad occidental para construir un proyecto político y social anti-sistémico, alejado de la lógica del «progreso». Como señala Houria Bouteldja, necesitamos un pensamiento global que visualice una alternativa a una civilización occidental en declive y que ha alcanzado su límite. Hay que salir de la «muerte cerebral» de la alternativa progresista. No se puede pensar en el tipo de relaciones sociales, la familia, la raza, la explotación, las relaciones de género o la sexualidad si no se piensa la naturaleza del Estado, las relaciones Norte/Sur, el neoliberalismo y sus metamorfosis. Más aún, hay que cuestionar y revisar las nociones de igualdad, de emancipación, de libertad, el modelo liberal de individuo y, por supuesto, de progreso.

Ha llegado el momento de parar, decrecer, desprogresar, romper la linealidad de la historia y construir un proyecto sobre nuevas bases. La urgencia de la situación que vivimos nos obliga a repensar todo y ya.


Laura Vicente

Blog: http://pensarenelmargen.blogspot.com/

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Me han ayudado a pensar y a quitarme de encima el zumbido del moscardón del «progresismo»: Houria Bouteldja, Philippe Corcuff, Tomás Ibáñez, Achille Mbembe y Enzo Traverso.



lunes, 3 de julio de 2023

FÁBRICA, MUJERES Y ANARQUISMO (II)

 

Manifestación de la Huelga de La Constancia (1913)

      2. SINDICALISMO Y ANARQUISMO

Como hemos visto, en España, a finales del siglo XIX, los códigos Civil y Penal establecían claramente la subordinación femenina y la realidad cotidiana imponía que las obreras asumían por completo los «cuidados» tras su jornada laboral. Esta doble jornada hacia casi imposible que dispusieran de tiempo para asistir a reuniones especialmente si tenían criaturas. Por otro lado, las mujeres no eran bien recibidas en las organizaciones societarias y sindicales, especialmente en las primeras, ya que no acostumbraban a ser mano de obra cualificada y la transitoriedad de su presencia en el oficio las conducía incluso a la exclusión. En los sindicatos, donde la exclusión no existía, se desarrolló un vocabulario tradicional de «combate», de «enfrentamiento», de «lucha de clases» que poseía connotaciones de género por su obsesión por una virilidad, a veces inconsciente, para la cual hacer sindicalismo era mostrar que se tenía «cojones». Así, este vocabulario en gran medida machista del sindicalismo rechazó otras relaciones posibles con el sindicalismo emancipador que pudieran desarrollar las mujeres. Los locales de las sociedades obreras y los sindicatos eran espacios masculinizados en los que las mujeres se sentían fuera de lugar. Esta situación hacía muy difícil desarrollar un activismo societario o sindical por parte de las obreras, pero, pese a ello, aunque reducido, existió en el siglo XIX y en la primera década del XX.

Deberíamos preguntarnos si no sigue siendo así en plenos siglo XXI.

Veamos el tipo de sindicalismo que se desarrolló en esta época, cómo evolucionó y qué papel tuvo el anarquismo.

Las sociedades de oficio y los sindicatos quieren controlar el mercado de trabajo por el lado de la oferta para poder hacer realidad el objetivo de la solidaridad entre la comunidad de oficio o de rama productiva. Este control del mercado laboral se sostiene sobre diversas prácticas como el aprendizaje, el reparto del trabajo durante las crisis, las listas de parados del sindicato, el rechazo al destajo o la prohibición de horas extras.

Aunque el societarismo intentó asociar, ya antes de 1868, a las mujeres de oficio (hiladoras y tejedoras), en el fondo buscaban una forma encubierta de excluirlas de las fábricas puesto que partían de la convicción de que el lugar de la mujer no era la fábrica. Esta idea la justificaban con argumentos y sentimientos humanitarios y con razones higiénicas o de salud. Aunque las mujeres de la Federación Sindical Textil de las Tres Clases de Vapor (TCV) estaban asociadas, tan solo se conoce una dirigente femenina, la Marieta rubia, de la que desconocemos incluso su apellido (entre 1888 y 1890)[1].

