Una persona culta es aquella (…) que sabe cómo elegir compañía entre los hombres [y mujeres], entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. H. Arendt

martes, 23 de junio de 2015

CAMPOS DE CONCENTRACIÓN Y SS EN EL 70 ANIVERSARIO DEL FIN DE LA II GUERRA MUNDIAL

EUGEN KOGON, El Estado de la SS. El sistema de los campos de concentración alemanes.


Llegué a este libro a través de Primo Levi en su obra, Si esto es un hombre. Buchenwald fue el primer lager que cayó intacto en manos de las tropas aliadas. Los servicios de inteligencia norteamericanos (el Intelligence Team de la Psychological Warfare División) llegaron a este campo con la intención de estudiarlo y presentar un informe. Pronto comprendieron que a las personas ajenas no les sería posible comprender ni valorar las complicadas relaciones internas del lager y que el informe debería  hacerse en estrecho contacto con prisioneros del campo. El nombre de Kogon, sociólogo y especialista en ciencias políticas, formaba parte de una lista de personas recomendadas que había sido entregada a los norteamericanos por emigrantes que se encontraban en Estados Unidos y a él le encomendaron la tarea de elaborar dicho documento. Su informe fue una descripción minuciosa de Buchenwald, campo en el que estuvo prisionero seis años, constaba de 400 páginas mecanografiadas que contenían un informe principal de 125 páginas elaborado por Kogon, y cerca de 150 informes de distintas personas a las que se les había pedido una opinión basada en sus experiencias. Entregado el informe se le recomendó a su autor que lo reelaborara como libro ampliándolo a todos los campos de concentración. El Estado de la SS se convirtió, desde su publicación en 1946, en una obra de referencia que fue utilizada en los juicios de Nuremberg. Reeditada con éxito en 1977, continúa siendo una obra imprescindible. No estamos ante un estudio histórico al uso, más bien tiene un carácter sociológico en el que el contenido humano, político y moral destaca por encima de otros aspectos más académicos.


Eugen Kogon nació en 1903 y murió en 1987 en Alemania, hijo de madre soltera de origen ruso-judío, fue entregado en acogida a una familia que lo educó en centros católicos. Su ideología combinó el cristianismo con el socialismo, hombre de vocación humanista, se opuso al régimen nazi, sufriendo su tercer y definitivo arresto por la Gestapo en Viena, cuando la anexión de Austria (marzo de 1938). En septiembre de 1939 fue internado en uno de los mayores campos de concentración del Tercer Reich, el de Buchenwald (en las proximidades de Weimar, Turingia); su confinamiento se prolongó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Per me si va nella città dolente.
Per me si va nell’eterno dolore.
Per me si va alla perduta gente.…
Lasciante ogni speranza voi ch’entrate!
(A través de mí se va a la ciudad doliente.
A través de mí se va al eterno dolor.
A través de mí se va al pueblo de los perdidos.…
¡Abandonad toda esperanza, los que entráis!)

El infierno de Dante sería una excelente metáfora del mundo del lager, del otro mundo, sobre el que reflexiona  Kogon en un primer capítulo, titulado “El terror como sistema de dominio”, que incorporó en 1948. El terror es considerado como método de violencia que salta por encima del Derecho y corrompe cualquier idealismo, si es que el nazismo llego a tenerlo alguna vez. El estado de pánico deja desamparado al ser humano y lo vence, creando la verdadera relación de superioridad e inferioridad. El autor afirma que las masas no reaccionan ante una ilimitada aplicación de violencia y si lo hacen es individualmente y según sus intereses. 
Los 24 capítulos restantes son un recorrido minucioso sobre los fines y organización del Estado por parte de la SS, así como el tipo de vida de éstos y el mundo de los campos en los que reinaban: organización, clases, prisioneros, el trabajo, los castigos, la alimentación, las condiciones sanitarias, las instalaciones especiales, etc. Estos capítulos son esencialmente descriptivos, minuciosos, templados y, sin embargo, dibujan un mapa del horror difícil de olvidar  y que impacta. Los campos iban mucho más lejos en sus objetivos que la mera explotación de los prisioneros como esclavos, pretendían destruirlos y reducirlos a una condición inferior a la del ser humano, degradarlos, bestializarlos y convertirlos en despojos sin alma que se dejaran conducir al matadero como las bestias.
Tras la descripción detallada de los campos, Kogon concluye con tres capítulos magníficos en los que reflexiona sobre la psicología de la SS, de los prisioneros y la actitud del pueblo alemán hacia los campos.
El esquema psicológico de los miembros de la SS respondía a unos contenidos de la conciencia, precisos, dogmáticos, simples y sin elaborar. Eran hombres en los que no hacía ningún efecto la razón ni los ideales auténticos, eran unos bárbaros sin cultura, es decir, sin capacidad crítica, quizás por ello practicaban la doble moral sin pudor y desde su conciencia de señores, de élite, todo tenía que suceder según su voluntad, mostrando un desmesurado afán de poder.
La mediocridad, tanto si residía en la inteligencia, en el espíritu, en la voluntad, en la fantasía como en la múltiple socialización de las cualidades del alma humana, llevo a esas personas a la SS, y allí, afirmando su superioridad, encontró cobijo; la mediocridad las mantuvo en la SS y las empujó de vicio en vicio, de crimen en crimen. El comportamiento de cada uno de los miembros de la SS, independientemente de su graduación, era característico de este comportamiento básico y del sistema (p. 455).
La psicología de los prisioneros era sometida desde la entrada en ellos a una prueba terrible: Los campos de concentración trituraban las almas de sus víctimas como piedras de molino. ¿Quién era el que podía salir inmune de este proceso? No hubo nadie que saliese igual que entró (p. 457). Kogon describe cómo se producía la adaptación al campo o la muerte;  que la supervivencia era el resultado de un conjunto de circunstancias y que no era solo producto de un esquema simplista basado en la inteligencia, la voluntad y el espíritu. Soportar el proceso de profunda humillación y degradación personal al llegar al campo constituía la primera selección. En tres meses se producía un desmoronamiento espiritual y físico que conducía a la muerte o el suicidio, a la adaptación a la degeneración del campo o a dominar la situación si se demostraba la suficiente fortaleza de carácter… realmente se necesitaba mucho tiempo para que el espíritu, arrancado de un mundo firme, pudiese hallar su mundo de gravedad interno en el mundo salvaje, a vida o muerte, en el que había sido arrojado (465).
Sobre si el pueblo alemán sabía o no sabía el horror de lo que sucedía en los campos, sobre las razones políticas, religiosas o psicológicas por las que arraigó una ideología como el nazismo y sobre la nula reacción del pueblo alemán, como pueblo, a la injusticia, son los pivotes sobre los que gira el último capítulo de este excelente y necesario libro.
Kogon quiere testimoniar lo sucedido en el Estado de la SS y en los lager para que nunca pueda repetirse algo similar:

¡Qué Dios libre al mundo en el futuro, después de semejantes ejemplos, de todos los profetas que nos hablan de la “lucha por la existencia”, esto es, de trasladar la ley de la selva a la sociedad humana (p. 464).

sábado, 13 de junio de 2015

EL APOLITICISMO DESDE EL MARGEN


Publicado en La Marea

JURE KRAVANJA
No parece el mejor momento para hablar de uno de los rasgos que mejor definen la idiosincrasia del anarquismo, el apoliticismo, dado el entusiasmo que despierta la participación política y las expectativas de cambio que tal participación genera en amplios sectores de población.
Henry D. Thoreau[1], un hombre que resulta inclasificable pero que tiene un claro talante libertario y solidario,  señalaba ya a mediados del siglo XIX que:
El gobierno por sí mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir.
Añadía, además, que lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia y que solo una minoría sirven al Estado con sus conciencias, con lo que acaban las más de las veces enfrentándose a él y casi siempre son tratados como enemigos. Para Thoreau, las votaciones son un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales. Votar, por tanto, es expresar débilmente el deseo de justicia, que al quedar en manos de la mayoría se deja al azar del resultado.
Anarquistas posteriores redundaron en la línea marcada por Thoreau señalando, como Proudhon[2], que:
Ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, inscrito, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopesado, censurado e instruido por hombres que no tienen el derecho, los conocimientos, ni la virtud necesarios para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, controlado, grabado, sellado, medido, evaluado, sopesado, apuntado, patentado, autorizado, licenciado, aprobado, aumentado, obstaculizado, reformado, reprendido y detenido.
Es, con el pretexto del interés general, ser abrumado, disciplinado, puesto en rescate, explotado, monopolizado, extorsionado, oprimido, falseado y desvalijado, para ser luego, al menor movimiento de resistencia, a la menor palabra de protesta: reprimido, multado, objeto de abusos, hostigado, seguido, intimidado a voces, golpeado, desarmado, estrangulado por el garrote, encarcelado, fusilado, juzgado, condenado, deportado, flagelado, vendido, traicionado y por último, sometido a escarnio, ridiculizado, insultado y deshonrado.¡Eso es el gobierno, esa es su justicia, esa es su moral!”
No está de más señalar que el anarquismo lo que rechaza  es la intervención en la política institucional ofrecida por el propio sistema con la intención de transformarlo, ya que como señaló Sartre: Quien respeta la legalidad no puede actuar contra el sistema, vive en él. Actuar  en la política para modificar el sistema a través de las acciones que, como señala Thoreau, surgen de los principios, de la percepción y la realización de lo justo, con la intención de cambiar las cosas y las relaciones de poder, también es participar en política y ahí siempre ha estado presente el anarquismo como ideología política que es.
La participación política que están impulsando en la actualidad diversos partidos o coaliciones electorales (como Podemos, Guayem, Barcelona/Zaragoza [y otras] en común, CUPs, etc) que dicen surgir de los movimientos sociales, especialmente del 15 M, y que aspiran a no abandonar, no es nada nuevo. El movimiento obrero se vio recorrido por esa disputa desde su origen y generó una discusión directa en la AIT (1864-1876) entre bakuninistas partidarios de la no participación en política y del rechazo a la formación de partidos obreros, y los marxistas que defendieron la posición contraria. La escisión y disolución de la AIT por esta disputa sobre la intervención política fracturó al movimiento obrero y lo encarriló mayoritariamente hacia la fundación de partidos para intervenir en los parlamentos y desarrollar una política reformista que favoreciera a las clases trabajadoras. Recordando la mencionada frase de Sartre, estos partidos se instalaron en el respeto a la legalidad y abandonaron los sueños de transformación del sistema iniciando los primeros pasos de la socialdemocracia. No podemos olvidar que aquellos partidos obreros que mantuvieron la idea de la revolución social y conquistaron el cielo, perdón el poder, acabaron construyendo  terribles distopías que crearon una sociedad totalitaria, cruel y represora, en la que el Estado creció hasta imponer la voluntad de una minoría sobre la inmensa mayoría de la sociedad (fue paradigmático el estalinismo soviético).
La socialdemocracia, viviendo en el sistema, ha evolucionado hacia posiciones de poder neoliberal, deteriorando su prestigio entre corruptelas y puertas giratorias. La política ha quedado reducida a una cuestión de gestión de expertos de las necesidades del capitalismo global que ha provocado, desde 2008, consecuencias devastadoras para las clases trabajadoras y clases medias.
Las organizaciones políticas que viven en el sistema, no suelen iniciar  movimientos de protesta, y así ocurrió con el movimiento 15M de 2011, sino que son éstos los que dan lugar al nacimiento de organizaciones (Podemos y las diversas coaliciones electorales que dicen proceder de dicho movimiento) que, a su vez, intentan domesticar las protestas y transformarlas en canales institucionales, tal como está sucediendo cuatro años después de iniciado este movimiento. Como señala James C. Scott[3], en la medida en que las protestas amenazan el sistema, las organizaciones formales son más un impedimento que un elemento facilitador ya que las instituciones estatales controlan férreamente el poder del Estado y del acceso institucionalizado a él. El 15M desafió en primer lugar esa idea práctica de la política: no nos representan; era un momento en el que se daban las mayores alteraciones y en el que dichos movimientos estaban menos organizados y eran menos jerárquicos, por tanto, eran más rebeldes en el desafío no institucionalizado frente al orden existente. No había líderes con los que negociar un acuerdo y el desafío en masa, precisamente porque amenazaba el orden institucional (recordemos el parlamento cercado por manifestantes tanto en Madrid como en Barcelona), hacía reclamar desde el poder que la ciudadanía lo que debía hacer era votar y no movilizarse y para ello eran necesario que surgieran organizaciones que intentaran canalizar este desafío e incorporarlo al flujo de la política normal, donde pudiera ser contenido. Lógicamente los partidos tradicionales no esperaban ser sustituidos por partidos de indignados, pero incluso su dudosa desaparición no es preocupante para el sistema que tiene una gran capacidad de asimilación como lo demostró con los partidos socialistas, comunistas, verdes, etc.

