sábado, 22 de febrero de 2014

LAS FURIAS

Las furias, o Erinias, nacieron de la noche y vigilaban la puerta hacia el mundo inferior. Castigaban los crímenes que no habían sido expiados en el mundo superior para que sus delitos no quedaran impunes.

MIGUEL ANGEL, Ticio

No hay peor delito que desafiar a los dioses y cuatro moradores del Hades se atrevieron a ello: Ticio, Tántalo, Sísifo e Ixión. El primero intentó violar a una amante de Zeus, el segundo sirvió a su hijo de festín a los dioses, Sísifo delató las infidelidades de Zeus y, el último, quiso seducir a Hera. Si nos paramos a pensar en los agravios de los dioses, excepto Tántalo, todos desvelaban que lo que más enfurecía a estos es que alguien cuestionara su control sobre el cuerpo femenino o que fuera evidente cómo le gustaba zascandilear a Zeus.


TIZIANO, Sisifo

Mucho tiempo después (a mediados del siglo XVI) una mujer poderosa, María de Hungría, solicitó a Tiziano cuatro lienzos con estos cuatro insurrectos del deísmo. Sin embargo, esta dama lo que quería con su encargo era amedrentar a los príncipes alemanes que se habían levantado contra su hermano el emperador Carlos V. María fue la tercera hija de una extraña pareja, Felipe el Hermoso y Juana la Loca. Se dice de ella que era una mujer de gran habilidad política y administrativa, capacidades que, junto con la inteligencia, no tenían gran valor en una mujer en esta época. Quizás por ello se suele añadir en sus biografías una referencia a su calidad moral. Fuere como fuese ideó esa metáfora política contra los enemigos de su hermano que puso en candelero a Las Furias durante los 120 años siguientes.

JAN CORNELISZ VERMEYEN, Mary, reina de Hungría

Las Furias son un instrumento para apreciar la recepción de la Antigüedad en el Renacimiento puesto que, de ser una metáfora política, paso a ser un tema para ilustrar la dificultad máxima en el arte por dos motivos: representar el dolor extremo y demostrar la habilidad en la realización de complicados escorzos de figuras desnudas. La primera razón fue el motivo de la gran popularidad que este tema alcanzó en el Barroco, por ello es también una herramienta para apreciar la interpretación de la Antigüedad de esta corriente artística. Además de estas lecturas, Las Furias se convirtieron en un tema a través del cual los artistas europeos pudieron intercambiar ideas y obras.

LANGETTI, Ixion


Estas y otras muchas cuestiones se pueden disfrutar en la exposición del Museo del Prado, que tuve el placer de disfrutar al día siguiente de la presentación de mi libro en Madrid. 

GIOACCHINO ASSERETO, Tantalus

Son 28 obras firmadas por  artistas muy relevantes de los siglos XVI y XVII y que se divide en cinco secciones: Miguel Ángel y su Ticio, Tiziano, Haarlem y Amberes, la cuarta y quinta tratan sobre Las Furias en Italia.

sábado, 15 de febrero de 2014

JORGE SEMPRÚN, El largo viaje.

La novela de Jorge Semprún tiene 241 páginas y el título está relacionado con el largo viaje que su autor realizó en 1943 por la campiña francesa durante la ocupación alemana. Dentro de ese tren, varios centenares de hombres se dirigían hacía el horror del campo de concentración de Buchenwald.



Jorge Semprún (Madrid 1923-París 2011) fue un político, escritor, intelectual, y guionista cinematográfico que escribió casi siempre en francés. Fue Ministro de Cultura en el gobierno de Felipe González (1988-1991). Con El largo viaje, Jorge Semprún rompía un largo silencio, en 1945 tras ser liberado de Buchenwald, decidió callar sobre sus vivencias en este campo de concentración hasta que, casi veinte años después, publicó, en 1963, en Francia El largo viaje (merecedor en 1964 del Premio Formentor y del Prix de la Résistance): había hallado el modo de escribir el largo camino hacia el horror.
Semprún consideró, mientras guardó silencio, que recordar era revivir, volver a sentir todos los sufrimientos padecidos en su reclusión e impedir que la memoria pudiera cicatrizar y olvidar para seguir viviendo. Si se olvida se puede rememorar sin revivir el sufrimiento extremo padecido.