Las políticas societarias y los discursos exclusionistas (hacia los no cualificados, mujeres, niños y niñas) se intensificaron a finales del siglo XIX durante la crisis económica de la década de 1880 que desintegró las (TCV). Esta crisis llevó al societarismo textil hacia el sindicalismo de influencia anarquista, con un discurso más comprometido con los intereses de las mujeres en cuyo seno aparecieron, incluso, propuestas de creación de sociedades de oficio de obreras (algo que no era bien aceptado por los organismos internacionalistas que eran partidarios de los organismos mixtos).

Efectivamente, las propuestas de crear sociedades obreras de oficio de mujeres se produjeron en el contexto de la I Internacional por parte de obreras que no aceptaban la irrelevancia a las que las sometían sus compañeros de oficio, incluso cuando eran mayoría como era el caso del textil. Destaca en este objetivo una tejedora como Teresa Claramunt que participó con 22 años en la creación de un organismo de obreras llamado Sección Varia de Trabajadoras anarco-colectivistas de Sabadell (1884), cuyo objetivo era “coadyuvar a la emancipación de los seres de ambos sexos”[2]. De nuevo la vemos involucrada en la constitución de la “Agrupación de Trabajadoras de Barcelona” (1891) y del posterior “Sindicato de Mujeres del Arte Fabril” (1901).

Como ya he mencionado, el momento en que se inició este activismo societario era muy oportuno ya que se venía produciendo en la industria textil un proceso de substitución de la mano de obra masculina por la femenina que era más barata. La misma Claramunt, en un mitin en Sabadell en la década de 1880, «excita a la mujer para que no se preste al juego de la burguesía que le hace ocupar el puesto del hombre en la fábrica porque se presta más a la inicua explotación». Esta substitución del hombre por la mujer comportaba una reducción catastrófica de los ingresos familiares.

Por otro lado, este proceso de feminización hacía necesaria, para los obreros sindicados, la participación de las mujeres para enfrentarse a la hostilidad patronal. En el caso de Claramunt, su experiencia en la llamada «huelga de las siete semanas» que afectó a la industria lanera (mayo-julio de 1883) en Sabadell (por la reducción de la jornada laboral), le confirmó la necesidad de la lucha sindical y la importancia que podían tener las obreras en el desarrollo de las huelgas para que no fracasaran.

Frente al societarismo de oficio que tenía semejanzas con los antiguos gremios, se fue configurando, de la mano del anarquismo, un nuevo sindicalismo de clase que implicaba liberar a las obreras del tutelaje de los dirigentes de las Tres Clases de Vapor, «falsos redentores, adormideras», que habían aletargado a las «hijas del pueblo» tal y como señalaba TC. Acabado el siglo XIX, los anarquistas concentraron su propaganda en los barrios obreros de las ciudades industriales y empezaron a lograr que algunas mujeres ingresaran en las sociedades obreras de resistencia integradas en la Federación Regional y abandonaran las Tres Clases de Vapor. Pero, los amos de las fábricas no estaban dispuestos a facilitar este cambio y amenazaron con despidos a las obreras más atrevidas que estaban dispuestas a ir a la huelga para defender su derecho de asociación en el nuevo sindicalismo. Los empresarios querían cortar de raíz este proceso organizativo y actuaron con dureza. Algunas victorias que se produjeron en este proceso organizativo fueron celebradas por las trabajadoras en un mitin en el que participó Claramunt y al que asistieron unas mil quinientas personas. Estos primeros pasos dentro del sindicalismo de clase tuvieron su reflejo en la formación de una Comisión de obreras textiles de Barcelona que elaboró un escrito titulado «A las obreras del Arte Fabril» (diciembre de 1901) en el que se afirmaba:

«Digamos a todos los hombres, ricos y pobres, altos y bajos, explotados y explotadores que la emancipación humana depende del grado de moralidad que para nosotras se reserve (...). Rechacemos toda mezcolanza con hombres que quieran dirigirnos. No queremos directores, tutores, ni jefes. Levantemos nuestras conciencias y triunfaremos. No seamos esclavas. Mujeres somos.»

