miércoles, 23 de diciembre de 2020

¿QUÉ ES SER ANARQUISTA?


Quisiera desmontar esa idea que repite mucha gente de que no se puede ser anarquista porque eso implica casi la perfección en cuanto a la manera de vivir y de ser. Soy partidaria de negar cualquier trascendencia al término "anarquismo" puesto que es obra del ser humano. El anarquismo es creación, o mejor dicho autocreación. La idealización del término queda siempre desmentida por la realidad puesto que el ser humano es imperfecto y contradictorio.

A esa idea de perfección que yo rechazo en aras de una anarquismo humano le va muy bien el término ser consecuente mejor que ser coherente. Me gusta el término consecuente en la línea de Diana Torres[1] cuando dice: «Seré consecuente, que no es otra cosa que responsabilizarme de las consecuencias de mis acciones y mis palabras y de las hermosas contradicciones que las conforman».

Partiendo de esta humanización del ser anarquista, veamos algunas opiniones sobre qué es ser anarquista.

Empiezo por David Graeber[2], que ha muerto hace tres meses de forma inesperada (2 de septiembre) y que hablaba de los «anarquistas con minúsculas» refiriéndose a aquellas personas que estaban dispuestas a colaborar en coaliciones amplias siempre que funcionaran sobre principios horizontales, dando relevancia en su manera de entender el anarquismo a la democracia directa.

Él entendía el anarquismo como una sensibilidad política amplia. Es, afirmaba, un «movimiento político que aspira a generar una sociedad auténticamente libre, y que define “sociedad libre” como aquella en la que los humanos solo establecen relaciones entre sí que no dependan de la constante amenaza de la violencia para ponerse en práctica».

El anarquista italiano Amedeo Bertolo[3] entendía el anarquismo como una mutación cultural al cuestionar la dominación. Los anarquistas son mutantes que tienden a transmitir su anomalía cultural (anomalía en relación con la normalidad, o sea, con el modelo dominante) y al mismo tiempo crear las condiciones ambientales favorables a la mutación, o sea, a la generalización del carácter mutante.

Otro anarquista, Uri Gordon[4] considera que el anarquismo histórico puede inspirar y dar ideas pero que el movimiento anarquista actual difiere de muchas maneras de la visión de hace cien años y eso nos indica su manera de entenderlo:

1-Las redes de colectivos y grupos de afinidad sustituyen a los sindicatos y federaciones como patrón de organización.

2-Los programas del movimiento son más amplios: ecología, feminismo, liberación animal son tan importantes como las luchas antimilitaristas y obreras.

3-Un mayor énfasis se da en la acción directa prefigurativa* y la experimentación cultural. 

*(Concepto (A) que hace referencia a los modos de organización y tácticas realizadas que reflejan con exactitud el futuro de la sociedad que se busca= Lo que queremos es ya lo que hacemos).

4-El compromiso con la modernidad y el progreso tecnológico ya no es ampliamente compartido en los círculos anarquistas.

Estos cambios cualitativos se suman a una especie de paradigma en el anarquismo que en la actualidad es bastante heterodoxo y está cimentado en la acción y el propósito de vencer.

Y por último una mujer, Emma Goldman[5], que haciendo referencia a la revolución rusa afirmaba que « (…) el triunfo del Estado significa la derrota de la Revolución». Y se preguntaba: « ¿Qué es el progreso si no la asunción general de los principios de la libertad frente a los de la coacción?».

La libertad es la clave, decía, es la que debe vetar la tiranía y la centralización para luchar por transformar la revolución en una reconsideración de todos los valores económicos, sociales y culturales.

El anarquismo, por tanto, nunca ha sido algo acabado y cerrado sino diverso y poliédrico. Ayuda a ello la actitud adogmática atenta a evitar toda teoría que sea rígida y sistemática unido a la insistencia en la libertad de elección individual.

Hay muchas maneras de entender el anarquismo que no tienen por qué ser contradictorias pero que han provocado enfrentamientos y divisiones importantes por no entender ese carácter diverso y poder colaborar y convivir.



[1] Diana J. Torres (2017): Vomitorium. Ciudad de México, p. 26.

[2] David Graeber (2014): Somos el 99%. Una historia, una crisis, un movimiento. Madrid, Capitan Swing.

[3] AMEDEO BERTOLO (Antología) (2019): Anarquistas… ¡Y orgullosos de serlo! Barcelona, Fundación Salvador Seguí, pp. 353-354.