La novela de Semprún no pretende relatar lo sucedido en Buchenwald, los nazis apenas están presentes en ella, su objetivo más bien es hacer un autorretrato de las víctimas viajando amontonados en un tren durante varios días y sin saber su destino.
Cae la noche, la cuarta; la noche despierta los fantasmas. En la negra turbamulta del vagón, los hombres se vuelven a encontrar a solas con su sed, con su angustia y su cansancio. Se ha hecho un silencio pesado, entrecortado por algunas quejas confusas y prolongadas. Todas las noches igual. Después vendrán los gritos enloquecidos de quienes creen que van a morir (p. 30).
En el vagón viajan enclaustrados partisanos y resistentes hacia un destino que saben terrible. Desde el recuerdo biográfico relata el viaje pero también rememora el antes e incluso el después del campo de concentración.
Tras un inicio un tanto confuso, pronto los recuerdos van encontrando su lugar y, con una prosa brillante, van encajando en su narración con un sentido preciso: no olvidar lo sucedido en esos espacios de horror que fueron los campos de concentración.


Semprún afirmaba que los alemanes que los veían pasar por los andenes de las diversas estaciones, los consideraban bandidos y terroristas y de ese modo…
…veían en nosotros lo esencial, lo esencial de nuestra verdad, esto es, que éramos los enemigos irreductibles de nuestras relaciones, el hecho de que fuéramos, ellos y nosotros, los términos opuestos de una relación indisoluble, que fuéramos la mutua negación unos de otros (pp. 140-141).
La columna de detenidos, y trasladados a los campos, de los que formaba parte Semprún:
No eran seres anodinos, grises, arramblados por casualidad en cualquier ciudad, sino combatientes. Su columna, por lo tanto, desprendía una impresión de fuerza, permitía leer en ella como en un libro abierto, una verdad densa y compleja de destinos comprometidos en una lucha libremente aceptada, aunque desigual (p. 234).
El autor describe un suceso que me ha parecido relevante. A los pocos días de liberar el campo de concentración llegó una visita inverosímil, dos coches con muchachas de “Misión France” que querían visitar el campo. Estas jóvenes iban riendo y cotorreando, según palabras de Semprún, y una de ellas se aventuró a afirmar: Pues no parece que esté tan mal (p. 73). Ante tal afirmación:
Hago pasar a las muchachas por la puertecilla del crematorio, la que conduce directamente al sótano. Acaban de comprender que no se trata de la cocina y se callan de repente. Les enseño los ganchos de donde suspendían a los compañeros, pues el sótano del crematorio servía también de cuarto de tortura. Les enseño los vergajos y las porras, que siguen en su sitio. Les explico para qué servían. Les enseño los montacargas que llevaban los cadáveres hasta el primer piso, justo frente a los hornos. Las muchachas ya no tienen nada que decir. Me siguen, y les enseño la hilera de hornos eléctricos, y los restos de cadáveres semicalcinados que han quedado en los hornos. (…) Las hago salir del crematorio al patio interior rodeado por una valla muy alta. Allí ya no les digo nada en absoluto, les dejo que miren. Hay, en medio del patio, un hacinamiento de cadáveres que alcanzará tal vez los cuatro metros de altura. Un apiñamiento de esqueletos amarillentos, retorcidos, los rostros del espanto.(…)Me vuelvo y ya se han ido. Han huido de este espectáculo. Por otra parte las comprendo, no debe ser divertido llegar en un bonito coche, con un lindo uniforme azul ceñido a los muslos, y caer sobre este montón de cadáveres poco presentables (pp.75-77).
El largo viaje es una novela muy especial puesto que se trata de un testimonio personal y, a la vez, colectivo. Es una vivencia que trata de trascender el dolor a través del olvido para poder contar lo sucedido y la calidad humana de las víctimas frente a los verdugos (también incluye a los que callaron y se escudaron en que no sabían nada.



sábado, 8 de febrero de 2014

LOS “PODERES” DE UNA MUJER DE CLASE ACOMODADA EN LA CATALUÑA DECIMONÓNICA y III

Las relaciones íntimas entre Rafaela Torrents y Víctor Balaguer.