JURE KRAVANJA
Y llegamos al nudo gordiano de la lucha política: ¿participamos para cambiar de manos el poder político y reformar aspectos secundarios del capitalismo neoliberal o luchamos para cambiar la vida? Si lo que deseamos es lo primero, los nuevos partidos son más eficaces, al venir de fuera del sistema, para transformar la rabia, la frustración y la indignación en un programa político que constituya la base sobre la que tomar decisiones políticas y legislar. Tienen una multitud rebelde que patrimonializar si la disciplinan y controlan. Estas organizaciones son enunciadas por J. C. Scott como instituciones traductoras, puesto que su capacidad de negociación está basada en traducir su control respecto a los movimientos de los que proceden. Es la rebeldía del 15M la que ha constituido la fuente de influencia de estos nuevos partidos, por ello podemos considerarlos como auténticos parásitos de la rebeldía espontánea que tratan de transformar en votos y en poder dentro de las instituciones.
Olvidada la idea de una revolución total que lo podía cambiar todo, en todo el mundo, y que mantenía el enfrentamiento frontal contra el sistema, la revolución del siglo XXI quizás no está tanto en los fines como en los medios, de tal manera que la máxima del fin justifica los medios podría girar en los medios justifican el fin. Los medios tan vapuleados en aras de conseguir los fines, se pueden convertir en la clave de una transformación cuyas dimensiones no son fáciles de prever, ni deberían interesarnos en exceso, tras un siglo y medio en que los fines lo han acaparado todo con unos resultados más bien exiguos si tenemos en cuenta el actual dominio neoliberal.
Un medio irrenunciable para el anarquismo es la praxis de la libertad frente a la conformidad, pero también, como señala Byung-Chul Han[4], el rechazo a la violencia del consenso que reprime cualquier particularidad y que reina en la conexión a la red y en la comunicación digital. Lo más actual del anarquismo está en la importancia que da a las relaciones de poder, la hipersensibilidad frente a la autoridad, el rechazo frontal de todas las decisiones desde el ejercicio del poder, como elementos contradictorios con la libertad.  La libertad verdadera solo es posible mediante una completa liberación de la vida respecto del capital, nuestro futuro dependerá de que seamos capaces de servirnos de lo inservible más allá de la producción. El rechazo de una praxis consumista puede desarrollar una forma de vida que esté libre de la necesidad.
Crear, en definitiva, nuevos espacios en los que construir  el arte de la vida como praxis de la libertad y en los que caben cooperativas autogestionadas y redes de economía alternativa. Es necesario comenzar en otro  puerto de partida, en un espacio propio y libre  que marque distancias con el utilitarismo que se ha adueñado de la política, y logre articular, si es necesario, las objeciones a nuestra forma de vida redefiniendo lo que puede unir a las personas, abandonando el individualismo, el consumismo y la codicia que impregna toda la actuación humana.
La dificultad hoy no estriba en expresar libremente nuestra opinión, sino en generar espacios libres,  en los que prime la soledad y el silencio y encontremos algo que decir. Abrir  espacios virginales, como señala Byung-Chul Han, para que el pensamiento pueda iniciar un hablar totalmente distinto  que sea capaz de cuestionar los esquemas de dominación, las manifestaciones sexistas, las formas de explotación económica, o las relaciones jerárquicas. No es una novedad esta propuesta, el mencionado Henry D. Thoreau señalaba la vacuidad de las conversaciones cotidianas y cómo lo superficial lleva a lo superficial, permitiendo que las personas abarroten la mente con basuras y deja que, rumores e incidentes ociosos e insignificantes, se introduzcan en un terreno que debiera ser sagrado para el pensamiento. Clamando por la castidad de la mente como única forma de pensar y acceder al conocimiento. Y desde el silencio quizás es posible la revolución interior que, tan relevante fue  siempre para el anarquismo individualista, para hacer crecer comportamientos fraternales, solidarios y de apoyo mutuo con las personas más próximas. La incitación a volver a una concepción moral y natural de la sociedad, la libre opción y la libertad de juicio, son medios a destacar en la praxis libertaria.
