jueves, 25 de diciembre de 2014

ANARQUISMO NO ES TERRORISMO


Desde el último tercio del siglo XIX hubo capas importantes de la población en España (en la Cataluña industrial, en el campo andaluz, en Zaragoza, por poner tres ejemplos destacados) que soñaron una manera de organizar la sociedad desde abajo, muy distinta a los proyectos de la oligarquía y la burguesía liberal. Las clases trabajadoras fueron transmitiendo, generación tras generación, la necesidad de auto-organización y resistencia; así como la importancia de poseer organismos (sindicatos, ateneos, cooperativas, etc) para desarrollar formas económicas y de sociabilidad basadas en la autogestión y la cooperación. Esas capas fueron laminadas, desactivadas y perseguidas periódicamente mediante la represión, aprovechando estallidos de ira individual (en 1896 el atentado de Canvis Nous) o colectiva (La “Semana Trágica” en 1909, “Casas Viejas” en enero de 1933, o durante y después de la Guerra Civil). Con el aplauso de las clases dirigentes, en especial la catalana.

El anarquismo argumentó muy pronto que la rebelión no era solo económica y se posicionó en contra de la opresión que brotaba de todos los ámbitos de lo social. Por su dimensión ética convirtió la cultura y  la educación en  elementos fundamentales. Por eso también se fijó en aspectos claves de la existencia: alimentación, salud, familia, amor, sexualidad, relación y respeto a la naturaleza.

Entre sus seguidores arraigo también la idea de que era necesario acelerar el proceso a través de la práctica violenta del atentado, la llamada “propaganda por el hecho”. No fueron los únicos. A comienzos de  la década de 1880 se dejaron sentir los temblores del terremoto de la I Guerra Mundial. El asesinato del zar Alejandro II en 1881 fue seguido en los siguientes 25 años por el asesinato de un presidente francés, un monarca italiano, una emperatriz austriaca y su heredero, un rey portugués y su heredero, un primer ministro español, dos presidentes estadounidenses, un rey de Grecia, un rey de Serbia y poderosos políticos conservadores  de Rusia, Irlanda y Japón. Algunos de estos asesinatos fueron efectuados por anarquistas, pero muy pronto siguieron su estela nacionalistas, republicanos o socialistas. Sin embargo solo el anarquismo se quedó con la fama de violento y terrorista.


La democracia insiste hoy, desde el poder político y mediático, en borrar de la memoria social la importancia que tuvo el anarquismo en este país, intentando ignorarlo, banalizarlo, criminalizarlo y desprestigiarlo,  destacando su supuesta vocación hacia la violencia. Desde enero del actual 2014, en que se produjeron las protesta en El Gamonal (Burgos), un titular de El País afirmó que, tras lo acontecido en ese barrio, se vislumbraba una dirección de elementos anarquistas; en mayo, desde la Generalitat de Cataluña, llovieron las acusaciones de violencia respecto a las manifestaciones de resistencia y protesta por el desalojo y derribo de Can Vies en el barrio de Sans de Barcelona. Y parece que no podía acabar el año sin la detención de anarquistas, también en Barcelona, acusados de terroristas pero sin señalar ni uno solo de los “atentados” de los que se les acusa y por los que, cuando escribo estas líneas, han ingresado siete personas en prisión.

Pese a la poca notoriedad que tienen en los medios de comunicación se están construyendo a lo largo de todo el país, en especial en las grandes ciudades, zonas de libertad arrebatadas al poder que son percibidas, desde los sectores e instituciones de orden, como peligrosas, y no precisamente porque sean violentas.

¿Será que en diversos barrios de las grandes ciudades se ha logrado juntar espacios y lugares de resistencia? ¿Será que llevan tiempo territorializando un antagonismo con flujos y reflujos de lucha y han tejido un espacio de contrapoder alternativo? Parece que se han construido espacios colectivos autónomos y heterogéneos, de apoyo mutuo, que intentan reapropiarse de la capacidad de hacer política de base, practicando la democracia directa.

Hay lugares en que se vienen desarrollando prácticas que al poder preocupan mucho y que califican de subversivas: movilizaciones, actividades de ocio (fiestas alternativas), espacios con potencialidad económica (proyectos de economía social, comercios y espacios afines), grupos de cultura popular y política (medios de comunicación propios, red social propia) y todo ello llevado a cabo por una numerosa red de locales sociales que constituyen una esfera pública no estatal donde actúan colectivos variopintos entre los que están los anarquistas.

Este movimiento fundamentado en arrebatar espacios de libertad al poder es una manera de construir hoy la utopía a escala humana, entendida como incitación a la lucha y rechazo del mundo que nos imponen para construir una posibilidad de sociedad más alentadora con formas de relación entre las personas diferentes a las impuestas. Quizás sea eso lo más temible del anarquismo y lo que incentiva el mantenimiento del mito de la violencia que hay que alimentar cada poco tiempo para estigmatizar a un movimiento que no aspira al poder institucional.

lunes, 15 de diciembre de 2014

MUJERES CULTAS E INSTRUIDAS. LAS "MARISABIDILLAS" DOMÉSTICAS II

Este reducido núcleo de mujeres acomodadas e instruidas, algunas de ellas universitarias o que admiraban a las que lo eran, abasteció de redactoras a las cuatro revistas que analizamos en este artículo y que no eran portavoces de un movimiento de mujeres consolidado que las reivindicaran. Eran marisabidillas ridiculizadas en el ambiente culto y burgués de las literatas y despreciadas en los ambientes obreros.
Las mujeres instruidas eligieron las redacciones de los periódicos y revistas, antes que la publicación de libros, porque era más fácil encontrar un público lector entre los suscriptores que mantenían la prensa periódica. La prensa era una manera de darse a conocer y así se preparaban para proyectos de mayor envergadura. Además una colaboración en una revista de moda, de orientación moderada y conservadora, era considerada de buen tono por la sociedad masculina. 