Este interesante escrito, partía de la afirmación de que las mujeres eran más esclavas y estaban más explotadas que los hombres, porque cobraban menos salario y trabajaban más horas. Pero el problema no era sólo de jornada y salario, sino de salud, ya que «el enrarecido y mortificante aire de las cuadras» envenenaban los pulmones de las trabajadoras y las hacía enfermar y envejecer rápidamente. Además, las obreras estaban rodeadas de «todos los peligros y de los insanos caprichos de nuestros amos y sus lacayos» (el acoso sexual estaba a la orden del día en las fábricas sin que nadie lo denunciara).

Si las obreras sufrían en silencio y con indiferencia, «era por culpa de los hombres que se han llamado redentores nuestros». Por ello era necesaria «una organización puramente nuestra, mantenida y dirigida por nosotras mismas». Las reclamaciones por las que se planteaba la necesidad de organización y de lucha eran: reducción de la jornada laboral, aumento de salario, regularización de todas las mecánicas fatigosas y abusivas, «y más que todo (...) respeto a nuestra dignidad de mujeres y consideración a nuestro estado de madres y esposas». El escrito concluía con un rechazo a que los hombres dirigieran a las mujeres en las organizaciones obreras

La campaña de propaganda a favor de la organización de las mujeres del Arte Fabril se fue extendiendo por todas las barriadas obreras a pesar de los obstáculos que ponían los amos de las fábricas: «se han recibido ofensas groseras, falsas acusaciones, despido injustificado de obreras, jesuíticas maquinaciones y, por último, injerencias policíacas». El “Sindicato de Mujeres del Arte Fabril” (1901) desapareció como consecuencia del fracaso de la huelga general de 1902, siendo un claro antecedente del Sindicato del Arte Textil “La Constancia” creado hacia 1910-11 y de la huelga de 1913.

En efecto, encontramos que los motivos de la huelga de 1913 estuvieron relacionados con la doble jornada: laboral y de «cuidados» que hacía cada vez más difícil compaginarlas por el aumento de los ritmos de trabajo y las largas jornadas laborales del textil (11 o 12 horas), que contrastaba con la mayoría de los oficios masculinos (8, 9 o 10 horas). Y su principal reivindicación: reducción de la jornada de trabajo igual que en huelgas anteriores (el incidente que desencadenó la huelga en Sants fue la petición de que se aplicara la jornada laboral de 8 h. en el trabajo nocturno).

Este sindicalismo (mixto o femenino) ofrecía   un discurso de clase que apostaba por una mayor igualdad, la denuncia de la doble jornada de las obreras y una mayor sensibilidad   respecto a su papel en las luchas sociales. El nacimiento de Solidaridad Obrera (1907) y CNT (1910) establecieron las condiciones para organizar este nuevo sindicalismo, que rompió con el viejo societarismo de oficio y que incluyó a los descualificados, lo que equivalía a incluir a las mujeres y sus intereses.

Sin embargo, como se comprobará muy pronto, este modelo sindical volvió a subordinar los intereses de las obreras a los de los sectores de oficio masculino (siendo común y sistemático que las Juntas Directivas estuvieran formadas por hombres), de esta manera esta problemática la volvemos a encontrar en las décadas posteriores, siendo complicada la posterior constitución del Sindicato Único, como estructura característica de CNT. Además, existía el problema de la poca cooperación de muchos cabezas de familia, que veían con malos ojos la sindicación de las mujeres de su familia: persistía la idea en cierta manera de que el sindicato no era lugar para las mujeres y que estas no estaban preparadas para estar al frente de sus Juntas Directivas. La composición mixta de las juntas nunca se cumplió y el sindicato volvió a reproducir las prácticas exclusionistas para los no cualificados, especialmente las mujeres.

Incluso en el proceso de Revolución Social que se produjo a partir del 19 de julio de 1936 encontramos ausentes a las mujeres de los puestos de liderazgo en los sindicatos, en las colectividades, en los equipos de trabajo en el campo, en los comités y ya no digamos en las milicias. Se mantuvieron las diferencias salariales en función del género e incluso el acceso a ciertos trabajos por el mismo motivo incluso en las empresas o en las tierras colectivizadas.



[1] Carles Enrech «El sindicalismo textil: entre la solidaridad y la exclusión», Historia Social, núm. 68, 2010, pp. 89-113.