Las formas de participación política anarquistas tienen que basarse en la capacidad de decidir por sí mismo, sin delegación, tanto individualmente como colectivamente. A diferencia de las acciones institucionalizadas, a través de la “acción directa” los actores sociales intentan alcanzar sus objetivos transgrediendo o vulnerando los canales institucionales del orden social para lograr sus demandas. No solo se refiere al carácter no mediado institucionalmente de la forma de lucha, sino también al carácter organizativo no delegado de dicha forma de acción.
James C. Scott[5],  propone practicar la infrapolítica con acciones diversas como, dar largas o inacción, furtivismo, ratería, disimulo, sabotaje, deserción, absentismo, ocupación y huida. Las clases subordinadas han carecido históricamente del lujo de la organización política manifiesta, lo que no les ha impedido trabajar en complicidad y de forma microscópica, cooperativa y multitudinaria en el cambio político desde abajo.
El anarquismo tiene un trasfondo, desde la libertad y la autonomía personal, que puede construir sin dogmas un modelo de vida que respeta las emociones, la autoestima, la responsabilidad de las decisiones propias, el estímulo de las capacidades y la inteligencia desde el realismo de lo posible. Estos medios pudieran convertirse en el fin, pensado desde otro punto de vista más acorde con el siglo XXI.





[1] Henry D. Thoreau (2013): Desobediencia civil y otros escritos. Alianza, Madrid, p. 83 y 85.
[2] J. Proudhon (1994): “La idea general de la revolución en el siglo XX”. En: Alonso, M. E., Elisalde, R. y Vázquez, E. Historia Argentina y del mundo contemporáneo. Buenos Aires, Aique, 1994. 
[3] James C. Scott (2013): Elogio del anarquismo. Crítica, Barcelona, p. 17. 
[4] Byung-Chul Han (2014): Psicopolítica. Herder, Barcelona, pp. 120-122. 
[5] James C. Scott (2013): Elogio del anarquismo, p. 20.

miércoles, 3 de junio de 2015

STEFAN ZWEIG, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia.

Nunca necesito motivos para leer a Stefan Zweig, uno de mis autores favoritos. Esta obra hacía un tiempo que la tenía en un rincón donde voy poniendo aquellos libros que considero de lectura inminente (aunque resulta que, a veces, no lo es tanto porque se me van colando otros).


Esta obra de 251 páginas deja claro en su título que se trata de una confrontación entre dos hombres, Castellio, y su defensa de la conciencia libre, y Calvino, y su defensa de la constricción de la libertad a través de la violencia. Fue escrita en 1936, un año fatídico en el que quedó definitivamente claro que se habían definido dos bloques antagónicos en Europa: las potencias totalitarias con políticas exteriores agresivas y que habían entrado en una loca carrera de rearme, y las potencias democráticas con políticas pacifistas, aunque ambiguas frente al fascismo al que consideraban garantía frente al comunismo. En este año la política expansionista japonesa seguía su curso en el Pacífico y Asia. Se inició en julio la guerra civil española. Se formó el eje Roma-Berlín y se firmó el Pacto Anti-Komintern con Japón, al que se unió Italia. Hitler tomó la decisión de la reocupación militar del  territorio desmilitarizado del Rin. Italia se anexionó Etiopía y marcó como territorio de expansión el Mediterráneo.