[4] Uri Gordon (2014): ANARCHY ALIVE! Políticas antiautoritarias de la práctica a la teoría. Madrid/La Laguna, LaMalatesta/Tierra de Fuego.

[5] Emma Goldman (2018): Mi desilusión en Rusia. Barcelona, El Viejo Topo.

 La imagen es de Alex Mazurov 

domingo, 13 de diciembre de 2020

LA REVOLUCIÓN DE LA VIDA, DE LOS CUERPOS, DE LAS PALABRAS: MUJERES LIBRES

 

Rita Segato se preguntaba a sí misma sobre qué hacen las personas que tienen inclinación a pensar, cuál puede ser su contribución a la vida, ella misma concluía que eran donadoras de palabras, nombradoras. El nombre es lo que Segato llama imagen, el nombre de una cosa es una imagen[1].

Esta imagen de donadoras de palabras casa perfectamente con Mujeres Libres, no por casualidad mi último libro lleva por título La revolución de las palabras[2]. Y  es que las mujeres que se organizaron en torno a Mujeres Libres (organización nacida en septiembre de 1936) y levantaron un maremoto de palabras a través de la revista del mismo nombre (fundada en mayo de 1936), abandonaron el silencio tomando y donando palabras. Romper una genealogía de mujeres silenciadas, vencer la tradición del silencio, no era nada fácil, ellas renunciaron conscientemente a la victimización y, en un contexto de Guerra Civil, enunciaron a través de las palabras, sus problemas, sus deseos, sus tristezas, sus sueños y sus temores.


Convocando de nuevo a Segato, Mujeres Libres construyó «imágenes de cambio» tanto en el formato de imágenes propiamente dichas, recogidas en la revista, como
  proporcionando historias inspiradoras que llegan a nosotras en forma de artículos, realizaciones o biografías de mujeres comunes que asumieron responsabilidades impensables para ellas antes de julio de 1936. Esas «imágenes de cambio» nos permiten ver y valorar potencias de cambio y transformación que si no pasarían desapercibidas o serían percibidas como «poca cosa». Y ese es nuestro desafío en la historia: capturar lo descuidado, lo desprevenido, lo pequeño, lo otro, lo insignificante, lo que, en cierta manera, se escurre de la época en que acontece.

Capturar lo otro en la historia supone renunciar a la línea recta de Cronos, desprenderse de la creencia natural de que la historia es una sucesión cronológica de hechos que conducen a la modernidad. Supone entender la historia como contrahistoria, rechazando conscientemente la historia como gran relato para centrarse en la pequeña historia y en la construcción de  un relato detallado y significativo sobre la gente común y real. Si renunciamos a entender la historia como una organización lineal de acontecimientos es porque optamos por una organización nodal[3] en la que cada nodo es un punto de intersección, conexión o unión de procesos históricos que interactúan y confluyen en el mismo lugar (las historias locales serán protagonistas en lugar de los grandes relatos). De esta manera percibimos la historia en toda su diversidad y heterogeneidad.

Grupo de chicas de Mujeres Libres, Barcelona, 25 Septiembre 1937

La revolución en femenino

Mujeres Libres participaron en la revolución social iniciada el 19 de julio de 1936, sin embargo se han escurrido del gran relato de la revolución libertaria sobre la que se han producido múltiples investigaciones. ¿Qué se ha resaltado de la revolución libertaria? Aquello que formaba parte del standard de «revolución» de la modernidad, más marxista que anarquista: una revolución modelizada en el sentido de que había un plan que trazaba una línea política (que se intentó concretar en el Congreso de la CNT celebrado en Zaragoza en mayo de 1936 cuando abordaron el «Concepto Confederal del Comunismo Libertario») y las masas eran las encargadas, siguiendo a la CNT (a sus dirigentes especialmente), de ejecutar dicho plan. Como toda revolución tenía que tener su componente épico, su epopeya, su heroísmo, que quedó asegurado por las jornadas de julio de 1936 que derrotaron el golpe de Estado en determinadas zonas del país  y dieron inicio a la Guerra Civil.