[2] La información sobre la constitución de la Sección Varia apareció en Los Desheredados, núm. 127, 1-XI-1884.

viernes, 23 de junio de 2023

FÁBRICA, MUJERES Y ANARQUISMO (I)

 



1.     FÁBRICAS

Como veremos a lo largo de esta exposición hay una idea que estaba siempre presente cuando se hablaba de mujeres y fábricas, esta idea era que la fábrica era cosa de hombres o lo que es lo mismo que el lugar de la mujer no era la fábrica. Hagamos una primera reflexión al respecto antes de entrar en el tema de las fábricas y la presencia femenina.

A través de leyes y de otros mecanismos culturales de control social informal se confinó a las mujeres al ámbito doméstico y se les dio una identidad única de madres y esposas. Las leyes que se aprobaron en Europa y EUA establecían el dominio masculino y la desigualdad femenina: las mujeres carecían de la ciudadanía (derechos políticos y civiles), tenían restricciones para acceder a la propiedad, la herencia, la educación, el trabajo, etc. y su presencia en los espacios públicos estaba limitada a la vez que se mantenía su dependencia del hombre (padre, marido, hijo).

La discriminación legal de las mujeres se garantizó, en la España de la Restauración, a través del Código Civil (1889), Penal (1870) y de Comercio (1885). La mujer casada no tenía autonomía personal; dependía económicamente de su marido, ni siquiera era dueña de los ingresos que generaba su propio trabajo. Además, debía obediencia a su marido y necesitaba su autorización para desempeñar actividades económicas y comerciales. El poder del marido sobre la mujer casada fue reforzado, además, con medidas penales que castigaban cualquier trasgresión de su autoridad. Discriminación legal, segregación laboral y desigualdad de oportunidades educativas, reforzaban las normas que eran básicas en el sistema de género. Las leyes y normativas oficiales contaban además con un conjunto de creencias, hábitos, valores y reglas de conducta acordes que se fundamentaban en el discurso de género vigente en esta época.

Entre otros mecanismos culturales de control social informal, más difíciles de detectar y de cuestionar, encontramos el modo en que se representaba la feminidad. Se construyeron imágenes de las mujeres de inferioridad (tanto intelectual como física) y de subordinación. La feminidad quedaba definida por la ternura, la abnegación y la dedicación a los demás, frente al raciocinio, el interés propio y el individualismo, que eran el epicentro de la masculinidad.

Así se creó un modelo de mujer que se generalizó en la sociedad occidental, evocado a través del arquetipo del «Ángel del Hogar». Este arquetipo burgués pero aceptado en el mundo obrero, difundido a través de la literatura de buen comportamiento y urbanidad, las novelas, e incluso textos de signo médico y científico, consideraba la maternidad como el destino «natural» de las mujeres. La identidad femenina no podía pensarse fuera del matrimonio y, por tanto, dentro del ámbito doméstico en el que la feminidad quedó definida por esa figura angelical y abnegada.

Pese a que las mujeres tenían que ser competentes en muchos campos para atender la casa, el discurso de la domesticidad les negaba su perfil de trabajadoras. Las tareas domésticas, los cuidados, no se valoraban como trabajo y pese a ser fundamentales para la economía capitalista era invisibilizado y gratuito, considerado como algo «natural» al hecho de ser mujeres. Pero, además, este mismo discurso influía en la consideración negativa del trabajo extradoméstico femenino y de ahí que podamos afirmar que las mujeres solo trabajaban por necesidad y como algo provisional (aunque ese estado se prolongara durante años): la fábrica (o cualquier lugar de trabajo) no era su lugar.

***

Dejando claro que las fábricas eran espacios masculinizados, veamos algunos aspectos relevantes del proceso industrializador para contextualizar la huelga de “La Constancia”.

Durante el siglo XIX, el sector que primero introdujo la máquina de vapor en Cataluña fue la industria textil del algodón como bien sabemos, fue en este sector en el que las mujeres se incorporaron a las fábricas. Es remarcable en el crecimiento de la industria textil del algodón la oleada de prosperidad y buenos negocios, conocida como la fiebre del oro, que se desarrolló a partir de 1871 y duró hasta 1883. En esta etapa se produjo la substitución de los telares manuales por los mecánicos entre 1870 y 1900, el aumento del número de unidades de funcionamiento y el uso creciente de la energía de vapor dio lugar a un importante incremento de la productividad. Los cambios en la organización del trabajo y la tecnología provocaron la preferencia de los fabricantes por la mano de obra más barata que representaban las mujeres y la población infantil.