La inauguración del ferrocarril en Vilanova (1881) fue un evento importante para esta ciudad pero también para Balaguer y Torrents. Hacía tan sólo seis meses que Balaguer era viudo y el encuentro con Rafaela no le dejó indiferente. Dentro de las celebraciones por este acontecimiento se celebró un baile organizado por el Círculo Villanovés en el que Balaguer pudo apreciar  la belleza de Rafaela con un traje de brocado y una espectacular diadema de brillantes.


Como señalan Davidoff y May, en cartas y diarios y en la fantasía de la ficción o de los poemas, se transparentaban las tensiones cotidianas. Torrents y Balaguer vivieron una compleja relación cuyos sentimientos y contradicciones se manifestaron en la amplia correspondencia que intercambiaron.
La lectura de las cartas de Rafaela, en función de su contenido y objetivos, permite valorar su actividad femenina, conocer el rol que desempeñaba en el seno de la familia así como su ámbito de influencia, no sólo en el hogar sino en la sociedad barcelonina. Las cartas eran el engranaje que movía la maquinaria de las relaciones sociales, reforzaba el contacto y establecía acuerdos a distancia. Las cartas que se intercambiaron recogían una amplia variedad de temas, desde el contenido frívolo y el eco de sociedad hasta la noticia política comprometedora. Las cartas describían el día a día de la vida cotidiana, ofrecían una visión de hábitos y pasatiempos, exponían pequeños problemas inmediatos (caseros, climáticos, afectivos etc.), proporcionaban noticias de los familiares, disturbios locales, chismorreos cortesanos, nombramientos de cargos públicos, etc.

Las mujeres tenían un papel muy importante para establecer y conservar las relaciones, los contactos y las oportunidades para hacer prosperar las carreras de los varones (Torrents, la de su hijo). Salvador Samà Torrents aspiró a sustituir a Balaguer en el distrito de Vilanova cuando éste fue nombrado senador vitalicio en diciembre de 1888. Su madre también escribió a Balaguer manifestándole que “a mi me gustaria mucho más que lo fuese por este distrito que por otro, no me queda duda que V lo hara prestándole su valiosa cooperación” Así mismo, Balaguer trabajó para que el hijo de Rafaela fuera nombrado Gentilhombre de Cámara, cargo que logró en 1889.

Veranear en la playa

La inauguración de uno de los proyectos importantes de Balaguer, la Biblioteca-Museo de Vilanova, en octubre de 1884,  estuvo en el origen de la excursión que hicieron Torrents y Balaguer con diversos amigos a las ruinas de Poblet. Esta excursión parece que dio un giro a su amistad por la honda impresión que causó en él, que la recordaba diciendo: “no he de olvidar fácilmente aquel viaje. Viviera mil años, y lo recordara aún”. Retrató esta expedición en su libro “Las ruinas de Poblet”, que empezaba con una magnífica dedicatoria a Rafaela, “discreta dama y (…) cariñosa amiga” en la que le rogaba que  le permitiera ponerla al frente de la obra y bajo su protección y auspicios.

A partir de las “emociones experimentadas” en Poblet, Balaguer mostró  interés en impresionar a Rafaela y, para ello, desplegó toda su habilidad  persuasiva a través de numerosas cartas en las que le transmitía, con “cariñosas frases” y “continuas y delicadas atenciones”, todo su afecto. Era él mucho más expresivo que ella en sus afectos y así se lo manifestó porque Rafaela se excusó diciendo que sus “escritos no son de mucho afectuosos como los de V mi carácter es algo seco ya lo habrá V conocido, espero me lo perdonará”.

La intimidad de las relaciones entre la pareja quedó refrendada por el deseo de Rafaela de comprar una casa en Madrid. A finales de 1886 Rafaela estuvo más de un mes en la capital y durante ese tiempo las relaciones entre ambos se intensificaron. Rafaela recordaba en otra carta las “delicadezas” para con ella, propias de su “verdadera amistad” y los agradables ratos pasados con él en su casa: “Desde mi regreso me hallo más animada veo el orizonte (sic) mucho mayor y mi pensamiento lo absorbe, el Real, la castellana y demás paseos puntos de reunión. ¡Que pensará U. de mi, que al fin soy mujer con el corazón joven!”.