De esta forma, el foco se ha puesto en aquello que responde a esta concepción lineal de la revolución y de aquellos acontecimientos que reflejaban el plan previamente fijado y que correspondía al modelo de otras revoluciones de la modernidad protagonizadas, mayoritariamente, por el marxismo y el marxismo-leninismo: las transformaciones económicas, políticas y militares. Se trata, además, de un tipo de revolución protagonizada mayoritariamente por los hombres, una «revolución en masculino». La peculiaridad de que estemos hablando de una revolución libertaria introdujo, eso sí, un modelo diferente: más horizontal y anti jerárquico, más basado en la autogestión y en la acción directa a través de las milicias, «el pueblo en armas», las colectivizaciones industriales y agrarias y los Comités de Milicias Antifascistas.

La historia nunca se cuenta entera, la «pericia» y la experiencia que otorga la academia prioriza otros temas que hoy tienen más salida en el mercado editorial y en el mercado de la memoria. La «memoria» debería ser, y no es, aquello que el relato histórico normativo nunca ha logrado conquistar. El Movimiento Libertario no entra, por muchos motivos, entre lo que interesa recordar a quienes controlan los fondos y el relato histórico en el que el anarquismo tiene poca cabida. Mucho menos lo tiene un movimiento como el de Mujeres Libres que tanto ha costado que sea reconocido por el propio movimiento anarquista y anarco-sindicalista y que nunca ha merecido la atención del Movimiento Feminista actual. Investigar sobre el feminismo anarquista es tener asegurada una producción de silencio.

La «revolución en femenino» de Mujeres Libres se desarrolló en la lógica de los nodos constituidos de forma simultánea, en ella no hay prioridades en los acontecimientos, no hay modelización, no hay épica ni heroicidad, la revolución es  silenciosa, poco aparente, sin espectacularidad. Una revolución que transcurrió como un río subterráneo y que estaba cuestionando la dominación más antigua que padecía la mitad de la humanidad, el patriarcado. Una revolución que no se centraba tanto en la transformación económico-social o política (la que hemos llamado «revolución en masculino» en la que ellas participaron poco, exceptuando las colectivizaciones), sino como mutación cultural que implicaba un cambio vital, una revolución de la vida.

¿Hay dos historias, dos revoluciones en función del género? Comparto con Segato[4] que las mujeres nos hemos autorizado más que los hombres a entretejer el pensamiento con la vida. No soy partidaria del esencialismo pero la historia de los hombres y de las mujeres (y, por tanto, la revolución) son dos historias diferentes aunque entretejidas y constituyendo un mundo único.


Proyecto histórico de «las redes de cordialidad»

Cuando Lucía Sánchez Saornil, Amparo Poch y Gascón y Mercedes Comaposada Guillén vieron en la publicación de una revista el comienzo de un proyecto a largo plazo, querían establecer, en palabras de Lucía Sánchez, «una red de cordialidad a través de las mujeres de toda España»[5]. La base para construir una organización sólida era el apoyo entre las mujeres y el reconocimiento de autoridad mutua, de ahí esa fórmula de «red de cordialidad» que hoy denominamos también como sororidad. La revista podía cumplir ese papel de tejer una red de mujeres unidas por la cordialidad, auténtico proyecto político, que priorizaba la vida, la potencia como cualidad de todo lo vivo, confiriéndoles agencia.

La revista era la urdimbre, el punto de partida a partir del cual se podía fabricar esa red de cordialidad que uniría a muchas mujeres vinculadas a la revista de formas diversas y poder construir una  estrategia para erosionar, desestructurar, desmontar, desobedecer, errar, desceremonializar[6]. Y mientras, capacitarse a través de la cultura que constituiría la bovina de hilo para tejer la red.

El golpe de Estado, la Revolución social y la Guerra Civil interrumpieron este plan recién comenzado y lo aceleraron todo. Desde la revista se recogieron iniciativas ya en marcha y se impulsó la creación de las primeras agrupaciones de Mujeres Libres y desde la nueva organización, se pasó a vivir y construir la revolución.

¿Cómo fue esta «revolución de la vida, de los cuerpos, de las palabras» que impulsó Mujeres Libres?

Dijo George Orwell en Homenaje a Cataluña, que en la Barcelona revolucionaria se tenía el sentimiento de haber entrado de repente en una era de igualdad y libertad en la que los seres humanos estaban intentando comportarse como tales y no como piezas de la maquinaria capitalista. También Emma Goldman señaló la gran libertad política que vivió en su primera visita a España. Junto con estas personalidades conocidas tenemos muchos testimonios de mujeres que hablaban en parecidos términos, sin embargo, suele ser raro que las impresiones personales, más aun si son de mujeres, sean recogidas en la gran historia, desatendiendo o tergiversando los momentos de espontaneidad revolucionaria[7].



