sábado, 23 de enero de 2016

SUFFRAGETTES. CIUDADANÍA, SUFRAGIO Y DERECHOS


Fui a ver la película Suffragette, mal traducida al castellano como Sufragistas, y me emocionó, me hizo recordar todo el sufrimiento que hay detrás de la lucha feminista y que, necesariamente, tendrá que continuar habiendo puesto que los objetivos de liberación no están conseguidos.
La película me gustó especialmente porque pone el acento en las obreras, generalmente ignoradas en favor de las dirigentes que acostumbraban a ser mujeres de clase media. Una lavandera, su toma de conciencia y sus múltiples renuncias por comprometerse con las Suffragette, es el centro de la película. Una película creíble por las actrices, por el trasfondo histórico, por la historia que cuenta basada en hechos reales. Muy recomendable.

Para entender mejor la película.

Tras la Revolución Francesa y revoluciones liberales similares, las mujeres quedaron excluidas de la ciudadanía y se les negó la atribución de ser sujetos políticos activos quedando marginadas del poder político. Durante las últimas décadas  del siglo XIX y hasta la I GM, la lucha por los derechos políticos y el voto se convirtieron en el eje del movimiento de las mujeres. En la sociedad occidental de finales del siglo XIX, la mujer no era un sujeto legal y se definía como ser dependiente del padre o del marido. Se le negaba la categoría de individuo libre con autonomía propia, y, por tanto, de los atributos para acceder a la categoría de ciudadana.
El sufragismo británico se dividió en un ala moderada que surgió en la década de 1860 y un ala radical de acción directa que apareció en 1903. Cuarenta años de movilización en organizaciones y manifestaciones diversas no lograron el voto y eso provocó la radicalización del movimiento desde principios del siglo XX hasta la I GM, con la nueva corriente del sufragismo radical militante, feministas conocidas como suffragettes, que utilizaron tácticas violentas. En 1905 Emmeline Pankhurst, su dirigente más carismática, creó La Unión Social y Política de Mujeres que luchó por la consecución del voto, por la igualdad de derechos y oportunidades entre los sexos, además de promover el bienestar social e industrial de la comunidad.

Emmeline Pankhurst

Leamos a Emmeline en su autobiografía, Mi propia historia (1914):
Nos tienen sin cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de la mujer por encima de todas esas consideraciones, y vamos a continuar esa guerra como lo hicimos en el pasado; pero no seremos responsables de la propiedad que sacrifiquemos, o del perjuicio que la propiedad sufra como resultado. De todo ello será culpable el Gobierno que, a pesar de admitir que nuestras peticiones son justas, se niega a satisfacérnoslas.
En 1905, Christabel Pankhurst (hija de Emmeline) y Annie Kenney, una suffragette obrera y sindicalista, iniciaron un giro táctico de enormes repercusiones al optar por el encarcelamiento en lugar de pagar una multa para convertirlo en motivo de adhesión política. La represión brutal se convirtió en algo habitual en sus acciones callejeras, así ocurrió en noviembre de 1910 cuando una concentración frente al Parlamento acabó con 115 mujeres y 4 hombres detenidas. Con la agudización del conflicto, las suffragettes ocuparon la calle, practicaron el sabotaje, el incendio de comercios y establecimientos públicos, y agresiones tales como el lanzamiento de tomates o piedras a los domicilios privados de políticos destacados. Las detenciones derivaron en huelgas de hambre y a la autoinmolación de la suffragette Emily Wilding, el 3 de junio de 1913, al arrojarse frente al caballo del rey en la carrera de Derby.