Para adquirir la casa en Madrid, Rafaela pensó en poner a la venta cuarenta acciones que tenía de la Compañía Transatlántica, pero se encontró con un grave problema para poderlas vender, puesto que no tenían cotización libre por sus peculiares características. El “vivísimo deseo” de tener casa en la Corte forzaron a Rafaela a recurrir a la mediación de Balaguer en 1887. Pero éste pronto se dio cuenta que debía tomar la dolorosa decisión de darle una cariñosa, pero clara, respuesta negativa a la marquesa ya que, aunque su corazón “que todavía es joven”  deseaba complacerla, no podía hacerlo “atendiendo a los intereses del país”.

Casa de Santa Teresa, casa de Víctor Balaguer en Vilanova

Abandonado el proyecto de montar casa en la Corte, Rafaela centró gran parte de sus esfuerzos en conseguir un título nobiliario propio. Ella misma explicó a Balaguer sus méritos: el apoyo incondicional a D. Alfonso desde que fue restaurado en el trono en 1874, los obsequios al gobierno, a la familia real y al propio Ayuntamiento de la ciudad condal. Un merecimiento aparte fue el haber edificado un colegio en Vilanova, ya que si bien tenía un legado (el que donó Salvador Samà), no le había alcanzado, según sus propias palabras, salvo para la mitad de su coste, aportando ella más de veinte y cinco mil duros.

Balaguer, quizás para compensar su negativa en el tema de las acciones de Transatlántica, enseguida le mostró su apoyo incondicional en esta empresa y le manifestó, respecto al título, que sería “el que V quiera y como quiera. Escoja V el título, y el que V elija, aquel será”. Rafaela se dedicó a preparar veladas literarias y bailes a ministros y a miembros de la familia real, mientras Balaguer hacía las gestiones pertinentes para su obtención. La celebración de la Exposición de 1888 en Barcelona fue un marco idóneo para que Rafaela desplegara sus encantos debido a la presencia constante de miembros del gobierno y de la familia real. La burguesía barcelonesa utilizó la exposición para hacer gala de una ostentación de lujo y elegancia que quedaba refrendada por la posesión de un título. Rafaela no era una excepción y, finalmente, en enero de 1889 obtuvo el título de Marquesa de Villanueva.
Aunque la mayoría de las mujeres estaban confinadas a la esfera privada, en las clases elevadas se producía, por tanto, una transición hacia entornos públicos, producto de la formación intelectual o de las actividades que ciertas mujeres tuvieron la oportunidad de acometer.

Víctor Balaguer

La amistad entre ambos se fue haciendo cada vez más íntima y hacia 1888-1889 pareció posible el  matrimonio entre ambos ya que los rumores respecto a dicha posibilidad eran constantes.  Las dudas de Balaguer también eran numerosas tal y como demuestra en una carta, que no envió a Rafaela, y en la que describía lo ocurrido en una comida en casa de Sagasta. En esa reunión, una persona “de confianza” como Evarist Arnús se ofreció como mediador para “concertar resueltamente mi boda con una señora, que no nombró, pero de la que hizo grandes elogios”, ofreciéndose él a mediar delante de la señora en Barcelona, y Sagasta a ser el padrino de boda. Balaguer le decía en esta carta no enviada que ir a Barcelona era aceptar la mediación de Arnús: “… y confesar lo que no existe, era dar lugar a murmuraciones por mi parte y algo que podía interpretarse en mi como deseo de comprometer a una señora por quien siento gran veneración y respeto y profundísimo cariño”.

Balaguer le escribió a Torrents una carta “pidiéndole si le interesaba a V mi presencia en Barcelona”, el telegrama de respuesta no llegó y Balaguer lo interpreto como “que su propio corazón le dijo que yo no debía ir”. Los rumores de boda entre ambos llegaron a la prensa y Rafaela le escribió a Balaguer que se enteró que le “daban Esposo” por la prensa y que decían que su divisa era “un Deu un Rey y un homa”. Le dice a Balaguer que había decidido no contestar para evitar “tratos con ellos que son la peste del universo”. En relación a la noticia Rafaela añadía:

“Crea V mi buen amigo que la felicidad existe. En este mundo de continua lucha de variados matises (sic), recuerdo dije a V que no me conocía lo bastante y que sería siempre la misma, he sufrido mucho más de lo que V puede imaginarse ni nadie, quizas algun dia tenga valor para contarselo”[1].