Resulta llamativo contrastar estas impresiones con la imagen de muerte, represión, asesinatos en la retaguardia, luchas políticas, divisiones internas en el bando republicano que aparecen en la mayoría de los libros que relatan los entresijos de la Guerra Civil. ¿Estamos hablando de otra guerra o de otra revolución? Obviamente no es así, estamos hablando en clave nodal de acontecimientos constituidos de forma simultánea, en la que cada nodo es un punto de intersección, conexión o unión de procesos históricos que interactúan y confluyen en el mismo lugar con características incluso contradictorias. ¿La «revolución en femenino» lograba que la vida superara la muerte? Lo cierto es que las protagonistas de Mujeres Libres vivieron con pasión un tiempo en el que la sociedad se mantuvo unida por el cemento de la solidaridad, sin el peso muerto del poder y la autoridad.

No resulta fácil acercarnos a esa atmósfera compartida de energía mágica, de alegría compartida, a esa sensación de que el mundo vivido hasta entonces se convertía rápidamente en una reliquia histórica, en una larga pesadilla dejada atrás. La promesa de un nuevo comienzo que no tenía más límites que los de la imaginación resultó difícil de olvidar para nuestras protagonistas. Las mujeres, sin apenas principios ideológicos consignados más allá de unas nociones libertarias muy elementales, embarcadas en la aventura de cambiar la vida, experimentaron la humanización de la sociedad que se produjo durante la Revolución social. Un sociedad que vivió un terremoto en la retaguardia, espacio que se feminizó. Un lugar en el que había muchas mujeres protagonizando pequeñas insurgencias que desestabilizaban las normas y jerarquías en el día a día, asumiendo múltiples responsabilidades solas y abriendo caminos de libertad en plena Guerra, mujeres que decidían abandonar el silencio y tomar la palabra, mujeres dispuestas a arrojar sus cadenas animadas por una atmósfera de esperanza sin restricciones tremendamente estimulante. Mujeres cuya vida mutó al desaprender la pasividad de sus vidas y hacerse responsables de sí mismas y de la marcha del mundo.

Aunque no fue la única, Mercedes Comaposada empezó a hilvanar desde muy pronto (se instaló en Barcelona en septiembre de 1936) una red de cordialidad entre las mujeres más capacitadas por su formación académica y las mujeres obreras con menos capacitación. De esta manera se construyó una red solidaria que permitió a las mujeres obreras alfabetizarse, leer, ampliar sus horizontes, cambiar de trabajo, tener iniciativa propia, en definitiva, romper la cadena patriarcal de sumisión secular. Aprendiendo unas de las otras, mujeres con instrucción enseñaron herramientas culturales básicas a quienes no las tenían y estas capacitaron a su vez a otras haciendo crecer redes de apoyo mutuo, de solidaridad, de emancipación, que nunca olvidaron y siempre agradecieron. Para muchas mujeres, como lo reconocía Concha Guillen, militar en Mujeres Libres cambió su existencia, fue «una luz que se encendió»[8].

Pero hubo mucho más, y ahí estuvo la enorme trascendencia subversiva y revolucionaria de sus empeños en la retaguardia. Quisieron organizar de otra manera los «cuidados» que la Revolución no había evitado que siguieran en sus manos, se dedicaron a gestionar la vida y a ser solucionadoras de problemas y preservadoras de la vida en el cotidiano. Se ocuparon de organizar de otra manera las maternidades, de organizar guarderías para sus criaturas y comedores colectivos para poder trabajar y tener los cuidados asegurados, se ocuparon de las personas refugiadas, de capacitar a mujeres analfabetas, y de un sinfín de problemas cotidianos armadas solo con las palabras.

Además, quisieron vivir una vida plena en medio del desbarajuste de la Guerra, de los bombardeos, de la proximidad del frente de batalla, de las personas heridas o muertas que había que cuidar o enterrar. En ese contexto, tomaron y donaron palabras, se autoenunciaron, se otorgaron agencia conscientes del poco tiempo que tenían para hacerlo. Organizaron sus vidas personales y las de las personas a su cargo, vivieron sus emociones, sus pasiones, su sexualidad, ordenaron la crianza, el trabajo y el activismo para que fueran compatibles. Muchas de ellas lo hicieron solas, sin hombres, por primera vez en sus vidas. Esa fue «su revolución de la vida», una transformación de largo recorrido que empezó a cambiar las formas de vida, las relaciones personales,  el trabajo, los «cuidados» y un sinfín de aspectos que cuestionaban la dominación patriarcal que padecían. Estas mujeres vislumbraron otros mundos posibles y, pese a la derrota, nunca lo olvidaron.