El núcleo de mujeres redactoras y colaboradoras de La Ilustración de la Mujer estaba formado por Josefa Pujol de Collado (con el sobrenombre de “Evelio del Monte”); María Mendoza de Vives; Dolors Monserdà; Clotilde Cerdá y Bosch (“Esmeralda Cervantes”); Emilia Calí Torres de Quintero; Faustina Sáez de Melgar; Gertrudis Gómez de Avellaneda; Josefa Estévez de G. del Canto; Julia de Asensi; Luisa Durán de León; Magdalena G. Bravo y Patrocinio Biedma (Ticiano Imab). Las cuatro primeras serían las más implicadas en La Ilustración y entre ellas se encuentran algunas de las que dirigieron la revista (Gómez de Avellaneda, Pujol de Collado y Monserdá).

GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

El núcleo de redactoras de La Muger eran: Madame D’Arámburu (nacida Therese Coudray), A. Dela, Luisa de Altamira, Amparo y Conchita Tey. Su continuadora, El Album del Bello Sexo, incorporó además de a Madame d’Arámburu a Dª Mª Luisa de Sañéz. Therese Coudray fue directora de ambas.
Las redactoras de El Sacerdocio de la Mujer eran: Esperanza de Belmar (“Lía de Senaar”), Berenice, Amparo, Elisa Gutiérrez y Camelia Cociña de Llansó.
El patrocinio masculino en las labores de edición y redacción parece probado. En La Ilustración había tantas redactoras como redactores y la publicación fue auspiciada por la Sociedad de Crédito Intelectual, dirigida por Nicolás Díaz de Benjumea que parece ser que era esoterista y estaba relacionado con el republicanismo federal.
En La Muger también colaboraban hombres (Homo, Mardocheo y Alfredo Herrera) y el editor fue Felíx Aramburu Rodríguez, marido de la directora Therese Coudray de Aramburu. En El Álbum del Bello Sexo, continuadora de La Muger, apareció ya como propietaria y directora Therese Coudray. Apenas se tiene información, ya que sólo se conservan dos números, de El Sacerdocio de la Mujer.
Estas mujeres compartían algunos rasgos biográficos comunes: casi todas publicaron sus creaciones muy pronto (Faustina Sáez  a los 9 años, María Mendoza a los 13, Maria Josepa Massanés a los 22, Dolors Monserdá a los 24, Concepción Gimeno a los 26 y Gómez de Avellaneda a los 27).
Sus biografías siempre estuvieron ligadas a la órbita familiar. Se dedicaron al hogar en la mayoría de los casos y el matrimonio era su aspiración principal. Cuatro enviudaron, como ocurrió con Patrocinio de Biedna (enviudó a los 25 años) y María Mendoza (a los 44 años). Si quedaban viudas, estaba bien visto que se casaran en segundas nupcias, como fue el caso de las dos mencionadas. El matrimonio era una salida a sus vidas, casi una profesión. La mayoría de estas marisabidillas tuvieron hijos y vivieron la muerte de algunos de ellos; en dos casos, Biedma y Monserdá, la muerte de una criatura las impulsó a lanzarse con mayor ímpetu a la escritura. Sus biografías indican que son mujeres plenamente domésticas y que debieron sufrir la contradicción de escribir y conservar la virtud femenina. La mujer puede asumir la faceta de literata siempre que no olvide sus sagrados deberes y lo haga como mero divertimento del espíritu.

DOLORS MONSERDÀ
Respecto a la situación económica y social de las marisabidillas, hay un grupo que pertenecía a sectores económicos acomodados de la nobleza y la burguesía y que, por ese motivo, recibieron una mejor y esmerada instrucción. Era el caso de Patrocinio de Biedma, hija de Diego José de Biedma e Isabel María de la Moneda y Riofrío, ambos de la nobleza andaluza; Concepción Gimeno, nacida en Alcañiz, y que accedió a la instrucción en Zaragoza y luego se desplazó a la Corte; de familia burguesa, Clotilde Cerdá y Bosch, hija de Ildefonso Cerdá, ingeniero autor del Ensanche de Barcelona y de Clotilde de Bosch, se pudo educar en París y Viena. Había, no obstante, otro grupo de mujeres de clase media, hijas de pequeños comerciantes, artesanos, militares o trabajadores  que tenían existencias más modestas y, por tanto, una menor preparación que suplían con el autodidactismo y el entusiasmo. Las marisabidillas más modestas serían Dolors Monserdá, hija de un artesano que encuadernaba libros; Josefa Pujol, hija de un popular librero de la Rambla de Canaletas; María Mendoza, hija de un médico y Maria Josepa Massanes, hija de un militar. Estas mujeres temían, dada la precariedad de su situación económica, que, si no tenían instrucción y no podían optar a un trabajo remunerado, la ruina familiar o la viudedad pudiera llevarlas al lindar de la indigencia.
Para justificar el acceso a la instrucción, las marisabidillas trataron de definir su identidad buscando referentes, en el pasado, en mujeres de talento. De ahí que las “galerías de mujeres célebres”, que buscaban dignificar el talento femenino, fueran tan comunes en esta prensa. Encontramos una “galería de mujeres notables” en La Ilustración de la Mujer y una “galería de mujeres célebres” en El Álbum del Bello Sexo.
La “galería de mujeres notables”, que iba siempre acompañada de un retrato en la primera página, indica la búsqueda de una genealogía:
 “(…) con la publicación en cada número del retrato y biografía de una mujer notable, hemos querido significar que ésta en todos los tiempos, a pesar de las preocupaciones que les ponen óbices y obstáculos para que desenvuelva libremente su inteligencia, ha sabido elevarse a las regiones de la ciencia y las artes, contribuyendo así a la glorificación de su sexo”.
Los referentes genealógicos los buscaban mayoritariamente entre actrices y cantantes (once mujeres), también era importante el número de escritoras y poetas (ocho mujeres); por último, dos mujeres dedicadas a la música, dos princesas o reinas, una médica y una viajera.
Especial relevancia, en la búsqueda de genealogía, tuvieron las mujeres dedicadas a la ciencia y, sobre todo, las dedicadas a la medicina, ya que había sido un campo históricamente controlado por los hombres, pero en el que las mujeres habían estado presentes desde el origen de la humanidad por medio del uso de hierbas, pomadas, etc. El caso de Martina Castells fue especial ya que La Ilustración le dedicó dos artículos, el primero de José de Letamendi, padrino de Martina y doctor en medicina y cirujano, el segundo de “Esmeralda Cervantes” cuando se produjo el fallecimiento de la doctora Castells. La Muger también mencionó a Martina Castells y Dolores Aleu Riera, como las dos únicas mujeres que en mayo de 1882 habían obtenido en España la licenciatura de Medicina y Cirugía, frente a Estados Unidos con 400 mujeres tituladas, siendo también numerosas en Rusia y en Francia.