Esta respuesta tan misteriosa dio por cerrado el tema y, aunque Torrents y Balaguer continuaron compartiendo muchos planes, nunca se volvió a plantear el matrimonio entre ellos. Sin embargo su relación continuó siendo estrecha, hasta el matrimonio de ella con el empresario Andreu Sard en 1897, y poco tiempo después (1891), Balaguer favoreció a la Marquesa regalándole el monasterio de Fres de Val, en Burgos. Parece ser que la primera idea de ella fue trasladarlo a su finca del Tibidabo, pero finalmente decidió restaurarlo en su lugar de origen. Salvador Samà, hijo de la Marquesa, quedó sorprendido por “lo rumboso que ha estado V conmigo regalandome aquellas ruinas”, tal y como ella le explicaba en una carta. La idea de ambos era consolidar las ruinas y levantar algunas espaciosas celdas que sirvieran de albergue y centro de reunión de amigos, literatos y artistas. El monasterio sirvió, una corta época, de amable y romántico lugar de reunión de la sociedad española de fin de siglo y Balaguer pasó en Fres de Val algunas vacaciones.



A modo de conclusión: los resortes del poder femenino

Rafaela Torrents nació y vivió hasta su matrimonio en el seno de una familia acomodada de Vilanova i la Geltrú y fue educada según un discurso que situaba a la mujer en el espacio doméstico porque su naturaleza así lo determinaba. El matrimonio era la vía para la realización plena del modelo femenino dominante pero además, en el caso de las familias acomodadas, era una forma de unir patrimonios y vincular intereses económicos, o de otro tipo. La herencia de los bienes familiares primaba siempre a los hijos sobre las hijas y en el caso de éstas últimas sólo la podían recibir en el caso de que contrajeran matrimonio, única salida que se consideraba adecuada para una mujer.
Para integrarse en la sociedad acomodada barcelonesa, los Samà-Torrents mostraron su riqueza a través de la adquisición de viviendas lujosas, la asistencia al Liceo y a los eventos religiosos y festivos. Empezaron, además, diversos trámites para la adquisición de un título nobiliario. El ennoblecimiento de los Samà-Torrents vendrá, finalmente, por el título de Marqués de Marianao que heredó el hijo de Josep y Rafaela y por el de Marquesa de Villanueva y la Geltrú que logró ella.
La Marquesa de Villanueva como madre y esposa asumió el papel que le correspondía y que constituía la vida cotidiana de las mujeres de las buenas familias: gobernar las tareas domésticas, cuidar su imagen, educar a su hijo, el visiteo para ampliar su círculo de amistades, ir a misa, hacer caridad, acudir a la modista, ir de compras, visitar enfermos y asistir al teatro y a fiestas. Esta vida convencional pocas oportunidades ofrecían a las mujeres para ejercer poder, excepto el derivado de su función en la consolidación de patrimonios, de relaciones sociales y de la propia familia. Sin embargo su vida cambió al quedarse viuda con un niño de cinco años que recibió en herencia una gran fortuna. Rafaela Torrents no desaprovechó la oportunidad de ejercer “poderes” que le estaban permitidos por su nuevo estado civil y administró la fortuna realizando inversiones y llevando a cabo litigios y querellas judiciales. En definitiva, fue una mujer de negocios que gestionó una fortuna que le proporcionó una posición económica muy destacada y además pudo abrir o cerrar caminos en el campo de la política y conseguir poderosos “amigos” políticos. Con la ayuda de Balaguer,  su más firme amigo político, lanzó la carrera política de su hijo como diputado.
La viuda de Samà, a pesar de la fortuna que gestionaba, y consciente de sus limitaciones por ser mujer, inició un acercamiento a centros de poder, como la familia real o los políticos de la Restauración. La relación que entablaron Rafaela Torrents y Víctor Balaguer tuvo una base firme en las cartas, que eran el engranaje que movía la maquinaria de las relaciones sociales, reforzaba el contacto y establecía acuerdos a distancia. Era muy habitual que los hombres, maridos e hijos, utilizaran la mediación de las mujeres para pedir favores pues la influencia de políticos destacados era clave para ello en un sistema que no escondía el trato de favor que se practicaba desde el poder para lograr empleos y otros favores para sus clientes y amigos políticos. Ella aprendió y llegó a ser amiga de Balaguer y, a través del afecto, consiguió  influencia y favores.