Annie Kenney
La guerra marcó una tregua en la lucha sufragista y tras su fin, en 1918, fue concedido el voto restringido que se amplió en 1928 a todas las mujeres.
El sufragismo tuvo un importante eco en EUA y, con otras tácticas, se extendió en otros países como en España. Hasta la segunda década del siglo XX no aparecieron organizaciones que adoptaron una postura sufragista clara como la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME) aparecida de la mano de María Espinosa en 1918, la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas y la Cruzada de Mujeres Españolas. Las dos últimas organizaciones tuvieron como principal dirigente a Carmen de Burgos y ambas tuvieron una orientación política muy similar a la del movimiento sufragista anglo-americano. De Burgos defendía la igualdad sexual, el sufragio femenino y el fin de la discriminación legal de las mujeres, la igualdad laboral y salarial y la promulgación de una ley de divorcio. Las promotoras de estas organizaciones constituían una pequeña élite que no era del todo sufragista en cuanto a sus demandas ya que el derecho  a votar se incluía dentro de un amplio espectro de reivindicaciones de carácter educativo, laboral y jurídico.

CLARA CAMPOAMOR
La llegada de la República significó para las mujeres que luchaban por la emancipación femenina una esperanza de que los gobiernos republicanos recogieran las propuestas en favor de un nuevo estatus para la mujer que implicase una cultura igualitaria tanto en el plano jurídico, como en el laboral, ideológico o moral. La instauración de la República desarrolló por primera vez en la historia de España elementos políticos definitorios de la modernidad de un Estado como son la democratización, la laicidad y la igualdad de sexos. Destaca entre otras mujeres, Clara Campoamor, que luchó denodadamente para lograr el voto en las Cortes que elaboraron la Constitución en 1931 y que aprobaron el voto para la mujer. Así se expresó Campoamor cuando se estaba debatiendo el reconocimiento del voto a las mujeres e incluso se encontró con la oposición de las diputadas del Partido Radical-Socialista, Victoria Kent y la socialista Margarita Nelken:

El primer artículo de la Constitución podría decir que España es una República democrática y que todos sus poderes emanan del pueblo; para mi, para la mujer, para los hombres que estiman el principio democrático como obligatorio, este artículo no diría más que una cosa: España es una república aristocrática de privilegio masculino. Todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre.

miércoles, 13 de enero de 2016

TIERRAS DE SANGRE O COMO EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS

Una de las ideas más deslumbrantes de Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin de Timothy Snyder fue tomar como objeto de estudio un territorio, las Tierras de sangre, que no se corresponde con las fronteras de ningún país. Es lo que él llama la geografía humana de las víctimas. Solo estableciendo conexiones entre los diversos aspectos que entraron en juego sin quedar limitados por fronteras o etnias perseguidas se puede entender la dimensión de lo ocurrido. Y lo ocurrido tiene raíces políticas, por encima de las ideológicas, raciales o nacionalistas.


Ese lugar,  donde fueron asesinadas catorce millones de personas, se extiende desde Polonia central hasta Rusia occidental a través de Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos, un lugar común y  un tiempo común, 1933 y 1945.
Empezó con la hambruna que Stalin impuso a la Ucrania soviética (1928-1933) por motivos políticos y se llevó tres millones de vidas. Continuó con el Gran Terror de Stalin de 1937 y 1938, unas setecientas mil personas, la mayoría campesinos o miembros de minorías nacionales. Los soviéticos y los alemanes cooperaron seguidamente en la destrucción de Polonia y de sus clases instruidas y mataron a doscientas mil personas entre 1939 y 1941. Después cuando Hitler traicionó a Stalin e invadió la URSS, los alemanes mataron de hambre a los prisioneros de guerra soviéticos y a los habitantes de Leningrado durante el sitio, cuatro millones de personas. En la URSS ocupada, Polonia y Estados bálticos, los alemanes pasaron por las armas o gasearon a unos cinco millones cuatrocientos mil judíos. Alemanes y soviéticos se incitaron mutuamente a cometer crímenes como ocurrió en las guerras de resistencia en Bielorusia y Varsovia en las que asesinaron a medio millón de civiles.