DOLORES ALEU RIERA

Resulta interesante el artículo de José de Letamendi en defensa de la incorporación de las mujeres a los estudios superiores debido a que no admitía “para las humanas jerarquías limitación de edad, sexo, ni raza, y sí solo la naturalísima de la prueba de capacidad…”. A pesar de su defensa de la capacidad como único criterio para el estudio, el autor del artículo se sintió en la necesidad de defender a su ahijada de las acusaciones de falta de pudor, lanzadas contra ella por estudiar anatomía. Letamendi afirmaba que el pudor, la vergüenza, la dignidad, la honra y el decoro, constituían el “sentimiento de conservación moral” y no eran “peculiar[es] a ningún sexo”. A pesar de estos argumentos igualitarios afirmaba que quien se acercaba a conocer a Marina Castells, quedaba encantado “al ver la más natural humildad en quien pensaron hallar petulante engreimiento, y el más infantil pudor…”, en definitiva humildad y pudor para no salirse de las virtudes que se exigían a las mujeres. No había unanimidad, ni siquiera dentro de los colaboradores de las revistas, en la defensa de la dedicación de las mujeres a la ciencia.
Letamendi razonaba en su artículo que la opción por la medicina de Castells se había debido a sus antecedentes familiares, era biznieta, nieta, hija y hermana de médicos; pero también a la revolución de 1868, de la que hablaba con admiración, que había permitido a las mujeres cursar las llamadas “carreras mayores”.
La Muger y La Ilustración buscaron también genealogía en mujeres anónimas que rompían las limitaciones impuestas por razón de sexo. Estas revistas defendieron el acceso de las mujeres a la educación superior, ya que “por la senda de la instrucción es como puede la mujer abrirse paso”. También se mencionaban cuestiones de carácter político como la celebración de un mitin sufragista en Londres o de carácter social como la explosión de la caldera de la fábrica Morell y Murillo en la que murieron dieciséis personas.






viernes, 5 de diciembre de 2014

HILDEGART RODRIGUEZ


Si os interesa conocer algo más sobre la figura de Hildegart Rodríguez y sobre la época en la que vivió, la Cátedra de la Memoria Histórica de la Universidad Complutense de Madrid organiza un Seminario el día 9 de diciembre.

Por mi parte, participo en el segundo Panel: "HILDEGART RODRÍGUEZ CARBALLEIRA. Republicanismo, anarquismo y revolución sexual".


domingo, 30 de noviembre de 2014

FERRER, ASCASO Y DURRUTI: LAS DIVERSAS CARAS DEL ANARQUISMO

Tres mujeres, Antonina Rodrigo, Joaquina Dorado y Concha Pérez, decidieron hace unos años (dieciséis o diecisite) que, con ocasión de la fecha del 20 de noviembre, en que murió Buenaventura Durruti, se podía homenajear a los tres hombres que reposan juntos en el Cementerio de Montjuïc. Y este año me invitaron a tomar la palabra, he aquí mi breve intervención.



La mayoría de las personas, que hoy os habéis acercado aquí, conocéis la biografía de estos tres hombres. Es el momento de  destacar  aspectos que brillan con luz propia y que nos acercan a alguna de las múltiples caras del anarquismo. Porque si algo define a este movimiento, a este ideal, es su carácter diverso, primero unido en sus orígenes a las luchas demócratas, en especial a las republicanas. Ligado después al internacionalismo y al sindicalismo revolucionario. Preocupado por la educación y la cultura; por la alimentación y la higiene; por la sexualidad y el contacto con la naturaleza; por la música en las corales populares; por el teatro social; por la poesía combativa; por el excursionismo y las fiestas de hermandad; y por tantas manifestaciones que conformaron una sociedad nueva en esta sociedad. Esta multiplicidad poliédrica vino favorecida por no definir un cuerpo doctrinario cerrado y acabado, sino abierto a la incorporación de las heterodoxias sociales que cada momento histórico genera. Esta diversidad es vivificadora pero no ha hecho fácil mantener el equilibrio en el seno del movimiento libertario. La unidad fue siempre difícil e inestable y pese a ese potencial desmembrador ha habido un cemento común que los unió (y nos une) frente al exterior.


Lo más valioso del anarquismo hoy son las intuiciones básicas que han echado hondas raíces en experiencias variadas que han ido depositando, a modo de capas superpuestas, multitud de hombres y mujeres que han protagonizado mil y un combates anteriores. Se trata de recuperar lo menos doctrinario, lo más informal, en definitiva, lo más difuso, que, a veces, percibimos como debilidad cuando su fortaleza está presente en las muchas voces de la disconformidad del siglo XXI.