[1] Carta de Rafaela Torrents a Víctor Balaguer, 10 febrero 1889. La referencia a la divisa en una carta del 17 de febrero de 1889. Epistolario Víctor Balaguer, BMVB.

sábado, 1 de febrero de 2014

LOS “PODERES” DE UNA MUJER DE CLASE ACOMODADA EN LA CATALUÑA DECIMONÓNICA II

 Barcelona, matrimonio y viudez

Para los indianos resultaba difícil casarse en las colonias porque la mayoría de los emigrantes eran varones. El matrimonio de Rafaela Torrents y Josep Samà respondió, en parte, al prototipo: un indiano que volvía a su lugar de origen, no viejo, pero con cierta edad, 36 años, y que se casó con una joven de 21 años que a los siete años se transformó en una viuda rica. Era frecuente que los indianos blindaran a las jóvenes con las que se casaban con una cláusula en el testamento para que no pudieran volver a casarse. En caso de hacerlo perdían toda la fortuna.

Paseo de Gracia. Barcelona

La pareja de Josep y Rafaela tenía un nexo familiar, como ya se ha explicado, con el matrimonio formado por Ramona Torrents y Antoni Samà y ambas familias debieron considerar conveniente la unión. El matrimonio se acordó con rapidez y no tuvieron un noviazgo largo ya que el regreso de Cuba de Josep se produjo en 1858 y se casaron al año siguiente. La fama de que  los indianos convivían con mujeres en las colonias explica que el novio trajera un certificado firmado por testigos de que “se mantuvo libre y en estado de soltería”. Que Josep permaneció soltero era cierto, pero no libre, ya que mantuvo, como la mayoría de los indianos, una relación estable con una mujer residente en Cuba y de la que tuvo una hija, no reconocida, en 1852.
Casarse era una manera de fortalecer, con el parentesco, las redes sociales que daban apoyo a los negocios y/o establecer lazos matrimoniales con familias de rango económico superior como trampolín a sus intereses. El “matrimonio de conveniencia” era, por tanto, una institución fundamental para consolidar la familia patriarcal asegurando un cómodo patrimonio.

Casa Xifré. Barcelona

Como la mayoría de los indianos, Jaume Samà y su hijo Josep, decidieron instalarse a su regreso de Cuba en Barcelona y no en la localidad de la que eran originarios. Aunque Vilanova era la tercera ciudad del Principado en 1855, y había experimentado un gran crecimiento industrial y comercial, debía parecerles a los indianos una villa excesivamente cerrada y aburrida desde el punto de vista social e, incluso, demasiado proletarizada a esas alturas del siglo XIX. 
Una vez celebrado el matrimonio se instalaron en Barcelona y pronto nació un niño, en abril de 1861, que fue bautizado con el nombre de Salvador, en honor de su tío abuelo Salvador Samà Martí. Los Samà Torrents eran unos extraños en Barcelona, ni él ni su mujer habían nacido en la ciudad y necesitaban integrarse en el seno de las buenas familias locales. Acabados de llegar, muchos indianos no podían esconder su origen humilde y aunque Rafaela procedía de buena familia no conocía apenas a las grandes familias barcelonesas. Para integrarse en la buena sociedad se instalaron en la Plaza Real, zona de prestigio antes de construirse el Ensanche.