Las leyes de Nuremberg, de claro contenido racista y antisemita, se habían aprobado el año anterior y, sin embargo, Stefan Zweig confiaba, pese a las advertencias por carta en sentido contrario de su amigo Joseph Roth, en que el nazismo acabaría por perder importancia y que, siendo preocupante, no llegaría a mayores.

La historia tiene sus misterios, su azar, sus volutas en las que parece que todo se repite ya que fue también en el año 36, 1536, cuando la ciudadanía ginebrina, convocada por el sonido de los clarines se reunió en el “ágora” y levantando unánimemente la mano, declaró que querían vivir exclusivamente según el evangelio y la palabra de Dios y de esta manera la religión reformada se implantó como doctrina del Estado y como único credo válido y permitido. 

Ese bucle de la historia permite hablar del año 1936, pese a que la obra de Zweig nos sitúa en 1536. Resulta evidente a través de su lectura que el autor establece un paralelismo, salvando 400 años de historia, entre la lucha que Castellio libró con Lutero y la que se vislumbraba en Europa. O lo que es lo mismo, tolerancia, libertad, humanismo y conciencia, frente a persecución, tutela y fanatismo. Pero hay algo más, Zweig reflexiona sobre la tendencia que tiene el ser humano a confiar en el mesianismo (calvinista, nacional-fascista u otros propios del siglo XXI) para resolver sus problemas y sumergirse y escudarse en la colectividad para apoyar la persecución de hombres y mujeres heterodoxas, discrepantes, librepensadoras, herejes, personas con criterio propio, en definitiva.


Señala Zweig que de la arbitrariedad surge el dogma. De la libertad, la dictadura. De la exaltación anímica, una rígida norma espiritual (p. 30), y una no sabe si habla solo del siglo XVI, del XX o del XXI, del calvinismo, del stalinismo o del neoliberalismo y su falsa libertad denunciada por Byung-Chul Han, puesto que una tiranía dogmática surgida de un movimiento en pro de la libertad es siempre más dura y más severa con respecto a la idea de libertad que cualquier poder hereditario (51).

Resulta coherente que las dictaduras siembren el terror, eliminen la libertad, intimiden al individuo hasta que, sin ofrecer resistencia, se diluya en el rebaño devoto y sumiso hasta que todo lo singular desaparezca. Igualmente les une a los totalitarismos su deseo por eliminar todo lo que alegra la vida y la hace digna de ser vivida: el arte, el teatro, las diversiones, las fiestas populares, el baile o el juego.

Resulta muy difícil oponerse a una dictadura ya que, mientras una idea no se una al descontento, seguirá siendo una débil murmuración, una fuerza solo latente, en lugar de activa (82). Y mientras esa unión se produce, solo individualidades con un pensamiento diferente, como Miguel Servet y Sebastian Castellio, se levantan con su libertad interior para enfrentarse, sin posibilidad de éxito, al terror dictatorial. Son solitarios que se convierten en símbolos de la disensión ideológica. A estos dos hombres, entre miles de indefensos que fueron vejados, quemados, decapitados, estrangulados o ahogados en el patíbulo de un siglo especialmente violento, dedica Zweig este libro, a recorrer su calvario frente al poderoso.

La unión de religión y Estado convirtió a los disidentes religiosos en verdaderos agitadores que alteraban el orden social, por ello eran tan peligrosas palabras tan simples como esta afirmación de Castiello:
Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre (151).
El Estado ante este peligro de alteración del orden social y religioso admite el derecho a la represión y la violencia. Castiello escribió el “yo acuso” de su época con su Contra libellum Calvini, una obra que dirigida contra Calvino, gracias a su fuerza moral, dice Zweig, será una de las más brillantes polémicas escritas contra cualquier intento de acallar la palabra por medio de la ley; el modo de pensar, por medio de una doctrina; y la conciencia nacida para siempre libre, por medio de la fuerza por siempre despreciable (185).

Castellio arremete contra la intolerancia de Calvino y, mucho más, contra el uso de la violencia y el asesinato por pensar diferente y supo descargar palabras irreverentemente peligrosas:
Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe (196).
Miguel Servet fue quemado vivo en la hoguera y Castellio se lo ahorró porque murió antes, sus obras fueron quemadas y se impidió su edición durante mucho tiempo, sucumbieron ante el fanatismo estrecho de miras que siempre intenta violentar las conciencias, sin embargo, la humanidad debe mucho a estos solitarios que pese a la violencia ejercida desde el poder, defendieron su opinión soberana.
No deberíamos olvidar estas palabras de Zweig:
Nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas. A la humanidad siempre le será cuestionado cada nuevo avance, como también lo evidente se pondrá en duda una y otra vez (251).
 

sábado, 23 de mayo de 2015

LECTURAS ENLAZADAS


Hace tiempo que sé que hay conexiones entre las lecturas que realizamos, aunque no siempre seamos conscientes de ello. El primer hecho a destacar, hay muchos libros pero una sola lectora que individualmente elije los títulos a leer. Pero al margen de esta obviedad, que cualquiera puede constatar, existen otros vínculos que nos llevan de una obra a la siguiente ejecutando una especie de danza que, paso a paso nos reafirma los temas que nos preocupan y que nos van conduciendo de forma segura.