Ferrer i Guardia vivió en un momento histórico en el que, al compás del internacionalismo, el anarquismo se fue definiendo de forma semejante en toda Europa. Ferrer entendió muy pronto que la rebelión no podía ser solo económica sino que debía dirigirse en contra de la opresión que brota de todos los ámbitos de lo social. Esta manera de entender la rebelión tiene una dimensión ética que convierte la cultura y  la educación en  elementos fundamentales (cosa que por desgracia el neoliberalismo ha comprendido para recortarla a los más necesitados). Por eso también se fija en aspectos claves de la existencia, como señalaba al principio, la alimentación, la salud, la familia, el amor, la sexualidad, la relación y respeto a la naturaleza, etc.
Por este motivo Ferrer no vio ninguna contradicción entre fundar la Escuela Moderna en 1901 y fomentar, por las mismas fechas, la huelga como arma revolucionaria a través de un periódico, La Huelga General, que editó a su costa. La pedagogía libertaria que presidía la Escuela Moderna dejaba al margen la enseñanza religiosa para centrarse en las materias científicas y humanistas, fomentando la no competitividad, el pensamiento libre e individual y el desarrollo integral del niño y la niña. Al convertirse en un referente por su impulso de la pedagogía libertaria  en España y en algunos países europeos, el Estado de la Restauración lo percibió como un hombre peligroso que había que eliminar. Este sistema estaba acostumbrado a un combinado que pretendía marginar a la mayoría de la población del ámbito político: manipulación electoral, ignorancia de la cuestión social y represión cuando esta emergía. La oportunidad de eliminar a Ferrer llegó a raíz de la llamada “Semana Trágica” y el poder no la desaprovechó deteniendo a Ferrer y convirtiendo su juicio, sin las mínimas garantías procesales, en un castigo ejemplar, ejecutándolo en esta “montaña maldita”, el 13 de octubre de 1909.


Francisco Ascaso  y Buenaventura Durruti  vivieron un momento en el que se produjo un cambio transcendental que convirtió al anarquismo español en un movimiento excepcional, distanciado del resto de Europa. El sindicalismo revolucionario, al transformarse en un movimiento de masas a partir de 1916, dio un protagonismo al anarquismo que siempre fue minoritario.
Por este motivo algunos sectores anarquistas vieron la revolución como algo posible y, por ello, la necesidad de acelerarla mediante los grupos de acción y la coordinación en la FAI (1927) de los muchos, y diversos grupos que existían (en 1933, 546 grupos). El estallido de la guerra civil permitió poner en marcha esa revolución que, pese a ser deseada y buscada, nunca imaginaron que fuera tan difícil de llevar a cabo por las circunstancias de subordinación a una guerra y por el acoso de múltiples enemigos.


En ese intento murieron ambos, Ascaso muy pronto (el 20 de julio) en el asalto al cuartel de Atarazanas y Durruti cuatro meses más tarde en Madrid (20 de noviembre).
Siendo la rebelión una de las guías de su activismo y de su ideario, ésta no tenía consistencia sin la libertad y el antipoliticismo. La libertad presidió las vidas de los tres,  actuaron siguiendo los dictados de su propia voluntad y, cada uno a su manera, quisieron preservar el poder sobre su presente y su destino. Libertad como antítesis de la autoridad, no de la sociedad ni de la política  entendida como “res pública”, es decir, bien común, que entiende ésta, en un sentido mucho más amplio que el de gobernar, o el de elegir a quienes nos han de gobernar, que es lo que rechazaba el anarquismo por la delegación de poder que se cede en manos de las instituciones.
Los tres, un catalán, un aragonés y un leonés, participaron de un ideal y de un proyecto común de base internacionalista en el que el objetivo no era otro que la emancipación de la humanidad de cualquier tipo de explotación y opresión. El objetivo era utópico y la derrota por intentar alcanzarlo conllevo muerte, represión y exilio.
La situación actual no es propicia para retar al Estado frontalmente como lo hicieron ellos, nada resultaría, sino un fútil martirio, de una colisión frontal con el Estado de la megacorporación al servicio de la clase corporativa. Sin embargo, Ferrer, Ascaso, Durruti y otros miles de hombres y mujeres, tuvieron muy claro algo que nos conduce a la Utopía y cuya base fundamental tan bien sintetizo el poeta Mario Benedetti: 
“Uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.
El anarquismo o es una utopía o no es nada, ahí reside su actualidad, en los deseos que canaliza de una sociedad cuyo epicentro es la libertad. Nadie como el escritor Eduardo Galeano lo supo decir:
“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.


jueves, 20 de noviembre de 2014

MUJERES CULTAS E INSTRUIDAS. LAS "MARISABIDILLAS" DOMÉSTICAS I

Las mujeres de clase alta y clase media, base social del feminismo moderado, construyeron a lo largo del siglo XIX un contramodelo de mujer que deseaba salir del espacio privado al espacio público, rompiendo la rigidez de la diferenciación social y abriendo una vía de escape por donde se colaron discretamente muchas mujeres.


En el siglo XVIII las mujeres de clase alta, educadas en una semiignorancia de buen tono, repartían su aburrida y monótona vida entre su perfumado gabinete, donde desarrollaban sus álbumes o escribían sus cartas privadas, espacio privado por antonomasia de las elegantes, y la figura del cortejo, como acompañante inseparable y cortés de la dama. Del cortejo se pasó en ocasiones al amante, dando lugar a cortejos escandalosos que generaron críticas y censuras por lo que suponían de abuso. Estos comportamientos eran más fáciles de encontrar entre cierta gente de la  nobleza, o entre nuevos burgueses adinerados que la imitaban miméticamente en su deseo de ascensión social. El cortejo implicaba la vida ociosa de las señoras, preocupadas sólo de chocolates, paseos, modas y reglas de conservar la belleza, paseos, bailes, siestas, teatros y juegos.

