jueves, 23 de abril de 2015

LOS “DETALLES” DE LA HISTORIA. PRIMO LEVI CONTRA JEAN-MARIE LE PEN



La casualidad (una amiga me dice que no existen casualidades sino causalidades) ha querido que estuviera leyendo Si esto es un hombre de Primo Levi, cuando Jean-Marie Le Pen ha vuelto a repetir en una entrevista la misma machacona cantinela, que entona desde 1991, de que “las cámaras de gas eran un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial”. Cuando el entrevistador señala que el Holocausto y la deportación están documentados por historiadores de todas las tendencias, él responde que no está obligado a compartir esa visión. En su miopía iguala morir por la acción de un trozo de obús, de una bomba o la ejecución en una cámara de gas. Afirmaciones de este tipo son preocupantes, pero lo es mucho más por el hecho de que el partido por él fundado (Frente Nacional), y dirigido ahora por su hija, Marine Le Pen, gano en las últimas elecciones europeas en Francia.
Frivolizar y banalizar sobre el Holocausto y la deportación, comparándolo con ser víctima en una guerra por cualquier tipo de armas, o reducirlo a “un detalle”, son rasgos característicos de la extrema derecha actual para hacer aceptable un discurso racista y totalitario que socava la base de la democracia al cuestionar la igualdad de las personas, divididas, según sus mensajes políticos, por culturas o pertenecientes a identidades superiores e inferiores, más que por razas al estilo nazi.


Como decía al principio, la noticia de que Le Pen insistía en reafirmar que las cámaras de gas son solo “un detalle” (diversos periódicos la recogen el día 4/4/2015), ha coincidido con la lectura de un libro extraordinario, Si esto es un hombre, que nos relata minuciosos detalles de cómo era la vida en los campos de concentración (Auschwitz en su caso) para miles y miles de personas:

Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha rebelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca (p. 39).
¿Qué parecido hay en morir durante una guerra en el frente de batalla o, incluso, en la retaguardia, con descubrir que hay hombres que son capaces de golpear sin ira? ¿Qué semejanza hay entre cualquier guerra, por cruenta que sea, y la existencia de hombres y mujeres capaces de desposeer a otros de toda su esencia humana convirtiéndoles en seres vacíos, reducidos al sufrimiento y a la necesidad, falto[s] de dignidad y de juicio, perdiéndose ellos mismos; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana (p. 40)? Los judíos quedaron reducidos a  ser solo un Häftling (preso), un número tatuado en el brazo izquierdo (Levi era el nº 174517), sometidos a la rutina constante del frío, hambre y maltrato en el que cada día era igual al anterior o al posterior si se tenía suerte y evitaba la “selección” para ser ejecutado y resultaba útil para el trabajo como esclavo.

A nuestro alrededor todo nos es enemigo. Encima de nosotros se agrupan las nubes malignas, para separarnos del sol; por todas partes nos oprime la amenaza de las alambradas. Sus confines no los hemos visto nunca pero sentimos, todo alrededor, la presencia maléfica del hilo erizado que nos segrega del mundo… Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos; el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales (p. 67).
Casualmente Levi responde a Le Pen como si hubiera sabido que esta banalización de los campos de concentración sucedería y que millones de votantes volverían a ser cautivados por sus discursos. Dice Levi al final de su libro que lo sucedido en los campos, el Holocausto en definitiva, son actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia. A esta lucha podemos asimilar la guerra: pero Auschwitz nada tiene que ver con la guerra, no es un episodio, no es una forma extremada. La guerra es un hecho terrible desde siempre: podemos execrarlo pero está en nosotros, tiene su racionalidad, lo “comprendemos”.


Dice Levi que en el odio nazi no hay racionalidad: es un odio que no está en nosotros, está fuera del hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco funesto del fascismo, pero está fuera y más allá del propio fascismo (p. 341).

El testimonio de Levi está lleno de detalles y más detalles, grandes detalles que nos permiten imaginar el horror que Le Pen trata de ningunear. La razón del testigo es la memoria y él solo responde ante sus recuerdos, él mismo dice que sus libros no son libros de historia, que solo escribe de lo que tuvo experiencia directa (p. 322). Por fortuna tenemos muchos otros testigos del Holocausto que coinciden en lo fundamental. Pero además están los historiadores/as que buscando la verdad, como dice Javier Cercas en El impostor, estudian documentos, verifican pruebas, relacionan hechos, interrogan testigos, y como si fueran jueces, emiten un veredicto. La historia, que es colectiva y aspira a ser total y objetiva, se nutre de fuentes de información diversas entre las que están las memorias de los protagonistas, que son parciales, individuales y subjetivas, pero que ofrecen la vivencia en estado puro para que podamos acercarnos a la realidad desde el horror de los testimonios.
Nada de esto le sirve al Jean-Marie Le Pen, que no se siente obligado      a compartir esta visión y aunque, según sus palabras, no ha estudiado este tema sigue “creyendo” que las cámaras de gas son un banal detalle de la guerra que asoló Europa, también desde el punto de vista ético y moral, entre 1939-1945. Ante tal despropósito, resulta preocupante el apoyo de más de cuatro millones setecientos mil votantes franceses al Frente Nacional en las elecciones europeas de 2014. Testimonios como el de Primo Levi deberían difundirse junto con la información académica que desde la historia se proporciona para descalificar a la extrema derecha que no solo triunfó en Francia sino también en Gran Bretaña y Dinamarca.


lunes, 13 de abril de 2015

SOMOS LO QUE RECORDAMOS



El periódico lamarea en su nº 26 dedica el dossier a la llamada memoria histórica en Un país sin memoria. Mi pequeña contribución se titula: "Somos lo que recordamos".