Ocurre que, muchas veces, nos dejamos despistar por tentaciones comerciales, por sugerencias de otras lectoras/es, por intuiciones fallidas o no, y abandonamos por un momento el camino de nuestras preocupaciones más íntimas. Por esa razón tengo muy presente esta afirmación de H. Thoureau: Es importante conservar la castidad de la mente, y busco el silencio para mirar, como dice Byung-Chul Han, con calma y paciencia, dejando que las cosas se acerquen al ojo y así educar a este para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada.

Las lecturas se enlazan, y se entrelazan, y nos sitúan frente a los libros imprescindibles por casualidad, por azar. Carezco de un plan previo de lectura y confío en las “voces” que me susurran posibles enlaces y que, necia de mí, no siempre sigo. Cuando tengo la fortuna de que los hilos del pensamiento aparecen claros y nada me despista para seguir el hilo de Ariadna que me guía, la navegación lectora resulta segura y gratificante.




La última lectura enlazada que he tenido la fortuna de componer y que, quizás, no ha concluido en el momento de redactar estas palabras, empezó con el libro de JAVIER CERCAS, El impostor. Sus reflexiones sobre la historia, sobre el pasado como dimensión del presente y sobre la relación entre historia y memoria, me llevaron al libro, recomendado por Cercas, de PRIMO LEVI, Si esto es un hombre. Hace un tiempo que guardaba turno en mi estantería de “pendientes de lectura”. Los días de reclusión de Levi en el lager de Auschwitz llenan sus páginas de recuerdos. Levi vivió en el infierno, en cuyo interior era fácil sucumbir, vaciarse de vida y de pensamiento. Levi me guio hasta EUGEN KOGON, El Estado de la SS, una descripción minuciosa del infierno elaborada recién acabada la II Guerra Mundial. Mientras leía este libro de historia, la novela de LEE JUNG-MYUNG, El guardia, el poeta y el prisionero, me presentaba, desde la ficción, la historia de los prisioneros coreanos encerrados en una cárcel japonesa durante la II Guerra Mundial y el de BOHUMIL HRABAL, Trenes rigurosamente vigilados, para contemplar el paso de los trenes que los nazis vigilaban debido a la importancia del cargamento, durante la ocupación de Checoslovaquia.




En una tentativa para escapar de las guerras y de la pura maldad que se instaló en Europa durante la primera mitad del siglo XX, elegí una nueva novela y una biografía que me situaron de nuevo sobre la misma pista lectora. La novela de JAUME CABRÉ, Yo confieso, ambientada en la Barcelona franquista recalaba en el mal, en la Alemania nazi, en Auschwitz y en ¡Primo Levi!: Fijate en Primo Levi. Escribir, igual que dibujar, es revivir. Finalmente una biografía me introdujo en un lugar seguro, lejos de los lagers nazis, sobre la Helvética Ginebra, 400 años antes de que apareciera el nazismo, se trata del libro de  STEFAN ZWEIG, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia. Me equivoqué, el tema seguía siendo el mismo: libertad de conciencia, de pensamiento y lucha, la de Servet y Castellio, contra la violencia y la manipulación ejercida por el poder dictatorial de Calvino.

El hilo de Ariadna por el que voy uniendo un libro con otro -historia, ensayo y ficción- trata de la capacidad del ser humano para ejercer un poder totalitario que pretende encorsetar el pensamiento, aterrorizar a los heterodoxos (herejes en el siglo XVI), violentar la libre conciencia, y, de modo arbitrario, eliminar físicamente a quienes el poder considera necesario. Trata de la capacidad del mal para instalarse en una sociedad, de la capacidad del ser humano normal y corriente para causar daño a sus congéneres por ideales (dice Castellio: Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre), lo pernicioso que es dejarse arrastrar por las ideas dominantes en un momento histórico determinado y abandonar la capacidad de decidir en manos de las leyes de un Estado totalitario, refugiándose en su cumplimiento necesario, lo que HANNAH ARENDT en Eichmann en Jerusalén, llamaba la banalidad del mal. Trata del colapso moral general que fue capaz de provocar el nazismo en la culta Alemania y otros muchos países europeos ocupados por ellos en los que el colaboracionismo predominó. E incluso el colapso moral que produjo entre las víctimas para salvarse del exterminio incluso negociando con los criminales.
Por fortuna, porque si no la vida sería insufrible, en ese enlace de lecturas aparecen seres excepcionales que, perdidos en un océano de confusión, de muerte y de terror, supieron discernir lo más elemental del comportamiento humano y se mantuvieron internamente libres para discernir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Seres excepcionales para actuar con normalidad en momentos excepcionales. Su existencia nos regala la esperanza en el género humano, ayer y hoy.