Todas y cada una de estas personas fueron asesinadas por los regímenes nazi y soviético que, apoyados por un aparato político que implicaba la colaboración de muchos miles de sus conciudadanos, mataron en función de sus intereses económicos, que son también políticos.
Los dos regímenes tenían una utopía transformadora, un grupo al que acusaban cuando se demostraba la imposibilidad de realizarla y una política de asesinato en masa que podía presentarse como una especie de sucedáneo de victoria (454-455). Veamos las similitudes y diferencias entre ambos regímenes (457-459):

Similitudes:
*Ambas se oponían al liberalismo y la democracia.
*En ambos se había invertido el significado de la palabra partido puesto que no era una parte de otros partidos sino el único partido.
*Su lógica excluía a los marginales y su elite creía que ciertos grupos eran superfluos o dañinos.
*Las dos economías se apoyaban en colectivos que controlaban a los grupos sociales y extraían sus recursos: granja colectiva y gueto-campos de concentración.

Diferencias:
*Servían a visiones de futuro diferentes: igualitaria la URSS, desigualitaria los nazis.
*Los argumentos para las liquidaciones y limpiezas: avance del socialismo unos, colonización nazi otros.
*El sistema soviético fue más letal sin guerra, el nazi con guerra.
Ambos sistemas son TOTALITARIOS y de eso sabe mucho Vasili Grossman y lo refleja en sus novelas.
Vasili Grossman, Todo fluye:
El Estado se convirtió en el amo. El elemento nacional pasó de la forma a la sustancia y acabó siendo esencial, mientras se relegaba el elemento socialista a un segundo plano: a la fraseología, a la cáscara, a la forma externa (226).
Grossman concluye que el mal de la “revolución” estaba ya presente con Lenin, no hacía falta esperar a Stalin para comprobar la deriva de una revolución basada en la represión continua contra cualquier disidencia.
Hay una fuerza satánica en prohibir, en reprimir. Apresada por el dique, el agua de los ríos y de los torrentes manifiesta una fuerza misteriosa, oscura. Esta fuerza oscura escondida en el chapoteo amable, en los reflejos de los rayos del sol, en la oscilación de los nenúfares, de repente descubre la maldad implacable del agua, que destruye las piedras e impulsa las aspas de las turbinas a una velocidad de locura (138).
Dos bandos, dos totalitarismos que llegaron a una crueldad inaudita, dos ideologías contrapuestas (aunque un lúcido oficial alemán afirma lo contrario cuando interroga a un viejo bolchevique en Vida y destino) y la inquietante similitud de dos dictadores, Hitler y Stalin. Grossman siempre critica  la falta de libertad, la vulnerabilidad de los inocentes y la arbitrariedad del poder totalitario del Estado y del Partido Comunista. ¿Esperanza? Muy poca, solo la bondad y la libertad interior ya que esta no existía y además se manipulaba la realidad de forma sistemática (1984 de Orwell), Vasili Grossman, Vida y destino:
El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía (346).

Para concluir, las víctimas no fueron bajas de guerra. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos.
Nunca me cansaré de recomendar este libro del que seguiré hablando en este espacio.

domingo, 3 de enero de 2016

SVETLANA ALEKSIÉVICH, El fin del “Homo sovieticus”.

¿Qué sentido tiene conocer la diferencia entre el bien y el mal cuando se paga un precio tan caro por ese conocimiento?
Dostoievski, Los hermanos Karamazov.

No estaba traducida todavía esta obra cuando supe de ella, poco antes de concederle el Nobel de Literatura, y tocó esperar su traducción que se ha acelerado porque el Nobel impulsa las traducciones y las reediciones.
Su título hace referencia al intento, por parte de Aleksiévich, de mostrarnos a través de entrevistas a las gentes que habían vivido en la URSS, constituyendo el denominado “Homo sovieticus”, antes de que desapareciera. Es un intento interesante: edificar la realidad sucedida a través de ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano (…) Porque, en verdad es ahí donde ocurre todo (10).