Paseo de Gracia. Barcelona

La asistencia a iglesias y capillas, espacio público esencialmente femenino, constituía una necesidad social y Rafaela Torrents la practicó como había visto hacer a su madre en Vilanova. La fe religiosa era una marca y un acto de clase ya que dotaba de una identidad singular a ciertos grupos dentro de una sociedad cada vez más consciente de sus divisiones. La propiedad de un palco en el Liceo era otra condición necesaria para incorporarse a la elite de Barcelona ya que era un centro importante de sociabilidad burguesa, punto de reunión y encuentro de las buenas familias de la ciudad.
La muerte de su padre incrementó la fortuna de Josep y debieron considerar que la vivienda de la Plaza Real era insuficiente, por ello  en 1862 se iniciaron las obras de construcción, por encargo de la propia Rafaela, de un palacete digno de su categoría en el Paseo de Gracia. Así mismo inició diversos trámites en vistas a la adquisición de un título nobiliario y el 6 de agosto de 1863 obtuvo el Real Despacho de Blasones y el certificado de armas. El palacete de los Samà acabó siendo un centro de encuentro de la alta sociedad barcelonesa y de los dirigentes políticos de la Restauración.

Mujeres de la sociedad acomodada barcelonesa cosiendo

La burguesía indiana deseaba ennoblecerse y los Samà no fueron menos que otros famosos indianos. La concesión de títulos nobiliarios era un hecho habitual que respondía a la coincidencia de objetivos entre la monarquía española y las elites hispanocubanas de la isla o los indianos cuando regresaban a España. El primer Samà que obtuvo un título nobiliario, el marquesado de Marianao, fue Salvador Samà Martí. Al ser soltero, testó en 1866, dejando todos sus bienes a favor de su sobrino Josep que sorprendentemente murió dos meses antes que su tío en mayo de 1866 a la edad de 43 años, con lo cual la herencia y el título de marqués de Marianao pasaron a un niño de cinco años con una madre joven, inteligente y ambiciosa.
Rafaela Torrents formó parte de los primeros vecinos del Ensanche, conocidos con el sobrenombre de “protomártires del Ensanche” debido a las incomodidades que sobrellevaron al faltar alcantarillas, alumbrado, agua y pavimentación de las calzadas. El éxito del Ensanche se debía, en parte, a la anchura y grandiosidad de las calles, la sorprendente luminosidad que se derivaba de ello y las nuevas posibilidades de proyectar las viviendas que ofrecía el nuevo escenario. Pronto aparecieron los balcones y las tribunas que no tenían sentido en los callejones pero sí en las nuevas viviendas del Ensanche. Las damas ociosas de la burguesía barcelonesa pronto descubrieron que las tribunas les permitían dominar la calle, como si se tratara de un auténtico observatorio, para enterarse de las idas y venidas del selecto vecindario.

El papel de las mujeres, recluidas en sus casas, era gobernar las tareas domésticas, cuidar su imagen y educar a sus hijos. Recibir visitas femeninas era un gran entretenimiento, cada dama imponía un determinado día que llegaba a incluirse en las tarjetas de visita para informar que esa tarde estaría en casa para recibir a todas las que desearan visitarla sin necesidad de avisar. La etiqueta burguesa marcaba las cinco y media como hora apropiada para el visiteo, después de la siesta y antes de la cena. Junto con el visiteo, ir a misa, hacer caridad, acudir a la modista, ir de compras, visitar enfermos, asistir al teatro y a fiestas, constituían la vida cotidiana de las mujeres de las buenas familias.
Rafaela de Samà ansiaba tanto un título nobiliario que no dudó en usar  el de marquesa de Marianao hasta el matrimonio de su hijo Salvador en 1883. La viuda no se limitó sólo a ser la tutora de la fortuna de su hijo sino que participó en litigios y querellas judiciales que no estaban vinculados directamente con los intereses de su hijo. Fue una mujer de negocios, con las limitaciones propias de la época que no eran pocas, ya que realizó inversiones inmobiliarias y compró y vendió acciones de diversas empresas. Un ejemplo de esta actitud fue la adquisición del Mas Samà en Cambrils; la primera referencia de esta propiedad se produjo en 1872 (Torrents apareció en el listado de la contribución municipal de ese año pagando 7.939 pesetas anuales), seis años después de quedarse viuda.