Norberto Bobbio, resistente antifascista italiano, señaló, con la sentencia que da título a este artículo, la necesidad de la memoria histórica, ya que lo que olvidamos, ya no es nuestro. Hacer memoria sería imprescindible para evitar que nos arrebaten lo que somos.
El franquismo procuró destruir la memoria histórica anterior a la guerra civil en su afán por aniquilar a los vencidos. La preocupación por la memoria histórica debería entenderse más como una forma de recuperar el conocimiento del pasado que como una propuesta política moralista capaz de convertir al historiador/a en juez que imparte ofensas o concede respetabilidades.
La memoria histórica tiene que ser terreno exclusivo de historiadores/as que, desde un respetuoso compromiso con el rigor, eviten polémicas versiones interesadas sobre el pasado. Desde el punto de vista intelectual, la consecuencia más negativa de estas polémicas, sean sobre la Guerra Civil, la importancia del anarquismo, la guerra de 1714 en la Corona de Aragón y tantas otras, son los disparates que se consiguen asentar en la opinión pública como verdades históricas que no se pueden poner en cuestión. La manipulación del pasado, la creación de mitos y la distorsión de los hechos históricos, cuando se apoyan en la potente máquina económica y propagandística del poder, son muy difíciles de desmontar. Sabemos que los mitos nacen para oponerse a la explicación racional del mundo y que son peligrosos porque substituyen la verdad, por ignorancia o malicia, contribuyendo a manipular e instrumentalizar el pasado con finalidades políticas, confundiendo y desinformando a la ciudadanía.
Cualquier nivel de enseñanza, y más durante la educación secundaria por la edad y porque, para muchos alumnos/as, serán los últimos estudios de historia que realicen, puede transmitir interpretaciones reduccionistas y manipuladoras. No fue solo el franquismo quién trató de eliminar la memoria de lo sucedido hasta la guerra civil, la transición democrática hizo pagar una cuota muy elevada a las víctimas del franquismo para asentar la democracia mediante el olvido de lo sucedido en la memoria social. La democracia no cambió este planteamiento y cuestiones como el movimiento libertario se convirtieron en objeto de olvido, banalización y desprestigio. Las referencias imperantes sobre el anarquismo, tanto en los libros de texto, como desde el poder político y mediático, destacan su supuesta vocación hacia la violencia. En este país, donde el anarcosindicalismo tuvo gran importancia, los esfuerzos por ignorarlo son clamorosos, en Cataluña se estudia en 2º de bachillerato el origen del catalanismo, ocultando eso sí, los oscuros  orígenes de la fortuna de la burguesía catalana, pero no se trata el nacimiento del movimiento obrero, por poner un ejemplo.
Estamos inmersos en diversas interpretaciones que, en los medios políticos y mediáticos, se están haciendo sobre la transición democrática y que pecan de ingenuidad o, simplemente, de falta de rigor. Sería buen momento para hacer memoria desde la veracidad y recuperar lo que somos evitando volver a caer en mitos, en planteamientos mesiánicos y en la propaganda política.


viernes, 3 de abril de 2015

PROTESTA Y ARTÍCULO 498 DEL CÓDIGO CIVIL


El artículo 498 del Código Penal está orientado a proteger  a quien representa al pueblo, del propio pueblo, o esta es una de sus posibilidades de interpretación según dictamine un Tribunal u otro (el Tribunal Supremo anuló una sentencia de la Audiencia Nacional). El artículo dice que se puede aplicar pena de prisión de tres a cinco años a los que emplearen fuerza, violencia, intimidación o amenaza grave para impedir por ejemplo que dichos representantes asistan, por ejemplo, a una reunión. Levantar los brazos, agitar las manos abiertas, seguir, decir, corear, perseguir, gritar, son acciones consideradas actos de violencia, cierto que uno de ellos, además, desplegó una pancarta y otro manchó con un spray la chaqueta de una diputada.

Y todas estas acciones que, entran dentro de lo que podemos considerar como PROTESTA en una manifestación, se produjeron en la convocatoria del 15 de junio de 2011 ante el Parlament de Catalunya, con el lema Aturem el Parlament. No deixaren que aprovin retalladles (Paremos el Parlamento. No dejaremos que aprueben recortes). Y estas acciones han acabado en pena de tres años de prisión para ocho personas, entre decenas y decenas de miles, que participaron en dicha manifestación.

Quizás hemos olvidado que las Sras y Sres Diputadas se proponían aprobar, y aprobaron, unos recortes que han significado un golpe ¿sin violencia? sobre miles de personas que han perdido la vivienda, el trabajo, servicios sociales elementales y han deteriorado la enseñanza y la sanidad (en Cataluña con los niveles más altos de privatización de toda España). Y todo esto en medio de la corrupción política que ha afectado a los partidos gobernantes, especialmente CiU y PSC, y con una Banca, especialmente las Cajas de Ahorros, que han estafado a la ciudadanía.

¿Qué artículo del Código Penal protege a la ciudadanía de sus representantes? ¿Qué fuerza, violencia, intimidación o amenaza puede llevar a los representantes del pueblo a la cárcel? ¿Qué ha pasado en la sociedad para que protestar suponga la cárcel?


El sábado 21 de marzo asistí a una manifestación en Barcelona en solidaridad con estas ocho personas, no éramos muchas (unas 20.000 en el mejor de los casos). En todo momento estuvimos rodeados por los Mossos d’Esquadra por delante, por los laterales y por detrás, escoltándonos y grabándonos como si fuéramos una grave amenaza. ¿Para quién? ¿No es eso intimidación o amenaza grave contra los derechos constitucionales de manifestación y de libertad de expresión?