Nosotras, y los movimientos feministas actuales, como señala Rita Segato, debemos recuperar la memoria de una politicidad en clave femenina  cuyos hilos de memoria quedaron intersectados, rasurados, impedidos de continuar su historia[9] al ser derrotada en 1939.

 Laura Vicente



[1] Esta referencia se encuentra en el Épílogo del libro de Amador Fernández-Savater (2020): Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política. Barcelona, NED, p. 360. La lectura de este libro ha incentivado e inspirado estas reflexiones sobre mi libro recientemente publicado. Leía algunos pasajes del libro de Fernández-Savater y Mujeres Libres me iba saliendo al paso.

[2] Laura Vicente (2020): La revolución de las palabras. La revista Mujeres Libres. Granada, Comares.

[3] Esta perspectiva de que la historia es un conjunto de nodos históricos heterogéneos la he tomado del libro de Walter D. Mignolo (2007): La idea de América Latina. La herida colonial y la opción decolonial. Barcelona, Gedisa, p. 72.

[4] Rita Segato (2018): Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires, Prometeo Libros, p. 21.

[5] Carta de Lucía Sánchez a Josefa Tena, una activista libertaria de Mérida con la que  mantenía correspondencia relacionada con la revista, el 10-VII-1936 en Montero Barrado, op. cit,, p. 116.

[6] Esa estrategia la encontré en Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, p. 65.

[7] Esta idea de desatender las impresiones personales es de Colin Ward (2013), Anarquía en acción. La práctica de la libertad. Madrid: Enclave de Libros, pp. 75-76.

[8] Eulàlia Vega, “Mujeres libres, una luz que se encendió. La organización libertaria en la memoria de sus militantes”, en VVAA (2016): Mujeres Libres y Feminismo en tiempos de crisis. Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo y Fundación Andreu Nin, p. 111.

[9] Épílogo del libro de Amador Fernández-Savater, Habitar y gobernar, p. 366.

 

jueves, 3 de diciembre de 2020

VIDA O SUPERVIVENCIA

 Desde la primavera de 2020, cuando fuimos confinados/as en casa la mayoría de la población excepto las personas que trabajaban en los servicios básicos, tenía en la cabeza bailando el lema en el que tanto insistió la izquierda, incluido el ámbito libertario y anarquista: hay que confinarse para defender la vida. Había algo que no me encajaba en ese lema aparentemente incuestionable en un momento de pánico como el de los meses de marzo a mayo de 2020 en España.


Sin embargo, el confinamiento significaba para muchas personas quedarse sin trabajo (especialmente cuando se trataba de trabajos informales precarios y sin contrato), a veces sin vivienda (los desahucios por impago de alquiler no se detuvieron ni se han detenido a fecha de hoy) o en viviendas pequeñas y compartidas (no hablo solo de inmigrantes sino de la población autóctona que cobra salarios por debajo de 800 € y que tiene que compartir vivienda), con graves déficits de alimentación y de salud, etc.

Este pensamiento me llevó a un callejón sin salida y además lleno de incorrección política: ¿Quiénes construyeron ese lema tenían asegurado un sueldo, una vivienda digna, cubiertas las necesidades de alimentación y salud, tele trabajaban en casa con comodidad?

Quienes viven en la precariedad y en la vulnerabilidad son sectores de la población a los que el neoliberalismo considera desechables. Para esos sectores quedarse en casa confinados no era la vida, como mucho era la supervivencia en condiciones de negligencia sistemática que provocan que sus barrios sean los más afectados por la pandemia, que tengan los mayores índices de positividad, cuando en otros barrios bajan del 5%, que sean los lugares donde sus ancianos/as mueren en mayor número y tengan así mismo el mayor número de infectados por cien mil habitantes.

Aunque se queden en casa confinadas, estas personas ya han sido elegidas por la racionalidad del mercado para ser vidas que no se van a apoyar y no van a encontrar sostén para su salud. Pese a todo, sus cuerpos  pueden sobrevivir, pero la supervivencia es solo una especie de condición previa sobre cuya base se deberían conseguir los objetivos políticos más amplios de la vida. No podemos confundir la vida con la  supervivencia y me parece que la izquierda lo ha hecho (la derecha no se confunde sus planteamienos neoliberales les marcan un camino claro, libre y expedito).