Y me parece que esta línea de pensamiento que llevo semanas tejiendo aún no ha acabado puesto que he empezado la lectura de CZESLAW MILOSZ, El poder cambia de manos.

miércoles, 13 de mayo de 2015

LIBERTAD


Es difícil conocer a alguien que rechace el sueño de ser libre, sin embargo, hay una teoría social que la convierte en una seña de su idiosincrasia, me refiero al anarquismo.
En la base del anarquismo hay una defensa radical de la libertad individual entendida como derecho absoluto de cada ser humano a actuar ateniéndose únicamente a los dictados de su propia conciencia  y de su propia voluntad. Por encima del individuo  no existe ningún tipo de construcción ideal o social (dios, rey, razón de Estado, organismo social, etc.) que justifique decisiones limitadoras de la libertad individual. Esta manera de entender la libertad provoca siempre un exceso de responsabilidad en la toma de decisiones (personales o de cualquier tipo), ya que nunca se puede apelar a la responsabilidad de “otros” y requiere una meditación seria sobre la mayoría de los actos de la vida que, a veces, resulta agotador. La responsabilidad en las consecuencias es total, nadie puede exculparnos o perdonarnos de los errores cometidos, salvo nosotros mismos.

Esta idea de libertad individual nos puede hacer pensar que se basa, por tanto, en el individualismo extremo. Aunque es cierto que  existe ese individualismo, la libertad no está enfrentada a la sociedad, sino a la autoridad. El individualismo no es una declaración antisocial, puesto que el ser humano desarrolla una sociabilidad natural, decía Ricardo Mella (Natura, 1905):
 “Cada uno es un todo para sí, pero es algo para los demás. En vez de limitarse cada uno de nosotros, ensancha su esfera de acción mediante las relaciones de igual a igual”.

La sociedad existe, por tanto, para bien de la libertad humana; en ella, y gracias a ella, ejerce el individuo su libertad y logra la expansión de su personalidad.
Por tanto, el individualismo se combina con el comunitarismo. Se debe saber combinar el extremo respeto a la libertad individual con la vida en común para resolver todo aquello que afecta al conjunto de la sociedad. Dentro de la sociedad, quien defienda ese respeto de la libertad, nunca aceptara que la autoridad coaccione y limite dicha libertad. Por eso la libertad se enfrenta a la autoridad (Estado, dios, capital, etc.) no a la sociedad. La cooperación ha de ser siempre voluntaria sin necesidad de autoritarismo.  Como señalaba Bakunin, "Libertad sin socialismo es privilegio e injusticia; Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad".

Cada individuo es el único juez de sus derechos y libertades; sólo el respeto a la libertad de otro le limita y sólo la acción común y solidaria es garantía eficaz para mantener la libertad individual.

Sartre decía que estamos condenados a ser libres, la idea misma de libertad es hermosa, asumir plenamente su significado, a veces, provoca la renuncia a ella, el miedo a la libertad que señalaba Erich Fromm. La libertad según Fromm está íntimamente ligada al individualismo, se alcanza en la medida en la que somos capaces de renunciar a factores que nos protegen, implica  asumir la posibilidad de equivocarse. El  proceso de individualización, de aceptar la verdadera personalidad a costa de desligarse de la dirección de la sociedad, da miedo, el aislamiento moral que conlleva es muy duro. El miedo, base del nazismo, lleva a muchas personas a buscar que alguien (un líder), o las instituciones que votamos cada cuatro años, marquen nuestra vida y someternos a ellas. Otras formas de evadir ese miedo es la destructividad  (reaccionando de manera violenta contra aquello que creemos que nos impide realizarnos), o  la conformidad automática (integración en la sociedad, o en un grupo pequeño de ésta, perdiendo por completo la individualidad, y dejando que el conjunto decida por nosotros). Barry Schwartz señala también lo que él llama la paradoja de la libertad: el incremento de las opciones de elección en la sociedad de masas provoca mayor insatisfacción e incluso cierta angustia. 

domingo, 3 de mayo de 2015

HISTORIA Y FICCIÓN

JURE KRAVANJA

A veces, la ficción es capaz de captar, con brevedad y contundencia, la verdad de la Historia en sus limitaciones y en su grandeza. No es la primera vez, ni será la última, que traigo a este espacio alguna de esas "sorpresas" con que nos deleita la literatura y nos hace repensar nuestro oficio.
La historia es una colección de objetos que encontramos lavados por el tiempo. Bienes, ideas y personalidades emergen a la superficie hasta nosotros y luego vuelven a hundirse. Algunas cosas las pescamos, otras las ignoramos, y a medida que la pauta cambia, también lo hace el significado. No podemos confiar en los hechos. El tiempo, que todo lo devuelve, todo lo cambia.