Palau Güell, Barcelona
La fortuna que gestionó la joven viuda conllevaba una posición económica muy destacada, que bien utilizada, podía abrir o cerrar caminos en el campo de la política. La dedicación a la política, y su utilidad, la había aprendido Rafaela de su familia, ya que su padre y alguno de sus hermanos la habían desarrollado. En el sistema de la Restauración el patronazgo, es decir, el número y calidad de los amigos hacían poderoso a un individuo. Las demarcaciones adictas, compuestas por pueblos y villas que le confiaban su representación, eran claves para un político  y para ganar elecciones era necesaria la compra de votos e importantes recursos económicos para lograrlos. Rafaela movió los hilos de los que disponía por su amistad con Víctor Balaguer para impulsar la carrera política de su hijo. Las mujeres como Rafaela conseguían poder económico en su calidad de viudas y madres, pero este poder era sólo una prolongación del control de su marido y lo mantenían únicamente hasta el momento en que el hijo llegaba a su mayoría de edad (Salvador Samà Torrents, con tan solo 18 años,  fue el segundo contribuyente al fisco en Barcelona, sólo superado por el indiano Josep Xifré).
Poco tiempo después de quedar viuda, un hombre que tendrá un papel clave en su vida, Víctor Balaguer, fue elegido por primera vez en 1869, diputado. Entre 1869 y 1890 (excepto el período de la Iª República) fue diputado permanente por Vilanova. El origen de su enfeudamiento en el distrito se encuentra en el patronazgo que supo construir basado  en el apoyo que le dieron un grupo de influyentes hombres de negocios de la localidad capitaneados por la familia Samà.

Palau Güell, Barcelona

Rafaela, que había sufrido el sobresalto y la intranquilidad que había introducido la Revolución de 1868, compartía el clima de opinión prevalente entre las clases acomodadas, basado en el deseo obsesivo por la paz y el orden. El deseo por volver a la vida ordenada, sosegada y plácida del mundo isabelino, llevó a la viuda de Samà a demostrar sus simpatías por la restauración de los Borbones, en la persona de Alfonso XII, cuando al desembarcar éste en Barcelona, el día 9 de enero de 1875, se personó en el muelle, donde atracó la fragata Navas de Tolosa, con un suntuoso carruaje que fue el primero que usó el monarca a su llegada a España. El puerto fue un escenario idóneo para que la joven viuda, plena de belleza y simpatía, demostrara su contribución al regreso del monarca y, por qué no, su capacidad económica ante la sociedad acomodada barcelonesa que llenaba el puerto con uniformes y gabanes de pieles cubriendo trajes de frac impecables. El día 25 de febrero, aquel carruaje ya estaba en Madrid como regalo que Rafaela hacía al rey.
Rafaela Torrents debió mostrar interés por conocer a Víctor Balaguer dado el poder que éste tenía por su condición de político del Partido Liberal. La influencia de políticos destacados era clave para conseguir favores en un sistema como el de la Restauración que no escondía, tal y como demuestra la abundante correspondencia de Balaguer, el trato de favor que se practicaba desde el poder para lograr empleos y otros favores para sus clientes y amigos políticos. Rafaela llegó a ser amiga de Balaguer y, a través del afecto, consiguió ella misma influencia y favores. Era muy habitual que los hombres, maridos e hijos sobre todo, utilizaran la mediación de las mujeres para pedir favores. Rafaela construyó una relación que nunca llegó a ser de patrón-cliente, ya que aunque la capacidad de Balaguer de aportar “bienes y servicios” a Rafaela era muy superior a la de Rafaela, ésta le podía aportar a él compensaciones afectivas muy valoradas por Balaguer y que no provocaban el desequilibrio que convierte una “amistad instrumental”  en una relación patrón-cliente.

Palau Güell, Barcelona

Teniendo en cuenta la relación de Balaguer con los Samà y con el hermano de nuestra protagonista, Joan Torrents, todo parece indicar que conoció a Rafaela en los años setenta. El hecho de que Balaguer estuviera casado mantuvo la relación entre ambos en el terreno formal. Todo cambió con la muerte de Nola Carbonell, la mujer de Balaguer, el 20 de junio de 1881. Balaguer, desconsolado, se retiró a la masía de Solicrup, en Vilanova, propiedad de sus amigos, los marqueses de Samà. Para Balaguer, Casa Samà era “aquella casa de bendición” en la que no se le consideraba huésped, sino amigo, un “miembro de la familia que es siempre esperado con impaciencia, recibido con alegría, despedido con pena”.