No hay objetivo político que pueda desvincularse de la creación de condiciones justas y equitativas en la vida, entre las cuales se encontraría el propio ejercicio de la libertad, al cual se ha renunciado porque se consideraba que la vida, que en realidad era mera supervivencia para la mayoría, requería renunciar a la libertad en beneficio del control y la vigilancia que era imprescindible para luchar contra el Covid.

Estos razonamientos siguen bailando en mi cabeza seis o siete meses después de finalizada la primera ola de la pandemia. Estamos inmersas en la segunda ola con confinamientos perimetrales y cierres o restricciones diversas sin que los gobiernos hayan sido capaces de centrarse en los sectores precarios y vulnerables para que puedan afrontar mejor la situación. Y en estas circunstancias cobran pleno sentido estas preguntas de Judith Butler:

« ¿(…) si sobrevivimos es justamente para seguir vivos y separar de esta manera supervivencia y vida? ¿O más bien se trata de que la supervivencia debe ser algo más que mera sobrevivencia a fin de que se pueda experimentar como vida? (…) ¿Podemos entonces inferir  de todo esto que la demanda de supervivencia va ligada a la exigencia de una vida vivible»[1].

Pero, ¿cómo entiende J. Butler la vida?[2] La entiende como algo interdependiente, como una especie de «red social de manos»,  algo que tiene siempre el mismo valor, y que impone ciertos principios éticos. Estar vivo es estar conectado con la vida en sí misma, con la que va más allá de la condición humana; nadie puede vivir sin esta conexión a la vida biológica que excede el ámbito de lo animal humano. La vida, en realidad, son todas las condiciones en que habitamos el mundo.

La clave, con Covid o sin Covid, es la necesidad de articular una lucha generalizada contra la precariedad (gentes que corren el riesgo de perder sus empleos y sus viviendas; individuos que sufren el acoso en las calles, la criminalización, el encarcelamiento, la patologización de sus vidas; etc.). Exigir una vida vivible, un orden social y político igualitario en el que pueda darse una interdependencia entre las personas que sea asumible para la vida.   

No dejéis escapar nunca una idea que se quede un tiempo bailando en vuestra cabeza, tarde o temprano encontraréis la forma de canalizarla y darle forma para entender mejor aquello que parecía incuestionable y natural.

 Laura Vicente



[1] Judith Butler (2015/2017): Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Barcelona, Paidos, p. 135. Este libro ha tenido la cualidad de abrir un pasillo por el que canalizar mi pensamiento flotante, líquido, gaseoso y bajarlo a tierra para fijarlo brevemente.

[2] Es muy difícil ir citando de donde saco una idea o un concepto de este libro de J. Butler, Cuerpos aliados, así que si alguien quiere encontrar algunas de estas ideas le recomiendo que las busque en las pp. 49, 72-74 y 136.

lunes, 23 de noviembre de 2020

LA RESISTENCIA COMO ESPACIO DE CREACIÓN

 « (…) los movimientos no se reducen a pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, nuevos valores, nuevas relaciones sociales, nueva humanidad (…)»

Amador Fernández-Savater, Habitar y gobernar, p. 95

 Resistir no es solo oponerse a algo, sino crear otros modos de vida y otras relaciones sociales. A la lucha convencional le da miedo la protesta mestiza, mezclada, frágil, confusa, desequilibrada, sin estrategia predeterminada. Le gusta que haya un programa, una estrategia en la que las tácticas se van acoplando en el camino marcado que nos conducirá al final a la sociedad soñada.

Esta es una reflexión que quiere plantear un esbozo de otras maneras de entender la lucha, la protesta, la resistencia, partiendo de la propia potencia de la lucha cuando estalle. Potencia que no nacerá libertaria, ni  armoniosa, ni mucho menos coherente. Pese a ello, debemos estar ahí, en ese espacio de creación de posibilidades, sin estar seguras de cómo se desarrollará, interviniendo desde la incertidumbre de los acontecimientos, desde «la potencia de las situaciones, aquí y ahora»[1]


Aquí y ahora (breves pinceladas)

Estamos en un momento de cambio cultural o de paradigma, en un momento de transición entre la modernidad (industrialización, mercantilización, racionalización de la economía y la sociedad, democracia) y la postmodernidad (tecnologías de la inteligencia y sus consecuencias en la producción, la dispersión de las unidades de producción, la fragmentación del proceso de producción y  la gestión de manera descentralizada de enormes conglomerados de producción y de distribución). Este cambio de paradigma que se viene produciendo desde mediados del s. XX tiene efectos sobre la industrialización, sobre el sindicalismo, sobre la relación con el conocimiento, sobre el trabajo como factor de rentabilidad económica, etc.[2].