                                       JEANETTE WINTERSON, El Powerbook, p. 280.

jueves, 23 de abril de 2015

LOS “DETALLES” DE LA HISTORIA. PRIMO LEVI CONTRA JEAN-MARIE LE PEN



La casualidad (una amiga me dice que no existen casualidades sino causalidades) ha querido que estuviera leyendo Si esto es un hombre de Primo Levi, cuando Jean-Marie Le Pen ha vuelto a repetir en una entrevista la misma machacona cantinela, que entona desde 1991, de que “las cámaras de gas eran un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial”. Cuando el entrevistador señala que el Holocausto y la deportación están documentados por historiadores de todas las tendencias, él responde que no está obligado a compartir esa visión. En su miopía iguala morir por la acción de un trozo de obús, de una bomba o la ejecución en una cámara de gas. Afirmaciones de este tipo son preocupantes, pero lo es mucho más por el hecho de que el partido por él fundado (Frente Nacional), y dirigido ahora por su hija, Marine Le Pen, gano en las últimas elecciones europeas en Francia.
Frivolizar y banalizar sobre el Holocausto y la deportación, comparándolo con ser víctima en una guerra por cualquier tipo de armas, o reducirlo a “un detalle”, son rasgos característicos de la extrema derecha actual para hacer aceptable un discurso racista y totalitario que socava la base de la democracia al cuestionar la igualdad de las personas, divididas, según sus mensajes políticos, por culturas o pertenecientes a identidades superiores e inferiores, más que por razas al estilo nazi.


Como decía al principio, la noticia de que Le Pen insistía en reafirmar que las cámaras de gas son solo “un detalle” (diversos periódicos la recogen el día 4/4/2015), ha coincidido con la lectura de un libro extraordinario, Si esto es un hombre, que nos relata minuciosos detalles de cómo era la vida en los campos de concentración (Auschwitz en su caso) para miles y miles de personas:

Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha rebelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca (p. 39).
¿Qué parecido hay en morir durante una guerra en el frente de batalla o, incluso, en la retaguardia, con descubrir que hay hombres que son capaces de golpear sin ira? ¿Qué semejanza hay entre cualquier guerra, por cruenta que sea, y la existencia de hombres y mujeres capaces de desposeer a otros de toda su esencia humana convirtiéndoles en seres vacíos, reducidos al sufrimiento y a la necesidad, falto[s] de dignidad y de juicio, perdiéndose ellos mismos; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana (p. 40)? Los judíos quedaron reducidos a  ser solo un Häftling (preso), un número tatuado en el brazo izquierdo (Levi era el nº 174517), sometidos a la rutina constante del frío, hambre y maltrato en el que cada día era igual al anterior o al posterior si se tenía suerte y evitaba la “selección” para ser ejecutado y resultaba útil para el trabajo como esclavo.

A nuestro alrededor todo nos es enemigo. Encima de nosotros se agrupan las nubes malignas, para separarnos del sol; por todas partes nos oprime la amenaza de las alambradas. Sus confines no los hemos visto nunca pero sentimos, todo alrededor, la presencia maléfica del hilo erizado que nos segrega del mundo… Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos; el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales (p. 67).
Casualmente Levi responde a Le Pen como si hubiera sabido que esta banalización de los campos de concentración sucedería y que millones de votantes volverían a ser cautivados por sus discursos. Dice Levi al final de su libro que lo sucedido en los campos, el Holocausto en definitiva, son actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia. A esta lucha podemos asimilar la guerra: pero Auschwitz nada tiene que ver con la guerra, no es un episodio, no es una forma extremada. La guerra es un hecho terrible desde siempre: podemos execrarlo pero está en nosotros, tiene su racionalidad, lo “comprendemos”.


Dice Levi que en el odio nazi no hay racionalidad: es un odio que no está en nosotros, está fuera del hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco funesto del fascismo, pero está fuera y más allá del propio fascismo (p. 341).

El testimonio de Levi está lleno de detalles y más detalles, grandes detalles que nos permiten imaginar el horror que Le Pen trata de ningunear. La razón del testigo es la memoria y él solo responde ante sus recuerdos, él mismo dice que sus libros no son libros de historia, que solo escribe de lo que tuvo experiencia directa (p. 322). Por fortuna tenemos muchos otros testigos del Holocausto que coinciden en lo fundamental. Pero además están los historiadores/as que buscando la verdad, como dice Javier Cercas en El impostor, estudian documentos, verifican pruebas, relacionan hechos, interrogan testigos, y como si fueran jueces, emiten un veredicto. La historia, que es colectiva y aspira a ser total y objetiva, se nutre de fuentes de información diversas entre las que están las memorias de los protagonistas, que son parciales, individuales y subjetivas, pero que ofrecen la vivencia en estado puro para que podamos acercarnos a la realidad desde el horror de los testimonios.
Nada de esto le sirve al Jean-Marie Le Pen, que no se siente obligado      a compartir esta visión y aunque, según sus palabras, no ha estudiado este tema sigue “creyendo” que las cámaras de gas son un banal detalle de la guerra que asoló Europa, también desde el punto de vista ético y moral, entre 1939-1945. Ante tal despropósito, resulta preocupante el apoyo de más de cuatro millones setecientos mil votantes franceses al Frente Nacional en las elecciones europeas de 2014. Testimonios como el de Primo Levi deberían difundirse junto con la información académica que desde la historia se proporciona para descalificar a la extrema derecha que no solo triunfó en Francia sino también en Gran Bretaña y Dinamarca.