Entre 1870 y 1890 el número de obreras en el sector textil aumentó y las cifras de mujeres que trabajaban en este sector iba en progresivo aumento con el nuevo siglo. Hacia 1900, las actividades textiles significaban el 28,14% de la población activa femenina del sector secundario y pasaron a ser el 32,66% en 1930. Por tanto, es una etapa de feminización de las plantillas en las industrias textiles para mantener los límites saláriales bajos. Este proceso de feminización fue muy notorio en las ramas fabriles (hilaturas y tejidos) y de géneros de punto, mientras la del agua (tintes y aprestos), con mejores condiciones laborales y salarios más elevados, mantuvo el predominio masculino. A finales del siglo XIX las mujeres recibían por el mismo trabajo un poco más de la mitad del salario que recibían los hombres y, por lo tanto, aunque fuese el mismo trabajo, siempre se apreciaba menos que el de los hombres.

Los empresarios no querían renunciar ni siquiera a la mano de obra infantil, en parte también femenina porque era muy barata. Incluso antes de conseguir el mínimo de edad fijado por la ley (10 años), las niñas acompañaban a sus padres a los talleres. Estas niñas se encargaban de escobar los locales y ayudar en ciertos trabajos a los obreros adultos por unos céntimos semanales. Eran las llamadas chinches de fábrica, niñas o jornaleras que hacían tareas inferiores y que constituían los sectores peor pagados.

Las condiciones de trabajo e higiene eran bastante lamentables. En los talleres, el espacio entre los telares era muy reducido y eran lugares mal iluminados y ventilados en los cuales, adolescentes y adultas, trabajaban durante once o doce horas adoptando posturas forzadas a que les obligaban ciertas tareas (caso de las tejedoras) y respirando el polvo que desprendían ciertos materiales con los que se trabajaba. Estas condiciones de trabajo provocaban en las trabajadoras del textil y, especialmente, en las de la regeneración de lanas, ciertas enfermedades como inflamaciones y ulceraciones de las mucosas pulmonares, que en ocasiones degeneraban en tuberculosis.

Era en la edad en que se hacía el aprendizaje industrial, de los quince a los diecinueve años, cuando el comportamiento de los salarios ponía en evidencia una clara segregación laboral por razón de sexo. El salario de los adolescentes se doblaba, en cambio el salario de las adolescentes permanecía estancado. Esta diferencia salarial estaba relacionada, entre otros aspectos, con el hecho de que la mayoría de las jóvenes no hacían el aprendizaje. Otras niñas, las menos, empezaban el aprendizaje y su habilidad determinaba el ascenso en la escala profesional dentro de los límites impuestos por su sexo.

La realidad era que las mismas familias transmitían el planteamiento, como ya hemos dicho, de que las mujeres debían vivir en el ámbito doméstico y, por tanto, no hacía falta una cualificación que después del matrimonio y, sobre todo, cuando tuviesen los primeros hijos, no les serviría de gran cosa. Como ya hemos dicho, el trabajo de las mujeres en las fábricas era transitorio. Únicamente se aceptaba el trabajo fuera de casa en determinadas circunstancias, como era la necesidad económica, pero esta necesidad sólo podía justificar el trabajo de las mujeres durante un tiempo y, por tanto, como un trabajo secundario a la espera de que un hombre, o el conjunto familiar cuando los hijos e hijas empezaban a trabajar, pudiesen encargarse de mantenerlas en casa.

Las mujeres, además, sufrían una doble explotación, como señalaba la obrera textil, Teresa Claramunt, cuando decía que: en «el taller se nos explota más que al hombre, en el hogar doméstico hemos de vivir sometidas al capricho del tiranuelo marido». Tras las largas jornadas laborales, superiores a veces a las de sus compañeros, a las mujeres les quedaban por realizar todas las tareas domésticas y los cuidados, trabajo que las mujeres asumían como algo «natural» y por ello gratuito. Esta doble explotación estuvo presente en el origen de la huelga de La Constancia en 1913.

Laura Vicente