La pandemia del Covid lo está acelerando y está haciendo más fácil su aceptación entre la población condicionada por el miedo: precarización galopante, teletrabajo, biopolítica[3] con sus mecanismos reguladores y sus dispositivos de seguridad[4], sus restricciones de libertades, etc.

El panorama económico-social, aquí y ahora, es desolador allí donde miremos, sin embargo los responsables políticos hablan poco de estos temas, les interesan otros. La realidad y los problemas que viven  quienes gobiernan y quienes somos gobernados/as es abismal, la desafección de la gente de la calle es palpable y ellos/ellas parecen no darse cuenta de nada. Trágico.

El problema social tiene también una dimensión psicológica desconocida y cuyas dimensiones son difíciles de valorar. Las personas que ya estaban en tratamiento antes del inicio de la pandemia están sufriendo un impacto importante que lleva a que los tratamientos que antes funcionaban ahora no lo hagan. Me pregunto también por el impacto en personas que no estaban en tratamiento y, según grupos de edad y sexo, ¿cómo  les está afectando? Un campo por explorar que se me escapa por completo. Sí que veo a mi alrededor pesimismo, cansancio, desesperanza…, la edad, y con ella la vulnerabilidad, influye mucho. Noto en la gente que me rodea, que esta segunda ola nos pilla cansadas respecto a la primera, decepcionadas o directamente enfadadas con quienes llevan los mandos de la pandemia (los gobiernos), con menos miedo e inocencia puesto que nos ha dado tiempo a evaluar lo sucedido y lo que están haciendo.

En la cabecera de mi blog, «pensar en el margen»[5], hay unas palabras de G. Orwell que siempre tengo en cuenta: «Ver lo que se tiene delante exige una lucha constante». Es difícil ver lo que tenemos delante porque nos cuesta mucho cuestionar lo que nos parece «natural» y «evidente» dando por sentado que es así y no puede ser de otra manera. Estamos educados/as para vivir dentro de la normatividad,  apenas somos capaces de concebir  pensamientos y acciones que desmonten el discurso dominante. Y todo esto sin olvidar la labor de zapa de los «comisarios políticos del pensamiento» de nuestro propio campo.

 


La protesta (pensando posibilidades)

Escribía el pasado 23 de octubre, en mi blog,[6] un texto titulado «La disputa de la calle» en el que planteaba que había que pelear la calle, el espacio público, a la extrema derecha y añadía que:

«Las calles no sirven solo para canalizar el descontento y la indignación,  las movilizaciones sociales son momentos de reinvención de estrategias y prácticas políticas para discutir la centralidad del poder y tensar los límites de la política representativa, horadando y ampliando el imaginario de lo político».

Una semana después de publicar ese texto, se produjeron diversos actos de protesta en numerosas ciudades  (30/31 Octubre 2020). No soy muy optimista respecto a la posibilidad de que se produzca un estallido social, pero que algo haya emergido ya me parece relevante.

Sobre el contenido y los/las protagonistas de estas protestas se han producido muchas interpretaciones entre las que destaca la opinión de Pablo Iglesias y otras personas del entorno político (por ejemplo, Xavier Domenech) que rápidamente las han catalogado como protestas de la extrema derecha.

Efectivamente, Podemos (y sus diversas variantes por comunidades autónomas) se ha puesto  nervioso, debe ser difícil aceptar que haya protesta fuera del sistema porque eso evidencia dónde se ubica esta formación política y cuál es su contribución al Gobierno. Instalarse en el Gobierno les ha hecho recaer en una vieja terminología (¡que poco recuerdan del 15 M!) con el uso de adjetivos descriptivos para caracterizar movimientos que consideran amenazadores para la sociedad y la nación. Esta adjetivación es crucial en su planteamiento populista: la homogeneización de movimientos de protesta apunta a la mentalidad maniquea entre amigo y enemigo, derecha e izquierda (deberían recordar aquel lema del 15 M que la cuestionaba y que debieron corear: «no hay derecha e izquierda sino arriba y abajo»). Quizás se han desubicado al ascender hacia arriba…

Me parece que las protestas del siglo XXI son, y serán, mestizas, es decir, no estarán claramente definidas ideológicamente (algo de esto ya hubo en los movimientos de 2011, en el movimiento de los «chalecos amarillos» en Francia, en las movilizaciones en Hong Kong, etc.). Actuar en alianza, dice J. Butler[7], no significa actuar en perfecta conformidad, habrá personas que se expresen en sentidos diferentes e incluso contrapuestos.