Un ejemplo de estas mujeres que se mantenían en el espacio privado y que pervivía en el último cuarto del siglo XIX, era Rafaela Torrents, Marquesa de Villanueva i Geltrú, burguesa emparentada por vía matrimonial con la familia Samá y que logró un título nobiliario gracias a la influencia de su poderoso amigo íntimo Víctor Balaguer. Rafaela Torrents mantuvo una interesante y larga correspondencia con Víctor Balaguer en la que además de muchos detalles domésticos, Rafaela trató de ejercer influencia sobre Balaguer haciendo de intermediaria para lograr recomendaciones o tratos de favor debido a su proximidad con él, que era el que realmente tenía poder. De hecho les unió un amor que, aunque pareció que podía acabar en matrimonio, nunca llegó a producirse. Rafaela Torrents seguía practicando la costumbre de tener un Álbum cuya función era que sus admiradores escribieran algo galante, asumiendo un papel pasivo desde el punto de vista creativo. El Álbum de Rafaela lo tenía en 1889 Víctor Balaguer que estaba interesado, para complacer a su amada, en que dicho Álbum no tuviera rival haciéndolo circular entre los poetas y autores más destacados del momento.

Hubo otras mujeres que aprovechando la coyuntura de la llegada de los Borbones, promotores de la renovación de las artes y las letras, dieron el paso de salir de sus gabinetes y desarrollaron una afición por la cultura que provocó la abundancia de escritoras entre las clases altas. Las literatas crecieron con éxito en los ámbitos que les eran propicios como las tertulias o Academias literarias, las Sociedades Económicas y los monasterios religiosos.
Muchas de las tertulias de las Academias, se celebraban en los palacios de ciertas familias de la nobleza. Las reuniones se organizaban también en casa de burgueses adinerados con inquietudes culturales o en las casas, más humildes, de hombres del mundo de las letras, académicos o profesores. No consiguieron estos salones literarios dirigidos por mujeres ni el esplendor ni la importancia social de los franceses.

La mujer se convirtió, por tanto, en asidua lectora, frecuentaba los coliseos y se tornó en motivo literario. La clientela lectora fue más urbana que rural, ya que fue en las ciudades donde creció el arte de la imprenta que editaba libros y también donde se desarrolló con mayor eficacia los proyectos de alfabetización. La lectura de novelas fue creciendo con el tiempo y con el asentamiento definitivo de la novela sentimental de la última década de siglo e inicios de la siguiente tendrán las lectoras una relación privilegiada con este género.

Cuesta creer que estas mujeres pudieran resolver el conflicto en términos satisfactorios entre esfera pública y entorno doméstico, pero se introdujeron en el espacio público de la palabra a través de su protagonismo en los salones y academias literarias o directamente a través de la escritura como literatas. Ellas abrirán el camino a las redacciones de los periódicos femeninos de las mujeres del XIX que huían de la monotonía del espacio privado por medio de la creación literaria y que formularon, como señala Iñigo Sánchez, imaginarios no marginales para el género femenino y superaron, en definitiva, la temida maledicencia social que limitaba desde épocas pretéritas  a la “mujer de talento”.

Matilde Padrós y Rubio fue una de las primeras mujeres que ingresaron en la Universidad española. En 1888 fue alumna libre y al año siguiente consiguió matrícula oficial. Se doctora en 1893.

El proceso se fue desarrollando y condujo a las mujeres acomodadas y moderadas a una nueva conquista: el aula universitaria. En el s. XIX la mujer sólo podía acceder a la instrucción primaria, estando excluida de la secundaria y superior. Si quería una instrucción más extensa que la primaria tenía que acudir a escuelas privadas, seglares o religiosas, las cuales no estaban incorporadas al sistema estatal. La imagen que tenía la sociedad de las mujeres que aspiraban o accedían a unos estudios que iban más allá del nivel primario era negativa: marisabidilla, parlanchina, cultalatiniparla, bachillera o ridiculez, pedantismo, desconfianza, recelo, son algunos de los calificativos y actitudes que suscitaban.
El paso de la escuela a la universidad, se produjo en los últimos años del Sexenio Revolucionario y primeros de la Restauración cuando las primeras mujeres que fueron a la Universidad reclamaron dar estatuto público, visible, a su carrera universitaria. En 1882, con la experiencia de un grupo de mujeres que estudiaban ya en diferentes Institutos y Universidades españolas, se discutía concederles los Títulos a los que esos estudios tenían derecho. El 25 de septiembre de 1883 se volvieron a permitir los estudios de segunda enseñanza, pero se mantuvo la prohibición para los estudios universitarios. Fue la Real Orden de 11 de junio de 1888 en la que se reguló el reconocimiento del derecho a estudiar en la Universidad, aunque lo hizo de forma muy restrictiva.

MARÍA DE MAEZTU

Como señala Consuelo Flecha, el trabajo profesional que desempeñaron las primeras universitarias, así como la publicación de libros y de artículos en revistas fueron aportaciones que en su condición de universitarias realizaron fuera del marco que se consideraba el habitual para las mujeres, comportamientos con los que seguían ofreciendo argumentos destinados a romper aquella larga e incuestionable tradición sostenida sobre la natural condición femenina.

La llegada de las mujeres a las aulas universitarias fue un acontecimiento  sorprendente para la época en la que se produjo. Eran mujeres que no se conformaron con los papeles sociales que les habían sido asignados en función de su sexo. No encajaban en el prototipo de mujer que prevalecía en sus clases sociales de origen, en las que el trabajo fuera del hogar y la familia eran dos intereses que se excluían mutuamente, de ahí que tuvieran que soportar con firmeza el peso de muchos convencionalismos.

Estas universitarias, aunque con una conciencia sobre ellas mismas que no había prescindido de los lugares comunes en los que se las situaba, contribuyeron con su decisión, a un periodo de tanteos y de precedentes alentadores, que abrirían nuevas posibilidades para las mujeres. Demostraron tener un modo de ver el mundo diferente, que ponía en cuestión un saber y una mentalidad constituidos en criterios absolutos, y que las empujó a manifestar una firme contraposición con las convicciones adquiridas. Desarrollaron, más que una oposición abierta, formas de resistencia y de confrontación con la autoridad, con el poder, desde niveles de desarrollo muy diferentes de una conciencia femenina. La conciencia de estas primeras universitarias no se situó, como en el caso de otros países, en el marco ideológico de un primer feminismo, manifestado en la reivindicación de derechos políticos como el del voto, sino que se centró más puntualmente en la exigencia del reconocimiento del derecho a la instrucción superior y al ejercicio profesional.

lunes, 10 de noviembre de 2014

MEMORIA...