La autora parte de la convicción, por tanto, de que una sola vida es en sí misma apasionante y que cada persona esgrime una infinidad de verdades:
A la historia sólo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano (14).

Y armada con su grabadora y mucha paciencia para saber escuchar y generar confianza en sus entrevistados/as, Aleksiévich nos muestra la condición humana con todas “sus” verdades, con sus luces y sombras, sus temores y sus ilusiones, sus creencias y sus decepciones. La autora lo que hace es combinar numerosas entrevistas, como si fuera un collage, a través de las cuales da una visión del ser humano en determinadas circunstancias, en este caso la desaparición de la URSS.
El fin del “Homo sovieticus” fue escrito en 2013 y se estructura en dos partes, la primera parte, “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo”, transcurre entre 1991-2001, el momento de la desaparición de la URSS tras la era Gorbachov, el fracasado golpe de Estado de agosto de 1991 y el postcomunismo de los diez primeros años. La segunda parte, “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”, avanza a lo largo de los diez años siguientes, 2002-2012. En total 21 intensos años de desmantelamiento del mundo soviético en los que, las diversas repúblicas que habían constituido la URSS, abandonaron el comunismo y una cierta manera de ser y de comportarse que constituyó el “homo sovieticus”. Ambas partes vienen precedidas por un subtítulo “El rumor de la calle y las conversaciones en la cocina”,  los espacios de donde Aleksiévich saca la información para construir la obra. La cocina hace referencia al espacio en el que los y las soviéticas hablaban con cierta libertad cuando la libertad de expresión era una quimera. Y ahí, la autora hace lo que más le gusta como escritora que es: descubrir cómo le apasiona una vida humana cualquiera y con ella la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya (14).

Precede a la primera parte un texto breve, apenas diez páginas, titulado “Apuntes de una cómplice” en el que la autora nos habla directamente, algo muy raro en el libro, para contarnos que ella conoce muy bien a ese “homo sovieticus” porque hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres (9). A partir de esta confesión que la honra, desgrana con brevedad algunas características de ese hombre/mujer de la era soviética que subsiste detrás de la mayoría de los pueblos que constituyeron la URSS. Entre algunos de estos rasgos que constituyen esa idiosincrasia rusa-soviética el ser un pueblo proclive a la guerra (10). Convirtieron la verdad en un enemigo como hicieron después con la libertad. Todos se sintieron víctimas, pero nadie se consideraba cómplice (13). ¿Qué deparará el futuro con una Rusia en la que cada día crece más la nostalgia de la Unión Soviética y de Stalin?


En la primera parte se van desgranando conversaciones sobre la URSS, el PCUS, la libertad, los libros, las ilusiones que despertaron Gorbachov y, especialmente, Yeltsin, la bebida, el Kremlin, Stalin y Lenin, los sufrimientos de los campos de trabajo o gulags, el hambre, etc. Destaca la resistencia de muchas personas a abandonar la idiosincrasia del homo sovieticus, especialmente por dejar de ser ciudadanos/as de una gran potencia y por la crítica a la propiedad privada, las desigualdades sociales y el consumismo. Muchas de sus reflexiones nos plantean la evidencia que, para muchas personas, la libertad es prescindible (los que seguían anclados con nostalgia en el comunismo), para otras se identifica con el consumismo y las posibilidades de acceso a una vida mejor aún a costa de la desigualdad. Un tercer sector, ilusionado con la libertad en un sentido más amplio, muestra su decepción ante las muchas ilusiones que nacieron en 1991, nos parecía estar en el umbral del reino de la libertad (82):
Nuestra fe era sincera, aunque ingenua… Creímos que en la calle nos esperaban los autobuses que nos conducirían a la democracia. Que íbamos a vivir en lindos apartamentos y abandonaríamos los grises edificios que levantó Jruschov, que una estupenda red de autopistas sustituiría nuestras calamitosas carreteras, que todos nos íbamos a convertir de golpe en gente simpática. Nadie buscaba argumentos racionales para justificar esas ilusiones. Tampoco los había. ¿Qué importaba? Creíamos con el corazón, ajenos a toda razón (80-81).