Las protestas serán explosivas, espontáneas, convocadas vía internet por grupos informales, habrá que ganarlas en la calle, exponiendo el cuerpo porque su base será la precariedad de los cuerpos (comida, vivienda, sanidad, control y vigilancia, etc.).

Ganarlas en la calle significa encaminar la protesta hacia objetivos de justicia social, de cuestionamiento de la precariedad de los cuerpos para vivir una vida que sea vivible, de defensa de la libertad cuestionando los dispositivos de control y vigilancia. Cuando se construya un «nosotros/as» estará representado en la reunión de cuerpos, en sus gestos y movimientos, en sus manifestaciones y en sus formas de actuar conjuntamente.  

Más que pensar estrategias de lucha, creo que hay que estar abiertas a reconocer la potencia de lucha cuando estalle y estar allí con nuestra manera de entender las cosas y sin dirigir nada sino  sumándonos a esa potencia de lucha. Podemos aportar nuestra manera de hacer las cosas sin dirigismos, siempre defendiendo la horizontalidad organizativa. Debemos acostumbrarnos a ese sube y baja de la potencia: hoy no hay nada y mañana, sí, vuelve a bajar la ola y vuelve a subir.

Las gentes del entorno libertario, los anarquismos, deben preguntarse ¿cómo organizarse? Y la respuesta es que, para saber cómo organizarse, hay que saber ¿para qué se quieren organizar? No podemos estar ajenas a las protesta espontaneas que se puedan producir.

Dice Foucault que allí donde hay poder, hay resistencia[8]. Pero esos resquicios, esas grietas, esos puntos débiles, esa resistencia, no están afuera, están dentro del entramado del poder porque este hay que entenderlo como una relación de fuerzas, como la relación entre una acción y otra acción. Una acción actuante y una acción que responde. Por eso la potencia de la lucha es mestiza, lo ha sido siempre aunque en el pasado se construyeran relatos emancipadores sin fisuras, forma parte de un entramado en el que poder y resistencia se mezclan, se responden, se contestan con un resultado incierto.

¿Hay colectivos, grupos de afinidad, sindicatos, grupos feministas, etc. dispuestos a construir líneas de resistencia a medida que se van levantando líneas de intervención de poder?

 Laura Vicente 

 



[1] Amador Fernández-Savater (2020): Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política. Ned Ediciones, p. 107.

[2] Tomás Ibañez (2001): Municiones para disidentes. Realidad-Verdad-Política. Barcelona, Gedisa, p. pp. 98-101. En este libro se puede encontrar la explicación de este proceso de cambio de paradigma.

[3] Me gusta esta forma de entender la biopolítica: «(…) poderes que organizan la vida, o que incluso disponen de las vidas exponiéndolas de manera diferenciada a la precariedad , lo cual forma parte de una gestión más amplia de las poblaciones a través de medios gubernamentales y no gubernamentales, y que establece medidas destinadas a una valoración diferenciada de la vida». En Judith Butler (2017): Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Barcelona, Espasa, p. 198.

[4] Para este tema de la biopolítica resulta interesante el libro de Laura Bazzicalupo (2016): Biopolítica. Un mapa conceptual. España, Melusina.

 

[5] http://pensarenelmargen.blogspot.com

[6] http://pensarenelmargen.blogspot.com/2020/10/la-disputa-de-la-calle.html

 

[7] Judith Butler, Cuerpos aliados y lucha política, p. 160.

[8] Tomado de Tomás Ibañez Municiones, p. 135.

HAY INTUICIONES QUE SE PUEDEN DESARROLLAR, DETALLES QUE NOS PERMITEN VER MEJOR LO EVIDENTE, TENGO QUE AGRADECER A DIANA SU CAPACIDAD PARA DETECTAR POTENCIAS EN UN DIÁLOGO FRUCTÍFERO Y LLENO DE ENERGÍAS CONMUTABLES.