No es la primera vez que traigo algún fragmento de ficción que trata sobre la memoria. Como historiadora es un tema para mi recurrente que hoy solo pretendo proponer con este magnífico fragmento de un novelista malayo, Tan Twan Eng, en su novela El jardín de las brumas.



La memoria es como la luz del sol en un valle nublado que cambia con el movimiento de las nubes. De vez en cuando la luz dará en un punto determinado y lo iluminará durante un momento antes de que el viento haga que se cierre el hueco y el mundo vuelva a estar sombrío (p. 452).
Las fotografías son del Jardín japonés de Kildare, Irlanda, y están realizadas por mi misma.

jueves, 30 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA, Alberto Rodríguez (2014)


Retrato de la sociedad rural española en el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado. En un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir, dos adolescentes que son hermanas desaparecen durante las fiestas. Dos detectives vienen desde Madrid para investigar las desapariciones y enseguida averiguan que en los últimos años han desaparecido más jóvenes.

La trama responde plenamente a lo mejor de la tradición del cine negro: ofrece una imagen exacta de los conflictos políticos y sociales de la época, la mentalidad de una comunidad aislada, opaca y anclada en el franquismo, sin dar una imagen de buenos  y malos, sino de la diversidad de posibilidades en la gama de grises. El caso no se resuelve totalmente y los poderosos quedan libres de culpa.


La trama está tan bien montada que me mantuvo amarrada al asiento en una tensión permanente. En este sentido es una excelente película con unos intérpretes de gran credibilidad, especialmente Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez que encarnan a los dos policías venidos de la capital. Excelente la ambientación, la música y el retrato de la marisma, un territorio inmenso, inhóspito, cruel y duro pero, a la vez, magnético, con una climatología extrema que nos lleva del calor extremo a las lluvias torrenciales.


Sin embargo, el valor más interesante, desde mi punto de vista, es lo bien que narra una época, la de la transición de la Dictadura franquista a la Democracia y de lo difícil que es cambiar las realidades económicas y sociales pese a los cambios políticos que nos situaban en 1980 en un sistema democrático. El poder que continuaban teniendo los latifundistas, la subyugación de los jornaleros pese al derecho de huelga, la presión de la justicia para resolver el caso, la mentalidad resignada y sumisa de los que menos recursos tenían, el machismo imperante en las sociedades rurales cerradas, la permanencia de miembros de importantes instituciones, como la policía franquista, en la democracia y sus consecuencias, etc. En fin, un retrato certero para comprender las dificultades que existían para llevar a cabo una Transición que quisieron convertir en un modelo de referencia y que hoy demuestra sus muchas fragilidades.

lunes, 20 de octubre de 2014

STOP A LA MISOGINIA EN EL MUNDO VIRTUAL


Hablando de feminismos históricos y viajando a la era virtual del siglo XXI, leía hace unos días que según el último Estudio Anual de Redes Sociales en España (2013), las mujeres usan mucho más las redes sociales que los hombres: un 61% ellas por un 39% ellos. Pese a este predominio, otro estudio llevado a cabo entre los usuarios de Internet por el Pew Research Center, señala que un 13% de mujeres reconoce haber sufrido acoso frente a un 11% de hombres y un 5% de mujeres se ha sentido en clara situación de peligro físico frente a un 3% de hombres.


Dado el carácter anónimo utilizado por muchos usuarios/as de las redes sociales, es muy fácil recurrir al insulto y la agresión verbal, no sé si se ha estudiado si recurren más los hombres que las mujeres, pero lo cierto es que la mayor parte de las agresiones que reciben las féminas es por serlo, más que por sus opiniones o sus puntos de vista, que también.



El recurso más fácil es no responder o bloquear a los agresores, pero esa actitud es la versión del silencio que siempre se nos ha recomendado a las mujeres para evitar problemas. Soy partidaria de no hacerlo y de mantener la libertad de opinar desde nuestra condición de persona y desde nuestra visión femenina del mundo a la que no debemos renunciar.



Las imágenes son de una exposición, A Woman’s room Online de Amy Davis Roth, en la que esta artista empapela o crea objetos de uso cotidiano con mensajes ofensivos contra las mujeres.

sábado, 11 de octubre de 2014

FEMINISMOS EN EL SIGLO XIX (II)

Teniendo en cuenta el complejo contexto histórico explicado veamos esta segunda generación de itinerarios feministas, que fueron múltiples, a partir de las diversas experiencias y prácticas individuales y colectivas de las mujeres.
El feminismo, como plantea Karen Offen, se puede definir como un fuerte impulso a criticar y mejorar la situación de desventaja de las mujeres con relación a los hombres en el marco de una situación cultural concreta, aunque se trata de una definición incompleta sirve para un primer acercamiento a la lucha que desarrollaron las mujeres decimonónicas por su emancipación.
El feminismo español tuvo una orientación más social que política puesto que solía justificar la lucha por los derechos de la mujer basándose en la idea de la diferencia de género, centrándose más en los derechos sociales y civiles que en la igualdad con el hombre. Era un feminismo que K. Offen denominó relacional para diferenciarlo del feminismo individualista. El feminismo relacional proponía una visión de la organización social fundada en el género pero igualitaria. Ponía el énfasis en los derechos de las mujeres como mujeres, definidas principalmente por sus capacidades para engendrar y/o criar, respecto a los hombres. Insistía en la distinta cualidad de la contribución de las mujeres al resto de la sociedad y reclamaba los derechos que le confería dicha contribución. Planteaba que existían distinciones entre los sexos, tanto biológicas como culturales, por lo que existía una naturaleza femenina diferente a la masculina. Estas distinciones entre los sexos justificaban una división sexual del trabajo, o de funciones, en la familia y en la sociedad.