Cuando lees estos testimonios, cualquiera piensa que cómo es posible tanta ingenuidad, pues es posible, yo la he visto alucinada en Cataluña respecto a la independencia y eso que, en este caso, no se viene de un sistema totalitario sino democrático.
La autora narra sin ninguna piedad, sin modular nada, la dureza que significa que las víctimas del estalinismo fueran fervientes estalinistas y patriotas o el inicio de la guerra en Georgia con Abjasia y Osetia del sur. O los pogromos de los musulmanes azeríes contra los armenios en 1988 y de estos contra aquellos después. El hambre, la violencia, la guerra siempre presentes y, aparentemente, condicionando el “alma” rusa.
La segunda parte no es menos dura que la primera, habla de cómo las mafias y la violencia se apoderaron de Rusia. Las multitudes manipuladas cumplieron su papel:
Las multitudes son monstruos y el hombre que forma parte de una multitud ya ha dejado de ser aquel con el que charlabas en la cocina, bebiendo vodka o té.

El testimonio habla de los años de Yeltsin y de los sucesos de octubre de 1993. No sabe qué fue aquello exactamente, si estábamos defendiendo la democracia o participando en un golpe de Estado. Lo que sí sabe es que hubo cientos de muertos (390) y que se aprobó una nueva Constitución que incrementó los poderes del presidente y las dificultades económicas provocaron un descenso dramático del nivel de vida de los y las rusas que desembocaron en las cartillas de racionamiento.

Los atentados terroristas en Moscú (hubo en los años 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2006, 2010 y 2011) son otro aspecto recogido a través de testimonios. La guerra en Chechenia era el trasfondo de estos atentados, las responsabilidades de esta y otras guerras, un aspecto que englobaba otros muchos, por ejemplo las responsabilidades del stalinismo:
“¿Quién convirtió a Stalin en Stalin?”. Y ahí se enfrentan al problema de la culpabilidad…
Sostienen que no solo hay que juzgar a quienes fusilaron o torturaron, sino también a:
-los que denunciaban;
-los que delataron a los parientes que habían dado cobijo a los hijos de los “enemigos del pueblo” y propiciaron así que los encerraran en los orfanatos;
-los conductores de los vehículos que llevaban a los arrestados;
-las empleadas de la limpieza que fregaban el suelo de las celdas en las que torturaban a los detenidos;
-los responsables de los ferrocarriles que tenían a su cargo el despacho de los trenes de carga llenos de presos políticos hacia las tierras del Norte;
-los sastres que cosían las chaquetas que llevaban los guardianes de los campos;
-los médicos que les arreglaban la dentadura o les miraban el corazón para asegurarse de que permanecieran perfectamente aptos para el cumplimiento de su deber;
-los que callaban cuando, en las reuniones, otros gritaban: “¡A los perros démosles muertes de perros!” (484).

Aleksiévich plantea múltiples temas que dibujan esa alma rusa que tanta relevancia tiene en la literatura rusa: el amor, la amistad, la rebelión, la sumisión, el alcohol, el sexo, la libertad, el racismo, el antisemitismo, el maltrato a los inmigrantes procedentes de Tayikistan, y tantos otros que van tejiendo un tapiz con las múltiples caras de lo ocurrido entre 1991 y 2012. Un libro excepcional que impresiona por su autenticidad, que entristece por la manipulación que sufrió la población que creyó luchar por la democracia, que enfurece por el empobrecimiento y los abusos que sufren la mayoría de la población, mientras una minoría se ha enriquecido y monopoliza el poder haciendo resurgir un patriotismo, nunca muerto, que justifica el militarismo intervencionista de Putin en la actualidad.

Una magnífica obra para reflexionar sobre el ser humano y sobre esa infinidad de verdades que es capaz de mostrar.