Ángeles López de Ayala. Republicana, feminista y masona

El feminismo relacional decimonónico en Cataluña, igual que en el resto de España, no fue un movimiento único, sino diverso. Resultaba evidente la pluralidad de feminismos, ya que plurales eran las estrategias de resistencia y de cambio social de las mujeres. El feminismo en su origen, al entenderse como movimiento social, dio prioridad al itinerario social como aprendizaje y planteó las experiencias colectivas de las mujeres como causa y origen de la expresión de su feminismo. Por tanto los movimientos sociales fueron el cauce de aprendizaje y de experiencia del feminismo y la base de formación de las diversas corrientes que se estructuraron en el último cuarto del siglo XIX.
Los feminismos, aunque diversos, compartían el descontento por la discriminación  y  la desigualdad que sufrían las mujeres, fueran de la clase social que fueran. Aunque ya se ha  señalado que no cuestionaban la definición de género de la mujer, sí ponían en tela de juicio su restricción a la esfera privada. La ausencia del ámbito público excluía a la mujer de la ciudadanía, que se desarrollaba en tres órdenes: el económico, basado en el derecho al trabajo; el político, que capacitaba a la ciudadanía, entre otros deberes-derechos, para ejercer el sufragio; y, por último, el social, que comprendía derechos civiles, mejoras sociales, etc., y entre los que destacaba el derecho a la educación. Los feminismos del último cuarto del siglo XIX que se desarrollaron en España y otros países como Portugal, Francia o Suiza, incidieron más en el tema de la ciudadanía económica y social, aunque el feminismo liberal reclamó desde su inicio la ciudadanía política. La exclusión de la mujer de la ciudadanía justificó, durante el sistema de la Restauración, la desigualdad de oportunidades educativas, la segregación laboral y la discriminación legal.
El origen de los feminismos en Cataluña se articuló alrededor de tres corrientes con organizaciones, líderes, espacios sociales y reivindicaciones claras: el feminismo liberal, el feminismo librepensador o laico y el feminismo obrero. Los dos últimos compartían espacios de sociabilidad comunes en los círculos librepensadores, republicanos, espiritistas, masones y anarquistas. Estos contactos venían facilitados por el ideario fraternal e interclasista que otorgaba protagonismo a ciertas elites políticas e intelectuales y constituía uno de los elementos de la cultura de izquierdas del momento. No existían espacios de sociabilidad comunes con el feminismo liberal ya que esta corriente, pese al radicalismo de algunas de sus propuestas, no participaba de esa cultura de izquierdas.
El feminismo liberal fue una corriente moderada pero partidaria de aceptar y asimilar las transformaciones sociales y científicas del mundo contemporáneo, defensora en parte del catolicismo liberal, en la línea fracasada del krausismo, y burguesa, contraria a la movilización de masas y al radicalismo democrático típico del librepensamiento. A pesar de su moderación hubo un claro compromiso con la libertad y el progreso, que no se consideró  contrario a la religión.
El feminismo librepensador o laico fue un movimiento liberal radical de base popular. Su identidad colectiva surgió de la contestación a los procesos de exclusión política, su defensa del “tumulto” y su preocupación por la cuestión social. Monarquía, Iglesia y Reacción eran una misma cosa y, por tanto, eran partidarias de la República. Aunque tenían una base burguesa estaban contaminadas por ciertos planteamientos emancipatorios como el rechazo y/o recelo a las elites y los poderosos o la defensa de una economía moral plebeya. Defensoras absolutas de la razón frente a toda religión revelada, eran  agnósticas o ateas declaradas y tenían planteamientos anticlericales.
El feminismo liberal y librepensador tenía su base social en sectores de la burguesía. No sólo eran burguesas por su origen social, sino por los sectores sociales a los que dirigían sus proyectos políticos y sociales.

Teresa Claramunt, feminista y anarquista

El feminismo obrerista se basaba en los puentes culturales, entre federalismo intransigente y anarquismo, es decir, en las puertas que permitían el tránsito de la dicotomía republicana a la dicotomía obrerista. Estos puentes culturales se basaban, en primer lugar en el peso de la conciencia personal para determinar la opción por un lado u otro de la línea que oponía a explotadores y explotados. En segundo lugar en el lenguaje común, en la valoración del trabajo digno y libre o en el rechazo al parasitismo y al ascendiente cultural católico. Y por último, en los puntos de contacto que existían sobre su concepción del poder.
Estos puentes culturales explicarían que compartieran espacios de sociabilidad, campañas y reivindicaciones. Su vinculación con el feminismo librepensador no se producía en función de la clase social sino de las prácticas y vínculos socio-culturales que se establecían en la cultura de izquierdas.
Pero había rasgos específicos del feminismo obrerista relacionados con la identidad de clase, ya que junto a la subordinación de la mujer por razón de sexo estaba la explotación que sufrían las obreras. La doble conciencia, de clase y feminista, hacía preciso una doble lucha para acabar con las desigualdades entre los sexos y, junto a los “compañeros de infortunio”, para luchar contra la explotación social y económica. La asunción de planteamientos emancipatorios claros, como su posicionamiento a favor de una revolución social, llevaba a esta corriente feminista a un cuestionamiento claro del matrimonio y la familia burguesa y un posicionamiento claro a favor de una pareja formada libremente y cuya base de convivencia no era otra que el amor y la afinidad, necesarias para el verdadero goce.



sábado, 4 de octubre de 2014

FEMINISMOS EN EL SIGLO XIX (I)

En la década de los años ochenta del siglo XIX se produjo en Cataluña un incremento espectacular de las publicaciones de revistas de mujeres como no se había conocido en todo el siglo. De todas las revistas publicadas en estos años (sólo entre 1880 y 1885 se publicaron dieciocho nuevas revistas), las que analizaban la condición de la mujer eran una minoría, pero todas ellas estaban relacionadas con el llamado feminismo liberal. No por ello se puede afirmar que este feminismo naciera por estas fechas puesto que había una línea de continuidad desde el siglo XVIII, cuando las mujeres toman parte en el enfrentamiento con la tradición que incluía una serie de prejuicios que fundamentaban la discriminación de la mujer.
Aun cuando se produjeron formulaciones igualitarias desde finales del siglo XVIII con una “radicalización”, en clave universalista, del ideario ilustrado y liberal, se fueron configurando las diversas formas de subordinación y de exclusión de las mujeres de la igualdad y de la ciudadanía, existentes en los iniciales constitucionalismos, y en su base contractualista roussoniana. Los primeros feminismos se fueron desarrollando desde el siglo XIX a partir de la demanda de extensión a las mujeres de los mismos principios ilustrados de libertad, igualdad y razón; y por tanto, a partir de la democratización de estos principios.


La línea de pensamiento que arrancó en el siglo XVIII configuró una primera generación de mujeres que, en el caso de la tradición vinculada al laicismo,  al republicanismo y al obrerismo, arrancó de las mujeres vinculadas a los primeros grupos fourieristas y socialistas de mediados de siglo y de figuras como Margarita Pérez de Celis y Josefa Zapata en torno a las revistas El Pensil Gaditano, y El Pensil de Iberia. Paralelamente se desarrolló también en esa primera generación de mujeres el feminismo de tradición liberal, vinculado a las literatas del llamado canon isabelino. La segunda generación que apareció en los años ochenta y noventa del siglo XIX, consolidó y estructuró los feminismos aparecidos a mediados del siglo XIX.
El feminismo liberal empezó a consolidarse en un contexto en el que se produjo un cambio de circunstancias históricas en Europa entre los años de la I Internacional y la Comuna y los avances democráticos y el reformismo social de los años 80. En este contexto, el pensamiento liberal se encontraba en un punto de inflexión cuando, tras ser movimiento y progreso, encontró sus límites al verse atenazado entre la reivindicación elitista, que parecía negar la igualdad, y la exigencia democrática, que podía perjudicar la libertad.

Margarita Pérez de Celis

Como consecuencia de este nuevo contexto histórico europeo se produjo un relevante hecho de carácter político: la extensión del derecho al voto a los varones en toda Europa. La democracia política debía llevar necesariamente al reformismo social por parte de los gobiernos para tratar de satisfacer las demandas de un proletariado miserable. Estos cambios provocaron en España algunas modificaciones en el sistema de la Restauración como consecuencia de un cambio apreciable en el pensamiento de Cánovas, que manifestó la total insuficiencia de la religión en la resolución del problema social y defendió la necesidad de la intervención del estado, dando alguna muestra práctica de ello en la presidencia de la Comisión de Reformas Sociales y en la elaboración de algunos proyectos de ley que no llegaron a ser aprobados.
Cánovas, de todas maneras, estaba más preocupado por dar estabilidad al sistema liberal, ya que durante los primeros años de la Restauración el partido de Sagasta abogó por una reforma de la recién nacida Constitución de 1876. El hecho fundamental que dio estabilidad al sistema canovista fue la llamada al poder del partido de Sagasta, en 1881,  ya que supuso la integración en la monarquía de los principales grupos políticos existentes y, concretamente, de quienes habían participado activamente en la revolución de setiembre y, hasta entonces, sólo habían aceptado condicionalmente la Restauración.

Cánovas y Sagasta

La llegada de los liberales al poder en 1881 supuso el desarrollo en la calle, en la prensa o en la cátedra, de una libertad de expresión desconocida. Entre febrero y marzo de 1881 se anunció el nuevo clima público con el levantamiento de la suspensión que pesaba sobre algunos periódicos, con el sobreseimiento de las causas criminales incoadas por delitos de imprenta; con el reconocimiento explícito de la libertad de cátedra y el reintegro al servicio activo de los profesores separados, obligada o voluntariamente, de la enseñanza, con ocasión del famoso decreto de Orovio sobre textos y programas; y con la delimitación expresa entre los delitos de injuria o de calumnia y el derecho de criticar a los poderes responsables. La libertad de imprenta quedó también formalmente establecida por ley de 14 de julio de 1883.
Fue este clima de libertad de expresión, que se inauguró a partir de 1881, el que favoreció la proliferación de revistas femeninas y, en general, las posibilidades de consolidación de los feminismos como movimientos sociales surgidos en los mismos orígenes de la sociedad contemporánea. Los feminismos se conformaron como respuestas a la articulación, en esta sociedad, de una esfera pública y de unas formulaciones políticas que excluían a las mujeres de los derechos ciudadanos y del principio de igualdad, en torno a los cuales se estructuraba la nueva sociedad liberal.
La irreversible integración de los monárquicos liberales en torno a la constitución de 1876 llegó en las Cortes liberales de 1885-1890. La muerte de Alfonso XII logró la “autolimitación de los partidos en el uso del poder” que se compensaba con la beligerancia mutua, con la garantía del turno en la persona de los dos jefes establecidos: Cánovas y Sagasta. El primero consiguió el pacto, el segundo asentar su jefatura, y la Monarquía la estabilidad a cambio de respetar lo acordado y de no salir del círculo de acción establecido: de ser garante del turno. Otras dos reformas de alcance político, que se habían convertido en símbolos de la revolución de 1868, fueron el juicio por jurados (ley de 20 de mayo de 1888) y el establecimiento del sufragio universal masculino para mayores de 25 años (ley electoral de 9 de junio de 1890).
El restablecimiento del sufragio universal tendió puentes entre los artífices de la Restauración y los herederos del Sexenio y cerró definitivamente el ciclo de luchas entre las diversas familias de monárquicos constitucionales en torno a la naturaleza del sistema político: la izquierda monárquica renunció a restaurar la soberanía nacional.

La mayor parte de la Regencia de Mª Cristina fue, por tanto, una época de pacto político, de cambios acordados y rítmicos, de jefaturas estables y de funcionamiento del Gobierno y de la Oposición en una armonía desconocida hasta entonces.